miércoles, 29 de agosto de 2012

Entrevista a Carmen Gutiérrez




Hablemos de trabajo literario

1.- Además de escribir, trabajas como editora, ¿verdad? Cuéntanos al respecto.

Pues no trabajo, trabajo. Soy más bien una especie de free lance. Estuve haciendo algunos artículos para una revista muy bonita, muy familiar. Me dedico a editar trabajos de mis amigos particularmente, he editado tesis, relatos, curriculums, y publicidad. Tengo manía por leer todo y empezar a corregir.

2.- ¿Es difícil ser editor de uno mismo? Es decir, ¿eres exigente contigo misma?

Ja.  Editar mis trabajos es lo peor que puedo hacer. Creo que me pasa el vicio del escritor. En mi mente, las ideas quedan bien, estoy (como le digo a Pepe) intoxicada de mis propias letras, lo cual dificulta la observación. Me gusta presentar trabajos bien logrados y generalmente reviso y reviso, pero siempre se me escapa el negrito en el arroz. Soy muy exigente conmigo, pero también me embolo con los tiempos y con las malas computadoras que me rodean.

3.- ¿Qué tipo de género literario es tu favorito para trabajar? Se nota en tus trabajos una preponderancia hacia el humor negro, lo violento y lo sexual, ¿concuerdas con esta observación?

¿Preponderancia? Suenas como película doblada... (Humor negro). No creo que tenga ese tipo de inclinación porque sí. Me es más fácil ser sarcástica, cómica y sexual en los relatos porque así soy yo. Me gusta hablar sin pelos en la lengua, salvo en ciertas ocasiones (Sexual), aunque a la gente no le guste y se enojen (Violencia).

4.- ¿Cuál es el que más reto te representa?

Lo rosa, hasta el color me repatea. No me gusta escribir algo de lo que no conozco. No me gusta escribir si no tengo ganas. Me representa un reto el tratar de seguir una línea temporal. Soy malísima con los diálogos y tengo que pensar si se entiende lo que dije. Todo lo que lleve sentimientos normales, me imagino.

5.- ¿Tienes algún proceso especial para empezar un relato?

Depende. Primero hago la historia antes de dormir. La desarrollo hasta la mitad. Busco un inicio que sea enganchante. Cuando escribo en casa, preparo una enorme taza de café, me acerco la cajetilla de cigarros, pongo música y pido silencio. Cuando estoy en el trabajo (más común) me siento una hora con los audífonos, pongo música y escribo como poseída porque me tengo que ir. Es cuando los relatos me salen peor. El final de los relatos siempre sale a último momento. Cuando desarrollo una historia nunca sé en qué terminará, hasta que se me acaba el espacio.

6.- ¿Qué o quién te ha ayudado a mejorar en tus escritos?

Pues todos. En los inicios mis amigos del Foro, Joaquim en especial. En El Edén todos. Cualquier opinión hecha con fundamentos es un feedback para mí. Soy muy susceptible a los comentarios sobre la historia, pero en cuanto a tipeo, o gramática, trato de fijarme más. Trabajar con Pepe ha sido una de las cosas que más me han ayudado. Él es muy bueno en las cosas que a mí más me fallan. Lo malo es que somos personas muy ocupadas y dejamos muchas cosas para último minuto. Pero creo que somos el «Dúo Dinámico». Mi marido es mi mayor crítico. Casi no lee lo que hago pero cuando lo hace me ayuda mucho. A veces le hago pronunciar palabras para confirmar si van con “s” o con “c”

7.- ¿Muestras tu trabajo a alguien antes de mandarlo a los ejercicios de El Edén De Los Novelistas Brutos.? Taller del cual eres creadora y responsable, ¿cierto?

¡Eso es trampa...!, ¡estas son dos preguntas en una!
No lo muestro generalmente. Cuando ya se lo pasé a Pepe, a veces mi marido lo lee. Lo que sí hago es contarle la historia y casi siempre va así:
—Tengo que hacer un relato de blah, blah, blah.
—¿Ya sabes qué vas a hacer? —pregunta él.
—Si. Haré esto, esto y esto.
—No me convence —dice muy serio.
Entonces le doy vueltas y vueltas hasta que encuentro cómo hacerlo.
En cuanto al Taller... Creadora no me considero. Más bien organizadora en un principio. Responsable tampoco. Porque todos los administradores le hemos metido mano. En un principio sí fue muy intenso para mí llevarlo todo. Pepe entró al ruedo y me ha liberado de la carga en muchas maneras. Entre todos planeamos con las fechas y yo me encargo de torturarlos al poner el ejercicio. Pero en un trabajo en conjunto entre nosotros y los autores. De verdad me siento muy satisfecha porque hemos encontrado historias que deberían ser publicadas, tenemos autores increíbles y se han unido acá. Cuando sean famosos quiero sus autógrafos. Si Raúl no me hubiese dado luz verde para hacer y deshacer, pues se habría quedado en un proyecto.
Cuando el Edén terminó la publicación de Opopónaco y empezó a poner relatos de otros autores le dije a Raúl:
—¿Qué no ves que has hecho una plataforma literaria? ¿Por qué no le damos un giro?
¡Y toma! Que comete el error de agregarme. Ahora me tiene que aguantar, ja, ja, ja.

8.- ¿Qué aconsejas a los escritores amateurs (o sea, todos nosotros) para continuar con esta senda?

Que sean disciplinados y abiertos. Aprender de los demás a veces ayuda. A mi me gusta mucho leer a otros autores y revisar los pequeños detalles que hacen grandes a las historias. 

9.- ¿Qué tipo de apoyos se reciben en tu comunidad para los escritores amateur?

Pues, lamentablemente, no hay mucho. Se hacen varios concursos y convocatorias pero no se les da difusión. Es muy difícil para un amateur abrirse camino en la realidad de nuestro México.

10.- ¿Cuál es el trabajo más complejo que hayas realizado y que más satisfacciones te haya dejado?

El proyecto de Kulja. Fue allá por el 2006 que entré en el foro y Edward me agregó a su proyecto. De ahí salió Yúrei, mi personaje favorito. Lo desarrollamos en conjunto más de  ocho escritores al mismo tiempo y fue intenso y rico. Una de las mejores experiencias. Ahora El Pro se esta llevando mis laureles, me gusta mucho. Pero claro que todos y cada uno de los ejercicios que hemos realizado ha sido satisfactorio para mí, sin embargo hay dos que me han dejado marcada. El primero fue Hongos. Lo hice una tarde de principio a fin sin detenerme más que a fumar y es tan personal para mí que no lo he vuelto a leer desde que lo terminé; sólo para editarlo. Me da miedo. Después hice un relato para la navidad dedicado a Evelia. Lo hice en una hora y bajo el influjo de  medicamentos y me ha encantado su reacción. Espero que algún día se lo muestre a su pequeño... lo hice con mucho cariño.

11.- ¿Cuáles fueron tus primeras experiencias como escritora?

Comencé casi desde que aprendí a leer. Aprendí a los cinco años y me hice una lectora por vicio. Eso me llevó a pensar en historias alternativas de las que leía y a desarrollar pequeños proyectos. Gané varios concursos en la escuela por cuentitos que hacía pero no más.

12.- ¿Qué tanto incluyes de tu vida en los relatos?

Mucho. Las personas que me conocen pueden identificar qué me está pasando por el desarrollo de mis historias. Mis personajes son personas que me parecen muy interesantes en mi vida real y casi siempre meto situaciones por las que acabo de pasar o que me han marcado. Uno de los consejos que me dio una vez un escritor olvidado fue: «Nunca escribas algo sobre lo que no conoces. No trates de manejar sentimientos que no puedas plasmar». Y me ha funcionado.

13.- Cuéntanos sobre la novela en la que estás trabajando: El Pro.

Es un proyecto que comenzó Pepe y me contó la idea en uno de los múltiples intercambios de imaginación que tenemos cada tarde. Me gustó mucho y terminé involucrada, de alguna manera tortuosa y misteriosa. La historia me atrapa y aunque ninguno de los participantes sabemos qué más va a suceder, me gusta escarbar y tratar de averiguarlo.

