sábado, 31 de mayo de 2014

Sin Hogar

Por Carmen Gutiérrez.

Creí encontrar el camino, recordar el hogar, a mi madre en el arrozal, el olor a jazmín; pero después de cuatro semanas de vagar por el campo tuve que reconocer que ya no tengo casa. Huí del único lugar donde estuve segura desde los diez años, deshonré a mi familia y a mi clase. Asesiné al último hombre que me dio dinero por mi trabajo. ¿Qué conseguí? Que su fantasma me persiga, que el hambre me encuentre en cada paso, que el frío me mate poco a poco.
No puedo regresar, tras de mi viene caminando el espíritu de Hazao, con mi cintilla enredada en el cuello, un hilo de sangre le escurre de la boca, su cabello enmarañado revolotea con el viento y me mira con tristeza. Sé que dirá algo en cuanto me dé la vuelta y tratará de matarme. Siempre está a mi espalda y creo que se ha hecho amigo de mi sombra pues la muy traicionera ya no se parece a mí. 
Ayer traté de pedir comida y agua en el pueblo anterior. Pero mis ropas no concuerdan con mi aspecto sucio y cansado, me echaron, me insultaron y muchos se protegían de mi presencia tocando madera. Estoy sola.
Ahora sé que lo que hice fue un error. Me educaron para ser la mejor acompañante, me dieron casa, educación, comida y por años fui la más cotizada de mi clase. Ahora soy un montón de desperdicios que busca la nada perdida en ningún lugar.
Me sentaré a la orilla del camino a esperar la muerte, ni siquiera tengo el poder de quitarme la vida con honor. Cuando Hazao me alcance le preguntaré por qué juró amarme y por qué compartió su cama con otra Geisha. Si me responde… Moriré en paz.

– FIN –

Basado en: «El Largo Camino», de Gean Rossi.

OJOS LEJANOS

Por Gabriel Herbas.

    “Ojos lejanos”, con esta frase él se refería a mí.

    —Ojos lejanos —era lo primero que decía cuando yo abría la puerta.
    Yo me lanzaba a sus brazos y lo abrazaba por una eternidad. Sintiendo su cuerpo; sacando de mi cabeza su ausencia; percibiendo su aroma.
    —Labios ansiosos —le decía yo, antes de besarlo, sin importarme su aroma a tabaco. De hecho me gustaba, era ése el aroma que un hombre debía tener en aquella época.

    Yo tenía solo catorce años cuando me casé con él. Me pareció romántico que hiciera parte de la marina. Él se iría por unos días, yo lo esperaría con ansias en nuestro hogar, junto al mar. En la orilla del mundo.
    Pero entonces, tres años después, cuando estaba embarazada de nuestro primer hijo, estalló la guerra del Chaco.
    Lo despedí en el puerto con nuestro hijo en mi vientre. Ahora lo recuerdo, mis lágrimas se intensificaban por la incesante lluvia que caía.
    —Volveré —me dijo esforzándose por no llorar, pero con gotas de lluvia recorriendo sus mejillas —volveré y tus ojos no serán lejanos de nuevo.

    La guerra terminó pero mi espera por él jamás lo hizo.
    Nuestro hijo nació, creció y falleció. Jamás conoció a su padre. Sin embargo, yo vi morir a mi hijo, yo estuve en su funeral, otro día lluvioso ahora que lo pienso. En cambio, jamás supe lo que le sucedió a mi esposo y por ello el enigma persiste.

    En sueños él regresa. “Ojos lejanos”, una y otra vez lo escucho.
   
    Desde hace semanas, se han desatado las lluvias en el puerto. Cada noche, el mar oleante y espumoso, traía consigo lo que parecía una caja negra, rectangular, que chocaba contra la orilla. Era una imagen borrosa en medio de las inmensas gotas de agua y tal vez fuera solo mi imaginación. Pero, anoche creí ver algo, o para expresarlo mejor: Alguien, cubierto de sábanas blancas empapadas por la lluvia, de pie en la orilla del mar.
    Era él, no lo dudé. Era él, que había vuelto justo como lo había prometido. Era él, que volvía para llevarme a ese lugar especial donde había estado todo este tiempo. Era él, que me extrañaba tanto como yo a él.
    Aunque, en medio de la lluvia, en medio de mis deseos y en medio de mis pesadillas, quizá solo hubiera sido mi imaginación.
    Quizá esta noche lo descubra.
    Quizá.

