lunes, 24 de noviembre de 2014

Un otoño para recortar y armar

Por Alejandra López.

A pesar de que sufrí mucho cuando papá falleció y yo tenía apenas cinco años, nunca me quejé de mi destino. Creo que recién ahí tuve la plena noción de que la muerte es para siempre. De que el “nunca más” es eso, nunca más.
Nunca más la mano de papá sostendría la mía en nuestras caminatas hacia la plaza, nunca más empujaría el columpio mientras yo le gritaba: “Más alto, hasta el cielo.”, entre risas y cosquilleos de panza. Nunca más me acostaría con él en la cama matrimonial mientras mamá lavaba los platos de la cena y nosotros dos leíamos. O más bien, yo miraba las imágenes de “Caperucita Roja” porque aún no sabía leer y él hojeaba el periódico.
El infarto llegó prematuro en una mañana de otoño, durante el desayuno lo vi agarrarse el pecho y luego cayó desplomado, arrastrando la taza de café con leche al piso. Muerto. Para siempre. Nunca más oiría sus palabras, su voz melosa con la que me decía “princesita”.
Sobrellevé mi infancia como pude, el dolor de la pérdida quedó siempre latente.
Años más tarde, cuando yo era adolescente, mamá formó pareja de nuevo y de esa unión nació mi única hermana: Calista.
Cosas de mamá que quiso ponerle un nombre que empezara con la misma letra que el mío: Cintia.
Mi relación con mi padrastro no era ni buena ni mala, no había relación. Esto se acentuó con el nacimiento de mi hermana. Ese hombre tenía solo palabras para la hija de su sangre. El hecho no me molestaba, a los que dicen que madre solo hay una, yo les digo que padre también.
Cuando terminé mis estudios secundarios, decidí seguir el profesorado de matemática.
Supongo que por el trato con mi pequeña hermana se me despertó la vocación de enseñar.
En mi juventud hubo algún noviazgo fugaz. Siempre tuve candidatos disponibles. Pero yo les encontraba todos los defectos: que si era celoso, que demasiado mamero, que muy haragán, que muy posesivo. En realidad, buscaba al hombre “ideal y perfecto”, como la imagen que me quedó de mi padre.
La vida me volvió a pegar un cachetazo cuando tenía veinte años. No recuerdo por qué esa vez acepté irme de vacaciones con mi familia si casi siempre se iban ellos solos y yo me quedaba con mi madrina.
La cuestión es que ese verano partimos los cuatro hacia la playa. Pero no llegamos. Me contaron que un camión se nos quiso adelantar en la ruta, nos rozó, nuestro automóvil volcó y se prendió fuego.
En el accidente murieron mi madre y mi padrastro. Calista fue arrojada a varios metros del vehículo. Salvó su vida, pero por el traumatismo quedó ciega.
Yo sobreviví gracias a la ayuda de otro automóvil que paró a auxiliarnos. Un hombre se arriesgó y me sacó del coche envuelta en llamas.
Así que ahora entendí que no solo la muerte física es para siempre. Uno puede perder otras cosas para siempre. En mi caso, quedé renga por las tres cirugías que tuve que enfrentar para no perder la pierna derecha. Y mi cara está llena de cicatrices que poco pudieron disimular los médicos, la piel apergaminada por las quemaduras.
Sentí ganas de morir cuando me vi al espejo. Sentí ganas de morir con cada paso cojo que daba. Me enojé mucho con ese señor entrometido que se quemó los brazos para sacarme del auto. Quién lo habrá mandado, no hay derecho a cagarme así la vida, pensé.
Pero luego noté que las manitas de Calista tanteaban mi cuerpo y se detenían a acariciar mi cara. Inclinó su cabeza contra mi pecho y alguna fibra de mi ser, me dijo que yo era lo único que le quedaba a esa niña. Que ¡oh, designios misteriosos de la vida!, además de unirnos una misma consonante al inicio de nuestros nombres, nos unía la orfandad. Yo tenía cinco años cuando perdí a mi padre, y ella con cinco años los perdió a los dos, además de haber quedado ciega.
Me repuse como pude, con la ayuda de mi madrina que me sostenía en el dolor.
Me fijé una única meta: que Calista sufriera lo menos posible.
Por las cirugías, me demoré en la carrera. Me recibí a los veintisiete años. Para ese entonces había recorrido un sinfín de especialistas que desahuciaron a mi hermana, quedaría ciega para siempre. Ya habían pasado cinco años desde el accidente. Y si alguien cree que uno se acostumbra, está equivocado. Simplemente se carga la mochila al hombro y sigue viviendo con ella a cuestas.
Calista se había vuelto mustia, apagada. Íbamos las dos por separado a realizar tratamiento psicológico. Yo pude sobreponerme un poco porque la niña era ahora mi responsabilidad. Pero ella no progresaba, estaba siempre encerrada en su mutismo a pesar de que iba a una escuela especial y yo invitaba a sus compañeras a casa. En su cumpleaños número diez, me dijo que no quería recibir gente. Le pregunté la razón y  me dijo que no le gustaba escuchar el timbre de la puerta   cuando los padres venían a buscar a sus compañeras. Que cada timbrazo le sonaba a “Somos los padres de..., vos no tenés padres”.
Cuando me recibí de profesora de matemática, empecé a ejercer enseguida. Tenía los cursos de alumnos más pequeños, y  me di cuenta de que mi fortaleza a veces es una cáscara. No pude soportar las miradas escrutadoras de mis alumnos ni que me preguntaran por enésima vez qué me pasó en la cara o por qué caminaba así. Tampoco pude tolerar que algunas madres que esperaban a sus párvulos a la salida, me observaran con asombro o compasión, o con asco en el peor de los casos.
Cierto día me demoré en el patio de la escuela conversando con una colega. Cuando entré al aula los niños estaban muy alborotados y empezaron a correr hacia sus asientos. Pude escuchar que algunos decían: “¡Cuidado, ahí viene la bruja!”, “¡Cuidado que entró Freddy Krueger!”.
Sentí un latigazo en mi ya baja autoestima y hablé con la directora del establecimiento. Fue muy comprensiva y me consiguió un cargo en el turno vespertino para trabajar con adultos.
Tenía la esperanza de que fueran más comprensivos o disimulados que los niños.
Era un grupo de unas quince personas grandes. Si sintieron aversión o curiosidad, lo disimularon muy bien. Siempre me trataron con respeto y cordialidad. Las edades eran variadas, iban desde los veinte a los cincuenta y cinco años. Y las razones por las que habían comenzado o retomado los estudios eran diferentes.
Los más jóvenes necesitaban el título para trabajar o comenzar una carrera universitaria. Los mayores, lo hacían para llenar el vacío de sus vidas o porque los hijos los animaban a hacerlo.