14.- ¿Qué cosas modificarías de tu rutina permanente (en caso de ser factible, claro) para dedicar más tiempo a esto?

Oh... muchas cosas. Dormiría menos y escribiría más (el cuerpo no da para más horas de trabajo), saldría de viaje; me encantaría construirme un refugio de la soledad con una hermosa ventana y música a todo volumen.


Hablemos de libros

1.- ¿Cuál es tu libro favorito y por qué?
 
Cien años de soledad. Lo he leído como chorrocientas veces y no me cansa. Es el final perfecto para una historia tan imperfecta. Es humano, perfectamente escrito y sencillo de seguir.

2.- ¿Cuál es el que menos te ha gustado?

He leído, o intentado leer, dos libros que he detestado. Uno es El viejo y el Mar de Hemmingway y el otro es un estúpido libro de una escritora mexicana que se llama… no quiero acordarme, pero plagia toda la historia central de Ben Hur. Como si no pasaran la película cada pascua y nadie la conociera. Terminé aventando el libro al carajo y maldiciendo mis pesos mal gastados.

3.- ¿Cómo seleccionas nuevos libros para leer?

Pues últimamente leo los que Pepe me presta, ja, ja, ja. Pero leo casi de todo. Los selecciono si las reseñas me gustan, si el escritor me gusta, si me llama la atención en el primer párrafo. Casi nunca me equivoco.

4.- ¿Puedes mencionar cinco escritores que te hayan marcado y por qué?

-Gabriel García Márquez. Es el master.
-Edgar Allan Poe. El primer escritor oscuro que me enamoró de lo poco común.
-Stephen King. Es versátil y muy bueno.
-J. K. Rowling. ¡Pero qué imaginación tiene la mujer!
-Alejandro Dumas. Me ha hecho soñar...

5.- ¿Qué te gustaría lograr en tu carrera de escritora?

Ser Escritora. Punto.

6.- ¿Qué promedio de libros lees al mes?

Más o menos, en un mes productivo, alrededor de seis u ocho. Tengo un libro para el trabajo, otro para el baño, uno para antes de dormir y cuando se presta la situación; otro para el camino.

7.- ¿Cuál es el libro que te habría gustado conseguir pero aún no tienes en tu colección?

Game of thrones. Algún día...

8.- ¿Si fueras un personaje de ficción, cuál serías y por qué?

Sería... El Conde de Montecristo


Hablemos de Generales

1.- ¿Qué es lo que hace Carmen para divertirse?

Leo, me burlo de la gente o de mí misma, bebo cervecitas y escucho música. No en ese orden, pero sí es lo más frecuente.

2.- ¿Cuál es tu tipo de música favorita?

Escucho principalmente música en inglés. System of a down o el rock clásico son mis favoritos, aunque me voy contagiando de los gustos de mis amigos. Así me hice de música de Los Auténticos Decadentes, de Manu Chao, de Sublime. Bueno, que soy una rockola andante, dicen por ahí.

3.- ¿La música influye en tu trabajo de escritora?

Mucho. Si tengo que escribir algo tranquilo pongo música relajante, si necesito llenarme de ira pongo mi lista de reproducción especial...

4.- ¿Cuáles son tu comida y bebida favoritas?

La mexicana, claro. Mi marido cocina muy bien así que me alegro con cualquier tipo de recetas que se inventa o experimenta. Aunque claro, si por mi fuera, comería siempre hamburguesas de camarón...

5.- Si tuvieras mucho, mucho dinero... ¿qué sería lo primero que comprarías?

Una casa en la playa y otra en el bosque. Con un estudio con ventanales para escribir. No pido más.

6.- ¿Cuál es tu meta en la vida?

Pues mi meta es seguir siendo yo. No perder mi identidad ni mi esencia. Que mis hijos aprendan a hacer lo que les gusta y desarrollar sus dones. Que sean personas felices.

7.- ¿Qué te gustaría haber logrado de aquí a diez años?
Esos viajes que he tenido que aplazar, esos proyectos que están aún en mi viejo escritorio.

8.- Si te encontraras con Carmen de ocho años... ¿qué crees que te diría?

¿Y nuestra firma de autógrafos? ¿Dónde están las novelas que hemos escrito? Por cierto, mira que somos guapas.

9.- Si analizáramos todo fríamente... ¿cuál te gustaría que fuera el legado que dejas a tu familia?

La independencia. Que sepan que todo lo que he hecho y he dejado de hacer ha sido por ellos. Por todos. Que tengan la confianza de decir: «Me equivoqué».

10.- Supongamos que te encuentras al genio de la lámpara. ¿Cuáles serían tus tres deseos?

1ro: No volver a tener problemas de dinero.
2do: Perder tres tallas y no volver a recuperarlas.
3ro: Tener mil deseos más para que me los cumplan.

11.- Describe a Carmen en diez palabras.

Trabajadora, alegre, intensa, caliente, perversa, malévola, amiga, analista, desordenada y lectora.

Entrevistadores: Juan Esteban Bassagaisteguy y Raúl Omar García

Así termina la entrevista a Carmelita, mi mejor amiga señores. Quien ha sabido sacar el poco talento que tengo y creo que yo he sacado el que ella tiene. Como bien dijo hacemos un Dúo Dinámico. Te queremos Carmen.
José Luis "Pepe" Martinez 

sábado, 25 de agosto de 2012

Frente al espejo


Por Alejandra López.



Julián Cepeda, llegó a su casa desde el trabajo, como todas las tardecitas.
Al abrir la puerta del pequeño departamento, lo recibió Angie, su única compañía. Una perrita sin marca que había encontrado vagando por las calles tres años atrás.
El departamento era chico pero cómodo, Julián consideraba que más que suficiente para ambos. Él trabajaba como locutor en una emisora radial de la zona en que vivía.
Fue hasta la cocina y sirvió un plato de leche para Angie, después tomó una botellita de Coca-Cola de la heladera y fue al comedor. Se abocó a leer el diario vespertino mientras paladeaba la bebida fresca.
Esto era para él una rutina que disfrutaba y a la vez le permitía “estar siempre informado” para su trabajo.
La necesidad de ir al baño, hizo que interrumpiera su lectura. Orinar le urgía.
Cuando vació su vejiga, se lavó las manos y en un gesto mecánico se miró al espejo. Éste le dijo que ya era hora de que fuera a la peluquería.
Pensaba en la posibilidad de ir el sábado a cortarse el pelo cuando lo sobresaltó un ruido proveniente del comedor. Rápidas pisadas que cesaron para luego sentir el crujido de algo. Algo que sonaba a papel. La adrenalina comenzó a hacerle estragos en el cuerpo. Quedó paralizado ante el espejo del baño con el corazón palpitándole como un caballo desbocado.
Estaba segurísimo de haber cerrado la puerta con llave y no había abierto ninguna ventana.
Aguzó el oído, y por encima de los locos latidos de su pecho, siguió escuchando: ruido de papel, como si alguien diera vuelta las páginas de un libro.
Y la perra que ladraba siempre ante la presencia de extraños, ahora permanecía en silencio. Él había oído hablar de ladrones que drogaban y dejaban fuera de combate a las mascotas.
Suspiró, y con las piernas temblándole, decidió salir del baño y enfrentarse a lo que hubiera en el comedor.
Primero se proveyó de un arma, la afilada tijerita de cortarse los bigotes que tenía en el botiquín.
Salió y se quedó petrificado.
Se vio a sí mismo dando vuelta las hojas del diario y tomando sorbos de Coca-Cola.
El Julián que leía el diario, lo miró y le sonrió.
Parado, con la tijerita de los bigotes en la mano, comenzó a acercarse y casi estuvo a punto de tocarlo, pero sus piernas le ordenaron que corriera. Y corrió hacia el cuarto de baño. Le parecía que el corazón le iba a estallar en la cabeza. Trabó la puerta, apoyó las manos en el lavatorio y se miró al espejo. En él, no se reflejaba imagen alguna.
Gritó. Corrió hacia la puerta de entrada, mirando de soslayo al hombre que permanecía indiferente a todo, hojeando el periódico y dando sorbitos a la gaseosa.
Ya fuera del departamento, inhaló profundamente hasta serenarse.
Tomó una decisión. Ingresó nuevamente al departamento. Se acercó al Julián que leía el diario, asombrándose de la tranquilidad de ambos. Alzó la mano y clavó la punta de la tijera en la yugular del hombre. La sangre estalló. En el último estertor, la tijera cayó con un ruido surrealista.
Nadie pudo explicarse por qué Julián Cepeda, hombre calmo, responsable en su trabajo, atento con sus vecinos aunque un tanto solitario, se había suicidado.