– FIN –

Basado en: «HAIKUS», de Vanesa Ian.

viernes, 30 de mayo de 2014

Micro relato del Haiku

Por Romina Hernández García.

El sonido de sus pasos era tenue, miró hacia atrás, nadie. Las calles le devolvían el eco de sus pasos, el húmedo asfalto brillaba a la luz de la luna. Sólo faltaba esperar un poco, la inquietud de sus extremidades le daba aviso de lo que iba a suceder, tembló pero se controló al instante, faltaba poco  y ya no había nadie afuera a esas horas de la noche .
Se detuvo frente al puente y aspiró el aire frío de la noche. La luz amarillenta de los faroles entre los frondosos árboles le ofrecían un escenario perfecto para la transformación. Memorizó de nuevo lo que planeaba hacer y se dejó dominar por los bruscos movimientos que precedieron a su liberación. Cayó al suelo temblando y sintiendo su cuerpo deformarse, sus uñas ahora eran garras, sintió su espalda abrirse y liberar sus alas. Sintió su piel abrirse y dejar salir unas hojuelas que pronto le cubrieron todo el cuerpo, el brillo de sus escamas rojas llamó la atención de un vago medio dormido, ella extendió las alas, se elevó y perdió en el cielo estrellado.

Terminado el trabajo volvería al puente, se resguardaría debajo de la estructura en donde había empezado todo y esperaría encontrar al otro día en el periódico la noticia que anhelaba.

– FIN –

Basado en: «Hi no Ryuu (Dragón de Fuego)», de Carmen Gutiérrez.

Las ranas «menguantes» de Marvin

Por Raúl Omar García.

Basado en «Ranas menguantes», haikus de Sara Lew


—Es como si su piel estuviera en descomposición.
Primer plano al rostro de preocupación de Marvin. Él tiene en sus manos un escalpelo. Sobre el pupitre está una bandeja con el cuerpo de una rana dispuesta para su disección. El muchacho escucha la charla que sostienen dos de sus compañeras acerca de Darla Guzmán, mientras observa el cuero putrefacto del anuro.
Un zoom a la dilatada pupila marrón de Marvin revela la imagen de aquella tarde a orillas del lago…
…A través de la lupa, la rana se veía inmensa, pero no pudo ser inspeccionada con detenimiento, ya que se zambulló de cabeza del nenúfar al lago.
—Diablos —rezongó la niña—. No se quedan quietas. Hay una anomalía en estos bichos.
—¿Cómo sabes? —preguntó el muchacho—. Todas se ven iguales para mí.
—Eso es porque eres un ignorante.
—¡Oye…!
Sh. —Darla señaló un batracio que parecía aturdido. Este intentó dar un brinco, pero quedó tendido de panza. Los estertores de la muerte silbaron desde el interior del ahora cadáver.
—Tendré pesadillas —manifestó Marvin.
—Marica —declaró Darla, pasando a su lado. Él la siguió.
De rodillas, escrutaron con la lente de aumento al ser sin vida.
—¿Ves? — indicó la nena—. Su dermis mengua.
—¿De dónde sacas esas palabras?
Ella se apoyó en un codo:
—¿No te gusta que hable así?
—Da la impresión de que te la quieres dar de importante.
—¿Y no lo soy para ti?
—Qué…
Darla le cortó la frase con un dulce y prolongado beso, agarró al anfibio por las patas y salió corriendo.
—Vamos —vociferó ella—, estudiémosla en mi casa. Te aseguro que algo anda mal aquí.
Marvin se quedó sentado, saboreando su primer beso, cuando un chapoteo en el agua llamó su atención. Giró su torso en dirección al sonido acuoso, y palideció. Unos ojos gigantes, seguido de una cabeza enorme, emergieron a la superficie, develando una rana de tamaño colosal, que engullía a sus pequeñas congéneres...
La proyección de Marvin huyendo despavorido se pierde en la abertura del iris antes de volver a tener delante de nosotros la faz del joven, sentado en su clase de biología.
El chico se horroriza cuando una de las extremidades del animal se estremece tres veces.
Marvin suelta el bisturí, mira a sus compañeros, que manosean los cuerpos rechonchos de color verdoso y de abdomen claro, y grita:
¡No toquen esas ranas, son menguantes!




jueves, 29 de mayo de 2014

Hambre

Por Luis Seijas.

