miércoles, 30 de mayo de 2012

Lentos (Desearía que estuvieras aquí)


Por Juan Esteban Bassagaisteguy.


– 1 –
Rayos de luces multicolores surcaban la pista, mientras que desde los parlantes del boliche, Miguel Mateos le cantaba a todas las mujeres presentes que “eran su obsesión”.
Esa era la señal: así lo había acordado con Mariano, el disk jockey, compinche desde la época del jardín de infantes. Primero, “Obsesión”, punto de inflexión entre la danza frenética y los tan ansiados lentos; luego “Sumar tiempo no es sumar amor” de Los Enanitos Verdes, para ir bajando el ritmo y, por fin, la balada preferida de ella, “Para Pau” de GIT. Tal era el plan que habían urdido aquella tarde de sábado, entre mate y mate, Darío y su mejor amigo. La conquista definitiva de Isabel ya no le parecía una quimera imposible, pero necesitaba ayuda; el espionaje había dado resultado, los gustos musicales de la más linda de la división ya no eran un secreto para ese par de pibes.
Tan sólo dime que me amas / y dejaré de aullarle a la luna… La divisó desde el balcón de la cabina de Mariano, mezclada entre su grupo de amigas: sus carnosos labios se humedecían con gotitas de cerveza mientras reía y reía. Bajó presto, raudo, esquivando con codazos imprudentes a todo aquel que le impedía llegar a su objetivo. Sudaba, su paladar estaba seco por los nervios, y de su mano derecha pendía un cigarrillo que se asemejaba, en ese momento, más al único salvavidas del Titanic que a un tubito de papel lleno de tabaco y nicotina.
Se acercó por detrás, admirando como su largo cabello rubio llegaba hasta el límite mismo del nacimiento de la manzana prohibida más deseada por los jóvenes de su ciudad. Suavemente la tomó de un brazo, y cuando ella giró su rostro y sus ojos verdes destellaron en la oscuridad, llegó el momento de la pregunta del millón.
— ¿Bailás?
El tiempo se detuvo un microsegundo que pareció una eternidad.
Mientras Marciano Cantero aseveraba que la ciudad endurece las palabras de amor, la luz negra invadió la pista, el centelleo intermitente del flash desapareció como por arte de magia, y los haces cegadores de las parrillas de luces disminuyeron muy lento su intensidad, hasta perderse engullidos por la música de Los Enanitos. Darío no estaba solo: el cigarrillo que sostenía entre sus dedos despedía un rojo fulgor que iluminaba, tenuemente, la sonrisa de Isabel.
Cuando los primeros acordes de la guitarra de Guyot invadieron el aire, él puso su mano izquierda en aquella cadera infernal, y ella se dejó llevar. Si me miras esta noche / como me miraste ayer…
El roce de sus dedos con el inquietante y diminuto borde de su ropa interior que se dejaba imaginar a través de la suave tela de la minifalda, elevó no sólo su calor interior; hervía, y no le importó que el dueño de su bajo vientre rozara a la candorosa majestad que gobernaba aquellos muslos de terciopelo.
Ella hundió su rostro en el pecho de Darío, mientras acariciaba suavemente su nuca; él apretó con sutileza aún más, y ella lo dejó hacer. Su perfume lo embriagó hasta saciarlo cuando sumergió su nariz en aquellos cabellos color del trigo; con finura extrema, hincó sus labios en el cuello perfumado y sintió cómo se erizaban, al instante, los pequeños vellos de la delicada piel. Isabel se decidió primero: buscó la unión de sus sedientas bocas, y él no se resistió: los paladares conocieron el sabor prohibido de húmedas visitas, y sus lenguas inquietas envolvieron la pasión de la noche.
La lumbre del cigarrillo despidió un débil hilo de humo que se perdió en la multitud. Y si llorás, ¿dónde estás?, / si callás, ¿qué pensás, mi amor?…
– 2 –
Ulises corrió con pasitos silenciosos, envuelto en la mantita que tanto lo protegía; entró en la pieza de Papá y Mamá, le dio un tierno beso en la mejilla a Papi, y se despidió con un alegre “¡Hasta mañana!”. La noche veraniega del sábado envolvía la ciudad, y antiguos rituales se repetían otra vez: el vaso lleno de licor de menta sobre la mesita de luz, junto al cenicero; un libro de King en una mano, y un Benson & Hedges en la otra; Pink Floyd, por supuesto, acompañando la lectura.
Los débiles ronquidos de su hijo sólo se oían en el intervalo de cada tema del grupo inglés, y lo mismo sucedía con el sonido de la lluvia de la ducha.
On the turning away / from the pale and downtroddenLos teclados de Rick Wright y la característica voz de David Gilmour fueron el marco ideal de la imagen que Darío divisó elevando apenas la vista de su libro; la tenue luz que venía del baño hizo el resto. Su blonda cabellera caía prolijamente desordenada sobre los pequeños hombros; las manos, entrelazadas en la espalda, expandían su pecho, y dos oscuros puntos coronaban la belleza de sus senos, que se dejaban traslucir, naturales, bajo aquel blanco camisón de seda.
Isabel se acercó por su lado de la cama, abrió las sábanas y se recostó sobre su pecho.
— ¿Qué leés, amor? —preguntó, mientras besaba con suavidad su cuello, y con los dedos de una de sus manos dibujaba letras alrededor del ombligo.
—“La Niebla” de King, linda —respondió él, con voz entrecortada; sentía cómo los dedos índice y pulgar de aquella inquieta mano infernal de angelical dueña se perdían un poco más abajo, formando una peligrosa letra “o”, con dúctiles movimientos ascendentes y descendentes, a la vez que aquellos húmedos labios endurecían sus pezones.
— ¿Y de qué trata? —inquirió divertida Isabel, mientras se deslizaba bajo las sábanas.
—De… de un super… supermercado —suspiró él, a duras penas—. Es una novela corta.
—No me parece tan corta —sonrió ella, y sus mojados cabellos se extendieron por el bajo vientre de Darío, a la vez que la suave presión de aquellos dedos vivarachos era reemplazada por otra, más delicada, más húmeda, más rica.
El Benson, por ese entonces, descansaba en el cenicero y se consumía lentamente, iluminando con sus últimos vestigios el verde esmeralda del licor; “La Niebla” había caído al piso, abierto el libro en cualquier página (no hubo tiempo para señalador). Las sábanas, en su revoltijo desordenado, eran testigos privilegiados del lento crujir de las patitas del somier, mientras que aquel blanco camisón había desaparecido de la faz de la Tierra.
Is it only a dream that there’ll be / no more turning away?…
– 3 –
Las níveas hebras que caían sobre sus hombros remarcaban la prestancia de las bellas facciones de su rostro: el espejo le devolvía el brillo de sus ojos verdes, los cuales, aún surcados por finas arrugas, seguían siendo hermosos como antaño.
Ulises ya había partido, con su esposa Sonia y la pequeña Clara, rumbo a La Plata; sus obligaciones laborales no le dejaron permanecer junto a su madre más de cuarenta y ocho horas.
La crueldad del destino marcaría para siempre en el corazón de Isabel los pequeños detalles: los besos en la mejilla de infinidad de personas desconocidas, los caramelos de menta, el chirriar de las tuercas al ajustarse la tapa del féretro, el esfuerzo titánico de su hijo por contener las lágrimas mientras asía una de las empuñaduras de aquel, las delicadas manos de Sonia rodeando su cintura, el irónico cartel de “Prohibido Fumar” en la puerta de la funeraria.
Apagó la luz del baño y se dirigió, con lento andar, a su habitación. En la cómoda, junto al equipo de música, y rodeado de varias cajitas decorativas y de dos pequeños floreros, se encontraba un recuadro con la foto de Darío. Sonriente, aire sobrador, las manos en los bolsillos de la campera que escondía un prominente vientre, y los pocos cabellos, también canos, agitados por un fuerte viento que soplaba desde el Océano Atlántico. Mar del Plata, el invierno pasado, las últimas vacaciones juntos.
La tomó entre sus manos y sin pensarlo, encendió el equipo de música. Los arpegios de aquel tema, inconfundible icono de su juventud, llenaron el aire, inundándolo todo. Puso la imagen contra su corazón, apretando fuerte, y se dejó llevar por misteriosos ángeles melodiosos.
Bailó como lo hacía hace años, y se rindió ante lo inevitable de nuestra existencia, mientras dos surcos profundos de saladas lágrimas se formaban en su delicado semblante.
“How i wish, how i wish you were here. / We’re just two lost souls / swimming in a fish bowl, / year alter year, / running over the same old ground. / What have we found? / The same old fears. / Wish you were here”[1].


[1] Traducción del autor: “Cuánto desearía, / cuánto desearía que estuvieras aquí. / Somos simplemente dos almas perdidas, / nadando en una pecera, / año tras año. / Corriendo sobre el mismo viejo terreno. / ¿Qué hemos encontrado? / Los mismos viejos temores. / Desearía que estuvieras aquí.”. Versos de la canción “Wish you were here”, de Pink Floyd.
En el cuento aparecen versos de las siguientes canciones: 1) “Obsesión”, de Miguel Mateos; 2) “Sumar tiempo no es sumar amor”, de Los Enanitos Verdes; 3) “Para Pau”, de GIT; 4) “On the turning away", de Pink Floyd; y 5) “Wish you were here”, de Pink Floyd.
Agosto de 2011.


