sábado, 30 de agosto de 2014

TE FALEI...NAÔ TE FALEI ??


Por Ricardo José Vega.


La empresa donde yo trabajaba ,en Saõ Paulo, inauguraba una filial en Copacabana y tuve que dislocarme por una semana a Río de Janeiro.
En lugar de volar en el puente aéreo del lunes, para ir directamente al trabajo, viajé el domingo por la mañana decidido a aprovechar el día en la playa.
Estaba en un hotel cercano al mar y había planeado ir a tomar sol y nadar un poco ; mas el cielo nublado, del que intermitentemente caía lluvia por veces densa y por veces menuda, me quitó el entusiasmo.
Al fin de la tarde, pedí a la telefonista, me recomendase un buen restaurante cercano…y alentado por su melodiosa voz, unida a una gran amabilidad y atención extrema , y catapultado por mi solitario aburrimiento…la invité a cenar conmigo.
Salgo a las 9,00 me advirtió…pero no sé...CREO QUE NO TE VA A GUSTAR …me dijo misteriosamente.
Me reí y le aseguré que esa voz, solo podía ser de una joven angelical…y que sería un placer compartir la cena con ella, en el " bistró" que me acababa de recomendar.
Tomé una ducha alegre , pensando risueñamente en la timidez y humildad de mi nueva amiga.
A las 9 en punto fui a la puerta del hotel, con una revista Veja en la mano para ser reconocido, según combinado.
Pocos minutos despues, ví aparecer desde el Hall una figura alta, obesa, desproporcionada , con un rostro redondo como la luna , sonriendo de oreja a oreja y mostrando dos únicos dientes superiores y uno inferior, los tres de tamaño GG, mientras sus cabellos se disparaban como alambres oxidados hacia el cielo y en su ancha nariz reinaba soberana , una verruga con tres largos pelos.
Fue apenas comenzar yo a decirle que tenía gran gusto en conocerla pero que estaba algo indispuesto y no iba a poder…
cuando ella sin dejar de sonreir como un luminoso plenilunio …me dijo ( con aquella maravillosa voz que daría envidia a una sirena lírica …) mientras subía y bajaba su dedo índice en el aire : ” Eu te falei !!….Nao te falei…??? jua juaaa…
Está vendo o que dá convidar no escuro ?? ( ves lo que es invitar sin conocer ?)
jua jua jua …naõ me digas que eu nao te avisei…
PORQUE EU TE FALEI...NAÕ TE FALEI ?? EU TE AVISEI...NÃO TE AVISEI ??
y se fue riendo y caminando ...ocupando con su metro y noventa de altura y su volúmen náutico, mas de media vereda ,
mientras bamboleaba las caderas, que eran como un tambor tehuelche conectado confusamente con sus espaldas hercúleas, anchas y musculosas.
Su amplio vestido impecablemente blanco, le daba la apariencia de un navío fantasma con las velas desplegadas , avanzando hacia el mar océano y hacia la noche , dejando tras de sí , como una estela, como un rastro luminoso, aquella melodiosa voz , que golpeaba en mis tímpanos y en mi conciencia , diciendo:
" Eu te falei !..naõ te falei ?
Eu te avisei !!...naõ te avisei ??"
Fue en ese momento que sentí un confuso estado emocional ...
una profunda voz interior me dijo en el oído..." ésto que estas haciendo es una canallada..." un resorte ignorado se soltó dentro de mí , y sin pensarlo mas , salí corriendo atras de la gran figura blanca que se alejaba.
La alcancé y algo balbuceante le explique que ya me sentía mejor ...que los nervios me habian dejado ansioso y que la convidaba a cenar en algun restaurante de " beira de praia " que ella recomendase.
Se iluminó su rostro con la miel de la alegría espontánea , y ofreciendome el brazo nos fuimos caminando por Copacabana hasta un restaurante portugues llamado Mondego ( nombre del río que atraviesa Coimbra ) donde cenamos frutos de mar a la parrilla.
Mi nueva amiga resultó de una simpatía y sentido de humor extraordinario y despues de tomarnos un sorvete de Maracujá cada uno, fuimos a un Karaoké donde cantamos a duo ...
Su voz privilegiada despertó la atención de algunos parroquianos que la aplaudieron, como si fuese una cantante famosa.
Nos despedimos como dos antiguos amigos que se hubieran reencontrado por una noche ...despues de algunos años .

Fin

sábado, 23 de agosto de 2014

Dos huevos fritos


Por Ricardo José Vega.

DOS HUEVOS FRITOS

Pongo aceite en la sartén
algo de sal pongo adentro
una hojita de cilantro
que en Brasil se llama "coentro”
y espero que pase un tren
( para que tiemblen los huevos )

Cumplidas estas cabalas
muy importantes, por cierto
para tener buena cena...

enciendo el fuego

y ya ardiente…
tomo dos huevos valientes
y los lavo con jabón
además les  paso  alcohol
pá matar la ” salmonella “…

Van 2 lonjas de jamón
bien grueso...crudo... serrano
del español o italiano
( tambien de Córdoba sirve)
miel... mostaza…algun vinagre
( del aromático , es claro )
y un poquito de gengibre...

pimienta ... la calabresa,
un algo de mantequilla
y un chorrito de cognac

Casco en el borde filoso de la sartén
los dos huevos
(los coloco en sendas tazas
por si salen desinflados ,
o llorosos o rasgados
o tambien algo asquerosos
cuando estan medio pasados...)

pero si estan luminosos
como soles relumbrantes
entonces sigo adelante…
los derramo en la sartén
mientras grito :

Ay…Ay…requiém!!

(es claro ... me estoy quemando)

con aceite salpiqué
y suelto ya el sostén
del mango …
y de la sartén...
ahora ya estan en el suelo
y me miran cual dos soles

Empiezo todo de nuevo
despues de llamar mi perro
que devora a lenguetazos
el desparramo de huevos
y sus pequeños pedazos.

Es la hora de la soja
( a la salsa me refiero)
y del perejil campero
ya previamente picado...
el ajo…el queso rallado…
media cebolla y el puerro
( alho poró , que le dicen )...

Uy … el telefono toca
voy hasta él y lo atiendo
aquel cobrador de nuevo
( aún no pagué el lavarropas !!…)

y cuando vuelvo enojado
despues de aguantar la lata
sobre inmnente protesto
encuentro un humo concentrado
rico … blanquecino...intenso …

- los huevos todos quemados !!! -

pero que gran maldición !!
grito casi enajenado...
tendré que recomenzar
o comer carbonizado ...!!


viernes, 8 de agosto de 2014

Vestigios

Por Alejandra López.

Helena tiene un mal presentimiento que se hace realidad cuando entra al dormitorio. Sabe que nunca más podrá borrarse esa imagen de su cabeza. Su adorado Sergio está acostado en la cama, rodeado de un charco de sangre. Ana permanece sentada a su lado gimiendo y en una postura rígida, una de sus manos sostiene el revólver. Cuando nota que Helena está parada al lado de la puerta, le dice: “Llegaste tarde, queridita. Ya es tarde para todo”. Y empieza a levantar el arma como en cámara lenta.

