lunes, 8 de junio de 2015

Una cerveza con Paola

Por Juan Esteban Bassagaisteguy.

Julio de 1993
El micro llegó a la terminal de ómnibus de La Plata y Esteban miró su reloj pulsera. Las 13:00 horas. El viaje desde Buenos Aires había sido más corto de lo imaginado y en eso tenía que ver la compañía de la novela «Cementerio de animales», de Stephen King, que había leído durante el trayecto. Pero que lo que realmente acortaba los tiempos era la imagen de Paola rondándole la cabeza como una abeja a la única flor de un desértico jardín.
Eran novios desde 1989, cuando ambos cursaban el cuarto año de la escuela secundaria, él en la Técnica y ella en el Instituto Corazón de María. Recordó aquellos últimos años de vida escolar en su Chascomús natal: los primeros besos a escondidas, el descubrirse el uno al otro, el esperado debut… La amaba con cada fibra de su ser.
El destino los había desunido al decidir continuar sus estudios universitarios. Paola estudiaba Abogacía en la Universidad de La Plata y Esteban Ingeniería Industrial en la UBA. Aunque la distancia que los separaba solo implicaba algo más de dos horas de viaje en micro, y cada fin de semana les daba una nueva oportunidad para volar juntos al infinito.
Los padres de ambos aprobaban la relación, pero no sucedía lo mismo con Nico y Hernán, íntimos amigos de Esteban desde el jardín de infantes.
—Esa mina te va a quemar la cabeza, boludo —se habían cansado de repetirle—. ¿No te das cuenta? Es una concheta de mierda, una nariz parada forrada de guita. Te quiere para coger nomás, tarado.
Pero él no estaba de acuerdo con lo que le decían. Era cierto que él provenía de una familia de clase media y ella de una acomodada, pero esta diferencia nunca se la hacían notar: los padres de Paola lo trataban como si de verdad fuera un hijo suyo.
Sacó de su mente esos pensamientos que lo entristecían (Hernán y Nico estudiaban Ciencias Económicas y, junto a él, alquilaban un departamento de dos ambientes en Buenos Aires. Ellos regresaban periódicamente a Chascomús, pero Esteban no: los días de semana eran para el estudio, y los sábados y domingos para su novia) y bajó del ómnibus.
Caminó unas cuadras y, en pocos minutos, llegó al edificio en el que Paola vivía, sola y en un departamento propiedad de sus padres, en avenida 44 entre 7 y 8. Esteban tenía llave —conseguirla le había costado horrores: su novia no quería darle una copia argumentando que la asustaría mucho entrar a su hogar y encontrarse, de improviso, con un hombre allí adentro; pero beso va, beso viene (y algo más…), él la había convencido—, por lo que abrió la puerta de vidrio de doble hoja e ingresó al lugar.
Subió por el ascensor hasta el séptimo piso, bajó del mismo, fue hasta la puerta del departamento de Paola y abrió la puerta. Era jueves, un día desacostumbrado para el reencuentro con Paola —el joven, aprovechando el paro docente que se extendía en todas las facultades de la UBA desde ese día hasta el lunes siguiente, había decidido adelantar su viaje y no decirle nada sobre ello a su novia, para que la sorpresa fuera inolvidable—.
Y lo que vio le congeló la sangre.