       Todo está preparado. La ansiedad y el miedo, ya no son dos sentimientos que los atormentan. Son compañeros que han tomado forma, dándoles valor. La próxima vez que el guardia abra la jaula de nuevo,  huirán.
Dejaran atrás ese encierro, solo por pensar diferente. Si no estás con nosotros, estás en contra… se puede leer en todos carteles a lo largo de la ciudad. 
—¡Sargento, busque a los prisioneros! —grita por el parlante el General.
Gabriel, al oir la orden, como puede se abre paso y se ubica, con los puños cerrados, al lado de la puerta de la jaula. Listo para atacar. Todos sus recuerdos están enmarcados con golpes de garrotes y olor a mierda. Son muchos los años allí hacinados, en un ayuno casi constante. Porque en esos días malos cuando no soportaban mas, su dieta consistía en heces y orine; en los días buenos, cuando le daban comida, era arroz con gusanos. El hambre cambia.  
El Sargento se dirige a cumplir el mandato, pensando en lo que sería de ellos si la guerra no hubiese estallado. En el fondo, siente pena por ese grupo de insurgentes encerrados, solamente por predicar amor y la paz, en un mundo que se ha convertido en una lucha atroz por sobrevivir. Casi puede escuchar la voz de su General, cuando le decía en esas conversaciones informales en su oficina, lejos del caos: “Hijo en los momentos que estamos viviendo, si no actúas con fuerza y determinación eres la carnada”.
Absorto en sus pensamientos empieza a abrir la puerta. Lo sorprende un golpe directo a la nariz que lo lanza al piso. 
Todos los insurgentes salen en estampida, una avalancha de manos y pies golpean al guardia sin piedad. Gabriel toma el garrote, lo alza y aullando de excitación lo estrella contra la cabeza del moribundo.
En ese breve instante, el hambre de libertad fue opacada por el rugir de los estómagos, que cansados de comer tanta mierda, ven en la carne del guardia, un banquete servido.
Ya habrá tiempo de escapar.
Ahora es hora de comer.


– FIN –

Basado en: «Insurrección» de Raúl Omar García.

Insurrección

Por Robe Ferrer.

    El calor era infernal. Aquel verano era excepcionalmente caluroso. Cada verano era más caluroso que el anterior. Las moscas revoloteaban alrededor de aquellas malditas jaulas en las que estaban encerrados. Y no era de extrañar, ya que lo único que había allí eran sus heces, las cuales les servían de alimento.
Si unas semanas atrás le hubiesen dicho que aquello iba a suceder se hubiera carcajeado de quien lo hubiera dicho. Era libre y vivía en el gran páramo que había cerca de la frontera. Los rastreadores tenían prohibido cruzar la frontera, así como la gente libre no podía atravesar al otro lado o serían apresados.
Las dos razas estaban muy bien diferenciadas. Los carne de cañón y los seres superiores. Desde que se aprobó la clonación humana, se creó una superraza que dominó al resto de la población y los que no se sometieron a su esclavitud, fueron perseguidos. Tras años de lucha, las dos razas llegaron a un acuerdo y una no invadiría el territorio de la otra.
Aquel acuerdo se violaba cada poco tiempo. Los rastreadores de los seres superiores se adentraban tras la frontera para capturar a carne de cañón para experimentar con ellos.
Cuando se abrían las jaulas para introducir a más prisioneros, veía una esperanza de libertad. Podía echar a correr y aquellos seres superiores no serían capaces de alcanzarlo. Sin embargo, una vez fuera de aquel edificio no sabría cómo regresar al otro lado de la frontera.
Pero los carne de cañón presos se habían cansado de aquello. Aquella noche, cuando los rastreadores llevaran a prisioneros nuevos habría una insurrección y huirían todos. Que los subestimaran sería un punto a su favor.
—Manada de estúpidos —dijo un rastreador aquella noche—, apartaos de las puertas, que os traemos compañía.
Los presos se pusieron al fondo de la jaula. Las puertas se abrieron y nuevos prisioneros eran empujados por los rastreadores. Un grito salvaje salió de las gargantas de los carne de cañón, y todos a una se lanzaron contra sus captores. Algunos de los presos murieron, otros consiguieron huir, pero la gran mayoría se quedó en aquella sala comiéndose a sus captores. El hambre era superior a las ganas de libertad. El hambre era superior a los escrúpulos de comerse a otro ser humano.


– FIN –

Basado en: «Insurrección» de Raúl Omar García.

miércoles, 28 de mayo de 2014

El momento

Por Muriel Menéndez.