Un cálido día de otoño Ana recibió la noticia. Sus dos únicos hijos estaban en las islas del sur, donde se había izado la bandera argentina.
Acostumbrada a estar sola desde que enviudó, sus dos hijos no estaban casi nunca en casa; habían elegido la carrera militar. Tony (como el abuelo Antonio) y Sergio parecían mellizos a pesar de la diferencia de dos años de edad. Desde chicos fueron muy unidos. Siempre la misma escuela, los mismos amigos, los deportes y hasta la misma carrera, por supuesto.
Ana recordaba que cuando eran chicos, Tony se había agarrado la varicela y lo mantuvo aislado para no contagiar al hermano. Pero Sergio lloraba tanto por no poder ver a Tony que Ana tuvo que acceder a que lo espiara desde la puerta de la habitación.
Sergio se zafó y corrió hasta la cama de su hermano y empezó a toquetearle las ampollas. Luego se limpió las lágrimas con las manos y miró a la madre que presenciaba atónita la escena diciéndole: “Si él falta a la escuela, yo también”. Y claro que se pescó la varicela y no fue al colegio, se quedó junto a su hermano.
Cuando llegaron a la adolescencia no hubo discrepancias a pesar de que los dos se enamoraron de Helena, la joven más bonita y dulce del barrio. Helena eligió a Sergio y así quedó la cosa. Se pusieron de novios.
Una vez, Sergio habló seriamente con su hermano sobre el asunto. Tony le dijo que no se preocupara, que lo de él era solo una infatuación estival, que siguiera tranquilo su relación con Helena porque él tendría que ver qué pasaba con Alicia, que ya le había tirado varias indirectas y le parecía bastante atractiva.

El viento ruge implacable en las islas. Los jóvenes-hombres-soldados no están acostumbrados a las adversidades climáticas, tampoco están preparados, su ropa no es la adecuada. Pero menos adecuadas son sus almas. Muchos de ellos no han visto ni tan siquiera una película sobre la guerra. Otros, sí. Y por eso le temen. Alguien simplemente dio la órden  y allí están ellos, con poco o nulo entrenamiento.
A veces el ruido de los misiles y las balas es atroz y taladra sus cabezas. Pero por lo menos lo escuchan, señal de que están vivos.
Los cabos Antonio y Sergio Andrade forman parte del batallón de infantería Nº 601 y están juntos en la misma misión por la recuperación de las islas del Atlántico Sur.
Son muy jóvenes y saben poco y nada de tácticas, el entrenamiento fue casi inexistente.
Sienten mucho frío, al igual que todos los soldados argentinos, llevan puesto un uniforme delgado. Los más afortunados llevan un sweater debajo del uniforme. Ya hace más de un mes que están combatiendo, asesinaron a  algunos enemigos (que vuelven a visitarlos cada vez que duermen) y vieron caer a muchos colegas.
Sus psiquis son muy frágiles, no están preparadas para matar y morir, no todavía.
Tienen muchos momentos de debilidad.
—Hermanito, si salimos de esta, me caso con Helena y nos vamos a vivir con mamá para que no esté sola.
—Yo quiero ser el padrino de la boda —dice Tony, y luego agrega con la mirada perdida:
—Si me muero, prometéme que vas a cuidar a mami.
—Te lo prometo. Vos también cuidá a la vieja si me muero yo.
—¡Por supuesto!
Sus obsoletos FAL no les sirven para protegerse. En un enfrentamiento, Tony cae herido de muerte. Sergio lo ve desde donde está atrincherado y corre hacia él por última vez en su vida. Pisa un sector minado y sus piernas vuelan por el aire desintegrándose.
Sergio despierta en un hospital y cuando toma conciencia de que su hermano ha muerto y él ya no tiene piernas, sale de sus entrañas un grito de animal herido que perfora el aire como un misil.

Un mes más tarde lo llevaron de vuelta a la casa de su madre. Se negó rotundamente a recibir a su novia cuando lo fue a visitar. Le dijo a Ana que le diera a Helena una nota que había escrito en un trozo de papel. La misma era muy escueta: “Nosotros terminamos. Olvidate de mí y rehacé tu vida”.
Helena se marchó acongojada de la casa, pero antes de irse, le dijo a Ana:
—Lo voy a esperar igual. Vos avisáme que yo vuelvo cuando él esté mejor.
La mejoría no llegó nunca, Sergio quedó sumido en una profunda depresión. No quería sentarse en la silla de ruedas. Pasaba todo el tiempo acostado, vegetando.
Pero aún así podía ver el sufrimiento de su madre que había perdido un hijo y medio. Quería terminar con su dolor, con las pesadillas que lo atormentaban todas las noches sobre la guerra y cómo no pudo auxiliar a su hermano, cómo  había terminado convirtiéndose  en un inválido. Sobre todo, quería dejar de ser una carga para su madre.
Habló con ella una tarde en que le llevó el café con leche a la cama. Le dijo que se quedara, que le tenía que decir algo muy importante. Ana se sentó en la silla verde, muy cerca de la cama y miró cómo su hijo revolvía el café con la cuchara.
— Ma, ¿te acordás de Tiki?
—Tiki… —dijo Ana con una sonrisa— ¿cómo olvidarlo? Era mi regalón.
—Sí, fue un perro increíble. Era puro amor con todos nosotros.
—Prácticamente ustedes crecieron con él, jugaban y hasta dormía un rato con tu hermano, un rato con vos. Todavía lo extraño.
—Sí, mamá. Yo también lo extraño. Pero, ¿a cuál extrañás? ¿Al Tiki que jugaba, que nos demostraba su cariño, al que nos dio trece años de alegría y compartió nuestros momentos difíciles; o al Tiki de los dos últimos años que estaba sordo, ciego y que con las articulaciones atrofiadas lloraba de dolor? ¿A cuál extrañás?
—Es el mismo perro, pero claro que lo recuerdo cuando estaba bien, era muy duro verlo tan mal. —Cuando dijo estas últimas palabras se dio cuenta de que se metía en un terreno peligroso.
—Ma, es una gran cosa la eutanasia.
Los ojos de Ana brillaron. La noche anterior había llamado a Helena que vivía ahora a unos cien kilómetros de distancia. Su hijo estaba cada vez más deprimido y pensaba que tal vez ella pudiera sacarlo de esa apatía. La joven prometió ir enseguida, pero hasta el momento, no había llegado.
—Sergio, ¿a dónde querés llegar con esta conversación?
—¿A dónde quiero llegar? A no sufrir más, mamá. A no hacerte sufrir más a vos. Mamá: estoy acabado, tengo veinticuatro años y estoy acabado. A la larga o a la corta me voy a morir, ¿para qué prolongar más esta agonía? Agonizo yo, agonizás vos, mamá. Tiki agonizaba e hicimos una obra de bien llevándolo a sacrificar. No era justo que un perro tan noble y bueno padeciera de esa manera. Mamá… esto sería lo mismo, una obra de bien, un acto de amor, me estarías evitando más sufrimientos. Solo te pido que me des el revólver, yo lo voy a hacer. Sé que va a ser traumático para vos por un tiempo, pero creéme que es la decisión correcta y lo que yo deseo.
Sin decir nada, Ana salió violentamente de la habitación de su hijo y se encerró en su cuarto. Empezó a arañarse las manos. Ya no había lágrimas, las había gastado todas.
Pasó un par de horas así, sentada, pensando. Tomó el arma que estaba en el cajón de su mesa de luz. En ese momento, el micro que traía a Helena estaba arribando a la terminal. No había conseguido pasaje para los dos que salieron antes.
Pero Ana ya no se acordaba de ella. Entró en la habitación de su hijo, cada paso le costaba como si tuviera los pies de plomo.
Cuando Sergio la vio con el arma en la mano, se le iluminó la mirada y le dijo:
—Gracias, gracias mamá. Sé que esto te cuesta una enormidad, pero estás haciendo lo correcto. Es lo mejor que podrías hacer por mí. Sos una excelente madre, mamá. Siempre lo fuiste. Te amo.
Ana se tiró sobre la cama y abrazó a su hijo, él tomó el revólver de entre sus manos y besó su rostro con suavidad.

