sábado, 31 de octubre de 2015

8º Especial de Sábados de Brutos Escritores


De vuelta.
Por María Galerna.

El bosque está callado, sombrío. Los árboles cobijan a los dueños de los ojos que me vigilan, docenas, cientos de miradas malévolas que no se apartan de mi un segundo y siento que me traspasan.
Camino entre la niebla, perdido, el miedo me atrapa y por un instante me quedo inmóvil…algo más grande, más maligno, me observa, lo noto.
De repente todo queda en silencio, ningún habitante de la espesura se atreve ni siquiera a respirar,algunos huyen despavoridos.
La bestia se acerca, la huelo, siento sus gemidos en mi interior y mientras la luna llena lanza uno de sus rayos, comienza la transformación.
El lobo ha vuelto


Hambre
Por Carlos Ultraman.

¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? Mi cabeza… Mi cabeza pesa como si fuese más grande. Y el cuerpo, ¿qué pasa con mi cuerpo? ¿Qué es este malestar que siento? Este aturdimiento, este cansancio.
Ah, Dios, pero nada supera al hambre. Estoy desesperado por comer algo.
Comida. Allá adelante, detrás de aquella línea de árboles hay comida. ¡Lo sé! Tengo que ir a buscarla. Sí. Sí. Ya estoy cerca. Ya casi puedo saborearla.
Gente. Una familia, quizás haciendo camping. Parrilla con asado. Mesa con sándwiches y tortas. Frutas. Dulces. Salchichas. Ensaladas…
No, no. Esto me repugna. No. Quiero otra cosa. Mi cuerpo pide otra cosa.
Ese nene.
Despacio, despacio. Seguí jugando con tu camioncito, querido. Despacio. ¡Por favor! ¡Qué hambre tengo! Ya casi lo alcanzo. Sólo necesito estirar mi brazo y… ¿y esa mordida? ¿Quién me la hizo? ¿Fue en el bosque?
Bah, que importa.
El nene ya es mío.


Por culpa de un aguará guazú
Por Juan Esteban Bassagaisteguy.

Todos los que jugábamos en la canchita salimos disparados cuando vimos acercarse al aguará guazú desde el monte vecino.
Pero Valentín no fue tan rápido.
La fiera saltó sobre él y le clavó los dientes en la mitad de la espalda. Su padre, el entrenador del equipo de baby fútbol, logró espantársela pegándole con una rama de quebracho.
Valentín se salvó. Pero nunca lo volvimos a ver, ni a él ni a su familia. Se decía que se habían mudado a Empedrado, acá cerquita, nomás.
De todo eso hace más de treinta años.
Hoy lo tengo frente a mí, con la luna llena como su principal aliada. Valentín, mi amigo de la infancia y séptimo hijo varón de don Dante Palotta. El lobizón que asola a toda la región.
No lo duda un instante: famélico, se lanza directo a mi yugular.
Y la bala de plata le atraviesa el corazón.


Una mano entre la niebla
Por Gean Rossi.

¿Hasta cuándo seguiría caminando? Sus piernas temblaban y su sedienta boca pedía a gritos una gota de líquido. Empezaba a anochecer, mientras la neblina se hacía más densa dificultando su visión. Todo había sido culpa de aquel pendejo perro callejero, ¿por qué lo había seguido? Quería ayudarlo y terminó perdido en el bosque luego de que el can desapareciera entre los árboles. Aún era bastante claro cuando eso ocurrió… ¿Cuántas horas habían pasado ya desde que intentó seguir su camino de vuelta sin resultado alguno? Todo adonde mirara era igual, no recordaba tan inmenso aquel seco bosque otoñal.
Se cruzó con una figura, un hombre en traje negro. ¡Sería su salvación!
—Disculpe, ¿sabe cómo salgo de aquí? —llamó el chico en la lejanía mientras se acercaba al hombre.
—Donde termina la niebla, termina el camino —aseguró sonriendo.
—¿Me puede ayudar?
—Claro, toma mi mano. Te llevaré adonde termina todo.
Accedió.


Desaparecer
Por Juan Carlos Santillán.

–¡Ya no te quiero ver!–gritó él. Y no volvió a verla.
Ella salió corriendo más rápido de lo que él se arrepintió. Veloz como una mala decisión.
Él corrió detrás de ella siglos después, cuando ya ella se había internado del todo en el bosque, en la noche, en la niebla.
Él la buscó, llamándola a gritos, hasta que él mismo se fue difuminando, se fue borrando.
Y hasta el último instante antes de desaparecer para siempre, él la siguió llamando:
–¡Ven, hija, vuelve, mi niña!

