viernes, 26 de abril de 2013

En el reino de la salamandra

Por Carmen Gutiérrez.


—Señora, tengo que hablar con usted —dijo Esteban I entrando en los aposentos de la reina, sin previo aviso, sin anuncio de cámara.
Catalina despidió a sus doncellas y se sentó sin pudor en el diván. El cabello rojizo y suelto revoloteó a su alrededor mientras ella se cruzaba de brazos sin ocultar su parcial desnudez.
—Creo que aunque sea usted el rey, las reglas de etiqueta deben respetarse. Hágame el favor de salir y regresar cuando yo esté presentable —contestó la mujer con un mohín de desdén—. Le recuerdo que no soy una de sus cortesanas, soy la reina y exijo respeto.
—El respeto se gana —contestó Esteban I deshaciendo el nudo de su cinturón y dejando la espada y su saquillo en el piso, ignorando el gesto de fingida sorpresa de Catalina—. Usted porta el titulo y la corona con orgullo, pero no vale más que una campesina.
—Me ofende usted, señor. Sabe muy bien que soy heredera de tierras y mi dote es más valiosa que todo su reino.
—Lo sé muy bien; mi padre, el rey Alfonso II se encargó de señalármelo el día en que tuve la mala suerte de ver su fea cara, justo antes de ordenarme pedir su mano. —el rey continuó desnudándose frente a ella sin apartar de ella su gélida mirada.
—¿Qué está haciendo? —Preguntó ella apartando la mirada del cuerpo de su marido— ¡Vístase, por el amor de Dios!
—¿No se jacta la reina de ser inteligente? Pues adivine, vengo a tomar mi lugar como rey y esposo ¡Por el amor de Dios!
Catalina se puso de pie y trató de llegar a la campanilla para llamar a su doncella, pero Esteban I fue más rápido y gritó:
—¡Pena de muerte al que ose entrar en esta habitación mientras hago el amor con la reina!
—¡Está loco! —Exclamó ella con los ojos desorbitados, comprendiendo que no habría alma en el mundo que desobedeciera tan clara orden, ni siquiera en pos de salvar su real dignidad— ¿De qué nuevo ardid quiere valerse para humillarme más?
El rey soltó una carcajada insulsa y se acercó mostrando con orgullo su prominente hombría.
—¿Llama loco a su marido por querer usar su derecho? Dígame ¿cómo llama usted al Conde Marcellus por tomarla por los pasillos del palacio y darle más duro que a las doncellas que viola de vez en cuando?
Catalina dio tremenda bofetada a Esteban que éste comenzó a sangrar por la boca, pero lo que ella creía que amedrentaría al hombre sólo terminó por endurecer su mirada azul y un destello de locura apareció en ellos cuando le regresó el golpe. La reina se tambaleó y cayó de espaldas sobre el lecho de seda. Con los ojos muy abiertos y temblando de ira se llevó una mano a la mejilla enrojecida y con la otra intentó cubrir el seno que se escapó de sus escasas ropas.
El rey se sentó a su lado y comenzó a acariciarle el cabello revuelto, con una sonrisa tan aterradora que hizo que su mujer se encogiera de miedo esperando una segunda bofetada.
—Tranquila, señora. No voy a golpearla si usted se comporta a la altura —volvió a incorporarse y se paseó delante de ella sin dejar de sonreír—. Dije que quería que habláramos y eso haremos primero. Cuando acepté casarme con usted fue por puro beneficio del reino. Las tierras de su padre son las más productivas y la riqueza de su familia es legendaria. Teníamos que lograr una unión con su dote antes de que otro lo hiciera.
Catalina se limpió una lágrima que corría por su mejilla y se miró las manos. El rey continuó:
—Todo esto del Conde Mierdellus lo sé desde hace meses. También lo que hizo en la casa de campo en el verano, las orgías que ha organizado con sus “amigas” en las noches que me voy de caza, el incidente en el comedor de la abadía y sus “clases” de música. Nunca me ha importado, señora. Dice que no es una de mis cortesanas, pero las cosas que he escuchado la dejan más enlodada que el chiquero de mis establos.
Ella levantó la cara y lo miró desafiante.
—¿A qué viene todo esto entonces? Y esa brutalidad ¿Qué oscuro propósito está cumpliendo? —preguntó.
—Estamos en guerra, mi reina. Y nuestros enemigos son muy poderosos. El pueblo tiene miedo y se refugia en placeres sencillos buscando consuelo. He tenido que dormir con usted unas tres veces en nuestro matrimonio y siempre termino sintiéndome asqueado, pero por el bien del reino lo haré de nuevo. Tiene que darme un heredero, un príncipe, un hijo mío legítimo para que el pueblo quiera luchar por él, por su familia real.
—¡Me niego! ¡No puede obligarme a traer una criatura al mundo cuando aborrezco a su padre! —exclamó ella llorando de rabia— ¡No lo haré! No puedo tolerar tener en mi cama a un hombre tan asqueroso como usted, con esa piel traslúcida y esos dientes que parecen fauces de lobo hambriento. Esas manos ásperas y sus enormes orejas. Soy una mujer bella, aunque a usted le parezca lo contrario y no quiero tener que cargar en mi seno a un engendro como usted.
—Claro —respondió él impasible— ¿Dónde están mis modales? Por supuesto que puede usted negarse; y como había previsto eso le pido que se asome a la ventana y me diga que hay en la torre norte.
Catalina se acercó temblando a la ventana y miró a donde le indicaba Esteban I y lanzó un grito de pavor mientras se alejaba de la ventana.
—¡No es posible! —exclamó— ¡Es usted un animal!
—Es posible, señora mía. Pero es necesario.
—¡El pobre y querido Conde! —se tiró en la cama sollozando— ¡Lo odio!
—Lo sé y créame, mi reina, no me importa. Lo que importa es lo que usted decidirá en este momento.
Esteban I se cruzó de brazos y le dio tiempo para llorar y analizar. Ella se cubría la cara con las manos y lanzaba quejidos de dolor. Sus piernas de porcelana sobresalían de entre las enaguas y su seno rebelde se asomaba de nuevo. El rey sintió el hormigueo de la erección y se tocó un poco el miembro para animarlo. La mujer le parecía despreciable y no toleraba sus pláticas sabiondas, pero tenía un trasero impresionante y él apenas estaba en sus veintitantos años. La cara de ardilla de su mujer le repugnaba y su voz era demasiado estridente. Pero eso no estaba evitando que su cuerpo le recordara el motivo de la visita y decidió llegar a la consumación de sus propósitos.
Se acercó al lecho para tomarla, pero ella adivinó sus pensamientos y se puso de pie en un salto corriendo hacia la puerta. Esteban reaccionó a tiempo para detenerla halándola de los cabellos y la lanzó de nuevo a la cama. Catalina se retorció para levantarse y él la sujetó del cuello, poniéndose encima para dominarla. Los ojos castaños de la mujer se entrecerraron mientras trataba de respirar o hacer una llamada de auxilio, olvidándose de que nadie acudiría.
Esteban I perdió el control de sí mismo. Arrancó de un manotazo las enaguas y los kilos de tela que se interponían entre su miembro erecto y su mujer. Ella seguía tratando de soltarse y alcanzar un poco de aire cuando lo sintió entrar. Su mirada se llenó de ira y en un giro de cadera logró expulsarlo de su cuerpo. El rey la golpeó entonces en la cara con el puño y si no se desmayó fue porque lo sintió de nuevo, adentro, lastimándola sin piedad, sin un dejo de remordimiento. Trató de gritar cuando la mano de su atacante aflojó un poco la presión, pero no pudo soltar sonido alguno. Se resignó por un momento, rogando porque que todo pasara pronto y él encontrara el clímax tan rápido como las otras veces.
Cuando el rey se sintió satisfecho, se tumbó a su lado, tembloroso y jadeante, entonces ella…


Kodoku.


Por Romina Hernández García.


Cayó al suelo cuando escuchó el grito agudo y lejano de una palabra en voz familiar, pero no pudo entenderlo, sus ojos se cerraron jalando a su alma en dirección a un lugar desconocido. Abrió los ojos y reconoció al instante su lugar favorito, su santuario, escondite y almacén de lo que provocaba que su padre se burlara de ella. La cocina, el lugar que amaba estaba ahí, chico y con olor a comida casera. La gran mesa de madera gruesa abarcaba casi todo el lugar, la luz estaba apagada pero el atardecer daba  suficiente luz para poder reconocer las siluetas de cada cosa.
- Me evitas demasiado- dijo una voz proveniente de ningún lado. Se parecía a la suya pero más fuerte, firme y segura.
Kodoku se quedó quieta cerca de la mesa, sus manos comenzaron a sudar mientras su corazón se aceleraba un poco más.
- No quieres hablar conmigo y ya no aguanto quedarme encerrada en tu mente, quiero que sepas que deseo salir y fundirme en ti para ser una sola. Pero antes quiero que las dejes salir para que seas tú misma, no puedes hablar conmigo si ellas están dentro de ti, permíteme...-  Kodoku sintió un roce cálido y firme en la espalda, como si alguien estuviera recorriendo su columna vertebral, quiso huir de ahí pero sus pies no le respondieron, comenzó a temblar. Pegó un brinco y gritó al sentir cómo el desconocido ser le hundía la mano dentro de su espalda pescando algo dentro lo jaló con fuerza sacándolo de su interior, la chica no había dejado de gritar cuando el ser repitió la acción. Kodoku cayó de rodillas al suelo, llorando.

