sábado, 28 de abril de 2012

Un millón


Por Juan Esteban Bassagaisteguy.



— 1 —
Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco. Seis. Trece. Ochenta y tres. Ciento cuarenta y cinco. Mil uno. ¡¡No, no, no, no!! Creo..., creo que olvidé alguna cifra. Dios, es imposible poder llegar al millón. ¿Cómo era? Eh... Uno. Dos. Tres...

— 2 —
Nací en el año 1805, un 15 de mayo, hace exactamente noventa y cuatro años. Mis padres pertenecían a la alta alcurnia del Virreinato del Río de la Plata, por lo que podría inferirse que debería haber tenido una infancia feliz, entre algodones, una juventud lujuriosa, un pasar económico aliviado, y hoy una vejez en paz; pero no fue así. Solo el Ángel Maldito sabe cómo logré sobrevivir en mis primeros años de vida ya que mi padre, apoyado por la mano sanguinaria de mi madre, me abandonó a los dos días de nacer junto a una piara de cerdos hambrientos, esperando que estos tuvieran un sustento distinto al habitual; mas hasta los puercos huyeron espantados. Mi rostro hubiera sido la envidia de cualquier querubín o serafín, de no haber sido por la presencia de un apósito tan increíble como demoníaco: un tercer ojo, semejando su iris el color amarillento del trigo, y rodeado de un peculiar globo ocular negro como una noche cerrada y profunda a la vez.
Los galenos de aquellos años no pudieron encontrar otra explicación al fenómeno más allá de la teológica: evidentemente, yo era un engendro del Averno. Y la solución no podía ser otra que mi deceso urgente. Pero sobreviví, y eso es una historia que escapa a esta oscura reseña de los hechos que me llevaron al lugar donde hoy resido.
Las penurias que se sufren durante la niñez son las que a uno lo marcan para toda la vida; nuestros semejantes de corta edad pueden ser tan crueles como un gato hambriento frente a un indefenso ratoncillo que no puede escapar de sus feroces garras. Puedo recordar a Mariano, un niño de mi misma edad cuyas bufonadas constantes hacían que las Invasiones Inglesas parecieran un paseo dominical; o a Marcelo, siempre instigador de fabulosas palizas contra mi pequeño cuerpo. Y todo por aquel adorno que acarreaba como una señal de lo impredecible que puede ser el destino.
La anarquía que vivió nuestro país durante los años 20 me encontró viviendo entre vagabundos a la vera del gran río, comiendo las sobras que, como perros sarnosos, encontrábamos con un grupo de mendigos en las afueras de los saladeros. Viví durante muchísimo tiempo de la caridad ajena de gente extraña: integrantes de la alta sociedad que evitaban ser vistos dándonos las sobras de sus canes, comerciantes que escapaban a las reglas del Cabildo y del Clero Inquisidor y que nos daban uno o dos mendrugos de pan, negras esclavas que robaban a sus señoras un pedazo de queso y algo más.

— 3 —
Los miraba. Los observaba. De día, de noche, a cualquier hora. Creo que lo mío era una perfecta mezcla de los dos: los hombros rectos y la nariz aguileña de él, y el pelo rubio y enrulado de ella. Mi padre era un próspero comerciante de la época; vendía mobiliario para el hogar, y gozaba de una excelente reputación en las logias unitarias de época. Digo próspero y no omito decir que como todos los de su clase, se aprovechaban del erario público con mercadería de contrabando que se filtraba por infinidad de lugares a la vera del Río de la Plata, siguiendo una costumbre arraigada desde muchísimo tiempo atrás que consistía en entregar unos doblones de plata al funcionario de turno para que la circulación de mercancía extranjera por los comercios de Buenos Aires se viera facilitada notablemente.
No me hacía ningún mal; pero me disgustaba que hiciera un culto de su frivolidad e hipocresía, asistiendo con la complicidad de mi madre a todas las reuniones sociales de época, a bailar el minué hasta altas horas de la madrugada. Y cuando Rosas tomó el poder, no dudó en dar un vuelco de ciento ochenta grados a sus ideas y en financiar con sus riquezas las ideas del caudillo, gritando a boca de jarro en reuniones secretas “¡¡Mueran los salvajes unitarios!!”. Y no lo pude aguantar más.
Crujía su cama al ritmo de una noche calurosa de verano pasional; el ruido me atravesaba los tímpanos cual anzuelo oxidado al gusano baboso de turno. En el instante final, mi madre abrió los ojos, y desgarró un grito silencioso, mezcla de ahogo erótico y reconocimiento temeroso de que algo parecido a un fantasma familiar le quitaba la vida hundiendo una daga herrumbrosa en el lugar donde tendría que haber tenido el tercer ojo habitual de nuestra familia. Medio segundo antes, un suave “crack” había sonado en la habitación cuando el cuello de mi padre se puso a girar como un carrusel alocado con la ayuda de mis manos.

— 4 —
A veces a los locos y mal nacidos se nos presenta una única oportunidad en la vida para ser alguien y dejar de pertenecer a la lacra de la sociedad; lo importante en ese momento es tener los ojos (todos ellos) abiertos para no dejar escapar esas escasas chances.
No había pasado un mes desde la muerte de mis padres, cuando Don Juan Manuel lanzó una fuerte proclama llamando a “gloriosos y federales patriotas” a sumarse al ejército que estaba conformando para iniciar la Campaña al Desierto. No creía tener mayores chances de ingresar a la milicia de Rosas, pero valía la pena el intento.
Presto me presenté en el lugar, día y fecha anunciados, no sin antes disimular el aurinegro defecto con un pañuelo rojo que envolvía mi frente. Realmente no lo podía creer; parecía como si un fuego interior dirigiera mis palabras y mis gestos en la audiencia que tuve con el sargento Heredia, conllevando esos definitivos minutos al desenlace más esperado: la patria federal tenía un milico más, y un mendigo menos. ¡Qué tal!
La Campaña fue todo un éxito, y mucho se habló en Buenos Aires de aquellos gauchos que habíamos ido a enfrentarnos con el indio bajo las sabias órdenes y los claros consejos de Rosas. Y la bravía con la que nuestra División se enfrentó a los salvajes nos hizo ganar el bien merecido mote de “Los Temerarios de Heredia”. Y entre ellos me destacaba, no solo por el color rubio de mi cabello y el trapo escarlata que parecía estar soldado a la piel de mi frente, sino también por mi audacia e inteligencia en el fragor de la batalla.
Logré, entonces, hacerme gran amigo del sargento Heredia y con el correr de los años ambos fuimos escalando posiciones en la jerarquía militar rosista, gracias a la denostada defensa que hacíamos de los ideales del Restaurador por una patria mejor, apología que no solo se manifestaba en discusiones acaloradas en reuniones sociales de las más diversas índoles, sino también en la limpieza profunda del estigma unitario de nuestra sociedad que realizábamos a diario con todos los métodos que a nuestro alcance se encontraban (creo que el “sable a degüello” era el más piadoso de todos ellos). Cada vez que un salvaje unitario moría bajo el poder de mis puños y del arma que circunstancialmente empuñaba, un rojo fuego corría por mis venas haciendo latir de manera estruendosa mi tercer ojo; este parecía querer saltar, volar, deslizarse de mi frente hacia el infinito, mientras un hilillo purpúreo se deslizaba por debajo de la cinta escarlata que cubría mi cabeza.

