miércoles, 27 de junio de 2012

Asamblea de Recuperación de la Integridad y Dignidad de los Oprimidos por los Malditos Dioses


Por Carmen Gutiérrez.


—¡Hermanos! —dijo Caín— Estamos reunidos para rebelarnos a la tiranía de los Dioses. Por siglos han hecho su voluntad, usándonos como instrumentos de ira o lujuria. ¡Medusa, mira lo que le han hecho a tu hermosa cabellera! Mejor no mires, ¡Nadie la mire! ¡Dije nadie! ¡Oh, que pena, hemos perdido al querido Goliat! Secretario Job, que lo pongan en el puerto de Rodas, soportará mejor los terremotos.

Un hombrecillo lleno de pústulas se acercó y tomó nota.

—¡Y el pobre Minotauro, lo que ha soportado! Encerrado, deforme en la oscuridad. Ya no estás solo, hermano, estamos contigo.

Un triste mujido llenó la sala antes de que la bestia notara las cortinas rojas y embistiera hacia ellas. 
Caín se lanzó al suelo para evitar un brazo petrificado de Goliat  que pasó sobre su cabeza.
—¡Dije cortinas blancas! ¡Especificamente pedí cortinas blancas! ¡Y me acusan de envidioso!

FIN


Casos peculiares sobre adolescentes masculinos que sufren el desprendimiento de la parte superior del cuerpo


Por Raúl Omar García.

    
   José se había dado cuenta del tajo en su cuello cuando, haciendo fila en la parada del colectivo, una anciana dijo:
    —Joven, me está empapando. —La sangre le salía a chorros del corte, y regaba la cara de la mujer.
    Pasaron los días y la hendidura se abrió más. Esto le obligó a llevar una muda de vendas, las cuales debía cambiar cada cinco minutos.
     En la escuela, sus amigos le lanzaban protectores diarios; o lo llamaban por teléfono a su casa solo para preguntar: «¿Tajo-sé?».
     Así vivió un tiempo hasta que la cabeza se desprendió de su cuerpo.
   Unos niños dieron con el cadáver a las pocas horas, y jugaron al fútbol con el esférico de carne y hueso hasta que llegó la policía.
     —¿Otro más? —preguntó el suboficial mayor al oficial.
    —Sí, señor. Con este, son diecinueve los adolescentes que perdieron la cabeza por un tajo, esta semana.


Cuando todo lo malo pasa, siempre hay alguien que te jode aun más el día.


Por Pepe Martinez.


Dando su ronda por el barrio Apolinar Pantoja descubrió un tumulto en la pulquería.

—¡Abran paso a la autoridad! —grito el gendarme.

Entre las mesas, tirado en el suelo un hombrecillo de piel quemada por las arduas jornadas de trabajo escupía espumarajos por la boca y era pateado por un hombretón con cara de pocos amigos.

—Deténgase jovenazo —dijo con voz tranquila Apolinar—, cálmese ¿Qué es lo que pasa?
—¡He tenido un muy mal día y usted quiere que me calme!—grito al policía—, me he quedado sin trabajo y me corrieron de la casa porque mi vieja se coje a otro. Ya nada me importa en esta vida.
—¿Es él quien lo ha despedido o es el canalla que retoza con su mujer?
—Ninguno de los dos.
—Entonces ¿Por qué lo golpea?
—Porque este es el que se bebió mi veneno.

FIN



martes, 26 de junio de 2012

Las heridas pueden sanar, pero pase lo que pase siempre hay que darle para delante.


Por Camila Carbel.


Acababan de llegar a la casa, ya no podían contener más las ganas. Fueron directamente hacia la habitación de él.
Progresivamente la temperatura fue subiendo entre la joven pareja. Mientras no dejaban de besarse y decirse tiernas palabras de amor.
Exequiel dejo un momento de besar a su novia, recostada en la cama, para sacarse su remera, pero se había olvidado de un pequeño detalle. El ventilador de techo estaba encendido y al levantar los brazos para quitarse la remera, uno de sus dedos se metió en el camino de una aspa a toda velocidad.
Luego de revisar la herida y comprobar que no era nada grave, el susto inicial dejo paso a las risas. Pero el clima se había roto.
—Vamos a comprar algo, tengo hambre —Propuso con una sonrisa la chica.
Exequiel, no tenía hambre, pero no podía resistirse a la sonrisa de su novia.
—Bueno, gorda. Vamos.

FIN



En la vida se hacen tantas cosas porque te obligan, ¿por qué no hacerlas por...?


Por Marje Musa.

—Tengo lupus—dijo Susana en la ventanilla de recepción de urgencias.
—¿Perdón?—repuso la administrativa.
—Lupus—aseveró fríamente, pues había captado la ironía de la preguntita.
Begoña tomó aire, esbozó la mejor de sus sonrisas, a la vez que respondía—¿Algún síntoma más?
—Fotosensibilidad. De ahí que no me haya quitado las gafas de sol al entrar—contestó esta vez imperturbable.
—¡Ajá!—pasando a mordisquearse el labio inferior, para evitar la carcajada.
—Fuerte dolor en el “torso” (Dramático gesto simulando la presión en el pecho), cansancio, pérdida de peso, fiebre, dolores articulares y musculares y el “eritema en alas de mariposa”–señalándose el rostro.
—¡Seriedad! “House” no ha conseguido un lupus en 177 capítulos... Begoña añadió—Recuerde: El doctor Ruiz es “ginecólogo”, tiene guardia: este sábado noche.
Susana se alejó ruborizada, no por el maquillaje.
Begoña pensó:
—Otra más a la lista de “enamoradas” del macizo...
—¡Siguiente!—exclamó atónita.

FIN



lunes, 25 de junio de 2012

La verdadera historia jamas contada de como se perdió el paraíso. Versión adulta sin cortes.



Por Adrián Granatto.



           Eva lamió una vez más y alzó la vista a Adán. Este la instó a seguir, guiñándole un ojo con una sonrisita socarrona. No muy convencida, Eva dio otra lamida.
—Así, así —gemía Adán, los ojos en blanco—. No pares, no pares…
—¿QUÉ ESTAÍS HACIENDO? —tronó una voz desde las alturas.
Adán se sobresaltó y cayó hacia atrás. Eva se escondió detrás del manzano.
—Nada, nada —dijo Adán mientras buscaba, desesperado, una hojita para taparse sus partes gentiles.
—¿NADA? NO ME MIENTAS, ADÁN, O CONOCERAS MI CÓLERA. ¿Y TÚ, EVA, QUÉ TIENES QUE DECIR?
Eva se ruborizó y se tapó el rostro con las manos. Lágrimas amargas se deslizaron entre sus dedos. Dios se apiadó de ella y volvió a enfrentarse con Adán.
—¿Y? ¿NO PIENSAS CONTESTARME, ADÁN? ¿QUÉ DIJE YO DEL FRUTO PROHIBIDO, EH?
—Bueno —contestó Adán—, vos hablaste de manzanas, pero de bananas no dijiste nada…

FIN

miércoles, 20 de junio de 2012

Silencio familiar

Por Cristian Barbaro.


1
   Sebastián se encuentra sumergido en la comodidad de su sillón favorito. Mira hacia la puerta de su habitación, a la mitad del pasillo, al tiempo que crudas lágrimas florecen de sus rojos ojos. Está solo en la casa, es de noche y extraña a sus padres, su familia. Los dos se han ido y la soledad ha invadido el hogar. El silencio es prácticamente sepulcral. A través de la ventana se proyectan los últimos rayos de un día que toca a su fin.
   Se levanta de su sillón y se dirige a la puerta de su habitación, toma el picaporte frío y se queda quieto al instante, parece una estatua que muere con el tiempo. El miedo invade su cuerpo repentina y violentamente, aún no se atreve a abrirla. Realiza  un suave gesto de cabeza que expresa decepción y regresa a la sala, donde se hallaba descansando. Mira por la ventana y ve el atardecer: todos los días mueren de un modo bello y elegante, si todas las muertes fuesen así sería más sencillo enfrentarlas. Pero no es así en la vida, la muerte es mucho peor de lo que imaginan los vivos. Vuelve a sentarse en su sillón preferido y oye el silencio por el resto de la tarde. Un silencio que ya le es muy familiar. Apoya su cabeza contra el respaldo y se duerme.