Marzo de 2015
Apoyó su espalda contra el respaldo de la cama y tomó su smartphone, que estaba sobre la mesita de luz. Miró la hora y no se sorprendió para nada: siempre se despertaba de madrugada, cuando el sol empezaba a despuntar en el horizonte.
Se había convertido en un workaholic, pero eso no le preocupaba. Trabajar le daba una satisfacción que no se comparaba casi con nada. «Solo con ponerla», sonrió.
En completo silencio, encendió un cigarrillo y observó a la beldad que dormía a su lado. La sábana se había deslizado y ella, boca arriba, mostraba la belleza de su piel sin inhibición alguna. Veinte años. «Y qué manera de coger…». Dio una profunda calada al cigarrillo y se observó el abdomen. La «pancita de los cuarenta» aún no había hecho mella en él, a pesar de haber pasado esa frontera hacía dos años; ir al gimnasio dos veces por semana, rendía sus buenos frutos.
Y, como lo hacía cada tanto, en el silencio de la habitación reflexionó sobre sus orígenes y su actualidad, de dónde venía y hacia dónde iba. Poseía un moderno departamento en la exclusiva Torre Le Parc, en Puerto Madero, y un BMW Z4 modelo 2014. Eso lo llenaba de orgullo, pero no olvidaba sus orígenes de clase media ni lo que le había costado llegar a lo que era —y tenía— hoy.
La época de la adolescencia en Chascomús, en la cual sus padres nunca le hicieron faltar nada —aunque mucho no sobraba—; la relación con Paola; sus años de vida universitaria; el día en que se recibió de Ingeniero Industrial con diploma de honor y la enorme alegría de compartir ese momento con sus padres, Nico y Hernán —a Paola la había perdido en la estratósfera—. Su ingreso como empleado en la empresa que ganaba, casi siempre, las licitaciones públicas del gobierno nacional en cuestiones relacionados con rutas, edificios, puentes y demás, y su crecimiento allí hasta ocupar el cargo de vicepresidente de la compañía, el más joven en toda la historia de la misma. Luego de obtener sus títulos de contadores públicos, había llevado a trabajar con él a sus amigos de la infancia, aquellos que le habían hecho la banca en los peores momentos (los dos aún continuaban en la empresa, Hernán como Subgerente de Finanzas y Nicolás como Gerente Contable).
Y las mujeres que habían pasado por su vida luego de Paola…
Debía reconocer que le había sufrido muchísimo por no estar más con ella, y la forma en que ello se dio; dos largos años de celibato y de masturbaciones amargas hasta que, gracias a Nico y Hernán —a quién, si no— había salido del pozo. Ellos lo llevaron de recorrida por la noche de Buenos Aires en medio del frío de julio del 95, y él encontró el calor. Luz se llamaba. Solo salió tres meses con ella, pero los nubarrones sentimentales, en poco tiempo, desaparecieron. Aunque prometió no volver a enamorarse y, soltero empedernido, estaba seguro que así seguiría hasta el último de sus días.
Una sola vez volvió a ver a Paola, y eso había sido a mediados de diciembre último. En un bar en el centro de Buenos Aires, y cerveza de por medio, en un encuentro que le dejó un raro sabor de boca; una mezcla de saber que el amor que había sentido por ella había sido muy profundo, pero que eso formaba parte del pasado sepultado.
Y la solicitud inesperada de su ex en esa tarde de diciembre, a la que él no había podido negarse de ninguna manera.
Sacó la cuenta. Algo más de doscientas mujeres habían pasado por su cuerpo desde Luz. De todas las edades, tipo y color —«Qué buena estaba la negra Simone, terrible garota», sonrió—, abundaban las veinteañeras, su gran debilidad. Y buena parte de ellas habían trabajado en su empresa —algunas todavía lo hacían— o, directamente, habían sido sus secretarias privadas. En este último caso, como quien dormía a su lado.
Apagó el cigarrillo en el cenicero de su mesa de luz, y se recostó junto a la joven mujer. Olivia se llamaba, y hacía solo un mes y medio que laburaba para él. Puso una mano en su vientre, y lo acarició con suavidad. Ella dio un largo suspiro y, sin abrir los ojos, sonrió y se acurrucó contra él; los senos desnudos quedaron a milímetros de la boca de Esteban y este, sin dudarlo, humedeció con la punta de su lengua uno de los pezones oscuros que se ofrecían sin pudor. La joven introdujo sus dedos entre sus cabellos y, con pequeños masajes en la cabeza de su amante, guio al dueño de la lengua atrevida quien, sucumbiendo a los placeres plenos de sus cinco sentidos, comenzó a dibujar el éxtasis infinito que solo se siente de a dos.


Julio de 1993
Ella, Paola, apoyando sus manos sobre la mesa y completamente desnuda. Él, un ex novio que había tenido en Chascomús —«Ulises Usandizaga, Uhhh Uhhh». El nombre del tipo y su apodo le atravesaron el cerebro como una lluvia de meteoritos helados—, con los pantalones caídos, abrazándola por detrás y penetrándola a un ritmo constante, intenso, voraz. Y las manos de Ulises oprimiendo lujuriosas los senos perfectos de Paola. Y la cara de gozo y los gemidos profundos de los dos.
Aunque solo fueron dos segundos —y mientras sentía cómo el corazón le dejaba de latir (nunca supo si esa sensación fue real o no)—, esos detalles del derrumbe del mundo ideal se grabaron a fuego en su mente.
Lo último que vio fueron los ojos de Paola clavándose en los suyos. Y notó en ellos la sorpresa de la visita inesperada y la súplica del perdón.
Huyó del lugar y nunca jamás regresó.