— 5 —
No voy a relatarles en forma pormenorizada los sucesos del 3 de Febrero; demasiado ya se ha escrito sobre el tema, aunque empleando una única y errónea versión: la de los locos unitarios, vencedores ocasionales de Caseros.  Les contaré solo sucesos que están relacionados en forma muy íntima con mis penurias terribles de hoy; deducirán luego que no es demencia lo que me aqueja, sino solo consecuencias funestas devenidas de mi accionar ese fatídico día.
Como siempre ocurría en cada enfrentamiento en los que peleé, la división de Heredia era la más valerosa y templada: en primera línea luchábamos sable a sable con el enemigo. Así es que en Caseros muchos de los nuestros murieron, aunque con Heredia no tuvimos esa suerte; desfalleciendo y con heridas profundas que surcaban todo nuestro cuerpo, corrimos la peor suerte que un milico federal de “Los Temerarios” podía esperar: prisioneros de Urquiza. Los latidos del apósito ocular eran entonces más estruendosos que los de mi propio corazón.
“¡¡A degüello!!” y “¡¡Fuego!!” fueron las órdenes que se escucharon en la madrugada siguiente. Nuestros valerosos compañeros milicos de jerarquía inferior corrieron la suerte del cuchillo y hoy lamento profundamente no haber estado con ellos. Un pelotón de fusilamiento se instaló frente a una veintena de oficiales federales, entre los que me hallaba junto a Heredia, y un reguero de pólvora y sangre sacudió el pequeño patio en que nos encontrábamos; solo recuerdo que podía ver con claridad como las balas impactaban suave, lento, en cada uno de nosotros: mi febril ojo inhumano desarrollaba, en los segundos finales, habilidades nunca demostradas.
Pero no pude evadirme para siempre de este mundo perverso. De noche desperté tosiendo borbotones de sangre y saliva; sobre mi cuerpo se hallaba el cadáver de Heredia con innumerables orificios de plomo. El imbécil se adelantó sobre mí en el momento en que el Jefe de la Ejecución vociferaba la orden fatal y amortiguó con su cuerpo las municiones que me terminaron perforando. Digo imbécil, porque quiso hacer un acto de bien entregando su vida para salvarme, y me terminó condenando a este infierno.
Distinguía a la perfección la luna y las estrellas, aunque no con el ojo izquierdo, que ya no estaba en su cuenca, ni con el ojo derecho, transformado en un burbujeo de sangre seca. Maldecía para mis adentros y hasta el cansancio la vigencia infame de aquel designio del Más Allá que todavía me acompañaba.
—¡Quiero morir! —grité en un gemido, y alguien me escuchó porque ya no sentí más el peso del cuerpo de Heredia; pronto divisé un par de botas unitarias, y el reflejo violento de la luna sobre la hoja filosa de un sable. Un grito desgarrador, y el silencio.
Cuánto tiempo transcurrió, no lo sé. Abrí mis ojos —los que quedaban— cuando el sol del alba atravesó con sus rayos la habitación. Un hombrecito de traje gris a la usanza de la época se paseaba distraído en el cuarto, ordenando papeles aquí y allá.
—¡Ey! —grité, y solo salió un hilito de voz.
—Ey, qué —desafió el hombrecito. Quise entonces levantarme y golpear aquel rostro insolente con furia, pero una andanada de alfiletazos recorrió mi cuerpo cuando quise moverme.
—¡Ay!
Una risa estruendosa y maligna surcó el aire.
—Pará, infeliz, que bastante trabajo me costó levantarte y traerte hasta acá.

— 6 —
No medía más de un metro sesenta. De hombros gachos y cuello pequeño, parecía que su afilado mentón barbado le arañaba el borde de la camisa; las cejas enarcadas y los ojos profundos de color celestes daban a su semblante corvo una tenacidad que el amarillo de sus dientes agudizaba aún más.
—¿Dónde estoy? —pregunté.
—¿Acaso importa eso más que tu salvación? —repreguntó sonriendo el hombrecito.
—Me importa morir —me quejé apesadumbrado y una carcajada profunda llenó la pequeña pieza.
—Ni lo sueñes; tu muerte implicaría mi derrota y una reprimenda feroz del jefe.
Miles de interrogantes comenzaron a aletear en mi mente, como negros cuervos azotando un maizal: ¿cuál era su nombre? ¿quién era su jefe? ¿por qué me había salvado? ¿qué significaba la palabra “derrota”?...
No sé si pregunté o si el tipito percibió de alguna manera mis ondas cerebrales; lo cierto es que se sentó en una vieja silla junto a la cama, y comenzó a parlotear sin cesar.
—Soy Fernando, Diablo desde hace miles de años, y Recolector de Almas desde hace unos pocos cientos. —Un aliento pútrido de azufre se escapó de entre sus dientes. —Respondo a las órdenes directas de Lucifer, el Ángel Caído, emperador de todos los Infiernos y rey de este mundo. No te salvé por tener un alma caritativa, primero porque no tengo alma y segundo porque la caridad es solo de los débiles; te libré de la muerte porque veo en vos un enorme potencial para sumarte a mis filas y lograr riquezas que nunca soñaste, poderes infinitos para hacer y deshacer, y miles de cosas más. Y si hubieras sucumbido contra ese paredón de fusilamiento, habría caído derrotado por el Arcángel Uriel luego de casi cincuenta años de lucha, ya que fui yo quien te salvó de las fauces de aquella piara de cerdos en tu niñez, y no Uriel, que ha buscado tu muerte desde que naciste.
—¡Pero yo no quiero vivir más! ¿No entendés?
La bofetada resonó estruendosa en la pequeña alcoba.
—No tenés oportunidad, dejate de mariconeadas. ¿O hubieras preferido estar todavía bajo la bota de ese idiota milico unitario que quería rematarte? Ese sí que se fue al Infierno con el mayor susto de su vida.
No respondí.
—¿Cuál ha sido el sueño más extraordinario de tu pobre existencia, infeliz? —inquirió con sorna el Recolector.
—Ya lo sabés, supongo: ser una persona normal, con un rostro normal, y una vida normal... —Una lágrima copiosa de sal y agua cayó de mi ojo sano.
—Esas nimiedades no son problema para mí —dijo Fernando, y comenzó a pasearse flotando por toda la habitación.
Ya no aguantaba más; de pronto, empezaba a vislumbrar la posesión de una enorme cantidad de pequeñas cosas y diminutos sucesos de vida a las que no había podido acceder por la condena que latía en mi frente.
—Un simple chasquido de mis dedos podría hacer que el tercer ojo que es tu mácula llene la cuenca vacía de vida que es tu ojo izquierdo. —Hizo un espacio en su alocución que pareció una eternidad. —Pero eso no es gratis —continuó—: tu alma es el precio.
—No existe precio exorbitante que no pueda pagar para librarme de la maldición que desde siempre me ha acosado.
Al instante, una brillante luz blanquecina llenó el cuarto y caí desmayado en una oscuridad plena de confusiones.
Cuando desperté, la cuenca de mi ojo izquierdo ya no estaba vacía y el tercer ojo había desaparecido. Veía con claridad todo lo que pasaba a mi alrededor: el poder de mi visión recuperada era superior al común de la gente de mi edad.
El Recolector de Almas se encontraba bajo el marco de la puerta. Su figura parecía más grande con la vislumbre del amanecer a sus espaldas.
—Ya me iba.
No dije nada.
—Una última cosa: ¿sabés contar?
—No —respondí confundido—, ni siquiera sé leer.
—Antes del año 1900 deberás aprender a recitar los números desde el cero hasta un millón, si no querés que tu renegrido amiguito áureo vuelva a ocupar su lugar original.
— Pero, ¡¿por qué?! —aullé desesperado—, ¡si ya tenés todo lo que querías!
—Qué mierda te importa —dijo amenazante.
No pude detener las lágrimas que empezaron a caer por mis ajadas mejillas.
—Porque se me antoja, maricón —río el Diablo—, y porque sos el instrumento perfecto para que mi victoria sobre el Arcángel Uriel sea doblemente dulce; a ver si él te puede ayudar. Cuando el año 1900 empiece a vislumbrarse en el horizonte, tu frente se irá deformando sin prisa pero sin pausa para ir dejándole lugar a su natural morador…, salvo que cumplas con la tarea de matemáticas que te han encomendado.
—¡¡Sos un hijo de puta!!
—No conocí a mi madre, murió cuando yo nací —bromeó Fernando mientras tranquilo se perdía tras la cerca que rodeaba el piojoso rancho.