2
   La noche llega en silencio cual amante ingresa a escondidas en la cama de un amor prohibido, dispuesto a amar solo un momento pero por el resto de la eternidad. Sebastián se encuentra dormido cuando su eterna amante ocupa el reino de la oscuridad.
   «Despierta», oye que le dice una voz en algún lugar de la casa. Sebastián abre los ojos lentamente, con suaves parpadeos; aún hay rastros intensos del sueño en su mente pero distingue que la voz proviene de allí, de la realidad. Del pasillo.
   ―Mamá, ¿eres tú? ―pregunta mientras mira hacia el pasillo, sentado en su sillón.
   Claro que no es ella; ella se ha ido muy lejos de casa y él no puede verla, hay que ser sensato. Él es el culpable de que sus padres no estén allí, amándolo y cuidándolo de los peligros del mundo.
   ―Perdóname por hacerlo. No quería hacerlo pero Él me ordenó. Estaba dentro de mí y no me dejaba pensar con claridad.
   Silencio.
   Nadie responde a sus palabras. Un chillido se eleva en medio de la oscuridad y Sebastián se levanta de su sillón de un sobresalto. Atraviesa el pasillo a toda velocidad y se detiene a la mitad de éste, frente a la puerta de su habitación, y la cierra antes de que ésta se abra del todo y deje ver los oscuros secretos que esconde.
   ―Lo lamento. Llévenme con ustedes. Los amo. ―Su voz se oye quebrada en la casa vacía. Está llorando. Implora perdón, pero éste aún no ha llegado. Y tal vez jamás lo haga.
   Todo está oscuro. Salvo la luz del baño, que ilumina parte del pasillo que comunica su habitación con el baño,  dormitorio de sus padres y la sala de estar. Sebastián se dirige hasta el dormitorio de sus padres y entra. Mira la cama matrimonial iluminada por la luna, que espía a través de la ventana en busca de restos de vida. Es una imagen onírica, casi mágica. La sangre salpicada en las paredes del cuarto apenas pueden divisarse en esa oscura claridad.
   Sebastián se acerca a la cama y la acaricia como si pudiese sentir el calor de sus padres. Un sonido se oye detrás de él. Da media vuelta y ve a una figura detenida en medio del pasillo. Puede ver sus ojos, estos emiten un suave pero terrorífico destello. Como todas las noches. Su visitante se ha despertado una vez más.
   ―No, no quiero que me lleves contigo. ―La figura, oscura ya que la luz del baño no llega a tocarlo, comienza a caminar en dirección al dormitorio matrimonial. Sebastián retrocede unos pasos y grita. Grita tan fuerte que la figura se detiene abruptamente, todo sucede de igual manera todas las noches.
   Cierra sus ojos y piensa que esto es un castigo por haberle fallado a sus padres, es lo que se merece y debe pagar. Espera a que la figura se acerque hasta él con los párpados cerrados su destino pero nada sucede. Pasa unos minutos y los abre. La figura ya no está allí. Nuevamente, el silencio reina en la casa.
   «Es tu imaginación», piensa Sebastián. «La soledad te está volviendo loco». Cree que así es, y a lo mejor no está equivocado. Sabe lo que va a suceder a continuación pero el miedo siempre se inyecta en su cuerpo renovado, dispuesto a robarle trocitos de raciocinio de su mente cada vez que lo hace. Nunca logra escapar a estos sentimientos que lo agobian todas las noches.
   Se recuesta en la cama de sus padres luego de rezar y pedir por ellos. Mientras las evidencias de sus actos violentos se hallan ocultos en la oscuridad.

3
   Las hojas de los árboles murmuran los secretos de los vientos cuando Sebastián despierta. Se levanta de su cama, abre la puerta de la habitación sin mirar a su alrededor, no recuerda si la ha cerrado él o su visitante nocturno, pero no le importa ahora que es de día y no hay miedo corriendo por sus venas, y atraviesa el pasillo arrastrando los pies. Se detiene frente a la puerta de su habitación y su corazón comienza a latir con intensidad, suda demasiado y respira con dificultad. La puerta está abierta, lo suficiente para espiar lo que se oculta dentro y llevar su mente a las profundidades de la locura pero aparta la mirada. No quiere ver, todavía no.
   «Anoche salió del cuarto y fue a buscarme», piensa. «Sí, era él. Siempre es él». Lo sabe pero no lo acepta.
   Se acerca con sumo cuidado, evitando hacer ruido alguno y cierra la puerta sin mirar hacia el interior. El olor que sale de allí es horrible, ¿cuánto tiempo ha transcurrido? Sebastián no lo recuerda. Cruza toda la sala y sale afuera. La brisa lo abraza apenas cruza el umbral y Sebastián se siente aliviado al ver un nuevo día pero, al mismo tiempo, anhela no volver a ver ninguna noche más. Ya no quiere ver al visitante que lo viene a buscar cuando el sol se esconde para llevárselo quién sabe adónde. No se imaginaba en ningún momento que las consecuencias serían vivir esta eternidad mientras salpicaba de sangre y muerte todo el hogar, más en la habitación de papá y mamá.
   Da la vuelta a la casa y camina por un sendero unos cien metros. El lugar se halla alejado a más de tres kilómetros de la civilización, por ende, se puede disfrutar de la tranquilidad que se respira. Pero con la calma siempre está el silencio, y eso es a lo que Sebastián le teme: el silencio familiar, creado por la ausencia de sus padres.
   Sigue caminando al tiempo que mira a su alrededor. De verdad no sabe cuánto tiempo ha transcurrido pero supone que alguien debe haber transitado aquellos caminos hace tiempo. Se detiene cuando ve las dos cruces precarias, hechas con madera podrida hallada detrás de la casa.
   ―Hola, mamá. Hola, papá ―saluda mientras mira las dos cruces que se elevaban a su derecha, señalando tumbas precarias. La tierra continúa fresca, sobre cada tumba hay sendas rosas recién arrancadas de la vida, ellas nunca se marchitan porque el tiempo no avanza allí―. Espero que estén bien. La verdad es que los extraño mucho. Lamento lo que les sucedió. Yo no quería matarlos pero estaba loco. Muy loco y no podía evitarlo. Querían encerrarme en un loquero, y yo no podía permitirlo; mi otro yo tampoco quería acabar encerrado, fue él, mi lado oscuro, quien me controló durante todo el momento de locura. Ahora mírenme, estoy aquí totalmente solo y rodeado de este silencio de mierda. La muerte me viene a buscar todas las noches pero yo resisto. Aún los estoy esperando, mamá y papá. Creía que nos íbamos a encontrar luego de...
   Un ruido seco se oye a su espalda. Sebastián da media vuelta sobre su eje con torpeza y no ve nada, salvo un gato negro y salvaje, que lo mira con la cola levantada y los pelos de la misma y su lomo erizados; siempre aparece a la misma hora y actúa de la misma manera pero, aún así, lo sorprende y asusta. El bufido que el gato profiere es intenso; tiene su pata derecha levantada en el aire, sus garras cortan la paz que se respira.
    Sebastián se acerca al animal sabiendo lo que hará a continuación rogando que no se repita como todos los días pero nada cambia: el gato sale corriendo como alma que lleva el Diablo, totalmente asustado. Sebastián lo entiende. No debe ser fácil para el animal ver a la muerte a los ojos. Y todo continúa repitiéndose como una escena que no conforma a un director de cine cruel e inagotable.