Fin

jueves, 16 de agosto de 2012

DE ESTE Y DEL OTRO

Por Ernesto Suárez.

     Antes de que George me llamara al celular me encontraba inmerso en mi rutina de todos los sábados en la noche.  Estaba muy tranquilo, acostado en mi cama, devorando la última funda de nachos que había en mi cocina y viendo cualquier tontería en la televisión.  Me encontraba de muy buen humor pues no tenía ningún caso pendiente y había planeado pasar todo el domingo con mi hijo.  Justo estaba pensando en si debíamos ir primero al cine y luego al zoológico cuando el maldito aparato empezó a sonar.  Contesté rápidamente, sin ver el identificador de llamadas, y saludé a George antes de que este dijera algo.
     –¡Maldita sea, Andy! Te estoy llamando del celular de mi hija ¿Cómo rayos supiste que era yo?
     –No tengo amigos ni vida social, Yoyo –respondí, levantándome de la cama y sintiendo como el buen ánimo abandonaba mi cuerpo–.  Sólo hay dos seres humanos en este planeta de mierda que osarían llamarme a esta hora y a uno de ellos su mamá ya lo mandó a dormir.
     –Me alegra ser alguien especial en tu vida.
     –Ya no estoy de buen humor Yoyo, más vale que sea importante.
     –Lo es.  Será mejor que te vistas rápido pues estoy camino a tu casa. Calculo que te pasaré recogiendo en veinte  minutos.
     –¡¿Veinte minutos?! Pero qué…¿cuál es la emergencia nacional?
     –Asesinaron a la hija del alcalde.  Los jefes han ordenado que tú y sólo tú te encargues de la investigación, así que arroja a la basura la funda de porquerías que estabas comiendo y vístete a toda carrera.

     Hace dos años estuve al frente de la investigación del asesinato de Eric Johnson y de su esposa.  Las pocas pistas que inicialmente encontramos nos hicieron pensar que los Johnson habían sido víctimas de un maldito robo que había salido muy mal; sin embargo, algo en mi interior no estaba convencido de eso y por ello decidí analizar las cosas desde otro ángulo.  No voy a aburrirlos con todos los detalles, ni con las malditas peripecias que tuve que pasar, así que sólo les diré que me costó muchos dolores de cabeza descubrir que el crimen había sido planeado por el socio del Sr. Johnson.    Debido a que Eric era uno de los hombres más importantes y poderosos del mundo de los bienes raíces, y también amigo personal del alcalde de la adorable Nueva York, resolver su homicidio me convirtió en una momentánea celebridad y en el superhéroe al que recurrían los jefes cada vez que se presentaba un crimen de alto perfil.  Pero ahora la víctima era la hija del jefe de los jefes y por eso estaba seguro de dos malditas cosas: la primera, que resolver este crimen podría convertirme en el detective más intocable y popular de la ciudad, status que no podría importarme menos; y la segunda, que lo contrario haría de mí un paria y mi vida no se diferenciaría mucho de la que tienen los pordioseros leprosos de la India.
     Aunque estábamos usando la sirena, no se nos estaba haciendo fácil abrirnos camino a través del congestionado tráfico.
     –¿Quién encontró el cadáver? –pregunté, luego de pensar en aquellos desafortunados hindúes.
     –Los oficiales Newton y Jones.  Ellos fueron los primeros en arribar a la escena del crimen.
     –¿En serio? ¿Quién contactó a la policía?
     –Victor Donnell, el esposo.
     –¿Y cómo supo que algo estaba mal con su mujer?
     –Por lo que sé, el hombre se encontraba en el cumpleaños y decidió llamar a su esposa para ver cómo estaba.  Parece que la atacaron mientras hablaban.  El tipo pidió auxilio a los otros invitados y alguien llamó al 911.
     –¿El cumpleaños?
     –¿Acaso no ves noticias Andy?  Hoy cumple 86 años de vida y todos los ricachones se juntaron…
     –Ahhhhh, ya ya –le interrumpí al recordar el dichoso evento. Ochenta y seis años bien vividos.  No pude evitar sonreír y sentirme feliz por ella–.  ¿Y por qué no estaba ella en el festejo?
     –No lo sé, pero el esposo está en el apartamento y podremos preguntarle –me respondió antes de guardar silencio un buen rato y luego preguntarme lo que ya estaba considerando–.  ¿Crees que se trate de una venganza de la familia Rizzo?
     –Tal vez.  No creo que debamos descartar ninguna posibilidad.
     Antes de que su padre se convirtiera en alcalde, Stephanie Hayes, pues no usaba el apellido de su esposo, ya era muy conocida en Nueva York. Era una de las mejores fiscales de la ciudad y una gran mujer.  Decidida, de temperamento fuerte y espíritu incorruptible, en poco tiempo se convirtió en el símbolo del renovado sistema de justicia; y por supuesto, eso también la puso en la mira de muchos criminales y le hizo ganarse su buena cantidad de enemigos.  Tres meses antes había concluido un difícil caso de asesinato en contra de Paolo Rizzo, jefe de la familia Rizzo, logró que lo declararan culpable y que lo sentenciaran a cadena perpetua.  Obviamente, las amenazas no se hicieron esperar; sin embargo, no soy hombre que cree en las coincidencias, había algo muy familiar, y mi instinto empezó a decirme que los hijos de Don Paolo no tenían nada que ver con esto.

     Stephanie y Victor, un tipo que había amasado su fortuna con su empresa de corretaje, esas que le dicen a los ricos donde invertir su dinero para hacer más dinero, vivían en el penthouse de uno de los edificios más lujosos de la ciudad.  Tuvimos que atravesar un enorme mar de periodistas y fotógrafos para llegar hasta el lobby; y otro pequeño de vecinos, policías y personal de la alcaldía para ingresar al apartamento.
     El cadáver se encontraba en la cocina.  Estaba vestida con una bata rosada de seda y yacía junto a la refrigeradora.  Había un sándwich a medio preparar sobre el mesón y su celular estaba en el piso, a un par de pasos de distancia.  Le habían estrangulado, casi decapitado, con una cuerda de piano que aún estaba alrededor de su cuello.  No era una imagen agradable.
     –¿La puerta de la refrigeradora estaba abierta cuando llegaron? –pregunté.
     –Sí.  Todo está como lo encontramos –me respondió uno de los técnicos forenses.
     –¿Qué piensas Andy?
     –Bueno Yoyo, por lo que tenemos enfrente, es claro que Stephanie estaba preparándose un aperitivo nocturno cuando el asesino la sorprendió por detrás –dije con mucho desgano.  Aunque diferente, todo esto me era muy familiar y por ello me estaba sintiendo más convencido de que investigar a los Rizzo sólo sería una pérdida de tiempo–.  ¿Dónde está el esposo?