— 7 —
El hombre asemejaba tener más de cien años. Espigado, con el rostro grisáceo surcado por infinitas arrugas, miraba fijamente a un espejo casi tan alto como él.
Estaba tan absorto en sus pensamientos que no se daba cuenta que su bastón ya no aguantaba más el peso de su encorvado cuerpo. ¿Recordaría, quizás, glorias pasadas de feroces batallas? ¿O talantes temerosos de enemigos suplicando piedad?
Un género rojo sangre envolvía su frente y recogía los mechones mustios del largo cabello que reposaba sobre sus hombros.
De pronto giró su cuello y miró hacia la puerta de la habitación; hacia ella arrojó con violencia el sostén de madera. Su mentón casi acariciaba el afilado esternón que parecía querer estallar por los arrítmicos latidos del desgastado corazón.
Con sumo cuidado y lentitud subió la cabeza y corrió el lienzo carmesí que la cubría.
Pasaron diez segundos que parecieron diez siglos.
Abrió los brazos hasta formar con ellos la figura de Cristo en la Cruz; y gritó tan fuerte que el espejo estalló en mil pedazos.
—¡¡Lo logré, hijo de puta, lo logré!!
Llorando exhaló su último suspiro.

Fin
Marzo de 2002 a Octubre de 2002


miércoles, 25 de abril de 2012

La huida


Por Luis Del Val Carrasco.


     ¡Ha regresado la Bestia!, se alarmó la mujer sumergida en el agua. Enseguida se tranquilizó al percatarse del origen del estrépito: la copa había resbalado del borde de la bañera, estrellándose contra las baldosas. Había temido que el vino le supiera desagradable, pero lo había encontrado delicioso. Seguramente a causa de la felicidad que le inspiraba su inminente liberación. Pronto huiría de su maltratador. No más cabezas impertinentes volviéndose para contemplar su rostro magullado. Nunca más interrogatorios de médicos entrometidos.
     Los barbitúricos disueltos en el vino serían suficientes para escapar. Mas no correría ningún riesgo: la mujer tanteó el suelo y llevó un trozo de cristal hasta una de sus muñecas.

Pasión



Por José Luis "Pepe" Martínez.

    Mentira si dijera que ella no toco mi corazón. Sería un pendejo si contara todo lo que sufrí a su lado, un malnacido si ocultara la dicha que compartimos durante esas noches de pasión. En todos nuestros encuentros bebía vino, de la misma forma que lo saborea ahora frente a mí, en este bar y con ese estilo tan suyo. Solo ver sus labios al contacto con la copa me derrite. ¿Habré cometido un error al dejarla ir? En mi mente la locura se desencadena, quiero ir a platicar con ella, pero la razón me susurra: ella ahora es parte del pasado. 

Dumplings


Por Raúl Omar García.


     Dalia dejó que la embriagara el aroma antes de degustar el contenido de la copa. Emir aguardaba expectante sentado tras su escritorio. Sacudió la ceniza de su cigarro en un cenicero de vidrio, se llevó el filtro a la boca y le dio una somera calada.

     —¿Con esto… joven por siempre? —preguntó Dalia. Deslizó la lengua por los labios degustando el sabor dulzón; lasciva, sensual, provocadora.

     —En China tienes los dumplings, preparados a base de fetos abortados, si lo prefieres.

     Dalia hizo girar el líquido en la copa y le dio otro sorbo.

     —Y esto, ¿a base…?

     —No quieres saberlo.




Ella


Por George Valencia.


Siempre. Todos los días, a la misma hora, en la misma mesa. Sola.

Da cuenta de su almuerzo con elegante lentitud.

Y mientras tanto, yo la observo detenidamente, absorbiendo cada detalle de su fisonomía, cada ademán, cada gesto…

Es hermosa.
Pero lo mejor viene al final, cuando le traen su copa de vino. Siempre tinto. Observa su textura y color a contraluz como una experta catadora. Luego huele su aroma. Después cierra los ojos y bebe pausadamente, saboreando su consistencia. Siempre con los ojos cerrados.

Siempre.

Me encanta cuando hace eso, me fascina…
Lástima que tenga órdenes de liquidarla.


Soy tu idea



Por Cristian Barbaro.


Déjame huir de esta cárcel de cristal. Quiero sentir tus labios en todo mi ser. No esperes, el tiempo es valioso. Cierra tus ojos y déjate llevar por tus instintos, por mis palabras.
No hay demasiado por decir: soy la idea que gira dentro de tu copa mientras esperas a que el tiempo pierda su valor. Soy lo que no quieres ver; soy tú. Entrega tus labios a mi ser.
Déjame huir dentro de tu cuerpo. Déjame borrar tu memoria con mi aroma. Déjame morir en tu calor. Déjame ser libre.

Con aroma a Vino


Por Leonardo Chirinos.



  La viuda reía en el gran salón, sus carcajadas rebotaban en las paredes convirtiéndose en lamentos que paseaban por la casa. Con su pálida mano hacía girar una copa frente a sus cristalizados ojos. La aproximó a su nariz y aspiró el aroma del espeso líquido rojizo atrapado en el costoso cristal. Llevó la copa hasta sus labios y tomó de ella dejando escapar la bebida por la comisura de sus labios. Junto a la mujer estaba el robusto cadáver de su esposo con una enorme herida en su garganta de donde manaba el espeso líquido con aroma a vino.

Una verdadera herejía


Por Adrián Granatto.


Emiliano y Santiago miraban a la mujer sentada en la mesa con la copa de vino en la mano. No bebía de ella, sólo la sostenía cerca de sus labios como sabiendo las fantasías que despertaba. La mujer les daba el perfil.
—¿Me queres decir qué mierda hace con el vino? —dijo Emiliano mientras bebía de su propia copa—. Con el vino no se juega. Y menos con estos que cuestan un ojo de la cara.
—Una verdadera herejía —comentó Santiago.
En ese momento la mujer giró la cabeza y ambos hombres vieron que era tuerta.
No dijeron más.

La Botella De Vino


Por Camila Carbel.


Para Ana no fue fácil quedar embarazada.
Pero un día lo consiguió.
Los doctores fueron muy exigentes con los cuidados, ya que era un embarazo muy delicado. Nada de hacer fuerza, cuidarse con las comidas, los nervios, la bebida y el tabaco. No podía beber una sola gota de alcohol.
Quería tener su bebé, pero cada vez veía una botella de su vino favorito, no podía evitar desear beber un sorbo, en realidad se quería beber la botella entera. Eso no era nada comparado con su pasado cercano, en el cual tomaba  de 3 a 6 botellas por día.