-Listo,  ¿Por qué lloras? Sólo te quite a las que te hacían ser como no debías.
Calla, están bien. Mira, aquí están junto a ti-  Kodoku sintió que una mano se posaba en su hombro pero ella seguía mirando al suelo, sintiendo un dolor punzante en el alma, se sentía vacía.
            Después de gemir un poco se secó las lágrimas con torpeza y miró hacia donde el desconocido ser le indicó. La mirada de Kodoku se topó con los ojos ciegos de una chica idéntica a ella. El miedo, su antiguo amigo, no apareció en el preciso instante que se supone debió gritar, sólo se la quedó observando, eran físicamente iguales pero la tez de la chica era negra y tenía el cabellos oscuro, la chica que se frotaba los brazos y cubría con inquietud el rostro, además estaba desnuda. La miró con indiferencia sin entender nada, la voz le indicó que mirara a su izquierda. Otra chica igual a ella pero con piel de color azul y los mismos ojos ciegos de la otra se encontraba a su lado, ella se tapó el rostro con las manos, luego se hizo un ovillo en el suelo.
-A ellas las conoces muy bien ¿verdad? Son Pena y Miedo, las culpables que te convirtieron en mártir de tu propia vida.
-No entiendo, ¿Quién eres? ¿Qué quieres?
-Me llamo Confianza y te quiero a ti, no adelantemos las cosas porque  no puedo tomarte así como así. Tengo que tener tu consentimiento, sabes...
< ¿Por qué estoy aquí? ¿Esto es un sueño?> se preguntó Kodoku en la mente al tiempo que se giraba en el suelo para quedar frente al ser, no entendía nada y se sorprendió al ver que el ser también era como ella pero con tez blanca en extremo.
-¡Deja de pensar! ¡Tienes que hablar!-alzó la voz Confianza, después suspiró- Bien, este es mi objetivo, yo me meto dentro de ti y tú dejas que te domine, justo lo que hacías cuando ellas estaban dentro de ti- dijo Confianza señalando con desprecio a las chicas en el suelo, Kodoku estaba entre ellas.
-¿Por favor? ¿No entiendes? , ¿Acaso tengo que explicarte todo con detalle?- Confianza suspiró con repentina irritación.
-Es un sueño, tú no existes, me he desmayado otra vez porque ya no como bien. Sí, me desmayé.- susurró Kodoku para sí, después miró a Confianza implorándole con la mirada que la dejara en paz.
-Tus miradas no funcionan conmigo. Te explicaré, pues. Yo soy como ellas, somos hermanas, seres que alguna vez fueron independientes, cada quien por su lado vivíamos en un mundo que ya no existe. Hasta que llegó él y nos obligó a juntarnos en una sola cáscara, obligándonos a pelear entre nosotras para ganar el lugar que nos permitiría domar a la presa, vivir dentro y a través de ella...
-Entonces son como sentimientos, emociones, aptitudes, valores, algo... ¿Hay más?
-Cada miserable humano tiene a los suyos, todos fuimos formados a imagen y semejanza del que nos tocó dominar, como clones perfectos con una sola manera de ser. Por ejemplo yo, no le tengo miedo a nada y mi vida es fácil porque no titubeo al tomar cualquier decisión, puedo relacionarme con quien quiera porque sé que puedo hacerlo, en cambio tú ¿Qué has hecho?
Kudoku se sintió inútil y miserable pero reaccionó, ¿Quién se creía que era ella, su Confianza? , Bah ¿Esa maldita que la abandonó toda su vida? No, se negó a creer eso y actuó de verdad como siempre lo hacía en sus sueños.
-Tú no existes, lo que dices es absurdo y no te creo. No estoy aquí, esta no es mi casa, tú no estás aquí ni eres nada mío. Vete.-concluyó Kodoku agachando la cabeza. Pena y Miedo estiraron sus brazos para averiguar dónde estaba Kodoku, una vez que la hallaron comenzaron a abrir sus enormes bocas, ambas tenían filosos dientes que se prepararon para eliminarla.
-¡Atrás, malditas hermanas mías!-gritó Confianza pateando a cada una con fuerza, Kodoku se asustó y gateó con rapidez hasta debajo de la mesa.
 -Tú no eliges rechazarme, yo te elijo a ti como mi disfraz, eres un simple huésped, una caja, la crisálida permanente de mi existencia, mí única oportunidad de vivir. Y ahora que te sacado a mis hermanas ellas pelearán por ti conmigo y les ganaré. No ocupé en vano todo el tiempo que me mantuvieron encerrada. Y si no las mato o las regreso a tu interior, ellas te matarán a ti.
-Pero, ¿Por qué me matarían? Hemos estado juntas mucho tiempo, ¡no serían capaces! ¿Por qué estás tan obsesionada con poseerme? Yo no te quiero conmigo-dijo Kodoku debajo de la mesa.
-¿Dime por qué, entonces? Todo el tiempo que has sido como eras hasta ahora ellas te estaban controlando, yo en cambio te haré más fuerte, respetada, importante y necesaria para cuantos quieras. Ellas no reaccionan ni piensan como yo o como tú, el miedo y la pena son todo lo que las hace actuar, piénsalo, si no pueden tenerte y no se atreven a pelear por ti  ¿Qué las detendría para destruirte?
-Pero yo no quiero ser así, no sé cómo serlo, no puedo. ¡Déjame en paz y vuélveme a meter a Pena y Miedo!
-¡No lo voy a hacer hasta que me digas por qué no me quieres dentro!  ¿Qué no tienes nada que decir?-. Kodoku se sintió herida,  la ausencia de Pena y Miedo la obligó a defenderse.
- ¡Hey!, creo que sí tengo algo que decir... ¡Que me odio y no quiero cambiar!-Kodoku se aferró más a sus piernas y al ver el rostro irónico de Confianza un sentimiento desconocido para ella le hizo pensar en una mejor respuesta pero no se atrevió a decirla, una pequeña risa odiosa de Confianza le dio el impulso necesario para hablar, se había enojado.
- ¡Que me quiero morir!  ¡Deseo la muerte más que a cualquier cosa! , las personas no me importan, los animales me agradan pero no me corresponden, los sentimientos son estúpidos y confusos, la gente, la sociedad y todo lo que tenga que ver con la ayuda, cooperación y trabajo en equipo son absurdos para mí porque no entiendo nada de lo que ellos dicen, nada de lo que ellos hablan, nada de lo que todos sienten... ¡Odio cómo soy en todos los aspectos, odio la gente, los sentimientos! ¡Le tengo miedo a todo!... Si tuviera un poco de ti lo utilizaría para tener el valor de suicidarme...
- Ya, lo dijiste. Ahora dame la mano y sal del abismo de soledad que tú misma haz creado...- Kodoku se sintió como una niña otra vez, esperando órdenes que debía hacer. El recuerdo de su padre regañándola por haber hecho mal una orden la enfadó lo suficiente para sacar la fuerza para decir con poca seguridad.
- ¡NO!
- ¡¿NO?! , ¿Quieres quedarte sola y olvidada para siempre? ¿No quieres que alguien te recuerde, ame o admire? ¿Quieres estar toda tu vida sola?
Kodoku la miró un segundo, sus ojos brillaban de dolor. El rostro se le contrajo provocando arrugas bien definidas que dejaban ver su alma ofendida. Confianza esperó el contraataque pero la fuerza había abandonado a la chica. No dijo nada.
- ¡Ahhhh! , ¿Sabes qué?  Tengo pena de ti, me desilusionas, enfadas, desesperas, me pones triste y odio que quieras convertirme en alguien que no soy y jamás desearía ser... ¡En alguien como tú!
Una pequeña explosión de emociones y pensamientos se aglomeraron en la mente de Kodoku haciendo que se encogiera aun más enterrándose las uñas en su grasoso cuero cabelludo, las sienes le pulsaban tan fuerte que quiso gritar, pero se abstuvo de hacerlo porque jamás lo había hecho, ni siquiera en los días más depresivos, confusos y solitarios de su vida. Nunca congenió con el habla y no tenía intención de hacer excepción con el grito.
-Yo no te he persuadido de nada…Miedo,  por favor. Pena, ayúdame- susurró Kodoku cuando decidió volver a callar para siempre.
            De inmediato ambas chicas reptaron por debajo de la mesa hasta llegar a ella. Miedo le tapó los oídos con las manos temblorosas y Pena le tapó la boca con suavidad después de tantear la ubicación de esta en el rostro de Kodoku.
            -No puedes alejarte de mí con facilidad Kodoku, he estado ya muchos años encerrada en tu mente y ¡no pienso volver ahí!
            Confianza perdió toda su dignidad agachándose para exigirle cara a cara a Kodoku que la dejara entrar. Kodoku se aferró de nuevo a sus rodillas con pánico tarareando una típica canción infantil en su mente (No te oigo, soy de palo, tengo orejas de pescado. No te oigo, soy de palo, tengo...) Confianza siguió gritándole que la dejara entrar pero Kodoku se había ensimismado por completo. Confianza perdió su paciencia y cordura en un instante, se puso de a cuatro patas para gatear hasta donde se hallaba Pena, Miedo y Kodoku.
            Kodoku sintió su presencia y abrió los ojos topándose con el rostro blanco y enfadado de Confianza,  que de inmediato la jaló del brazo con violencia
            -¡Déjame entrar!- gritaba Confianza enfurecida mientras la jalaba con fuerza.
Kodoku se resistió y les pidió ayuda a Pena y Miedo pero estas salieron miedosas de debajo de la mesa. Confianza gritó que no huyeran pero al ver que estas se disponían a salir de la casa Confianza estalló en grito desesperante y corrió tras ellas no sin antes golpear la cabeza de Kodoku contra la pared. Las atrapó sin problemas y regresó a la cocina para tomar un cuchillo, golpeó a ambas dejándolas en el suelo, cuidando que Kodoku pudiera mirarlas. Se arrodilló frente a Miedo y comenzó a apuñalarla, Kodoku comenzó a gritar sintiendo el mismo dolor de Miedo, Confianza siguió con Pena, los gritos aumentaron, la fuerza no cesó, Confianza estaba loca, maldijo a sus hermanas con cada puñalada que daba, sonreía con malicia, festejaba su dolor. Con los ojos muy abiertos y expresión de que no había terminado Confianza le enterró el cuchillo a Miedo en el rostro cuando hubo estado segura de que habían dejado de existir.
Confianza logró hacerle una profunda rajada a cada una en el pecho, metió su mano y hurgó dentro de sus pechos evitando las costillas. Sacó los corazones de las dos chicas cuidando de hacerle sentir a Kodoku todo el dolor posible, los grito y sonidos de las sillas moviéndose no cesaban debajo de la mesa. Con los corazones en ambas manos Confianza prendió la estufa embarrando de sangre y venas los bonotes del aparato, dos quemadores se prendieron y Confianza posó en cada uno un corazón, los músculos vitales comenzaron a cocerse con lentitud hasta que Confianza avivó las llamas. Kodoku no dejó de gritar ni convulsionarse debajo de la mesa hasta que los corazones se hubieron incinerado. Confianza levantó el cuchillo que había dejado enterrado en el rostro de Miedo y comenzó a jugar con el sopesando una idea confusa  que tenía en mente.

