domingo, 29 de diciembre de 2013

La inocencia de Gean Rossi


Por Juan Esteban Bassagaisteguy.

La discoteca La Embajada estaba repleta de gente, y no cabía ni siquiera un alfiler.
Los jóvenes de la ciudad de El Tigre, en el estado de Anzoátegui ―Venezuela―, se congregaban en sus instalaciones no solo los fines de semana, sino también en cada ocasión en que la disco abría su puertas con motivo de festividades especiales.
Y la Navidad del 2013 era una de ellas. Los dueños del lugar habían anunciado, sin dar más datos, un show único que comenzaría a las cuatro de la madrugada del veinticinco de diciembre, y la expectativa había crecido hasta límites insospechados.
Junny DJ, imponiendo desde su cabina las últimas novedades de la música electrónica, el tecno y el dance, hacía saltar frenéticos a los cientos de personas que allí se encontraban.
Gean Rossi, claro, no había faltado a la cita anunciada con bombos y platillos. Había brindado con su familia con la llegada de la Navidad y luego, como habían quedado previamente, se había encontrado con Carlos, Jonatan, Katherine, Mila, Kimbery y los demás. Todavía le costaba identificarlos como ex compañeros del bachillerato pero, en su fuero interior, sabía que tenía que disfrutar de la compañía de sus amigos como nunca antes: pronto, cada uno buscaría nuevos horizontes ―él pensaba seguir la carrera de Contaduría Pública―, algunos fuera de El Tigre, y, quizás, pasarían meses antes de volver a verse con alguno de ellos.
Desde que habían egresado de la U.E. Luisa Cáceres de Arismendi, hacía menos de un mes, Gean y sus compañeros ―«ex compañeros», se recordó para sí en medio del punchi punchi musical― no perdían ocasión para encontrarse en La Embajada y disfrutar cada noche, entre miles y miles de carcajadas (y alguna copa de más), como si fuera la última.
―¡Y ahora… el momento cúlmine! ―anunció Junny DJ por los altavoces del lugar―. ¡Lo que todos ustedes estaban esperando! ―Una versión electrónica de la canción The Final Countdown comenzó a sonar, y los gritos de júbilo y algarabía ganaron el lugar―. ¡La sorpresa de la noche! ¡Un show único! ―Gean, Carlos y Jonatan avanzaron como pudieron, entre apretujones, codazos y miradas furtivas, hasta el límite mismo del escenario de La Embajada; las chicas quedaron algo más atrás―. ¡Diosaaa… Canales! ¡Y Mic Baby J!
La escultural morocha ocupó el centro del escenario, acompañada por el cantante y cuatro bailarines. Ataviada con un gorro navideño, una minúscula minifalda ―que poco dejaba a la imaginación― y dos trocitos de tela negra cubriendo sus enormes pechos, comenzó a moverse al ritmo de su canción «Rompe el celofán».
El playback de la cantante y vedette, por supuesto, se hizo notar la noche en La Embajada. Pero eso a Gean poco lo importó. No lo podía creer. La tenía a menos de cinco metros. Y las tetas de Diosa, que parecían tener vida propia, se bamboleaban frente a sus ojos de aquí para allá, sudorosas, calientes… turgentes.
El joven había sido uno de los treinta mil twitteros que, en secreto, habían gozado del striptease que la vedette había realizado en 2011 vía twitcam y, desde ese entonces, no le había perdido pisada a todo lo relacionado con ella (la prensa televisiva del mundo del espectáculo se regodeaba con las locuras y los escandalosos romances de Diosa). Su desempeño como cantante era horrible, pero eso lo tenía sin cuidado: esperaba con ansias el día en que la modelo regresara a El Tigre, su ciudad natal ―a la que no volvía desde hacía años―, para poder verla de cerca. Y ese increíble momento había llegado.
Cuando terminó de cantar «Rompe el celofán» y los acordes de «La Falda (Tanga, Tanga, Tanga)» comenzaron a sonar, la vedette le clavó su mirada y, con el dedo índice de una de sus manos, le señaló con un sensual gesto ―acompañado del movimiento de sus increíbles caderas― que subiera al escenario. Gean tembló. Sabía de memoria que el show erótico que acompañaba ―siempre― a la canción tendría como protagonista principal a la morocha y a alguien del público.
Y, entonces, su timidez pudo más y huyó despavorido hacia la entrada de La Embajada, donde habían quedado relegadas por el público masculino Katherine, Mila y Kimberly. Desde allí, junto a sus amigas (quienes no podían ocultar sus evidentes gestos de fastidio desde la irrupción de la modelo en el escenario del lugar), lo observó todo.
Justo cuando finalizó la actuación de Diosa Canales y Mic Baby J, y la música electrónica de Junny DJ volvió a endulzar sus oídos, sintió la presión titánica sobre su antebrazo derecho.
―Señor, venga con nosotros ―dijo un mastodonte de traje y anteojos negros, que parecía medir dos metros. Su oscura piel le daba un aspecto aún más sombrío. Otro enorme sujeto lo acompañaba.
―Yo… ―No pudo continuar hablando. Los dos hombres lo levantaron de sus brazos y sus pies dejaron de tocar el suelo. Sin ninguna pizca de esfuerzo, lo trasladaron fuera de la discoteca. Allí esperaba una limusina negra de vidrios polarizados. Cuando el chofer de la misma vio salir a aquellos dos llevando a Gean, abrió la puerta trasera de la misma. Y allí fue a parar el joven, depositado en el asiento del auto por los dos gigantes como si de una plumita se tratara.
La infartante vedette estaba sentada allí. A pesar de que sus curvas generosas eran el objetivo central de cualquier mirada masculina, lo primero que vio Gean era que, todavía, llevaba puesto el ridículo gorro navideño.
―No estoy acostumbrada a que me rechacen ―dijo ella, descruzando las piernas y apoyando una de sus manos en el muslo derecho de Gean, por encima de su rodilla. El joven sintió la suave presión de aquellos dedos sensuales, y percibió cómo algo crecía bajo sus pantalones―. ¿Qué pasa, te comieron la lengua los ratones? ―sonrió Diosa.
―Es que… todo esto me parece increíble ―balbuceó Gean―. Soy muy tímido y... ―Ella no lo dejó continuar. Sus labios encontraron los del joven y este se dejó llevar. A pesar de la diferencia de edad (Diosa Canales tenía veintiséis años y Gean recién había cumplido los diecisiete), la intensidad sexual ganó ambos cuerpos y, en menos que canta un gallo, ella se encontraba sobre él y había perdido su soutien negro. El joven podía sentir en sus manos la firmeza de aquellas nalgas trabajadas en horas y horas de gimnasio.
La limusina arrancó y el movimiento acompasado del automóvil por las calles de El Tigre provocó que las lolas desnudas de Diosa bailotearan, monumentales, antes los ojos de Gean.
―¿Puedo preguntarte algo? ―inquirió él, en medio del frenesí sexual.
―Sí, claro, pero que sea rápido. Estoy ardiendo. No doy más.
―Yo quiero, en un futuro, ser un escritor reconocido. ―Diosa Canales abrió los ojos como platos, aunque sin dejar de moverse sobre los muslos de Gean―. Y tú ya has publicado un libro. «Confesiones: Soy tu Diosa».
―Cuánto sabes de mí ―dijo la vedette, y su lengua recorrió el interior de la boca del joven hasta el más recóndito de sus rincones.
―Sí, soy tu fan ―respondió él, separando sus labios. No podía más, y si no le hacía en este momento la pregunta que lo carcomía por dentro desde que Diosa había publicado su libro, sabía que no tendría otra oportunidad. Como pudo, articuló en palabras su idea―: ¿Qué quisiste decir con aquello de que «para hacer un libro no hay que ser una gran escritora» y que «lo que importan son mis ideas», en la nota que te hizo Globovisión? O sea, intento adquirir todos los conocimientos que puedo sobre el tema en talleres literarios, pero tu aseveración me descolocó por completo.
Ella sonrió al contestar:
―Cada vez me gustas más ―dijo. Deslizó su minúscula tanga y los cuerpos, finalmente, formaron una comunión indisoluble. Gean sintió que todo vibraba en su interior, y cerró los ojos extasiado―. Ojalá… nunca pierdas… esa inocencia ―gimió ella al borde el orgasmo―. Ven, que te explico.
Diosa Canales tomó la cabeza del joven, entrelazó sus dedos en su nuca, y la llevó al medio de sus senos. Él se perdió para siempre en ese oasis de calor infernal.
Y la noche de El Tigre, oscura y seductora, envolvió a la limusina negra de vidrios polarizados que atravesaba sus calles, succionándola febril.