Un golpe de suerte


Por Luis Del Val Carrasco.


La noche había sido magnífica. Pero lo mejor de todo era que, al parecer, no había concluido todavía. La celebración de la despedida de soltero estaba resultando un éxito completo. Gerardo contraería matrimonio con Lidia en menos de una semana y la alegre pandilla tenía muchas ganas de divertirse.
     «¡Vamos, panoli! ¿Qué es lo que andas dudando?», escuchaba con absoluta nitidez en su cabeza al travieso personajillo que trataba de hacerle caer en la tentación. «¿Vas a desperdiciar semejante oportunidad?», le preguntaba indignado al hombre el ilusorio ser, blandiendo su minúsculo tridente.
     La fiesta había comenzado en uno de los restaurantes más selectos de la ciudad. Gerardo y sus amigos cenaron de forma opípara. El homenajeado dio cumplida cuenta de un chuletón de casi medio kilo, regado con generosas raciones de vino, y degustó a su término unos exquisitos profiteroles de chocolate negro flambeados con brandy.
     Pero el suculento postre que se presentaba ahora al alcance de su mano no lo había esperado ni por asomo. Tras la gula, reclamaba exigente su turno la lujuria.
     «Acepta lo que se te ofrece y da las gracias. Disfruta. No seas tontaina», volvieron a resonar las burlas del imaginario diablillo en su cerebro.
     Después de ingerir una serie de licores supuestamente «digestivos», el grupo de amigotes había trasladado el festejo hasta un local de topless en el que, entre bailes desmañados y bromas procaces, siguieron trasegando sus buenas dosis de alcohol.
     Para rebajar la excitación provocada por la visión de la escultural anatomía de las camareras del establecimiento, decidieron por mayoría rematar la noche en el casino y poner a prueba la suerte. Esta se mostró muy risueña con el futuro marido: en apenas una hora, la mesa de póquer le deparó unas ganancias considerables.
     —¡Vaya golpe de suerte! Eres un verdadero capullo. Ya conoces el dicho: afortunado en el juego, desafortunado en amores... —le había soltado en son de chanza su colega Darío, escocido en parte porque ni él ni el resto de los juerguistas se hubieran visto favorecidos de igual modo por el azar.
     Era hora ya de regresar: Gerardo canjeó las fichas en la oficina de cobros del casino, puso a buen recaudo en su cartera el dinero obtenido y la festiva comitiva se dirigió al aparcamiento de la casa de juegos para recoger sus vehículos. Sin embargo, fue allí donde empezó el problema para el feliz ganador. Apoyada contra una de las pilastras del estacionamiento, una hermosa joven lloraba a lágrima viva. El espectáculo cortó en seco las risotadas del grupo de amigos.
     Se interesaron por lo que le sucedía. La joven les contó sollozando que había mantenido una violenta discusión con su novio por un asunto de cuernos y que el muy cerdo, al ver descubierta su infidelidad, se había largado pitando en el coche dejándola allí tirada. Les explicó que no tenía posibilidad de tomar un taxi (¡el cabronazo la había arrojado del auto sin darle tiempo ni a coger el bolso!) y que a aquellas horas de la madrugada el transporte público no funcionaba ya, y les rogó si podían acercarla hasta su domicilio.
     Al principio, algunos de ellos se mostraron solícitos, pero se echaron atrás de inmediato en cuanto conocieron la dirección exacta del punto de destino. Se trataba de un suburbio muy alejado de la zona de la ciudad en la que se encontraban y, con el volumen de alcohol que llevaban en sus venas, ninguno quiso exponerse a ser detenido en un control rutinario por la policía de tráfico y a que le fuera requisado el auto.
     La muchacha era atractiva, atractiva de veras. No parecía nativa. Su piel era muy blanca, y sus cabellos muy rubios: con seguridad provenía de algún país eslavo. De hecho, Gerardo, a pesar de que había estado muy concentrado en sus naipes, recordó haber divisado su despampanante silueta deambulando alrededor de la mesa de póquer del brazo de un tipejo con pinta de hampón... Incluso en esos instantes de abstracción, se había fijado en ella.
     La belleza de la joven hizo aflorar de súbito el espíritu quijotesco del hombre, el cual le propuso que lo acompañara a su vivienda.
     —Te puedes fiar de mí. Soy un caballero. Dispongo de una habitación libre. —Y le aseguró que a la mañana siguiente, una vez despejados los vapores etílicos, la conduciría sana y salva hasta su casa.  
     —Trato hecho —afirmó la desconocida sin vacilar, tendiéndole la mano—. Tampoco es que tenga demasiadas alternativas... Tendré que confiar en ti. Me llamo Claudia.
     El acento extraño de su voz confirmó la intuición del hombre acerca de su origen foráneo. E hizo algo más: el tono tintineante de aquella voz provocó que a Gerardo se le erizara de deseo el vello de la nuca. Empezaba a arrepentirse de haberle hecho la impulsiva proposición. Vislumbraba enojosas complicaciones en el horizonte...
     —¡Ey, Don Juan, a ver como te portas! Esmérate y deja bien alto el pabellón nacional, ¿eh? —exclamó Darío al tiempo que propinaba un codazo en los riñones a su compañero de francachelas—. ¡Aprovecha tu racha de buena suerte!
     El comentario pícaro del guasón suscitó un coro de carcajadas lascivas entre los presentes. Pero lo más raro fue que la grosera broma no dio la impresión de incomodar a la joven, quien, aceptando sin reparos la invitación de Gerardo, se introdujo con presteza en el coche del mismo.


II

     El hombre no experimentaba ninguna clase de culpabilidad. Bien sabía Dios que había intentado resistirse con todas sus fuerzas, pero al final había flaqueado y le había resultado imposible no enredarse en los lazos amorosos de Claudia.
     Nada más entrar en el apartamento de Gerardo, su huésped se había ofrecido a servir unos combinados para ambos, a fin de —según dijo— corresponder a la amabilidad del mismo: vodka con naranja para ella y ginebra con cola para su anfitrión. Este había puesto en el reproductor de música un CD de El Bolero de Ravel, una composición de acordes enérgicos que poseía la virtud de despertar su euforia. Cuando volvió al sofá en el que permanecía sentada Claudia, esta sostenía el vaso de él en una de sus manos.
     —¿No te gusta tu bebida? —inquirió—. Si prefieres whisky o ron...
     —No, no, está perfecta... Es solo que quería probar la tuya —contestó algo azorada.
     La joven dio un ligerísimo sorbo al combinado, esbozó un mohín que Gerardo consideró encantador y volvió a depositar el vaso en la mesita baja. El hombre observó que había dejado en el borde del vidrio una marca de carmín con la forma de sus preciosos labios. El hombre lo tomó y vació su contenido de dos largos tragos.
     Cuando Claudia, de sopetón, le propuso hacer el amor, Gerardo no había dado crédito a sus oídos. Una hembra tan esplendorosa como aquella, ofreciéndosele a él...
     —El bastardo de mi novio me ha engañado, ¿no? Me ha humillado. ¡A ! Pues le pagaré con la misma moneda. ¿No quieres ayudarme a vengarme de ese hijo de puta?
    Sin darle tiempo a reaccionar, la mujer se abalanzó sobre él y lo besó con fiereza en la boca. Su lengua se abrió paso a través de sus labios y se entrelazó con la suya aprisionándola como si fuera una boa constrictor.  
     Gerardo pensó en su prometida con desesperación como un baluarte para no sucumbir a la implacable seducción de la extranjera. No obstante, la pugna fue breve: en la fugaz contienda que se libró en su conciencia, la voz débil del angelito de ridículas alitas se vio pronto soterrada por los gritos estentóreos del diablillo del tenedor rojo:
     «¡Vamos, panoli! ¿Qué es lo que andas dudando? ¿Vas a desperdiciar semejante oportunidad? Acepta lo que se te ofrece y da las gracias. Disfruta. No seas tontaina».
     —No pretendo nada serio contigo, no te preocupes. Nada de compromisos. Tan solo resarcirme de ese mal nacido —prosiguió Claudia liberando la lengua de su presa. Hablaba con rabia: tenía la tez acalorada, y sus ojos despedían un relampagueo felino—. Mañana me marcharé y tú reanudarás tu rutinaria vida. Te casarás y podrás ser dichoso con tu querida mujercita. Esta no se enterará, descuida.
     La alusión a su prometida con aquel diminutivo le sonó despectiva. Y fue justo ese desdén lo que acabó de desatar su pasión, barriendo de un plumazo sus reticencias por entero. Esta aventura significaría la despedida definitiva de su soltería: como enfrentarse a una tormenta en alta mar antes de embarcarse en un apacible crucero.
     Se arrojó enfebrecido sobre la muchacha y hundió el rostro entre sus cabellos, aspirando con ansia su delicioso aroma. Claudia respondió agarrándole la cara con furia y cubriéndosela de besos húmedos, dejando un rastro de dulce saliva en sus facciones. Le mordisqueó salvaje el lóbulo de la oreja y le atenazó con los labios el nacimiento del cuello, ejerciendo una presión que puso a su amante al rojo vivo. Aquella marca le duraría varios días: pero eso no importaba entonces, ya encontraría alguna manera de ocultarla a los ojos de su ingenua novia.
     El hombre comenzó a arrancar la ropa de la joven. Sin cuidado, con rudeza. Aquellos modales impetuosos de cavernícola parecieron complacer a la mujer, a juzgar por los ronroneos de placer que emitía. ¡Qué piel más sedosa!, se sorprendió Gerardo. Su tacto tibio era aterciopelado, suave y resbaladizo como el de la epidermis de una serpiente. Claudia se retorcía sinuosa, dejando unas veces contemplar su esplendor al arrebatado amante, y cubriéndose otras veces juguetona como si sintiera pudor de exhibir su maravillosa desnudez. Gerardo contempló extasiado los pechos de aquella diosa sexual: voluminosos, rotundos y turgentes, de color canela y con unos pezones sonrosados duros como balines de plata. Experimentaba una erección brutal, el miembro le latía en pulsaciones insoportablemente dolorosas, y no se acordaba de haber tenido nunca otra igual, ni siquiera de adolescente, cuando se hallaba en plena eclosión de sus hormonas y le acuciaba el deseo de continuo. Era tal su excitación que creyó que, si no alcanzaba pronto el orgasmo, su cuerpo estallaría de un momento a otro, volando en mil pedazos y abrasando con su calentura el universo.
     Pero... ¿qué le ocurría ahora? ¿Por qué aquella somnolencia de repente? ¿Cuál era la causa de aquel súbito sopor? El sujeto se frotó los ojos hasta lastimarse, intentando con denuedo mantenerlos abiertos... Mas fue en vano.

