martes, 18 de agosto de 2015

La revelación

(imagen de la historia «Quitters, Inc.», integrante de la película «Cat's Eye», basada aquella en el relato homónimo)


Seudónimo: Abigail Freemantle.
Autor: Juan Esteban Bassagaisteguy.


Si hay algo que odiaba era ir a ver al contador. Que impuestos de acá, que impuestos de allá… Terrible. Una nunca paraba de pagar, pagar y pagar.
Pero un poco el tema cambiaba cuando tus asesores eran los más reconocidos de Mar del Plata y la zona: Juan Tittamanti, Eliseo Mastache y Cipriano Gentilini.
Hace un par de meses me comuniqué por teléfono con el estudio contable. La recepcionista me preguntó el motivo de mi llamada, y yo le contesté que era por una intimación de impuesto a las ganancias. La sentí sonreír del otro lado, lo juro (es terrible cómo a una le envidian no solo su porvenir económico, sino también el hecho de que, a pesar de haber pasado los cincuenta, puedo competir con mis curvas con cualquiera de veinte que se me plante… como la mina esa). Y me dio turno para el día siguiente a las seis de la tarde.
Nunca se dio cuenta de que le mentí.
Porque no tenía nada que preguntar sobre ningún impuesto (a pesar de tener mis buenas hectáreas de campo y mis vaquitas, y pagarle todos los años una millonada de plata al gobierno), sino que lo que quería saber era qué había pasado con el contador Nicasio Damonte, el cuarto socio. Que había desaparecido de la faz de la Tierra hacía cuatro meses.
Y que, además, era mi marido —yo era lo único que Nicasio tenía en este mundo: sus padres eran fallecidos y no teníamos hijos—.
Por supuesto que llamé a la policía la misma noche en que mi marido no volvió de su trabajo a nuestra casa —un jueves era…—. Lo buscaron por todo Mar del Plata y alrededores, con las cámaras de seguridad, con buzos tácticos por la costa, en las terminales de ómnibus, en la del ferrocarril, en el aeropuerto… Pero nada. Brillaba por su ausencia.
Lloré océanos de lágrimas pero siempre me negué a pensar que había muerto. Aunque esto era lo que me decían los de la policía, mi abogado y la fiscal que entendía en la causa; todos argumentaban que había transcurrido demasiado tiempo desde el último día en que nos habíamos visto, y que no había ningún indicio real de lo que le había pasado.
Por eso llamé al estudio contable. Porque yo estaba segura que esos tres, a pesar de haber declarado ante la fiscal que no tenían idea de nada, sabían algo más. Algo escondían, seguro, como cualquier contador (son todos tránsfugas, como los abogados).
Me presenté en el estudio en el día y horario acordados. Y los hijos de su madre me hicieron esperar más de una hora, sentada en la recepción como una boluda.
Llegó un momento en que no aguanté más y, sin mediar palabra, me levanté del asiento y encaré hacia la puerta de la oficina del contador Mastache, una de las varias que dominaban el lugar. Cuando la abrí casi me caigo de espaldas.
Mastache estaba sentado tras su escritorio, el nudo de la corbata totalmente flojo y el pánico instalado en su rostro; Gentilini —quien, como siempre, en lugar de un traje usaba esas ridículas camperas de cuero vacuno que tan mal le quedaban— estaba a su izquierda, detrás de él, sosteniéndolo de un hombro y apuntándole a la cabeza con un revólver; y Tittamanti como si nada, flanqueando a Mastache por el otro lado y con un impreciso objeto de color blanco en su mano derecha. Los tres me clavaron la mirada cuando, ya repuesta, entré en la oficina y cerré la puerta tras de mí.
—¿Dónde está Nicasio? —pregunté, observando con un ojo a Mastache y con el otro el revólver de Gentilini.
—Ya te dijimos, Graciela, a vos y a la fiscal —respondió Tittamanti—: no tenemos ni idea.
—Mentís.
—No, querida, y ya lo sabés. La última vez que lo vimos fue el mismo día que vos. Salió de la oficina a la hora de siempre y no volvió más. —Su voz era demasiado suave y  pausada para el momento de tremenda tensión que se vivía ahí adentro. Y por eso dudé.
—¿Y por qué lo del revólver? —Gentilini no pareció darse por aludido—. ¿Es porque yo estoy acá? ¿Y eso que tenés en la mano? ¿Tiene que ver con Nicasio?