Padre de familia


Por Raúl Omar García.


Afuera el viento arreciaba. La mujer preparaba la cena en la cocina mientras sus hijos jugaban en la habitación. Entretanto, él tomaba un vaso de vino tinto con limón, y miraba por la ventana la manera en que los árboles parecían rozar sus ramas en el piso. El hombre se rio ante un comentario chistoso de su esposa, y un trueno resonó con furia, provocando que soltara un «¡mierda!» del cagazo que se había pegado, reacción que provocó que su mujer se desternillara de risa.
Los chicos berreaban y alborotaban sin hacer caso alguno a la orden de «¡despacio!» que les mandaba su padre desde el comedor.
—Se viene el agua nomás —comentó él, dirigiéndose a donde estaba su pareja. Y tras sus palabras, la lluvia comenzó a caer fuerte y en abundancia.
—Fíjate si las ventanas de los cuartos están cerradas —le pidió ella, y su esposo obedeció, apoyando el vaso en la mesada de mármol.
—Sírveme un poco más de vino —dijo antes de cumplir con el recado, y le dio una palmada en las nalgas.
La ventana de su pieza estaba cerrada, pero la de sus hijos, no, y las gotas ingresaban a raudales.
—¿No ven como entra el agua, ustedes dos? —regañó a los pequeños, los cuales dejaron de jugar y no abrieron la boca—. Sí, no contesten. Qué los parió, viejo. No se dan cuenta de nada.
Volteó hacia ellos, les revolvió el cabello a ambos con una mueca en la boca que escondía una sonrisa, y se retiró en el instante en que sonaba el timbre.
—¡Yo voy! —voceó el ama de casa, y se dirigió a la puerta. Al abrirla, una figura avanzó hacia ella sin darle tiempo a protestar. La mujer abrió la boca, embobada, y empezó a sacudir la cabeza de un lado a otro a modo de negativa.
—Me costó trabajo encontrarte —pronunció el visitante.
—¿Qué haces? —irrumpió el propietario, tirando del antebrazo de su esposa para alejarla, y colocando la palma de la mano en el pecho del intruso—. Sal de mi casa.
—Yo que tú no haría eso —dijo el sujeto. El dueño de la casa cerró los dedos estrujando la vestimenta del tipo, lo empujó con denuedo a la calle y cerró la puerta de un golpe.
—Llama al novecientos… —intentó decir cuando se apercibió de algo curioso: el desconocido no estaba mojado. Giró sobre sus talones con gesto de incredulidad y casi se cayó de culo al ver al extraño de pie en el interior de la casa.
—Eres obstinado o estúpido. Te advertí que no hicieras eso. —El individuo frunció el entrecejo y separó los labios para mostrar cómo sus dientes mutaban a algo semejante a hojas de acero cortantes. La piel se le escamó y cambió a un tono negruzco, y sus ojos se tornaron dos ranuras con pupilas negras verticales con la esclerótica de un verde lechoso. Un sonido crujiente desgarró su espalda y dos cortinas membranosas aparecieron súbitamente. Sus manos se estiraron de forma grosera y espeluznante.
El hombre reculó, pasmado, con la mandíbula desencajada por el horror, cubriendo con su cuerpo a su cónyuge. Al llegar hasta ella, sintió que el estómago le daba un vuelco. Tanteó la silueta de su compañera sin voltear, asegurándose de que lo que tocaba era real. Viró el cuello gradualmente y su vista se topó con otro monstruo idéntico al que acababa de irrumpir en su hogar.
El humano soltó un alarido agudo, casi femenino, y se alejó de aquella entidad con alas.
—Amor —dijo la criatura con una voz gutural, y con una mirada que denotaba desconsuelo y tristeza—. Lo lamento.
El hombre llevó sus manos a la cabeza y se aferró a sus cabellos, tirando de ellos mientras derramaba las primeras lágrimas.
—No es verdad —clamó, con la boca hecha un ocho y arrojando babas.
—Lo siento… —rogó el ser, avanzando hacia él.
¡Aléjate de mí! ¡Hijooos! —Corrió atolondrado hacia el dormitorio de los pequeños y se vio obligado a frenar de sopetón, apoyándose en las paredes del pasillo para no derrumbarse de bruces, porque de allí salían dos de aquellas cosas, pero de menor estatura. Sus hijos también eran como ellos.
—Es hora de que me devuelvas a mi prole —determinó la aberración masculina.
La hembra y los lagartitos alados se vieron obligados a seguir las órdenes del macho, pero algo no iba bien. ¿Acaso ella denotaba angustia en su porte?
La fémina estiró una garra en dirección a quien hasta hace un momento fuera su esposo, y este percibió en esa actitud que ella le imploraba que no permitiese que esto sucediera.
El pobre muchacho se encontraba trastornado, toda su vida se había convertido en una mentira. Se sentía asqueado, desubicado en su propia vivienda. ¡Si hasta fue progenitor de esos dos abortos!
Apoyó la espalda contra la pared y se dejó resbalar hasta caer sentado. Lloraba a moco tendido, contemplando de qué manera tan irreal le arrebataban a su familia…
Su familia.
La puerta de entrada se abrió sola de par en par y los engendros se disponían a abandonar el recinto para salir a la oscuridad borrascosa del exterior, pero interrumpieron la marcha cuando uno de los adefesios menores exclamó:
—Papá…
El endriago adulto reparó en que uno de los pequeños contemplaba hacia la puerta trasera que daba al patio del fondo, la cual, abierta, se sacudía impelida por la ventisca. El agua se adentraba con violencia en ambos laterales de la casa, y la persona ya no se hallaba allí.
—Yo soy tu padre ahora —señaló autoritario la monstruosidad, y salió afuera. La mujer y los niños lo siguieron. Ella advirtió que la lámpara colgante de la galería donde guardaban las herramientas estaba encendida. Escudriñó los alrededores, presintiendo lo que sucedería a continuación y, entonces, oyó el motor de la motosierra.
Las cuatro criaturas dieron media vuelta y se encontraron con el hombre parado bajo la lluvia, empapado, con las piernas separadas a la altura de los hombros y con la sierra eléctrica sujetada con ambas manos por los mangos delantero y trasero. Un relámpago destelló de pronto, mostrando un rostro fuera de sí, que parecía sonreír y a punto de gritar al mismo tiempo.
¡Yo soy papá! —bramó a modo de carcajada el mortal, realzando la pronunciación en el «YO» y la segunda «A», y se lanzó sobre el réptil hampón.
El bicho no se esperó jamás algo semejante, y la reacción lo agarró por sorpresa. La cadena lo alcanzó en el hueco entre el cuello y el hombro, y una sustancia verdosa se disparó a borbotones. Los chillidos se alzaron en la tormenta, una agonía desgarradora, impensada. La bestia despidió un zarpazo que rasgó la camisa y el pecho del atacante en cuatro líneas irregulares, de las cuales brotó sangre real, roja; como debía ser.
El hombre presionó con furia la máquina hacia abajo, bañándose en aquel petróleo viscoso y caliente, y la soltó para aferrar los costados del cráneo del siniestro agresor. Con todas sus fuerzas le asestó un cabezazo en plena testa, lastimándose seriamente su propio rostro. Se alejó trastabillando hacia atrás, y la criatura se fue de espaldas. Cuando esta estuvo revolcada en el pasto mojado, él se abalanzó sobre ella y extirpó su trasto del cuero partido; luego tiró de la cuerda de arranque con la mano derecha hasta que encontró la resistencia que le avisaba que debía halar varias veces hasta que el motor produjera una explosión. Cuando eso sucedió, solo restó cercenar.
Para cuando las luces vecinas, alertadas por el escándalo, se fueron encendiendo, el verdadero padre de familia se desplomó boca arriba extenuado.
Desangrándose por las heridas del torso, y con las gotas de lluvia —sumada su propia sangre (y la ajena; mucho más de esta última)— escurriéndose por la cara, apenas tuvo una clara visibilidad de los tres pares de ojos que lo escrutaban desde arriba antes de ser levantado en volandas.
Mientras ella meneaba sus caderas empujando hacia abajo para que el miembro de él chocara hasta el fondo de su cavidad femenina, el hombre, con los párpados cerrados, apretaba con aprensión aquellos senos de dermis áspera que se bamboleaban sobre su faz lastimada.
Durante todo este tiempo trató de convencerse de que lograría acostumbrarse a convivir con esas cosas como parte de su familia, pero qué diablos, apenas lograba dejar de sentir dolor en las heridas infligidas en su pecho.
El sexo no era malo, su vagina era un fuego, extremadamente húmeda, pero sí era irracional.
Y sus hijos…
Al tiempo en que pensaba en ellos, el padre de familia escuchó a su fogosa hembra aullar de placer (si es que eso era lo que hacía), y abrió los ojos como platos, largando una puteada al percatarse de que estaba acabando y no se había puesto forro.