A partir de ahora seguiré hablando de mí en tercera persona, porque pienso que así se  pueden disfrazar los sentimientos y el caos que se desató en mi vida.
En el comienzo de este relato, Cintia Abril estaba atravesando una etapa dolorosa donde el pasado y el presente eran lúgubres.
Su tiempo se repartía entre el trabajo y su hermana ciega. No tenía otros intereses ni amigos, y mucho menos una pareja. Sentía el vacío y la desazón de no formar una familia. Pero también pensaba que ya había tenido una y ahora todos estaban muertos, excepto la pequeña Calista.
A veces la llamaba por teléfono Damián, el hombre que había salvado su vida. Era solitario, separado y con dos hijos que estaban al cuidado de la madre. Damián se dedicaba a su negocio: un vivero a pocos kilómetros de donde vivía Cintia. Una tarde la invitó a tomar un café y le regaló un imponente rosal amarillo. Cintia encontró en él lo más parecido a un amigo.
Sin saber cómo, poco a poco, un alumno suyo comenzó a formar parte de sus pensamientos. Había seis varones en su curso, y Mario Puente la turbaba. Cintia le calculaba unos cuarenta años. Era muy atractivo, con su piel morena, sus ojos marrones verdosos y la mirada gatuna que le escrutaba atrevidamente el escote. Su sonrisa era cautivante con esos hoyuelos que se le marcaban a los costados de la boca cada vez que mostraba los dientes blanquísimos. Siempre era amable con ella, borraba el pizarrón y le regalaba golosinas. Lo malo era que Cintia lo veía juntarse con frecuencia con Pablo Ramirez, un alumno joven, de veintitantos años. Así como la mirada de Mario le provocaban sentimientos que la hacían sentir una mujer normal; la mirada de Pablo le parecía soberbia, amenazante. Pablo era un alumno conflictivo, siempre hacía acotaciones tontas e interrumpía las clases con preguntas al solo efecto de molestar. Se juntaba con Mario en el recreo, hablaban vaya a saber de qué y se reían.
Un día, cuando Cintia entró al aula, se le cayeron un par de carpetas. Mario se apresuró a recogerlas, adentro puso una nota y se aseguró de que ella viera el gesto.
Una hora después, en sala de profesores, leyó la nota: “Me pareces una mujer muy interesante e inteligente. Me gustaría compartir una charla con vos en algún café. Este es mi número de celular…”.
Podríamos decir que la nota la tomó un poco por sorpresa. Era cierto que él coqueteaba con ella, pero nunca pensó que se atrevería a proponerle una salida.
Esa noche daba vueltas en la cama con la nota arrugada entre sus manos como una colegiala.
Al día siguiente llamó por teléfono a Damián y le contó lo de la nota:
—Te considero mi único amigo, no sé qué hacer.
Damián mantuvo un largo silencio a través de la línea, hasta que dijo:
—Hacé lo que te dicte tu corazón.
—Gracias, Damián. Te quiero.
—Yo también te quiero, Cin. Pero… una cosa…
—¿Sí?
—Tené cuidado.
—¡Claro! Ya soy grande, ¿eh?
—Perdón, a veces digo pavadas.
Cintia rió:
—Nada de pavadas. Te pedí consejo y me lo diste.
—¡Suerte, Cin!
Más tarde, tímidamente, Cintia llamó a Mario. La atendió con mucha amabilidad y decidieron encontrarse después de clases, en un bar que quedaba bastante retirado de la escuela. No querían que nadie del establecimiento los viera. Charlaron como si se conocieran desde mucho tiempo atrás. Él no mencionó nada sobre su renguera y sus cicatrices.
Le contó que vivía solo, que su familia era del norte y que lo habían dejado de lado porque era alcohólico. Que vino a la ciudad con poco dinero, lo contrataron en una panadería, asistió a un grupo de autoayuda y pudo dejar el alcohol. Ahora quería estudiar para conseguir un empleo mejor y así poder salir de la pensión donde vivía.
Cintia lo escuchaba mientras daba pequeños sorbos al café que se estaba enfriando.
De repente, le dijo mirándola a los ojos que le gustaba. Que no sabía cómo se fue enamorando de ella, de su sonrisa triste, de su sensibilidad.
Cintia sintió un estremecimiento. Se produjo un silencio que interrumpió Mario pidiendo la cuenta al mozo.
Salieron a la calle donde ya soplaba una fresca brisa otoñal. Empezaron a caminar por el suelo crujiente de hojas. Así, en silencio, caminaron tres cuadras. Mario se detuvo en la puerta de un hotel. Le tomó la mano, la miró y le dijo: “Si no queres, no hay problema. Yo te espero”.
Y no tuvo que esperar, Cintia atravesó con él la puerta del hotel. Hacía años que no sentía los besos y las caricias de un hombre. Todo su ser vibró y se entregó sin cuestionamientos. Solo se dispuso a disfrutar. Él sabía cómo hacerla gozar, y ella gozó. Con dulzura, con delicadeza. Más tarde con desenfreno, con pasión. Luego de alcanzar varias veces el éxtasis, se vistieron. El sostén estaba inutilizado, Mario había cortado los breteles en un arrebato de pasión. Quedó sobre la cama,  como atestiguando el encuentro.
Él la acompañó hasta las cercanías de su casa y la saludó con un beso tierno en los labios hinchados.
Cuando Cintia entró, Calista ya estaba durmiendo junto a su madrina que se había quedado a cuidarla. “Tenemos una cena por reunión de trabajo”, fue lo que le dijo a la madrina para que esa noche cuidara a su hermana.
Después de muchos años, Cintia sintió que la vida podía volver a ser digna de ser vivida. Y con una sonrisa, se acostó a dormir.
Al otro día se puso su ropa más bonita, se maquilló y peinó con cuidado y agregó unas gotas de perfume sobre su piel. Ya no le interesaba si alguien se daba cuenta de que estaba enamorada. Ella tenía derecho y no debía rendirle cuentas a nadie de sus actos.
Entró al aula, altiva y sonriente. La sorprendió ver que todos los alumnos estaban de pie rodeando a Mario que le decía a Pablo: “¿Y? Dale pagá, gané la apuesta”.
Cuando la vieron, todos se fueron a sentar entre risas y murmullos.
Una señal de alerta se encendió en Cintia y no sabía por qué. Empezó a sentirse como aquella vez que la llamaron “bruja” o “Freddy Krueger”. Hasta que miró su escritorio y comprendió, el sostén que había quedado la noche anterior sobre la cama del hotel, ahora estaba ahí, a la vista de todos.
Sintió que se le cortaba la respiración, que las piernas no la sostenían. Dio media vuelta y salió del aula lo más rápido que pudo. No se detuvo cuando oyó que la directora la llamaba, quería desaparecer de la Tierra.

Dos meses han pasado desde aquel episodio. Ahora estoy esperando con Calista que nos llamen para abordar el avión.
Damián vino a despedirnos al aeropuerto. Mi madrina, no. Dice que no le gustan las despedidas.
En París nos espera el mejor especialista del mundo que va a operar a mi hermana. Dijo que tiene altas chances de recobrar la vista. Conseguimos que nuestra cobertura social se haga carga de los gastos de la operación. Damián (¡qué buen tipo!), nos ayudó con los pasajes y la estadía.
Ya nos están llamando para embarcar, y allá vamos. Porque la ilusión es el mejor alimento para el alma, el ser humano no puede vivir sin ilusiones.
Calista busca ansiosa mi mano, yo se la sostengo con fuerza.


– FIN –


Consigna: Redactar un melodrama, en el que los aspectos sentimentales, patéticos o lacrimógenos de la obra se exageren con la intención de provocar emociones en el lector. El trabajo debe llevar como título "Un otoño para recortar y armar". Tres de todos los personajes que crees, deben llamarse Cintia Abril (mujer de unos treinta años), Mario Puente (hombre de unos cuarenta) y Calista Martínez (niña de unos diez años). La historia tiene que estar relatada desde el punto de vista de la mujer


UN OTOÑO PARA RECORTAR Y ARMAR

Por Adrián Granatto.

1
Otoño es la época del año que más me gustaba. Adoraba ir al parque con papá y juntar hojas y hacer collages. Papá les daba forma de animales o personas; y a otras, las más secas, las estrujaba dejándolas caer como papel picado en la plasticola. Quedaba un efecto muy bonito. Y como broche de oro, escribía mi nombre en una de las esquinas: Calista Martínez. Y hacia una floritura en la zeta, un trazo largo que revoloteaba alrededor de mi nombre, encerrándolo en un globo, del cual salían zarcillos que se enredaban en sí mismos.
Pero ya no lo hacemos.
Luego del accidente, las cosas con papá cambiaron mucho. Encerrados en la casa, él se pasaba horas mirando cajas de zapatos llenas de fotografías en blanco y negro, y con los bordes amarillentos, mientras que yo, luego del susto inicial, trataba de adaptarme a la nueva situación.
En las fotos se los veía a papá y mamá felices, capaces de llevarse el mundo por delante. Pero no hay que dejarse engañar: la felicidad no es algo que se pueda fotografiar. La felicidad es un estado anímico, una mezcla de hormonas y endorfinas que nos llevan a un estado de gracia que, comúnmente, llamamos amor o felicidad. Es lo mismo que drogarse… más o menos.
En el resto de las fotos estoy yo de bebé, una cosa pequeña, arrugada y fea. Supongo que está mal que diga eso de mí misma, pero es la verdad: en ese tiempo era fea.
Al principio me quedé con papá, tratando de hacerle entender lo que ocurría. Si yo, una nena de diez años, lo comprendía ¿por qué él no? Si con sólo mirar a nuestro alrededor la conclusión era evidente: el aire, los colores y olores se habían vuelto insustanciales; y lo que antes llamábamos normalidad, ahora no tenía nombre.
Estábamos muertos, y él no quería aceptarlo.


2

El tiempo se volvió obsoleto para nosotros. No envejecíamos, no teníamos hambre, calor o frío, y menos que menos asuntos de índole fisiológica. Tampoco me sentía como un fantasma, o con la idea que tenemos de ellos, seres pálidos que flotan y traspasan paredes. Teníamos consistencia, aunque no la suficiente como para poder ser vistos por los vivos. Era como si la luz se reflectara en nosotros y nos hiciera invisibles. Y podíamos agarrar cosas sin problemas. Pero lo de traspasar paredes… lamento decirles que es un puto mito que aprendí de la peor manera: golpeándome contra la pared de mi cuarto, y ganándome un chichón en la frente en el proceso. Y dolió.
Capaz alguno de ustedes se asombre con el léxico que utilizo, y piensen que no concuerda con el de una nena de diez años. Pues bien: ¿saben ustedes lo aburrido que puede ser esto? No hay muchas cosas que hacer siendo un fantasma, a no ser que se te dé bien eso de andar asustando gente. Por mi parte, descubrí que me gustaba la lectura; y en todos estos años (ya no sé cuántos, dejé de contar al llegar a los cien) me entretuve yendo a las bibliotecas de la ciudad. Y fue en una de esas bibliotecas donde ocurrió lo siguiente…


3
En las bibliotecas se pueden encontrar dos clases de cosas: fantasmas y gente tímida.
Si alguna vez vieron un libro caerse de un estante, o se les volcó la bebida sin motivo aparente, o lo que es peor: sintieron una respiración detrás de ustedes, no les quepa ninguna duda de que fue un fantasma.
El aroma de los libros actúa en ellos como una feromona, atrayéndolos. Y otra cosa que les gusta de las bibliotecas es el silencio, cortado por el sonido de las páginas pasándose.
Y por el otro lado tenemos a los tímidos, que encuentran en los libros un escape de su vida monótona, y los adentra en la aventura sin riesgos.
Cintia Abril era una de esas personas. Rubia, alta y desaliñada, portaba unos anteojos demasiado grandes para su rostro. Llegaba a primera hora de la mañana y no se marchaba hasta bien entrada la tarde. Su lectura preferida eran los clásicos, aunque alguna que otra vez la había visto husmear en la literatura erótica. Andaría por los treinta años, más o menos, y se notaba a la legua que le gustaba el empleado de mostrador, un hombre atildado de escaso cabello, y vestido siempre de riguroso traje oscuro. Llevaba escrito su nombre en un prendedor dorado: Mario Puente.
Mario pasaba sus horas buscando libros para los clientes, y armando fichas de identificación. Y al terminar el horario de atención, recogía los libros olvidados en las mesas y los devolvía a su lugar. Si había reparado alguna vez en Cintia, no parecía notarse. Mayormente rehuía el contacto visual, y mantenía la vista fija en el monitor mientras hablaba. Una lástima porque tenía unos impresionantes ojos celestes, igual que ella.
Después de varias semanas observándolos, pensé que sería interesante ver qué sucedería si ambos mundos colisionaran.