[Sin título]
Por Calista Manríquez.

Si su sombra es todo lo que queda ¿De qué sirve seguir caminando?
Miles y cientos de arboles lo rodea y su vaporosa cabeza voltea de un lado a otro buscando el camino que lo lleve hasta la casa de la que fuera su amor.
¿Cuánto tiempo llevaba caminando? Los días y las horas no tenían sentido cuando solo eres el terco recuerdo de una antigua vida, una muy antigua de la que solo mantiene la idea de llegar a su hogar.
Una vuelta, un giro a la izquierda o a la derecha, ya no le importa, lo que importa es salir y mira… un árbol con el que no se había cruzado antes en todo el tiempo caminando ¿O será flotando?
Ella está ahí, dejando flores bajo un árbol. Esta vieja y triste pero igual de hermosa. Vaya, aun lo recuerda. Quizá no debió colgarse.
Si, fue un idiota.


sábado, 17 de octubre de 2015

Mañana de una tarde de Versus por la noche



Hace 4 días.
Juan abre la puerta del cuartel general del Edén y el olor a humo de cigarro le golpea la nariz. Sonriendo, abre las ventanas y descubre una taza de café con residuos de lápiz labial en el borde; Carmen deja las tazas por dondequiera, al igual que los ceniceros.  Juan es el primero en llegar y siempre hace el mismo recorrido: de la puerta a las ventanas y de ahí directo a su escritorio. Revisa las notas del día; es una jornada larga la que espera por delante. Su instinto de contable lo domina, descarga los datos de los polls, elabora un archivo de Excel con los datos descargados, hace un nuevo archivo para controlar el desarrollo de Versus, hace capturas de pantalla y revisa las notificaciones de la página de El Edén de los Novelistas Brutos. Deja notas en la pizarra con el trabajo elaborado, termina el mate que se preparó antes de llegar y se va a su despacho real, donde lo esperan más datos y hojas de cálculo por elaborar.
Es curioso este cuartel. Es un refugio y sala de reuniones al mismo tiempo que ejerce el papel de oficina ejecutiva. Todos tienen su lugar especial y su modo personal de trabajo. Cada uno tiene su propio portal que los lleva de sus casas y vidas reales hasta este sitio secreto del ciberespacio en el que la magia del Edén se forma.
El siguiente en llegar, por lo general, es Raúl. Entra de prisa, vacía los ceniceros, lleva las tazas de café a la cocina y revisa las notas que ha dejado Juan. Da su visto bueno, chequea la actividad en la página y deja aclaraciones pendientes para cuando llegue Carmen. Con la misma prisa con la que entra, sale como un bólido directo a dormir. En su vida real trabaja de noche, así que no regresará al cuartel hasta que haya descansado. Ya en la cama recuerda que la consigna de la siguiente ronda de Versus necesita elaborarse, así que regresa y deja una nota amarilla que dice: «Más tarde hago el sorteo de las parejas y redacto las consignas».
Carmen es la última en llegar y entra directo a la cocina para lavar sus tazas y prepararse otro café. Usará el lugar de Juan para trabajar solo por ese día —y porque no encuentra su lápiz—. Descarga los datos de las encuestas y diseña una imagen para dar a conocer los ganadores de la primera ronda. Coteja los datos de Juan con los suyos, imprime la imagen y la deja para revisión. Tiene que irse, pero aún tiene medio cigarro encendido y decide esperar para terminarlo. Mientras, revisa los archivos que dejó Juan y la aclaración de Raúl. Sonríe. Antes de salir agrega una nota al pizarrón: «Deberíamos de estar orgullosos, 20 participaciones de 22 apuntados».
Más tarde, cuando Juan regresa, repite la operación de revisión y descarga de datos. Revisa la imagen con los ganadores de la ronda y escribe debajo de esta: «Bárbaro, che».
 