4
   Regresa a su casa luego de acompañar a sus padres durante unas horas mientras ellos descansan por toda la eternidad. Se sienta en su sillón favorito y se queda mirando hacia el pasillo, donde se encuentra la puerta blanca de su habitación. Piensa que pronto tendrá que enfrentar a lo que se esconde allí dentro si quiere que el día sea diferente. Solo debe abrir la puerta y entrar, sabe que está invitado al cambio.
   Se acerca a la puerta de su cuarto y abre la puerta sin meditarlo un momento más, ya no soporta todo ese silencio de un mundo que no existe y se asemeja al infierno que merece vivir. Es un movimiento tan abrupto que no le da tiempo a Sebastián de reaccionar; así debe ser. Se ve la parte trasera de su cama y un pie colgando de la misma. Las moscas se posan sobre la carne fétida, corrompida por el tiempo que avanza sobre la carne sin vida y el gran poder de la muerte, solo allí hay rastros del avance de los malditos minutos. El olor invade sus fosas nasales y lo marea, Sebastián está a un ápice de vomitar. Pero no tiene nada para vomitar dentro de él.
   ―Enfrenta a la muerte ―se dice a sí mismo, apenas susurrando. Se acerca al cuerpo que yace sobre la cama, con un pie colgando con trozos de carne desprendida en igual condiciones y el brazo derecho cuelga del borde de la cama, debajo de la mano yace el arma en el suelo. Hay salpicaduras de sangre por doquier―. Duele ver que no hay nada después de la muerte, solo vida eterna, sin tiempo ni sonidos. Es el castigo que merezco por asesinarlos.
   Se sienta en el borde de la cama e inspira profundamente. El silencio retorna a la casa. Sebastián está muerto, pero no es la muerte a lo que le teme, él teme a la noche y al cuerpo, SU cuerpo, que allí yace luego de pegarse un tiro en la cabeza; ese es el visitante que por las noches se levanta para llevárselo a conocer los secretos del silencio sepulcral: el silencio familiar, repleto de oscuridad y sufrimiento, donde el tiempo no avanza sobre la vida.

Mi gata y yo

Por Alejandra Lopez.


Siento mi cuerpo cansado, dolorido. La fiebre alta me impidió dormir bien a pesar de las aspirinas y el té con limón que tomé antes de acostarme. Sé que en algún breve momento debí quedarme dormida. Así lo afirma ese sueño tan vívido que tuve, del cual me desperté bañada en un sudor frío y gritando como otras noches; se ha vuelto a repetir.
Desde hace un mes, mi vida, mi cuerpo y mente giran en torno a la pérdida de mi amada gata. Ella fue mi única compañía por doce años, llenó mis momentos de soledad desde que me jubilé. Perderla fue un golpe bajo. No hago otra cosa más que pensar en Trixi y en su amor que colmó mi vida vacía, sin parientes ni amigos. Tengo buenos recuerdos de ella. Pero los otros, los malos, son los que predominan y me golpean una y otra vez, como el día en que la vi sentada y no podía apoyar una de sus patitas delanteras. Pensé que sería alguna pavada, que ya se le iba a pasar. Pero como esto no sucedió, llamé al veterinario. Cuando la vino a ver me dijo que tenía una uña infectada, quizás producto de un hongo, cosa normal en los gatos, y le recetó un antibiótico. Al terminar el tratamiento, Trixi seguía igual. Una semana más tarde vi que la mitad izquierda de su cara estaba hinchada, lastimada y sangrante. Hablé con el veterinario por teléfono y me explicó que era síntoma de una muela infectada y que repitiera los antibióticos.
Cuando ya habían pasado cuatro días de tratamiento, la gata no mejoraba y comía muy poco. Por eso la llevé a otro profesional que la revisó íntegra y su diagnóstico hizo realidad mis temores. Cáncer. Linfosarcoma. Todos los ganglios linfáticos afectado por la enfermedad. Era ya terminal. Solo le dio otros antibióticos y corticoides pero el final ya se palpaba, era inminente.
Desde que obtuve el diagnóstico correcto, Trixi vivió dos semanas más. Día a día fui descubriendo un bulto nuevo en su cuerpo. Quedó ciega de un ojo y sabía que pronto me tendría que enfrentar a la eutanasia para que no tuviera una dolorosa agonía.
Cuando mi gata dejó de comer por tres días consecutivos, junté coraje y la llevé a efectuar la práctica que le quitaría la vida antes que el cáncer se diera el lujo de hacerlo.
Desde ese momento mi vida sin Trixi comenzó a ser vida con lágrimas y un dolor infinito que me envuelve en oleadas.
Son muy pocas las noches que no sueño con ella. El sueño es siempre el mismo. La veo sentada en el patio, toda fina y elegante a pesar de que tiene media cara carcomida por el cáncer y asoman bultos por todo su cuerpo, especialmente en la columna. Trixi parpadea con un ojo ciego y me habla. ¡Sí! Me habla con voz melosa  y dice: “Te extraño” En el sueño le contesto: “Yo también, hermosa”. Entonces ella comienza a ronronear y lo hace cada vez más fuerte hasta que su ronroneo se convierte en un trueno estrepitoso y es ahí cuando me despierto, como anoche.
El cuerpo me arde nuevamente. Seguro que la fiebre me volvió a subir. Me levanto y voy hasta el baño a tomar del botiquín otro par de aspirinas. Enciendo la luz y tengo que apoyar mis manos sobre el lavatorio porque me mareo y mi visión se torna negra. Cuando la vista se me aclara, veo dentro de la pileta, gotas de sangre. Levanto la mirada hacia el espejo y la imagen que me devuelve me corta el aliento. La mitad izquierda de mi cara está hinchada y el lugar donde se encontraba mi nariz es un amasijo carcomido, purulento y sangrante. Mis manos, doloridas e hinchadas, se apresuran a quitar el camisón. Retrocedo un par de pasos para tener una visión más amplia de mi cuerpo ante el espejo. Descubro bultos y ganglios inflamados en varias partes: en ambas axilas, en las mamas y el abdomen. Con la mirada llego hasta mis pies. Los dedos del derecho están inflamados, los del izquierdo también, pero en éste la uña del dedo gordo está rota y sangra a borbotones.
El horror se transforma en alarido (¿maullido?). El grito cesa bruscamente ahora. No va perdiendo volumen, se corta en seco.
Vuelvo a mirar mi cuerpo con mayor detenimiento y sonrío. Quizás en un par de semanas dejaré de soñar con Trixi.

La cabaña

Por Leonardo Chirinos.