jueves, 25 de abril de 2013

El ateo

Por Luis Seijas.


Las campanadas de la iglesia retumbaban a lo largo y ancho del pueblo, llamando a todos los feligreses a la misa del mediodía. Era el primer domingo de junio y Don Pablo estaba sentado en la plaza, disfrutando del merecido descanso luego de caminar veinte minutos, desde su casa hasta el kiosco de la Sra. Josefa para comprar el periódico. Era un ritual que religiosamente lo hacía el primer domingo de cada mes. Nadie sabía el por qué de esa costumbre, pero asi lo había hecho desde hacía 30 años.

Don Pablo observaba a la gente agruparse frente a la iglesia, saludarse y luego entrar con una sonrisa sincera y placentera. Él que había nacido bajo el seno de una familia católica practicante, siempre se había preguntado qué tenían esas cuatro paredes que atraían a tantas personas. Y qué le faltaba a él para sentir lo mismo.

—Buenos días, Don Pablo —dijo Doña Inocencia.

—Buenos días, mi estimada señora —contestó levantando su sombrero—. Va a llegar tarde para la misa de mediodía mi señora, ya todo el mundo entró.

—Y usted no quiere acompañarme Don Pablo, mire que nunca es tarde para reconciliarse con Dios.

Don Pablo se levantó e hizo ademán de caminar hacia la iglesia pero en el último momento, se desvió hacia la venta de chicha que estaba en la esquina de la plaza, se volvió y con una media sonrisa pícara y burlona.

—No pierdo mi tiempo allí dentro, además, no puedo reconciliarme con alguien con quien nunca me he peleado, porque simplemente dudo que exista. No entiendo por qué no ha desistido en hacerme esa invitación cada vez que me ve aquí sentado o es que acaso tiene otras intenciones, mi señora — dijo mientras tomaba un sorbo de chicha fresca y fría.

Doña Inocencia no tenía la mínima intención de dar su brazo a torcer en esa ocasión. Se acercó y pidió un vaso de chicha y lo levantó e hizo el gesto de brindar, gesto que a Don Pablo le causó más gracia. Pensaba en lo patética que se veía, intentándolo convencer nuevamente.

—Don Pablo usted siempre a la defensiva —un suspiró salió fuerte y sonoro.  

—Defensiva no… mi señora, soy objetivo.

Las campanas sonaron de nuevo. Y lo que había empezado como un día soleado, fue tornándose gris en la medida que las nubes iban cubriendo el cielo.

            —Si vamos a charlar, cosa que sé que va a ser asi, es mejor que nos sentemos. Veo que no tiene intención de entrar a su misa y a dejarme tranquilo descansando —dijo Donpa guiñándole un ojo.


Se sentaron al otro extremo de la plaza, bajo un araguaney que ya empezaba a mostrar sus características flores amarillas. Donpa pensó que esta vez él iba a comenzar a decir sus argumentos, antes que a Doña Inocencia le diera por sacar la Biblia que tenía siempre guardada en el bolso y empezará a leerle cuanto versículo se le atravesara.

            —Dios no existe. Dios no hizo el planeta tierra, ni nos dio la vida. Venimos de una serie de sucesos, explosiones, adaptaciones y evoluciones que dieron lugar a este planeta y por ende al ser humano que habita en ella. No creo en Dios, simplemente porque no hay pruebas de su existencia —Le señaló con rostro serio e impávido taladrándola con esos ojos azules fríos como el hielo.

            —Cómo se le ocurre decir eso Pablo —se santiguó y alisó la falda de flores. “La Falda Dominguera”  la había llamada una vez.

A  Doña Inocencia el color le empezaba a cubrir las mejillas y tomó un sorbo de chicha y  prosiguió. 

—Dios existe, Pablito y en cada amanecer  lo puedes sentir. En esos momentos donde no le encuentras explicación a lo sucedido, y la única palabra que brota de tu boca es “casualidad”… pues, allí está Dios. El hecho que no lo puedas ver no implica que no exista ¿No has estado en esas situaciones?

—Sí, pero nunca le he dado ese  nombre. —Se defendió frunciendo el ceño y cruzando los brazos sobre su pecho—.

—Tampoco puedes ver el aire y sabes que existe, de hecho sin él morirías —atacó de nuevo Doña Inocencia.

El rostro se le iluminó a Donpa como si estuviera esperando ese argumento. Mostró la misma cara cuando, en su época de colegio, al presentar un examen las preguntas que le hacían, eran las únicas que había estudiado y se sabía las respuestas al pie de la letra

—En eso tienes razón, sé que el aire existe y me es necesario, a pesar de no verlo porque si por un largo espacio de tiempo me tapan la nariz y la boca, moriré ¿Pero has sabido de alguien que muera por el hecho de no creer en Dios? —se defendió Donpa.

Doña Inocencia guardó silencio. Miró hacia arriba, buscando una réplica escrita en las nubes.

—No puedes ser tan… tan cabeza dura —suspiró y le dio gracias a Dios por el momento, sacó su Biblia y empezó a leer algunos versículos.

Pensó en decirle que el hecho de negar la existencia o de no creer en algo le otorga un pequeño un poco de forma y fondo… pero prefirió guardar silencio

Con una media sonrisa de triunfo, Donpa levantó su vaso en signo de brindis. Había ganado ese round, pero en el fondo se seguía preguntando por qué no sentía esa misma atracción hacia ese edificio.

Una llovizna empezó a caer y dio fin a la tertulia. Donpa se fue con su periódico bajo el brazo. Mientras que Doña Inocencia se preparaba para la misa de la próxima hora.


Las personas empezaron a salir de la iglesia y se enfilaban a sus carros para resguardarse.

A la semana siguiente, Don Pablo viajaba en un autobús que lo llevaría al sur de su país, para visitar a sus hijos y a su nieta recién nacida. 


Avanti

Por Nati Lou.


Saco uno por uno los libros de su biblioteca. Predominaban King, Rowling, Grisham, Martín y Poe, pero también había un espacio para Allende, García Márquez, Galeano… Había muchos libros.

Separo uno, el que estaba leyendo, el que Lucas le había recomendado. El lector.
Había visto la película dos veces: antes de conocerlo a el, y luego, con el.
Sonó el microondas y fue a la cocina a buscar su café. Lo tomo, mientras Leia un diario por la televisión (sus hermanos las habían convencido, a ella y a su madre, de la necesidad de tener una Smart TV).

Hizo como hacia siempre, leyó dos diarios, el que debía leer. Y el otro.

Daban las mismas noticias. Pero los periodistas estrella de cada uno se encargaban de marcar posturas tan distintas que se hubiera pensado que alguno de los dos diarios contaba noticias de un país en Marte, y el otro del suyo.

No supo decir cual era cual.

Volvió a su habitación, a su tarea con los libros. La vocecita de su cabeza puso play y empezó a hablar. Era gracioso, últimamente ella cambiaba demasiado de postura, y esa voz siempre se las ingeniaba para contradecirla.

Se esforzó por no oírla (tenia la voz de Lu, su puta mente tenia la voz de Lu, o de Cami, o de su madre… las voces que menos quería escuchar. Y que más necesitaba escuchar.)

Esta vez la que sono fue la pava, sobre la hornalla sin fuego de la moderna cocina (su madre la había convencido de la necesidad de comprar una cocina ultramoderna, aunque, en honor a la verdad, a ninguna se le daba la cocina.)

Cargo el termo, y se preparo unos mates con miel (“antes tomabas mates amargos, antes tomabas mates amargos, desde que entraste a la oficina tomas mates con miel, desde que entraste a la oficina tomas mates con miel”). Definitivamente, si acallaba esa maldita voz, todo valdría la pena.