III

     «¡Estúpido!», se recriminó a sí mismo el individuo cuando se apercibió de lo acaecido: aquella zorra lo había narcotizado. ¡Claro! ¡Le había echado la droga en la bebida! Por eso la había sorprendido con su vaso en la mano. «¿Durante cuánto tiempo he estado durmiendo?», se preguntó con estupor. Los crudos rayos del sol del mediodía que invadían el desvalijado salón contestaron de forma tácita a su interrogante.
     Gerardo se levantó a comprobar los daños: el dinero ganado la noche anterior había desaparecido de su billetera, así como todas sus tarjetas de crédito. Su teléfono móvil de última generación. El ordenador. El costoso televisor de plasma, y el equipo de música, y... ¡Bien se la había jugado la maldita rusa! ¡No era más que una vulgar ladrona, una buscona de casino! Y aquel tipo de mala catadura con el que la había visto en la casa de juegos era a todas luces su cómplice. Ella le había abierto la puerta de la casa durante su inconsciencia y se habían llevado todo lo que habían podido. ¡Qué suerte más perra la suya! ¡Menudo pardillo que estaba hecho! Sí, desde luego que aquella despedida de soltero no la olvidaría mientras viviera: había sido realmente memorable... ¡A ver qué explicaciones le daba ahora a Lidia! 




Habitación 30

Por Norma Villanueva.


Dos cuarenta de la tarde, habitación treinta, nada de servicio al cuarto, pago en efectivo; al finalizar, cada quien por caminos separados.
Dos meses han pasado desde que Helena Ross cruzó por primera vez la puerta, en forma de arco, del Austen Plaza y bastó con una mirada a las paredes adornadas con exquisitos cuadros prerrafaelistas para darse cuenta que su vida empezaba a transformase para siempre. Y así sucedió. Cada semana llegaba buscando la droga que la mantenía viva, la droga del placer.
Entró como  cada jueves al lobby del hotel, diez minutos antes del encuentro. Se sentó a leer un libro grueso que siempre llevaba consigo. De vez en cuando, mientras leía, ajustaba sus lentes y apartaba el fleco que  le cubría la frente. Sus manos delicadas pasaban las páginas cuidadosamente. Pasados los minutos se dirigió al registro. Su piel estaba ansiosa por ser recorrida una vez más.
­–Cuarto treinta, por favor. Sin servicio a la habitación. Gracias– dijo mientras sonreía tímidamente al encargado.
Tomó las llaves y se dirigió directamente a la habitación. Mientras recorría los largos pasillos hasta llegar a su destino, sentía como las pinturas colgadas de las paredes añadían, capítulos nuevos al romance que ahí escribía. Lentamente abrió la puerta, dio una mirada a su alrededor, como asegurándose de que todo siguiera exactamente igual al encuentro anterior. Dejó su bolso en el suelo espero sentada de espaldas a la puerta, cerca de la ventana, sólo para ver a los transeúntes pasar. Ahí esperó ansiosa a su amante. Había conocido a Hunt hacía unos tres meses. Le encantaba como sus ojos no escondían su deseo por ella, el recorrido de las ágiles manos de Hunt sobre su cuerpo le quitaba el sueño por las noches, y sus besos la dejaban sin aliento. Simplemente le fascinaba.

A los pocos minutos entró al Austen con paso firme, sin detenerse a mirar, pues del hotel nada le interesaba, a excepción de la habitación treinta. Llevaba cabello negro y corto, gafas de sol, jeans, camisa de vestir y zapatillas.  Abrió la puerta lentamente para tomarla por sorpresa.
– Espero no haberte hecho esperar demasiado–  dijo mientras se quitaba las gafas y una sonrisa traviesa se apareció en su rostro.
–No espere mucho– contestó ella, parándose y rodeando con sus brazos el cuello de su amante.
–No entiendo porque usas este suéter tan grande—dijo mientras metía  sus curiosas manos heladas debajo de la tela.
–La curiosidad mató al gato—contestó sacándose  las manos de Hunt.
–Y el placer lo revivió—añadió entre carcajadas.

La sujetó firmemente de la cintura y delicadamente empezó a besar su cuello; acercando su nariz la empezó a oler, respiró profundo, para guardar su aroma hasta en la última fibra de su ser. Exhaló despacio sobre su piel. Y así, el rito de amarse en la clandestinidad comenzó, una vez más. Lentamente la ropa iba cayendo, no había prisa. Un botón menos, una porción de piel más, piel vibrante, ansiosa. Los cuerpos fríos poco a poco se calentaron entre sí, y la ley de causa y efecto era aplicada una y otra vez, perdiendo la cuenta. Dos cuerpos desnudos, dos corazones latiendo desenfrenadamente en un vórtice de pasión interminable, un viaje en el cual nada era prohibido. Nunca era suficiente, y los límites del placer habían quedado atrás.
En un breve momento Hunt se detuvo para observar a Helena. La miraba directamente a los ojos. Con sus dedos tocó suavemente el contorno de su rostro, pasó  por su mentón, rozó sus labios, como tratando de desenterrar besos escondidos, besos prohibidos. Trazó la línea de su nariz;  una estela de besos siguió al recorrido de las manos de sus manos. Despegó lentamente su cuerpo y un hermoso paisaje justo en frente de sus ojos se reveló: el cuerpo excitado de Helena; recorría su cuerpo con la mirada, sus pechos redondos y pequeños; su torso agitado y sudado. Sus piernas cruzadas, como protegiendo el destino final que Hunt ya trazó; miró nuevamente a Helena, esperando que con eso se rindiera. Una sonrisa le indicó que no sería tan fácil como pensaba. Despacio empezó a rozar su piel, no había necesidad movimientos bruscos. Imitando a un hábil lector de jeroglíficos, empezó a descifrar el código de Helena, mientras más la tocaba menos podía resistirse. Después de unos intentos, sus fuerzas le traicionaron y no tuvo más opción que rendirse, Hunt lanzó una mirada victoriosa y le entregó el mejor de los placeres.
Besos y caricias salvajes, apretones y mordidas, empezaron a marcar el punto de partida que Helena deseó: cuando Hunt se separó de sí, y sus manos hicieron lo que les plació. La recorrieron, la acariciaron, la marcaron, la apretaron más y más. Su boca era incontrolable. La besó, la mordió, le sanó las heridas, le susurró al oído. Y sus ojos… simplemente le desnudaron el alma, la dejaron desarmada. Lista para entregarse. Cuerpos calientes, sudados, húmedos, a punto de explotar, buscando ese momento, en el cual sus cuerpos se encontraron listos para dejar de ser dos, y en una especia de danza sensual ser uno solo, aun que sea por un par de segundos.
Un largo gemido, seguido de silencio absoluto. Respiración entrecortada, suaves caricias. Miradas cómplices, débiles risas. Ahí estaban… dos cuerpos tendidos, desnudos, entrelazados, jadeantes, deseosos de comenzar este rito de nuevo. Tocándose sin tocar. Borrachos de placer.
“Te quiero”. “Te quiero solo para mí”; “te quiero aquí y ahora”… “Te quiero muchísimo”. Estas palabras resonaron en la habitación. Ya no se sabía quien hablaba o quien escuchaba. Las palabras simplemente flotaban en el ambiente. Lentamente sus brazos se entrelazaron, sus piernas se unieron, sus cuerpos sabían cómo amarse y también conocían como quedar tendidos uno a la par del otro. Descansaron.
Abrieron los ojos casi al mismo tiempo. Helena tomó la cara de Hunt entre sus manos. Acarició su cabello y besó su frente. Se miraron a los ojos por un buen rato, sonrieron. Con las manos acariciaron sus cuerpos; desearon que el tiempo dejara de existir para prolongar su aventura. Los besos comenzaron de nuevo, como un constante goteo. Buscaron el calor de sus cuerpos; más no deseaban volverse amar, solo congelar este momento, grabar sus miradas, tallar en el alma sus caricias, guardar el olor de sus cuerpos. No necesitaron palabras, pues cada latido lo confirmaba. Mas la tristeza se apoderó del rostro de Helena.
–El tiempo casi se ha agotado ¿verdad?—murmuró Hunt  mientras la apretaba contra su pecho.
–Quisiera detenerlo, Hunt—  dijo ella.
– ¿Hunt? – preguntó con asombro
–Simplemente me gusta tu apellido… Regina, Regina HUNT—terminó diciendo con una sonrisa.