“Llegaste tarde queridita, ya es tarde para todo” —dijo Ana a la conmocionada Helena. que miraba con horror el cadáver de su novio; luego levantó el arma y apretó el gatillo.

Fin

Basado en: «Días de guerra» de Gean Rossi.


¿Humanidad?

Por Gloria Neiva Antúnez.

El cielo era gris cuando la lluvia comenzó a caer violentamente. Max parpadeaba mientras la sangre era lavada de su rostro. No se reconocía a sí mismo en ese momento. Había sido reducido a un animal sin frenos. Lo último que retenía en su memoria era la sensación del hambre y luego de qué esta desapareciera, el instinto lo obligo a huir. Sus pulmones le ardían y protestaban por el esfuerzo de conseguir un poco de aire. Parpadeo un par de veces mientras el agua parecía a la vez aclarar un poco su mente.
Una parte de su ser consciente se preguntaba si ya había pasado la línea. La otra parte simplemente trataba de recordar el significado de porque era importante el cruzar la línea. Estaba en medio de un frondoso bosque. El barro cubría sus ropas a parte de la sangre que se diluía un poco con la lluvia.
Cayó de rodillas mientras jadeaba por aire; ya que respirar se hacía cada vez más pesado. Sus ojos le dolían, le pesaban y sin darse cuenta perdió la consciencia al minuto siguiente, y soñó. Soñó con el mundo antes de qué su propia bestia se hiciera camino fuera de él.
La siguiente vez qué Max abrió los ojos el sol estaba en su cara. Se levanto desorientado y tenía sed. La lluvia había dejado muchos charcos a su alrededor y tomo un poco del agua de esos charcos antes de renegar por ello.
Max se preguntaba por minutos a qué se encontró reducido en aquel lugar. Había probado la sangre de otro ser humano, su carne. Incluso comido cosas qué era mejor no recordar. No quería recordar y ni siquiera lo intento. Su mente trataba de procesar lentamente todo lo qué le ocurrió y lo protegía a la vez. Por lo qué en su inconsciencia esta le entregó vestigios de su pasado. Los buenos tiempos.
Durmió por horas antes de despertar, se levanto poco a poco y se estiro tratando de recobrarse. Una lágrima se escapo y cayó por su mejilla sin poder retenerla. No había nadie a su alrededor pero aún así se sentía expuesto. Había hecho algo horrible para escapar. Él lo sabía, sus manos y piernas temblaron, tenia cortes en todo su cuerpo. Sus ropas no eran más qué retazos de tela. Ni siquiera estaba seguro de cuánto tiempo había estado en aquel lugar. Se negó a rendirse aunque en su corazón sentía qué tal vez hubiera sido mejor para él morir.
Pero aquella parte primitiva qué en el encierro había despertado dentro de él, no se lo permitiría. Mientras avanzaba casi tropezando se cuestionaba a si mismo creyéndose un loco,  y qué tal vez la locura lo acompañaba ahora y por el resto de su vida.
Estuvo caminado sin rumbo durante minutos, tal vez horas antes de qué un vehículo casi lo atropellara. Hablaban una lengua qué el no reconocía, pero qué debería comprender le apuntaban con armas. Sus ojos se volvieron salvajes. Todo su cuerpo se tenso en espera para atacar. Le dispararon un dardo y cayó inconsciente.
“Volveré al infierno” pensó antes de perderse en la oscuridad. Cuando despertó otra vez, se encontró en una sala blanca y el temor se apodero de él. Todo su cuerpo tembló en un arranque de miedo mientras la puerta se habría.
El médico se acerco hasta él y le hablo. Seguía sin reconocer lo qué deseaba decirle este pero las palabras le resultaron familiares. Entonces le mostró una placa. Una estrella con dos laureles. Max no recordaba mucho de su propio pasado pero esa señal le provoco algo de confianza; aunque aún no permitió qué el médico se acercara mucho. Abrió la boca para decir algo, pero ninguna palabra salía de sus labios. Era como si se hubiera olvidado de cómo hablar.
Al otro lado de la sala.
—¿qué le paso?
—No sabemos señor. Suponemos qué se ha escapado de una de las salas de reclusión clandestina del otro lado.—Le informo el militar a su superior.
—¿Es nuestro o de ellos? ­—le pregunto entonces en un tono neutral.
—De los nuestros. Lleva la marca en la pantorrilla derecha.
—¿Reconocimiento?
—Maximiliano O`Donnel, distrito 4, villa 12. Desaparecido hace siete años.
—¿Ya ha dicho algo?—le pregunto entonces frunciendo el ceño.
—No señor, creo qué lo han anulado. Su mente parece un poco ida. Trato de atacarnos un par de veces y tuvimos que sedarlo. Parecía más un animal qué humano.
—Haga lo más qué pueda para que el sujeto hable. Si lo hace tendremos la prueba para lo qué hemos esperado todo este tiempo. Ya no más abusos de esos bastardos del otro lado qué se creen superiores. Es importante. ¿Sabe lo qué significa si conseguimos a uno de estos vivos y tan conscientes cómo para testificar?
—Sí señor. Significa la guerra.
El comandante parecía cansado pero asintió, y sus ojos azules cargaban una rabia y odio viejos. Su raza estaba cansada de los otros, de esos qué se creían más qué ellos.
Los pensamientos del comandante eran qué “los otros” deberían pagar por sus crímenes. Ellos habían manipulado la naturaleza y ahora estas creaciones -que siempre poseyeron consciencia propia- se levantarían contra su creador para matarlos. El pueblo del comandante trató por todos los medios de convencerlos de la paz, pero no temían a la guerra, y era justo lo qué estaba a punto de comenzar.
La extinción de la raza qué se creía con el derecho de llamarse más humanos qué ellos.

Fin

Basado en: «Insurrección» de Robe Ferrer.

Cataure

Por Carmen Gutiérrez.