4
Las cosas en casa seguían igual. Papá no se levantaba del sillón ni para cagar (una forma de decir, ustedes me entienden), y no decía palabra. El ambiente a su alrededor era deprimente, y las cajas de fotos seguían allí.
Así y todo, todas las noches me sentaba frente a él y le contaba mi día. Por eso, cuando llegué aquella noche y le comenté lo que tenía planeado, me sorprendió al ponerse de pie de un salto, y en el proceso golpear una de las cajas y desparramar las fotos en el parquet.
—¿Sabías —dijo— que a tu madre la conocí en una biblioteca?
—No sabía… —respondí mientras recogía las fotografías y las volvía a meter en la caja.
Pero papá no dijo más nada y volvió a dejarse caer en el sillón.


5
Volví al otro día a la biblioteca sin ningún plan en mente. Todavía faltaba una hora para el horario de apertura, pero Cintia se encontraba sentada en los escalones de entrada, leyendo un libro de bolsillo.
Me senté al lado de ella y su sombra tembló levemente. Cintia se removió y empujó sus lentes a lo alto de la nariz. Del otro lado de la calle había un local de comidas rápidas, y dentro de él vi a Martín desayunando. Sin pensarlo demasiado, me acerqué a Cintia y le murmuré al oído:
—¿No te gustaría tomarte un café?
Automáticamente, Cintia levantó la cabeza y miró hacia el local. Se levantó, desperezándose,  y bajó las escaleras. Estaba por seguirla cuando alguien me tomó del brazo y me dijo:
—No es buena idea.
Era una mujer enorme y oscura como el chocolate. No parecía enojada.
—Además —dijo sin soltarme el brazo—. No podemos implantarles ideas a los vivos. Está mal.
—Yo… no sabía —logré decir.
Estaba shockeada. Era la primera vez que interactuaba con otro de mi especie. Aunque me he cruzado con varios fantasmas, pronto aprendí que rehúyen el contacto con los demás, a no ser que lleven parentesco. Hasta yo misma, antes extrovertida, ahora suelo ser huraña.
—¿Qué le dijiste? —me preguntó la mujer. Su mano me apretaba con fuerza, una sensación que hacía tiempo que no sentía.
—Le dije si no le gustaría ir a tomar un café. ¿Te molestaría soltarme? Me estás lastimando.
La mujer no me soltó, pero aflojó la presión. Mirándola bien, no parecía un fantasma. Todo su contorno brillaba y latía.
—No es conveniente que hagas lo que piensas hacer —dijo—. Se puede crear un bucle. Y eso no es bueno.
—No entiendo —dije—. ¿Qué es un bucle?
—Una repetición tras otra. Un sinfín.
—Pero yo no quiero hacer una cosa de esas —le expliqué—. Yo  sólo quiero hacer de Celestina.
—El problema es que ya lo has hecho. El primer rizo del bucle eres tú.


6
Miré a la mujer sin entender lo que decía. ¿Yo un bucle? ¿Un bucle de qué? Y seguía sin soltarme el brazo.
—No sé de qué me estás hablando.
—Es normal. Los que están dentro del bucle ignoran que están en un bucle. Es física pura.
—Pero yo no estoy en ningún bucle —le expliqué.
—Sí que lo estás. Te vengo observando hace años, siempre repitiendo una y otra vez el proceso para que tus padres se conozcan. Y lamento decírtelo, pero eso no cambiará nada. Morirán como mueren todos.
—¿Qué? Ellos no son mis padres. Mi papá está en casa sin hacer nada; y mamá, después del accidente, eligió seguir la luz. Yo me quedé ayudando a papá a salir de debajo del auto; y cuando lo logré, la luz se había ido. No pudimos seguirla. Y aunque gritamos y papá rogó, la luz no volvió.
—No pudo volver porque en ese momento creaste el bucle. Capaz no conscientemente, pero desde ese momento quedaron atrapados aquí.
—Es una locura —reí—. Estás equivocada. Mi papá se apellida Martínez, como yo. Y aquel hombre se apellida Puente.
La mujer me soltó el brazo y se sentó en los escalones. Pude haber huido, pero no lo hice. Algo me lo impedía: quería saber más.
—¿Y si te dijera que ese hombre que en estos momentos está en tu casa no es tu verdadero padre? Tu verdadero padre está ahora allí enfrente, sentándose a la mesa con tu mamá. Va a pedir otro café, por más que ya se haya tomado uno antes.
—No es verdad… —dije, pero dudaba. Y de pronto me acordé de algo—. Mi papá me contó que conoció a mi mamá en una biblioteca.
—Y es verdad. Tu mamá conoció a ambos en una biblioteca porque allí se pasaba todo el día. Tu verdadero padre, Mario Puente, murió a poco que nacieras. Un paro cardiorrespiratorio. Era un hombre mayor. Y al tiempo apareció Roberto Martínez. Más que nada fue una necesidad urgente de tu madre. En aquella época no estaba bien visto ser madre soltera. Martínez se hizo cargo y te quiso como propia. ¿No te diste cuenta que vos y Mario tienen los mismos ojos?
Sí que me había dado cuenta, pero no había relacionado. ¿Y cómo hubiera podido?
—Pero si me estás diciendo la verdad, ¿por qué no funcionó hacerles conocerse nuevamente?
—Porque nada se repite, ni siquiera el amor. Sería imposible que las cosas se den de la misma forma y en los parámetros necesarios para llegar a tu concesión. Y en tu insistencia por lograrlo, creaste el bucle. Y en ese bucle atrapaste a tu otro padre.
—¿Y la solución es?
—Que no te acerques a ellos. Eso debería deshacer el bucle en poco tiempo, y tú y Martínez tendrían la oportunidad de ver llegar la luz.
—¿Y cómo sabría que no sigo en el bucle, si ni yo misma sé que estoy en uno?
—No sé. Es complicado.


– FIN –


Consigna: Redactar un melodrama, en el que los aspectos sentimentales, patéticos o lacrimógenos de la obra se exageren con la intención de provocar emociones en el lector. El trabajo debe llevar como título "Un otoño para recortar y armar". Tres de todos los personajes que crees, deben llamarse Cintia Abril (mujer de unos treinta años), Mario Puente (hombre de unos cuarenta) y Calista Martínez (niña de unos diez años). La historia tiene que estar relatada desde el punto de vista de la niña


Un otoño para recortar y armar

Por Vanesa Ian.