En las entrañas de un tornado, Janet huye para ponerse a salvo con su bebe de apenas un año.  Las casas, los coches y demás cosas se ven volar y cayendo en todas direcciones. Janet decide esconderse en la casa de la playa a unos pocos kilómetros de allí.
Dejó al bebe en el coche mientras abría las puertas de la casa mata, y en ese momento, cuando parecían ya a salvo, el tornado se acercó a la casa, y diversas cosas cayeron encima de Janet dejándola atrapada bajo un montón de escombros. El bebe no paraba y de llorar, y Janet solo podía mirarlo sintiendo la impotencia de no poder hacer nada y tan sólo esperando que Anthony pensara al igual que ella en ese lugar. El tiempo y el tornado pasaron. Pero los escombros siguieron en su lugar y con ellos la poca desesperanza que embriagaba a Janet.
Como una aparición milagrosa, la silueta de Anthony se recortaba contra una tenue luz que despedía una farola medio derruida.  Una lágrima resbalaba por la cara de Janet,  dejando un surco limpio en su mejilla, mientras su cara llena de suciedad reflejaba  la alegría de saberse salvada. Esperanza.

– FIN –

Basado en: «Diez haiku para un haiga» de Gloria Neiva Antúnez Meza.

El Cordón

Por Vanesa Ian.

     Cansado, pero feliz de haber tocado tres horas la guitarra ante un público de lo más cálido, me dispuse a llegar a mi casa y pasar directo al dormitorio, en donde me esperaba mi tan querida cama, la cena la pasaría de largo; así de enorme era mi cansancio.
     Apenas apoyé la cabeza en la almohada me dormí, sentía como las tensiones se iban de mi cuerpo instantáneamente. No sé cuánto tiempo habrá pasado desde que mis ojos se cerraron, pero creo que no mucho, y ahí estaba yo, despierto otra vez.
     Pero algo extraño estaba pasando, algo por demás de raro ¡Estaba flotando! Giré sobre mí mismo y vi mi cuerpo en esa posición tan conocida por mí, la cabeza entre dos almohadas y de costado. Sí, era yo, no cabía ninguna duda…
     ¿Pero qué estaba pasando? Esto tendría que ser un sueño, pero de alguna manera no lo sentía así, y si lo era, era el sueño más vívido jamás tenido. De repente me vino a la cabeza un fragmento de una vieja película… - ¿No quieres un globo? Todos flotan. - Dijo el payaso.
     Lo cierto era que sí, estaba flotando. Un hilo de color plateado salía de mi frente y me conectaba con mi otro yo dormido. Claro, me dije, es el famoso cordón de plata ¡Dios! ¿Esto es un viaje astral o me estaré muriendo? Sentí miedo, pánico… Esto no podía estar pasando. El mundo se llenó de colores, cada objeto del dormitorio emitía su propia luz. Era todo tan bello pero a la vez tan tenebroso que decidí salir.
     Afuera era lo mismo, cada luz, cada auto, cada casa, todo tenía su contorno brillante. Una figura luminosa cruzaba la calle y otra, tan oscura como la noche, estaba frente a mí. Traté de alejarme rápidamente, pero esto de flotar, no era lo mío. Pero ¿A dónde ir? ¿A quién recurrir? ¿Qué hacer? Doblé la esquina y la impresión fue tan grande, que mi mente tardó en asimilar lo que veía. Un ser titánico, de dimensiones enormes abarcaba toda la calle. Me quedé ahí, sin moverme, literalmente, estaba petrificado.
     Se acercó hasta mí, me miró, sus grandes pero habilidosas manos tomaron mi cordón de plata y lo cortaron. Entonces dijo:
- Será un placer tenerte acá.
     Desperté bañado en sudor, buscando mi cordón de plata. No lo encontré… Pero acaso ¿Alguna vez lo había tenido?


– FIN –

Basado en: «Diez Haikus para un haiga» de Romina Hernández García.

martes, 27 de mayo de 2014

Días de guerra

Por Gean Rossi.