Se hizo un silencio que se pudo escuchar desde el otro lado de la cordillera.
—Bueno, son muchas preguntas a la vez —respondió Tittamanti. Miró a Gentilini y, con un gesto, le indicó que guardara el arma; luego de hacerlo, este soltó a Mastache, quien respiró aliviado y se recostó sobre el sillón—. Por ahí Eliseo te puede responder alguna de ellas… bajo su exclusiva responsabilidad, claro. —Miró a su colega directo a los ojos y sonrió. Las gotas de sudor resbalaban por la cara de Mastache, y este comenzó a temblar, como si tuviera que decidir entre saltar o no de una de las Torres Gemelas a punto de derrumbarse—. Dale, Eliseo, ¿no era que no aguantabas más y que querías contarle todo a Graciela? Hacelo, es tu oportunidad. Y confiá en nosotros, que no te va a pasar nada. De acá no sale ni media palabra, ¿no es cierto, Graciela? —Asentí con un movimiento de cabeza. Necesitaba conocer la verdad, aunque ello significara comprometer mi palabra de jamás darla a conocer—. Además, qué vamos a hacer si ya está todo hecho.
—¿No me… no me van a matar, Juan? —tartamudeó Mastache—. Este está totalmente loco —dijo, señalando a Gentilini.
—No, Eliseo, tranquilo. Largá el rollo.
Y la andanada de información que siguió fue como la erupción del Vesubio sepultando Pompeya.
*****
Nunca entenderé cómo pudieron ser tan machistas. Nada justificaba que Gentilini anduviera haciéndose el matón con un revólver, o que Tittamanti se transformara en el misterioso protagonista de la película «Sexto sentido».
El único que zafaba un poco era Mastache; pero hasta ahí nomás, eh, porque cuando contó todo lo metí en la misma bolsa que los otros dos. Su verborragia no tuvo freno alguno; parecía como uno de esos perritos de departamento que, un día, lo llevás al campo y lo soltás en medio de la pampa.
Salí de la oficina apesadumbrada, como si el mundo hubiera implosionado bajo mis pies. Pero eso me duró solo un momento, el que me llevó tomar la decisión.
Y, aunque tardé dos largos meses en organizarme —es terrible todo lo que te pide la AFIP[1] para comprar divisas y viajar al exterior, parece como si estuvieras ante un interrogatorio de la KGB[2]. Ahí el que se portó fue Gentilini; aunque era del que menos ayuda esperaba, hizo magia con mis números y consiguió reales[3] en tiempo récord—, acá estoy. Disfrutando desde hace una semana las playas de Fortaleza, en el estado de Ceará, Brasil. No estoy sola: me acompaña Silvia, mi amiga de toda la vida —que enviudó hace seis años, pobre—.
Y él está en la misma playa que nosotras, a menos de cincuenta metros. Se ha dejado la barba y se ha rapado la cabeza, pero es Nicasio, sin dudas. No nos ha visto todavía, y desde acá lo tenemos vigilado. Muuuy vigilado.
Porque no está solo, ni mucho menos. Y es todo como dijo Mastache.
Lo primero que este mencionó fue cómo hizo Nicasio para salir del país. Conseguir un pasaporte falso en Mar del Plata es, según relató, de lo más normal: la corrupción está enquistada en todos lados, y las puertas siempre se abren cuando mostrás una pila de billetes de cien pesos. Después de conseguir un documento y un pasaporte falso, solo fue cuestión de decidir el día de la huida —día en que, según Mastache, Nicasio se rapó para pasar desapercibido ante las cámaras de seguridad—, contratar un remís a Retiro y, desde ahí, tomarse un micro directo a São Paulo, para luego seguir viaje —también en ómnibus— a Fortaleza. Y para cuando yo tomara nota que Nicasio no volvería a casa, él ya habría cruzado la frontera.
Después fue el turno de Tittamanti. Lo que sostenía en su mano derecha, el día de la revelación, era un disco rígido de color blanco. Lo conectó a la notebook personal de Mastache y abrió una carpeta que decía «Fotos». Y ahí estaba Nicasio como protagonista de varias de ellas. Pero no conmigo, sino con alguien más. Y mucho más joven que yo.
Casi se me cayó el alma al piso.
Mastache siguió hablando y contó que Nicasio había conocido a su nueva pareja en aquel viaje que, junto a él, habían hecho el año pasado para visitar a un cliente del estudio, de origen brasileño, que estaba por instalar una sucursal de su empresa láctea en Mar del Plata.
