lunes, 13 de abril de 2015

El Negro Ledesma y las cosechadoras que vuelan

Por Juan Esteban Bassagaisteguy.

Un fenómeno de la naturaleza como el Negro Ledesma no aparece todos los días. Se me pone la piel de gallina cuando lo recuerdo, la puta que lo parió. Es más, prefiero ir a pasear al cementerio de noche antes que volver a verlo por el pueblo o los alrededores.
El Negro había llegado a Pampa Caliente en el año 2009, y trabajaba como alambrador bajo las órdenes de don Calixto Espínola, su patrón. Tenía treinta y dos años, medía un metro noventa de altura y, con solo verlo cavando pozos para los postes o esquineros, o tirando de los rollos de alambre, era fácil adivinar la montaña de músculos que poseía. De piel oscura y de rasgos aindiados, la gorra de vasco era infaltable en su atuendo: la llevaba consigo durante las más de diez horas diarias de labor, y también cuando se juntaba con sus compañeros de trabajo a tomar la copa en el paraje «El Pajonal», propiedad del Vasco Zarrabeitía (lugar que funcionaba como bar y, fundamentalmente, como proveeduría y almacén para la gente que vivía en los campos y estancias de la zona).
Hombre de muy pocas palabras —solo salían de su boca algún «hola», algún «chau», y el «sí, señor» cuando se dirigía a don Calixto—, tampoco soltaba la lengua cuando el alcohol corría por sus venas. Y nunca se lo había visto en pedo.
Amaba jugar al fútbol, y se había hecho famoso por eso. Sobre todo, en los campeonatos de fútbol 5 organizados por el Vasco Zarrabeitía, que se jugaban en la canchita pegante a su paraje, y donde el campeón se llevaba una buena punta de pesos.
Los cuatro hijos varones de don Calixto Espínola —todos de entre veinticinco y treinta años de edad, alambradores y empleados de su padre— también eran fanáticos del deporte que mueve multitudes por todo el mundo. Y el equipo que habían formado se había consagrado campeón en los últimos cinco torneos organizados por «El Pajonal». Adelante la rompían el Mingo y el Sapo; el Mingo Espínola más goleador, bien nueve de área, y el Sapo Espínola con un desborde por afuera y una gambeta en velocidad pocas veces vista. Atrás hacían pata ancha el Melena y el Lechuga; el Melena Espínola sacando cualquier centro llovido que amenazara el área propia, con un gran manejo de brazos —donde los codos eran el arma más usada—, y el Lechuga Espínola con una fineza de señorito inglés para el quite del balón al rival.
¿Y al arco? Al arco el Negro Ledesma, claro.
El Negro tenía una virtud: no recibía goles. Y ojo que no era alguien que se destacara especialmente por la elasticidad a la hora de sacar pelotas al ángulo, o al cortar avances rivales saliendo a los pies de los delanteros. No, nada de eso; es más, siempre se quedaba bajo los tres palos y apenas descolgaba algún centro. Y nada más.
Lo que pasaba era que los contrarios, cuando quedaban ante al Negro luego de haber gambeteado a duras penas los trancazos del Melena y el Lechuga, y listos para romperle el arco o tocarla suavecita a un costado y salir gritando la conquista, siempre —pero siempre, eh, no te miento— le erraban al arco. Era como si sufrieran un lapsus, algo que los nublaba en ese último segundo. Uno ha visto delanteros así en el fútbol profesional, tipos que cobran una enorme cantidad de guita por partido y que no pueden meterle un gol ni al arcoíris. Por eso no debería asombrar que lo mismo pasara en un campeonato de fútbol 5 de una pequeña ciudad del interior de la Argentina. Lo extraño del caso del Negro Ledesma era que el arquero, cuando tenía frente a sí a sus rivales, no se movía. Se quedaba en la línea del arco, estático, duro como huevo pa’ ensalada.
Y sonreía.
Y los ojos le brillaban.
Y los delanteros la tiraban afuera.