sábado, 28 de diciembre de 2013

Mamá, tampoco

Por Raúl Omar García.


Habían sido los ataques de ira de William los que lo habían abocado a la desdichada situación en la que se encontraba. Por más medicado que lo mantuvieran en el hospicio, nada conseguía proporcionarle consuelo, a pesar de que no recordaba ni el más mínimo detalle de los atroces hechos. Llevaba internado desde las últimas Navidades, fecha en la que se había desatado el horror, y no había terminado preso por ser menor de edad; aunque no se salvó de ir a parar al loquero.
En noviembre del presente año, le habían comunicado que una pariente lejana había reclamado la tutela de su persona, una tía abuela paterna a la que jamás había oído nombrar.
Ocurrió que dicha señora residía en un sitio llamado La Riestra.
«Es campo», informó al joven la asistente social, la misma que habría de encargarse del traslado a su nuevo hogar.
El «día D» sobrevino precisamente para Pascuas. Will pasó la fiesta brindando con algunos de sus compañeros, y también con los enfermeros y el personal de limpieza y de seguridad. El corcho de una sidra sin alcohol le impactó directo en la mollera, y él interpretó ese golpe como una señal de buena fortuna. Ya había preparado su valija durante la tarde del día veinticuatro, así que no tenía de qué preocuparse.
El viaje le resultó largo y tedioso. Casi no cruzó palabras con la mujer que conducía. La trabajadora social era una dama estricta, pero, gracias a los meses que hacía que la conocía, el adolescente sabía que podía ser bastante benévola si se lo proponía.
Luego de varias horas a bordo del Volkswagen Bora, bordearon un inmenso sembradío de girasoles. No avistaban ningún indicio de civilización desde hacía un buen tiempo, hasta que, al fin, William pudo vislumbrar el techo de una construcción en la distancia.
—¿Allí es? —inquirió Will, ansioso. Y, entonces, el auto se detuvo.
—No quiero ser injusta contigo, Bill. —La asistente social tragó saliva, abrió la guantera y extrajo una tarjeta—. Telefonéame si necesitas algo, lo que sea. No importa lo que hayas realizado en el pasado. No tienes que pagar culpas por nada, ¿me crees? No eras responsable de tus actos.
William era consciente de que se refería a la muerte de su familia, aunque…
—No alcanzo a comprenderla del todo.
La mujer accionó el motor, y sentenció:
—Ya entenderás.
Cuando arribaron a la entrada de la vivienda, una nube de polvo se elevó alrededor de los neumáticos del vehículo y la pareja de viajantes descendió de él. Antes de llegar al inmenso boquete que ostentaba la fachada a modo de umbral de la puerta, pero desprovisto de ella, una mujer de proporciones descomunales asomó por allí, y Will adivinó el motivo de tan asombrosa abertura. Esa elefanta no podría haber traspasado una puerta normal ni de casualidad.
Cada paso que daba parecía apisonar el terreno que soportaba su peso. Las carnes de los tobillos se desparramaban como trozos de mondongo por sobre las tiras de cuero de sus sandalias, o lo que fuera que llevara por calzado. Ataviada con un vestido que se asemejaba a un camisón de dormir, de un blanco amarillento, la dama mamut bamboleaba las tetas enormes, las cuales rebotaban sobre su prominente vientre. Mostraba el cabello suelto; largo y blancuzco, se extendía hasta la espalda. Sus ojos eran dos ranuras sucias que daban la impresión de desaparecer entre sus pómulos carnosos.
«Papá Noel es mujer, y es mi tía abuela», pensó William, pero, por alguna razón, la idea no le produjo gracia.
—Señora Del For —pronunció la asistente social extendiendo la mano.
—Amelia, por fin me has traído al querubín. —La señorona apretó la mano de la aludida, y Will se figuró que se la estrujaba hasta reventarla. Lo imaginó porque la manita de la joven era engullida dentro de la manota de su supuesta tía—. Con que tú eres el nieto de mi hermano, ¿eh? Sí que eres cachetón —dijo, pellizcando una de sus mejillas—. Vamos, dilo: ¡chusma, chusma! Jo, jo, jo.
El rostro del chico se tornó rojo, y una vena se le hinchó en la frente. En aquel momento, Amelia intervino, apoyando un brazo protector sobre los hombros del muchacho.
—Señora Del For. Ya hablamos del síndrome que padece Wi…
—Sí, sí —interrumpió la tía—. Su problemita con la intolerancia. Proviene de familia, sé de qué se trata. —Como si de pronto cayera en la cuenta de que había dicho una barbaridad, la señora Del For aclaró—: No de la mía, por supuesto. Mi difunto esposo era un hombre muy temperamental, ¿sabe? Descuide usted. El nene estará bien conmigo.
—La custodia es temporal, señora. William no puede vivir en estas condiciones.
—Oh, la señorita decide, ¿cierto? Vaya con Dios, hija.
Amelia se inclinó y le ofreció un beso de despedida a William.
—Llámame —le susurró al oído. Will se ajustó las gafas con el dedo índice y asintió. Amelia se arrimó al auto, abrió la portezuela trasera y sacó de allí el modesto equipaje del niño, y se lo entregó.
—Hasta pronto —saludó la asistente, y se subió al coche. Cuando este se perdió de vista, William experimentó una verdadera congoja, que le oprimía el pecho.
—Hasta que al fin se fue esa puta —soltó de pronto la mujer gorda. William se dio la vuelta, sorprendido.
—¿Cómo dice?
—William Casanova Santos. Jo. Dudo que con esa cara seas un casanova, y, por cómo te comportaste con tu familia, de santos no tienes un carajo.
—No le permito…
¡Plaf!
El cachetazo que recibió el chico fue lo que se dice un soberano soplamocos. Los anteojos le quedaron torcidos, los ojos, vidriosos, la nariz le cosquillaba y el labio inferior se había partido.
—Vamos, enséñame tu bipolaridad. ¿Te pones verde, o algo así?
Will no prestaba crédito a lo que le acaecía. Esa mujer estaba demente.
—Confiésame una cosa, Bill. ¿Crees en Papá Noel? —El joven no sabía qué responder a aquello.
—No —balbuceó. Y dijo la verdad.
—Claro que no. Ya tienes pelos en las pelotas para aceptar esas cosas. Pero déjame que te revele algo. Al fin y al cabo, es Navidad, Jo, jo, jo.