Mi nombre es Mario Puente, tengo setenta años. Aunque me resulte difícil y terriblemente triste, voy a contarles mi historia. Algunos podrían llamar a esto una autobiografía, creo que voy a disentir; para mí sería algo muy parecido a una confesión. Sé que los únicos que confiesan son los culpables de algo, pero eso es lo que soy, CULPABLE, así, en mayúsculas. No cometí ningún delito, podría decirse, nada que requiera prisión, pero sé que merezco algún tipo de castigo, el castigo que merecen los cobardes, la soledad.
 Hace treinta años atrás, yo era un hombre íntegro, poseía todo lo que podía querer a mis cuarenta años y mis planes de progreso no quedaban ahí, no señor, tenía grandes ambiciones laborales. En esa época era contador en un estudio contable muy importante de la ciudad, tenía una casa hermosa y una esposa adorable. Mi matrimonio no era, lo que se dice, una maravilla, pero ya estábamos acostumbrados el uno al otro y nos respetábamos. La llama de la pasión que un día había alumbrado nuestras vidas, se fue extinguiendo casi sin darnos cuenta. Mucho tuvo que ver, quizás, el hecho de que no podíamos tener hijos. Lo intentamos durante mucho tiempo, al ver que no venían, consultamos a varios especialistas en el tema. No teníamos nada en la parte física, todos los resultados salían normales y nada se podía hacer. Recuerden que hace treinta años atrás no existían los avances médicos que hay hoy, tal vez, con una inseminación artificial se hubiera solucionado, ya que mi conteo de esperma era perfecto, pero estoy desvariando, eso es algo que nunca voy a saber y tampoco sirve que me vaya por las ramas.
Ese otoño fue una época hermosa y triste a la vez, quizás, la más hermosa de mi vida, todo lo que trajo ese otoño ya desapareció, al igual que sus hojas secas. Es de ese otoño que quiero hablarles, de ese bendito y maldito otoño, el que me dio todo y también me lo quitó.
En el verano habíamos hecho un largo crucero por el Mediterráneo, en mí fuero interno esperaba que fuese un bálsamo para nuestra agotada relación, pero me equivoqué, a la semana, Laura, mi deprimida esposa, ya quería pegar la vuelta. Eran mis primeras vacaciones reales en años y quería disfrutarlas, pero el solo hecho de estar insistiéndole en forma permanente me quitó las ganas de todo. Fueron unas vacaciones raras, en vez de unirnos, nos separamos más.
Para colmo de males, cuando regresamos de nuestras desabridas vacaciones, Juana, nuestra doméstica de toda la vida, nos abandonaba para irse a vivir con su hermano que había sufrido una apoplejía. Le supliqué que se quedara, ofreciéndole todo cuanto podía ocurrírseme, pero la conversación fue para otro lado:
—Podría doblarte el sueldo Juana, triplicarlo en caso de que haga falta, por favor no te vayas así, Laura te necesita, ella te quiere mucho —dije.
—Mi señor usté sabe que si pudiera me quedaría, yo también la quiero a la señora Laura, como si fuera mi hija, pero no puedo. Es solo por un tiempo, hasta que mi hermano esté mejor, despué vuelvo —respondió llorando.
—Bueno, bueno, no llores Juana, tampoco es para tanto mi amiga, lo que pasa es que no sé qué voy a hacer con Laura, ella está muy deprimida últimamente y vos eras una gran compañía para ella. Si tuviéramos un hijo, sería distinto, ella estaría con él y no se quedaría sola todo el día cuando yo trabajo —le contesté consternado.
—Tengo una sobrina que vino del interior, ella está buscando trabajo, si le interesa me avisa patrón.
—Tráigala mañana Juana, así Laura la conoce y le tomamos una prueba.
Y así fue como empezó todo, de una forma tan simple, que hasta da miedo.
Su nombre era Cintia Abril, la musicalidad de esas sílabas, penetraron en lo más profundo de mi corazón. Era una muchacha de unos treinta años. Su cabello rubio caía sobre sus hombros, como una catarata bañada por el sol. Sus ojos, de un extraño color gris, me dejaron cautivo y cuando su tímida mirada se cruzó con la mía, supe que había caído en su embrujo. Su boca, jugosa y dulce, como una fruta exótica, invitaba a besarla. A su lado y de su mano, se encontraba una niña de unos diez años. Rompí el hechizo que se había apoderado de mí y dije:
—Bienvenidas señoritas, soy Mario Puente, ¿me dicen sus nombres?
Laura me miró extrañada, claro, yo no era de hablar así, pero no podía evitarlo.
—Buenos días señor y señora Puente, soy Cintia Abril Martínez y ella es Calista Martínez, mi niña.
Charlamos un rato sobre sus pretensiones y las nuestras y quedó contratada. Para nosotros, no era ningún problema que ella tuviera una hija, Calista era una niña muy dulce, cariñosa y bien educada. Al tener doble escolaridad la veíamos muy poco, pero cuando estaba en casa, a Laura se le dibujaba una sonrisa.
Pasaron unos días y el ritmo de la casa había cambiado. A mi esposa le sentó muy bien la presencia de una niña como Calista y se la podía ver más alegre. Yo, en cambio, me sentía pésimo. Me enamoré, sin querer, como un adolescente de secundaria. Ustedes pensarán que un enamoramiento siempre es algo bello, pero no fue así en mi caso. Sufría como un condenado, el solo verla pasar hacía que mi piel se estremeciera, cuando Cintia hablaba y se dirigía a mí, era como estar en el cielo rodeado de ángeles y cuando me quedaba a solas con Laura, era como ser arrastrado al mismo infierno. Y lo peor de todo no era eso, lo peor era que sentía, en lo más profundo de mí, que a Cintia le pasaba lo mismo. Eso me llevaba a soñar despierto, me veía con ella en un lugar paradisíaco disfrutando de la vida, la veía como mi esposa, en otra casa, esperándome con la cena, y la peor de todas, me imaginaba a los tres, Calista, Cintia y yo, caminando por un parque. Cintia, con una hermosa panza por delante, llevando en su interior, a mi tan ansiado hijo.
Pero la culpa era lo más triste de todo esto. Ya no amaba a Laura y Cintia nada tenía que ver con eso, hacía tiempo que ya nada quedaba del amor y la pasión que nos profesábamos antes, pero era mi compañera y mi compañía; hasta que apareció Cintia. Ahora solo ansiaba irme, dejar todo y llevarme a Calista y a Cintia bien lejos. Claro, que para hacer eso, primero tendría que averiguar si ella sentía lo mismo que yo, o solo eran imaginaciones mías.
Cada día que pasaba, cada roce casual de nuestras manos, cada mirada, eran para mí un indicio de que ella sentía lo mismo, entonces una tarde la seguí, cuando frenó su acelerado paso para mirar una vidriera, adelanté el paso y con mi mano toqué su hombro.
—¡Señor Mario, que susto me dio! —dijo sobresaltada.
—Solo soy yo Cintia y, por favor, basta con eso de “señor”, soy Mario, así, a secas.
—¿Y qué hace por acá, Mario? —contestó sonriente.
—Estaba buscándote a vos Cintia Abril.
—¿A mí?, si necesita algo la señora Laura, yo voy para la casa, no importa que sea mi franco señ… Mario.
—No, Cintia, nada que ver. Te estaba buscando a vos porque necesito preguntarte algo que es muy importante para mí.
La llevé hasta un barcito escondido y ahí me animé y me declaré. Me sentía como esos galanes de los años veinte, solo me faltaba el sombrero de copa. La reacción de ella fue extraña, no lo tomó a mal, pero tampoco se arrojó a mis brazos como la princesa de un cuento.
—Esto nos va a llevar a la ruina a todos, Mario, ojalá me equivoque.
—¿Pero por qué decís eso? Lo que siento por vos es verdadero, nace desde lo más profundo de mi corazón Cintia —le respondí esperanzado.
—Como ya te habrás dado cuenta, a mí también me pasan cosas con vos, pero no puedo olvidarme de que estás casado y que tu esposa es muy buena con mi Calista y esto me hace sentir muy mal —dijo al borde de las lágrimas.
—Hablaré bien con ella, te lo juro. Lo nuestro, hace rato terminó, solo somos una buena compañía el uno para el otro, pero nada más.
—No jures, por favor, no lo hagas sin saber cómo puede reaccionar. Que vos te sientas el hermano de tu esposa, no quiere decir que ella sienta lo mismo Mario.
—De alguna forma saldremos adelante y ella también lo hará por que merece alguien que la quiera bien, no a mí —contesté muy convencido de lo que decía en ese momento.
Salimos a la calle, y al pasar por una plazoleta le robé un beso. Cintia al principio no respondió, pero fue un momento tan mágico que no se pudo resistir. Sus brazos rodearon mi cuello y sus labios se abrieron ante mí. Fue el mejor beso de mi vida. Nunca me había sentido así, no era solo estar cachondo, lo que sentí en ese momento fue amor en el estado más puro.
El otoño, nunca fue mi estación favorita, todo lo contrario. Siempre me entristeció ver las hojas amarillas caídas en el suelo y barridas por el viento, como si fueran despojos. Como si todo estuviera rodeado de muerte, porque, después de todo, eso eran, solo hojas muertas. En cambio, esta vez, el otoño, resultó ser la estación más dulce en la cual vivir, podía haber escrito una oda a cada hoja que caía.
Pasaron las semanas y mis encuentros a escondidas con Cintia se hicieron cada vez más evidentes, era obvio que no podíamos seguir así. Era imposible ocultar lo que sentíamos. Esa tarde temprano, estábamos acostados en la habitación del departamento que había alquilado y le dije que de mañana no pasaba, que esa misma noche ella juntara sus cosas y se fuera sin decir nada. Yo, al otro día, hablaría con Laura y también me iría. Ese departamento era un buen lugar para empezar y ahí nos quedaríamos hasta el mes siguiente y cuando terminaran las clases de Calista, partiríamos los tres hacia México a unas merecidas y hermosas vacaciones. México tenía unos lugares maravillosos para disfrutar en familia.
Todo se hizo tal cual acordamos, Cintia recogió sus cosas y se retiró sin decir ni mu y yo llegué a mi casa, como si nada hubiera pasado. Apenas crucé la puerta, Laura salió a mi encuentro.
—¿Sabés algo de Cintia? —preguntó.
—Recién entro Laura, ¿por qué debería saber algo? —respondí y una alarma se encendió en mi interior. Lo sabe, pensé.
—No sé, siempre están tan de compinches, que supuse… bah, no importa. Se ha ido, la busqué porque necesitaba algo y no la encontré, Calista tampoco volvió del colegio y sus cosas no están. Huyó como la rata que es.
—¿Qué te parece si cenamos y después charlamos un poco Laura? Tenemos que hablar de algo importante —dije juntando valor.
—¿De qué querés hablar Mario? ¿Qué es tan importante, que no puede esperar a mañana? Si es que te estás acostando con Cintia, ya lo sé. Pero una señora, como yo, tiene su dignidad, y si hay cosas que dejo pasar, te explico, solo lo hago por eso, porque soy una dama. Ahora, eso sí, no me vengas con que te enamoraste de esa zorra y vas a dejarme porque ahí si voy a olvidarme lo muy dama que soy. Solo te lo estoy advirtiendo Mario, no sabés de lo que soy capaz.
Ella siguió discutiendo y yo negando, hasta que no di más y me fui. Solo me llevé un par de cosas. Cuando llegué al departamento Cintia ya dormía. Al otro día me fui temprano al estudio, quería terminar lo antes posible para volver a mi casa y terminar de llevarme, aunque sea, las cosas más importantes, por lo que tampoco pude hablar con ella.
Al llegar a mi casa, Laura no estaba, era raro, a esa hora tan temprana de la tarde, ella nunca salía, odiaba el sol fuerte. Recogí mis cosas tranquilo y me fui al departamento. Cuando bajé del auto, escuché dos detonaciones muy fuertes, una detrás de la otra. Era un sonido conocido, era el sonido de mí treinta y ocho, la que diez años atrás había comprado para practicar tiro con un cliente que me había calentado la cabeza. No puede ser Dios mío, por favor, que no sea lo que estoy pensando, dije entre dientes.
Empecé a correr, la gente ya salía a la calle a ver qué pasaba. Entré al departamento y la imagen de ese melodrama absurdo quedaría grabada para siempre en mi memoria. Cintia y Calista estaban tiradas en un rincón del comedor, juntas y de la mano. Ambas con un disparo en la cabeza. La sangre lo cubría todo. Laura, en la otra punta me miraba con la treinta y ocho en la mano.
—¿Qué hiciste Laura? ¿qué hiciste? —dije llorando y gritando a la vez.
—Maté a tu puta y a la bastarda de su cría, una menos para el mundo —contestó riendo histéricamente, ahí fue cuando supe que se había vuelto loca—, y tu castigo aún no termina, mi amor.
Se llevó el arma a la sien y disparó.
Y tenía razón ¿saben?, mi castigo ya duró treinta años. No hay noche en que no sueñe con eso y día, en que no recuerde ese trágico otoño. Un otoño al que recortaría y armaría de nuevo, si pudiera.