Yo lo vi, eh. Y lo vi también en el último partido del Negro, aquel que significó para siempre su retiro del fútbol 5 y su huida de Pampa Caliente.
Era domingo 25 de enero de 2015 y yo, fanático del equipo de los Espínola, había ido desde el pueblo a «El Pajonal» —cerquita, a una legua de viaje— en mi Rastrojero. Los Espínola se enfrentaban en la final al equipo del Vasco Zarrabeitía, el organizador. Los alambradores le habían ganado a los del Vasco las últimas cinco finales, y había una pica bárbara entre ambos equipos.
El partido arrancó parejo, con dosis de buen juego por ambos lados pero, de decirlo, con la violencia como protagonista principal. Volaban las patadas. Se sufrían los codazos. Y nadie decía una sola palabra. (En Pampa Caliente nadie llora jugando al fútbol. Y menos cuando el juez del partido es el doctor Dabrowsky, quien también es el juez de paz de la ciudad; un tipo que es de la escuela de Lamolina y hace que un culto del «siga, siga»).
Así fue durante los cuarenta minutos que duró el encuentro, O treinta y nueve y medio, en realidad. Porque los últimos treinta segundos fueron fatales.
El Mingo y el Sapo Espínola no habían mojado en toda la noche. Y no era que no definieran bien, todo lo contrario. El tema era el arquero de ellos, un tipo nuevo, que no había estado en las cinco finales anteriores. Un fulano que había contratado el Vasco Zarrabeitía a finales de la primavera del 2014, que laburaba con él en «El Pajonal», y que nadie sabía muy bien de dónde había venido a recalar en Pampa Caliente.
Y los delanteros del Vasco, claro, erraban goles imposibles: la mítica sonrisa y los ojos brillantes del Negro hacían milagros.
Todo parecía encaminarse a un cero a cero irremediable y a la consagración del equipo de los Espínola (era sabido, en la definición por penales que definiría al campeón, todos los disparos de los jugadores del Vasco irían a parar al monte que estaba atrás de la canchita) cuando, faltando treinta segundos para el final del partido, el Melena Espínola saltó a cabecear un córner ejecutado por el Fideo Lombardi e, inexplicablemente, despejó el balón con un golpe digno de Marcos Milinkovic, aquel recordado jugador de vóley de la selección argentina. Penal. Indiscutible.
Entonces. hacia el área del Negro Ledesma salió disparado el arquero del equipo del Vasco, como Chilavert oliendo sangre ante un desprevenido Mono Burgos. Pidió la pelota y ninguno de sus compañeros se la negó.
Un silencio de muerte invadió la cancha y todo el perímetro lindante cuando el tipo se paró con ella frente al Negro. El aire se cortaba hasta con una galletita de agua, y ambos arqueros se miraron fijo a los ojos, buscando debilidades ajenas.
El juez Dabrowsky hizo sonar su silbato y el arquero de ellos pateó el penal.
La sonrisa del Negro no apareció.
Sus ojos no brillaron.
Y la bocha infló la red. Uno a cero.
No hubo tiempo para más: el partido terminó y el equipo del Vasco, luego de una larga sequía, se coronó campeón. Dieron la vuelta olímpica a la canchita, con todos sus hinchas llevando en andas al héroe de la noche. Yo lo vi todo desde afuera, recaliente con el boludo del Melena que había hecho ese penal pelotudo. Y también con el Negro, que ni siquiera había elegido un palo para tirarse y, en una de esas, adivinar la intención del pateador.
Terminaron los festejos en la cancha y el Vasco Zarrabeitía, eufórico, los continuó en el paraje.
—¡Vuelta gratis pa’ todos, muchachos! —gritó a la multitud que había concurrido a la final. Y fuimos hacia el boliche, como si se tratara del «tercer tiempo» de un partido de rugby.
Con un vinito adentro, más otro vinito, más otro vinito más, la calentura se me pasó por completo. Y busqué al Negro Ledesma para ver si, como yo, también se consolaba en el alcohol por la derrota reciente.
No lo encontré.