«Diablos», pensó Will, «Mamá Noel está desquiciada».
Siguió a la mujer hasta la parte posterior del edificio. Marchar detrás de semejante trasero le inspiraba repugnancia. Desde esa posición, le era posible contemplar cómo las carnes de sus grasientos muslos se rozaban entre sí. Si pudieran, sacarían chispas.
Cuando la tía se giró para enfrentarlo, Will amagó a protegerse con su bolso.
—Eres todo un machote. Jo, jo, jo. Tira ese bolso a la mierda y agarra eso.
Will bajó la vista y volvió a clavarla en la sebosa carota de ella.
—¿Adviertes lo que es?
—Un tipo de cuchilla.
—Una hoz, ignorante. Sujétala.
—¿Para qué?
—Yo te voy a dar para qué —espetó la mujer, mordiéndose el labio de abajo, y comenzó a atizar de manotazos a Will, que fue incapaz de contener las lágrimas.
—Ya, ya, flojito de mierda. Levanta esa herramienta antes de que te deslome a trompazos.
William le hizo caso.
—Pesa demasiado.
—Claro que no, lo que sucede es que eres un inútil. Acomódate esas lentes y cesa de guiñar ese ojo, me estás irritando. —Will intuyó que se refería a su tic nervioso, el cual no podía controlar—. Ahora, voilà.
El orondo mastodonte se apartó a un lado, y dejó al descubierto lo que su gigantesca osamenta le había estado ocultando al aterrorizado joven. En la hierba, a los pies de un árbol, se encontraba tendido, con las cuatro patas atadas, un cérvido de un tamaño colosal. Pero eso no constituía lo más insólito de la escena, sino la particularidad de que el animal tenía una nariz redonda que destilaba una luz roja.
—Te presento a… ¡Rodolfo! —vociferó la tía.
William se sentía flotar. Era absurdo, pero allí estaba. El reno más conocido de Papá Noel.
—No… es… posible…
—¿Eres ciego o qué, cuatro ojos? Mátalo.
—¡Qué!
—Córtale el gaznate.
—No voy a…
—¡VAS A REALIZAR LO QUE TE MANDO, MALDITO NERD DEL CULO, O JURO POR DIOS QUE ME ARROJARÉ SOBRE TI Y TE OBLIGARÉ A QUE FORNIQUES CONMIGO HASTA QUE TE ASFIXIES! ASÍ QUE… ¡REBÁNALE EL PESCUEZO AL PUTO PAPÁ DE BAMBI!
William se acercó al rumiante aprisionado, incapaz de hacer otra cosa más que temblar y llorar.
Le habían asegurado que él había asesinado a su familia el año anterior, pero no se acordaba de ello. ¿Era esta la forma que había elegido el destino de hacerle expiar los pecados cometidos?
«No tienes que pagar culpas por nada, ¿me crees? No eras responsable de tus actos.»
La voz de Amelia resonaba como un eco en su cabeza, pero vacilaba en confiar en ella, dadas las circunstancias.
«Es atreverse. Tienes que presionarlo en ti. Tú únicamente lo estás pensando. Eso es lo que haces. Mantén la calma, atrévete.»
Recitó en su mente aquellas estrofas de la canción Dare, de Gorillaz, como para infundirse ánimos. Pero lo que en definitiva lo empujó a degollar a Rodolfo no fue el tema en sí, sino la patada que le propinó el hipopótamo humano. A diestra y siniestra blandió Will la hoz, rasgando carne, y haciendo saltar sangre y órganos. Cuando William concluyó su frenética tarea, se derrumbó de rodillas, agitado, sollozando, y dejó caer el objeto cortante. La nariz de Rodolfo se fue consumiendo de manera intermitente hasta quedar apagada.
—¡Feliz Navidad! Jo, jo, jo —rio la tía Del For, bailoteando—. ¡Ese es mi sobrino nieto! Ven, que hay más.
William se incorporó, se enjugó la sangre tibia del rostro y, nuevamente, anduvo tras las huellas de la loca, que esta vez lo condujo hacia el interior de la morada. Lo contuvo frente a lo que parecía ser una habitación para huéspedes. Abrió la puerta y ordenó:
—Acaba ahora con Papá Noel.
Un hombre, tan obeso y grande como su tía, se encontraba postrado en una cama, amarrado de pies y manos, y con una mordaza obstruyéndole la boca. Su cabello era crespo y blanco, así como su barba. Vestía con los ropajes típicos de Papá Noel. Gemía, con los ojos desorbitados.
—Pa… pá… No… él…
Papá no él, y mamá, tampoco. Jo, jo, jo. —El muchacho apenas escuchaba los delirios que profería su tía abuela. ¿En aquel cuarto en penumbras yacía realmente Papá Noel?—. Mata a Santa.
William recibió un guantazo por la espalda, y la mano agresora le cubrió todo el costado derecho de la cara, incluida la oreja. El golpe lo dejó sordo de ese oído, y al pitido que lo asaltó de repente lo acompañó un fuerte mareo.
El muchacho caminó hasta la mesita de luz, en la cual se posaba una chuchilla de mango negro. La aferró con miembros temblorosos y, cerrando los ojos, apuñaló a Papá Noel una y otra vez, hasta que notó que se acalambraban los brazos.
La tía Del For bailaba y cantaba como una posesa. Will miraba a Santa con una aflicción jamás vivida. Se percibía aún más niño de lo que era. Aparentaba estar inmerso en un sueño, mágico y terrorífico a la vez. Hasta que…
La tía se había desplomado. Tenía el semblante contraído, y sus hombros se pegaban a las orejas. Estaba roja como un tomate. Tanta excitación le había provocado un infarto.
William intentó separarse del santo al que acababa de acuchillar, cuando sus dedos se enredaron en la barba del muerto, y esta se desprendió de su rostro. Era falsa.
—Hija de…
William arrancó el pelambre de mentira del cadáver, y se aproximó al cuerpo de la mujer. A su lado había una especie de dispositivo en forma de toma de luz. Comprendiéndolo todo, Will corrió hacia la ventana que se orientaba hacia la parte de atrás de la casa y miró por allí al reno despedazado. Oprimió el botón que sujetaba en la mano y la nariz del animal se encendió. Volvió a apretar, y el fulgor se desvaneció.
William torció el cuello tres veces y guiñó un ojo. «Mamá, tampoco», pensó. Luego sonrió. Ya no era él mismo. Si todavía continuaran vivos, cualquiera de su familia lo reconocería.
Regresó a la casa y se dirigió al teléfono que había en la sala central. Sacó una tarjeta de su bolsillo y marcó el número que allí figuraba.
—Hola, ¿Amelia? Soy Bill. Debes volver pronto. Olvidé darte tu regalo de Navidad.




viernes, 27 de diciembre de 2013

Una soleada navidad

Por Gabriel Herbas.