Y que lo de los dos fue amor a primera vista.
Después de pasar una semana fogosa y de volver a Argentina, habían continuado el contacto por Facebook y, a través de esa vía, habían coordinado la fuga de Argentina de mi marido.
Según dijo Tittamanti, Nicasio los sorprendió con su firme decisión de abandonarlo todo y huir a Brasil. No lo pudieron convencer de quedarse ni de decirme la verdad sobre lo sucedido. «Graciela se repondrá enseguida, es una mujer muy fuerte», había comentado. «Además, la legislación argentina me dará oficialmente por muerto a los cinco años de desaparecido, y quedarán para ella todos nuestros bienes» había concluido.
¿De qué vivía en Brasil? Eso lo contó Gentilini. Tenía varios depósitos de dinero en entidades financieras del país y del exterior; aunque estos no figuraban a su nombre sino al de sus tres socios, en calidad de testaferros. Y, a pesar de tener casi sesenta años, la rentabilidad que obtendría de ellos, según sus cuentas, le alcanzaría para vivir hasta cumplir los ciento diez.
La frase final la esgrimió Tittamanti, y fue como un golpe de nocaut. «Graciela» dijo, «Nicasio fue muy feliz con vos. Muy feliz. Pero encontró el amor de su vida. Y contra eso no hay nada que hacer». Terrible.
Como terrible es el lomo del amante de Nicasio. Negro, brilloso. Casi dos metros de altura y repleto de músculos por donde se lo mire. João, dijo Mastache que se llama. Veinticinco jovencísimos años. No me extraña que Nicasio se sintiera atraído por él —a pesar de que podría ser su hijo—: a mí también me gustan los hombres y, si tuviera treinta años menos, haría lo imposible para desfallecer entre los brazos de tremendo ejemplar.
De improviso, Nicasio y João se levantan y, tomados de la mano, van hacia el agua; pero no se internan en el mar sino que comienzan a caminar bordeando la costa. Pasan a solo diez metros pero no nos ven; van ensimismados en su mundo, y nosotras estamos sepultadas bajo unos grandes sombreros y unos anteojos de sol que disimulan nuestra presencia. Frenan un poco más allá, y el beso que se dan no es apto para menores de dieciocho. Sonríen.
Y me resigno.
Ya está. Lo perdí.
Pero también lo perdoné. Como me dijo Silvia desde que le conté el secreto, no vale la pena intentar recuperarlo. Lo veo muy claro: Nicasio está feliz, completamente enamorado. ¿Cuánto hacía que no lo veía así? No sé… Quizás, desde que éramos novios, allá por fines de los 70.
Nicasio y João se alejan y los perdemos de vista. Silvia me nota pensativa y me toma de la mano.
—¿Estás bien?
—Sí —respondo—. Tenías razón: ya fue.
—Bueno, pero avisale a tu cara —dice, y logra hacerme sonreír—. Así te quiero ver, amiga, riendo. Además, qué van a decir aquellos dos si te ven así, seria como perro en bote. «Mirá esa vieja amargada, ¡rajemos!». —Se le escapa una carcajada que resuena en toda la playa.
—¿Qué dos?
—Dale, no me digas que no viste cómo nos miraban. —Muevo la cabeza de un lado a otro, en el inequívoco signo universal de la negación—. Esos dos, Gra —dice, y señala a un par de hombres. Ambos nos observan, y uno de ellos levanta un termo y un mate—. Son argentinos, de Córdoba. Separados los dos. Sesenta jóvenes años cada uno. —Dice esto y su risa vuelve a atronar mis oídos—. Y no están nada mal, ¿no? —Tiene razón en esta última afirmación: los dos están rechurros[4]. Les hace una seña y ambos vienen hacia nosotras, mate en mano.
—¿Cómo sabes todo eso? —pregunto en un susurro.
—Menos averigua Dios y perdona —responde, guiñándome un ojo.
. Y yo, entonces, decido darme otra oportunidad.




[1] AFIP: Administración Federal de Ingresos Públicos. Organismo del Estado argentino encargado de la aplicación, recaudación y fiscalización de los impuestos nacionales.
[2] KGB: Agencia de inteligencia de la disuelta Unión Soviética.
[3] Real: moneda brasileña.
[4] Churro: del lunfardo argentino —en desuso—, persona (generalmente masculina) muy agraciada.

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