Camposanto

Por Mauricio Vargas.


Allí estaba él, de pie en el umbral de la sala de velación. Era una situación incómoda, pero ella estaba ahí también y eso era maravilloso. Había cierta atracción entre ellos, una atracción que no podía consumarse. El estúpido orden jerárquico que reina en los colegios es inalterable, y por lo tanto, el que los vieran juntos a los dos como algo más que conocidos sería una catástrofe. Mas sin embargo, la química seguía bullendo entre ellos.
La ocasión en la que estaban ahora era propicia. La madre de la dueña del colegio había muerto y la presencia de los representantes de cada curso era lo mínimo que la institución podía ofrecer en condolencia. Daniela y Juan Guillermo iban poniendo la cara por sus compañeros de undécimo grado. El disimulo podría irse a la mierda. La situación los «obligaba» a convivir, dialogar y, por qué no, dar una vuelta por ahí.
El ambiente era pesado y los lamentos casi susurrados de un único doliente sobre el féretro amenizaban el momento. Los demás compañeros de cursos inferiores, sentados en las sillas contra las paredes, guardaban un silencio entre resignado y respetuoso. Se miraban entre ellos, inmutables, como si temieran despertar al difunto.
Guillo contemplaba la escena con serenidad; no le  afectaba esas cosas. De repente, ella se ubicó al lado. Permaneció callada contemplando el triste espectáculo también.
—Se siente la pesadez —anotó Daniela.
—Sí, el ambiente está pesado.
Qué estúpido, ¿solo eso se te ocurre?
—A mí casi no me gustan estas cosas —agregó Guillo. Daniela no notó de qué manera contemplaba fascinado su cabello teñido de rojo. Su piel no era blanca —a él no le gustaban las chicas así—, sino que tenía una tonalidad clara que contrastaba deliciosamente con sus cabellos ardientes.
—A mí tampoco —respondió Daniela sin apartar la mirada de la sala—. Salgamos. —Se sentó en un murito, afuera de la pequeña funeraria del cementerio.
Cuando estaban en público, hablar con ella, mirarla y tocarla inusitadamente en ademán de confianza era un privilegio. Pero estando solos, las cosas podrían llegar a más.
Guillo se sentó a su lado en silencio. Así permanecieron unos minutos. Observaban el interior de la funeraria. La sala de velación se alcanzaba a ver. La luz tenue en el interior acentuaba la melancolía y la tristeza de los rostros de los dolientes que se paseaban nerviosamente observando las cintas de las coronas. Oh, esta la envió la familia Tal. Y esta es de Fulanito de Tal. ¡Y mira esta de la empresa! Qué amables han sido. Perder a un ser querido es fatal, pero más fatal es presenciar la velación de un muerto ajeno.
Comenzaron a hablar animadamente al poco tiempo. Guillo la miraba fijamente y atendía a lo que ella relataba y a veces su voz se trocaba en un eco lejano y melodioso cuando se distraía. Sólo quedaba la imagen de sus labios exquisitos moviéndose con armonía. Sus ojos expresivos y alegres eran tan emotivos como cuando le lanzaba miradas furtivas.
Guillo comenzó a tocarse las manos. Dudaba absurdamente. Lanzó algunos chistes y ella le correspondió con sonrisas. Llegó a pensar en la posibilidad de que lo rechazara, pero al menos sobreviviría. Los nervios que producían la indecisión de Guillo y la inseguridad se enfrentaban a golpes que se materializaban en la flexión compulsiva de la falange de su dedo pulgar. Una habilidad que pocos tenían. Maravillosa habilidad. Y ella lo notó.
—Oye, ¿no tienes hambre? —preguntó Daniela.
—Sí, creo que sí —respondió Guillo aliviado. La tensión era insufrible. Quizá la comida aliviara los nervios—. Vamos a la cafetería a ver qué hay.
Caminaron al quiosco que había pocos metros y Guillo compró un paquete de papas para él y unas galletas para ella. Comieron mientras veían el insulso programa matutino en uno de los canales nacionales. Luego decidieron regresar, pero la lluvia los cogió por sorpresa. El agua cayó de repente con furia y los empapó de inmediato. El cementerio adquirió de pronto un aura enigmática. Los chicos, en un intento inútil por permanecer más secos, se dirigieron a la parte de atrás de la funeraria y se acomodaron en una cavidad de la pared, bajo un techo modesto que los resguardó de la lluvia. Estaban tan cerca que sus alientos acariciaban los rostros de cada uno. Como si el viento que entraba con enojo fuera el culpable, comenzaron a acercarse. Sonrisas y miradas que llamaban al placer.
El cosquilleo que Guillo sentía en el cuerpo se posó en sus labios, ansiosos por juntarse. Por un momento pensó en que ella se apartaría, pero jamás retrocedió. Su cuerpo se crispó por la excitación al sentir el contacto. En un instante, los labios comenzaron a moverse en una danza suave y placentera, jugueteando y posándose uno sobre otro, revolcándose deliciosamente como pequeñas criaturas traviesas. Sus lenguas quisieron unirse al retozo y ambos las dejaron divertirse.
A pesar del frío, un calor reptaba en sus cuerpos. Daniela sintió el miembro duro presionando en su pelvis y atrajo a Guillo para que pudiera sentir la presión de sus pechos también. Ella posó sus manos alrededor del cuello y se dejó llevar. El beso continuo de Guillo se desplazó suavemente hasta el cuello y degustó con dicha del manjar de su piel. Su mano derecha halló el borde de la camisa del uniforme y subió lentamente bajo ésta, estremeciendo el abdomen de la chica con la sutil caricia de unos dedos casi expertos. Aquellos eran exploradores en busca de las montañas de la locura. Con su dedo medio, Guillo se abrió paso por el camino estrecho y rozó la piel entre los senos para empaparlo del sudor que allí comenzaba a formarse. Luego lo deslizó por un lado, quitó el sostén y descubrió el pezón, aquel enigma rosado que doblega a todo varón. Su dedo índice y medio jugaron un rato con él. Bajo toda la ropa húmeda, la exploración era un secreto. Daniela dejó escapar un gemido casi inaudible junto con una profunda exhalación. Eran pechos jóvenes que deseaban ser acariciados.
Daniela agarró la otra mano de Guillo y la llevó a su pierna. La piel desnuda estaba erizada por el aire helado. Bajo la falda, la mano se aproximó hasta los límites de sus nalgas y reptó hasta la entrepierna. La sola intención hizo estremecer a Daniela. Guillo tocó la línea que se marcaba bajo la tela y empezó a rozarla en toda su extensión. Si arriba los labios querían ser besados, abajo querían ser tocados. Daniela apretó los cabellos húmedos de Guillo y, con la otra mano, se atrevió a acariciar el bulto que se erguía bajo los pantalones de él.
Mientras la mano que acariciaba el pezón erecto y jugoso se deleitaba con la redondez de los senos, apretándolos, la otra, en un acto desafiante, apartó las bragas y estableció contacto directo la vagina. Los diminutos vellos que comenzaban a crecer se convirtieron en agentes provocadores. La zona estaba tibia y mojada. Toda la mano acarició la piel vibrante de la entrepierna. Luego, el dedo mayor se adentró en las fauces húmedas de aquella cavidad inmaculada y enigmática. Los dos estaban abrazados, fusionados por el placer que ella disfrutaba y el gozaba otorgándole. La respiración de Daniela era cada vez más profunda y unos gemiditos entrecortados lograban penetrar a través de sus labios. Guillo sentía la excitación de ella cada vez que metía y sacaba su dedo de entre la carne magra empapada del elixir, del fluido del placer clandestino.
Los ojos cerrados de ambos habían creado un universo imaginario de sensaciones. El tacto era el lenguaje de ellos, que se negaban a saciarse con lo explícito.
La lluvia, cómplice de la aventura, comenzó a amainar tan de repente como llegó. Había mantenido alejados a los curiosos por un buen tiempo, que para los dos amantes jóvenes fue una eternidad. La luz comenzó a cobijar el prado y las lápidas en la distancia.
Los dos amantes, en silencio, se separaron y se convirtieron en lo que fueron unos minutos antes: dos individuos más de la sociedad puritana en medio de un territorio que se consideraba sagrado. Que si los espíritus vieron la fogosidad desatada en aquel resguardo, bien por ellos. Que se resignen, pues quizá en el más allá no exista el más grande placer del mundo terrenal.
Daniela, con un beso suave en la boca, se retiró. Guillo esperó un momento, sin querer pasar la lengua por sus labios; aún quedaba rastros del manjar que había degustado. Contempló la explanada que extendía ante sus ojos y disfrutó la tranquilidad de la que los muertos gozan diariamente.