Pero vi a los hermanos Espínola sentados a una mesa con los jugadores del Vasco, todos escuchando con atención la palabra del novato arquero, la figura de la final. Tenían los ojos grandes como el dos de oros, y la boca abierta como la de Jim Carrey embelesado ante Cameron Diaz en «La Máscara». Me acerqué a la mesa y escuché el monólogo del arquero goleador.
—Al Negro Ledesma yo lo conocía de mi pueblo, El Espinillo, en Formosa. Él vivía ahí también. —El tipo, entre frase y frase, tomaba un trago de vino—. Ya era famoso allá: en los partidos de la liga regional siempre iba al arco, y nunca le metieron un gol. Yo era más chico que él, pero lo tenía visto. Y pasaba lo mismo que acá. Los delanteros se atontaban frente al arco, y siempre la tiraban afuera. —Sus compañeros de equipo lo miraron feo—. Perdón, muchachos, pero es así como los veía a ellos y los vi hoy a ustedes. Entonces empezó a noviar con mi hermana. Y vieron cómo son las mujeres, je. —Todos asentimos y nos reímos sin saber muy bien dónde quería llegar con esa frase—. Chusmas son, re-chusmas. Ella me lo contó el día que se peleó para siempre con el Negro y el tipo, con el corazón hecho mierda, se fue de El Espinillo. —Uno de los defensores de su equipo, el Colorado Burgueño, lo cortó al ras y le pidió que siguiera con lo que le había contado la hermana. El arquero se tomó otro trago de vino y continuó—: El Negro, me dijo mi hermana, era telépata. —Todos lo miramos sin entender un pomo—. Telépata, che, ¿no saben lo que es? —Negación total—. No es que el tipo mira tele con las patas, sino que sabe leer la mente. —Terrible silencio—. Sabe lo que estás pensando. —Ahora sí asentimos todos. Él siguió—: Aunque el Negro solo te leía la mente sobre una cosa: las mujeres. O sea, mirándote a los ojos sabía de vos y tu relación con cualquier mina que te rodeara. —Alguno de los que lo escuchaban bajó instintivamente la cabeza—. De las formales, pero también de las prohibidas. Sabía sobre tu vieja, tu tía, tu hermana, tus hijas, tu esposa, tu novia, tus amigas y, cómo no, tus amantes. Y los detalles más íntimos eran los que el tipo veía primero. Mi hermana lo sabía muy bien porque el Negro, el día que le había confesado su secreto más oculto (el de poder leer la mente) le había contado que la mejor amiga de ella, la Flaca Ibarra, se negaba a chupársela a su pareja, el Loco Claría; y eso a pesar de que ya llevaban más de cinco años de novios. Nadie lo sabía, solamente mi hermana. Y ni en pedo se lo habría dicho jamás al Negro Ledesma, sino que fue este el que se lo contó a ella una tarde, luego de un fulbito con amigos en la canchita de atrás de las vías del tren. Ese día, el Loco había sido rival del Negro y, cada vez que quedaba frente a los tres palos, el arquero le leía la mente y veía lo mismo: al tipo y a la Flaca apretando en el zaguán de la casa de la mina, los dos metiéndose mano como locos, recalientes, y la negativa constante de la tipa cuando el novio le pedía una chupadita. Y entonces, cuando estaba a punto de convertir, el Loco como que se taraba y pateaba la pelota pa’ cualquier lado.
—¿Y por qué se peleó el Negro con tu hermana? —lo interrumpió alguien.
—Es que un día no resistió más la tentación y le leyó la mente. Y vio a mi hermana a los chupones con la Flaca Ibarra. Sí, tal cual les digo, no me pongan esa cara. No, no eran tortilleras, les gustaba jugar con eso, nada más (alguna vez las espié, ja). El tema es que cuando el Negro le endosó lo que había visto, ella no le perdonó que se hubiera metido sin permiso en su cabeza. Y él no le perdonó sus besitos de amigas. Tan mal quedó el tipo por eso, que se fue a la mierda de El Espinillo. Años después partí yo, buscando un lugar mejor pa’ laburar. Y caí en Pampa Caliente.