     Victor se encontraba en la habitación principal.  Estaba sentado en la cama y parecía que había llorado mucho.  Un tipo estaba parado junto a él, también vestía smoking y fue el primero en dirigirnos la palabra.
     –Buenas noches caballeros, soy Leonard Brand, abogado del señor Donnell.
     –Buenas noches abogado, señor Donnell, soy el detective Andrew Calderón y este es mi compañero el detective George Wallace.  Lamentamos mucho lo ocurrido, la fiscal Hayes era una excelente persona.  Sabemos que no es el mejor de los momentos pero necesitamos hacerle algunas preguntas, a solas de ser posible.
     –¿Por qué a solas? –preguntó el tal Brand.
     –¿Algún problema? –dije mirándole fijamente–. ¿Acaso el señor Donnell necesita de un abogado?
     –¿Le parece el mejor momento para hacerse el simpático detective? ¿Le gustaría que le comentara a sus superiores acerca de su actitud en…
     –Tranquilo Leonard –interrumpió Victor antes de ponerse de pie–.  No tengo nada que ocultar y quiero que estos caballeros tengan toda la información que necesitan para atrapar a esos malditos Rizzo.
     –¿Estás seguro Victor?
     –Muy seguro. Déjame hablar a solas con los detectives.
     El abogado respiró profundamente, me dirigió una mirada asesina y se retiró de la habitación balbuceando algo sobre decirle a mi capitán que me reprenda o una tontería como esa.
     –Deben disculpar a Leonard, no sólo es mi abogado sino también un gran amigo. Díganme en qué les puedo ayudar.
     –Acaba de comentar que quiere ayudarnos a atrapar a los Rizzo, ¿por qué piensa que fueron ellos? –pregunté.
     –¿Quién más podría ser?  Esos animales mataron a ese banquero de la misma forma y las últimas semanas estuvieron amenazando a Stephanie.  Ella reportó varias de estas amenazas.  Notas dejadas en el parabrisas, llamadas anónimas, emails desconocidos.  Le rogué que pidiera escolta policial, su padre también lo hizo, pero se negaba a permitir que estos locos alteraran su vida.
     –¿Por qué no fue con usted a la fiesta? –preguntó Yoyo.
     –Un par de horas antes me dijo que estaba sintiéndose mal, un poco agripada, y que no se sentía con fuerzas para lidiar con la alta sociedad.  Ofrecí quedarme a hacerle compañía pero me dijo que uno de los dos debía hacer acto de presencia, así que me fui.
     Empezó a sollozar y a lamentarse, a decirnos que de haberse quedado hubiera podido evitar esta tragedia. Al cabo de unos segundos decidí interrumpir sus lamentos con otra pregunta.
     –¿Por qué llamó a su esposa?
     –Quería saber cómo se sentía.
     –Parece que estaba mejor –comenté–. Estaba preparándose un sándwich de jamón, queso, tomate, lechuga y mucha mayonesa.  No es lo que alguien con malestar se animaría a comer.  Además estaba desnuda.
     –¿Perdón, detective?
     –Sólo traía puesto esa fina bata de seda.  Creo que alguien con gripe se hubiera puesto algo más abrigado, ¿no cree usted?
     –¿Qué está insinuando detective?
     –Nada señor Donnell, sólo le estoy comentando que parece que su esposa se estaba sintiendo mejor de salud.
     Victor permaneció en silencio unos segundos, miró por momentos a cada uno de nosotros, ligeramente desconcertado.  Antes de que pudiera pensar en algo que decirnos, continué preguntando.
     –¿Qué hizo el día de hoy?
     –¿Perdone?
     –Antes de la fiesta, ¿qué hizo hoy? ¿Fue a alguna parte? ¿Visitó a alguien? No sé.
     –Estuve en la oficina hasta las cuatro, luego pasé por la tintorería retirando mi smoking y vine para cambiarme.
     –¿Su chofer puede verificarnos eso?
     –Yo no tengo chofer, detective.  Me encanta conducir.
     –Ok. ¿Y dónde parquea su vehículo?
     –Hay dos niveles de subsuelo, detective, yo me estaciono en el superior. Detective, ¿qué relación tienen estas preguntas con lo ocurrido con mi esposa?
     –Lamento mucho este interrogatorio señor Donnell pero es nuestra obligación conocer todos los movimientos de las personas cercanas a la víctima –contestó Yoyo.
     –Ya veo.  Sería bastante ilógico que me vieran como sospechoso puesto que fui yo quien llamó a la policía.
     Todos guardamos silencio ante este comentario.  Victor se empezó a incomodar, noté claramente que se estaba arrepintiendo de haber dicho algo como eso y por ello hice una pregunta estúpida, importante para mí pero estúpida de todas maneras.
     –¿Ha visto la película The Usual Suspects?
     –¿Qué cosa detective?
     –George, ¿puedes hacernos el favor de dejarnos a solas un rato?
     Yoyo no pudo evitar su expresión de desconcierto e inquietud pero igual se retiró de la habitación.  Una vez que cerró la puerta detrás de él, volví a preguntar sobre la película.
     –Sí, detective, he visto la maldita película, ¿se puede saber…
     –¿Qué le pareció la actuación de Chazz Palminteri?
     –¿De quién?
     –Chazz Palminteri, el hombre que interpretó a Dave Kujan, el policía que interroga a Kevin Spacey a lo largo de la película.
     –Oh ya, no sé, me pareció que estuvo muy bien.  Detective, por Dios, ¿por qué demonios me pregunta esas tonterías?
     –Reconozco que estuve disparando al aire y por suerte le he atinado a algo –dije antes de sacar mi arma y apuntar a Victor.
     –¡¿Qué diablos?! –exclamó antes de levantar los brazos.
     –Ahora vas a permanecer muy tranquilo y me vas a escuchar con mucha atención. ¿Vas a estar calmado y no vas a gritar? No quisiera hacer alguna estupidez.
     Victor asintió afirmativamente, apartó su mirada del arma y la enfocó en mi rostro.
     –Perfecto Victor, buen muchacho. Verás, tal vez me equivoque pero esto es lo que pasó.  En la mañana saliste a tu oficina, hiciste tus tonterías, pasaste recogiendo tu traje y en el camino recogiste a tu cómplice. Asumo que se escondió en la cajuela del auto y así fue como entraron al edificio.
     –Eso es ridículo, las cámaras de seguridad…
     –Están desactivadas, Victor –le interrumpí–.  Los forenses conversaron con los guardias y estos dijeron que todo se apagó esta mañana.  La administración contrató un sistema de cámaras inalámbricas y empezaron el cambio hoy.  El edificio volverá a estar monitoreado desde mañana en la tarde.  Todos los residentes fueron notificados de esto hace un mes.
     –Su teoría no tiene sentido detective. ¿Acaso no vio el ascensor? No se puede simplemente oprimir el botón del penthouse. Se puede ir sin problema a los otros pisos pero el botón de este se activa con mi huella dactilar, la de Stephanie y la de dos guardias.  Lo mismo ocurre en la escalera de emergencia, podemos salir pero sólo se puede volver a entrar a este piso mediante reconocimiento de huellas.
     –Lo sé y por eso le pregunté sobre la película.
     –¡¿Qué?!
     –Dave Kujan no fue interpretado por Chazz Palminteri, no en este universo, sino por Al Pacino.
     Victor retrocedió un paso, abrió sus ojos todo lo que pudo y empezó a temblar.
     –¿Dial M for Murder? –pregunté mirándole fijamente–.  Todo esto fue tu idea, ¿verdad?  Alfred Hitchcock jamás se convirtió en director de cine en este mundo sino que fue un renombrado escritor de novelas y cuentos.  Esa película nunca se hizo en esta realidad y por ello confiaste en que nadie vería algo extrañamente familiar en este crimen.
     –¡¿Y usted cómo demonios sabe todo esto?!
     –Porque ambos venimos del mismo lugar Victor. De un mundo en el que Marilyn Monroe falleció en 1962 y no está ahora en algún salón celebrando su cumpleaños número 86. ¿Qué pasó? ¿No resististe la curiosidad de verla en persona?
     –Yo…yo…
     –Tú y el Victor de este mundo lo hicieron bien.  Aprovecharon que no habría cámaras y el Victor de aquí subió sin problemas, pues obviamente son sus huellas las que están registradas, y se quedó aquí.  Tú, en cambio, saliste de la cajuela, te pusiste el smoking que trajeron de la tintorería, subiste al lobby, esperaste un par de minutos al auto que te llevaría a la fiesta y delante del guardia saliste del edificio.  Eso te dio tu primera coartada –me detuve un segundo para tomar aire.  Observé la expresión de terror que se apoderaba del rostro de este Victor y continué–.  El Victor de aquí esperó a que llamaras a Stephanie y en cuanto lo hiciste la asesinó.  Sabía que no podría salir por el lobby, y que también podrían verlo si salía por el garaje, así que decidió no arriesgarse.  Bajó al subsuelo y se escondió en la cajuela del auto ¿verdad?
     Victor tenía su boca abierta pero no emitía sonido alguno. Guardé mi arma, di dos pasos hacia él y lo miré fijamente a los ojos.
     –Él está ahí ahora, abajo, dentro de la cajuela, esperando a que te dejemos ir para luego cambiar lugares.  Tú volverás a nuestro mundo y él será el pobre hombre que perdió a su esposa a manos de un misterioso profesional enviado por la mafia.
     –¿Quién eres tú?
     –Soy Andrew Calderón, detective de homicidios pero del Nueva York que perdió a las Torres Gemelas en el 2001.  El Andrew de este mundo y yo cambiamos lugares hace cinco años y la razón por la que hicimos eso no es de tu maldita incumbencia.
     –¿Co…co…cómo…
     –Igual que ustedes, encontramos un portal en la casa de nuestros padres.  ¿Dónde encontraron el suyo?
     –E…en…en nuestra oficina…en el baño.
     Volteé a Victor, lo esposé, le leí sus derechos, los González, y sus Miranda también por si acaso, y lo conduje hacia la puerta.
     –¡¿Estás loco?! ¡¿Tienes alguna idea de lo que pasará si descubren lo de los universos paralelos!?
     Honestamente, en ese momento no tenía la más remota idea de lo que podría pasar, lo único que sí sabía es que no podía dejar escapar a estos malditos homicidas, pues estaba bastante seguro de que la otra Stephanie Hayes había sido asesinada también.  Al final, me convertí en un tipo muy popular, ya habrán imaginado que no fue por resolver un homicidio, y aunque lo que vino después me ha hecho arrepentirme, varias veces,  de haber revelado la existencia del otro lado, Yoyo procura calmar mi conciencia recordándome que lo hice por una noble causa y que esas mujeres merecían tener justicia.  Qué les diré, parece que de nobles causas también está empedrado el camino hacia el infierno.
    