Ardiente secreto

Por Angie Leal Rodríguez.


A punto de estallar, como si dentro de ella ardiera un volcán en la víspera de la erupción. Así es como se ha sentido Lucy estas últimas semanas. El estrés de la vida en la ciudad la consumía poco a poco. Su cuerpo se encontraba al límite. Era final de mes y eso significaba el cierre de muchas operaciones financieras, hacer los pagos de los servicios, abonar a las deudas, liquidar otras, en fin, todo lo relacionado con el dinero era un caos, igual que su vida. Se había estado quedando hasta tarde en la oficina porque tenía que sacar los pendientes, de cualquier forma su casa siempre estaba llena de papeles por doquier, carpetas, calculadoras, era como una extensión de su trabajo en la empresa de la cual era socia. A sus veintisiete años el café se había vuelto su leal compañero, era como el fiel amante que tanta falta le hacía y que tantas fantasías le hacía cumplir… Para alguien como ella, con el corazón ardiente, dos años sin salir con alguien era un récord que ya necesitaba romper.

Una mañana en su oficina, viendo al sol se dio un instante para admirarlo y sentir su calor,  ese sol que salía poco a poco entre los altos edificios, eran raras las personas que pasaban por la acera a esa hora, todas estaban ocupadas en sus diferente labores, suponía. Once de la mañana, la hora perfecta para salir a caminar, pero el cristal de su oficina le recordaba que era esclava, y que por más que lo deseara no podía salir, a veces la vida es así… aunque duela. Lucy se sentía cansada, su cuerpo le pedía a gritos un descanso, un momento de fuga.

Se escucha una canción en la radio, le resultó difícil comprender que estuviera sonando justo en ese momento, era una melodía suave y cadenciosa que la seducía poco a poco. Su mente comenzó a viajar, su imaginación empezó a volar, a transportarla a otra dimensión, por un instante se olvidó de todo y de todos, nadie más existía.

Le gustaba aromatizar su oficina con un delicioso perfume olor a canela. Esa fragancia le llenaba los sentidos. Poco a poco el sudor cubrió su cuerpo con una frescura pasional. Y ahí estaba ella, Lucy, sola, sus manos empezaron a recorrer su cuerpo cubierto de ropa inútil, sentía que le estorbaba, primero un botón, luego otro y el otro hasta dejar al descubierto sus firmes y ardientes senos, sus manos iban y venían tocando suavemente esas dos montañas libres, ansiosas, arrancando desesperadamente su prisión de encaje.  Sintió sus pezones erguidos, dejó escapar un gemido. Sus piernas temblaban, su estómago vibraba, se abandonó al remolino de sensaciones que la asaltaban… Pide más... Quiere más…

Los rayos del sol se reflejan en la ventana… La música seguí sonando, su falda cayó al piso y no había nada que detuviera su camino. Su cuerpo entero navegaba por los mares del placer.  Lentamente sus manos buscan su centro, sus caderas se mueven al ritmo de la música, Lucy se estremece al sentir sus dedos en su interior, cierra los ojos, su respiración se agita, esos segundos son eternos, ¡está a punto de explotar! -¿Existirá acaso algo más maravilloso que eso?- se pregunta. La temperatura aumenta, incluso el brillante sol del día podría envidiarla, él que ha sido testigo de su apasionada experiencia.  Una de sus manos recorre su vientre suave, sube, llega a la curva de sus senos, dibuja con sus dedos sus pezones, mientras la otra fuente de placer está ardiendo más cada segundo, no puede parar, (¿pero quién dijo que quería parar? No, lo que quería era seguir y seguir, perderse en ese mar de sentimientos que fluían, que llegaban y se quedaban, que la estremecían y la hacían alcanzar el clímax). Su respiración se entrecortaba y en un segundo sintió como si algo dentro de sí se desbordara, como si todo aquello que la invadía tomara forma y le brindara el más grande placer que hubiera sentido jamás, intenta controlarse pero no puede, no es dueña de su cuerpo, ni de sus entrañas, mucho menos de su voluntad… Su cuerpo se ha liberado, y Lucy se cimbra. ¡Ese mar de sensaciones! ¡Esos remolinos que llenaban su cuerpo! ¡Ese fuego que la quemaba por dentro! Todo eso había dado paso a un tranquilo río que fluía y le regresaba con eso la esperanza de que el mundo podía ponerse de cabeza en un instante y girar sólo para ella. Lanzó un suspiro. Ahora el silencio lo llenaba todo, su entrega fue total y plena.  Si existía el paraíso debía ser algo parecido a aquello.

De repente se escucha que alguien llama a la puerta, ese insignificante sonido la saca de ese mundo de magia en el que estaba sumida y la regresa a la realidad.  Sus miradas se cruzan, son como llamaradas incesantes. De nuevo la música empieza y el baile solitario se vuelve pareja.

Era Luisa, su socia, una mujer un poco mayor que Lucy, eso le daba cierta ventaja en las artes de la seducción, al entrar y ver a su compañera ardiendo en deseos no pudo más que acercarse lentamente, tocó suavemente su rostro, sintió su aroma exquisito, inclinó un poco su cabeza y empezó a besar su cuello, se supo correspondida al sentir el cuerpo vibrante de su joven socia, la atrajo suavemente hacia ella, rozó sus labios… Lucy reaccionó al instante, fue como si el torbellino de sensaciones la invadiera otra vez, sintió su lengua entrelazándose con la calidez de Luisa, transformando así la aventura que había vivido minutos antes en solitario en algo mucho mejor... la temperatura aumentaba, sus manos viajaban ávidas bajo la blusa de su amante, buscando, encontrando. Se perdieron en un vaivén de caricias sin fin.

La ropa había quedado esparcida sobre el escritorio, en las sillas y en el piso. Mientras las dos mujeres cubiertas sólo con las ansias de gozar estaban en el piso, Lucy sintiendo su espalda contra la alfombra y recibiendo los deliciosos agasajos de su experimentada compañera.  Cómplices de algo que sabían sería su secreto mejor guardado se olvidaron de todo y se adentraron en un mar de fogosos mimos, dulces besos e irresistibles roces, nada más importaba, si algo no era placentero simplemente no tenía cabida en esa sobria oficina. Se fundieron en una sola alma. Fue como alcanzar el nirvana…

Afuera la vida seguía, cerca podía verse a un niño jugando con una pelota en un pequeño parque, de pronto su madre lo llamó, había ido a comprarle un helado, tanta fue su emoción que corrió apresuradamente y sin darse cuenta terminó con el frío premio derritiéndose en su pecho.  Empezó a llorar ignorando que justo en ese momento a pocos metros de ahí, en un segundo piso, el placer derretía dos cuerpos. 

Lo que tú quieras

Por George Valencia.