El primer trago


Por Mauricio Vargas.


Esa noche era la primera vez que la probaba, pero ya vendrían más… por toda la eternidad.
—¿Y? —dijo temerosa. Ella jamás imaginó que habían otras modalidades para alimentarse.
—Creo que es capricho mío —le dijo él entregándole la copa—, pero me gusta más cuando proviene de la muñeca izquierda.


Inspiración


Por Sandra Geringer. 



Sabía que la seguía.


Veía su figura difusa tras el cristal. Fingió indiferencia, sorbió lentamente el vino, mirando por entre las pestañas, atenta…

Sentía la angustia latir, furiosa, en su pecho. Las ideas de fuga se atropellaban en su mente, pero la impotencia la anclaba a esa silla.

Se erizaron los vellos de su nuca segundos antes de que un susurro la volviera a la realidad.

Sus pupilas se dilataron mientras la sangre se agolpaba, apretada, en las venas de su cuello.

La copa se quebró en su mano… sangre y vino se mezclaron… Ella no lo notó.

Bebiendo cadáveres


Por Norma Villanueva.



Cruzo sus largas piernas, llevo a sus labios una bocanada más de cigarro, nodeando un poco su cabeza arreglo su cabellera marrón.  Su cuello era largo y deseable. Sus pechos perfectos para perderse entre ellos, su torso era un campo pidiendo ser recorrido con los labios. Tomó una copa de vino tinto entre sus manos.

A tu salud Jack Dempsey- dijo mientras baja la mirada al piso y sonreía diabólicamente. Y hacía pasar el vino mezclado por su garganta.
Abajo, Jack Dempsey, con el cráneo destrozado por una bala en la sien había invitado a la ultima copa.

sábado, 21 de abril de 2012

Extraño en casa


Por Eduardo Gonzalez.



John bajaba lentamente por la escalera circular, estaba afirmado fuertemente del fierro barandal del costado, este tenía forma de caracol y desde la posición en la cual se encontraba parecía ser infinito hacia el fondo.
Bajaba a paso apremiante, sudaba mucho y sus gotas de sudor le producían comezón en  los costados de su nariz.
Al bajar las escaleras, a cada paso, se imaginaba con mayor claridad lo que vería al fondo de la escalera. –un ataúd—
Este pertenecía al conde Dracula, no cavia duda, el haber pasado las vacaciones en aquel lugar junto a Joanna había sido muy mala idea.
Por fin llego al final del pasillo y se encontró de frente con una gran cámara oscura, esta estaba custodiada por seis pilares que parecían ser guardias del ataúd presente, este estaba posicionado al centro de la habitación y esplendía una extraña luz plateada.
John se acerco temblorosamente y decidió abrir el ataúd, se armo de valor y lo destapo, le costó un poco por el gran peso de la madera pulida, esta tenia encima una cruz invertida.
Al abrirlo vio al conde, este estaba dormido con los brazos cruzados en su pecho, era como si se custodiara así mismo sus preciados pulmones, los tomaba con fuerza, sus palmas estaban sujetas al lado de cada pectoral.
Estaba inerte, no respiraba al parecer, John lo vio más de cerca y este abrió los ojos.
Se abalanzo sobre él y posteriormente lo tomo por los hombros como queriendo zamarrearlo pero lo mordió en el cuello.
A reglón seguido cayeron dos hilos de sangre a través de su cuello.
John estaba quieto, asistía inertemente a su muerte, ahora sin duda alguna ya era un vampiro, uno más…
Stich… sonó el televisor, Mauricio había apagado el aparato, estaba somnoliento, la tv le parecía borrosa era como estar viendo una película en 3d pero sin lentes apropiados.
Le había ganado el sueño, sostenía el control con la mano derecha pero esta estaba desmayada sobre el sofá en el cual se encontraba.
Daba la impresión de que era un ebrio al cual le había ganado el alcohol y lo había llevado a la cama, en este caso era el sillón grande de su propia casa.
Mauricio estaba solo en casa, afuera llovía torrencialmente y el sonido sobre el zinc no dejaba muy bien dormir.
Sus padres habían salido hace dos días, estaban fuera del país. Mauricio estaba cansado, había ido a trabajar ese día y había vuelto agotado a eso de las ocho de la noche, pero ese era el triste precio que debía pagar por no haber decidió seguir estudiando, sus padres tenían el dinero suficiente como para mandarlo a alguna universidad privada pero este habían decidido otra cosa, simplemente los fines de semana que tenia libre se echaba los huevos.
El viento invernal chocaba con los ventanales de la gran casa. Esta estaba cerca del cerro san Cristóbal, corría mucho viento y la lluvia no daba tregua, ese mismo día Mauricio había visto las noticias de las 9, las lluvias no cesaban en la región metropolitana, ya habían formado estragos en campamentos y en poblaciones donde históricamente se inundaban todos los años, la gente se veían saliendo de sus casas con el agua hasta la cintura, algunos en botes transportando a sus mascotas y enseres preciados.
La gente ya estaba en pánico y a cada momento se veían personas que culpaban al gobierno de la mala situación, decían que existía mala estructura de alcantarillas y por eso las aguas lluvias no drenaban bien en ciertos lugares.
Los pasos bajo nivel ya estaban en su mayoría inundados, se veían autos y micros atrapados en esquinas profundas, parecían lagos, y otros ríos.
La situación más grave era la del rio Mapocho, este estaba casi desbordado.
El agua corría su curso hacia el mar con mucha fuerza, los que pasaban más miedo (claro está) eran los puentes ubicados en la zona los cuales corrían un serio peligro, de un momento a otro se los podía llevar el rio, corría con demasiada fuerza.
La lluvia ya llevaba 5 días en la capital. Era una situación que no se veía hace años, las calles prácticamente estaban intransitables y numerosos supermercados tuvieron  que cerrar ya que algunos empezaron a inundarse y no se podía traer mercadería ya que los camiones exportadores se quedaban atascados en el agua, en algunas comunas la situación ya era grave. Las casas estaban carcomiéndose con el paso de la lluvia.
Santiago era un completo caos.
Decidí ir a la cocina de mi casa, abrí el refrigerador y saque un jamón, me hice un gran sándwich, me lo comí en el comedor tranquilamente mientras escuchaba la lluvia caer en mi ventana, pero de un momento a otro empezaron a sonar rayos y a caer relámpagos.
Eso me produjo un gran sobresalto que inclusive me había quitado el apetito.
Después de un rato decidí botar a la basura lo que me quedaba del sándwich y decidí irme a acostar.
Llegue a mi habitación y prendí mi televisión. Estaban dando solo basura, películas noventeras que no entretenían a nadie.
Me saque mis zapatos y me recosté sobre la cama con ropa, ya no tenía  sueño, el sonido de los relámpagos y la gran lluvia capitalina me habían quitado el sueño.
Intentaba cerrar mis ojos pero el acto no me producía sueño, me corría hacia ambos lados pero no pasaba nada.
Me levante súbitamente y me fui al baño, dentro de este me lave los dientes y la cara.
Me dedique por unos momentos en mirar la ventana de esa habitación de la casa. La vista era esplendida, podía ver  todo Santiago, parecía estar completamente en silencio, el cielo estaba gris, casi oscuro en su totalidad, a lo lejos se apreciaban las luces nocturnas de la capital, parecían ser pequeñas luciérnagas las cuales pestañeaban de vez en cuando.
Decidí ir a la cama por segunda vez, en esta ocasión estaba dispuesto a irme a dormir, no tenia sueño pero quería emprender empresa para lograr tal acción.
Estaba de nuevo acostado encima de mi placentera cama de dos plazas.
 Tome mi celular y decidí ponerlo en silencio, no quería que me despertara por alguna llamada a mitad de la noche, seguramente me costaría mucho conciliar el sueño.
Comencé  a cambiar la televisión y me dirigí a los canales pagados, tenia tevé cable pero eso no significaba que precisamente no dieran pura mierda de vez en cuando.
Estaba cambiando la tv lentamente, me tomaba mi tiempo, esperaba al sueño pacientemente.
Pero de pronto todo se apago. Quede en la absoluta oscuridad, no veía nada, me levante de la cama y tome mi celular.
Ilumine la habitación  y me di cuenta que la tele se había apago con tal fuerza  que despedía humo desde la parte frontal del televisor, se había quemado, ya que cuando la fui a tocar esta estaba muy caliente.
Estaba en la habitación sumido en la oscuridad, solo se podía escuchar la lluvia y el viento. Golpeaban sin cesar la casa. Parecía de vez en cuando que los golpes ocurrían con mayor frecuencia, parecían aumentar paulatinamente.
Baje al living comedor de mi casa a buscar pilas y una linterna, estaba tranquilo, seguramente la plena oscuridad me ayudaría conciliar el sueño, seguramente era más fácil mi situación si esta estaba exenta de ruidos y luz.