No hay que afligirse de las cosas que tienen revancha


Por Juan Esteban Bassagaisteguy.


Marzo de 2012

Como todos los lunes, María Rosa llegó a su lugar de trabajo cinco minutos antes de las seis de la mañana. La limpieza diaria de todo el estudio contable necesitaba de sus dos horas de labor completa, y la orden era finalizarla diez minutos antes de las 08:00.
Dos cosas la sorprendieron al abrir la puerta del lugar: la misma estaba sin llave, y la luz del vestíbulo encendida. A esa hora nunca había nadie trabajando.
Caminó por el pasillo que comunicaba las distintas oficinas del estudio y se dirigió al depósito de los artículos de limpieza, junto a la cocina del lugar. Pero no llegó hasta allí.
A mitad del pasillo, la luz que salía de la oficina del contador Guido Carrasco —el dueño del estudio contable— alertó todos sus sentidos. Percibió cómo una especie de electricidad atravesaba su cuerpo, previniéndola contra todo y contra todos.
Dio dos pasos más y miró al interior de la oficina. Estuvo a punto de vomitar.
*****
Los móviles policiales estaban estacionados a la entrada del estudio contable. También las camionetas de la Policía Científica de la Jefatura Departamental Azul.
La ciudad de Tapalqué estaba revolucionada: los asesinatos cometidos con alevosía no eran cosa de todos los días en la pequeña localidad del interior bonaerense.
El capitán de la Policía Comunal Reinaldo Massera observaba, distante, cómo los peritos trabajaban en la oficina del contador Carrasco. No era muy brillante, y solo había llegado a ocupar el cargo de capitán sin poder seguir ascendiendo en el escalafón. Por eso intentaba copiar todos los movimientos de los efectivos de la Policía Científica.
La empleada de limpieza del estudio había llamado a la comisaría temprano, y el miedo de su voz logró despabilarlo. Se despertó del todo en el estudio contable, cuando observó la escena del crimen e impartió las órdenes del protocolo policial para casos así.
Guido Carrasco, de cuarenta años de edad (su cadáver, en realidad), estaba tras su escritorio, los brazos hacia atrás del sillón donde estaba aún sentado, y atadas sus manos con alambre de púas. El cuerpo sin vida estaba sujeto al sillón con una soga que daba varias vueltas al mismo y terminaba con triple nudo al frente, sobre el pecho del occiso.
Lo más duro de observar era el rostro de la víctima. Ambos ojos —abiertos en la muerte oscura— y la nariz presentaban gruesos hematomas con signos de violencia imprimida con golpes de puño. La boca de Carrasco estaba sellada con cinta de embalar.
El capitán Massera vio cómo los peritos cortaban con una tijera especial aquella cinta, y extraían con pinzas algo de la boca del cadáver. «Un trozo de tela», pensó. Uno de los oficiales lo depositó en una bolsa transparente y Massera observó con más detenimiento el trapo. «No es un trozo de tela: es una tanga de algodón». El estupor lo invadió.
La macabra escena se coronaba con una cánula de metal incrustada en la garganta del contador. «Un bolígrafo. Parker, sin dudas». Esta vez el capitán no falló en su pálpito.
La oficina del contador no presentaba desorden alguno. Pero dos cosas sobre el escritorio llamaban la atención. Por un lado, el portarretrato con la foto de Carrasco abrazado a sus dos hijos, toda pintarrajeada con rayas negras transversales hechas con un fibrón de trazo grueso. Y por el otro, quince o veinte fajos con billetes de cien pesos, cada uno de unos diez centímetros de altura y prolijamente ordenados uno junto al otro.
El celular del capitán sonó estridente y Massera, sonrojado, salió del estudio contable.
—Jefe —dijo una voz—, tengo a todos los periodistas acá y no los puedo frenar más.
—La puta que los parió. Bueno, deciles que ya voy. —Cortó sin esperar la respuesta.
Subió al móvil policial y fue hasta la comisaría refunfuñando.