Las dunas parecían nunca acabar. Sus pisadas se hundían en la arena. No había rastro de plantas, agua, si quiera nubes que taparan el sol.
            —No puedo continuar —comentó su hermano con voz apagada.
            —¡Tienes que aguantar! no puedes dejarme solo —No podía imaginar qué haría sin él.
             —Me duele mucho la pierna —añadió su hermano apretándose el lugar de la herida con la vaga esperanza de que pudiese mejorar.
            —Se ve horrible…
            Donde lo había mordido la serpiente se había puesto de un tono morado oscuro, casi negro, que se extendía cada vez más. Tenía la pantorrilla terriblemente hinchada, parecía la pata de un elefante.
            —No debe faltar mucho, ¡tenemos que seguir! —Habían partido hace cinco días, ya no les quedaba ni comida ni agua. Estaban deshidratados, cansados, adoloridos y sobre todo tristes, porque las cosas no habían salido como pensaban.
            La guerra nos rodea, nos espera un mundo mejor, allá, a lo lejos… Era lo que siempre decía su hermano cuando se detenían frente al inmenso desierto, con la esperanza de que un mundo mejor los aguardaba al otro lado.
            Y allí estaban, asándose bajo el sol, perdidos en un infinito desconocido.
            Dieron un par de pasos más, uno aguantado del hombro del otro, cuando la pierna herida le falló a su hermano y cayó de bruces sobre la arena caliente.
            —¡Me duele demasiad… —Sus palabras se cortaron por un grito de dolor que fue como una apuñalada a su corazón.
            —¡No te rindas!, Yo sé que puedes seguir…
            —¡No! —Se detuvo para gemir de dolor—, ¡No entiendes!, debes seguir… tú solo. Consíguelo, hazlo por mí.
            —Pero… ¿cómo? ¡Tú eres mi guía!, con tu paso siempre seguro, podía haberte seguido hasta el fin del mundo…
            —¡Y mira hasta donde nos metimos! —Hizo un gesto de dolor— Continúa, hermano, yo me encontraré con mamá y papá y les contaré lo fuerte que fuiste… —Sus ojos se cerraron lentamente y su cuerpo dejó de estar vivo.
            Tras largas horas de caminata, pensaba que había fallado en su misión, cuando divisó frente a él un pueblo donde la gente caminaba por las calles, felices, y el sonido de las armas era algo desconocido.
            No aguantaba más y cayó al suelo. A los poco minutos escuchó una voz femenina, sentía que alguien lo llevaba en brazos.
            —¿Aquí no hay guerra? —preguntó con un hilillo de voz.
            —No, aquí estarás a salvo.

 – FIN –

Basado en:  «Guía», de Carolina Dilo.

Atrapada

Por Gloria Neiva Antúnez.

Era de mañana cuando lo vi. Era pequeño, su pelaje tenía una pequeña manchita cerca de la cola. Sus ojos parecían buscar algo. Creo que estaba triste. Por lo que me acerqué. Extendí mi mano para tomarlo pero la voz de papá me alerto.
—¡Lissie, ven! Llegaremos tarde.
Hice caso a la voz de papá, y fui a tomarle de la mano, pero no sin antes echar una ojeada hacia atrás. Lo observe estirarse, enroscarse, incluso me pareció escuchar su suave maullido antes de doblar la esquina. Fruncí mis cejas en señal de preocupación cuando ya no lo pude ver.
Al día siguiente me levante decidida, pero mamá no debía descubrirme.
—¡Toma!—le dije mirándolo.
Salió despacito de su caja de cartón, meneando la cola. Sin que se dieran cuenta lo había metido al patio. Sus ojos me observaron desconfiados antes de acercarse para tomar lo que le había traído. Estiré mi mano, y no pude evitar reírme de felicidad. Era suave, y una emoción de alivio se alojó dentro de mí.
—Lissie ¿Qué haces ahí? —escuche que decía mi madre por lo que caí sentada al suelo tratando de levantarme y ocultarlo.
—¡Mamá!—le dije levantándome del suelo y tomándolo en mis manos mientras este se agitaba.
—¿Qué haces con ese gato?—me dijo mamá, su rostro serió.
—Estaba triste mamá, lo encontré, no tiene a nadie.—Le dije resignada, me habían pillado.
—¿y? —me pregunto aún seria, mis ojos ahora me picaban porque deseaba llorar, debería haber sido más cuidadosa me dije, no quería que el pequeño acabara en la calle otra vez.
—¡Lo quiero mamá! Es muy pequeño, como yo.—le dije protestando. No quería que tuviera hambre de nuevo.—¡Míralo, no es lindo!—le dije levantando al pequeño frente a mí.
Los ojos de mamá se suavizaron de pronto.
—Lissie…
—¡Por favor! Míralo, es pequeño, lo cuidaré, lo quiero…—proteste, aferrándome al gatito, y encerrándolo en un abrazo.
—Está bien, Lissie, pero veremos lo que dice tu padre.
—El me dirá que sí. Es demasiado lindo para decirle que no.
Escuche la risa de mamá y un suspiro.
—Ya veremos Lissie, ya veremos.
Manchita durmió conmigo esa noche. Papá dice que debo cuidarla mucho, y lo haré. No dejaré que se quede solo de nuevo.