Agarro la soga que había comprado el DIA anterior y volvió a su habitación, con el equipo de mate y la soga. Paso frente a varias fotos, todas familiares. Su familia se había ido a Chacabuco, a casa de su abuela. Ella se quedo. Dijo que tenía que estudiar… y es que en realidad, si se pensaba bien, por primera vez en tres años, estaba atrasada con la facultad. El novio, los viajes, el nuevo laboro… elijan la excusa que prefieran.

El caso es que la dejaron sola en la casa, con sus libros, su equipo de mate, su soga y su habitación con vigas de madera en el techo.

Acomodo los libros sobre una alfombra al suelo. Hizo una escalera de libros. De mas de 150 libros. Subió la escalera. Estaba a más de un metro y medio del suelo. Serviría.

Pensó en esos libros… la mayoría de ellos la había ayudado a sobrellevar todos sus momentos de soledad. Era irónico el nuevo uso que les estaba dando. Era bastante irónico, siempre que había estado confundida, o aturdida, como ahora, recurría a sus libros… pero no exactamente para lo que los usaría ese día.
Amarro, con esa mecanicidad que daba una década de scoutismo, la soga a la viga del techo y puso un CD de Oasis (la voz, extremadamente insoportable, le recordó a quien le recordaba Oasis).

Abrió su agenda, llena de fotos. Había una en especial. Todos llevaban la misma pechera. Todos estaban sucios y cansados. Todos sonreían a la cámara. Ella estaba entre Maga y Lucas, en el extremo superior derecho. Había al menos veinte personas mas en la foto, desplegando una bandera, que tenia la misma inscripción que las pecheras. (“pero no importan ¿no? Acá solo importa Lucas”).

Esa voz era injusta.

Había personas en la foto que no conocía, pero también gente que la quería. Al menos cinco personas, aparte de el.

Fue por ellos que se molesto en escribir la nota. Para que no se sintieran culpables. Ni ellos, ni su familia, ni sus amigos de toda la vida. Hasta en su ultima decisión había pensado en como repercutirían sus actos en los otros. Y en eliminar culpas. Todo era su culpa. Nadie la había obligado a hacer nada en estos últimos 6 meses.

Por lo menos, no directamente.

Igual, quería dejar las cosas claras (“como los ojos de Lucas. También son claros. No podes hacerte esto. Ni a los demás. Ni a el”)

Se puso su remera negra, con la misma inscripción que la pechera, la bandera, y otras dos remeras propias, pero que eran blancas. La remera negra se la había regalado Maga, al final de una movilización. Esa luego de la cual se había quedado a dormir en su casa, para no viajar. Habían comido pizzas y tomado Fernet con Coca. Y antes de que se dieran cuenta, habían pasado la noche despiertas, hablando de la vida de ambas. Tuvo que esconder bastantes cosas. Pero la quería. Era su amiga, mas Allah de lo circunstancial de el ámbito en el cual la había conocido. Y ella le había presentado a Lucas.

Se puso, también, su jean favorito.

Y subió la escalera, libro por libro.
La voz estaba histérica. Seguía gritándole y cambiando. Era Lucas, eras Maga, eran sus hermanos, era su mama, eran sus mejores amigas, eran sus profesores de la facultad. No se iba a rendir tan fácilmente, al parecer.

¿Quiero que se rinda? ¿Realmente quiero hacer esto?

Empezó a sonar su celular. Con una canción de Iván Noble. Esa en la que decía que nadie estaba muerto. La que le había dedicado Lucas. La que había devenido en canción política. Su tono de llamada.

Estaba en el último escalón. Pero quería saber quien llamaba.

miércoles, 24 de abril de 2013

CAMBIO


Por Gean Rossi.

—No puedo creer que llegáramos a esto. —Fue lo último que le dije, antes de asesinarla.
            Dos niños, una buena casa, ambos con buenos empleos y doce años de casados, ¿qué nos pasó? Pues, su estupidez y su forma de ser me volvieron loco.
            Al principio de nuestro matrimonio, todo iba perfectamente. Nos amábamos tanto que todo el mundo a nuestro alrededor era hermoso, poco a poco nos íbamos adaptando como pareja casada. Luego se unió a este asqueroso mundo nuestra hija, Anne, y con ella empezaron los problemas; discusiones, peleas, una que otra vez nos alzábamos la voz pero nada del otro mundo, puras peleas tontas que no ocasionaron mucho daño a la relación. Dos años después, llegó nuestro segundo hijo, Juan, y con él los problemas se duplicaron: más peleas, más gritos, y hasta un día llegué a alzarle la mano a ella. Las cosas fueron empeorando día tras día, íbamos perdiendo el amor el uno al otro, y lo poco que quedaba de ese amor era lo que nos mantuvo por doce años, hasta que no lo aguanté más, y empecé a reaccionar.
La causa de todos los problemas pasó por culpa de ella, nunca me di cuenta de lo estúpida y tonta que era hasta que un rumor llegó a mis oídos: que andaba con otro hombre.
Lo peor de todo, eran sus amigas, las estúpidas de sus amigas. Vivíamos en una calle ciega y al final de la calle se reunían todas las vecinas (incluida mi esposa Carla), montaban unas mesa y se pasaban la noche entera hablando y echando cuentos. No le daba mucha importancia a esas reuniones periódicas, pues ella se llevaba a los niños y yo me iba a escribir; siempre me ha gustado escribir, y en la casa contábamos con un estudio —que lo utilizaba yo nada más porque a ninguno le interesaba entrar ahí— en el que pasaba horas y horas escribiendo, pensando o simplemente mirando a la pared.
Pero las cosas empezaron a empeorar cuando aquellas reuniones entre vecinas en la calle, fueron trasladadas a dentro de las casas. Sí, se turnaban las casas para reunirse dentro de ellas, como para que pudieran hablar cosas que no querían que nadie escuchara, y precisamente eso hacían. Cuando empezó con esas reuniones dentro de las casas de las vecinas, Carla dejó de llevarse a los niños y los tenía que cuidar yo, lo que hacía molestarme por no poder ir a mi estudio y desestresarme escribiendo. Estas reuniones me fueron preocupando un poco, pero seguía sin darle mucha importancia al final de todo, seguíamos con nuestras vidas y todo bien. Pero empecé a sospechar que algo iba mal cuando estas reuniones periódicas pasaron a ser diarias. Todas las tardes desde las 3:00 pm hasta que oscureciese, esa mujer estaba dentro de una casa hablando quién sabe qué. Y poco a poco era menos el tiempo que yo pasaba con ella, cada día más distante a mi.
Fue cuando comencé a actuar, a buscar información, descubrir qué estaba pasando. Y conseguí lo que quería.
Unas cuantas semanas después desde el día que empecé a recoger información y averiguar lo que escondía mi mujer, yo me hallaba de camino a la casa tratando de medio organizar mis ideas, pero ya era un hecho así que la llamé:
—Hola, ¿dónde estás?
—Pues en la casa, cocinando.
—Ya voy para allá, tengo grandes noticias. —Seguro creería que salí antes del trabajo.
—¿Ah sí? ¿Tan temprano te vienes? —respondió ella alegre, y colgué. Lo que le esperaba no era precisamente alegre.
Llegué a la casa y la encontré en la pequeña mesa de dos sillas que teníamos para desayunar, comía un sándwich de jamón muy bien hecho, Carla siempre fue una gran cocinera, tenía buena sazón, por así decirlo. No me prestó mucha atención cuando llegué sino hasta que cerré la puerta con llave que levantó su cabeza.
—¿Por qué trancas? —preguntó ella con curiosidad.
—Para que no puedas salir.
—¿Por qué iba a querer salir?
—Para encontrarte con tus amiguitas las vecinas, por eso cierro, pues hoy no vas a salir, hoy te quedas aquí escuchando porque tengo muchas cosas que decirte. —Mi voz no sonaba feliz, más bien hablaba con fuerza y propiedad.
—¿Qué sucede amor? —preguntó ella con preocupación.
—Hoy por fin me decidí, tras varias semanas de investigación, tomé mi decisión —Mi fuerte voz producía un gran eco en la casa, sólo éramos nosotros dos, pues los niños seguían en la escuela—. No salí temprano del trabajo, estuve toda la mañana haciendo unas diligencias y entre una de ellas, fui a emitir una carta de divorcio, aquí te traigo los papeles que debes firmar para confirmar el trámite. Toma —le digo acercándome a ella con una carpeta y un bolígrafo.
—¡¿QUÉ?! ¿Cómo es la cosa?
—Lo que escuchaste —dije con tono cortante.
—No, no, no, esto tiene que ser una broma, todo esto es un chiste. —Ella se estaba volviendo loca con la noticia, se paró de la silla, sacó un cuchillo de la cocina y se lo posó en el cuello— ¡TU ME NO VAS A DEJAR A MÍ, SI ME DEJAS TE JURO QUE ME MATO! ¡ME MATO AQUÍ MISMO Y AHORA!
—Bueno haz lo que quieras pero antes tengo que decirte unas cuantas cosas que sé.
—¿Qué sabes? —dijo ella. Temblaba tanto que el cuchillo apuntaba a todas las direcciones menos al cuello.
—Lo que hacías con tus amiguitas en las reuniones. Ellas te mal influenciaron, te empezaron a meter cosas en la cabeza, te volvieron loca y, bajo la presión de todas éstas, empezaste a hacer todo lo que te decían.
—Tú estás loco… Ellas son mis amigas, hablamos de cosas normales ¿qué me pudieron haber dicho?
—Te empezaron a decir que yo no te correspondía, que eras mucha mujer para mí; te alejaban de mí, de nuestro amor. ¿Dónde están los esposos de esas mujeres?, ¿su familia?, ¡NO TIENEN!, ¿y sabes por qué? Porque son unas mujeres malas, mal intencionadas. Para nadie es un secreto que dejaste el trabajo hace más de un mes y que estás saliendo de escondidas con otro tipo por ahí a quién sabe qué. —Poco a poco iba descargando toda la ira contenida en mis palabras, siempre he sido bueno para contener la ira y en ese momento la controlaba perfectamente.
—¿Cómo sabes tú eso? ¡¿Quién te lo dijo?! —Empezó a llorar, no, no llorar, más bien a gemir.
—¿Sabes quién me lo dijo? Natalia, una de tus “amiguitas” de las reuniones, me contó todo lo que hacían, lo que hablaban. Te traicionaron, son todas unas hipócritas entre ellas y contigo, te transformaron. Tú no eras así antes, ¿dónde quedó aquella mujer amorosa que me quería, que me daba besos a cada rato, que se acordaba de llamarme y mensajearme cuando estábamos distanciados por el trabajo? Todo eso se acabó, ahora ya no existe nada de eso de ti. Eres una nueva persona, y no solo te cambiaron a ti, tú me cambiaste a mí. Con tu distanciamiento emocional y físico, empecé a ver las cosas diferentes, ya no soy el hombre de antes, con el que te casaste. Tú fuiste cambiada, yo fui cambiado; ahora no sabemos realmente ni quienes somos… Pero lo que sí estoy seguro es que tú eres una loca, ahora firma los papeles de divorcio y dejemos las cosas como están, tú haces lo que te de la gana y yo hago con mi vida lo que me plazca —concluí yo colocando los papeles del divorcio sobre la mesita.
—¡TE DIJE QUE NO PIENSO FIRMAR NADA! —Y se abalanzó sobre mí con su cuchillo tembloroso.
Esquivé la acción de ella con un reflejo rápido que me salvó la vida de una posible apuñalada. Ella cayó al piso por el impulso que llevaba y me lancé sobre ella aguantándole las manos y haciendo más fuerza en la que tenía el cuchillo.
—¡¿TÚ ERES LOCA?! ¡INTENTASTE MATARME! —Ella gruñía de la ira, las lágrimas se habían secado en su cara lo que le daba un aspecto de destrucción.
—Oh por Dios, ¡Oh por Dios!, ¿qué he hecho? —Ella empezó a llorar otra vez, lancé el cuchillo que tenía en la mano a un lado, éste rodó hasta chocar contra la pared. Me levanté y empecé a llorar yo también.
—Mira como estamos, todo es culpa tuya, ¡me has jodido la vida!
—Amor pero… Esto puede cambiar, volver a lo de antes, el amor que nos dábamos, ¿por qué no recuperarlo? —Ella seguía en el piso sollozando, se notaba que no tenía fuerzas para levantarse, pero no pensé en ayudarla.
—No, amor nada, las cosas ya no van a mejorar, al menos no para ti. Tú eres una persona nueva, ya no eres aquella hermosa jovencita que conocí hace quince años. Todas las mujeres esas con las que te reunías te cambiaron, y después hasta te consiguieron un hombre. Perdiste toda tu humildad y belleza, ahora para mí no eres más que una loca desatada sin vergüenza; te robaron tu inteligencia, tu manera de pensar, prácticamente te lavaron el cerebro. Te volviste loca y ahora me volviste loco a mí.
—Si me dejas… ¡Me mato!, ¡TE JURO QUE ME MATO!
—Si te dejo lo primero que harás es ir con tus amiguitas a contarles todo, y seguramente te casarás con tu nuevo novio que tienes por allí, oh espera… Sí es verdad que los asesiné a todos. Sí bueno, estás sola, por tu muerte no te tienes que preocupar, pues yo me encargaré de eso. —Empecé a reírme luego de decir eso, me acerqué al maletín donde tenía los papeles del divorcio y saqué una pistola. Wii Uhh Wii Uhh. Una ambulancia, policía o lo que fuera venía en camino; alguien había notificado sobre alguna de las muertes que llevé a cabo. Tenía que actuar rápido y además los niños ya debían estar de regreso de la escuela.
Me acerqué a ella que aún estaba tirada en el suelo.
—Oh por Dios, ¡Esto puede cambiar! ¡NO LO HAGAS! —Yo creo que ya no le quedaban lágrimas porque intentaba llorar y no podía, se veía destruida y devastada, pero eso no me iba a detener. La apunté con el arma, directo a la cabeza.
—No puedo creer que llegáramos a esto. —Fue lo último que le dije, antes de asesinarla.
La sangre y parte de sus sesos se extendió por toda la habitación, me temblaban las manos, y de pronto alguien abrió la puerta de la casa.