Febrero de 2012

El calor de la noche estival azotaba la habitación desde el patio de la casa, y la brisa veraniega se colaba por la ventana abierta. La ropa adornaba el piso junto a la cama matrimonial separada en dos pequeños montículos: los zapatos de él sobre la camisa, la tanga blanca de algodón de ella sobre su blusa. Las sábanas sobraban.
Los cuerpos de los amantes jugaban a encontrarse y saborearse de mil maneras. Acostado boca arriba, él apretaba con ganas las nalgas de la mujer —noventa centímetros de perfección—, y su lengua dibujaba arcoíris por toda la zona, urgiendo con sus labios el clítoris, toda su humedad y el rincón más delicado de placer.
Ella, acostada boca abajo sobre el cuerpo de él —las rodillas apoyadas una a cada lado del torso del hombre—, sobaba suave sus testículos con una de sus manos, mientras que meneaba la otra, apretando su miembro con firmeza; su lengua de fuego esculpía obras de arte en aquella dureza, deteniéndose en el glande y acometiendo luego, voraz, contra todo el pene, cubriéndolo por completo con sus labios opresores de garganta profunda.
Y cuando el abandono mutuo sin frenos al placer final se veía venir, en el silencio de la casa se oyó una llave girando en la cerradura de la puerta de entrada al hogar.
—¡Daniel, mi marido! —susurró ella separándose de su amante—. ¡Rajá, Guido!
Carrasco fue más rápido que velocista olímpico batiendo el récord de los cien metros llanos: se bajó de la cama, tomó su ropa, besó a la mujer una vez más y saltó por la ventana abierta huyendo desnudo a la seguridad de la noche oscura como boca de lobo.
Daniel entró en la habitación un minuto después. El perro del vecino ladraba exaltado.
—Amor, qué alegría verte —mintió la mujer. Su marido se sentó en la cama y comenzó a desvestirse—. ¿No tenías un viaje con el camión al puerto de Buenos Aires?
—No, se suspendió. Hay un piquete cortando la General Paz, y la cerealera decidió esperar que se levante para mandar el trigo. Estuvimos en la planta de silos hasta recién.
—Te extrañé —dijo cuando él se metió desnudo bajo las sábanas, abrazándolo. Daniel notó la desnudez de su esposa y la acarició.
—Cómo estás —dijo él, percibiendo sus pezones duros y la humedad que, entre sus piernas, lo inundaba todo. La besó, montándose encima y penetrándola con suavidad.
—Me excité pensando en vos —volvió a mentir—. Me estaba… masturbando… cuando… te escuché entrar —susurró con renovado placer.
—Loquita —repuso su marido, retirándose de ella, tomándola de la cintura y girando su cuerpo escultural para dejarla boca abajo, toda a su disposición.
—Sabés lo que me gusta —dijo ella, separando las piernas.
—Sí —dijo él, y volvió a penetrarla, erguido sobre aquel culo infernal. «Puta de mierda», pensó, «todo el pueblo lo sabe». La oía jadear entre sus brazos. «Vi lo que tenía que ver: el auto del contador Carrasco estacionado acá a la vuelta». Acabó dentro de ella con un último pensamiento: «Voy a matar a ese hijo de puta».
*****
Su teléfono interno sonó un par de veces antes de que levantara el tubo.
—¿Sí?
—Su ex esposa, contador —respondió Gabriela, la recepcionista del estudio contable.
—Ufff —refunfuñó—. Pasamelá. —Esperó un par de segundos y continuó—: ¿Hola?
—¿Guido?
—Sí —dijo él, seco. Notaba algo en la voz de su ex. Creyó saber qué: odio.
—¡Forrooo! —gritó ella, aturdiéndolo—. ¡¿Te creés que nuestros hijos viven del aire?!
—Pará, tranquilizate —dijo Carrasco, pero no pudo evitar sonreír.
—¡No me tranquilizo un choto! Escuchame, el mes que viene comienzan las clases. ¿No sabés que hay una inflación de la concha de la lora? ¡No me alcanza para nada!
—Bueno, okay —dijo su ex marido—, ¿y qué necesitás? —Sabía la respuesta, claro, todos los meses la misma cantinela.
—¡Que me deposités la cuota alimentaria del mes pasado, hijo de puta! Estamos a veinte de febrero y ni noticia, forro. ¿O no te importan Franquito y Nicolás?
El contador miró la fotografía que ocupaba un lugar privilegiado en su escritorio. Él, abrazado a sus dos hijos en las últimas vacaciones juntos. Paseando por Disneylandia.
—Más vale que sí. Hoy te deposito la guita.
—Eso espero, porque sino te vas a acordar de mí, puto de mierda.
—No me hagás reír, pelotuda. Andá a criar a tus hijos como corresponde, boluda. ¿O te creés que no sé que tienen unas juntas de mierda?
—¡Te voy a matar, hijo de puta!
Guido Carrasco oyó el sonido del auricular del teléfono de su ex esposa chocando contra el aparato telefónico del otro lado de la línea, cuando esta cortó la comunicación.
*****
Francisco Modarelli, rutinario, llegó a la panadería a las cinco de la mañana. Cuando introdujo la llave en la puerta del local sintió una fuerte presión sobre sus hombros.
Se dio vuelta, espantado en la noche cerrada. Dos hombretones de más de dos metros de altura, trajeados y de anteojos negros, cien kilos de músculos titánicos cada uno.
—Entre y cierre con llave —indicó uno de ellos. Modarelli obedeció (sabía de parte de quién venían). Sin decir una sola palabra, fueron hasta el horno de la panadería.
—Enciéndalo —ordenó el de la voz cantante. El panadero no tuvo opción. El calor, por encima de los doscientos grados centígrados, llenó el lugar a los pocos segundos.
—Escúchenme —dijo Modarelli—, sé que me atrasé, pero las ventas mejoran a principios de mes. —Los hombretones no se movían—. Voy a devolverle la plata toda junta. Solo necesito un mes más. ¿No les parece razonable? Pago los intereses que sean. —Sudaba—. Por favor… —Pero se dio cuenta de que sus súplicas caían en sacos rotos. Uno de los forzudos lo abrazó por detrás, lo levantó por el aire y lo llevó junto al horno caliente. El que había hablado antes apretó con rudeza la mano izquierda de Modarelli.
—Mensaje de Guido Carrasco: con la derecha contás la guita y pagás. —Acto seguido, apoyó la mano izquierda del panadero contra una de las paredes del horno. Este aulló de dolor, y el olor a carne quemada llegó rápido a las narices de los tres hombres.
El musculoso lo soltó y Modarelli cayó de rodillas tomándose la mano chamuscada; la piel roja, abierta, mostrando su delicado interior.
—Tenés un mes. Pero no te vuelvas a atrasar —dijo el hablador, separando en sílabas la palabra “atrasar”. Sin más, se fueron de la panadería fundiéndose con la noche.
«Prestamista hijo de puta, te voy a matar», pensó, antes de salir de su negocio y meterse al auto como pudo, para ir al Hospital a que le curaran la reciente herida.

Agosto de 2012

Luego de seis meses del crimen del contador Guido Carrasco, el capitán de la Policía Comunal de Tapalqué, Reinaldo Massera, se hallaba casi en el mismo punto de partida.
Sentado tras su escritorio miraba una y otra vez el afiche colgado en la pared de enfrente. La foto de la cara de Carrasco estaba ubicada en el centro del mismo, y de ella se desprendían unas treinta líneas que terminaban cada una en otra fotografía.
Dos líneas gruesas llegaban a sendas fotos más grandes que el resto: una era la de la ex esposa del contador, y otra la del camionero marido de su amante. El resto de las líneas iban a fotografías de personas que habían requerido los servicios de prestamista que, bajo la fachada de su estudio contable, Carrasco prestaba a sus conciudadanos, sobre quienes la usura y el apriete eran moneda corriente.
De la foto de la ex esposa salía una flecha hacia la fotografía de una de las pruebas recogidas en la escena del crimen, el portarretrato con la imagen dañada del contador y sus hijos. Y de la foto del camionero marido de la amante de Carrasco, otra flecha hacia la imagen de la tanga de algodón, prueba obtenida en la misma escena.
Una foto de los fajos de billetes colocados en el escritorio del contador asesinado, recibía todo el resto de las flechas que salían de las imágenes de los deudores de los préstamos. El afiche tenía una foto más, que mostraba el bolígrafo incrustado en el cuello del cadáver. Un enorme signo de interrogación acompañaba esta última imagen.
A lo del afiche podía agregarse que el asesino era alguien conocido del contador, ya que las puertas del estudio contable estaban sin llave y no habían sido forzadas. Pero esto no ayudaba demasiado: todos se conocían en una ciudad pequeña como Tapalqué.
Suspiró. Si no resolvía el asesinato en pocos días (tenía la prensa sobre la yugular), vería relegada sus chances de ascenso y traslado a una seccional más importante.
Estaba difícil la cosa. No sabía para dónde salir corriendo.
*****
La Dirección de Cultura de la Municipalidad de Tapalqué organizó el evento (no todas las ciudades del interior bonaerense contaban entre sus residentes a escritores de fama reconocida, con más de una decena de best-sellers publicados). Enrique Bellocq Santini (“El Gurú del Romanticismo” según por la prensa nacional especializada), presentaba en su ciudad natal la última novela romántica que había escrito, “El beso de la lluvia”.
El Centro Cultural “Dr. Ricardo Romera” estaba atestado de público, en especial jovencitas que se reflejaban en las heroínas protagonistas de las novelas de Belloq Santini, textos llenos de escenas donde lo dulce del sexo ocupaba un lugar primordial.
El escritor entró al lugar y la platea femenina estalló en aplausos y gritos de júbilo.
Pintón, soltero, de unos cuarenta años de edad y vestido con un elegante traje negro —que intentaba ocultar sin éxito un físico trabajado con varios años de gimnasio—, sonrió a cada una de las féminas que ocupaban los asientos de las filas de adelante del teatro del Centro Cultural, y se sentó tras el escritorio colocado en medio del escenario con motivo de la conferencia de prensa, disponiéndose, de muy buena gana, a responder a los periodistas y a todo el público lo que quisieran saber sobre “El beso de la lluvia”.
Estaba tranquilo. Sabía que nadie le preguntaría, en su ciudad, por qué no escribía novelas de terror (una vez le había contado a un periodista de Capital Federal que era el género que siempre leía) ni cómo venció el karma de la obesidad infantil para convertirse en un adonis —lo que siempre preguntaban los periodistas  chimenteros—.
El Intendente de Tapalqué dijo unas pocas palabras, y comenzó el mitín literario.