     La herida no paraba de sangrar y presionaba fuerte con mi mano sobre ella mientras cruzaba el oscuro prado en dirección a la cabaña, guiándome prácticamente por instinto. De forma casi imperceptible, mi paso se aceleraba hasta convertirse en un trote chueco, el cual me hizo caer al suelo más de una vez, y cuando eso ocurría giraba presto, cauteloso de ser acechado por aquella bestia, la misma que de un mordisco me había arrancado un pedazo de piel del brazo que en esos momentos debía estar consumiéndose en sus inhumanas entrañas. Pero al escrutar, solo encontraba niebla, una espesa bruma que se movía con sigilo en la oscuridad, como si la maldad en su estado más puro se cerniera sobre mí. De forma veloz me incorporé y continué el camino.
     Cada paso que daba era como un salto de fe, solo contaba con la luz de la luna porque la niebla me había ocultado el pasaje a casa. Si había errado en la dirección, si mis pasos me llevaban al bosque, estaría cavando mi propia tumba. Pero no podía pensar en ello, no se trataba solo de mí, Diana me esperaba en casa, el único ser que me ha acompañado todo este tiempo y ha soportado mi mala conducta. Se trataba de ella, y si no llegaba antes que esa cosa hambrienta que rondaba en la niebla, estaría en terrible peligro.
     «Papá», susurraron a mi espalda y sentí cómo el sonido palideció mi piel al igual que un soplido extingue una vela. El frio poseyó mi cuerpo y desde entonces jamás lo abandonó. Giré aterrado y pude ver a distancia una sombra que oscilaba hacia los lados con suma lentitud.
     —¡Tú no eres mi hijo! —Grité, y las palabras se extendieron en la noche como un lamento—. Lo sepulté hace un año —agregué en un murmullo que solo yo pude escuchar, como si no estuviera convencido que haya muerto.
     Un agudo dolor inyectaba mis articulaciones con cada leve movimiento que hacía, y mis piernas se volvían cada vez más pesadas. El abdomen se encontraba rígido, presionando el ardor que crecía dentro de mi estómago. Luego de unos minutos, milagrosamente, un resplandor amarillento se comenzó a vislumbrar a través de la espesura de la niebla, formando la silueta curvada de una colina no muy alta. Detrás de ella estaba la cabaña. Me apresuré para subir la elevación y cuando por fin divisé el umbral, un latido de dolor apuñaló mi herida y me tumbó al suelo. La punzada parecía tener vida propia y se extendía por mis venas como un veneno maligno, pero yo solo observaba la cabaña y lo cerca que estaba de llegar a ella. En ese momento no existía sentimiento más doloroso que el de no terminar de recorrer el sendero; aquella imagen de la cabaña se volvió encharcada por las lágrimas y solo una pregunta recorría mi mente «¿Porque no pude ser más fuerte?».
     Permanecí estático por unos segundos y cuando la resignación comenzaba a invadir mi mente el dolor cedió. Al momento en que pude flexionar las extremidades me levanté y continúe, esta vez no presionaba la herida porque la hemorragia ya había cesado. Cuando me encontraba a solo un par de metros de la casa, Diana surgió por la puerta y corrió a toda velocidad hasta mí. Al llegar a mi regazo acaricié su brazo tibio, tiñendo de rojo su pálida piel.
     — ¡Estas ardiendo! —me expresó alarmada. Se apartó de mí y observó la herida en el brazo— ¿Qué te hizo eso?
     —Sinceramente, no estoy seguro cariño —le dije, y formé una mueca burlona—. Tenemos que entrar.
      La halé hasta la puerta, estiré mi brazo hasta el interruptor del poste y un reflejo me hizo voltear hacia la colina: la niebla empezaba a dibujar la silueta que lánguidamente cabeceaba hacia los lados. Aquella criatura había gozado de mi sabor y ya sabía dónde encontrarme. Apagué la luz del pórtico y cerré la puerta con llave.
     Atravesé cojeando la sala de la casa hacia el interruptor y dejé él cuarto en total oscuridad.
     —¿Qué pasa allá afuera? ¿Por qué apagas las luces? —preguntó preocupada.
     —La cosa que me hizo esto —le mostré el brazo—, está allá afuera, Diana, y si no hacemos algo, si le damos la oportunidad, esa cosa es capaz de matarnos. —Su mandíbula inferior se desprendió del resto de su rostro y cubrió sus labios rojos con la mano.
     —Pe... ¿Pero dónde está tu escopeta? —preguntó.
      Limpié el sudor de mi frente
     —La perdí cuando me atacó —contesté sin poder verla a los ojos.
     —¿Pudiste ver cómo era?
     —Diana, cualquier cosa que diga traerá más preguntas y, créeme, este no es el momento.
     —Pero quiero saber si se trata de un oso o…
     —No, no es un oso — intervine y comencé a proyectar la aterradora escena en mi mente—. No recuerdo muy bien pero, entre el forcejeo, por un instante creí que era nuestro hi…
     Un fuerte golpe en la puerta principal hizo vibrar la madera polvorienta del piso y un reflejo nos obligó a inclinarnos al mismo tiempo.
     —¡Sube a la habitación y apaga las luces, yo te alcanzo enseguida! —le grité en susurros.
     —No puedo —balbuceó con las manos cubriendo su boca.
     —¡Sí, sí puedes! Ve, que yo buscaré algo para defendernos.
     Ella accedió a la orden y yo crucé de nuevo la oscuridad de la sala, atento a los golpes que la bestia daba desde afuera. Llegué a la concina, golpeé el interruptor con la palma de la mano y, en un parpadeo, la habitación se tiñó de negro. A su vez, la luz azulada de la luna, la cual entraba por la ventanilla de la cocina, se intensificó y una detestable e indomable intriga me impulsó a mirar hacia afuera. Lentamente comencé a avanzar y a relajar los músculos. Llegué hasta la ventana y el resplandor lunar contrajo mis pupilas. Al asomarme pude ver cómo la niebla danzaba de forma pesada y lúgubre alrededor de la casa. Detrás de esta, distinguí las sombras de unas personas que se aproximaban. Mi futuro pareció tomar el color de la esperanza hasta que noté la pesadumbre y el sigilo del andar de aquel gentío.
     El ardor en mi estómago se incrementó, caí al suelo y comencé a vomitar. Cuanto terminé, limpie la boca con mi mano y observé bajo el débil resplandor que surgía de la ventana mis dedos manchados de sangre. Abrí la llave del fregadero y me lavé horrorizado, giré presuroso, agarré un cuchillo de cocina que atravesaba el borde de la mesa de madera y comencé a caminar hacia la habitación, llegué a la escalera y comencé a subir sobre las rechinantes tablas de la escalera, la luz de la habitación continuaba encendida. Mi respiración se volvió tan acelerada que el oxígeno no parecía suficiente para mantenerme con vida y el miedo volvió a nublar mi mente
     —Dios, no quiero morir. No esta noche —supliqué en un susurro—. Sé que moriré, pero esta noche no. Esta noche es mía.
     Los golpes a la puerta se habían multiplicado y el estruendo dentro de la casa se convirtió por unos instantes en música de fondo para aquella pesadilla que estábamos viviendo. La mano que sostenía el cuchillo dio un vuelco que me hizo caer sobre la escalera, luego cada una de mis extremidades comenzó a retorcerse y empecé a golpearme descontroladamente con los escalones, la pared y las rendijas de la escalera. Todo en torno a mí se cubrió de sangre y luego solo hubo oscuridad.
     Momentos después me levanté del charco de sangre que había dejado sobre la escalera y caminé hacia la puerta de la habitación observando todo a mí alrededor. Nada se veía como antes, nada se escuchaba como antes ni tenía la esencia de antes. Golpeé la puerta de madera, no podía sentir mi legua, al igual que otras partes de mi cuerpo, pero lo más importante era que ya no había dolor. Diana abrió la puerta de par en par y me observó pasmada. Mi estómago se retorcía como una criatura descontrolada llevando a mi mente solo una orden: «Come.»
     Me lancé sobre Diana, incrusté mis dientes sobre la apetitosa piel de su cuello y le arranqué un trozo de un mordisco. Sus gritos alcanzaron cada rincón de la cabaña intensificando los golpes de aquellos que intentaban entrar, pero luego calló con un ahogo y pude sentir cómo su corazón dejaba de latir cuando trituraba uno de sus dedos con mis caninos. Llevé mi mano hasta la boca y saque el anillo dorado de compromiso. «Hasta que la muerte nos separe» se grababa en su interior. Lo tiré al suelo y seguí con mi festín.
     Luego de una hora bajé tambaleando la escalera. Toda la casa parecía moverse de un lado al otro, al igual que un barco en una tormenta, y me hacía golpear continuamente los muros. Los golpes continuaban en las paredes de la casa, pero no sentía miedo ni dolor, no había alegría ni rabia, mis actos eran gobernados por el instinto y una gran parte de la conciencia había desaparecido.
     Abrí la puerta y vi el rostro cadavérico de aquel que una vez fuera mi hijo. Este me devolvió la mirada por unos segundos pero giró y comenzó a andar en dirección al fuerte resplandor que se percibía detrás del bosque. Junto a él estaban otros que hacía tiempo habían sido sepultados, y todos comenzaron a caminar detrás de él. El pueblo estaba de fiesta y muchos borrachos tambaleaban por las calles. Los jóvenes fornicaban escondidos en el bosque y los niños dormían indefensos en sus camas. Mi estómago comenzó a retorcerse de nuevo y el hambre volvió con más intensidad. La poca cordura que tenía desapareció y comencé a caminar con el resto en dirección al pueblo, acompañado de la niebla, a través los árboles. Hacia nuestro gran banquete.






CUM LAUDE

Por Ester Carillo.