– FIN –


Consigna: Redactar un melodrama, en el que los aspectos sentimentales, patéticos o lacrimógenos de la obra se exageren con la intención de provocar emociones en el lector. El trabajo debe llevar como título "Un otoño para recortar y armar". Tres de todos los personajes que crees, deben llamarse Cintia Abril (mujer de unos treinta años), Mario Puente (hombre de unos cuarenta) y Calista Martínez (niña de unos diez años). La historia tiene que estar relatada desde el punto de vista del hombre


Oswald

Por Robe Ferrer.

Abrió la puerta de la casa de su hija como cada noche. Encendió la luz del recibidor y se quitó los zapatos para calzarse las viejas pantuflas.
Había una pequeña luz en el salón, pero no se oía ningún ruido. Aquello no le daba buena espina. Aunque Linda y Oswald estuviesen en la cocina preparando la cena, él tendría que percibir algún sonido.
Un segundo antes de percatarse de lo extraño de la situación, el silenciador de una Glock 9mm le apuntaba al centro de la frente. La pistola la sujetaba la mano enguantada de un encapuchado.
—Bienvenido, William. Ponte cómodo. Tu hija y tu nieto nos estaban contando una divertida historia —le dijo una voz. A pesar de los años pasados, reconoció aquella voz al instante. Después de cincuenta años viviendo en los Estados Unidos había perdido el marcado acento alemán que la caracterizaba.
El encapuchado de la pistola le hizo pasar al salón de la casa poco después de que se encendiese la luz. Seis hombres con la cara tapada y armados retenían a su nieto Oswald atado y amordazado en una silla. El cuerpo de su hija yacía en el suelo con síntomas de haber sido salvajemente torturada.
El mundo dejó de tener sentido para él. Ver a su hija muerta a mano de aquellos hijos de puta había sido la gota que había colmado el vaso. Habría soportado cualquier suplicio que le hubieran hecho pasar a él, pero que hubieran tomado represalias con su hija y las fueran a tomar con su nieto era algo que no iba a permitir.
Se intentó abalanzar sobre Wilhelm, el hombre que dirigía todo aquello y el único que llevaba el rostro descubierto, pero una pistola sobre la nuca de su nieto le hizo frenarse de golpe.
—Siéntate si no quieres ver a tu nieto de la misma forma que tu hija —le ordenó la voz de Wilhelm. Como por arte de magia el acento alemán se materializó de nuevo. Lleno de rabia obedeció.
Una vez sentado se percató de que el suelo del salón estaba lleno de figuras y muñecos de Mickey Mouse rotos. Todos los de la casa, que no eran pocos. Su hija, al igual que él hasta su jubilación, trabajaba para The Walt Disney Company y el icono de la empresa estaba por toda la casa.
—Me ha costado romper todos esos putos ratones, pero por fin di con la clave que descifra la ubicación del cuerpo de Walt Disney —le dijo Wilhelm a William—. Debí figurarme que la esconderías en un lugar a la vista de todos, pero difícil de descubrir. Mickey. Mic key, micrófono y llave. Eres listo, pero yo lo soy más. ¿Pensabas que no descubriría nunca el juego de palabras? Tengo que confesarte que me costó mucho tiempo, pero una vez descifrado solo he tenido que dar con el ratón adecuado. Pensé que era el del juguete de cuando tu nieto era pequeño, ese con un micrófono; pero me equivoqué. Lo habías escondido en ese otro que el ratón imita a Elvis. Eres un viejo zorro, pero yo soy más listo que tú.
William miraba alternativamente a su nieto, el estropicio de muñecos y al causante de todo aquel daño.
—Ahora acompañarás a mis hombres hasta donde está congelado Disney, si no quieres que mate a tu nieto y luego acabe contigo. Sé que hará falta el reconocimiento de tu huella dactilar o de tu iris para acceder al lugar. Seguro que también has tomado más precauciones y necesito que desactives todos esos sistemas de defensa.
—Está bien —accedió.
—Abuelo, no. Sabes que cuando obtenga lo que quiere nos va a matar —intervino por primera vez su nieto Oswald.
—Todo a va a salir bien —intentó tranquilizarle el anciano.
—Siento interrumpir esta emotiva charla, pero el tiempo apremia. Tengo una venganza que cobrarme y ya he dejado pasar muchos años. Llevaos al abuelo y vosotros quedaos con el nieto —le ordenó Wilhelm al que parecía ser su hombre de confianza y a otro que se encontraba junto a él—. El resto, en marcha.
Dos de los encapuchados agarraron por los brazos a William y le obligaron a salir de la casa.
—¡Eh!, sin empujar —se quejó el anciano—. Puedo caminar solo.
—Calla, viejo.
—Id en su coche, y que conduzca él. Seguro que algún sistema de seguridad es el reconocimiento de su matrícula. Lleva más de cincuenta años con la misma y eso tiene que tener algún sentido —mandó Wilhelm a los dos secuaces que irían con William.
—Sí, jefe.
Wilhelm, acompañado de otros dos matones, montó en un lujoso Lincoln Navigator que acababa de estacionarse frente a la casa de Linda. William fue conducido a empujones hasta su coche, un viejo Ford Torino del año 75 que era su mayor tesoro. Le obligaron a ponerse al volante mientras que uno de sus acompañantes ocupaba el asiento del copiloto y el otro justo el que estaba detrás del conductor. Tenía una pistola apuntándole constantemente a la nuca y otra al lado derecho de su cabeza. No tenía escapatoria ni podía arriesgarse a hacer ningún movimiento en falso.
Emprendieron la marcha hacia los estudios centrales de Disney, donde, según las indicaciones, se conservaba el cuerpo criogenizado del fundador de la compañía.
El Torino alcanzó la velocidad de noventa kilómetros por hora en la autopista que bordeaba la ciudad, y William decidió que era el momento de actuar. Soltó su mano derecha del volante y la apoyó sobre la palanca de cambios. Un gesto inocente que cualquier conductor realiza varias veces a lo largo de un trayecto. Sin embargo, William tenía otras intenciones. Siguiendo el refrán de “que tu mano derecha no vea lo que hace tu mano izquierda” hizo que sus captores se fijaran en aquel gesto, quedando sin vigilancia la otra mano, la izquierda. Entonces, con ella pulsó un botón que había junto al volante. Unas pequeñas explosiones, como las de los airbags al activarse, se escucharon en los reposacabezas de todos los asientos salvo en el del conductor. De ellos salieron pinchos de acero de veinte centímetros de longitud, que atravesaron la base de los cráneos de sus acompañantes, haciendo que perdieran todas sus funciones motoras al instante. A los pocos segundos murieron sin saber qué había pasado.
William cambió de sentido en cuanto pudo y se encaminó de nuevo al hogar de su hija. Tenía que salvar a su nieto y disponía de poco tiempo. Llevaba muchos años sin tener que entrar en acción, pero gracias a que continuaba con sus entrenamientos de Defensor del Gran Secreto, podía ser capaz de desarrollar todas sus cualidades de defensa y ataque.
Aparcó su coche dos calles por detrás de la casa y se acercó a un solar abandonado. Allí, oculta dentro de grandes tuberías de hormigón había una puerta que daba a un acceso secreto a casa de su hija. Siempre lo había tenido para huir en caso de ser necesario, nunca lo consideró como una entrada alternativa, pero ahora iba a darle ese uso. Aquel pasadizo llevaba hasta el sótano. Entonces haría su aparición por sorpresa y liberaría a su nieto.
Silenciosamente salió del sótano y se acercó a la puerta del salón. Desde allí podía ver a su nieto con los dos encapuchados que lo retenían. Uno de ellos tenía en sus manos la jaula de una mascota de Oswald.
—Vaya, como no lo habíamos pensado antes. Esta familia tiene un ratón como mascota, y mira qué casualidad que se llama Mickey. Seguro que este bicho tiene algo que revelarnos —metió la mano en la jaula y sacó al roedor. Le retorció el cuello ante el lagrimoso rostro de su dueño. Después arrojó la jaula al suelo y la misma se deshizo en varias piezas. Entonces, el encapuchado cogió una de ellas. Era extraña y no encajaba del todo dentro de la jaula de un ratón—. Te lo dije. Aquí tenemos el secreto que tan bien han guardado los Defensores.
Cuando levantó un pequeño cilindro con extrañas inscripciones, William apareció en el salón lanzando un shuriken contra aquel hombre. El proyectil se le clavó en el cuello haciéndole caer al suelo. Llevaba impregnado un potente veneno capaz de tumbar a una res en cuestión de segundos.
Ante la sorpresa del otro captor, corrió hacia él y le hizo un tremendo tajo con una pequeña cuchilla. La vida se le escapó rápidamente.
—¿Abuelo? —preguntó temeroso Oswald—. ¿Qué ha pasado? ¿Quiénes son estos hombres y qué quieren?
—Es una historia muy larga —comenzó a explicarle al chico a la vez que lo desataba—. Estas personas son Grimmers, descendientes de los famosos hermanos Grimm, los creadores de los cuentos que inspiraron los clásicos de Disney.
—¿Qué quieren de nosotros? ¿Qué tenemos que ver con ellos y Disney?
—Como sabes los hermanos Grimm fueron dos, Jacob y Wilhelm. Ambos formaron familias y tuvieron descendencia; pues un descendiente de Jacob le vendió a Walt Disney los derechos de los cuentos para hacer películas. Por lo visto, a los descendientes de Wilhelm aquello no les sentó bien, ya que se considera que él fue el auténtico creador de las historias, por lo que los descendientes de Jacob no tendrían legitimidad para venderlos. Consideran que Disney adquirió los derechos de forma fraudulenta.
—¿Y qué tiene que ver todo eso con nosotros? —quiso saber el chico.
—Soy el Guardián del Gran Secreto. Sé dónde está el cuerpo congelado de Walt Disney, y ahora sé que debo transmitírtelo a ti.
—Eso es un mito. Todo el mundo lo sabe.
—Esa es la mejor forma de guardar el secreto, hacer creer a todo el mundo que es mentira. Walt Disney está criogenizado. Yo mismo fui testigo del proceso. Fui elegido entre los trabajadores de The Walt Disney Company para guardar el secreto del lugar de su conservación. Tienes que saber cuál es ese lugar. Se encuentra dentro de la estatua del propio Walt Disney que hay en Disneyland.
—¿A la vista de todo el mundo?
—Sí. Es el mejor escondite: todos los ven pero nadie sospecha que se encuentra allí. La estatua esta permanente refrigerada por dentro para mantener el cuerpo en el estado de congelación.
—¿Por qué han roto todos los muñecos de Mickey? —preguntó Oswald.
—Porque creían que uno de ellos guardaba los datos de acceso a los estudios y que en ellos estaría el cuerpo de Disney.
—Pero mi ratón tenía algo en su jaula que, según el encapuchado, llevaba a Disney. ¿No era muy evidente ocultar algo en un muñeco de Mickey o en la jaula de un ratón que también se llama Mickey? Es el estandarte de Disney y el primer dibujo animado que creó.
—En lo primero aciertas, en lo segundo no. La primera creación de Disney fue Oswald, el conejo afortunado.
—¿Oswald? ¿Cómo mi conejo? ¿Cómo yo?
—Eso es. Tú te llamas Oswald por el personaje, al igual que tu mascota. Realmente es tu conejo Oswald quién guarda el secreto de la localización de Disney. Combinando esta pieza —dijo el anciano alzando el cilindro— con otra similar que hay en la jaula del conejo nos revela la forma de acceder al cuerpo de Disney. Esta pieza por ella misma no vale de nada.
—Y lo que encontró ese hombre en la figura de Mickey vestido de Elvis, ¿qué era?
—Falsas informaciones por si algo como esto pasaba. En cuanto alguien que no fuera yo entrase en ese sitio, las puertas se cerrarían automáticamente y no tendrían forma de salir, muriendo de hambre y sed. Nadie podría oírlo pedir ayuda ya que la habitación está insonorizada y en un sótano a treinta metros bajo tierra. Ahora no debemos perder más tiempo. Toma —le dijo el viejo entregándole una tarjeta de visita—. Ve a esa dirección y dile a quién te atienda que el Maestro está en peligro. Sabrán lo que significa y te prepararan como es debido para ser Guardián del Gran Secreto.
—¿Por qué es tan importante que no lleguen hasta Disney? ¿Qué es lo que buscan?
—Buscan descongelarlo y que le devuelva los derechos de los cuentos, así como los beneficios obtenidos por su explotación. Al no estar muerto, ningún descendiente puede devolver esos derechos y tiene que ser el propio Disney el que firme el documento. Eso supondría miles de millones de dólares y la quiebra de la empresa, tener que cerrar los parques de atracciones y muchas cosas más.
—¿Y a quién le importa eso? Son parques de atracciones, nada más.
—Es algo más. Es donde reside la fantasía y la ilusión de millones de personas en todo el mundo. Imagina un mundo sin Disney… —Y le dejó unos instantes para pensar—. No puedes, ¿verdad? Pues tenemos que mantener a Walt Disney en su estado hasta que todo esto haya pasado y que no haya nadie que amenace las ilusiones de los niños. Ahora ve a esa dirección. Espero que todo acabe pronto, pero si no, vas a necesitar un duro entrenamiento.
Cuando el muchacho, con los pensamientos más confusos que en toda su vida, abandonó la casa, William acudió al sótano. Allí, en una habitación secreta para el resto de su familia, recuperó su ropa de asalto y varias armas. Había llegado el momento de la lucha final, y quería salir victorioso para que su nieto no tuviera que soportar la carga que él había llevado sobre sus hombros todos aquellos años.