—¿Y sabías que el Negro Ledesma estaba acá?
—No, ni idea, fue pura casualidad. O sea, sabía que el equipo de los Espínola tenía un arquero impresionante, pero nunca me imaginé que ese fulano fuera el Negro. Y por eso la tiraste siempre afuera en la final, Melli —dijo, señalando a uno de los mellizos Fazzolari, delantero de su equipo—: el tipo te leyó la mente. ¿O no?
—No sé —respondió—. Lo único que sé es que cada vez que iba a patear al arco del Negro, veía una luz blanca y, en el medio, a la Peti Ronchieri sentada en la caja del supermercado, con el escote así —dijo, inclinándose para adelante, juntando las manos entre sus piernas y pegando los brazos al torso. Todos reímos—. Sí, boludos, ríanse nomás. ¿O me van a decir que nunca pispearon el escote de la Peti? Terrible minón. ¡Y qué tetas, Dios! Lo que debe ser hacerse una turca en medio de esos melones —suspiró.
—Bueno, eso es lo que te hacía el Negro Ledesma cada vez que lo encarabas. Te leía la mente, veía lo que querías hacer con la Peti y, lógico, la tirabas a la mierda.
—¿Pero cómo fue que vos evitaste que te leyera la mente cuando tiraste el penal? —Esta vez el que lo interrumpí fui yo.
Se hizo un silencio que pareció eterno. Y entonces el arquero, luego de zamparse de upa el alcohol que le quedaba en el vaso, me respondió.
—No pude evitar que la leyera. Pero lo que vio el Negro en mi cabeza lo trastornó.
—¿Qué vio, qué vio? —preguntaron varios al unísono.
—Que el próximo fin de semana me voy para El Espinillo. —Todos lo miramos sin comprender—. Porque se casa mi hermana. Y eso es lo que vio el Negro cuando me paré frente a la pelota y nos miramos a los ojos. Y, me imagino, no lo pudo soportar. Por eso la luz blanca, que yo también veía, desapareció justo cuando el árbitro pitaba para que pateara el penal. No tuve más que ponerla mansita contra un palo.
—¿No será demasiado? —pregunté—. O sea, alguna vez tu hermana se tenía que casar, y eso el Negro lo tendría que haber tenido claro.
—Sí, por supuesto. El tema no es que se casa, sino con quién se casa. Mi futuro cuñado es el Garza Ledesma, el hermano del Negro.
—Y, bueno, son cosas que pueden pasar —dijo el Sapo Espínola.
—Pero acá se complica, che.
—¿Por? —pregunté.
—Porque el Garza está peleado a muerte con el Negro por un tema de guita. Algo de un préstamo que nunca le devolvió. Además, el Garza no es un tipo cualquiera.
—¿Por?
—Porque tiene poderes magnéticos. El tipo hace así con la mano —el arquero estiró su brazo derecho y separó los cinco dedos— dirigiéndola a una maquinaria agrícola, ponele, y la levanta por el aire para después, si quiere, tirártela por la cabeza. Por eso es que me parece que la boda va a terminar mal. Aunque espero equivocarme.
Eso fue lo último que escuché decirle al arquero. Me fui de ahí al toque. Terribles bolazos nos había echado. O sea, quién no conoce al capo de los X Men y su habilidad para leer la mente. Y a Magneto, su archienemigo, que mueve cualquier cosa metálica con solo levantar un brazo. El tipo nos había mentido como de acá a la luna.
Aunque es cierto que al Negro Ledesma no se lo vio más por Pampa Caliente. Como tampoco al arquero del equipo del Vasco Zarrabeitía, quien nunca regresó luego de haberse ido al casorio de la hermana.
Lo más extraño de todo es lo que pasaron ayer por Crónica TV, justo antes del sorteo de la quiniela vespertina. La placa roja decía que en una pequeña ciudad de Formosa, durante el último fin de semana, se habían visto cosechadoras volando.
Estábamos mirando la tele con mi señora, y ella se rio como loca al escuchar la noticia.
Yo no.

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