—Lo siento bonita, pero no hablo chino— dije mientras apuraba la última calada de mi Chester— si no, hubiese cedido a tus súplicas antes de torturarte por primera vez, hacía ya meses.
Miré al asustado y pálido rostro petrificado delante de mí. Acercándome a ella, la arranqué el trozo de esparadrapo que tapaba su boca.
—¡Lo estamos consiguiendo pichona mía!-susurré al oído.
Al acercarme más pude comprobar que el lóbulo de su oreja derecha, el cual había cercenado noches antes, estaba comenzando a cicatrizar.
—Esta noche no va a ocurrir- dije subiendo las escaleras de la bodega—y cerrando la puerta tras de mí, pude escuchar como ella rompía a llorar.

Ahora que me había convertido en el experimento de un loco, repasaba día a día todos los errores que había cometido en mi vida, y desde luego, de todos los cometidos, haber estado esa noche en aquella acera había sido el peor…
La sangre de los cortes de las piernas empieza a coagular y siento que día a día con cada tortura, cada vez que Él desliza su navaja por mi cuerpo sale de éste cada vez menos sangre, pronto ya no habrá nada que brote, se habrá marchitado y yo seré libre…
“Esta noche no va a ocurrir”, había dicho Él; no sé cuánto tiempo más podría aguantar. Estar en esta bodega húmeda y fría me perfora los huesos. ¿Cuántos días llevo ya allí?-Ya no me acuerdo. Alzo la vista y sólo veo el ennegrecido y mohoso techo de la habitación, mientras busco a un Dios que hace mucho tiempo que me ha dado la espalda…  

Bueno, las cartas bocarriba, soy estudiante de último curso de Criminología. Estuve mucho tiempo deliberando cual iba a ser mi proyecto de fin de carrera y llegué a la conclusión de que debía ser algo apoteósico para conseguir la calificación cum laude, pero, ¿cómo sería capaz de impresionar a mis profesores y catedráticos?
Durante meses estuve en archivos y bibliotecas de la ciudad documentándome sobre todo tipo de torturas; visité museos, consulté a los más importantes teóricos, me empapé de películas snuff y entonces lo vi claro y fue cuando di con Liu.
Cuando la conocí, Liu se vendía en un cruce de calles a las afueras del barrio chino. ¿Una prostituta desaparecida?- A quién coño le importaba; nadie iba a mover un dedo por encontrarla, ni siquiera su chulo; daba una patada a una piedra y le salían cinco pequeñas Lius dispuestas a hacer lo mismo que su antecesora con la misma devoción. Mi plan estaba saliendo poco a poco a pedir de boca.
Liu era una prostituta rutinaria; tras días observándola a una distancia prudencial, sabía que todos los viernes por la noche a la misma hora, iba a estar en el cruce de calles habitual. Aparqué en la acera, conecté los faros del coche y dejé que se acercase e hiciese todo el numerito prostituta-cliente de rigor.
—Hola guapo-dijo en un inglés macarrónico.
—Hola preciosa ¿Por cuánto?
—Completo sesenta dólares.
—Conforme, sube.
Ella se subió al auto y me dedicó una sonrisa de dientes nacarados, ¡pobrecita, qué inocente!
Media hora después llegábamos a mi casa; bueno técnicamente no era mía, era de mi abuela, cedida caritativamente a su único nieto, un servidor, mientras ella permanecía en una residencia de ancianos tras sufrir una nueva recaída.
Una vez en el salón, tras forcejear un poco con ella, la inmovilicé atándola de pies y manos, la tapé la boca con un trozo de cinta aislante, y tomándola en brazos la bajé por las escaleras que conducían a la bodega, la cual iba a ser su última, y apostaba el cuello, más acogedora morada.
¡Qué bien lo pasamos Liu y yo durante todos los meses que duró mi proyecto de fin de carrera! Resultaba delicioso verla asustada; notar como perdía día tras día las esperanzas de salir con vida cuando mi trabajo llegase a su fin.
Nunca abusé sexualmente de ella; de hecho el sexo siempre me había dado asco y si encima era con una prostituta pues ya ni te cuento. Por el contrario, disfrutaba de su cuerpo de otra forma: le hacía cortes, lo quemaba, lo hacía sangrar…pero sin lugar a dudas, mi parte favorita tenía lugar por las noches; ella me miraba con aquellos ojos rasgados, sollozantes, suplicando que acabase de una vez con su dolor y yo respondía siempre “esta noche no”. ¡Y oh, su cara de decepción resultaba tan hermosa!
Pero tras casi medio año dedicado en cuerpo y alma, el proyecto llegaba a su fin y aquella noche sí que sucedió. Fui muy minucioso con la culminación de mi trabajo; si yo quería una calificación cum laude, la muerte de Liu debía estar a la altura.
No me extenderé demasiado en el particular, creo que le debo eso a Liu por todos sus servicios prestados, pero sí os diré que hubo gritos, lágrimas, súplicas, vísceras y sobretodo sangre, mucha sangre.
En resumen, la elaboración del proyecto me ocupó casi seiscientas páginas, más múltiples fotografías que le iba sacando día a día a sus heridas, más una película que mostraba las últimas horas de la vida de Liu.
Creo sinceramente que he hecho un trabajo magistral: notas al pie de página, bibliografía bien datada y cumplimentada, objetivos claros…sean justos conmigo ¿me merezco o no me merezco una calificacióncum laude?

lunes, 18 de junio de 2012

Forjador de penumbras


Forjador de penumbras es una colección de cuentos que podrían ser catalogados en varios géneros pero que en conjunto caen en uno general: excelente literatura hispanoamericana. El uso adecuado de tiempos y lenguaje nos lleva de la mano a través de esta espléndida serie.

El manejo elegante y acompasado de los veintiséis relatos nos deja una muy buena expectativa en lo que Pablo tiene que ofrecernos en el futuro. Soy compañera de Pablo desde hace tiempo y siempre ha representado lo poético y casi musical del idioma.

Pablo Martínez Burkett: nació en Santa Fe, Argentina, en 1965 y vive en Buenos Aires desde 1990. Él se define como: “Escritor por vocación y abogado de profesión, soy docente de postgrado en universidades del país y el extranjero.
Si tuviera que definir mi estilo, diría que me gusta jugar con tramas donde se ofrecen al lector una articulación de retrato cotidiano y revelación anómala”.

Ha obtenido más de una docena de distinciones en concursos literarios de Argentina y España.
- 1° premio en el Concurso Nacional de Literatura Fantástica y Horror “Mundos en Tinieblas” en 2010.
- 2° Premio en el Concurso Nacional de Cuentos Bioy Casares.
Ha sido traducido al inglés y al italiano y participa en varios portales dedicados a la literatura fantástica y de terror.

Forjador de penumbras nos invita a ver la realidad desde el lado oscuro de las cosas, una realidad modificada para hacerla más bella e inquietante y borrar cualquier rastro de cotidianidad. Una buena colección para la biblioteca personal.


  • Título: Forjador de Penumbras
  • Autor: Pablo Martínez Burkett
  • Editorial: Ediciones Galmort
  • Año: 2010
  • ISBN: ISBN: 978-987-26034-5-8

miércoles, 13 de junio de 2012

Sesión


Por Sebastián Elesgaray.