Con pasos cuidadosos y obligándose sin éxito a ser más veloz, Muriel se paseaba por la cocina de su casa, en estos momentos extrañaba la soltura y agilidad que poseía en su juventud. La cena de navidad aun no estaba lista y sus dos hijos y sus tres nietos llegarían en cualquier momento para pasar la velada juntos.
    Muriel no había tenido sobrinos, ella era hija única y ninguno de los hermanos de Antonio (su esposo de toda la vida) había tenido hijos, por lo que sus nietos en este momento eran como sus hijos. A pesar de no entender por completo sus extrañas aficiones y su extraña música moderna, los amaba. Por su parte Muriel y Antonio aun conservaban en su habitación una pequeña colección de discos de acetato que habían sobrevivido a años y años de uso y abuso, tenían Dream Evil de Dio, Fly on the wall de AC/DC, Turbo de Judas Priest y algunos otros.
    Dos años atrás, sus nietos habían visto aquella pequeña colección y cuando su abuela les había indicado para que eran, los niños no lo creyeron, con paciencia, Muriel se decidió a  desempolvar su viejo reproductor de discos y puso la aguja sobre las primeras líneas del Seventh son of a seventh son de Iron Maiden. Al escuchar la susurrante y misteriosa voz del, ya hace años desaparecido, Bruce Dickinson, los niños habían ahogado un grito de susto. ¿Cómo era posible que aquel objeto circular y plástico proporcionara música? Era aterrador.

    Cuando el timbre sonó tres veces seguidas, Muriel supo que su hijo menor Esteban, había llegado, aquella tripleta era su marca registrada.
    — ¡Antonio!— gritó desde la cocina — ¡Antonio joder, abre la puerta!
    Antonio seguía dormido en su sillón reclinable favorito, su barba blanca se balanceaba arriba y abajo a medida que roncaba.
    Muriel salió de la cocina y fue hacia él, lo zarandeó por el hombro mientras decía:
    — Antonio llegó esteban, ábrele mientras termino la cena.
    — ¡Ah!, sisisi — exclamó Antonio con un ojo cerrado — ya voy — se levantó de un salto y de inmediato se llevó una mano a su calva cabeza, a veces también olvidaba que tenia 63 en lugar de 23.

   
    Esteban abrazó a su padre en cuanto éste abrió la puerta, sus dos hijos, Catalina de 12 años y Kevin de 10 entraron corriendo a la casa en busca de las galletas horneadas de su abuela, las cuales sólo comían una vez al año.
    Muriel abrazó a sus nietos y sintió su amor hacia ella, también sintió su juventud y su energía y deseo poder tener su edad. Un momento después entro Noemí, la esposa de esteban, radiante a pesar del suéter que ocultaba su figura.
    Minutos después, cuando la mesa ya estaba puesta y la cena lista, llegó Ricardo, su hijo mayor, acompañado de su único hijo Michael de 13 años. Ricardo se había separado de su esposa tres años atrás debido a “diferencias irreconciliables”, Muriel pensaba que Ricardo debería tener otro hijo, no quería que Michael fuera hijo único toda su vida, ella había vivido esa experiencia y hubo momentos en su vida en los que se sintió increíblemente sola, no deseaba que su nieto mayor pasara por aquello. Pero era navidad, guardaría esa sugerencia para enero cuando la falsa algarabía festiva se apaciguara.

    Después de una cena de pavo insípido (Muriel seguía pensando que el pavo no era el mejor animal para una cena, por más que se rellenase, no tenia sabor), ensalada fría y un vino de cosecha antigua, Noemí se fue a dormir, por su parte los hermanos Esteban y Ricardo fueron a la azotea descubierta de la casa para admirar la ciudad, beber whisky y ponerse al corriente de sus vidas.
    Muriel y Antonio quedaron en la sala con sus nietos, era hora de otra de las tradiciones navideñas de la familia Tomé Menéndez. Era hora de las historias antiguas de los abuelos. Cada año, los tres niños escuchaban con atención, incredulidad y un poco de miedo las historias de sus abuelos, lo que hacían, lo que comían, como se habían conocido. El año anterior Muriel y Antonio habían charlado largo y tendido sobre las redes sociales que afloraron en su época de adolecentes y que terminaron de la misma forma como llegaron, abruptamente.
    Pero este año, al ver que Antonio tomaba asiento en su sillón reclinable favorito, para entregarse (una vez mas) a los placeres del sueño, Muriel pensó que podría confiar a los niños, a sus amados nietos, una historia que nadie había conocido, ni siquiera el hombre dormido a su lado.
    — ¿Quieren escuchar una historia niños? —preguntó Muriel a sus nietos.
    De inmediato y obedientes como un aparato electrónico, los niños tomaron asiento a los pies de Muriel, con las caras expectantes ante la inminente historia de su abuela.
    Muriel empezó:

***

    Una vez yo también tuve su edad. Fue hace mucho, mucho tiempo. Les voy a contar una historia de cuando yo tenía 6 años y vivía en el campo.
    Mis padres cuidaban una hacienda muy grande en la que vivimos alrededor de un año, en ella había caballos, gallinas, conejos y vacas… imagino que habrán estudiado sobre las vacas en la escuela ¿no?, pues ya están extintas.
    Muy bien, si fue cuando tenía 6 años, entonces fue hace exactamente 56 años, en 1997. El 25 de diciembre de 1997.
    Me levanté de mi cama y encontré bajo nuestro árbol de navidad una muñeca que había querido mucho tiempo atrás, ya no recuerdo muy bien como era, pero sí recuerdo que me puse muy feliz.
    El día transcurrió normal, vi un poco de televisión y jugué con mi muñeca. En la tarde llegaron a la hacienda mis familiares y jugué con mis primos por todo el campo… el problema llegó en la tarde. A eso de las 6 de la tarde el sol seguía brillante en el cielo, a nadie pareció sorprenderle, por lo que a mí tampoco me importó mucho.
    Me fijé de nuevo en el sol a eso de las 7 y de nuevo a las 8 de la noche, pero de igual forma, a nadie le importaba, nadie decía nada al respecto. Me dio miedo, me dio mucho miedo, empecé a tener la sensación de que algo malo iba a pasar, de que si el sol seguía en el cielo a las 9 de la noche era por que algo andaba mal.
    A las 10 de la noche mis primos ya se habían ido a dormir, también mis tías, solo quedaban mi papá y unos tíos bebiendo ron. Salí al campo, el sol seguía en el cielo y yo tenía más miedo que nunca. Me parecía que en cualquier momento el cielo se abriría y la mano de dios destruiría el mundo como ya lo había hecho antes… pero nada de eso pasó.
    Pero si vi algo muy extraño en el campo. Recuerdo que me paré frente al corral de las vacas y las miré detenidamente, después de un momento me fijé en que estaban llorando.
    Sé que suena a mentira pero juraría ante un tribunal que eso fue lo que vi, de los ojos de la docena de vacas salían lágrimas, las vacas lloraban y gemían con dolor.
    Después de ver eso salí corriendo hacia mi habitación, me acosté en la cama pero no dormí en lo absoluto aquella noche, me pasé en vela llorando y rezando, tratando de recordar todas las oraciones que pudiera.
    El día siguiente fue normal, el sol se ocultó a la hora acostumbrada y poco a poco yo fui olvidando el incidente.

***

    Catalina estaba boquiabierta, había arrancado una considerable cantidad de sus cabellos rubios a medida que su abuela contaba la historia.
    Kevin en su lugar, había arrancado trozos de alfombra y ni siquiera lo había notado.
    Michael por el contrario, al ser el mayor, miraba a su abuela con duda, no creía mucho lo de las lágrimas en los ojos de las vacas, aunque él nunca hubiera visto una vaca.
    Muriel sonrió a sus nietos y los instó a dormir. Uno a uno los chicos subieron las escaleras en busca de sus habitaciones.
    En la sala, una vez más, sólo eran Muriel y Antonio. Pero Antonio no roncaba, dormía en silencio.
    — Antonio vamos a dormir — dijo Muriel asiendo a su esposo por el hombro — ¿Antonio?, ¿Antonio? — se preocupó, la sensación de que algo malo iba a suceder se apodero de ella de nuevo, esta vez de forma inevitable. — ¡Antonio despierta!
    Tal vez, el hecho de revivir aquella historia, aquella historia que era sólo suya, hubiera invocado la maldad de aquel día, 56 años atrás, solo que esta vez, la maldad era real.
   

jueves, 26 de diciembre de 2013

Una navidad de puertas abiertas

Por Luis Seijas.