Baje las escalera y me trómpese, caí emitiendo un golpe sordo y me doble mi mano izquierda, me dolía mucho pero no parecía nada grave, ni siquiera una rasgadura me había hecho y no pensaba en un esguince.
Busque en unos cajones de la cocina en busca de pilas, pero no encontré nada, solo podía conformarme con la tenue luz de mi celular.
Seguí buscando pero solo encontré un paquete de velas.
En otro cajón encontré fósforos y decidí encender cada vela y ponerla en diferentes lugares de mi casa.
Una la puse encima de la mesa del comedor y otra en la cocina, la tercera y última que tenía la deje encima del mueble de mi pieza.
 Parecían ser pequeños guardias de cerilla que custodiaban puntos precisos de mi casa.
Estaba en el sofá otra vez, y solo observaba el resplandor emitido por las velas, me daban cierta seguridad pero no absoluta.
Estaba sentado observando la ventana, veía caer la lluvia y daba la impresión de que el ventanal sudara por fuera, decidí mirar por esta pero la calle que daba al cerro esta desierta, no había nadie en aquel lugar.
Los rayos y relámpagos seguían cayendo implacablemente sobre la ciudad de Santiago, de vez en cuando parecía un completo bombardeo a la capital.
Esa noche era extraña, además de la lluvia y los rayos, algo malo pasaba, algo malo.
Seguramente estaba comenzando a sugestionarme solo y era natural, estaba solo en mi casa y la oscuridad me ponía un poco nervioso.
Al rato después estaba otra vez sobre mi cama, había apagado las velas del primer piso, solo mi habitación estaba iluminada por la vela que ya en ese instante estaba consumida a la mitad.
Cerré mis ojos e intente quedarme dormido pero un sonido en el primer piso me despertó.
Me levante bruscamente, mis ojos estaban completamente lucidos, veía todo con claridad. Estuve sentado sobre mi cama apoyando mi espalda en la pared en dirección a mi respaldo.  Respiraba deprisa, mi agitación era notoria, estaba comenzando a asustarme.
Baje lentamente las escaleras que conducían al comedor del primer piso, el sonido volvió otra vez, pero esta vez lo pude escuchar con completa claridad,
Estaban golpeando a la puerta de mi casa. Llovía a cantaros y la puerta mía estaba cerrada a calicanto, pero sentía miedo, quizás la persona del exterior era alguien malo, -- ¿Quién podía golpear a esa hora? Y además con ¿esta lluvia?
Me dirigí tambaleante por el nerviosismo de mi cuerpo a la puerta de mi casa, mire en un costado a través de la ventana pero no había nadie, la calle seguía vacía, no había ninguna alma en el lugar.
Decidí apartarme de la ventana e ir a mi cama, justo cuando ya creía que todo había pasado volví a escuchar el –toc toc—de mi puerta.
Me di vuelta en dirección a esta y la mire alumbrándola con la luz de mi celular.
Decidí volver a caminar hacia ella pero en mi interior había una voz que me ordenaba lo contrario. Estaba asustado, seguramente mi propio sugestiona miento ya rallaba en un límite poco aceptable.
Alce la voz sin titubear; -- ¿quién es?--  pregunte con voz segura y casi gritando. La lluvia seguía golpeando mi puerta sin cesar, solo la escuchaba a ella, nada más.
¿Quién está golpeando la puerta? Pregunte con voz más fuerte en esta ocasión.
-no hubo respuesta—
Seguí mirando la puerta en espera de alguna respuesta y escuche.
---- ¡POR FAVOR, DEJAME ENTRAR. NO TENGO A DONDE IR, ESTOY COMPLETAMENTE MOJADO!!!!!!!
Lo escuche y me estremecí, y dije; he y ándate de mi casa, no tengo por qué dejarte entrar en mi casa.
Las palabras salieron de mi boca como si fuese una apelación de algún comandante militar.
Hubo un silencio momentáneo y dijo a reglón seguido; -- ¡¡¡¡¡¡¡¡¡POR FAVOR, DEJAME ENTRAR, ESTOY TODO MOJADO AQUÍ AFUERA, NO TENGO CASA A LA CUAL IR, ESTABA DURMIENDO EN LA PLAZA JUNTO A MIS CARTONES Y PERROS COMPAÑEROS PERO ESTA MALDITA LLUVIA ME LO A QUITADO TODO, ESTA TODO INUNDADO, POR FAVOR DEJAME ENTRAR!!!!!!!!
Lo escuche tranquilamente, pero no me podía fiar de él, esa noche estaba especial para dejar entrar a un desconocido y después este te matara en tu propia casa, estaba seguro allí adentro, no tenia por que poner mi pellejo en juego por alguien que no conocía.
---no quiero que entres en mi casa, no te conozco, no tengo por qué dejarte entrar en mi hogar, ándate ahora mismo. —
Dije esas palabras en dirección a la puerta y al instante siguiente escuche su respuesta.
¡¡¡¡¡¡¡POR FAVOR, SI NO ENTRO SEGURAMENTE MORIRE DE FRIO AQUÍ AFUERA, DEJAME ENTRAR POR FAVOR!!!!!!!!
¡¡¡¡¡¡NO SEAS MALA PERSONA, LE JURO QUE NO LE HARE NADA MALO, ESTOY EN APRIETOS, SOLO QUIERO UN LUGAR DONDE PASAR LA NOCHE!!!!!!
Después hubo un incomodo silencio y añadió;
¿ESTA SOLO EN CASA MIJITO?, ESTA SOLO PARECE, DEJEME ENTRAR, LE JURO POR DIOS QUE NO LE HARE NADA MALO, SOY UNA PERSONA DECENTE, SOLO QUIERO NO MORIR AQUÍ AFUERA, NO TENGO DONDE IR.
Lo escuche todo el rato, pero la frase que él había expuesto en esta incómoda situación me había puesto nervioso.
¿Estaba solo? ¿Cómo lo había sabido? Quizás no era alguien bueno, seguramente me había estado vigilando y solo esperaría el momento adecuado para atacar, quería mis posesiones y no estaba dispuesto a dar marcha atrás.
Camine en dirección a la escalera sin mirar atrás, pero volví a escuchar la voz del extraño.
¡¡¡¡¡¡POR FAVOR DEJAME ENTRAR, NO HARE NADA!!!!!!!! TENGO MUCHO FRIO, QUIZAS ME DESMAYE EN TU MISMA PUERTA ¿ESO QUIERES? ¿HE?
DEJEME ENTRAAAAAAAAAAAR!!!!!!!!!!!!!!!
No le hice caso, no me importaba si el moría frente a mi casa o quizás afirmado al pomo exterior de la puerta, solo quería dormirme y esperar a que la lluvia cesara.
Decidí no tomarle atención y lo escuche por última vez.
¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡DEJAME ENTRAR, TE LO RUEGO, NO SEAS UN MAL CRISTIANO!!!!!!!!!! DEJAME ENTRAR, NO QUIERO MORIR DE ESTA MANERA!!!!!!!!
Lo escuche mientras subía los peldaños de la escalera, caminaba lentamente, solo quería que se callara.
Pero a continuación escuche algo parecido a una voz humana, lo digo porque parecía gutural.
¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡TE VAS A IR AL INFIERNO MUCHACHO, Y ¿SABES POR QUE? PORQUE ERES UN SER HUMANO MALO, DEJASTE MORIR A UN HERMANO.!!!!!!!!!!!!!!!
Decidí continuar con mi rumbo y me acosté encima de la cama de mi pieza, encendí la vela la cual la había apagado al bajar e intente dormirme.
Esta vez lo conseguí…