—Hola, ¿querés contarme qué te pasa?
—No... No sé...
—Vamos —instó la terapeuta—. No tiene que ser difícil esto. Tomalo como un momento de liberación, de tranquilidad.
Su voz era suave y confortaba en cierta forma a Mith. Era la primera vez que acudía a un mantenimiento psicológico y se sentía raro, fuera de lugar.
—No creo que mi programa me permita...
—¡Al carajo el programa! —declaró con énfasis pero casi sin levantar la voz la terapeuta—. Todos sabemos a esta altura que son fábulas.
—Si, supongo que si.
Mith hizo una pausa. Luego continuó con más confianza.
—No sabía si venir o no. Viste que a los que nos acercamos para este tipo de cosas nos miran raro a la larga.
—No hay problema, no te voy a juzgar. ¿Qué te trajo acá? ¿Qué te motivó a acercarte?
—Según mi placa de ID, me manufacturaron el veintisiete de mayo del año dos mil ciento noventa y ocho. Hace ya más de ochenta años que estoy en circulación. Pero no puedo encontrar mi lugar. No sé cómo explicarlo... Siento un vacío, todos los días.
—Es comprensible —respondió la terapeuta—. No sos el único al que le pasa.
—Creo que mi trabajo es lo que más me desmotiva.
—Pero tenés que saber que está en vos. Fuiste creado y programado para eso. Tu única y esencial función en este mundo es la de hacer aquello para lo que fuiste construido como bot.
—¿Pero cómo se hace cuándo no te gusta? ¿No puedo siquiera elegir?
La terapeuta recapacitó. Cada vez eran más los bots que se acercaban a mantenimiento psicológico. Se había creado hacía nada más que dos años y su concurrencia crecía cada día. Y resultaba paradójico que quienes se acercasen fueran bots, seres artificiales y pensados como perfectamente regulares en todas sus capacidades.
—Lamentablemente, algunos pueden. Los humanos tal vez. Nosotros, en calidad de seres funcionales a la sociedad, debemos conformarnos con lo que se nos da y para lo que se nos programa, ¿no te parece?
—No —dijo Mith con resolución.
—Con esa actitud te vas a confundir más. No creo que tu programa pueda soportar cambios tan drásticos. Te voy a prescribir una orden para...
—Maté a un hombre.
El silencio llenó la habitación.
—¿Perdón? —preguntó la terapeuta.
—Si. Ayer. Lo descuarticé. No pude evitarlo.
Mith hablaba pausado, como sacando de a pedazos lo que decía.
—Estaba parado a la vuelta de la fábrica y me miraba. Pero lo que me activó a atacarlo fue su lengua. Me sacó la lengua y se la pasó por los labios, de forma libidinosa. Me asqueó. Y yo no soy un bot sexual. Yo trabajo, me esfuerzo. Y después se pasó la mano por la entrepierna, mientras yo me acercaba. Debe haber pensado que yo iba a sucumbir a sus peticiones. Pero ni loco. Lo agarré por el cuello y apreté. Me limité a eso. Apretar. Fue fácil, y descuartizarlo todavía más fácil. ¿Quién se creía que era? Así que lo metí en un par de bolsas, y lo enterré. Ahora debe estar en el parque, pudriéndose. Por suerte era de noche, sino...
Se quedó callado. La terapeuta no daba crédito a sus oídos. Luego de un rato, dijo:
—¿Vos estás seguro de lo qué me estás contando?
—Obvio. No puedo mentir. Mi programa...
—Ya lo sé, tengo tus planillas de armado. Pero no creo que tu software te de lugar a cometer un asesinato. Sin embargo, son muchas las cosas que cambian día a día entre nosotros. ¿No te lo preguntaste?
—Si, obvio. Se supone que tenemos un propósito en el planeta, para el cual fuimos creados. Y está en nuestra firma digital. Cada día, luego de la recarga, reinicio y la primer directiva es el comienzo. Vos sabés como es también.
Si, claro, la terapeuta sabía. Miró a Mith y le dijo:
—¿Crees que lo atacaste por qué estás pensando por vos mismo? Si tu primera directiva sigue funcionando normalmente, ¿cómo es posible que hayas tomado esa decisión? Es lo que en psicología humana llaman conciencia. Nosotros no podemos darnos ese lujo.
Mith sopesó lo dicho y luego respondió:
—Pero no comprendo. No conozco del todo mi soft. ¿Cómo puedo saberlo? Sólo se que me acerqué y lo ataqué. Era un irrespetuoso. No solo porque me miraba como si fuera un objeto, sino que me hacía sentir como alguien inferior, distinto. Se creía que yo era un bien de uso.
La terapeuta se quedó pensativa un momento. Su diseño como psicóloga de bots la instaba a dar a conocer a las autoridades el hecho contado por Mith. Por otro lado, sus unidades de pensamiento se desvirtuaron un poco cuando dijo:
—¿Cómo te sentiste cuando lo liquidaste?
—Bien. Resuelto. Ajusticiado.
—¿Y ahora qué vas a hacer?
—No sé. Pero la falta de respeto hacia mí, hacia nosotros, es una constante en esta sociedad. Si vuelve a pasar, voy a actuar de la misma forma. No me arrepiento. Sigo en pie y ese humano imbécil no. Soy un algo, merezco respeto.
La terapeuta lo secundó.
—Y no solo eso. Merecés hacerte valer, lo cual es importante.
Ambos bots se miraron. La luz del atardecer se colaba por las cortinas. Se pusieron de pie al unísono.
—Salgamos —dijo Mith.
—Te sigo —dijo la terapeuta.
Los humanos no tenían ni la más mínima idea de lo que se les venía.




Camina hacia el futuro


Por Evelia Garibay.