Diciembre de 2014
Eran las seis de la tarde y el bar comenzaba a llenarse de gente. Esteban era un habitué del lugar —allí había conocido a varias de sus amantes—; sentado en un taburete junto a una de las barras, esperaba a quien lo había citado esa misma mañana.
Había recibido el llamado en su celular, número que muy poca gente conocía. Había mirado la pantalla y, al observar que la llamada provenía de un número telefónico de Chascomús, había atendido sin dudar.
Cuando oyó la voz de otro lado, veinte años (y algo más…) se le vinieron encima.
—¿Esteban?
—Sí, soy yo. —Había contestado al instante, y esperaba que su interlocutora no hubiera percibido el temblor al responder—. ¿Paola?
—Sí. —El mismo timbre de voz, la misma cadencia al hablar—. Me pasó tu número de celular tu viejo. —Si había notado que él apenas podía respirar, no lo dio a conocer—. No te enojes ni lo retes, sabés que siempre me quiso un montón.
Esteban la cortó en seco.
—¿En qué te puedo ayudar? —preguntó, tratando de parecer distante.
—Vine de Chascomús a Buenos Aires. ¿Puedo verte?
Él había contestado que sí, y la había citado al bar donde ahora la esperaba.
La vio entrar al lugar y no pudo menos que admirarla: a pesar de haber pasado los cuarenta años de edad, conservaba el físico envidiable de una de veinte. Le hizo una seña y ella, sonriendo, caminó a su encuentro. Él la contempló extasiado, con una blusa blanca y un pantalón elastizado pegado a sus caderas que resaltaba aún más su figura.
Lo abrazó con fuerza y él percibió el aroma embriagador del perfume mezclado con el sabor de su piel. Lo besó en la mejilla y le clavó los ojos.
—Qué bien se te ve, Esteban.
—No, nada que ver. Ahora vos, Paola, estás hermosísima. —Ella se ruborizó y él se apuró a aclarar—. Es la pura verdad, eh, y no solo un piropo. Estás preciosa.
—Gracias.
Un silencio incómodo se interpuso entre los dos, y Esteban se encargó de romperlo.
—¿Siempre te gusta la cerveza? —Ella asintió moviendo la cabeza—. ¿Negra, no?
—Cómo te acordás —sonrió Paola.
—Hay cosas que nunca se olvidan.
—¿Alguna vez me vas a perdonar?  —La sonrisa de la mujer se había esfumado.
—Ya te perdoné, linda. —Esteban hizo una seña al barman; mientras el hombre se acercaba, vio que Paola volvía a sonreír. Pidió la cerveza y continuó—: Contame: ¿qué ha sido de tu vida? ¿Qué te trajo a Buenos Aires? ¿Para qué querías verme?
—Pará, che, que son muchas preguntas juntas. A ver, primero lo primero. Al poco tiempo de romper con vos, quedé embarazada de Ulises. Nos casamos pero no duró: a los dos años ya estábamos separados. ¿Tus viejos nunca te contaron?
—No. Sabían que yo había quedado mal después de separarnos y prometimos no hablar más de vos. Y viste cómo somos de porfiados los vascos: cumplimos nuestras promesas contra viento y marea. —El barman les alcanzó la cerveza y un par de jarras, y Esteban las llenó—. Aunque el viejo Indacochea la rompió cuando te dio el número de mi celular, ja. Salud —dijo, entrechocando su jarra con la de Paola.
—Salud. —Paola sorbió un trago—. Está riquísima. Bueno, te contaba. Quedé embarazada y tuve una hija. Pero la crié yo sola porque el hijo de puta de Ulises, luego de abandonarme, nunca me pasó un mango.
—Qué forro de mierda.
—Y aunque mis viejos me ayudaron en todo, tuve que dejar de estudiar. Es terrible el tiempo que te demanda criar una hija (y más, sola). Y, bueno, a los cinco años de mi separación de Ulises me volví a casar. Con Ariel Espinoza, ¿te acordás de él?
—¡Sí! Muy buen pibe, muy laburador. Una panadería tenían sus viejos, ¿no?
—Sí. Y ahora tenemos en Chascomús una mini-cadena de panaderías. Tres sucursales. Y nos va muy bien. Estoy muy enamorada de él, Esteban… Además, me dio tres hijos más, todos varones y bellísimos.
—Saldrán a la madre. —Paola volvió a ruborizarse ante el piropo—. Me alegro mucho por vos, Paola, de verdad. Pero no entiendo para qué me necesitás. Se te ve contenta, enamorada, feliz, estable… ¿Qué te puedo dar yo?
—Una oportunidad. —La mujer hizo una pausa, sorbió otro trago de cerveza y continuó—: Pero no para mí.
—No entiendo.
—Esteban, sé que sos una persona que ocupa un lugar importantísimo en una de las empresas más relevantes del país. Y lo que yo te quería pedir es si no le tomarías una entrevista de trabajo a mi hija. No encuentra su vocación y, aunque Ariel no está muy convencido (la quiere como si fuera su propia hija, y preferiría que se quede con nosotros en Chascomús), ella quiere venirse a laburar a Buenos Aires.
—Sí, claro, no hay problema. Mandala el próximo lunes a la empresa —Esteban sacó una tarjeta del bolsillo de su camisa y se la entregó—, y decile que hable con Mariángeles Perrone, la gerenta de Recursos Humanos. Ella le va a entrevistar y, bueno, después, dependerá de tu hija y de Perrone.
—No sabés lo que te agradezco, Esteban. Es muy importante la mano que nos das.
—Por favor, no es nada. —El hombre se tomó lo que quedaba del vaso—. ¿Otra?
—No, no, gracias, no puedo tomar más. Sabés que me gusta, y que si tomo más de lo acostumbrado me da dolor de cabeza. Además, Ariel me está esperando en el hotel Concord Callao. No quiso venir, prefirió que me encontrara a solas con vos.
—Es lo que decía, el tipo es de fierro y te ama en serio.
Se levantaron y, cuando salieron del bar, Esteban preguntó:
—¿Te alcanzo hasta el hotel?
—No, déjalo ahí, prefiero tomarme un taxi. Demasiado ya has hecho por mí, y no quiero molestarte más. Ahora sí, si me hacés el favor y me parás uno, te lo agradecería.
Solícito, Esteban detuvo al primer taxi que pasó por el lugar. Paola le dio un beso en la mejilla y se subió al auto.
—Gracias otra vez —dijo, bajando la ventanilla—. Y no solo por lo de mi hija, sino también por perdonarme. Me hace mucho bien.
—Eso ya pasó, Paola. Ya pasó. —Esteban no estaba muy seguro de que fuera verdad esto último que había dicho.
—Chau.
—Chau, hermosa, que andes bien. —La mujer subió la ventanilla y él le dio dos golpecitos. Paola la volvió a bajar—. Perdón, pero no me dijiste cómo se llama tu hija.
—Olivia Usandizaga —dijo Paola—. Lleva el apellido del padre.
—Bárbaro.
—Chau, Esteban. Y mil gracias.
—Chau.
Mientras el taxi se perdía en la tardecita capitalina, Esteban percibió en su pecho una sensación desacostumbrada. Supo qué era: su corazón quería descongelarse, y la visita de Paola tenía que ver con eso.
Prendió un cigarrillo y, yendo al estacionamiento a la vuelta de la esquina para buscar su BMW, reflexionó. No. Lo mejor era que su corazón siguiera como siempre, transformado en piedra.
No fuera a ser cosa que otra mujer se lo volviera a romper.