—¿Su nombre?
—Oiga, ya se lo dije al otro agente.
—Pero a mí no ¿su nombre?
—Ramón Navarro.
—Muy bien, señor Navarro, soy el agente de investigaciones especiales Rodrigo Cabrera y espero que juntos podamos resolver esto —dijo encendiendo un monitor donde un video empezó a reproducirse por un segundo, lo detuvo y se encaró a Ramón—. Sabemos que estuvo en Cataure, y que usted fue la última persona en ver al señor Néstor Cortez con vida. Si usted coopera es posible que muchos de los cargos que se le imputan se puedan pasar por alto.
Ramón se quedó pensativo por unos segundos. Todo se había torcido al llegar a Cataure y ahora era (analizando el modo en que lo trataban) sospechoso de asesinato. Por un momento consideró callar todo lo que había sucedido, pero algo en la mirada de Cabrera le dio un escalofrío. El agente también estaba cagándose de miedo.
—Está bien —dijo resignado.
—¿Qué hacían en Cataure?
—Investigábamos.
—¿Qué investigaban? —preguntó Rodrigo.
—¿No me diga que no se lo imagina? —Ramón se dejó caer contra el respaldo de la incómoda silla de interrogatorios.
—¿Qué investigaban? — volvió a preguntar el agente, estoico.
—Néstor escuchó una historia hace unos meses acerca de la ciudad de Cataure. Decidimos venir a buscar información ya que encontramos muchos huecos en la versión oficial y los registros de gobierno. En la oficina de Población un contacto nos dio los datos de la Dra. Darla Guzmán, la directora del Centro Psiquiátrico de Colima. 
El agente levantó una ceja y su cuerpo se puso en alerta pero le hizo una seña para que continuara.
—Oiga, esto sería mucho más sencillo si pusiera el video, es muy difícil pasarle toda la información; tengo la cabeza revuelta y aún no me he recuperado —dijo Ramón llevándose la mano a la nuca.
Rodrigo asintió y le acercó el portátil, dejando que Ramón abriera carpetas y localizara archivos. Cuando Ramón abrió un video en particular, el agente se acercó a él para ver mejor.
La pantalla mostraba la Dra. Guzmán sentada en su amplio escritorio de roble, con su bata de médico y su cabello entrecano recogido en la nuca se veía imponente, sin emoción alguna en su rostro, sus ojos se movían inquietos, dudosos. El audio comenzó con el ruido típico de un jardín de manicomio. A Ramón le dio otro escalofrió.
«La verdad es que en Cataure sucedieron muchas cosas y de una manera totalmente distinta a la versión oficial. La ciudad se evacuó con el pretexto de que un agente de gran contenido radioactivo se había filtrado en el agua potable. La ciudad, como ustedes saben, se quedó desierta y así ha seguido hasta hoy.
¿Cuál es la realidad en esta evacuación? pregunta la voz “profesional” de Néstor fuera de foco.
La gente comenzó a presentar cuadros de esquizofrenia… podría decirse… colectiva. De pronto los hospitales comenzaron a recibir pacientes afectados con crisis nerviosas. La mayoría sufría alucinaciones y delirio de persecución a tal grado de llegar a atacar a sus familiares.
Y ¿no era, como dice la versión oficial, un agente radioactivo el causante de esto?
No contesta tajante la doctora. Hay testimonios de los mismos pacientes y familiares afectados de que algo muy raro sucedió en aquel entonces. Yo era una niña, casi una adolescente cuando nos ordenaron evacuar.
¿Cuántas personas se vieron afectadas por esto?
Más de mil quinientas dice la doctora después de una pausa.La mayoría fue exterminada.»
Por un momento sólo se escucha el ruido de fondo, la cámara se mueve hasta enfocar a Néstor que mira a Darla con cara de incredulidad, después gira para mostrar a la doctora en la pantalla.
«Por el gobierno agrega la doctora. Niños, adultos y ancianos que habían sido diagnosticados con lo que llamaron en código “La fiebre de Cataure” fueron exterminados en una noche.
¿Cómo puede ser? exclama la voz de Néstor, de nuevo fuera de foco.
Con un movimiento militar que habría dejado pasmado a Estados Unidos. Los pocos que lograron escapar fueron localizados y recluidos en diferentes centros de salud, alejados de sus familiares, disfrazados con diagnósticos exagerados para sacarlos del radar. Hay un caso en particular, el paciente cero. Sus padres lo sacaron de Cataure antes de que fuera peligroso. Tardé años en localizarlo.»
Ramón pausó el video y se dirigió a Cabrera.
—Ella nos presentó con un anciano de unos sesenta años, el señor Marvin; nunca supimos si era su apellido o su nombre. Pudimos entrevistarlo, pero al haber sido ingresado como paciente necesitábamos la autorización de algún familiar para grabarlo. Néstor era muy estricto con esas cosas. El señor Marvin aseguraba que todo había comenzado con las ranas menguantes.
—¿Ranas menguantes? —preguntó Cabrera.
—Sí, Néstor le preguntó a qué se refería. Menguar es disminuir. Sin responder, Marvin tomó una naranja y la peló, nos señaló la piel sobre la mesa y dijo: menguar. Luego separó los gajos y señalándolos uno por uno dijo: rana, rana, rana, cada vez que tocaba un gajo. Dedujimos que las ranas menguaban la dermis y luego se multiplicaban, las nuevas ranas eran más grandes, el doble de tamaño que sus predecesoras, luego menguaban la piel y se multiplicaban de nuevo. Algunas ya tenían el tamaño de un perro cuando Marvin las vio. Según la doctora…
—¡Esas son pendejadas! —interrumpió el agente golpeando la mesa con el puño— Usted y su amigo Néstor Cortez traspasaron los límites de la ciudad de Cataure a pesar de todas las restricciones, desaparecieron por tres días y ahora su amigo está muerto. ¡Necesito que me explique esto! –enfatizó golpeando el monitor con el índice.
El video comenzó a correr. Se ve la ciudad desierta, sin luces, sin señales de vida. La cámara, manejada por Ramón, graba la espalda de Néstor mientras éste narra lo que van encontrando. «Aquí hay una escuela… da mal rollo» Siguen caminando hasta un edificio que al parecer era un hospital. «¿Entramos?» pregunta la voz de Ramón y Néstor asiente «Nada más no me dejes solo, esto me pone de pelos» responde nervioso. Con casi un metro noventa de estatura, cabello largo y una barba que le llega hasta el pecho, Néstor Cortez se ve asustado.
La puerta del hospital rechina en un lamento que traspasa los huesos. El lugar está oscuro, frío, mohoso. Las paredes despellejadas reflejan a duras penas la luz del reflector manual de la cámara. Cortez se vuelve y sonríe «No quiero imaginarme estar aquí de noche… graba eso» dice señalando una puerta de un quirófano. “Ahí vienen las ranas” está escrito con pintura verde. «¡No mames! es lo que dijo Marvin» dice Ramón en un susurro. La grabación continúa a medida que avanzan por el pasillo. Algunas puertas están abiertas, otras clausuradas. Néstor camina despacio y señala un muro blanco con letras verdes, igual que en el quirófano “Detrás de ti” se alcanza a leer. La cámara gira y Ramón enfoca el pasillo vacío. Se escucha un golpe y un grito de Néstor, la pantalla se agita en un movimiento rápido y se alcanza a distinguir a Cortez cayendo al piso. Ramón grita. «¡Corre!» grita Néstor. La cámara cae al suelo y enfoca solo los pies de Ramón mientras huye del lugar. El video se detiene.
Cabrera esperó a que Ramón hablara, pero este parecía estar en shock, tenía la cabeza baja y los ojos cerrados. El agente se alejó un poco y miró alrededor. El equipo médico estaba listo para entrar en caso necesario.
—Creí que venía detrás de mí —dijo Navarro por fin—. Creí que alguien nos perseguía. No podía dejar de correr…cuando llegué a la ciénaga vi que estaba solo. Traté de regresar y encontrarlo, pero pensé que Néstor me estaría buscando y no quise moverme. Al caer la noche regresé a buscarlo pero no encontré el hospital ni nuestro auto. Decidí salir por ayuda y me perdí en los pantanos. Ustedes me encontraron cuando ya no podía moverme.  
—¿Ha visto el cuerpo de Néstor Cortez?     
—Lo despellejaron —dijo Ramón asintiendo—. Antes de interrogarme me llevaron a identificar el cuerpo.
—Así es, amigo mío. Lo menguaron —aclaró Rodrigo sonriendo.
Navarro soltó un gemido. Los ojos del agente se habían vuelto acuosos y parecían salirse de sus cuencas, su piel estaba tornándose verde y su camisa blanca se llenaba de manchas viscosas.