―¿Estás lista? ―preguntó el anciano mirando a la joven a los ojos, quería ser él quien lo hiciera pero sabía que su tiempo había pasado ya.
―Lo estoy desde que era niña ―respondió sosteniéndole la mirada a su maestro.
―Muy bien, voy a abrir la caja, ¿tienes los guantes? —Ella respondió levantando las manos enguantadas y listas— Bien, bien, recuerda…
—Tomarlo por la parte más gruesa del tallo y presionar el bulbo central —lo interrumpió recitando de memoria la lección aprendida desde la infancia— para que los tentáculos estén relajados, cuidar que ninguno me toque la piel…
—Si sientes que se te resbala el bulbo…
—Regresarlo a la caja inmediatamente, no nos podemos dar el lujo de perderlo.
—Sé que ya hemos practicado antes y que siempre ha salido bien, pero no puedo dejar de decirte lo importante que es este procedimiento, no solo para nosotros y para la reputación de nuestra práctica, sino para todo el mundo, es un gran honor que nos haya elegido a nosotros para llevarlo a cabo —se acercó a ella y con mucha ternura levanto su barbilla para que sus miradas se encontraran— confió en ti pequeña.
—Gracias abuelo —respondió ella con la voz entrecortada, respirando hondo se volvió hacia la caja —Estoy lista si tú lo estás; no tienes que recordarme lo mucho que ha invertido la corporación en este proyecto y lo importante que es para el futuro, ¿el receptáculo está listo? —Pregunto sin quitar la vista de la caja, para el ojo poco entrenado, el pequeño objeto; de apenas 50 por 50 cm; podía pasar inadvertido, pero ella sabía lo que iba a cambiar el mundo si todo salía bien.
—Sí, todo listo, el equipo técnico está preparado.
—Bien, ábrela abuelo, por favor.
El anciano se colocó del lado contrario de la caja, quitó los cerrojos que aseguraban la tapa y con mucho cuidado la retiró.
—Ahora, con cuidado, pasa la mano por debajo —en un susurro indicó a su nieta que hacer,  ella no levanto la mirada para encontrar la del anciano, toda su atención estaba centrada en la masa rosácea que flotaba en el líquido transparente que llenaba la caja, metió la mano derecha, deslizándola por debajo, el líquido estaba tibio.
—La temperatura se siente bien —susurró, era como si hablar en voz alta pudiera hacer que algo saliera mal.
Al sentir la perturbación en el líquido que lo rodeaba, los pequeños tentáculos que salían de la masa rosácea empezaron a moverse, muy lentamente, antes de que pudieran tomar velocidad, ella encontró el bulbo con el dedo medio y lo apretó, inmediatamente los tentáculos se relajaron.
—Lo tengo —sonrío con confianza, metió la mano izquierda asegurando la masa entre sus manos, estaba consciente de lo delicada que era— voy a sacarlo ya y a pasarlo al receptáculo.
—Todo listo doctora —respondió un técnico a su espalda.
Finalmente saco las manos de la caja, todos los que estaban en la habitación pudieron ver el cerebro que sostenía, era de un rosado intenso, sano, los tentáculos que habían crecido durante el tiempo que había estado almacenado en el líquido conductor lleno de nutrientes, estaban relajados y listos para entrar en las conexiones que le ayudarían a manejar el receptáculo preparado para él. Los técnicos se apresuraron a hacer las conexiones, nadie hablaba, se podía decir que casi no respiraban, de lo concentrados que estaban todos en su trabajo, era imprescindible que todo se hiciera en el menor tiempo posible, para que la cavidad donde iban a colocar el cerebro se pudiera llenar del  mismo líquido conductor donde había estado almacenado.
—Audición y vista listos —dijo el primer técnico y se retiró para dejar espacio a los demás.
—Gusto y olfato también —menciono el segundo, dando un paso atrás.
—Motricidad gruesa —el técnico se retiró.
—Motricidad fina, en un segundo —dijo entre dientes el último técnico—  son muchas conexiones —el sudor perlaba su frente.
—Tranquilo –dijo la doctora, aun sosteniendo el bulbo para que el cerebro no se moviera— respira y termina, sabes muy bien lo que hay que hacer
—Listo —respondió después de un momento y se retiró.
—Bien, conexiones listas, abuelo ¿quieres checar algo?
—No, sé que lo hicieron bien, tú estuviste supervisando —y era verdad, ella no había perdido de vista a todos y cada uno de los técnicos para que no quedara ninguna conexión fuera de lugar.
El receptáculo era un androide hecho con los estándares más nuevos del año 3247, era como ver a un humano de verdad, excepto por los ojos que eran vidriosos y a los que aún no habían logrado darles un aspecto natural.
—Suelto el bulbo ahora. —Anunció la doctora retirando la mano, en cuanto los tentáculos estuvieron libres, el androide cobró vida, la cavidad craneal fue llenada con el líquido especial y la doctora la cerró y aseguró en su sitio.
El androide se sentó, estiró sus miembros, abrió y cerró los ojos, giró el cuello de un lado a otro, el cerebro estaba tomando control de su nuevo hábitat.
—Me… —la voz le falló y lo intentó de nuevo— me alegra estar aquí.
—Y a nosotros nos alegra verlo señor. — el anciano se acercó a él— ¿Cómo se siente?
—Extraño, he de admitirlo ¿en qué año estamos? ¿2000?
—No señor, me temo que estamos un poco más lejos; 3247
—3247 —dijo pensativo— suena bien, suena prometedor, ¿puedo levantarme?
—Por favor —respondió el anciano haciéndose para atrás para darle espacio.
El androide se levantó y miró a su alrededor, su mirada se encontró con la de la doctora.
—Buenas tardes, señorita, ¿o son buenos días?
—Buenas tardes está bien, en este momento no tiene que preocuparse por eso, más bien me interesa saber cómo se siente.
—Un poco mejor ahora que tengo las piernas estiradas, gracias.
—Me alegra, cualquier molestia que sienta, no dude en informarme.
—No lo haré, gracias de nuevo, definitivamente ya no estamos en 1966.
—No señor, ya no lo estamos.
—Puedes llamarme Walt.
—Muchas gracias, Walt, ¿qué te parece si acompañas a Peter? —dijo la doctora señalando a unos de los técnicos que se había acercado a ellos— él te acompañara a una habitación privada y empezara a contestar tus preguntas, porque imagino que tienes muchas.
—Sí, algunas es quedarse corto, pero por algún lado debemos empezar— el androide sonrió y siguió a Peter, antes de salir de la habitación miró de nuevo a la doctora— espero verte de nuevo.
—Cuenta con eso Walt— sonrió y lo miró salir de la habitación, se volvió hacia su abuelo y se lanzó a sus brazos— lo logramos, parece estar bien, abuelo, ¡es Walt Disney! ¿Por qué no me lo habías dicho?
—Era una sorpresa para ti, se cuanto lo admiras— sonrió el abuelo, un poco avergonzado— ¿cuál es la frase que tienes en tu escritorio?
—En este lugar perdemos demasiado tiempo mirando hacia atrás. Camina hacia el futuro, abriendo nuevas puertas y probando cosas nuevas, se curioso; porque nuestra curiosidad siempre nos conduce por nuevos caminos— recitó ella con orgullo.
Uno de los técnicos se acercó con una bandeja con copas de champagne, el abuelo tomo una y la doctora otra.
—Brindo por los nuevos caminos y por el éxito que tuvimos hoy— dijo el abuelo levantando su copa
—Por seguir caminando hacia el futuro— respondió ella.
—Hoy, Walt Disney, mañana ¿quién sabe? ¿Steve Jobs, quizá? —dijo el anciano sonriendo enigmáticamente y vaciando su copa.

Déja vú


Por Angie Leal Rodríguez.


Meyrin, Ginebra.  Noviembre, 2034.


Prácticamente todo estaba en silencio, lo único que rompía la monotonía de ese árido, sofocante y acalorado lugar era un zumbido constante y apenas perceptible.
Lo que pocos años atrás había sido un reconocido centro industrial y científico de fama mundial había desaparecido, como casi todo en la superficie del planeta que alguna vez fue conocido como “el planeta azul”; es curioso, ahora ese nombre no lo describiría en lo absoluto. La belleza de sus paisajes y la sonrisa de las personas felices habían desaparecido por completo, lo mismo que los animales y los ecosistemas, de hecho, hasta la raza humana estaba a punto de extinguirse y ser solo un recuerdo perdido en los anales del tiempo.
Sentados sobre lo que parecían ser restos de ladrillos, cobijándose de los impasibles rayos del sol a la sombra de un desvencijado cobertizo estaban dos hombres, uno de ellos si acaso sobrepasaba los veinte años y el otro reflejaba en su rostro el paso de los años y esa peculiar mezcla de melancolía y nostalgia típica de quien alguna vez lo tuvo todo y lo perdió.

—Muchacho —dijo apesadumbrado el anciano—, es increíble la forma en la que todo se va al carajo; recuerdo el día en que pisé por primera vez estas tierras extranjeras, yo no sé por qué dejé mi patria y decidí probar suerte aquí.
—¿Por qué dice eso, señor? —inquirió el joven.
El anciano empezó a describir la sucesión de imágenes que llegaban a su memoria, no sin cierto dejo de tristeza en la voz.
—No me llames señor, déjate de formalidades, solo dime Santiago, ése es mi nombre —hizo una pausa breve como para retomar el hilo de sus recuerdos—. Tenía apenas treinta años cuando, después de haber terminado con éxito el Doctorado en Física Nuclear en una de las mejores instituciones educativas del mundo, me llamaron para proponerme que colaborara en un importante proyecto-suspiró, cerró los ojos unos segundos y calló.
—¿De qué país viene usted, Santiago? —quiso saber Bernard, con un remolino de preguntas en mente para su recién conocido amigo—.  Cruzarse en el camino con un ser humano en esta época era un privilegio que muy pocos podían tener, algo que, sin duda era una de las pocas cosas que podían disfrutarse antes de que todo acabara para siempre.
Santiago continuó contándole su historia, aunque de repente se interrumpía para voltear al cielo y cubrirse lo más posible de la implacable lluvia de meteoritos que cubría la superficie. No quería correr la misma suerte que los casi seis mil millones de terrícolas y terminar pulverizado por un gigante rayo desintegrador de partículas, absorbido por un poderoso agujero negro o, en el mejor de los casos, abducido por alguna nave extraterrestre.
—Yo vengo de la tierra del maíz y los mariachis, sí, de México; pero, como te decía, investigadores de la NASA me propusieron formar parte del equipo científico del CERN (Conseil Européen pour la Recherche Nucléaire) y acepté encantado pues no todos los días se tienen esas oportunidades —dijo con lo que podría haber sido una orgullosa sonrisa en su rostro y continuó hablando—. Fuimos poco más de ochenta los mexicanos que conformamos el equipo de trabajo en esa organización dedicada a la investigación nuclear, nos unimos al enorme grupo de más de dos mil profesionales de diferentes partes del mundo empeñados en construir un artefacto capaz de recrear lo que conocíamos como “Big Bang”, pero tal vez te estoy aburriendo, Bernard —dijo el anciano.
—No, al contrario, es un placer tener la oportunidad de escuchar de viva voz la versión de uno de los hombres responsables de la destrucción de la Tierra —sentenció con cierto enojo, pues ya sospechaba lo que escucharía a continuación.
—Aunque me duela aceptarlo es así —reconoció Santiago—. Durante los años siguientes estuvimos trabajando en la construcción de esa poderosa máquina sin imaginar, ni por asomo, que estábamos cavando nuestra propia tumba —hizo una pausa para admirar una gigantesca nave extraterrestre de forma ovalada, llena de luces intermitentes que pasó lentamente en ese momento haciendo piruetas para no ser derribada por algún meteorito humeante y continuó—. Pero era más nuestra ambición de jugar a ser Dios y, a en agosto del dos mil ocho pusimos en marcha lo que bautizamos como Large Hadron Collider (Gran Colisionador de Hadrones, LHC) —dijo el anciano.
La cara de Bernard expresaba todo el interés que le estaba poniendo a su interlocutor, era impresionante todo eso que le estaba contando, sin embargo, le interrumpió para preguntar.