I

Los teléfonos de su casa no paraban de sonar para invitarlo a programas de televisión, de radio, entrevistas en el diario de mayor circulación de la ciudad argentina de Rauch, lugar donde lo vio nacer. Todos querían una primicia de los próximos trabajos que estaba por publicar, qué idea estaba rondándole. Ansiosos de saber de la vida de ese talentoso escritor como lo es Juan Esteban Bassagaisteguy. Había trascurrido diez meses desde el lanzamiento de su libro “Historias de Azotea” y el éxito estaba en pleno apogeo.

Sentía en su fuero interno un deseo inmenso de seguir escribiendo hasta que se les gastaran las huellas dactilares. Pero cuando llegaba a su hogar y encendía la PC, todo se esfumaba, como si le hubiese deslizado un interruptor. Sentado frente al monitor con la página de Word en blanco y el puntero titilando, taladrándole los ojos, deseaba que esa “puerta de siete cerraduras” se abriera y dejara salir las cantidades infinitas de historias que hacían vida en su mente.

A pesar de esos diez tortuosos e insomnes meses, la página en blanco le decía presente aún.

Los preparativos para la navidad lejos de relajar y hacer fluir las letras a Juan, lo presionaban y su espiral lo ahogaba poco a poco. Se exigía cada vez más, deseaba demostrarse que ese éxito no había sido casualidad.    

II

— ¡¡¡ Navidad, navidad, blaaaanca naaaaviiidad!!!

La algarabía de los tres hijos y Mariana (su esposa) armando el árbol de navidad y cantando villancicos, inundaba toda la casa. Para la mayoría de las personas, es la época donde los buenos deseos y la alegría están a flor de piel. No importa si están jodidos hasta el cuello, los otros once meses del año, la magia surge como si tuviera vida propia.

Pero esa magia se negaba a entrar en el estudio de Bassa…

Había probado todos los métodos recomendados para salir del llamado bloqueo de escritor: escribir en otro sitio, darse una ducha y cambiarse de ropa para empezar de nuevo, leer más de lo que estaba acostumbrado, ver películas con más frecuencia, contarle a algún ser inanimado o imaginario qué era lo que estaba tratando de escribir, jugaba fútbol con sus amigos más de lo habitual… pero nada de nada.

Sentado en su estudio, recordó la última vez que tuvo un bloqueo y, por coincidencias de la vida, había sucedido en una temporada navideña pero hacía ya diecisiete años. No recordó la causa, pero si el remedio que encontró para librarse de el: un paseo y un encuentro.

Aún guardaba el morral y el block de notas que había llevado a ese paseo a “El Castillo de Egaña”; una mansión (abandonada desde mucho tiempo) construida entre los años 1918 y 1930. Ubicada en Rauch a unos 275 kilómetros de Buenos Aires – Argentina.



III

Ese día cansado de no hacer nada, tomó su morral, una botella con agua, algunas provisiones, un block de rayas, dos lápices afilados, un sacapuntas y un borrador nuevo. Se encaminó a esa vieja mansión de visión lúgubre y descuidada pero que para Bassa surtía un efecto tranquilizador, necesario para aquietar su mente y su corazón.

En todo el partido de Rauch, la época navideña se sentía en cada esquina y él se concebía como un grinch. No le importaban las sonrisas y las risas inocentes de los niños que se portaban bien, para que “San Nicolás” le trajera el regalo que deseaban. Las personas con su árbol de navidad en mano, bolsas repletas de regalos, paseaban a su lado.

Bassa los observaba sin ver y los oía sin escuchar, solo tenía en mente su destino.

Al abrirse camino por el sendero y al ver a unos pocos metros al Castillo, sonrió. Una sonrisa pura y simple… como lo son las mejores cosas de la vida.

Faltando pocos metros, notó unos resplandores que provenían del piso de arriba. Intrigado, apuró el paso tratando de explicarse qué serian esas luces.

Arribó a la planta baja jadeando, las gotas de sudor bañaban su rostro y cuando alzó la vista a la ventana de la torre, vio una silueta que resaltaba en cada resplandor. Tenía en su mano derecha un artefacto que Bassa no lograba descifrar qué era. Subió con cuidado las maltrechas escaleras y al llegar al rellano una voz a su espalda lo saludó.

—Buenas tardes —dijo la silueta, que resultó poseer una sonrisa radiante y una mirada pícara y profunda—. Discúlpame si te asusté, mi nombre es Mariana.

—Hola, el mío es Juan —saludó, con los ojos abiertos de par en par y el corazón palpitándole a mil por hora.    

Vio la cámara fotográfica en la mano derecha de Mariana. Ella notó que la pregunta iba a salir de la boca de  Juan y se le adelantó.

—Vengo acá a tomar fotos para una tarea del colegio, me enamoré de este lugar desde que lo vi la primera vez —Caminó hacia la ventana.

—Yo, yo… ya me enamoré, te entiendo perfectamente —logró balbucear mientras la veía atarse una cola de caballo.

Mariana se volvió y lo invitó a ver el atardecer desde la ventana.

Dentro de la cabeza de Juan Esteban las cerraduras empezaron a ceder una a una. La puerta se abrió lentamente y todo fluyó. Había encontrado la dueña de las sietes llaves.



IV

Fuera la cena estaba lista y llaman a Juan. Salió del letargo en que se había sumergido. Sonrió cuando vio en la página de Word,  el nombre de Mariana escrito en todas las líneas y entendió que la salida que buscaba, estaba llamándolo para cenar y agradeció el regalo de Navidad que le habían entregado sin pedirlo.

Salió del estudio, abrazó a su mujer y la besó. Mariana gratamente sorprendida le preguntó

—¿Todo bien? —dijo mientras acomodaba los platos sobre la mesa.

—Ahora si… todo perfecto. Feliz Navidad, mi amada cerrajera.

Mariana lo vio con cara de no entender nada. Toda sonrisa ella, toda alegría.
Juan Esteban, que no necesitaba explicarle nada, la amó aun más.

            



Fin…


Una ayuda navideña

Por William Casanova Santos.