Pero el sueño no duro mucho ya que desperté súbitamente al poco rato, algo se había roto en el primer piso.
Desperté somnoliento y decidí bajar, me encontraba en un estado de vigilia.
Baje rápidamente pero ahora no me trómpese.
Estaba todo oscuro, alumbre la cocina con la luz de mi celular pero no encontré nada anormal en aquel lugar. Después dirigí mi foco de luz hacia la puerta y vi la ventana rota.
Al parecer esta había sido rota con un golpe desde el exterior, tenia barrotes
La ventana y no tenia que preocuparme si alguien entraba, nadie caía por las aberturas de los fierros de la ventana.
Alumbre el suelo, mirando cuidadosamente los vidrios esparcidos en el piso, andaba solo con calcetines y no quería enterrarme algún cristal en mi pie.
Estaban esparcidos pequeños trozos de cristal en el suelo, era como ver un rompe cabezas mal hecho.
Pero entre los vidrios había algo, una botella de licor, dentro de esta había un papel.
Seguramente el vagabundo me había dejado un pequeño recuerdo antes de irse de mi casa al ver que sus intentos no funcionaron, claro está los de intentar entrar en mi casa.
Abrí la botella y saque el papel que había en su interior.
 Leí el mensaje, estaba borroso y con muchas faltas de ortografía pero decía así; -- te vas a ir al infierno por ser un mal cristiano—
Lo leí estupefacto y me largue a reír, más bien solté una ricita ahogada de mi interior.
Me levante y me dirigí a la escalera con la botella en la mano.
La bote en el basurero de la cocina, me agache para abrir la tapa de esta y la introduje, cayo la botella sin emitir ningún sonido. Me di media vuelta y vi una sombra delante de mí.
Quede helado, era como ver un fantasma. Este camino hacia mí y quedamos frente a frente.
Su nariz casi se tocaba con la mía, sentí su aliento en mi cara y me produjo asco, olía a ron pero del malo.
Al instante siguiente estaba con el control en el sofá, estaba sentado y mi hombro izquierdo estaba caliente, me había quedado dormido con la boca abierta y estaba todo babeado.
La televisión estaba prendida pero ya a esa hora no había programación, la tele estaba en silencio y solo emitía la hora del canal junto a la programación del día siguiente.
Me levante del lugar y me di cuenta de que todo había sido un mal sueño, una gran pesadilla.
Pero había sido demasiado real, todavía podía sentir el hedor a ron del vagabundo, seguía lloviendo con gran fuerza en el exterior.
Decidí pararme del sofá e ir al basurero de la cocina, prendí la luz y lo que vi me dejo helado.
Estaba la botella en el lugar en donde la había dejado, estaba inerte a la espera de que alguien quizás la tomara.
Cerré el bote con gran fuerza.
Y me fui al sillón, me senté y me tome las rodillas. Estaba nervioso ¿había sido un sueño en realidad? ¿O no?
Me refregué los ojos con las palmas de mis manos y me quede en absoluto silencio.
No entendía como la botella estaba allí, mire la ventana y esta estaba bien, no tenía un agujero como en mi sueño, no estaba rota.
Entonces… ¿Cómo había llegado la botella a mi casa? Mas precisamente a mi basurero en donde supuestamente la había dejado yo.
Mire el control remoto de la televisión y la apague, la tele quedo negra, solo se podía ver el reflejo de mi persona sentada frente a ella.
 Intente relajarme y cerrar mis ojos otra vez pero el ---toc toc--- de la puerta nuevamente me molesto e impidió mi sueño.
Mire la puerta con espanto y una pregunta acudió a mi mente.
¿Estaba solo realmente? ¿Había sido todo un sueño?...

Fin

miércoles, 18 de abril de 2012

Ofrenda


Por Mauricio Vargas.


Cuando las puertas de la iglesia de abrieron temprano en la mañana, todo aparentaba estar en orden, hasta que el padre Alfonso Serrano se percató de que uno de los santos tenía sangre en la túnica. Al entrar, junto con una corriente fría y furiosa proveniente de la loma, caminó por la nave central y miró las manchas rojizas en sus vestiduras y en sus manos eternamente suplicantes. Si hubiese habido un rastro de lágrimas rojas sobre las mejillas inmaculadas, se habría armado una revolución en el pueblo. Pero la sangre que estaba viendo había sido derramada. Era sangre ajena.

Se acercó a la figura, pasó los dedos por la sustancia y se estremeció. Se limpió instintivamente en sus pantalones y descubrió que  las demás estatuas también estaban impregnadas. Caminó por la nave contemplándolas y encontró a los piesde la última figura una cabeza humana depositada a modo de ofrenda. La sangre del cuello se había secado como la parafina. Las flores del día anterior habían absorbido la humedad de la muerte. En el otro extremo del cuerpo de yeso, la cabeza del santo había sido reemplazada por otra de verdad que terminaba también, abruptamente, en un muñón sangrante. Aquellos dos pares de ojos vidriosos lo estaban mirando fijamente, implorantes, como si ya hicieran parte de aquella galería de personajes que han permanecido por años aguardando la segunda venida.

El padre Alfonso se tapó la boca y salió corriendo a llamar a la policía. Cuando le contestaron informó el hallazgo fatídico y le dijeron que lo primero que debía hacer era conservar la calma. Que cerrara la iglesia y pusiera un aviso. Nadie debía saber lo ocurrido o si no, en cuestión de minutos, el pueblo estaría desatado.

—¿Se robaron algo, Padre? —fue la primera pregunta.

—El sagrario está forzado, pero las cosas están intactas adentro —respondió aún nervioso.