martes, 23 de abril de 2013

Traición


Por Gloria Antúnez.

De aquella noche ya hace tal vez dos años, pero aún recuerdo aquel impactante suceso. Había huido del campamento para tomar un respiro. La noche estaba más oscura que nunca y la luna emitía un pequeño resplandor pero que apenas y dejaba entrever el camino que había decidido seguir. Así fue como logré ver todo aquello.
La mujer bien podría haber tenido entre unos 25 a 26 años. Poseía una cabellera plateada que le llegaba hasta la cintura. Su figura curvilínea y hasta se podría decir delicada la hicieron parecer etérea bajo la pálida luz de la luna. Observé cómo sus ropas estaban rasgadas, incluso noté que estaban llenas de barro.
A través de sus rasgos supe que provenía del Clan de los lobos grises. Una manada vecina a la mía, el Clan rojo. La mujer era sin duda una belleza aprecié, aunque a su alrededor se alzó un aura de tensión hacia la persona que estaba frente a ella.
—Cómo puedes traicionarme de esta manera, Alaric.
“¿Alaric?” repetí el nombre dentro de mi mente. La mujer había gritado el nombre pronunciándolo como si fuera una maldición. Yo me había colocado tras unos árboles en contra del viento para que ninguno pudiera captar mi olor. La distancia entre ellos y mi posición no era mucha.
—Esto es lo que soy, no puedo cambiar mi destino, nadie puede.
Escuché que el hombre decía; su voz se apreciaba ronca y gruesa a mis oídos. Me asomé entre los pequeños arbustos para verlo mejor.
—Gaia, no hagas esto más difícil de lo que ya es.
Cuando lo hice logré vislumbrar completamente la figura del hombre. Y este no era uno del Clan. Sino que un enemigo de otra raza, vampiro. Lo supe no solo por el color rojo de sus ojos si no que cuando giré la cabeza a un lado capté el olor característico de ellos.
La mujer estaba en posición de defensa minutos después de que logrará ver bien a su acompañante, el hombre o más bien el vampiro pasó el dorso de su mano por el borde inferior de su labio como limpiándose algo con ella.
Un siseo comenzó a filtrarse desde los labios del vampiro. El hombre atacó a la mujer que respondió al nombre de Gaia. Esta logró esquivar por poco el golpe mortal de aquellas garras. Aunque resultó herida en el hombro. El miedo me había dejado inmóvil.
Los vampiros siempre fueron nuestros enemigos sin importar el que. Que aquella loba, del clan gris se hubiera juntado con uno de ellos; era considerado alta traición. Si otro del clan lo supiera moriría sin juicio.
***
Alaric tembló de rabia y miedo. Cada parte de su alma había protestado por cada una de sus acciones. Su corazón, era de aquella mujer del clan de lobos grises, quien había estado parada frente a él, y que desde el mismo momento en que aquella palabra: “destino” había salido de su boca lo miraba con desconfianza y miedo.
Y ella tenía en que basarse para acusarlo pues le había herido y hecho, tanto heridas físicas como emocionales; desde el mismo momento en que  había levantado la mano en su contra.
Pero ya no podía dar marcha atrás en el tiempo.
******
Gaia respiraba con dificultad,  a medida que esquivaba los golpes de aquellas poderosas garras. La luna brilló sobre ella en el cielo, pudo haberse convertido ya hace tiempo en su forma lobuna pero no lo hizo, debido a que tenía la esperanza de que él recapacitara en algún punto.
—¡No puedes!
Aquel grito había desgarrado el silencio y abarcado todo el lugar.
Como si hubiera sido un lamento. El lamento de una Vanshee. Su transformación llegó rápido, la adrenalina de ser atacada tan reiteradas veces fue el detonante. En su forma de lobo el pelaje que recubría su piel era de un color gris que se asemejaba a la plata en la noche.
Alaric la observó fijamente, para aquellos que no supiesen ver, se vería indiferente. Para el espectador del clan rojo quien se hallaba oculto dentro de los arbustos era como si viera la batalla entre dos almas.
La mujer esquivaba y trababa de atacar en su forma de lobo. Gruñidos, rugidos y siseos parecidos a los de una serpiente se dejaban escuchar. La pelea parecía una maraña de cuerpos. Un aullido se dejo escuchar de lejos antes de que los dos contendientes se quedaran paralizados por unos minutos. Los presentes sabían que significaba aquello, ya no había más tiempo. Uno de ellos tendría que morir para que el otro sobreviviera.
Alaric arremetió contra Gaia mientras esta trataba de morderlo y esquivar sus ataques. Tano el lobo hembra como el vampiro, parecían parejos. El jadeo de ambas criaturas era audible en el silencio del bosque. En tanto el lobo rojo, permaneció inmóvil, fascinado y aterrado por aquella danza mortal que parecía no tener fin.
Alaric logro encajar una de sus garras en el muslo del animal y este quedó con una gran herida abierta. Esta sangraba profusamente y la loba empezó a disminuir el ritmo de ataques. El combate entre ambas razas no era uno de fuerza sino de rapidez. La loba pareció aturdida desde el comienzo. Incluso en sus ojos ámbar en forma de lobo, se podía vislumbrar la incredulidad de lo que estaba haciendo.
Sin embargo Alaric ni siquiera pareció dudar de sus ataques. La mujer lobo emitió un quejido antes de caer al suelo de nuevo ya en su forma humana. Su cuerpo temblaba de miedo, desesperación y sobre todo de rabia. Una que la estaba cegando. Se arrastro cómo pudo con la herida abierta en el muslo tratando de huir, más no pudo.
Alaric se cernió sobre ella, aún con sus ropas hechas girones y con su sangre negra manando de diversas áreas en su cuerpo.
—Te dije que huyeras.
Las palabras de  Alaric sonaron frías y distantes. Más sus ojos traicionaban aquellas duras palabras.  Gaía podía ver el tormento ante el cual se estaba sometiendo. Ella misma se sentía estúpida por haber querido estar cerca de alguien a quien no debió amar de ninguna manera. Y mientras los aullidos se escuchaban más de cerca.
Ella lo observo desesperada. Si lo descubrían los de su clan, ella sobreviviría pero una parte de su alma no lo haría. Lo amaba después de todo.
—Tú decides…  —aquellas palabras salieron más en un susurro entrecortado que otra cosa. —Te lo dije aquel día. Tu vida y la mía están entrelazadas. Decide mi destino antes de que lleguen los otros. Además… tenemos un observador. No creo que intervenga. Los rojos son cobardes por naturaleza.
Aquello sorprendió a Alaric quien en ese momento seguía mirando fijamente a Gaia, quien estaba respirando agitada en el suelo. Ambos estaban hechos trizas. Ninguno de los dos se había contenido. Pues no estaba en la naturaleza de ambos.
—Gaía…
Alaric seguía con su garra alzada por encima de ella solo que ahora a centímetros del pecho. Solo un golpe más y podría acabar con ella. El escucho un ruido como de pasos alejándose de lugar “Así que Gaia había tenido razón…” pensó indiferente antes de mirarla de nuevo.
Gaía cerró los ojos resignada; respirando con dificultad no quedándole ya fuerzas.
“Tengo que hacerlo” se dijo Alaric mientras su alma lloraba a gritos que no la matara.
—Decide… —Lo insto ella.