Mayo de 1986

—¡Gordo puto, traficante de alfajores, mirá las tetas que tenés! —Las risas ganaron el patio de la escuela, ante la ausencia de la preceptora. El que insultaba era su compañero de banco en primer año de la secundaria—. ¡Manteada al gordo! —Otra vez el mismo burlón, el hinchapelotas de Guido Carrasco. Lo tenía podrido.
Todos fueron contra el joven con sobrepeso, y con golpes varios azotaron su espalda.
Sonó el timbre anunciando el fin del recreo, y finalizó el martirio. El profesor de Lengua y Literatura se dirigió al aula que albergaba a los adolescentes de primer año.
*****
La clase de Lengua y Literatura era la que a Enrique más le gustaba. Y le permitía dejar atrás todo lo sufrido en el recreo por al pequeño torturador Carrasco y compañía.
El profesor percibía en el obeso joven una fascinación por los conceptos que impartía en el aula, y por ello dedicaba unos minutos de la clase a entablar distintos diálogos con Enrique que buscaban apuntalar en él posibles habilidades innatas como escritor.
—Bellocq Santini —dijo desde el frente del aula.
—La novia de Tarantini… —susurró Carrasco, y risitas sofocadas lo acompañaron.
—Carrasco, a la Dirección —ordenó el profesor.
Sin protestar, el adolescente burlón salió del salón de clases rumbo a la Dirección, dedicándole una feroz mirada a Enrique, como diciendo “la que te espera en un ratito”.
—Enrique —dijo el profesor—, tengo un desafío para usted antes que suene el timbre del recreo. ¿Se anima? —El joven asintió—. A ver si puede completar la siguiente frase: “La hermosa joven vio como el ladrón se acercaba apuntándole con el revólver. No soltó su diario íntimo ni siquiera cuando el hombre se detuvo amenazante a su lado”.
Enrique pensó cinco segundos antes de contestar el desafío.
“Se defendió arrojándole la lapicera a la cara” —dijo sin mucha convicción.
—No está mal, pero puede estar mejor: arrojarle la lapicera a la cara no es la mejor defensa contra un hombre armado. Vamos, otra oportunidad, usted puede —lo alentó.
Esta vez Enrique habló sin pensar:
“Los dedos de la joven enrojecieron cuando, cerrando el puño, apretó con fuerza la lapicera”. —Hizo una pausa—. “El hombre notó el veloz movimiento ascendente recién cuando el bolígrafo se clavó en su cuello atravesándole la garganta”. —El aula enmudeció. El timbre anunciando el recreo rompió el encantamiento, y los alumnos corrieron al patio. Cuando Enrique pasó junto al profesor, este lo frenó un instante.
—Lo felicito, Bellocq. Excelente lo suyo.
—Gracias, profe.
El sol otoñal los recibió a ambos cuando salieron al patio de la escuela.

Marzo de 2014

Dos años después del asesinato de Carrasco, Tapalqué sigue siendo la misma ciudad chica del interior de la provincia de Buenos Aires. Pero con algunos cambios.
Los gerentes de los bancos atienden con frecuencia a microemprendedores buscando préstamos de dinero que antes conseguían sin tanta burocracia —pero con más riesgo—.
La inflación hace estragos en los bolsillos de todos los habitantes de la ciudad, y la ex esposa de Carrasco ha tenido que empezar a trabajar para mantener a sus dos hijos.
Los amantes siguen encontrándose furtivamente por las noches —y en las tardes de siestas— en ausencia temporal de uno de los dos dueños de varias camas matrimoniales.
El capitán de la Policía Comunal Reinaldo Massera fue trasladado al destacamento de General Conesa, partido de Tordillo, la ciudad con menos habitantes y menor índice delictivo de toda la provincia de Buenos Aires. El caso Carrasco se archivó ante la falta de avances en la investigación, sin poder encontrar al autor o a los autores del crimen.
Y la persona más reconocida de la ciudad (y una de las más queridas, dados su buen carácter y los aportes financieros a varias instituciones de bien público), el escritor Enrique Bellocq Santini, se apresta a dar una conferencia de prensa en el Centro Cultural “Dr. Ricardo Romera”. Ha publicado —con el éxito de siempre— una nueva novela romántica: “Tus caricias en el viento”.
Aunque el proceso completo de redacción de la nueva obra le llevó más tiempo del común: es la primera vez que escribe usando solo el procesador de texto de la notebook.
Extraña horrores a su compañero de andanzas de tantas obras escritas a mano alzada: el bolígrafo Parker —su ladero en numerosas noches en vela— descansa ahora en algún cajón perdido de un escritorio policial de las oficinas de la Jefatura Departamental Azul.
De todas maneras, el éxito que mantiene entre sus lectoras luego de usar en la última novela otro proceso de redacción lo tranquiliza porque sabe que va por el buen camino.
No como otros, que ya no caminan más (ni joden a nadie) y que descansan boca arriba en un nicho del cementerio de Tapalqué.



La no querida

Por Alejandra López.

El cadáver de la mujer fue traslado hacia la morgue por un móvil de la policía científica. Al lugar también habían llegado una ambulancia y dos patrullas policiales que cercaron el lugar donde se encontraba el cuerpo que había caído desde el 4º piso del edificio donde vivía.
A simple vista los policías dedujeron que se trataba de un suicidio o de una muerte accidental. El procedimiento exigía una investigación y luego recién podrían concluir el caso.
La causa fue asignada al despacho del inspector Saldívar quien ya en la oficina le dijo a su ayudante:
—Es una occisa femenina de cincuenta y ocho años. Vivía sola, era soltera y trabajaba en un par de escuelas como docente en el área de matemática. El familiar más allegado es un sobrino de veintinueve años a quien se considera como único heredero.
Tuve la oportunidad de hablar con él porque yo mismo le comuniqué la noticia y me dijo que hace más de un mes que no la ve pero sí habló con ella la semana pasada para saber el resultado de unos estudios médicos que su tía se hizo. Por lo que me contó, la mujer tenía cáncer. Así que por ese lado muy probablemente estemos ante un suicidio.
—¿Y un accidente?
—Mirá Gonzalez, eso queda prácticamente descartado. Era una mujer de 1,60 mts.y la baranda del balcón queda por encima de su cadera.
—No estarás pensando en un asesinato ¿o sí?
—Yo no pienso nada. Te dije que en esta profesión no debemos descartar ninguna posibilidad.
—Hay un elemento que llama poderosamente mi atención querido Gonzalez y éste es que muy cerca del cuerpo de la mujer fue encontrada una lapicera roja. Sobre la mesa del comedor había hojas, unos…exámenes de un grupo de alumnos que estaban siendo corregidos por la mujer. Les entregué la lapicera a los peritos para que se verifique si la tinta coincide con la de las hojas y era de ella. De ser así, nos tenemos que plantear por qué una mujer que se va a suicidar se llevó la lapicera para arrojarse por el balcón.
Mañana me entrevistaré con las directoras de las escuelas en las que trabajaba y vos te encargarás de hablar con los vecinos del edificio donde vivía.