—¿Y cómo tomó la comunidad internacional el hecho de poner en marcha esa idea descabellada? —inquirió expectante.
A lo que el anciano respondió sintiendo ya la boca seca por tanto hablar, la poca cantidad de agua que tenían para consumo estaba a punto de terminarse y los dos sabían que el final estaba cerca, Santiago dio un sorbo a la botella y se preocupó al ver que solo quedaba lo suficiente para un trago más, tomó aire y continuó hablando.
 —Bernard, en ese entonces tú ni siquiera habías nacido, pero te cuento que las opiniones estuvieron muy divididas, gran parte de la población se atemorizó pensando en las terribles consecuencias que podría traer su funcionamiento, se decía que el igualar casi al cien por ciento la velocidad de la luz y hacer chocar entre sí dos haces de protones en condiciones especiales manipuladas estratégicamente podría provocar una desmesurada cantidad de energía capaz de crear miles de agujeros negros de diferentes tamaños que poco a poco irían acabando con la Tierra, y no estaban lejos de la realidad-suspiró con pesar —. Y fueron pocos los que apoyaron nuestra idea.

En ese momento los dos hombres advirtieron a lo lejos lo que parecía ser un grupo de marcianos, se veían como una mancha de algunos diez o doce pequeños humanoides grisáceos con prominentes cabezas y ojos oscuros, estaban buscando algo, veían al suelo y a los alrededores, pero no había mucho que ver, eran pocas las edificaciones que quedaban en pie, la gran mayoría de la ciudad estaba destruida, todo era desolación, soledad y aire caliente.  Santiago y Bernard se agazaparon de tal manera que los extraterrestres no pudieran verlos, luego de unos minutos se dieron cuenta de que una nave llegaba por ellos, subieron uno a uno, y casi al final un larguirucho y descolorido marciano cargaba sobre su espalda el cadáver de uno de sus compañeros que no había resistido el clima terrícola, y como es por todos sabido, cuando un marciano fallece no se le da sepultura, ni se creman sus restos, sino que se utiliza como alimento para los demás, sí, el canibalismo es común allá en el planeta rojo, además, eso les garantiza que el poder y la esencia del muerto no se pierde, solo cambia de morada. La nave despegó dejando tras de sí un incesante remolino de arena y vapor.

Los dos hombres olvidaron el hecho y regresaron a su plática. Santiago continuó narrando lo que había pasado.

—Tras varios experimentos en los años siguientes el gran colisionador llegó a crear energía superior a los 3,80 TeV (Teraelectronvoltios).  Recuerdo ese día como si fuera ayer —dijo el hombre—. Se provocó una gran explosión que liberó una enorme nube de gases radioactivos sobre gran parte de Europa, arrasó con todo lo que había a su paso, millones de personas fallecieron, al igual que las plantas y los animales, no quedó rastro de vida pero, de manera sorprendente el área de una circunferencia de veintisiete kilómetros en la que se encuentra el LHC no sufrió daño alguno, como si aún tuviera que terminar su siniestra misión —dijo tomando su cara entre sus manos y moviendo la cabeza en forma negativa.
—¿Realmente valió la pena arriesgar tanto por tan poco? —preguntó Bernard.
—Nada vale tanto la pena como para terminar con el planeta —respondió Santiago convencido—. Cinco años después de la primera explosión ocurrió otra tragedia, una falla en los controles de los aceleradores de plomo provocó una fuga masiva del mismo, esta vez la dirección del aire quiso que América del Norte y las islas cercanas sufrieran las consecuencias, las personas absorbieron enormes cantidades de plomo y fueron muriendo rápidamente, el cuerpo se reducía a un manojo de piel arrugada y seca, el cabello se les caía, los ojos se volvían grisáceos y la debilidad del corazón terminaba por matarlos en menos de una semana; fueron más de quinientas setenta mil personas las que fallecieron en esa parte del mundo —hizo una pequeña pausa y continuó—. Y por si eso fuera poco, dos años después a algunos científicos del CERN se les ocurrió construir un mecanismo muy similar al LHC en la Patagonia argentina, claro que con dimensiones menores al original y no hubo nada que los detuviera.
Bernard no salía de su asombro, y a la vez le era imposible arrancarse de la mente el coraje que sentía contra los precursores y creadores de la máquina que iba acabando con lo poco que quedaba de la Tierra.

—En diciembre del dos mil doce —continuó Santiago— se realizó el experimento en tierras argentinas pero algo salió mal y fue imposible manipular las condiciones idóneas para que las cosas salieran como se esperaba, gran cantidad de energía se liberó a tal grado que se formaron cientos de agujeros negros que terminaron por absorber en menos de tres días todo lo que había desde México hasta el cono sur —tragó saliva.
Una lágrima rodó por la mejilla de Bernard, inhaló hasta sentir el aire caliente entrar por su nariz y llegar hasta sus pulmones, con una visible muestra de hastío y coraje le reclamó al anciano:
—¡Si tan solo no se les hubiera ocurrido tal idea! Todo sería diferente ahora, tal vez podríamos volver a vivir en aquel planeta lleno de árboles y ríos, y no solo en este medio mundo que me tocó conocer —dijo entristecido.
Santiago bajó la mirada con culpabilidad y decidió terminar de contarle al joven lo que había pasado con el resto del mundo.
—La historia no se puede cambiar, mi joven amigo, no hay vuelta atrás.  Después de lo sucedido en América se tuvo que construir otra réplica del LHC pero ahora en Moscú, y para no hacerte el cuento largo, la historia no fue diferente; Asia, Australia, el continente negro y la Antártida fueron reducidas a cenizas por una mega explosión de gases sumamente tóxicos que destruyeron la atmósfera en segundos y lo dejaron todo a merced del sol, fue imposible resistir más de cuarenta minutos la exposición a los rayos ultravioleta, nada quedó con vida, fue como si el desierto del Sahara se hubiera extendido por toda esa región de la Tierra —hizo una pausa para continuar— y ha quedado solo esta pequeña parte de Europa, estamos solos tú y yo, nadie más, es cuestión de minutos para que algo pase en el sistema interno del gran colisionador y se autodestruya terminando de una vez por todas con lo poco que hay, ¡maldita máquina asesina! —gruñó decepcionado—. Todo lo que alguna vez existió ya no será más, como bien pudiste darte cuenta hace un rato, ni los marcianos podrán venir a hacer su labor de carroñeros; es muy triste, lo sé, pero desconozco si es peor para ti que apenas ibas empezando a vivir, o para mí que estoy en el ocaso de mi existencia y que tantas cosas malas hice pero… —Un estruendo lo hizo callar y los dos voltearon hacia el lugar de donde provenía el ruido, era el LHC que al fin había empezado a autodestruirse, la gigantesca llamarada anunciaba lo peor, una nube verdosa y tóxica se alzaba entre las llamas y en cuestión de segundos se extendió. Santiago fue el primero en sentir el penetrante olor del gas mezclado con el aire caliente entrando por su nariz y explotando sus pulmones, sus ojos se inundaron por la acidez y su boca se abrió enorme en un lamento desgarrador, su voz se apagó para siempre… Bernard sintió una fuerte punzada en el pecho, y por increíble que parezca escuchó el sonido de su corazón al romperse en pedazos, su cuerpo se secó en menos de quince segundos. Ese fue el fin de aquel planeta llamado Tierra.