—A esta hora el forense estará esperando a que multiplique —agregó la cosa en la que se había convertido el agente, justo antes de que Ramón se desmayara y el equipo médico entrara en la sala.

Fin

Basado en: «Las ranas "menguantes" de Marvin» de Raúl Omar García.

   

jueves, 7 de agosto de 2014

El regreso de Hazao


Por Juan Esteban Bassagaisteguy.

Hace tres horas que anocheció y la luna brilla por su ausencia. El cielo está cubierto de nubes y el viento sopla una brisa gélida que se cuela entre las coníferas que abundan en el bosque.
El frío me cala los huesos. Pero no es eso lo que me hace temblar, sino sus ojos, que ya no son negros ni me derriten el corazón.
Ahora destilan llamaradas rojizas y me persiguen en la oscuridad.

Conocí a Yoshiko cuando cumplió quince años. Y enseguida me deslumbraron su tenacidad, su finura, sus ganas de aprender como maiko[1] y convertirse, luego, en geisha[2]. Creo que lo que nos convirtió en amigas inseparables, a pesar de la diferencia de edad, fue lo similar de nuestras almas. Me veía reflejada en cada uno de sus movimientos, sus aciertos y errores, las sonrisas ante cada nuevo aprendizaje y las lágrimas contenidas por el dolor de saberse separada de su familia a tan corta edad.
Aunque físicamente éramos bien distintas: su belleza natural era algo fuera de este mundo y era imposible competir contra ella en ese aspecto.
Y eso fue mi perdición.

Vago desde hace un mes, caminando por la campiña con la poca fuerza que le queda a mis piernas. Ayer llegué a Kioto. Hermosa ciudad, que bulle durante el día y resplandece por las noches, iluminada por antorchas multicolores.
Golpeé las puertas de más de treinta casas en las afueras de la ciudad, pero nadie me ayudó. Nadie atendió mis dolorosos ruegos por algo para comer. No obtuve ni siquiera unos míseros granos de arroz con los que saciar el hambre que me aqueja.
No sé qué ve la gente en mí. ¿Mi aspecto? ¿Mi mirada? ¿Algo más? No lo sé, pero imagino que no debe ser nada bueno. No después de lo que hice. Y de lo que me arrepiento por toda la eternidad.

Hazao conquistó mi corazón desde el primer momento en que lo vi.
Su sonrisa siempre a flor de piel, sus ojos negros brillando como si tuvieran vida propia, su elegancia a la hora de vestir, y sus manos grandes que, invariablemente, sostenían un vaso de sake[3] y un cigarro cada vez que engalanaba, con su presencia, nuestra okiya[4]. Todo eso me cautivó hasta lo más profundo de mi ser.
Se convirtió en mi danna[5] a la semana de que nuestros ojos se cruzaran por primera vez. Y la misma noche en que pude convertirme finalmente en geisha —luego de un duro entrenamiento que duró seis años—, fue el hombre que me hizo mujer.
No me importaba que Hazao estuviera casado porque su corazón latía por mí. Cada noche que era nuestra lo sentía dentro de su pecho lampiño al dormirme reposando mi cabeza allí, sintiendo el roce suave de las sábanas luego de hacer el amor de las mil y una formas.
Así fue durante nuestro primer año juntos, los mejores doce meses de mi vida. Hasta la mañana en que me vio junto a Yoshiko, enseñándole todo lo que sabía.
Allí, en ese preciso instante en que ella —adolescente y con sus hormonas a flor de piel— lo miró y le sonrió por primera vez, y él (el mismo vaso lleno de sake y el mismo cigarro de siempre) le devolvió la sonrisa, supe que lo había perdido para siempre.

Me siento en el suelo de tierra y apoyo mi espalda contra uno de los árboles. Pliego las rodillas hasta que casi me golpean el pecho, y abrazo mis piernas con la misma intensidad con que me unía a Hazao, hundiendo mi cara entre ellas. Pero no lloro. Ya no me quedan lágrimas: el hombre que era el dueño de mi vida, murió.
Me recuesto sobre la hierba y me acurruco en posición fetal. La noche es fría, pero las ha habido peores en estas cuatro semanas de penar y vagar sin rumbo fijo.
Entonces, sin avisar, la noche me regala el brillo de la luna, que fulgura en medio del cielo completamente nublado, iluminando el bosque en una explosión sorda de blancura y palidez.
Y ahí está Hazao, a solo diez metros. Parado con sus piernas abiertas, las manos en jarra y mi cintilla roja anudada a su cuello. Distingo con toda claridad el kōgai[6] incrustado en mitad de su glotis y el brillo de sus ojos carmesí clavándose en los míos.
A pesar del terror que me inunda por dentro y me impide moverme, llegó la hora de enfrentar mi destino. Porque, de lo contrario, su alma en pena nunca descansará en paz.
Como tampoco lo hará la mía.

El silencio era el rey de la okiya. Y fue mi principal aliado cuando decidí que, esa noche, lo más acertado era no dormir.
Me deslicé con cautela hasta llegar a la habitación de Yoshiko, y apoyé el oído contra la puerta cerrada. Luego de cenar juntas, nos habíamos despedido hasta el otro día; nos esperaba una jornada dura de entrenamiento pero a ella, con solo dieciséis años y una vitalidad a toda prueba, parecía no importarle. Era pura sonrisa, con una luminosidad en sus ojos que hacía solo una semana no existía. Y que me hizo temer lo peor.
Confirmé mis sospechas cuando oí los jadeos incontenibles de placer. Entonces, sin hacer el mínimo ruido, abrí la puerta y los vi. Completamente desnuda, Yoshiko estaba sentada sobre la humanidad de Hazao y se movía con celeridad en erótica faena; sus finas manos estaban apoyadas en las rodillas de mi hombre y sus nalgas subían y bajaban sobre los muslos de Hazao; este, yaciendo entre las sábanas boca arriba, tomaba con ambas manos la cintura perfecta de mi niña amiga y la guiaba a su entera satisfacción.
Saqué con mi mano derecha uno de los tama kansahi[7] que adornaba mi cabello, y con la izquierda el kōgai que hacía juego; los miré haciendo lo suyo por última vez y, veloz como una gacela, corrí hacia ellos. Empleando todas mis fuerzas, atravesé con el tama kansahi el cuello de Yoshiko, quien, manchando de rojo las sábanas con la sangre que manaba de aquel, cayó con todo su peso sobre el cuerpo de Hazao, inmovilizándolo. Fue allí, recién, cuando él me vio. Sus ojos clamaron por piedad pero no la tuve: hundí el kōgai en su glotis, estaqueándolo contra la cama.
Fue una ironía del destino la que hizo que, luego de algunos segundos de frenéticas convulsiones, llegaran juntos al último segundo de sus vidas. Eso me hizo odiarlos aún más.
Cuando sus corazones dejaron de latir puse mi cara entre las suyas. Escupí a la de la traicionera Yoshiko y, luego de anudar mi cintilla roja al cuello de Hazao, besé su boca sucia de sangre por última vez.
Y hui de allí.