—¿Qué novedades hay del caso de la docente? —preguntó Saldívar a su ayudante.
—Hablé con varios vecinos y la mayoría o no la conocía o la conocía muy poco. Los que la conocían poco dijeron que era una mujer reservada, de pocas palabras. Solo “buenos días” o “buenas tardes” cuando se cruzaban en la entrada o en el ascensor. Pero en el piso en el cual vivía la mujer, tres vecinos coincidieron en decir que era “una vieja cascarrabias” o “una vieja de mierda”.Aparentemente la mujer se llevaba mal y vivía quejándose con el encargado por “ruidos molestos” como una radio o porque los sonidos de los arreglos en las otras viviendas le molestaban. También protestaba por las mascotas. Es un edificio donde está permitido tener animales. El vecino de al lado me dijo que el del departamento F la acusa a ella de haber envenenado a su gato. También me contó que escuchó una discusión entre ellos y oyó claramente que el del F le decía a la maestra que la muerte de su gato no iba a  quedar en la nada y que él se vengaría de ella. Ahora bien, cuando fui al F, el hombre me dijo que recién se enteraba del fallecimiento de la docente porque ese día él estaba en San Nicolás por cuestiones de trabajo.
—Interesante. Yo por mi parte hablé con las directoras y las dos coincidieron en decir que la occisa era un persona difícil y muy cuestionada. Estuvieron a punto de hacer un sumario por malos tratos a sus alumnos en ambas escuelas pero no lo hicieron por esta cuestión de su problema de salud. Sabían que ya estaban ante un final inminente por el cáncer o una próxima jubilación por incapacidad. Dicen que era cuestión de esperar pocos meses.
Era una mujer muy perversa dando su materia. El 90% de su alumnado reprobaba los exámenes y los denigraba psicológicamente de manera verbal. Los trataba de “burros”, “vagos” o “inútiles”. El hecho más relevante fue cuando un alumno de quince años le planteó que su examen estaba mal corregido, ella le gritó y llegó a zamarrearlo. Esto sucedió la semana pasada.
Por otra parte estuve haciendo averiguaciones y el sobrino de la maestra fue despedido hace quince días de su trabajo, además tiene una hipoteca sobre su propiedad que no podrá pagar si no consigue el dinero. Su tía además de ser la dueña del departamento que habitaba, posee una casa en la costa.
—A propósito, recién llegó el informe sobre la tinta de la lapicera y coincide con la de las hojas que estaba corrigiendo antes de morir.
—Bien, ¿qué te dijo el encargado del edificio?
—Nada importante. El edificio tiene varios departamentos que son alquilados como oficinas y por eso fluyen rostros conocidos y desconocidos. Ese día no recuerda que la maestra haya recibido visitas.
—Pedí un informe sobre el vecino que la amenazó, tenemos que corroborar su coartada. También hay que verificar si en la familia del alumno hay algún tipo de antecedentes. Yo me encargaré de hablar con su médico.
El día siguiente amaneció nublado y lloviznando. El caso de la maestra lo tenía preocupado a Saldívar, parecían estar en medio de una maraña donde todo era posible.
El médico le dijo que su paciente presentaba un tumor maligno con metástasis en el hígado. Se negaba a recibir tratamiento quimioterápico y solo estaba tomando calmantes muy fuertes. La maestra era muy obcecada y había decidido continuar trabajando hasta el final, no aceptó licencia médica. El galeno tampoco había notado rastros de depresión que lo hicieran pensar en una potencial paciente suicida.
Cuando el inspector Saldívar entró en la oficina, su ayudante lo esperaba sentado frente a unos papeles. Luego del saludo Saldívar le dijo a Gonzalez.
—La hipótesis del suicidio de la maestra queda prácticamente descartada. Su médico no detectó conductas suicidas en la víctima, aunque lo seguiremos pensando. Podría haberse tratado de una pulsión súbita que la indujo a arrojarse por el balcón.
—Yo tengo algunas novedades. Rastreamos la coartada del vecino. Efectivamente fue a San Nicolás por cuestiones de trabajo, pero ese día se lo tomó libre porque la junta a la cual debía asistir se pospuso para el día siguiente.
—Interesante, ¿ya se sabe algo de los movimientos de él durante ese día?
—Sí. Nuestros colegas de San Nicolás le siguieron el rastro y el encargado del hotel donde se hospedaba declaró que a la hora en la que falleció la víctima el señor del F abandonó el hotel diciéndole que iría a una exposición en el centro. Regresó al hotel dos horas más tarde y ordenó la cena en su habitación. Así que el señor del F queda descartado, dos horas no le alcanzan para venir a Buenos Aires, matarla y volver a San Nicolás.
—No tenemos que apresurarnos, podría tratarse de un crimen por encargo.
—Hace un rato llegaron las escuchas telefónicas de la SIDE* y es importante que oigas la que proviene del celular del alumno. Según el rastreo, el adolescente conversa con un amigo.
Gonzalez pulsó el botón del reproductor donde se escuchaban las voces de los jóvenes:
—Che, boludo. Ayer faltaste, se murió la vieja, la de matemática.
Risas del otro lado y la voz de su amigo:
—Te la cargaste vos. Sos de palabra, ¿eh?
—Era una hija de puta. Se lo merece, guacho ¿quién carajo se creía que era?
—¿Sabe alguien?
—¿Qué?
—Y… que te cargaste a la vieja, qué va a ser.
—No, no. Dicen que se suicidó
—Dale, andá boludo…
—En serio, posta boludo.
—Sí, sí. Te creo y todo.
—Está bien boludo. Calláte y no digas nada porque sino te mando al frente a vos con el asunto del Turco.
—¡Sos un hijo de puta! Está bien, ¿cómo fue?
—¿Vas hoy a la placita a buscar merca?
—Sí, más vale.
—Después te cuento boludo.
Gozalez apagó el reproductor y le dijo a Saldívar:
—Los policías que interrogaron a los vecinos del joven dijeron que es un buen chico pero e n su casa es muy agresivo. Frecuentemente se escuchan discusiones con la madre por el tema de la droga. Dicen que hace menos de un mes escucharon los gritos de los dos y la mujer fue a parar a un hospital. Parece que el hijo le cortó el brazo cuando la amenazaba con un cuchillo y tuvieron que darle puntos. La madre lo negó rotundamente, dijo que se le resbaló el cuchillo mientras cocinaba pero nadie le cree, quiere tapar al hijo. Después de haber oido esta escucha yo creo que el pibe está hasta las manos.
—Bien, bien. Tenemos que dar intervención al juez de menores y solicitar una orden de allanamiento. De todas maneras, el muchacho podría haber alardeado ante su amigo ¿Se sabe algo de la declaración del sobrino de la mujer?
—Declaró hoy y dijo que la semana próxima saldará la hipoteca. Está dispuesto a presentar su coartada solo si se lo pone como testigo de identidad reservada. Es un poderos empresario casado y con hijos que mantiene una relación paralela con él. Dice que este hombre le pasa una suma de dinero todos los meses y le dará lo necesario para cancelara la hipoteca. Ya se hicieron los arreglos para que el testigo declare el próximo lunes.

En las primeras horas de la mañana  los policías llegaron a la humilde vivienda de un barrio en los suburbios donde las calles eran de tierra. Parecía que la gente todavía estaba durmiendo. Solo se escuchaba el ladrido de los numerosos perros del barrio ante la  llegada de los patrulleros.
La vivienda del adolescente permanecía silenciosa. El inspector Gonzalez se acercó a la desvencijada puerta de madera y la golpeó reiteradas veces. Nadie se asomó. Hizo un gesto a dos agentes que se adelantaron para derribar la puerta, uno de ellos giró el picaporte y éste cedió, la vivienda no estaba cerrada con llave.
La casa parecía estar vacía. Los policías atisbaron el lugar y cuando entraron en el único dormitorio vieron el cuerpo exánime de una mujer de mediana edad tirado sobre la cama. Sobre ella, un cinto marrón.
El inspector Saldívar no necesitó tomar el pulso de la mujer para saber que estaba muerta, los rasgos del rigor mortis ya eran notables. Se acercó y pudo ver que en el cuello de la mujer había marcas de estrangulamiento. Luego, el inspector Saldívar dirigió su mirada hacia la mesa de luz donde había un portarretratos con la foto de la mujer que ahora yacía en la cama y un adolescente de unos quince años.



*SIDE: Secretaría de inteligencia del estado. En Argentina, organismo equivalente a la CIA.