1

Durante la víspera de Navidad, en una cabaña oculta entre pinos cubiertos de nieve, se encontraba Gabriel Herbas sentado en una mecedora envuelto en un grueso y suave cobertor junto a la chimenea mientras leía por segunda vez El Cazador de Sueños tomando de sorbo en sorbo una taza de café que dejaba asentado a su lado en una pequeña mesa de estar.
Su hermano de 11 años entró al cuarto donde estaba Gabriel para acercarse y darle el aviso de que la mesa estaba lista. Pero Gabo estaba tan absorto en sus pensamientos y en el libro que tenía a las manos que no se percató de la entrada de este. Su hermano se posó junto a él para dejar a un lado los audífonos que traía en las orejas dejando en media sinfonía True North lo cuál no dejó a Gabriel muy feliz.
          -         Diles que ya voy.
          -         ¿En cuanto tiempo? – Quiso saber su pequeño hermano
          -         En 5 minutos, y si no, recuerda mis palabras y espera otros 5 y así.
          -         Ya apúrate –La broma no le causo gracia, sólo lo enojó- Se enfriará tu comida.
Exhaló con mucho cansancio y enojó por su lectura interrumpida. Se levantó dejando caer el cobertor y mostrando su camisa con un estampado del álbum Stranger Than Fiction y desconectó sus audífonos para alertar a su hermano de que iba en camino, pero se quedó varado e inmóvil unos momentos con la vista fija en el libro queriendo terminar mínimo el capítulo en el que estaba antes de ir a la mesa.
“Jódete y baila” Hizo una mueca de risa. “Vengo en son de paz para toda la humanidad. ¿A alguien le apetece una salchicha?” Lanzó una breve carcajada y cerró el libro con brusquedad nomás para asustar a su hermano y lo colocó con mucho cuidado en la repisa entre El Resplandor y Ojos de Fuego. Miró a su hermano, le dijo que era adoptado y se encaminó a la mesa.
En la mesa se encontraban todos sus familiares cercanos. Tíos, tías, primos, sus abuelos y alguno que otro familiar que rara vez veía, platicando y riéndose a gritos. Deseaba no haber olvidado los audífonos y celular en su cuarto, pues todo el ruido de la mesa lo alteraba. Hubiera estado tranquilo, es más, hasta hubiera sido perfecto que se haya llevado el plato de su comida a su cuarto y ahí lo hubiera devorado mientras proseguía con su lectura. Pero su madre no lo dejaba, quería que conviviera con la familia. Pero era algo imposible. No porque no quisiera, claro que podía, pero siempre algunas de sus bromas, aunque fueran simples palabras, terminaban alterando a algún familiar o incluso ofendido por no saber captar el humor de este.
Como deseaba Gabriel que algo pasara para que esa Navidad no fuera tan aburrida. Deseaba estar con su novia y pasar la Navidad con ella, pero igual se fue de viaje con su familia. Ahora deseaba una invasión alien. Sería una gran excusa para ausentarse. Una vez con el plato en su lugar le dio una probada al espagueti verde, el cuál estaba muy rico a su perspectiva. Luego le dio un mordisco a un poco de pavo.

2

Hubo una explosión no muy lejos de donde estaban. Todos trataron de asomarse por la ventana y algunos salieron para ver el humo saliendo entre los pinos. Gabriel salió quemando fuego y empezó a alejarse. Les dijo a sus padres que no se preocuparan, que le daría un vistazo rápido y regresaría, pero que ellos se quedaran para que estuvieran seguros y que llamasen a la policía. ¡Al fin una magnifica excusa traída por su Deus Ex Machina sólo para pasar otros cinco o diez minutos solo!
A poca distancia de la explosión, Gabriel vio algo moverse entre los grandes pinos así que se ocultó en un arbusto para observar. Y lo que observó fue… era… ¿El Sr. Gray? ¿Cómo era eso posible? Pero lo era, y estaba buscando algo en lo que parecía un trineo pintado al rojo vivo y algunos cadáveres de renos frente a él. A los cuerpos les faltaban partes. Sr. Gray se los habría comido.
Gabriel, exaltado, pero no asustado, se agachó para tratar de encontrarle alguna explicación, cuando una mano ensangrentada lo agarró del tobillo. Era un hombre bonachón con cabello y una gran barba blanca con manchas rojas de sangre. Era Santa Claus. ¡¿Era Santa Claus?! No, eso no podía ser. Gabo se inclinó a pensar que eran puras casualidades, gente vestida y disfrazada como tales personajes para jugar o asustar a las personas que estuvieran cerca, e incluso algún rodaje de alguna película, pero “Santa” le explicó todo lo ocurrido. Lo que le sorprendió a Gabriel es que Santa no usó palabras para explicarlo, usó una conexión mental donde vio todo lo que necesitaba saber. El Sr. Gray deseaba la magia de Santa para llevar sus planes a cabo. Y Santa le pasó la magia que pudo a Gabriel antes de cerrar los ojos para nunca más abrirlos.
Gabriel salió de su escondite para enfrentarse al Sr. Gray y ponerle fin a esto.
          -         ¡Maldito! ¡¡Mataste a Santa!! ¡¡¡Y ahora te mataré a ti!!!
Fue una batalla tan épica que resulta casi imposible describir toda la acción que hubo. Hubo tantos golpes e insultos por parte de ambos. Tanta sangre brotando de ambos. ¿El Sr. Gray tenía sangre? Eso no importaba. Lo que importaba era que Gabriel no tenía la suficiente magia para detener al Sr. Gray. Este era mucho más poderoso y parecía casi intacto, incluso después de su batalla.
Pero a Gabriel se le ocurrió una idea. Usar su poder de telepatía para contactar a todos los niños del mundo para que levantasen las manos y creyeran en Santa. Todos lo hicieron y su fe hizo que santa regresara a la vida. Pero el Sr. Gray aprovechó esto para desviar parte de esa magia y usarla para volverse más poderoso que antes. Santa y Gabriel estaban en un verdadero apuro. ¡Las botellas de vino se iban a abrir y no estarían presentes para eso!
Por suerte Gabriel recordó algo que creía olvidado, algo oculto en el fondo de su bolsillo. Era la única esperanza que quedaba y todo lo que ocurría, dependía de lo que se encontraba en el bolsillo de su abrigo. El arma más poderosa y efectiva que podía haber, y si eso no funcionaba, nada lo haría.
Cerró los ojos con fuerza y lo extrajo de su bolsillo para ponerlo en marcha. El Sr. Gray lo miró con atención.
          -         Ya Sr. Gay, digo, Gray, cómase un Snickers –El Sr. Gray lo agarró y le dio un mordisco- ¿Mejor?
          -         Mejor –Ahora parecía E.T.-
Santa hizo explotar la cabeza del Sr. Gray/E.T. y de pronto todo había vuelto a la normalidad. Santa revivió a sus renos y le dejó a Gabriel como regalo una Playstation 4 y una X-Box One como agradecimiento por…
-         ¡Hey! No tienen juegos.
Como agradecimiento por haberlo ayudado. Gabo regresó a su casa con sus consolas. Sus familiares no se percataron de que se había ido y nunca sabrán que ese día, fue el día en que Gabriel Herbas salvó la Navidad.

3

Gabriel Herbas despertó en una camilla de hospital con la visión borrosa, sediento, mareado. Su padre, sentado junto a él, lo ayudó a beber un vaso con agua con cuidado y le explicó todo. Al parecer, cuando comió aquél pedazo de pavo no se percató del hueso que tenía y se le atoró en la tráquea asfixiándolo y dejándolo en coma por tres años. Bueno, fueron unas cuantas horas, simplemente su papá quería vacilarlo por primera vez como venganza.
Una vez que le dieron de alta y de nuevo en su casa, le contó a su hermano el sueño que tuvo.
          -         ¡Já! Que final tan patético y tonto, justo como las de ese señor que hace esas historias.
          -         ¡Cállate! -Gritó Gabriel- ¡Tú no sabes nada, sólo has visto las películas!
Sea como sea, Gabriel Herbas aprendió una valiosa lección que recordará el resto de su vida y tratará de que ese mensaje sea transmitido de generación en generación. Si comes pavo, cuida que no te toque hueso.