 
En la chimenea, un madero estalló con un chisporroteo y las llamas se avivaron por un momento, iluminando un poco más la habitación en penumbras. Las sombras bailaron sobre la piel trigueña de la mujer, acostada desnuda en la cama. Sensual, provocadora, dispuesta.
Esteban ahogó un suspiro y se acercó lentamente a la cama, nervioso y ansioso como si fuese su primera vez, su miembro aún laxo… aunque no por mucho tiempo, no. No con una mujer tan hermosa esperándolo con esa pose de diosa. Era tan hermosa… que a veces sentía que le dolía el corazón solo con verla.
Sonrió con timidez, y la mujer le devolvió la sonrisa.
Ver los carnosos labios y la dentadura perfecta regalándole aquella  hermosa y sincera sonrisa de la que se había enamorado, le infundió confianza. Se subió a la cama y gateó acercándose a ella. Con el primer tacto en las piernas desnudas, Esteban sintió un ramalazo de excitación que se extendió por todas sus terminaciones nerviosas hasta llegar a su pene, que se puso en movimiento.
Recorrió las largas piernas de la mujer, subiendo desde sus tobillos, pasando por las rodillas y los muslos, y llegando hasta sus generosos senos, ignorando de momento el rasurado pubis. El cálido pecho se acomodó perfectamente entre su mano, como si hubiese sido hecho para las pulidas manos de Esteban, que siempre se había sentido orgulloso cuando le decían que tenía manos de dibujante.
Pasó su pierna derecha sobre el cuerpo de la mujer, su doncella, su reina, y se inclinó acostándose cuidadosamente sobre ella, sintiendo su calidez, su dulce tibieza. Apuntalado sobre su codo izquierdo para no descargar excesivo peso sobre ella, acarició con su mano derecha el cabello ondulado y oscuro… oscuro en medio de la penumbra, pero con un tono rojizo cuando se veía a contraluz, como había podido observar en innumerables ocasiones.
Mesó el frondoso cabello mientras la observaba con ojos colmados de ternura, de alegría, de amor. Deslizó sus dedos por las mejillas con delicadeza, acarició su frente, su pulida nariz, sus labios, y luego llevó los suyos propios allí, colmándolos con un beso lleno de pasión y entrega.
Ella le devolvió el beso con igual intensidad, pasó los brazos por su espalda y lo atrajo hacía sí.
—Te amo, Bella —susurró él en su oído.
—Y yo a ti —respondió Bella—. Yo a ti.
—¿Quieres algo en especial el día de hoy? —preguntó él con un tono no exento de picardía.
Ella sonrió y dijo:
—Lo que tú quieras.
Él sonrió a su vez y comenzó a retroceder, besando su cuello, sus senos, su vientre, pensando que lo que él quería siempre era y seguiría siendo lo que ella misma quisiera, lo que a ella le complaciera. Su gozo, su plenitud, su placer, eran su propia satisfacción.
Descendió hasta su pubis y le abrió amablemente las piernas a punta de besos, en sus rodillas, en sus muslos, en sus ingles, demorando el momento de besar su sexo. Bella gimió, y él dilató aún más ese instante, recorriendo lentamente con sus labios los suaves muslos.
Su miembro estaba ya por completo erecto, preparado…
Bella gimió de nuevo, y él besó finalmente los suaves labios de su sexo, con lenta voluptuosidad, como si estuviese besando su boca. Recorrió con su lengua los pliegues húmedos y excitados. Descendió, y subió con su lengua penetrando en la cálida abertura hasta rozar el clítoris. Se detuvo allí y comenzó a mecerse, girando su lengua en espirales hasta provocar un estremecimiento en Bella que la recorrió de pies a cabeza.
Aceleró un poco y descendió de nuevo, ora besando, ora explorando con su lengua cada pequeño recodo.
Bella llegó casi hasta la cima de su éxtasis, solo casi, y entonces lo detuvo, llamándolo con una suave caricia en su barbilla. Él se incorporó a medias, y ella extendió su brazo y tomó el miembro erecto de Esteban con su mano, acariciándolo tiernamente, masajeándolo, halándolo, atrayéndolo hacia ella. Él reprimió un escalofrío al sentir el cosquilleo y lánguidamente se acomodó entre las piernas de Bella, dejándose guiar. Los sexos se tocaron y ambos sintieron el éxtasis recorriéndolos como una llama ardiente.
Entonces la penetró, con suavidad, poco a poco, y el calor interno de Bella lo recibió con un acogedor y tibio cobijo. Bella se estremeció y, ahora hechos uno solo, un único ser, la energía contenida lo envolvió también a él, rodeándolo, hasta volver de nuevo a ella cuando él entró a más profundidad.
Se acercaron aun más, se abrazaron, se fundieron en medio del suave balanceo. Esteban entraba y salía de ella con lentitud, y Bella lo recibía en una apacible cadencia. Cada átomo de ese único ser vibraba de excitación a medida que la cima del orgasmo dejaba ver su pico en ese horizonte de placer. Él le susurraba al oído tiernas palabras de amor y ella las devolvía con un sonido apenas perceptible.
Cuando Esteban se sintió casi a punto, se retuvo, realizando paulatinos cambios en su posición, en el ritmo de sus movimientos, pensando solo en ella, en sus sensaciones, en su satisfacción, esperando el momento de dejarse llevar por completo.
No pasó mucho tiempo, cuando Bella suspiró y se movió de aquella forma tan imperceptible, aquella que Esteban conocía tan bien, aquella manera tan suya demostrar que llegaba el momento. Y entonces él se dejó llevar, y mutuamente se condujeron en esa montaña de éxtasis, abrazados, unidos, fundidos en un solo ser atiborrado de amor y placer a partes iguales.
Llegaron juntos al orgasmo, con apenas centésimas de segundo de diferencia, y esos segundos siguientes se hicieron cortos, pero a la vez se extendieron por una eternidad sin límites, hasta más allá del infinito, y entonces fueron uno con el universo…
Cuando poco a poco fueron volviendo a la realidad, el mutuo abrazo, lejos de deshacerse, se tornó aun más firme, como dos náufragos que se agarran el uno al otro, no tanto para salvarse a sí mismos, sino para velar por el bienestar del otro.
—Te amo —dijo Bella.
—Yo a ti más, mi reina —dijo él.
Y entonces todo a su alrededor bailó, como si la realidad quisiera desprenderse de sí misma, todo centelleó, se difuminó… y se hizo la oscuridad.
Esteban soltó un juramento, se incorporó y llevado por la emoción del momento, de ese instante perdido, no pudo evitar llorar, aún vulnerable y sensible como se hallaba.
Se irguió, se quitó el casco y arrancó airado los sensores conectados en su pecho, sienes, brazos y en la parte posterior de la cabeza, justo sobre su nuca. Los arrojó lejos en medio de la habitación a oscuras y se sentó en el abollonado sillón anatómico. Agachó la cabeza y lloró con más fuerza, llevándose las manos al rostro.
Aparte del hecho de que los cortes de energía se habían vuelto cada vez más frecuentes, y que no era la primera vez que la corriente se interrumpía apagando el generador de realidad, no dejaba de ser demoledor encontrarse nuevamente solo, devastado, triste, sin ella.
Trató de controlarse, respirando profundo y a intervalos regulares, y cuando llegó la luz otra vez, Esteban se hallaba ya bastante tranquilo, sosegado.
El programa se reinició automáticamente y el monitor ubicado a la derecha del sillón se iluminó con un brillante fulgor. Esteban lo observó, llevó sus dedos a la pantalla táctil y examinó distraído el listado de opciones del programa.
Había un total de casi diez mil elecciones diferentes. Con una sola orden, el programa de generador de realidad podía “concertarle una cita” con la mujer que quisiera, desde modelos, cantantes y actrices famosas, hasta deportistas o empresarias de renombre. “La que tú quieras, decía el eslogan en la parte superior derecha de la pantalla, pero él solo quería a una, aquella que su amigo, programador sénior de Real-Generator, le había incluido en el programa basándose en los recuerdos que la máquina había extraído de su memoria.
Tenía casi diez mil opciones en el programa, además de las mujeres de carne y hueso que salían con él, atraídas por su personalidad franca y sincera, pero sobre todo por su acaudalada fortuna.
Aun así, él solo quería a Bella, ahora lejos, separada de él por los designios del destino. Sabía que todavía lo amaba tanto como él a ella, y, optimista como era, estaba convencido de que el mismo destino que los había alejado se encargaría de volverlos a unir. Esteban pensaba que dos personas que se amaban con tanta intensidad y entrega no podían estar separadas.
Solo era cuestión de tiempo para volver a estar con ella, estaba seguro.
Mientras tanto, seguiría esperando, amándola en secreto, añorándola en su corazón, anhelándola con todas sus fuerzas, y haciéndole el amor en sus sueños más vivaces…
El amor de su vida, siempre ella.
Bella.


Películas y café

Por Camila Carbel.