Se desliza sobre el césped sin tocarlo y llega hasta mi lado. Me da asco el olor de su piel: ya no huele a hombre sino a cadáver en descomposición. Pero no puedo resistirme a su mirada. Y a sus manos tomándome de la cintura.
—¿Por qué? —susurro con un hilo de voz. Las lágrimas que creía olvidadas vuelven a asomar desde mis ojos, incontenibles.
Porque fui débil —responde con una voz gutural que no es de este mundo—. Pero juré amarte por siempre, y por eso regresé.
Con suavidad me desnuda, deslizando mi kimono[8] andrajoso hasta el suelo. Sin dejar de sonreír, me alza en sus brazos y me besa como antaño, venciendo toda resistencia.
Y, entonces, encuentro la paz.

Fin



Basado en: «Sin Hogar» de Carmen Gutiérrez.





[1] Maiko: aprendiz de geisha.
[2] Geisha: artista tradicional japonesa, cuya labor constituye en entretener en fiestas, reuniones o banquetes, tanto exclusivamente femeninos o masculinos, como mixtos.
[3] Sake: licor de arroz.
[4] Okiya: casas de geisha, donde estas realizan su aprendizaje como tales.
[5] Danna: hombre adinerado que posee recursos suficiente para financiar los costos de entrenamiento tradicional de la geisha.
[6] Kōgai: aguja redondeada, con dos extremos abiertos, que suele pasarse por dentro del moño de una geisha.
[7] Tama kansahi: adorno de aguja redondeada, que tiene tan solo un extremo, usado como adorno del cabello de una geisha.
[8] Kimono: vestido tradicional japonés.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Dragón de fuego

Por Vanesa Ian.