En su coche llegó hasta el rascacielos en cuya azotea tenía su cuartel general Wilhelm Grimm IV. Actual líder de los Grimmers, que llevaban ochenta años detrás de recuperar lo que creían que les pertenecía legítimamente. Dejó su coche y se adentró en la oscuridad de la noche.
Al llegar a la entrada del edificio se encontró que allí había dos guardias armados. Los Grimmers lo estaban esperando, no cabía duda. Seguramente ya sabían que los encapuchados habían caído sin conseguir su objetivo. Sacó su ballesta con visor infrarrojo y disparó sobre el primer guardia. El virote se le clavó en el cuello matándolo al instante. Su compañero, empuñó su rifle y buscó en la oscuridad al intruso. Un minuto después yacía en el suelo con el cuello roto.
Sigiloso como un felino, William avanzaba por los pasillos del edificio pegado a la pared, desconocedor que Wilhem Grimm ya sabía de su presencia. Los detectores de movimiento habían activado las cámaras de seguridad e iban revelando su posición a cada paso.
Decidió no coger los ascensores, porque así era más vulnerable. Subiría por las escaleras.
En el segundo piso le recibieron con una ráfaga de M-16. Afortunadamente, pudo retroceder a tiempo y volver a ocultarse en el pasillo. Saco una mascarilla y un bote de gas lacrimógeno y lo lanzó en las escaleras. Esperó unos minutos a que la nube de humo se formara y le permitiera avanzar sin ser detectado. Las toses de sus adversarios le avisaron de sus posiciones y así pudo librarse de ellos.
No iba a permitir que lo volvieran a sorprender. Era muy probable que lo estuvieran vigilando a través de cámaras, y él sabía como evitarlo. En su reloj activó la función de inhibidor de señales, así desactivaría todas las cámaras y no verían por dónde iba.
A pesar de mantenerse en forma, ya no era tan joven como quería pensar y al llegar al octavo piso estaba exhausto. La combinación de las escaleras con la tensión y alguna pelea había hecho mella en él. Aún le quedan trece plantas y muchos enemigos de los que deshacerse y el ascensor empezaba a ser una opción más que válida.