– FIN –

Basado en: «10 Haikus para 1 Haiga», de Esteban Dilo.

lunes, 26 de mayo de 2014

Amor ciego

Por Alejandra López

Desde que entré por primera vez a trabajar en la oficina y la vi, me gustó. La noté tan atractiva y moderna que me sentí impactado. Pero cuando escuché su voz, me enamoré. Hablaba con una cadencia que era como música para mis oídos. Aunque claro, siempre le hablaba a él, el gran señor, nuestro jefe. Él a veces estaba enojado y le daba órdenes en un tono ríspido, pero ella no se dejaba apabullar. Siempre le contestaba con elegancia y sensualidad.
De vez en cuando yo dejaba de hacer mis tareas y empezaba a divagar, me imaginaba su dulce voz diciéndome obscenidades en algún lugar donde solo la naturaleza fuera testigo de sus palabras lujuriosas.
Hasta que un día la escuché mientras le leía un mail al jefe. Le hablaba de una cita, del nuevo colchón de agua que quería estrenar con él.
Ahí fue cuando no aguanté más. Me levanté de mi silla, tomé el maldito bastón blanco del jefe y acallé todas las palabras de su estúpida computadora para siempre.

– FIN –

Basado en: «Arboleda cómplice», de Juan Esteban Bassagaisteguy.


sábado, 24 de mayo de 2014

Ella y las Burbujas


Por Ricardo José Vega.



Ella y las Burbujas
La amé con pasión desordenada
pues creí que me brindaba el mundo...
el dorado
champagne …la maravilla …
de los mundos insólitos y raros…
– felicidad que brilla –
Creí que las aguas y los cielos
se juntaban en plegaria
para darme …
las húmedas caricias ,
las burbujas…de una ilusión
hecha de viento y carne.
Fui feliz…no niego la ventura
suaves y etéreas …coloridas …
cientos de pompas
de espuma cristalina
girando alrededor ,
decían que eran míos…
los cantarinos ríos
de su rostro … su figura ,
- su dolorido amor – .
El sol , que es realidad ,
las fue explotando…
les mato el brillo
marchitó su flor…

Solo el recuerdo de ilusión volando ,
me dejaron , gentiles y serenas ,
y a sombría región
se fueron, cuando
yo me quedé aquí solo
con mi pena.

sábado, 17 de mayo de 2014

Otoño en sepia


Por Ricardo José Vega.



OTOÑO EN SEPIA

Anochece lento.
Llega la melancolía volando,
aleteando… da unas vueltas
sobre mi cabeza
antes de aterrizar
a mi lado.
Le pregunto: por qué
de nuevo aquí? – sonríe -.
- No soy yo - ...me dice cínica ...
Es el primer atardecer de Otoño…
Todo combinando.
Miro el horizonte
y veo al verano
diciendo adiós
agitando
 su mano caliente...
Quiero pensar una frase
que defina todo esto
y ella también llega
pero arrastrándose:
" Tiempo de sembrar ..."
Escucho desde el viento
una voz conocida ...:
" Haré caer las hojas
para que todos sepan...
hay que preparar los abrigos ...
acaba de darse vuelta la moneda "


sábado, 3 de mayo de 2014

Aquel color...!


Por Ricardo José Vega.


es fría y oscura esta noche sin preludio...
me inclina
a recorrer aquellos hechos
del pasado
que en sus días,
fueron verdad...

Todo impregnado está...
todo rezuma
- ternura y bruma -

aquel color fundamental...

Se hará mas tibio ,
de lo que fuera
en aquellos tiempos
de sol glorioso...
mas no se irá.

Claro es que tengo la paleta
de pintor,  toda provista
de posibilidad...

tengo el amor del alma mía ,
( algo cansada de buscar )...
y tengo...tengo
otra cosa ...

una otra cosa mas...

las manos llenas
de una ternura nueva ,
primaveral ;


Con ella ,
puedo enfrentar ya el viento
del otoño,
y hasta el hielo implacable
de esta soledad...

es fría y oscura esta noche sin preludio
cuando recorro en mi soledad
aquellos hechos
de tiempo y viento
que en  días gloriosos ,
fueron verdad...

Todo impregnado está...
todo rezuma
- ternura y bruma -

aquel color fundamental...