      Era la noche del dos de agosto en las afueras de Bariloche, una de esas noches que son frías, pero a la vez reconfortantes, cuando la vida te premia y estás dentro de una gran estancia, con el hogar rebosante de leños crepitantes y viendo caer la nieve detrás de un gran ventanal.
      El cumpleaños del abuelo había empezado a la mañana, con la llegada de todos los parientes que pudieron concurrir, los cuales no eran pocos. El Toto, apodo cariñoso con el que lo llamaban todos y especialmente sus siete nietos, cumplía noventa años.
       La mayoría de los invitados se estaban yendo, solo quedaban los que vivían muy lejos o en otras provincias. El abuelo, a pesar de sus recién cumplidos noventa, no dejaba de darle a la lengua, hasta que una de sus hijas llamó disimuladamente a sus dos nietos mayores.
̶ ¿Podrían acostar a su abuelo? ̶ preguntó Nancy, la única solterona de la familia, a la que en secreto le decían “la chupa cirio” porque se la pasaba en la iglesia y no dejaba de dar órdenes a diestra y siniestra.
̶ Pero si recién son las diez de la noche tía, dejemos que disfrute un poco más su día ̶ repuso Ezequiel, el menor de los dos.
̶ Para ustedes será temprano chicos, pero no olviden que su abuelo acaba de cumplir noventa años y se cansa con facilidad, no quiero terminar la noche en urgencias ̶ contraatacó Nancy.
̶ Si tía, ahora lo llevamos, no te preocupes ̶ terció Facundo, el mayor de todos, el que sabía mejor que nadie que discutiendo con “la chupa cirio” no se lograba nada.
       Se acercaron a su abuelo, quien en ese momento se hallaba sumergido en una gran discusión con su cuñado sobre quien ganaba el campeonato de fútbol local.
̶ Vamos a acostarte abuelo que ya es tarde ̶ dijeron al unísono Ezequiel y Facundo.
̶ Seguro los manda la aguafiestas de Nancy. ¡Son dos gobernados! ¡Uno veintiséis y el otro treinta años! ¡Qué vergüenza!
̶ No abuelo, queremos que nos cuentes la historia que nos debés desde que éramos adolescentes. ¿Te acordás? ̶ dijo Facundo, aunque hacía más de diez años que no pensaba en eso y siempre había creído que era un mal chiste para asustarlos.
̶ ¿Cuál? ¿la del Führer? ̶ preguntó Ezequiel con una sonrisa dibujándose en las comisuras de su boca.
̶ La del Führer no, él es uno de tantos, la historia es la del Dragón de fuego, así debería llamarse. Vamos que ya es hora de que se la cuente, ya están mayorcitos ̶ respondió Toto pensativo.
̶ Exactamente esa abuelo ̶ respondió Facundo, no podía creer que por algo que se le ocurrió de repente, surgiera esa historia olvidada que tanto había deseado escuchar en su adolescencia.
       Fueron hasta la habitación, lo ayudaron a ponerse el pijama y lo acostaron. Muy oportunamente Ezequiel preguntó:
̶ ¿En serio abue Toto nos vas a contar esa historia?
̶ Claro, son mis nietos, solo les pido discreción y que abran su mente. Lo que les voy a contar va más allá del sentido común.
̶ Estaremos muy atentos abuelo ̶ contestó Facundo ansioso.
       El abuelo, que desde hacía años esperaba el momento adecuado y nunca lo encontraba, temiendo que lo tildaran de viejo chocho o en su defecto de loco, empezó a contar…
̶ Solo voy a pedirles que no me interrumpan, excepto que sea necesario o no entiendan algo, aunque me temo, que mucho no van a entender ̶ dijo sonriendo ̶. Como ya saben, toda mi vida viví aquí. Antes esto era casi un páramo helado, solo había algunas chacras, una de esas era la de mi familia, lo que es esta estancia hoy. Criábamos ganado ovino, al igual que hacemos ahora, solo que en menor medida, los tiempos de antes eran diferentes chicos. Un día, siendo un muchacho de 22 años, conocí a una chica muy linda que vino a vivir a unos kilómetros de nuestra chacra. Su nombre era Elizabeth Blumberg. Se comentaba que era una refugiada de los campos de concentración de Auschwitz, era un secreto a voces. Acá mucho no se hablaba de la guerra, pocos tenían radio y el diario con suerte lo veías una vez al mes. No tardé mucho en hacerme su amigo, me importaba un carajo lo que dijeran, en ese momento creí estar enamorado… ¡No me miren con esa cara de tontos! ¡Después conocí a su querida abuela que en paz descanse! ̶ gritó el abuelo riendo con esa voz cascada.
̶ Pero si no te dijimos nada abuelo, seguinos contando. ¡No Pares! ̶ contestó Ezequiel, con esa cara de yo no fui que fastidiaba a medio mundo, menos a su abuelo.
̶ Bueno, no me interrumpan que me pierdo. Nos hicimos amigos sin darnos cuenta, nos veíamos en el pueblo cuando hacíamos algún mandado o en el campo. Si bien yo quería conquistarla, ella nunca se dio por aludida. Era mayor que yo, solo un par de años, pero en esa época… ya saben. Un día, mientras íbamos hasta el pueblo a comprar algunas cosas, me preguntó si sabía algo de lo que se comentaba en Bariloche sobre el Führer.
Yo había escuchado a mi padre hablar con el jornalero, decían que algunos hacendados que lo habían visto, estaban seguros de que era él.
̶ Pero abuelo, Hitler se suicidó en su bunker. Eso lo sabemos todos ¡cómo puede ser! ̶ interrumpió Facundo.
̶ Cállese la boca y escuche dije, los libros de historia ya los leí, esto es otra cosa. ¿Puedo seguir o no quieren saber de que va la historia? ̶ preguntó irónico el abuelo.
̶ Seguí abuelo, estoy más intrigado que nunca ̶ dijo Ezequiel. Y era cierto.
̶ Cuando ella me preguntó eso, lo negué, le dije que no sabía nada. No sé por qué mentí, ni tampoco me lo pregunten. Entonces Elizabeth empezó a hablar, supongo que necesitaba desahogarse con alguien y ahí estaba yo. Me dijo que se decía que era él o alguien muy parecido; el tipo era prácticamente un ermitaño, casi nunca se lo veía afuera. La gente que tenía trabajando para él se ocupaba de todas las faenas de su estancia. Hasta mi padre, que de vez en cuando le llevaba algún animal que venían a encargarle, nunca lo vio. Pero tenía una costumbre, u obsesión diría yo. Todas las noches caminaba hasta el puentecito que lo separaba de la estancia vecina, como ya sabrán, ese puente es público. Llegaba hasta ahí, se asomaba al barandal, se quedaba mirando el lago y prendía un cigarrillo, lo terminaba y volvía hacia su estancia. Todas las noches lo mismo, llueva, nieve o estén las estrellas, él estaba. Siempre.
̶ ¿Vos lo viste alguna vez abuelo? ̶ preguntó Facundo.
̶ ¿Era Hitler? ̶ repreguntó Ezequiel.
̶ ¿Puedo seguir? ̶ dijo riendo el abuelo y los tres rieron juntos.
̶ Adelante abuelo, no te interrumpimos más ̶ contestó Facundo.
̶ Bueno muchachos, ese día ella me dijo algo que me heló la sangre. Recuerdo esas palabras como si fuera hoy, y su voz… tan marcada con su acento extranjero, pero a la vez, tan firme y decidida. Ella me dijo: << Si es él, Toto, algo tiene que hacerse. Podrá protegerlo el poder político, la policía, el FBI, pero de mi, no podrá protegerlo ni el mismísimo Dios >>. Yo me sonreí y le pregunté si pensaba apuñalarlo con su lápiz labial, pero ella, mirándome seriamente a los ojos, me respondió: << No amigo mío, yo soy otra cosa, no soy solo lo que ves, cuando quiero puedo transformarme, ¿cómo piensas que me escapé de Auschwitz? >>. Chicos, les juro que en ese momento pensé que estaba alardeando, ella había sufrido mucho, perdió a toda su familia allá; creí que estaba dolida, escaparse a Argentina tan joven, sola, a la casa de unos tíos lejanos (los cuales la hacían trabajar noche y día sacándole hasta la última gota de sangre), era algo muy espantoso para cualquiera. A parte, para ser sincero, debo decirles que nunca me creí eso de que el Führer viviera a dos kilómetros de mi propia casa. ¿Ustedes lo hubieran creído si estaban en mi lugar? ̶ preguntó.
̶ No creo abuelo, tendría que verlo con mis propios ojos y así y todo mmm no sé…Hay mucha gente parecida en el mundo ̶ respondió Ezequiel.
̶ ¡Es verdad! La semana pasada vi un especial en televisión sobre gente común que era parecida a gente famosa y, puedo asegurarles, que algunos pasaban por gemelos ̶ acotó Facundo.
̶ Eso mismo creí yo muchachos, estén atentos que este es el final de la historia. Pasó algún tiempo hasta que ella volvió a tocar el tema. Después de ese día, si bien nos seguíamos viendo, hablábamos de otras cosas. Hasta que una tarde, caminando hacia el pueblo, me dijo: <<La otra noche me escondí al costado del puente Toto, lo olí, lo olfateé, es él, es ese maldito>> No sé la cara que habré puesto, supongo que una muy graciosa, porque al segundo la tenía encima mío, me tomó de los brazos con tal fuerza, que la marca de sus dedos me duraron veinte días; su cara estaba frente a la mía, nariz con nariz, y sus ojos… ¡Dios bendito!... estaban tan rojos como una puesta de sol en verano, esos ojos podían quemarme…y eso no era lo peor, lo peor era que yo quería arder en ellos. Ejercían una fascinación muy difícil de explicar, me doblegué ante ellos; ese día me perdí en sus ojos, chicos. Al instante volvió a tener los ojos de siempre, de ese azul tan nórdico que tanto me había cautivado y con ese acento suyo me dijo: <<Nunca me hagas enojar Totito, yo huelo con la mente ¿entiendes? y, por lo que más quieras, no te acerques al puente esta noche >>.
̶ Pero si te acercaste ̶ dijo boquiabierto Ezequiel.
̶ ¿Qué pasó en ese puente abuelo? ̶ preguntó Facundo con un hilo de voz.
̶ Esa noche me oculté entre unos árboles del camino y esperé a que ella pasara. Habrá pasado una media hora más o menos y ahí venía ella caminando como siempre. La luna llena bañaba su rubio cabello y su vestido rosa con una tonalidad luminosa, más que una mujer, era un fantasma. Dejé que se adelante unos cien metros y la empecé a seguir. Ella se estaba adentrando en una arboleda al costado del puente y yo me oculté lo más que pude entre unos arbustos. Desde donde yo estaba tenía el privilegio de ver en ambas direcciones. Pasaron unos minutos y un hombre con un bigotito muy particular, se acercó. Todo pasó muy rápido y en silencio, es por eso que él no se dio cuenta de que algo iba mal. Unos bruscos movimientos se adueñaron de ella, estuve a punto de salir disparado porque pensé que estaba teniendo convulsiones o algo así, pero en ese momento cayó al suelo y su espalda se abrió y de ella surgieron dos alas muy grandes y membranosas, sus uñas se convirtieron en garras. Su piel se fue deslizando de su cuerpo como una tela barata y en su lugar salieron escamas rojas, su boca se estiró hasta formar un hocico en el que sus dientes eran descomunales. Como un rayo se acercó y aunque él, preso del pánico quiso correr, ella lo sujetó con su garra derecha mientras la izquierda le desgarraba la camisa y dejaba su pecho al desnudo. En el segundo siguiente, esa garra estaba hundida en su corazón, y una voz, que no era de este mundo, dijo: <<ASESINO>>, mientras caudales de fuego carbonizaban su cara. Tiró su cuerpo como un despojo y levantó vuelo. Nunca más nadie volvió a saber de ella. Desapareció.
̶ ¡Dios mío abuelo! ¿Cómo pudiste guardarte eso? ¿Cómo hiciste? ̶ gritó Facundo.
̶ La abuela lo sabía y su padre también ̶ respondió
̶ ¿¡Papá!? ̶ gritó también Ezequiel.
̶ Si, no griten chicos, que la “chupa cirio” no lo sabe.
̶ Pero ¿qué pasó después? Algo tuvo que pasar ¿no? ̶ preguntó intrigado Facundo.
̶ No crean que pasó mucho, el diario del día después decía que habían hallado a un hombre de origen alemán carbonizado en un puente y que la policía estaba buscando si había testigos. Su nombre era Kurt, no me acuerdo el apellido. Lo gracioso fue que se presentó un testigo. Era el vago del pueblo, dijo con lujo de detalles lo que acabo de contarles, él estaba debajo del puente durmiendo y espió, yo nunca lo vi, ni él a mí, lo que fue una suerte. Obviamente nadie le creyó, y si hoy viviera, todavía le seguirían haciendo bromas y asustándolo, pobre hombre.
̶ ¿Y con ella que pasó? ̶ quiso saber Ezequiel
̶ Nunca nadie más la vio. Sus tíos estaban preocupados, sacaron su foto hasta en un diario de la capital, pero nunca más se supo nada.
̶ ¿Por qué nunca contaste esto abuelo? ¡Podrías haberte hecho famoso! ̶ dijo Facundo.
̶ Jamás muchachos, nadie lo creería…Ni siquiera sé si ustedes lo creen. ¿Lo creen? ̶ preguntó ansioso.
̶ Si abuelo, yo lo creo, te quiero viejo ̶ dijo Ezequiel al borde de las lágrimas.
̶ Yo también te creo y también te quiero abuelo, gracias por confiar en nosotros ̶ dijo Facundo con un nudo en la garganta.
       Se abrazaron los tres y se despidieron del abuelo hasta mañana para que pudiera descansar. Toto, se quedó despierto un largo rato recordando; cuando al fin se durmió, soñó con un ser todo rojo, un dragón de fuego, pero los ojos de este dragón eran azules, tan azules como un océano profundo, en esos ojos se acunó y descansó. 