En realidad todo eso pasó, pero no como lo recuerda. Mientras se asfixiaba y caía en coma, Santa extrajo su esencia para que lo ayudara, y una vez terminada la dolorosa batalla donde incluso el verdadero monstruo había alcanzado a sus familiares y torturado a unos cuantos, modificó sus recuerdos (junto con el de su familia y sanado a varios) para que olvidara el tormento que pasó esa noche cambiándolo por algo torpe para que se riera cada que pensara en aquello en vez de llorar. 

miércoles, 25 de diciembre de 2013

TARDIS Y EL CALCETÍN

Por Muriel Menéndez.

Ring ring ring ... Eran las 08:00 de la mañana del 24 de diciembre, y Diego despertaba para irse a trabajar. Siendo una fecha tan señalada como aquella, andaba todo lleno de gente y era difícil andar deprisa para llegar a tiempo al trabajo. 
De repente oyó de fondo la canción de "happy christmas was is over" pero cantada por Maroon 5 que es uno de sus grupos favoritos. Se paró un momento y disfrutó de la canción.
Un relámpago iluminó de luz las calles, y acto seguido la calle quedó a oscuras unos segundos. Poco a poco las luces de la calle empezaron a encenderse. Y a los lejos vio algo curioso, nunca había visto ninguna en la vida real. Era una cabina azul, como las antiguas de policía de Reino Unido. Pero Diego iba tarde al trabajo. La cabina quedaba al otro lado en dirección opuesta. Tardaría bastante en llegar y llegaría tarde al turno pero por otro lado... la curiosidad le podía.
Diego miró a su derecha, en dirección a los grandes almacenes, e izquierda, hacia la cabina. Así un par de veces. Y por fin se decidió, salió corriendo en dirección a la cabina. Al llegar no lo podía creer, era muy similar a la que sale en Doctor Who. Y.. ¿y sí fuese la misma?
Diego había visto un montón de veces los capítulos de Doctor Who y sabían perfectamente cómo funcionaba, así que probó. Muy lentamente, metió una pierna, con temor a que algo extraño pudiera suceder. La cabina no hacía nada.
Una vez tenida toda la confianza posible, metió la otra pierna. Ya estaba dentro de la cabina, pero... ¿sería capaz de cerrar las puertas?
Diego tenía claro que ya no llegaría a tiempo al trabajo, así qué no tenía nada que perder. Una ilusión se apoderó de él, llenándolo de valor y coraje, y decidido, cerró las puertas.
Un zumbido muy suave, como el ronroneo de cientos de gatitos, le inundaba los oídos. La cabina empezó a vibrar, y no alcanzaba a ver la calle en el exterior. Era como si focos de muchos colores inundaran la cabina desde fuera.
No estaba seguro qué fecha visitar, así que se decidió por una no demasiado lejana. El día de Navidad de hace 20 años, cuando Diego tenía solo seis. Y recordaba que de chico le pareció ver a Papá Noel, de madrugada poniendo los regalos al pie del arbolito.
Así que se puso en marcha. Probó a toquetear los botones de lo que estaba seguro que era la “Tardis” y cuando estaba todo programado lo inició. Todo empezó a dar vueltas, a ver colores. No se parecía nada a como sale en la serie. Sin duda esto mareaba mucho más. Y de pronto… reapareció.
No estaba seguro de que fuera la fecha señalada, pero al menos si la dirección. Salió de la cabina casi temblando y fue  a asomarse a su casa. El siempre se despertaba a las 09:00 y en ese día en particular, siempre salía corriendo hacia el árbol. Consiguió entrar en su casa sin hacer ruido y miró el reloj de la cocina. Eran casi las 09:00. Diego se asomó al salón, esperando ver entrar por la ventana en cualquier momento a Papá Noel.
Escuchó un despertador, su otro pequeño yo, se estaría despertando y en cualquier momento llegaría a trote. Papá Noel no estaba.
De repente se le ocurrió una idea disparatada, cogió uno de los calcetines que colgaban de adorno y se lo puso de gorro, y se envolvió con la manta roja del sofá. En ese momento el pequeño Diego se asomó al salón y lo vio. Pudo verse a sí mismo la ilusión en los ojos. Fue él, siempre habido sido él. El pequeño Diego hizo gesto de cremallera y volvió despacio y sonriente hasta su habitación.
Era momento de irse, Diego echó un último vistazo a los regalos que ya había puestos bajo el árbol. Y recordó todo las cosas que tuvo, entre ellos un peluche de Mario Bross, que a día de hoy todavía conservaba.

Ring ring ring… Eran las 08:00 de la mañana del 24 de diciembre, y Diego despertaba para irse a trabajar. Sin duda todo había sido un sueño. Se incorporó de la cama y echó un vistazo a su peluche de Mario Bross, y…. No lo podía creer, El peluche tenía por sombrero un calcetín rojo, igual al que utilizó.
 Quizás... no todo fue un sueño. Sino una grata Navidad.


Las bubis ajenas


Por Juan Esteban Bassagaisteguy.