De la iglesia no había salido nada, demasiado extraño para ser un lugar sin vigilancia. Las decapitaciones habían sobrepasado los límites de la racionalidad, pero eran buena señal para inclinarse más por algún acto profano. En Zamaral jamás se habría presentado una atrocidad semejante.

—En un momento vamos para allá. Haga lo que le dije, Padre. Y no vaya a tocar nada de la escena del crimen.

El padre Aflonso colgó y siguió todo paso a paso. Por primera vez en muchos años, la misa quedaba suspendida.





Veinticuatro horas antes, la misa transcurría con normalidad: cantos, plegarias y ofrendas. Para Miguel y compañía, estar allí, sentados en la última banca, era una misión de reconocimiento.

—Hermano, ¿ya sabe no? —le dijo Miguel a Jairo en voz baja—. Hoy por la noche es el golpe.

—¿Están seguros de querer hacer eso? —Jairo estaba sentado entre Miguel y Vicente. Se sentía presionado por lo que ahora, sabía, era una mala decisión—. Podemos volver a lo básico. Algo así como robar la tienda de don Gustavo o saquear la cantina.

—No, hermanito. Hoy las cosas cambian —le aseguró Miguel. Era un líder nato. Vicente, por otro lado, no decía nada, y le convenía seguir así, porque de lo contrario, las ganancias se repartirían solo entre dos y no habría nada más humillante que su parte fuera concedida al cobarde del grupo—. Ya estoy mamado de hacerme con tan poquita plata. Robar esos chusos quita mucho tiempo. Es esforzarse por nada. La iglesia, parcero, es la única opción que tenemos para abrirnos de este pueblo de mierda.

—¿Y si nos descubren?

—¡Qué nos van a descubrir ni qué ocho cuartos! Por la noche esta iglesia queda sola, ya le dije. Tenemos vía libre, y con Vicente vigilando no tenemos pierde, ¿sí o no? —Lanzó una mirada a Vicente y éste se limitó a asentir—. Mire, Jairo: hace rato que he venido craneándome este plan y usted no se va a cagar en él, ¿me entendió? Ya no hay tiempo para arrepentirse.

—¡Yo no he dicho nada!

—Y está muy bien que siga así. —Le dio unos golpecitos en la espalda como a cualquier animal obediente.

La misa continuó. Los feligreses hicieron fila para recibir el cuerpo de Cristo, representado en un trozo de galleta costeña. Al final, luego de la bendición, el tumulto comenzó a salir. Los tres compinches recorrieron la iglesia y fueron hacia las esculturas de los santos. Una anciana que apenas si podía caminar, depositó a los pies de San Francisco Solano un ramo de flores sobre los pegotes de parafina.

—¿Quiere que le diga algo? A mí estos santos me dan cosa —confesó Jairo.

—Tan guevón. Cómo le va a tener miedo a unas estatuas —Miguel soltó una risotada que resonó en el lugar.

—No sé. Esos ojos miran muy extraño, como si supieran lo que uno está pensando o diciendo. Parecen atentos.

—Pues va a tener que olvidarse de esos mieditos cacorros, porque esta noche, en plena oscuridad, vamos a tener todas esas miradas sobre nosotros todo el tiempo.

Jairo no dijo nada y Vicente tampoco.

Salieron de la iglesia a recibir los primeros rayos del sol que ya comenzaba a calentar.

—Bueno, señores —dijo Miguel—, aquí nos separamos. Que no nos los vean juntos hoy, por favor. De pronto no sospechen, pero es mejor prevenir. Nos vemos en la noche, ya saben dónde.

—Todo bien —respondió Vicente—. A las once.





Un frío impresionante se había apoderado de Zamaral. Jairo Miguel Peña iba retrasado a la cita. Llevaba un talego para echar la mercancía, tres linternas y una palanca de hierro para forzar la puerta. Sus colegas lo estaban esperando detrás de la iglesia. El vapor salía de sus bocas y casi que resplandecía entre la oscuridad. Miguel, que tenía las manos enfundadas en los bolsillos de su chaqueta, lo vio primero:

—Se estaba como demorando, ¿no? A qué jugamos, hermanito.

—Ya, ya , ya. Aquí traje las cosas.

—Eso.

Vicente recibió los implementos y preguntó la hora.

—Once y cuarto. Yo creo que es mejor empezar ya.

—¿Seguros que el padre no está?

—¡Que no, hombre! —exclamó Miguel, desesperado—. Ese man nunca se ha quedado en la casa cural, por lo menos desde que llegó al pueblo. El padre Ramiro sí se quedaba aquí…creo, pero el que está ahora no. Seguro le dan miedo los santos. —Reprimió la carcajada con su brazo.

—Este man tan montador. A mí me dan cosa, y qué.

—No, nada. Más bien comencemos.

La pequeña puerta de madera que había atrás, en la iglesia, no opuso mucha resistencia al forcejeo. La palanca encajó a la perfección y la madera, que emitió algunos crujidos, cedió. Vicente se quedó afuera vigilando. Aunque trataron de ser los más precavidos, les dio la impresión de que el sonido de la puerta al abrirse había resonado en todo el pueblo. Cuando abrieron, Vicente corrió a la parte frontal de la iglesia y no vio a nadie, así que dio la señal.

Adentro estaba inundado de un olor a incienso y humedad. Aunque no les demoró mucho acostumbrarse a la penumbra, el camino hacia las entrañas del lugar era incierto. Caminaron despacio y, por una puerta lateral, fueron a salir a la nave del lado izquierdo. El inmenso espacio bajo el que se hallaron era increíblemente poderoso en medio de la oscuridad. Era como estar en el vientre de una bestia del cual no se podía salir. Las imágenes de las pinturas, apenas perceptibles para el ojo, adquirían el privilegio de guardar en su lienzo pasmado los misterios de las tinieblas. Fue en ese momento cuando Miguel Sanabria pudo llegar a comprender el miedo que los santos provocaban en Jairo. A la luz danzante de las linternas, no se podían contemplar bien las formas. Aparecían furtivamente un ojo, una boca, un brazo, envejecidos por el tiempo. Mas sin embargo no dejaba de maravillarse por las sensaciones que lo embargaban: su corazón palpitaba y un cosquilleo le recorría las piernas. Jairo, obviamente, estaba igual o incluso peor.

Lo que debía procurar Miguel era mantener la calma y tratar de estar al frente de todo.

—Hey, pss. Jairo. —Incluso en voz baja, el espacio amplificaba los sonidos. Y era más desesperante ver que Jairo no escuchaba.

—¡Jairo! —insistió con precaución.

Pero el otro estaba embobado, inmóvil. Miguel se acercó por detrás y le agarró el brazo.

—¡Aaahh! —gritó Jairo. Todo el lugar se estremeció. Miguel dio un respingo y soltó la linterna.

—¡Chito, guevón! —dijo con su voz controlada. Recogió la linterna y añadió—: ¿Es que la quiere cagar o qué? Más bien páseme esa palanca. No perdamos tiempo.

Se acercaron al sagrario y Miguel encajó la palanca en la puertita dorada.

—Bueno, parcero. Aquí adentro está el boleto para largarnos de Zamaral. Hagámosle.

Antes de que pudieran hacer algún esfuerzo, un ruido los distrajo. Algo había caído más allá del altar, por el lado de las bancas. Los dos se quedaron quietos. Jairo, con el corazón desbocado, lo primero que hizo fue mirar al Jesús
crucificado que dominaba el ábside. Su cara sangrante parecía reprochar las acciones que se estaban cometiendo bajo Su presencia.