Fin

Basado en «Micro relato del Haiku» de Romina Hernández García.

martes, 5 de agosto de 2014

Chloe

Por Raúl Omar García.


  Basado en «Atrapada», microrrelato de Gloria Neiva Antúnez


Es una noche fresca en la ciudad. Las personas transitan por la vía pública ataviadas con sus correspondientes abrigos y con bufandas al cuello para abrigarse de la ventisca.
Chloe circula a paso lento, con un imperceptible meneo de sus cuartos traseros. Siente el frío pavimento bajo sus patas entre tanto busca con qué alimentarse.
No puede contar más con la generosidad de la señora Alper. La semana pasada la sacaron de su casa adentro de una bolsa negra. No era una dama muy entrada en años, pero el caso es que Elsa Alper ya no pasea entre los vivos. Sin embargo, Chloe suele visitar la vivienda de la fallecida dama de vez en cuando, le gusta contemplarla deambular por la casa como si aún la habitara.
El primer encuentro que tuvo con ella no fue muy agradable. La gata se había erizado, y bufó con ferocidad ante la aparición que se hubo presentado de la nada. Le costó adaptarse, pero, al cabo, terminó por acostumbrarse.
El punto es que ahora debe valerse por sí misma. Como al principio, cuando la desampararon en aquel vasto descampado.
El sonido de un viejo jazz surge de un domicilio y Chloe se demora un minuto a disfrutar de la dulce melodía, sentada bajo la lánguida luz de una farola, y envuelta en el vaho que brota de una alcantarilla cercana.
Las tripas le rugen justo en el instante en que un movimiento reclama su atención: una rata corretea por el borde del cordón de la vereda, muy campante y displicente.
Ni lerda ni perezosa, Chloe se agazapa y de un brinco caza a la alimaña, que lucha por su existencia a base de chillidos y mordiscos, pero el esfuerzo resulta en vano, porque las fauces del felino se cierran en su garganta. Zarandea al roedor de un sitio a otro hasta dejarlo sin aliento y, una vez muerto entre sus dientes, comienza a dar buena cuenta del banquete.
Satisfecha, emprende su marcha, dejando los restos del cadáver en la zanja.
Las gotas del rocío nocturno acumuladas en un alero despiertan a Chloe al caer arriba de su mollera. La gatita se sacude y se despereza del descanso que acaba de tomar, arqueando el lomo e irguiendo la cola. Un bostezo corona el despertar.
Abandona la zona de reposo para iniciar una nueva peregrinación. Un individuo que cruza por su lado le propina una patada para apartarla. Hay momentos en que aborrece a los humanos y sus manías agresivas.
Al andar por un callejón, se detiene a observar a un niño que se encuentra allí, sentado en el piso con la espalda apoyada a la pared; la visera de la gorra en su cabeza le oculta el rostro. El muchacho tiene un guante de béisbol y lanza una pelota en el muro de enfrente para que al botar regrese a él. En un descuido del chico, la bola se escabulle de entre sus manos y sale despedida hacia los pies de una señorita que pasa por el área. Esta chica echa un vistazo al lugar de donde provino el esférico, pero no ve a nadie. Chloe percibe el temor de la muchacha, la cual huye a la carrera sin mirar atrás. El pibe la ignora, gira su faz sin rasgos y de blanca palidez directo a la gata, se ajusta el gorro y continúa con lo suyo: arrojar el balón (que asombrosamente vuelve a tener en su poder) contra la muralla que tiene delante.
Las horas nocturnas llegan a su fin. El tránsito se torna más fluido, y la minina se mantiene precavida. Aun así, no sabe cómo termina en brazos de la pequeña que la lleva en andas. El contacto con la humana se siente cálido, agradable. Percata el cariño que le profesa, y Chloe se abriga en su seno, rendida a su amor.
¿Cuánto hace que no concibe una emoción parecida? Los recuerdos de su amo son difusos. Demasiado vagos para poder comparar.
La niñita, atados sus cabellos con dos colitas, la traslada a su hogar. Esconde al animal bajo un cajón de madera en su habitación. Chloe pierde la noción del tiempo, así que le es imposible calcular el periodo que tolera a oscuras en ese «calabozo», pero no se inquieta, no advierte malas intenciones en ese acto.
Repentinamente, un súbito destello de luz la ciega por completo.
—¿Qué pretendes con ese gato? —dice una mujer de serio semblante.
—La encontré afuera, mamá —explica la nena.
—¿Y? —Por el tono de la madre, Chloe se imagina nuevamente vagando a la intemperie.
—¡La quiero, ! Es linda. —Mientras expresa esto, la jovencita levanta a la gata a la altura de la cara de su progenitora.
La mirada de mamá se suaviza de pronto.
—Dana…
—¡Por favor! Cuidaré de ella…
—Está bien, pero no sé qué opinará tu papá.
—Él me dirá que sí. No podrá negarse.
La mujer ríe y suspira.
—Ay, Dana, ya veremos.

Aguardaron al padre durante todo el día. Chloe había almorzado alimento para mascotas y había evacuado sus necesidades sobre «mágicas» y «reconfortantes» piedras sanitarias para gatos.
Durmió como un tronco en la cama de su nueva dueña, y al abrir los ojos se halló en soledad.

Procede a estirarse como siempre luego de recobrarse de un profundo sueño reparador, clava sus garras en el acolchado y salta al suelo.
Maúlla fuerte, convocando a su ama, pero no recibe respuesta alguna.
Se mueve de manera elegante, se asoma al recibidor y se planta ante la puerta. Recostada en sus posaderas, se endereza de improviso al ver ingresar al hombre de la casa. Los pelos se le erizan y sus uñas despuntan de entre sus dedos, pero de inmediato se calma. El sujeto la franquea como si ella no existiera. Da vueltas por la estancia, examina el ambiente como si desconociera lo que está ahí.
Una brisa helada se eleva en el aire, y el tocadiscos se enciende solo. La púa cae encima del vinilo y el jazz es otra vez protagonista de la escena.
Chloe se arrellana en un mullido sillón y, mientras Louis Armstrong entona You'll never walk alone, lame su pata derecha y se enjuga el hocico, despreocupada, sabiendo que ya no importa la resolución que pudiera haber ofrecido el jefe de familia; desde hoy, ese será su nuevo hogar, y confía en que ya nunca jamás en su vida tendrá que volver a caminar sola por las calles.