Era el trabajo ideal. Por primera vez en su vida, Diego Hernández Negrete podía conseguir un dinero extra y, a la vez, no descuidar sus estudios universitarios. Maximiliano Hermosillo, encargado de la seguridad privada del centro comercial Plaza Mayor ubicado en León, estado de Guanajuato, México, lo había contratado para formar parte de su equipo de trabajo. Aunque contaba con solo veintiún años de edad, el joven se destacaba en su labor como un experto; tenía un don innato de previsibilidad que le permitía anticiparse a cualquier acto vandálico, potenciado por los conocimientos que, año tras año, adquiría en la Licenciatura en Criminología y Criminalística que cursaba en la Facultad de Derecho de la Universidad de La Salle Bajío, sita en León.
En el caótico mes de diciembre, miles de personas concurrían a Plaza Mayor desde su apertura por la mañana hasta su cierre un par de horas luego de la medianoche; con cientos de locales comerciales, gran parte de la urbe se reunía allí para adquirir los clásicos regalos navideños.
Diego comenzaba su jornada laboral a las 16:00 horas y, aunque le correspondía trabajar ocho horas diarias, las mismas siempre se extendían debido a la vorágine del lugar. E intuía que el presente día, 24 de diciembre de 2013, iba a ser el más largo de su vida. Porque los locales del centro comercial, ávidos del dinero que los consumidores dejarían en sus cajas registradoras, no cerrarían hasta bien entrada la noche. Y los integrantes del personal de seguridad serían los últimos en retirarse del lugar, cuando los festejos navideños de todo León estuvieran más que avanzados.
Sería la primera vez que no podría estar con su familia cenando en Nochebuena, riendo con las ocurrencias de Pacorro ―siempre jovial a pesar de las canas que asomaban en sus cabellos―, saboreando las exquisiteces que Lucy habría preparado para agasajar a toda la familia, y escuchando buena música de fondo ―rock instrumental, seguro: qué mejor―.
Pero lo que más le dolía en el alma era no poder ver a Sofía. Estar lejos de ella era la peor de las torturas: no poder disfrutar de su risa, sus ojos llenos de vida, el sabor de sus labios, la cercanía de su piel… Su novia le había robado el corazón y lo tenía en un puño: podía hacer lo que quisiera con el músculo motor de su existencia.
―¡Diego! ―La voz retumbó en su handy con estridencia. Hermosillo, su jefe―. Vaya al local de Bershka: dos sospechosos junto al ventanal.
―Sí, señor. ―El joven obedeció sin chistar y caminó presuroso hacia el lugar.
*****
No había recibido ninguna llamada en todo el día. Ni siquiera un mensaje de texto. Sus padres sabían que no debían molestarlo en horario laboral porque Hermosillo se ponía como loco si lo encontraba hablando por su móvil o escribiendo un sms.
Aunque le extrañaba muchísimo que Sofía no se hubiera comunicado. Siempre lo volvía loco con los mensajes de texto, que él leía y respondía cuando que su jefe no andaba cerca. «Debe ser por lo de hoy a la mañana», pensó, y una sombra atravesó sus ojos.
Habían tenido una discusión, cosa poco común. Nada grave, suponía Diego, aunque muy adentro suyo sabía que Sofía tenía razones para enojarse. Sus celos eran enormes, y solo había bastado que, mientras caminaban por el microcentro de León eligiendo los regalos para Pacorro y Lucy, se cruzaran con dos de sus compañeras de Criminología y las mismas lo saludaran con un efusivo «¡Adiós, Diego!», para él responderles de la misma manera. Un volcán se había desatado en el interior de su novia. «¿De dónde conoces a esas dos?» había preguntado. «De la Facultad», había respondido Diego. «No sabía que tenías compañeras tan bonitas», había dicho ella con un tono de reproche en su voz. «¿Quiénes, Valeria y Ximena?». La respuesta de Sofía lo había dejado helado: «No me las presentaste. ¿Por qué? ¿Tenés algo que esconder? Vi muy bien que no le sacabas la vista de encima a las enormes bubis de esas dos». Un silencio incómodo se había interpuesto entre ellos a partir de allí. Y la despedida de Sofía, en la puerta del hogar de la joven, no había podido ser más dura. Un beso en la mejilla, un seco «Hasta mañana» y un portazo en pleno rostro.
*****
Miró su reloj pulsera y suspiró. Eran las 23:45 horas de la Nochebuena y varios locales del centro comercial todavía recibían clientes rezagados en las compras navideñas.
La llamada del handy lo sacó de su ensimismamiento.
―Diego, vaya al local de Scappino. Una pareja, hombre y mujer, están haciendo disturbios en su interior ―dijo Hermosillo, su jefe.
―Sí, señor.
Corrió hacia Scappino y, al llegar a su puerta, solo vio en su interior a la vendedora.
―¿Qué…
No alcanzó a terminar su pregunta cuando un par de brazos fuertes lo asieron por detrás, inmovilizándolo por completo. Intentó defenderse pero fue inútil: el otro lo levantó por el aire y, cuando Diego se disponía a gritar pidiendo ayuda, sorpresivamente el agresor lo soltó; ni bien sus pies tocaron el suelo, el joven giró sobre sí mismo para contraatacar.
Pero no lo hizo.
Pacorro, su padre, lo miraba fijo a los ojos y, a duras penas, lograba mantener una carcajada que amenazaba con explotarle por dentro.
―¡Feliz Navidad, querido! ―Quien había hablado era Lucy, su madre, que se acercaba por el pasillo con un enorme regalo. Junto a ella, Hermosillo sonreía cómplice.
―Pero… ―Diego no pudo continuar hablando. Las lágrimas amenazaban con brotarle por sus ojos como dos cascadas incontenibles.
―Diego, su madre me llamó hoy por la mañana y me pidió permiso para venir a compartir con usted el inicio de la Navidad ―dijo Hermosillo―. Argumentó que sería la primera vez que estarían separados en esta fecha tan especial y…, bueno, le di mi autorización. Pero solo hasta las 00:15 horas: luego tenemos que cerrar todo. ―Diego no pudo evitar estrecharlo en un abrazo―. Bueno, bueno, suelte que van a pensar que somos pareja. ―Todos rieron con la ocurrencia.
―Gracias, jefe ―dijo el joven, muy emocionado.
―No me agradezca, Diego, usted lo merece. Y ahora los dejo, que tengo que ir hasta el primer piso. Feliz Navidad, señores. ―Hermosillo se alejó rumbo a la escalera mecánica.
Y el abrazo con sus padres no se hizo esperar. Fuerte, sentido, salido desde lo más profundo del alma.
―Abre tu regalo ―dijo Lucy.
Así lo hizo el joven y, luego de rasgar el papel, sacó de adentro del paquete una botella de champán y tres copas. Pacorro descorchó la botella y sirvió estas hasta el tope.
―Feliz Navidad ―dijo Diego, entrechocando su copa con las de sus padres. Aunque un dejo de melancolía impregnaba su voz.
―Feliz Navidad ―dijeron al unísono el hombre y la mujer. Y fue Lucy la que habló:
―¿Qué pasa, hijo, por qué esa tristeza? A mí no me engañas.
―Sabes el motivo. O sea, estar con ustedes es lo mejor que me ha pasado hoy. ―Suspiró―. Pero si estuviera Sofía con nosotros sería como tocar el cielo con las manos.
Un silencio profundo se interpuso entre los tres.
―La llamamos por el móvil, pero no quiso venir ―intervino Pacorro―. Nos dijo que ibas a deducir a qué se debía su ausencia. Y, como sonó muy enojada, no quise insistir más.
―Lo que pasa es que…
―¿Qué es lo qué pasa? ―interrumpió una voz suave detrás de Diego.
El joven se dio vuelta y la vio. Sofía estaba en el medio del pasillo. Y su feminidad destilaba una belleza sin igual, la misma que lo había enamorado hasta la médula. Sin moverse un ápice de su lugar, Diego la miró directo a sus ojos, enmarcados por un par de finísimas cejas. Por dentro temblaba como una hoja en medio de un huracán.
―Yo…
Sofía caminó hacia él y, sin mediar palabra, lo abrazó y lo besó con dulzura. Lucy y Pacorro miraron el techo del centro comercial, como buscando telarañas imposibles de divisar a más de diez metros de altura.
―No digas nada, ya pasó ―susurró Sofía―. Pero te prohíbo andar mirando como un enajenado bubis ajenas. ¿O no te gusta lo que tienes entre tus brazos?
―Claro que sí, amor ―respondió Diego también en un susurro, devolviéndole el beso e incrementando la pasión.
―Ejem ―carraspeó Pacorro, interrumpiendo el momento. Diego vislumbró que escondía ambas manos tras su espalda―, perdón, niños, pero nosotros también estamos aquí. ―Los cuatro sonrieron con la ocurrencia―. Tengo algo para ti, Sofía. ―El hombre sacó de atrás suyo una copa de champán, la sirvió hasta la mitad, y se la entregó a la joven.
―¿No eran tres las copas? ―preguntó Diego.
―No, eran cuatro ―respondió su madre―. Tu padre te mintió. Es más, nosotros trajimos a Sofía en nuestro carro. Pero ella quería darte la sorpresa y, a la vez, regañarte por algo que les pasó hoy a la mañana. Aunque lamento que no nos haya contado a qué se debió la discusión. Ya me conoces ―sonrió la mujer―, yo quiero saberlo ¡todo!
Más sonrisas, hasta que Pacorro levantó su copa y todos lo imitaron.
―Feliz Navidad ―dijo con su voz tan característica.
―Feliz Navidad ―le respondieron al unísono, entrechocando las copas.
Los fuegos artificiales empezaron a iluminar la noche de León anunciando la llegada de la Navidad, y los cuatro fueron hasta las puertas del centro comercial a admirar el cielo repleto de matices y estallidos.
Lucy y Pacorro, abrazados de la cintura, señalaban con sus manos ―«¡Mira allá!», «¡No, allá!»― las distintas y coloridas explosiones.
Y Diego y Sofía, detrás de ellos, se perdían el espectáculo, unidos en un beso apasionado y dulzón que parecía no tener fin.