EL FUEGO Y LA ESPADA


Por Cintia Gutiérrez.


 La joven corría por las calles de Muguet, teniendo esa espantosa sensación  de que su vida estaba en peligro una vez mas; la oscuridad de la noche, la quietud del barrio de casa bajas y ventanas cerradas marcaba  la sensación de soledad y desesperación en su corazón de perseguida.
Sacudió la cabeza mientras seguía  corriendo,  tenía que calmarse para poder pensar. No hay país más seguro que Montaigne, ni condado mas tranquilo que Aur para todos aquellos hijos del fuego que quieren un lugar para vivir en paz, lejos de Castilla y los perros inquisidores que le dan caza como a animales.
Leonora había visto como sus padres eran asesinados por esos malditos fanáticos de la cruz cuando era una niña pequeña, perdiendo su casa, bienes, titulo, todo… menos su vida y su don de controlar el fuego que ardía en  su corazón.
 A lo largo de los años, cambio de nombre y de lugares muchas veces, esquivando a sus captores; fue prisionera y vio como torturaban y asesinaban a otros magos del fuego interior pero, un día, conoció a Dominique y su extraño don para abrir portales de un lugar a otro; juntas pudieron escapar de la inquisición y de Castilla, llegar a  Montaigne y refugiarse en la corte de ese país de  arte, humor y libertad de pensamiento, al menos, en apariencia.
Al doblar por una esquina vio luz que salía de una casa, al acercarse escucho ruido, música y risas, se acercó aún más  y descubrió la parte de atrás de una taberna, en su interior había un grupo de mercaderes con ropa colorida bebiendo y jugando a los dados, junto a algunos nobles que apostaban, sólo ese  escenario percibía por la pequeña ventana. Decidió entrar para beber una copa y esperar a ver si sus perseguidores se atrevían a entrar allí a sacarla por la fuerza.
Dominique le había dado lecciones sobre las costumbres del lugar,  por eso sabía que permanecer en la taberna por mucho tiempo no era lo mas recomendable para una joven sola, menos si tenia un vestido elegante de corte bajo la capa. Sigilosamente dio vuelta al edificio y se encaminó hacia la entrada cuando un hombre alto, ataviado de negro y armado con un sable apareció de la nada y  se interpuso en su camino.
-¿Quieres beber algo pequeña bruja?- Le dijo el sujeto con un extraño acento, delatando que también era un extranjero.
Leonora miró por la puerta, en el interior un hombre tocaba el piano entre la risotada de unas damas con poca ropa y unos caballeros con copas de vino en sus manos, nadie les prestaba atención.
-Eso no es asunto suyo.- le contestó mirándole a los ojos mientras intentaba acercarse a la puerta.- Si quiere dinero le doy lo que tengo, luego lárguese y déjeme en paz.-
Acto seguido, la joven metió la mano dentro de la capa para extraer la bolsa con 50 soleis ( moneda local) que le había entregado Dominique, pero interrumpió su movimiento cuando escucho la sonora y maliciosa risa del sujeto.
-Si quisiera dinero no estaría perdiendo el tiempo persiguiéndote, pequeña escurridiza.- El sujeto llevo la mano al pomo de la espada y corrió su capa del lado derecho, dejando ver el estoque que llevaba colgado del cinturón, con la intención de amedrentarla.
Leonora apretó los puños para contener la rabia, ese hombre estaba humillándola, llamándola “pequeña” mofándose de su baja estatura o, tal vez, provocándola para que volviera a perder el control como en el castillo del conde.
-Entonces ¿Qué demonios quiere? ¡Dígalo de una vez!- Suspiró y ,sin apartarle la mirada, colocó ambas manos en su cintura como para marcarle que no portaba armas. – ¿Va a matarme sin que me pueda defender? ¡Sea hombre y responda mi pregunta!-
El sujeto se tomó unos minutos para estudiarla de pies a cabeza y luego en tono burlón dijo:
-Tienes tus encantos, aunque en “pequeña proporción” comparado con las mujeres de Montaigne. Pero no son mis caprichos los que tienes que satisfacer, sino los de mi señor: Roberto Bernoulli, parece que le gustan las mujeres fogosas y tú has dado un buen espectáculo en el jardín del duque. No puedes juzgar al hombre por estar interesado en conocerte-
Leonora se llevó las manos al pecho intentando calmar el frenético latido de su corazón, este hombre había sido enviado por ese pervertido, ebrio de la fiesta ,que la había hecho enfadar tanto que reveló su poder, manipulando magicamente las llamas para mantenerlo a raya y luego teniendo que huir, sin siquiera  hablar con su amiga.
-No lo he lastimado, sólo le mostré que conmigo no se juega ¡Eso va a para usted también! Si ya me vio actuar entonces se imaginará que es lo que puedo hacerle si se atreve a desenvainar esa espada.-
El sujeto volvió a emitir esa siniestra risotada.
-Claro que conozco el poder de los magos del fuego interior. De hecho, solía trabajar para los inquisidores castellanos pero era aburrido, demasiados fanáticos y  fáciles de liquidar por dinero
. Pero los Bernoulli pagan igual de bien y disfruto con sus excentricidades.  Además no tratan tan mal a las mujeres, ni siquiera a las que les chamuscan las plumas de sus sombreros. – El sujeto hizo una pequeña pausa para estudiar el rostro de la joven, percibir su miedo, detectar algún movimiento.  - Le sugiero que me acompañe tranquilamente y mi espada quedara guardada en su sitio pero… si intenta alguna tontería, no solo yo sacaré mis armas, mis amigos ocultos en la oscuridad también lo harán. Y, para que vea lo “caballerosos” que podemos ser en Vodacce, tendremos la amabilidad de escoltarla a las afueras de la ciudad.-
Leonora intentó vislumbrar a los otros “amigos” del sujeto de negro, pero le resultaba imposible, eran muy sigilosos, podían estar en cualquier parte, moverse era un riesgo, pero dejarse secuestrar, definitivamente no era una opción.
Cuando estos pensamientos cruzaron por su mente sintió una mano en el hombro, giró su cabeza y vio a un hombre alto, rubio, de brillantes ojos celestes y bigote perfectamente recortado; su atuendo era el de un noble, sobre el pecho llevaba el emblema de una escuela de esgrima, por la escasa luz no pudo distinguir de cuál se trataba, estaba armado con espada y main gauche[1], aparentemente pensaba intervenir en la contienda.
-Me preguntaba por que la dama permanecía de pie en la puerta sin entrar, claro… una sombra parlante se lo impedía.- Tras decir estas palabras el caballero rubio dio unos pasos y se puso frente a Leonora.- Permítame señorita, yo arreglare el asunto para que pueda beber su copa de vino.- El caballero completó su frase con una leve inclinación de cabeza, luego giró sobre sus talones, colocándose de frente al sujeto de negro.
La joven pudo ver sombras moverse entre la oscuridad, suponía que eran los secuaces del vodaccio que intentaban atacar al caballero rubio por la espalda.
-Veo que no esta solo “señor sombra”. Cinco contra una dama es algo desigual y cobarde ¿No le parece?-
La voz del caballero rubio era suave y agradable, como la de todos los hombres de Montaigne pero su tono era firme, estaba decidido a enfrentarse contra todos esos enemigos por una desconocida. El corazón de Leonora dio un brinco de emoción ante la actitud de ese valiente,  pero se contuvo; eran demasiados contra uno solo, debía ayudarlo de alguna manera.
-Me parece  que se esta metiendo en un asunto ajeno, señor… “Valroux”.- El sujeto de negro había cambiado  su expresión burlona por una seria, sin dudas conocía la fama de las escuelas de esgrima montaignesas y de los certeros duelistas de Valroux, sin embargo confiaba en la superioridad numérica en caso de tener  que despachar al impertinente. –Debería volver a su mesa.-
-¿Debería? Jajaja.- Rió sonoramente el caballero rubio.- Tal vez no sea lo mas prudente, confesarme ante unos extranjeros, pero… sepan ustedes, me refiero a todas las “sombras cobardes” que se esconde en la oscuridad, ¡Que el deber de un caballero es proteger a una dama! Por lo tanto les doy la oportunidad de retirarse antes de que desenvaine mi espada y acabe con sus miserables vidas.-
Leonora sonrió triunfante, otro hombre valiente en este maravilloso país. La expresión  socarrona del sujeto de negro había desaparecido, sin dudas estaba nervioso; sin embargo, no iba a rendirse tan fácilmente.
-Muy bien.- Concluyo  el vodaccio poniéndose en posición de duelo.- Al menos déme su gracia; así sabré que nombre debo escribir en su tumba.-
- Me llamó Armand Le´Pike y créame, no seré quien muera esta noche. También sería conveniente que se presentara, así no tendría que llamarlo “señor sombra”.- El caballero rubio desprendió su capa y la arrojó al suelo, desenvaino su espada y main gauche, paseando su mirada por la zona, intentando percibir ataques a traición.
- Con que el hijo del marques de Muguet defiende a una bruja… En mi tierra se burlarían de usted y semejante desperdició de la vida. Será una buena anécdota cuando les cuente a mis parientes, los Caligari. Mientras aún respira, puede llamarme Zorrento.- Tras estas palabras el sujeto dio un paso adelante y, con un rápido movimiento de la espada intentó llegar al cuello del señor Le´Pike.
Sin embargo el caballero rubio se anticipó a su movimiento, cruzando su main gauche para bloquear el ataque y, con una gran juego de piernas,  se ubicó a la diestra de Zorrento, allí logro darle un corte a la altura  del hombro  con su fina espada. Leonora pudo escuchar el gruñido del vodaccio, similar al de un lobo herido por un cazador, y luego como gritaba unas palabras en su idioma natal  llamando a sus compañeros.
Una sombra se abalanzó por detrás de Armand, intentando clavarle una daga, pero él fue mas rápido, con una floritura veloz como el rayo giró su espada hacia atrás, cortándole el cuello a su enemigo, sin siquiera voltearse para verlo.
 Su atención estaba en Zorrento quien también era bastante bueno con el sable, lo suficiente como para realizar una finta y cortar los botones del chaleco de Armand con su brazo herido.
              -Tuvo suerte señor Le´Pike, pero aún seguimos siendo cuatro contra uno y no podrá predecir los movimientos de todos.- Dijo el sujeto de negro acercándose a al caballero rubio chocando su sable contra el main gauche y empujándolo hacía atrás.
- ¡Tenga cuidado, señor Armand!- Le advirtió Leonora.- ¡Un enemigo a su izquierda!-
Pudo moverse rápidamente pero no lo suficiente, la daga de la sombra traicionera emitió un corte a la altura de su cadera, no muy profundo, pero lo suficiente como para lentificar sus movimientos. Armand ejecutó otra floritura que logro desarmar a su atacante, sin embargo dejo su flanco derecho libre para que Zorrento pudiera clavarle su estoque.
-Supongo que en su país se acostumbra a ganar a cualquier precio, en el mió nos acostumbramos a no rendirnos con facilidad.- le dijo el caballero rubio apretando los dientes para resistir el dolor.
La joven veía la complicada  situación para su héroe, volteo su mirada unos segundos a la taberna, nadie parecía enterarse de la pelea en la puerta, pensó en ir por ayuda, tal vez pedir prestada una espada, acordándose de unas lecciones de esgrima había recibido en sus viajes. Cuando estas cuestiones pasaron por su mente escucho un  sonido terriblemente familiar; la percusión de un arma, el tercer secuaz del vodaccio estaba escondido cerca suyo preparando una pistola para dispararle al señor Le´Pike, sin tener mas opciones que usar su poder Leonora no dudó y desató el infierno.