Fin


 (1) Concheta: del lunfardo argentino, mujer joven que se muestra vestida muy a la moda, desprejuiciada y de aire sofisticada

Consigna:  basado en Desde que te perdí, de Kevin Johansen describiendo una situación de lujuria.                        


Desde que te perdí/ Kevin Johansen

Las cosas no andaban bien, 
nada me salía, 
mi vida era un túnel sin salida, pero... 


Desde que perdí, 

se están enamorando todas de mí, 
y hasta algunas me quieren convencer 
que con ellas podría ser feliz, 

Desde que te perdí, 
las puertas se me abren de par en par, 
se me abrió hasta la puerta de Alcalá, 
y yo aprovecho cada oportunidad... 

Desde que te perdí, 
nunca tuve tal libertad, 
desde que te perdí 
no me importa nada de nada. 

Desde que te perdí, 
la vida me sonríe sin cesar, 
tengo trabajo y mucha estabilidad 
y hasta he trepado en la escala social. 

Desde que te perdí, 
hago lo que me da la gana, 
Desde que te perdí 
ya no tengo ganas de nada. 

Desde que te perdí, 
tomamos unas cañas por ahí, 
me dices que no es lo mismo sin mi, 
que ahora también eres mucho más feliz. 

Desde que te perdí, 
desde que me perdiste (2)
 

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