—El motor de los ascensores se ha puesto en marcha —indicó el jefe de seguridad a Wilhelm Grimm
—Estupendo. Ahora sí que está acorralado. Detén los ascensores y acabad con él.
—Enseguida.
El jefe de seguridad envió a un equipo de cuatro hombre a la puerta de los ascensores de la undécima planta. El ascensor se detuvo y antes de abrirse las puertas abrieron fuego a discreción con sus fusiles de asalto. Cuando cesó el tableteo de las armas y las puertas se abrieron, un cuerpo sin vida cayó al suelo. Pero no era el de William, sino el de uno de los guardias de los pisos inferiores.
—¡En el techo! —gritó uno de los guardias. Todos abrieron fuego sobre la parte superior de la cabina del ascensor hasta que hubo más espacio vació que techo. Las chispas de las lámparas destrozadas saltaban sin control—. ¡Alto el fuego!
Nuevamente silencio. Un instante después, ocho disparos de una pistola acabaron con la vida de los cuatro mercenarios. William había puesto en movimiento los ascensores, haciéndolos bajar hasta la planta baja y después haciéndolos subir de nuevo (ventajas de los ascensores modernos que poseen memoria), mientras él subía por las escaleras lo más rápido que podía. No llegó a la par que los elevadores, pero si a tiempo para acabar con los cuatro guardias.
Ocho plantas más y llegaría a su destino. Disparos y más disparos lo fueron saludando a cada planta que ascendía, pero gracias a sus dotes consiguió salir indemne de todos los ataque recibidos.
A las puertas del despacho de Wilhem lo esperaba el jefe de seguridad. Vestía un traje elegante de color blanco. Al ver a William, el hombre se quitó la chaqueta y la dejó doblada a un lado con la esperanza de recuperarla en breve.
Se lanzó contra el Guardián del Gran Secreto; este, que esperaba el ataque, se apartó unos centímetros para esquivar el golpe. Después lanzó una patada a la rodilla de su adversario haciéndole doblar la pierna. William encadenó otro par de golpes en la cara de su oponente, pero apenas le hizo mover la cabeza un poco.
Cuando recuperó la posición erguida, abrazó con fuerza al intruso derribándolo. Los dos rodaron por la alfombra que decoraba aquel pasillo. Forcejeos, golpes y arañazos fueron intercambiados por los dos rivales. Finalmente, el jefe de seguridad de Wilhem agarró a William por el cuello y comenzó a estrangularlo. El aire empezaba a faltar y la sangre que debía regar su cerebro había encontrado una obstrucción que no podía sortear. La vista se le nublaba y notaba que estaba perdiendo el sentido.
En un acto desesperado sacó la cuchilla que ocultaba en su cinturón y lanzó un golpe hacia su atacante. Tuvo la fortuna de que la afilada hoja abrió un gran tajo en el cuello del que iba a ser su verdugo. La presión sobre la garganta de William se fue aflojando, y el traje, que había sido blanco, tardó pocos segundos en tornarse rojo.
Wilhelm esperaba con una pistola la entrada de William.
—Bienvenido. Has llegado muy lejos, pero aquí se acaba tu viaje —le dijo al verlo entrar.
—Adelante, dispara. No temo a la muerte; y si me matas jamás conocerás el paradero de Disney.
—Te equivocas, sé donde se encuentra. A la vista de todo el mundo pero oculto de la gente. La propia estatua que hay en Disneyland es su escondite.
El semblante de William cambió de inmediato.
—¿Cómo…? —No pudo acabar la frase. La aparición en la escena de una tercera persona le hizo quedarse sin habla.
—Hola, abuelo —le saludó Oswald.
—William, te presento a mi nieto Jacob Grimm. Ha sido duro ver como tú y tu hija lo criabais, pero necesitaba meter a un infiltrado en lo más profundo de tu familia. Jacob nació hace veinte años, al día siguiente que Oswald. En el hospital cambiamos a los dos niños y asunto arreglado. Pasados los años me puse en contacto con él y le mantuve al corriente de todo lo que pasaba… ¡Qué gran invento las telecomunicaciones! Gracias a Internet podíamos estar en contacto sin que ni tú ni tu hija os dierais cuenta. —Wilhelm comenzó a reír a carcajadas hasta que le sobrevino un ataque de tos. Cuando se recuperó, continuó con su relato—. ¿Cómo crees que supimos cuándo era el momento oportuno para asaltar tu casa? ¿Cómo pudimos evitar las trampas y las alarmas que tenías preparadas? Sabía que tarde o temprano le revelarías el secreto al chico y entonces yo también lo conocería.
—Maldito traidor. Te he tratado como a mi propio nieto, ¿y así me lo pagas? —balbuceó William al borde de las lágrimas.
—Mickey —interrumpió Wilhelm—. Mic key. Micrófono y llave. Cuando te lo dije no esperaba que lo entendieras, y estaba en lo cierto. Tu casa estaba llena de micrófonos ocultos en todos los muñecos del maldito ratón, hablaras dónde hablaras, yo escucharía todo. Ahora, despídete.
Wilhelm apuntó de nuevo a William. Un disparo sonó en la sala. La pistola de Wilhelm cayó al suelo, seguida del cuerpo de su dueño. Jacob Grimm empuñaba un revolver humeante. Había acabado con la vida de su abuelo. William no daba crédito a lo que acababa de suceder.
—No permitiré que un desalmado como él se apodere de la mitad de la fortuna de Disney ni que acabe con los sueños de miles de personas —le dijo a William.
—Oswald. Jacob, yo… yo… Me alegro que pienses así.
El muchacho encañonó a William y disparó tres veces sobre él.
—No permitiré que se apodere de la mitad de la fortuna de Disney, cuando puedo hacerlo yo mismo. Oswald fue el que comenzó el Imperio de Disney y Oswald será el que lo finalice. —sentenció. William ya no pudo oír aquellas palabras.

Encendió un mechero y acercó la llama a las cortinas del gran ventanal que se abría a la ciudad. Todo aquel edificio ardería hasta los cimientos y nadie sabría que había sucedido allí realmente. Pasado algún tiempo, acudiría a descongelar a Disney y le exigiría lo que era suyo. Ahora nadie podía impedir que se convirtiera en un hombre muy poderoso.



– FIN –


Consigna: escribir un relato de acción (tipo films de Stallone, Van Damme, Schwarzenegger, Norris), cuyo argumento implique una iinteracción moral entre el «bien» y el «mal» llevada a su fin por la violencia o por la fuerza física.

El Freddie, el Ossie y el Ricky


Por Juan Esteban Bassagaisteguy.

Hace mucho frío. Ahhh… Y duele. Ahhh… Ahhh… La espalda me raspa contra el suelo rocoso, pero el uniforme… ahhh… todavía me ayuda a no sentir el filo de la piedra.
La niebla ya se ha ido. Hace rato. ¿Cuántas horas pasaron? No sé. Lo que sí sé es que… ahhh… concha’e su hermana con el dolor de mierda. Esto es… el mismo infierno. Balas surcando el cielo de a miles, de un lado y del otro. Y las explosiones. Las granadas. Ahhh… Qué hijos de puta estos ingleses…
Me aprieto la panza con las manos manchadas de barro y el dolor cede —solo un poco—.
En la noche no las puedo ver, pero mis dedos me informan: las tripas me cuelgan ahí abajo hechas un estropajo de carne y sangre. Ahhh… Y se… y se escapan de… ahhh… un agujero enorme. Ufff…
Duele… Como la puta madre que lo parió.

El sargento PARA[1] avanza sobre la ladera del monte junto a sus camaradas, y la niebla de la noche los ayuda camuflándolos en la oscuridad.
Pero todo se complica cuando el cabo Milne pisa una mina antipersonal que le vuela una pierna. Los argies oyen todo y la balacera no se hace esperar.
Aunque aún no lo sepa, la batalla por la posesión del estratégico monte Longdon, uno de los últimos bastiones de defensa argentina en las Falklands, contradecirá gran parte de lo que aprendió en la academia militar. Sobre todo porque sus enemigos, soldados conscriptos en su mayoría —casi adolescentes y sin experiencia en cuestiones bélicas—, resistirán durante horas el embate furioso de su Regimiento 3.

Cuando uno de ellos pisó una de las minas, alguien gritó «¡Ahí vienen!» dentro de nuestra carpa-trinchera —imposible cavar en la piedra del monte Longdon para hacer un pozo que nos protegiera mejor— y todos nos tiramos de cabeza a nuestras posiciones.
Uno de los nuestros vio a un inglés al borde de la carpa; el hijo de puta había llegado arrastrándose en silencio como una yarará. Con el FAL al hombro, lo hicimos pedazos. Nunca supimos cuándo había muerto, pero, mínimo, debe haber recibido entre quince o veinte tiros. Una locura…
Fue entonces cuando tomé la MAG, y empecé a ametrallar a todo lo que se movía.
No sé durante cuánto tiempo tiré. No sé a cuántos maté. No sé a quiénes maté. ¿A ingleses? ¿A mis compañeros? No lo sé… Lo único que sé es que seguí tirando a diestra y siniestra. Y gritando como un desposeído en la negritud de la fría noche malvinense.
Hasta que algo explotó dentro de la carpa-trinchera y todo se escureció.

Retrocede junto a sus camaradas sin dudar un instante, las balas argentinas silbando por encima de su cabeza. Cuerpo a tierra se arrastran sobre la piedra húmeda del monte, hasta quedar a resguardo detrás de unas salientes rocosas.
Y allí el sargento PARA espera.
Cuatrocientos cincuenta hombres, distribuidos por toda la ladera del monte Longdon, reciben órdenes de sus jefes. Divididos en columnas, intentan nuevamente avanzar sobre las posiciones argies. Estos repelen una y otra vez sus embestidas, pero las fuerzas inglesas no se amilanan ante la adversidad: intuyen que la mayor experiencia militar de unos (oficiales y suboficiales de carrera) sobre otros (soldados conscriptos en su mayoría) primará en algún momento.
Recién cuatro horas después, el sargento PARA recibe la orden directa de su superior inmediato para que, con la ayuda de diez camaradas, tome la posición argentina que más resistencia está ofreciendo, la del sector noroeste del monte.
Sintiendo cómo la sangre hierve en su interior y la adrenalina crece tensándole todos los músculos de su cuerpo, toma sus binoculares infrarrojos y observa, desde la lejanía —casi trescientos metros lo separan de la posición argentina—, el reducto enemigo. Los sons-of-a-bitch[2] están bien parapetados de ese lado del monte: tienen instalada la ametralladora MAG entre dos rocas de metro y medio de alto (los fogonazos verdes en sus binoculares así se lo indican), y se alcanza a percibir una trinchera con forma de carpa junto a ella.
Guarda los binoculares, suspira para sus adentros ordenando en su mente el devenir, y, luego, ordena el avance.