La explosión del arma cortó la música del piano, las damas dejaron de reírse y varios hombres se acercaron a la puerta, Philipe Le´Pike apuró su bebida, tomó sus armas, se calzó el sombrero y se encaminó hacia la puerta, seguido por sus subordinados quienes abandonaron sus respectivas compañías.
-¡Señores abran paso a los mosqueteros del Empereur!-  Dijo Philipe con voz enérgica.- Es hora de poner orden.-

Zorrento estaba a punto de darle el golpe definitivo al engreído montaignes cuando lo sorprendió la explosión. Gilberto, uno de sus compañeros salió despedido varios metros cayéndole encima.
Armand puedo ponerse en pie y  recobrar el aliento mientras miraba asombrado el espectáculo; la jovencita, tenia los ojos encendido cual llamas de candelero, las luces de la puerta danzaban cerca suyo desprendiendo mariposas de fuego que se dirigían de forma precisa sobre las espaldas de sus enemigos encendiendo sus ropas, uno de los sujetos yacía en el piso, a escasos metros del caballero rubio gritando y maldiciendo en su idioma, la explosión del arma había desintegrado su mano izquierda y estaba sangrando.
Zorrento se levanto furioso, dio unos pasos decididos hacia Armand, pero se detuvo cuando escuchó una voz de alto. Giró su cabeza y reconoció el uniforme de los mosqueteros, problemas con la ley era lo menos conveniente,  uno de sus compañeros estaba muerto por perseguir a la bruja, otro imposibilitado de usar su mano izquierda; luego de hacer esa rápida evaluación sus posibilidades de cumplir el encargo de Bernoulli eran nulas, por lo tanto sólo quedaba resguardar su pellejo.
-Nos volveremos a encontrar, señor Le´Pike y saldaremos cuentas.- El dijo el vodaccio para luego ocultarse entre las sombras.
Armand todavía estaba perplejo por el extraño poder de la señorita cuando su enemigo se marcho.
-Cálmese.- Le dijo suavemente, esbozando una sonrisa.- Sería una verdadera pena que una mujer hermosa terminara en la cárcel por culpa de estos miserables.-
Leonora pestaño varias veces y apagó las llamas, luego, agachando la cabeza  y se disculpo ante el caballero rubio.
-Siempre que hay problemas en la ciudad tu te las ingenias para estar en el medio, hermano.- Dijo el capitán acercándose a la pareja.- Escucho tus explicaciones.- Philipe detestaba a su  Armand, lo consideraba un bueno para nada, arrogante y torpe, capaz de meterse en problemas por una falda, incapaz tomar seriamente las cosas.
-Es simple, unos bodaccios atacaron a la dama y yo la defendí; algo normal para un verdadero heroe.- Respondió Armand, sin darle importancia a los comentarios de su hermano. Él lo consideraba estructurado, incapaz de pensar o sentir más allá de su deber.
-¿Normal?- Philipe posó su mirada en Leonora.- La magia destructiva del fuego no es normal. Ni siquiera para nuestros enemigos los castellanos, que persiguen a estos magos; tratando de erradicarlos en vez de comprender su poder para usarlos a su favor. En Montaigne no somos tan entupidos, siempre y cuando no cause problemas será bienvenida en estas tierras.
-Mi hermano sin dudas investigara pero… seguro que los vodaccios buscaran venganza, en ese caso yo estaré aquí para enfrentarme nuevamente a ellos o quien perturbe su afable existencia, estimada señorita.- Armand hizo una reverencia ante Leonora, la joven confiaba que sus nuevos amigos sin dudas la cuidarían de las dificultades venideras,
Por fin estaba en el lugar correcto.
FIN


[1] Main gauche es una daga especial diseñada para ser usada en la mano izquierda el las luchas de esgrima, dentro de las escuela de Montaigne Valroux es quien enseña el uso de esta arma para detener un ataque.