  Luego de dos horas Mauricio seguía caminando por las calles de esa ciudad desconocida sin rumbo fijo.
  A tan solo quince minutos de haber salido del hotel, Mauricio  se dio cuenta que estaba totalmente perdido. Pero no se altero, decidió seguir caminando, así conocería más el lugar en el que se había criado su madre. Y demás de eso, tenía un buen paisaje femenino.
  Los pensamientos de Mauricio no eran subjetivos, una encuesta realizada en 18 países, confirmo que el 57% de las personas encuestadas respondieron Argentina, a la pregunta ¿En cual país tiene las mujeres mas sexys?
  Así que durante toda la caminata sintió que le faltaban ojos para mirar todas esas curvas, que se paseaban delante de él. Ya había perdido la cuenta de todas las mujeres que había visto, pero vio una chica, que le hizo olvidar a todas las anteriores.
  Ella no era alta pero si imponía respeto. Tenía unos ojos oscuros como el café, el cabello largo caía en grandes ondas hasta sus nalgas. Una remera muy ajustada de color blanca resaltaba su pequeña cintura y exagerada hasta limites de locura su voluptuoso busto. Una pequeña minifalda marcaba sus firmes glúteos y dejaba al descubiertos sus piernas, bastantes largas para su corta altura, pero no por eso menos hermosas, los músculos bien definidos, de un color parejo, sin una sola mancha, y sobre todo, el brillo que tenían, parecía la piel más suave que pudiera existir sobre la faz de la tierra.
  Mauricio se quedó perplejo observando a la joven, que reía junto a un grupo de amigas. Solo se dio cuenta que había detenido su marcha cuando un grupo de jóvenes lo empujo al pasar. Ahí pensó en el ridículo que estaba haciendo, y decidió ir a sentarte a un banquito que estaba en diagonal a la chica de la minifalda, y hacer el que escribía en su celular.  Ese truco de hacerse el interesante le funcionaba de maravillas.
  Y como por obra divina, a los 5 minutos, la joven se acerco para preguntarle si tenía fuego.
      — ¿Una chica tan linda como vos fumando?— Se animo a decir Mauricio con voz firme. Por dentro estaba muerto de miedo de espantar a la chica, o de que ella pensara que es un “chamuyero”, como había aprendido que se dice en Argentina.
—    Gracias— dijo la joven al tiempo que se sonrojaba. Y agregó: — No, yo no fumo, es para mi amiga. ¿Tenes?
—    Ah que bueno saber eso. Si si tengo, ya te doy— Busco el encendedor en los bolsillos de su pantalón, como no encontró nada siguió con los de la chaqueta que llevaba, pero tampoco encontró nada. — Oh, como veras no lo encuentro. Yo no fumo, pero siempre llevo uno a mano, por las dudas, ya sabes…
—    No, no lo se. ¿Qué siempre llevas uno por si una chica te pide?
—    No, por si me entierran vivo. ¿Viste la película Enterado?
—    Si, obvio. La ví hace como un mes. Todo el mundo la vio. Aunque a pocos le gusta el final.
—    Es cierto. A mí si me gusta. ¿Y a ti?— pregunto Mauricio, mas tranquilo, la charla iba progresando, hasta parecía que la chica se había olvidado de sus amigas, las cuales la miraban con el ceño un poco fruncido. Seguro se les hacia tarde.
—    Si si, a mi me gusto mucho, No es como los típicos finales felices— Dijo la joven moviendo sus largos cabellos de un modo muy comido por lo que Mauricio comenzó a reír. Y ella también rió, aunque no sabia de que.
—    Disculpa no me presente me llamo Mauricio. ¿Y tú?
—    Sofía.
—    Un gusto— dijo Mauricio mirándola a los ojos y extendiendo su mano. Sofía la mira algo desconcertado pero a los pocos segundos apretó su mano. Al agacharse para darle la mano, su remera dejo al descubierto parte de sus pechos, si no fuera por el corpiño negro y sexy que llevaba, Mauricio le habría visto hasta el alma, como suelen decir.
—    ¿Y de donde sos, Mauricio?
  Mauricio con una ancha sonrisa en su rostro, ya que al fin la chica mostraba signos de interés por él, le contó que vivía en un país vecino y los motivos que lo había llevado hasta Argentina.
  Y así siguió, por unos minutos más, la charla entre Mauricio y Sofía. Hasta que se acerco una de las amigas de ellas, para decirle que ya era hora de ingresar al boliche. Sofía contesto que ya iría. Cuando su amiga se fue, invito a Mauricio a acompañarlas a bailar. Pero el dijo que no. Que si quería la invitaba un café, ya que él no bebía alcohol. Luego de pensarlo unos minutos, Sofía accedió, y les dijo a sus amigas que vayan, luego ella iría por ahí para juntarse nuevamente. Caminaron a un paso tranquilo, hasta encontrar una confitería abierta, pidieron el café, y conversaron sobre películas y libros. Ambos estaban fascinados uno por el otro.
  Pero en un momento Mauricio hizo un mal movimiento y su tasa se dio vuelta, dejando una gran mancha oscura en su camisa blanca. Pero claro este pequeño incidente no fue por torpeza, sino para tener una excusa para invitar a la joven a su habitación de hotel, y de paso cambiarse la camisa sucia.
  Una vez hecha la propuesta Sofía dudó unos minutos, pero como Mauricio le dijo que luego la acompañaría a donde se encontrara con sus amigas, ella accedió. En el camino él le ofreció su chaqueta, limpia por supuesto, la joven se la puso mientras se le iluminaba la mirada. El joven extranjero pensó que era el momento adecuado para pasarle el brazo sobre los hombros, lo hizo, y no pareció molestarle a la chica recién conocida, si no, pareció que le gustaba la iniciativa. En ese momento Mauricio supo que esa noche iba a tener sexo.
  Llegaron al cuarto, Mauricio se cambio, y ella se sentó al borde de la cama, y prendió la televisión, hizo rápidamente zapping, hasta que encontró una de las películas de las cuales le había contado al joven, que una vez cambiado se sentado a su lado. Para estar más cómodos cada uno se acostó a lado de la gran cama, y miraron la película. Al finalizar, ella se levanto anunciado su partida, Mauricio la acompaño hasta la puerta de la habitación, pero antes de abrirla, beso suave y tiernamente sus labios, ya sin tanto brillo, al cual había borrado el café.
  Ella le paso una mano por la nuca y la otra lo tomo por la cintura. Él le poso una mano en el hombro y con la otra le acaricio la espalda. Así estuvieron largo rato besándose, hasta que fue ella quien tomo la iniciativa y  le rozó  “inocentemente” el bulto de su pantalón, con su suave mano. Por lo que Mauricio al instante comprendió que estaba todo listo para el siguiente paso. Le acaricio el pelo, dejo de besarla, la miro a los ojos y le dijo que era hermosa. Los ojos de Sofía brillaron en la suave luz de la calida habitación y se dejo sacar la remera. Y con sus suaves manos, saco la camisa, fuera del pantalón de Mauricio, metió las manos y le acaricio la espalda, luego fue desprendiendo uno a uno los botones, mientras le besaba el cuello y el joven se moría de ansiedad por dentro.
  Mauricio la imito, y le beso su cuello corto y despejado de collares, cadenas y todas esas cosas que las mujeres siempre usan, sin saber por que. A continuación le toco sus glúteos, primero con suaves caricias, luego los fue apretando con más pasión, al escuchar la respiración jadeante de ella. Le saco la minifalda tirándola a una esquina de la habitación alfombrada. Y así sin un espacio entre sus cuerpos, se acercaron a la cama. Mauricio cayo de espaldas, y ella comenzó a besarle el abdomen, y pasar suavemente sus uñas, desde la tetilla, hasta donde le permitía llegar el pantalón. Ahora era él, el que jadeaba. Primero le saco el cinturón, y luego desprendió el botón, bajo el cierre, y le saco el pantalón por completo en menos de dos segundos. Y se acostó encima de él, siguieron besándose los labios, ahora con más pasión,  mientras ella se movía de arriba abajo haciendo rozar sus partes. Luego Mauricio se dio vuelta, y la dejo abajo a ella en la cama, le beso el cuello, luego fue bajando hasta su busto, le saco el sexy corpiño, y le beso los senos. Mientras besaba uno, acariciaba con la mano al otro. Pero eso no fue todo, fue bajando más, le paso la lengua por todo el vientre, deteniéndose un rato a jugar con el aro que colgaba de su ombligo. Le saco la micro prenda interior que llevaba puesta. Volvió a recostarse sobre ella, se besaron una vez más.
  Ahora fue ella, quien se quito de abajo, le saco el bóxer color rojo. Y así una vez desnudos los dos, destendieron la cama, y se colocaron en el centro, acariciándose, conociéndose por primera vez, pero no por última.
  Siguieron los besos, las caricias y los abrazos, que eran tan fuertes que parecían que querían fundirse en un solo cuerpo. Y luego con la penetración llegaron los gemidos.
Cambiaron de posición un centenar de veces, no porque les resultara incomodo, sino para probar de todo y así alargar la acción. Así que cada vez que Mauricio sentía que ya venia la eyaculación, cambiaban de posición, pero a pesar de esto, eyaculo cuatro veces, y Sofía tubo dos orgasmos. Se entendían perfectamente, cada uno hacia el movimiento justo y preciso para llevar al clímax a su compañero.
  Al terminar, luego de más de 2 horas de hacer el amor, porque a estas alturas ambos creían estar enamorados, quedaron agotados, acostados en el centro de la cama desecha, abrazados, pensando si algún vecino reclamaba ruidos molestos de su habitación. Pero como pasaron veinte minutos y nadie golpeo la puerta, se durmieron con los primeros rayos del sol y mientras un nuevo ser comenzaba a creer.

Un despertar tardío

Por Aridnere Saenz Val.



Detrás de un árbol, una joven pareja trata de esconderse de las miradas indiscretas de los vecinos, él, la rodea con sus fuertes brazos de la cintura, mientras ella tiene los suyos alrededor de su cuello, que la ayudan a acercase a su rostro, sentir su cálida respiración y estar besándolo. Estos besos que despiertan en ella un intenso deseo antes desconocido. El fresco viento de la noche les da el pretexto perfecto para continuar acercándose más y más.

Ella lo desea, pero sus miedos han hecho que a sus 18 años haya permanecido intacta, alejada de las tentaciones a las que ya han caído las chicas de su edad. Tom ha venido a cambiar todo su sentir, a cuestionarle si ya es tiempo de entregar su cuerpo y su corazón, ya que, si bien sólo tienen dos meses saliendo, él ya ha despertado en ella toda su sensualidad.
Melisa no entiende cómo es que Tom ha estimulado en ella esta lluvia de sensaciones y como ningún otro chico lo había hecho, piensa que es, su cuerpo  musculoso, tal vez su piel blanca al hacer resaltar sus ojos verdes, también puede ser  la perfección de su cabello de un castaño claro, o bien, la culpa la tienen sus carnosos labios ya que al besarla intensifican sus sentidos. Sin embargo es un todo lo que produce en ella una enorme cantidad de hormonas que recorren su ser.

Es tarde y ella sabe perfectamente que el tiempo al lado de Tom tiene que terminar o su padre saldrá a molestarlos, pero trata de ignorar ese hecho porque quiere seguir sintiendo, permanecer un poco más a su lado, pensar  mientras siente sus labios, si quiere o no quiero hacer el amor con él, si es digno de que ella entregue su cuerpo por primera vez.
Ella toma la mano de Tom para ver el reloj y comprobar la hora, tiene que entrar a la casa, pero antes deja que Tom la abrace,  así, ella puede acercar su boca y unir sus labios en un largo beso de despedida donde ella lleva el compás, iniciado suavemente para luego intensificarlo con la lengua y acariciando su cabello, de pronto, él la abraza más fuerte, la acerca más a su cuerpo, tanto, que ella pueda sentir su excitación, crece el deseo y  hacen de la despedida un momento apasionado.
El separa sus labios un instante para decirle al oído –Tócame–, bajo la luz de la luna se distingue como ella se ruboriza un poco y desliza discretamente la mano hacia la cremallera de su pantalón, parece impresionarse por lo que siente detrás de la ropa, pero continua acariciándolo, mientras él toma su rostro y vuelve a besarla.