Escucho gritos de agonía. ¿Serán compañeros los… ahhh… heridos? ¿O serán ingleses? No sé… ¿Y la MAG? Estará hecha mierda después… ahhh… después de la explosión. Como mis tripas, la puta madre…
Y alguien está tirando. Y no muy lejos. Si tuviera el FAL... ahhh… conmigo… Pero andá a saber dónde carajo quedó después de la explosión. Porque lo podría estar usando como… ahhh… como cuando tiraba en el campo. De pendejo. Y con mi viejo. Recuerdo la primera vez. Me calcé… ahhh… la carabina al hombro y apunté. «Que la mira te quede en medio de los dos cositos» me dijo papá, parándose a mi lado. Diez años tendría. Y tiré. Y me caí de culo… ahhh… con el retroceso de la carabina. Mi viejo me ayudó a levantarme y fuimos a ver el resultado. La bala… ahhh (Dios, cómo duele, la puta madre)… había dado justo entre los ojos. La osamenta de vaca que nos servía de blanco tenía un tercer agujero… ahhh… en medio de la frente. «¡Bien!» me aplaudió papá. Y yo fui el pibe más feliz del planeta.
Te extraño, viejo. Y a la vieja. Tan lejos…
Ay… me duele… me duele mucho… Ya casi ni siento las manos allí abajo. Mamá sabría cómo… ahhh… cómo hacer para curarme… Quién pudiera volver a tener quince años. Y estar con ellos y no acá. Y que mamá me preparara… la leche antes de ir a la escuela. Y cambiar… ahhh… cambiar las figuritas del álbum del mundial. Kempes era la difícil. Y yo la tenía. El Hernán que me la quería cambiar y yo ni en pedo, ja. Ni por veinte de las otras. El puto… ahhh… el puto me cargaba porque yo no iba a bailar ni fumaba; y porque me la pasaba escuchando a José María Muñoz relatando fútbol por la radio. Me decía que él… que él ya le había tocado una teta a la Julia. Ahhh… Dios, el dolor…  Y después resultó que a la Julia… a la Julia no le había pasado ni cerca. Eso me dijo ella la primera vez que la besé. Pasaron cuatro años de esa vez; pero parecen… ahhh… parecen cuatro siglos.
¿Me extrañará la Julia? ¿Y papá y mamá? No sé. Espero que las cartas le… hayan llegado. Yo los extraño… ahhh… mucho…
Las lágrimas afloran y duelen en mi cara sucia más que el estropajo de tripas allá abajo. Dios… Ahhh… Qué frío que hace…

A una distancia prudencial, el sargento PARA lanza una granada y la trinchera argentina explota. Es el comienzo del final. Gritando como un enajenado, se lanza junto a sus camaradas sobre la posición enemiga y la batalla cuerpo a cuerpo se hace carne; las bayonetas caladas son las protagonistas principales, tanto las inglesas como las argentinas —sobre todo, estas últimas—.
Los argies pelean como leones enjaulados. A pesar de no estar entrenados en la lucha y de no contar con la ayuda de la ametralladora MAC, desarticulada por la granada arrojada minutos antes. Gritos. Bayonetazos. Golpes de puño. Disparos. Más gritos. De furia. De dolor.
El sargento PARA, luego de hundir su bayoneta en el estómago de un conscripto argentino, se parapeta detrás de una roca enorme junto a un camarada de menor rango y observa el caos cercano. Dos PARA se traban en lucha encarnizada contra seis argies. No tendrán salida. Entonces, apunta con su fusil LIAI y tira, con precisión de ajedrecista y con la rapidez de un velocista olímpico. Y mata. A los seis argentinos.
La carpa-trinchera enemiga queda en completo silencio (las explosiones y los disparos de los fusiles se escuchan, con claridad —la noche serena y fría ayuda—, en todo el resto del monte Longdon). Y, junto a su compañero de armas, avanza nuevamente sobre el reducto argentino. Todos están muertos. Sus camaradas y los argentinos.
Todos no. A solo tres metros de la posición conquistada, un argie caído levanta la mano.
Y hacia él va el sargento PARA.

Lo escucho venir e intento arrastrarme en el barro y la piedra del monte; pero no puedo: mi espalda dice «basta». Siento cómo la sangre fluye desde mi estómago mezclándose con el revoltijo de tripas y carne desgarrada, y cómo el dolor crece royéndome por dentro. Ahhh… Es infernal, ufff…
El inglés —por el uniforme, es un PARA se detiene junto a mí. Y, luego de observar con algún interés mi bajo vientre hecho un desastre, me mira directo a los ojos.
—I like… i like Queen… Freddie Mercury is… ahhh…. is the best singer in the world[3] —le susurro en un inglés tirado de los pelos (el que aprendí en la secundaria). Con una de mis manos ensangrentadas lo tomo de su pierna derecha—. Soccer. I like… soccer. I’m a big fan of… ahhh… of Ossie Ardiles. And Ricky Villa. Tottenham. Tottenham Hotspur. Ahh… Soccer. Do you… ufff… do you like soccer?[4] —Sonríe, pero no me contesta, sino que vuelve a mirarme la herida de la panza—. Please… please… ahhh… help me. It hurts… a lot[5] —continúo, apretando su pierna con frenesí.
Entonces, él deja de sonreír.

Llega junto al conscripto argentino y lo observa con atención. No tiene más de diecinueve o veinte años —quince menos que él— y está desarmado. Y malherido. Aunque saca fuerzas de algún lugar y, en un muy mal inglés, susurra algo sobre Queen, Ardiles, Villa y el Tottenham Hotspur.
El sargento PARA sabe de la existencia del grupo musical, y sus integrantes les parecen todos unos maricones de mierda. Y, claro, cómo no conocer a Ardiles y Villa, si los jugadores argentinos fueron los puntales de la FA Cup que el equipo de fútbol de su ciudad, el Tottenham Hotspur, ganó el año anterior. Con un gran gol de Villa, además. Recuerda cómo gritó de alegría ese día, y sonríe en la noche de las Falklands.
Mira la herida del argie otra vez. Se ve mal, realmente muy mal. El conscripto, siempre hablando un desastroso inglés, le pide ayuda.
Y él se la da.
Levanta su fusil L1A1 y, con todas sus fuerzas, hunde la bayoneta calada en el ojo izquierdo de su enemigo (lo sabe desde los días en su academia: la bayoneta mata mejor cuando entra por las partes del cuerpo no cubiertas por el uniforme militar que protege el resto). Oye un ruido lechoso cuando el metal atraviesa el cráneo y se clava en la tierra rocosa del monte Longdon. El argie convulsiona unos segundos y, luego, deja de moverse.
Retira la bayoneta del rostro de su enemigo y, luego de quitarle el casco para llevárselo como trofeo de guerra, le descerraja tres disparos sobre su rostro. Por si acaso.
Su compañero de avanzada llega junto a él, y observa lo que ha hecho. Ambos se miran a los ojos, y entre ellos no hacen falta palabras. Lo que está hecho, hecho está. Y no debe haber vacilaciones de ningún tipo. Es la guerra. Y en la guerra no hay piedad ni ayuda humanitaria que valga.
Los disparos siguen escuchándose en la noche, y el sargento PARA, tomando la radio de su cintura, llama a su superior inmediato para informarle que la ladera noroeste del monte Longdon es suya, pero que ha perdido ocho camaradas de los diez que iniciaron el avance. Y que espera refuerzos. Le confirman por radio que van hacia allá.
Entonces, ambos ingleses se parapetan adentro de la carpa-trinchera enemiga.
La guerra por las Faklands significa el debut de fuego profesional del suboficial, y él presiente que, con su ayuda, el Reino Unido ha dado un gran paso para lograr el objetivo de retener las islas ante la invasión argentina.
Es la una de la mañana del sábado 12 de junio de 1982.
Sin relajarse, pero satisfecho, el sargento PARA no puede evitar sonreír.


– FIN –


Consigna: escribir un relato de acción (tipo films de Stallone, Van Damme, Schwarzenegger, Norris), cuyo argumento implique una iinteracción moral entre el «bien» y el «mal» llevada a su fin por la violencia o por la fuerza física.




[1] PARA: Regimiento de paracaidistas británico.
[2] Traducción del inglés: hijos-de-puta.
[3] Traducción del inglés: Me gusta… me gusta Queen… Freddie Mercury es… ahhh…. Es el mejor cantante del mundo.
[4] Traducción del inglés: Fútbol. Me gusta… el fútbol. Soy fanático de… ahhh… de Ossie Ardiles. Y Ricky Villa. Tottenham. Tottenham Hotspur. Ahh… Fútbol. ¿Te gusta… ufff… te gusta el fútbol?
[5] Traducción del inglés: Por favor… por favor… ahhh… ayudame. Duele… un montón.