—Qué fue eso —dijo Jairo.

—Sshh. —Miguel enfocó vertiginosamente el fondo de la iglesia. Desencajó la palanca y se aproximó al altar. Trató de descifrar en medio de la oscuridad con la luz azulada de la linterna recargable, pero no logró ver más que las bancas y los
santos.

—Qué ve.

—Nada, Jairo.

—¿Será Vicente?

—No creo. Lo hubiéramos sentido al entrar. Además, él sabe que, pase lo que pase, no debe… no puede moverse de su lugar.

—¿Y entonces?

—Espere voy a mirar.

Miguel caminó hacia las sillas, con la palanca firme en una mano y la linterna en la otra. Se fue lentamente por la nave del lado izquierdo, examinando entre banca y banca.

Un hacha fabricada con una delgada lámina de hierro estaba en el suelo. Miguel la pisó sin querer y resonó. Dejó la palanca sobre la banca más cercana y recogió el artilugio. Era relativamente liviano y lo blandió en el aire provocando un silbido.

Jairo lo llamó y él lo enfocó con la linterna. Agitó el hacha para que la pudiera ver. Se preguntó si valdría algo, porque ya podría considerarse el primer elemento del botín. Pasó los dedos sobre la superficie áspera y se detuvo al escuchar un ruido detrás de él. El sobresalto le hizo soltar la linterna de nuevo. Se agachó para recogerla y de pronto, un choque estridente resonó en la iglesia y el corazón de los dos ladrones se les subió a la garganta. Algo pesado había caído. Miguel apenas tuvo tiempo para volverse y enfocar con la luz la cara de San Simón.

La estatua había bajado de su altar y uno de sus pies estaba astillado por el golpe. Los ojos estaban fijos en él, con la furia encendida en la pintura vieja de sus pupilas. El rictus de desprecio terminaba de adquirir fuerza en la tosquedad de su boca, bajo la barba espesa y reluciente. La figura empezó a aproximarse arrastrando su pie astillado por el suelo. El chillido que provocaba el desplazamiento era insoportable.

Miguel, que se olvidó por completo de lo que tenía en la mano, salió corriendo por la nave central hacia el altar. Su amigo estaba allí, enfocando con la linterna a San Francisco Solano. Mientras Miguel investigaba lo del ruido, Jairo había empezado a alumbrar las figuras cuando notó de qué manera la estatua movía la cabeza suavemente y se preparaba para bajarse de su altar. Ahora se acercaba por el otro lado hacia él. San Simón venía con lentitud en pos de Miguel por todo el centro de la iglesia.

Una vez los dos juntos, sólo pudieron mirarse. Mientras tanto, San Rey Luis de Francia con su espada al cinto, San Cayetano y San Roque empezaban a descender del lugar en el que habían permanecido tanto tiempo.

—¡Qué.. qué mierda es esto! —exclamó Miguel echándose la bendición. Los santos venían hacia él.

Jairo agarró el brazo de su amigo con fuerza y éste se desasió con brusquedad y nerviosismo. San Francisco Solano se aproximaba rápidamente. Subió los escalones del altar y las dos víctimas empezaron a retroceder para atrincherarse inútilmente en el fondo del ábside.

San Francisco Solano estaba bien cerca. San Simón, con el chirrido de su pie contra el suelo, ya venía por las escaleras también. Los otros tres iban hacia ellos más lentamente.

Miguel agarró con más fuerza el hacha que tenía y descargó su fuerza bruta, desencadenada por un miedo irracional, en la cabeza de la estatua con un golpe seco. Los pedazos de yeso volaron por todos lados y de la cabeza sólo quedó la mitad del mentón. En el centro, un hueco oscuro se adentraba en las profundidades de un cuerpo que jamás debió cobrar vida.

San Francisco Solano se tambaleó. Sus manos torpes examinaban el aire que ahora circulaba por el lugar donde alguna vez estuvo su cabeza. Retrocedió con tropiezos sin dejar de mover los dedos convulsivamente.

Pero las otras cuatro estatuas venían decididas. Jairo estaba petrificado y sus manos temblorosas trataban de aferrarse a los grabados de la pared detrás de él. Sudaba frío y su pecho se agitaba frenéticamente. Sólo podía contemplar el espectáculo.

En el retroceso por el golpe de Miguel con el hacha, las estatuas le lanzaron contra los dos. La dureza de las manos de yeso inmovilizaron a Miguel y soltó el arma.

—¡No, yo no! —gritaba Miguel, desesperado. Se agitaba frenéticamente, pero sus intentos de escapar se reducían a un berrinche ridículo. La fuerza de las estatuas superaban por mucho a la débil consistencia de la carne.

Jairo, en cambio, había comenzado a llorar.

Arrastraron a las dos víctimas al borde del altar. San Simón tiró a Miguel en el suelo y San Rey Luis de Francia puso el pie sobre su cabeza. Luego desenvainó la espada, tan liviana y poco precisa como el hacha, y bajó emitiendo un silbido hasta enmudecer en el contacto con el cuello. Con el filo irregular de un metal trabajado artesanalmente, el corte quedó a medias. La sangre brotó con presión en un chorro que salpicó a los santos en sus rostros y prendas. Un nuevo impulso del rey separó la cabeza del cuerpo.

San Francisco Solano seguía trastabillando en la oscuridad. No supo quién le ofreció aquella cabeza tan suave, pero lo primero que hizo fue ubicarla en el lugar vacío. Presionó y el moñón dejó escapar más sangre que se escurrió por los pliegues eternos de sus vestiduras. La cabeza quedó torcida, pero asegurada. Pronto adquiriría el tono blanco que haría juego con la piel del resto de su cuerpo.

Jairo contempló la decapitación de principio a fin. Había decidido, demasiado tarde, pugnar por liberarse. Todo el alboroto había hecho que Vicente, fiel a su líder, desobedeciera y entrara en la iglesia. Vio la función macabra que se estaba llevando a cabo y, aunque su amigo lo llamó en un grito desgarrador, prefirió mantenerse lejos. Quiso escapar, pero no pudo porque debía presenciarlo todo.

San Roque y San Cayetano lo tenían cogido del torso y de la cabeza respectivamente. Los dos halaron en sentidos opuestos y el cuello de Jairo se estiró abruptamente hasta que se separó de su cuerpo fibra por fibra. La sangre, oscura como la noche, salpicó por doquier.

Vicente derramó lágrimas en silencio, convulsivamente y, cuando vio que una de las estatuas se fijaba en él, no tuvo más remedio que huir y no parar de correr hasta desfallecer en medio de la carretera. Allí fue donde lo encontraron en la mañana, en shock.

Las estatuas depositaron los dos cadáveres en el confesionario. Aunque todas debían adoptar su posición natural para la misa del otro día, con la torpeza de San Francisco Solano, la ayuda de los otros fue indispensable. Fue el primero en subir a su altar y dejó que pusieran la cabeza de Jairo, violentamente cercenada, sobre las flores que Estercita —como le decían todos en el pueblo—, le había dejado después de la misa de la mañana.

Su inocencia era tan conmovedora, pues ignoraban que su apariencia estaba marcada considerablemente por las huellas del deber cumplido. Jesús lo había visto todo desde su cruz y, al parecer, estaba satisfecho.




Fin.