Ella se encuentra tan absorta por las sensaciones de su cuerpo, que cuando se detiene a pensar en los chismorreos que habrá al día siguiente con todos los vecinos,  se aleja súbitamente de Tom.
–Es tarde tengo que entrar-  dice para justificar la brusca y repentina lejanía.
–Descansa hermosa te llamo para comer juntos mañana.
–Hasta mañana
Entra a la casa por la sala, alisando un poco la ropa y el cabello, en el pasillo que conduce a las habitaciones  se encuentra a su padre en pijama. –Ya iba a pedirte que entraras, ya es tarde, buenas noches–
­–Buenas noches – responde ella cortante.

Ya en su habitación se cambia de ropa, alistándose para dormir, entonces descubre que su piel está muy sensible, excitada,  al quitarse la chaqueta siente como se electriza, deseando continuar aquello que dejó incompleto, se aproxima al espejo y admira su cuerpo, le gusta, la playera pegada resalta la curva de sus senos, que son de buen tamaño, ella se alegra que no crecieran más pues con su delgada cintura se verían vulgares. Lentamente se levanta la playera, siente sus manos recorrer el largo de su talle y mientras lo hace, imagina que son las manos de Tom.
Se desprende del sostén y acaricia sus senos suavemente, apreciando su magnífica redondez  y firmeza, en el espejo puede verse completa, entonces, se descubre tocándose, sus manos recorren también su vientre, desabrochan y quitan el pantalón.

Y justo así solo en pantaletas se recuesta en la cama y comienza a tocar su pelvis, piernas y caderas, jamás lo había hecho, pero no puede pensar, solo quiere sentir el  intenso calor que recorre su cuerpo, las sensaciones de hace un momento con Tom inundan su mente. Se recuerda acariciándole el miembro, lo imagina, lo desea, su mano está ya debajo de su ropa interior, tocando el centro de su ser, se permite sentir su cuerpo estremecer  y comienza a moverlo rítmicamente acompañando su mano, penetrándose con un dedo lentamente y sacándolo húmedo, desea probarlo, no lo piensa, lo lleva a la boca, es de un dulzor esquisto, tanto que lo lleva de nuevo a su vagina y luego a su boca. Le gusta lo que está sintiendo y quiere más,  así que deja el dedo dentro, para poder moverlo lento,  rápido, pausado, afanoso agitándose cada vez más, su mente comienza a nublarse,  e intensifica los movimientos, mientras su otra mano acaricia sus senos,  su vientre, sus piernas repetidas veces, un recargado placer emana de su vagina y mientras un abundante néctar escurre por sus piernas, siente como la respiración se corta por el esfuerzo de no gritar y disfrutar al máximo de su mano, de su cuerpo, de su ser.

Habiendo pasado un poco el efecto del placer, refecciona lo que acaba de hacer, está desconcertada acaba de masturbarse y  no debió hacerlo, no es correcto en una chica bien como ella. Pero quiere sentir, no quiere que Tom piense es inexperta. Entonces lo considera, acaba de vivir, de sentirse plena con una lluvia de sensaciones así que ya no le interesaría lo que es correcto o lo que no lo es, se dejará  llevar por ellas, no le importará ya nada, aleja los miedos de su cabeza  y decide obedecer la voz de su cuerpo, hará en amor con Tom. Con ese pensamiento en su cabeza deja  que su cuerpo y el cansancio le ganen, sonríe pensando en él  y duerme. 

Lenguaje corporal

Por Sandra Geringer.


Manuel recorrió lentamente la pantorrilla de Lucía con su pie, bajo las mantas. Subía y descendía con total calma, sintiendo como  se relajaba y se acercaba más.  Sonrió al notarle los pies helados. Ella estiró su mano y, con los nudillos, comenzó a acariciarle la espalda, casi rozándolo. Se acurrucó junto a él sin dejar de tocarlo, palpándole las costillas, ascendiendo por su tetilla y rodeando el pezón, trazando lentos círculos, irguiéndolo.
Él se giró un poco, dándole libre acceso al resto de su cuerpo. Las manos vagaron por el pecho, hacia el cuello, delinearon los labios y recorrieron la línea de la mandíbula hasta llegar a la oreja y tirar, con mucha lentitud, del lóbulo. Lucía se acercó y reemplazó las manos con su boca. Con minúsculos besos se fue acercando al cuello y, con la punta de la lengua, siguió camino hasta su boca para aprisionar el labio inferior y mordisquearlo.
El beso se hizo profundo. Los cuerpos se acercaron más. Las lenguas luchaban furiosas por lograr imponerse. Las respiraciones se cruzaban formando murmullos y gemidos.
Manuel enterró las manos en el largo cabello de Lucía y la acercó más, deslizó los labios por su cuello, resbalando hasta el valle de sus senos. Inició con besos húmedos y apasionados, una lenta exploración. Al sentir que ella arqueaba la espalda hacia él, acarició con la lengua los erectos pezones, formando círculos y succionando con avidez. Era un enorme gozo sentir como se henchían de placer, los pechos en su boca; valía la pena contener un poco más su pasión, dominar  su cuerpo, ya tenso y duro desde que ella simplemente lo acarició.
Mordisqueó una vez más los pezones, se retiró un poco para ver el resultado y, con muchísima suavidad, sopló sobre la piel húmeda. La respuesta fue inmediata, las caderas se pegaron contra su ingle al tiempo que un profundo jadeo escapaba de Lucía. Ella se frotó, impaciente, contra su miembro palpitante. Él contuvo la respiración.
Aún estaban vestidos. La urgencia los hizo torpes, pero en segundos ya estaban piel contra piel. Acariciándose mutuamente con manos apuradas, besándose y sorbiéndose el uno con el otro.
Manuel deslizó las manos por el vientre femenino, la aferró con fuerza, guió sus manos hacia los glúteos y comenzó a mecerla sobre su erección. Sentía rugir la sangre en los oídos y vibrar su corazón en otro lugar de su anatomía.
Lucía se movía, sobre él, con lentitud. Tomó sus manos y las guió hacia sus pechos, le demostró cómo acariciarla, cómo con un solo dedo podía hacerla liberar todos sus sentidos. Con las manos llenas meciendo los senos, él endureció aún más los pezones frotándolos entre los dedos.
Los hinchados labios volvieron a unirse, el sonido de los besos retumbaba en la oscuridad. No podían verse, pero su piel captaba todo por ellos.
Los dedos masculinos parecían estar en todas partes: con una mano recorría la línea de su espalda, flexionándola hacia él, mientras que con la otra exploraba el interior de sus muslos, invadiendo lentamente el centro de su placer, estremeciéndola.
Muy excitada y ansiosa, liberó a sus manos para que tomaran la iniciativa. Acarició los hombros, el interior de los brazos, llegando hasta el estómago de Manuel. Se inclinó, rozando con sus pezones la notable erección. Se irguió y con un dedo, fue acariciando, en círculos, la punta de su pene. Él se mordió los labios, su miembro palpitó. Lucía repitió con la lengua el mismo camino de su dedo, pero no se conformó. Lo envolvió dentro de su boca,  lo saboreó de arriba abajo, demorándose en la punta, succionando y besando, una y otra vez.
Él la agarró con fuerza de los brazos, frenándola, se sentía estallar. El olor dulzón del sexo embotaba sus sentidos y le estaba costando contenerse. La envolvió en sus brazos y la giró, cubriéndola con su cuerpo contra la cama. Ella se dejó hacer y lo recibió, conteniéndolo con sus piernas.
La pasión y la necesidad de alivio reinaron desde entonces. Se recibieron mutuamente. Vibraba él en el ardiente cobijo de ella. Las respiraciones se entrecortaban, la piel hablaba por ellos. Manuel elevó sus manos y la agarró con fuerza de los hombros, queriéndola acercar lo más posible, mientras se balanceaba imponiendo un ritmo cada vez más anhelante.
Lucía absorbía con su cuerpo la voraz pasión de su pareja, totalmente abandonada al placer. Sentía surgir en su interior el inminente nacimiento de un orgasmo, un calor profundo presionaba su pelvis, le cosquilleaba por dentro, al tiempo que el miembro pujante de Manuel invadía y conquistaba.
Con la espalda arqueada él se volcaba dentro de ella, controlado aún. Recién cuando notó los espasmos que la dominaban, cuando apretó las caderas y lo sujetó íntimamente, le quitó el freno a su placer y se dejó llevar. Embate tras embate sintió la palpitación final e inclinando la cabeza hacia atrás, atrapándola más aún contra las sábanas, vio todo rojo, sintió todo rojo, y se llenó de ella.
Quedaron entrelazados por brazos y piernas, satisfechos y plenos. Se besaron con ternura, casi con reverencia.
Con un cálido pie, Lucía acarició la pantorrilla de Manuel. Él, sonriendo, se durmió.