Justo después llega Raúl. Ya descansado y con la mente despejada se sienta al lado de Juan a realizar los sorteos. Simultáneamente, ambos se ponen al tanto con lo acontecido en el día. El recinto se llena con el suave aroma a mates, Juan hace una broma y Raúl ríe alegremente. Así los encuentra Carmen.
—Noté algo raro —dice esta después de dar un beso en la mejilla de cada uno—. Como saben, los polls nos dan la dirección IP de cada votante. Hay dos personas que votan por los mismos relatos, Fulana y Zutana, con una diferencia de un minuto o tres, y comparten la misma dirección IP. ¿Las conocen?
—¡La pucha! —dice Juan, revisando los datos—. No me había fijado. Fulana lleva años participando con los votos y de vez en cuando veo algún comentario, pero a Zutana no la ubico.
—Me llamó la atención porque siempre aparecen juntas —dice Carmen desde la cocina; ya está con otro café.
—¿Anulamos esos votos? —pregunta Raúl sin levantar la vista de su block de notas.
—¿Y si son hermanas?
—¿Son votos en beneficio de algún autor en particular? —vuelve a preguntar Raúl.
—No —responde Carmen, sentándose a la mesa—. Están en todos los polls. No veo algún voto viciado, lo que veo es una posible identidad dudosa. No infringe las reglas del anonimato.
—Pues nada —dice Raúl, encogiéndose de hombros.
—Por lo que decís sobre cada una de las dudas, Carmen, y dado que no benefician a nadie, podríamos, en este caso en particular, aceptar ambos votos... Pienso en voz alta —agrega Juan, tocándose la frente.
—Otra cosa, mariposas… —interviene Carmen—. ¿Puedo poner la imagen de los que pasan a la siguiente ronda? ¡Por favor! ¡Por favor! ¡Por favor!
—Si ya no hace falta nada, publicá —responde Raúl, sin dejar de anotar cosas en su libreta.
¡Yeah! —festeja Carmen, y se va, pegando saltitos y bailando, a hacer la publicación.
Juan y Raúl la miran sonriendo mientras se aleja.
—Me da gusto que regresara —menciona Juan, señalándola con un gesto—. Tú no das esos saltitos y esos bailes.
—Eso es porque no apreciarías mis movimientos, pero mirá. –Raúl se levanta y hace los pasos de la Macarena.
Juan suelta la carcajada antes de volver a sus hojas de cálculo.
En ese mismo instante, se escucha el sonido que hace el agua cuando aprietan el botón de la mochila del inodoro, y Pepe sale del baño:
—¿Me perdí de algo?

lunes, 5 de octubre de 2015

Overschie


Seudónimo: Beatriz Irlanda.
Autor: Asier Rey.


¿Quién me puede dar otra botella? ¿Quién puede saciarme del mismo modo? Ah, mi vieja aldea, ¿por qué quieres abandonarme? Vivo casi ciego, todo son sombras en mi mirada y tú, tú, te empeñas en emerger de la nada ante mis ancianos ojos.
Yo te pinté; sí, te plasmé sobre un lienzo en toda tu plenitud, tu asquerosa y nauseabunda negritud. Eran nuevos tiempos, donde todos intentaban ser alguien en la bulliciosa París y muy pocos conseguían sobrevivir a su alocado frenesí. Llegué a la ciudad epatado, como un niño maravillado con los candiles y las velas que convertían aquella villa en la Ciudad de la Luz. Luché por hacerme un hueco, me codeé con los maestros, me aferré a mis pinceles. Entonces, tú apareciste de entre mis recuerdos para darme una idea que mostrar al mundo entero. Un cuadro irrepetible.
Pero el tiempo pasó, yo envejecí y tu otrora oscura silueta se iluminó con las bombillas que comenzaban a asomar por todas partes. Ya no eras la ciudad encantadora que conocí... solo una aldea mal alumbrada.
Ahora, empapado en alcohol, venero tu recuerdo que me abandona lentamente hasta casi desvanecerse. La oscuridad, tu oscuridad, termina por poseerme.

“….haylas…”.


Seudónimo: B.C.Darío.
Autora: María Galerna.


Es noche cerrada cuando diviso el bosque. Regreso al pueblo donde realicé mi primer juicio, aún me excita el recuerdo del fuego, de los gritos y de ese dulce, dulce olor a carne quemada.
Había olvidado su espesura y el negro lago que protege en su interior.  
-¡¡Maldita bestia!!- le grito al caballo, no me obedece, se niega a cruzarlo, lo azuzo con saña..
“Ya están todos, te esperábamos” retumba una voz en su cabeza .
Con dificultad abre los ojos, todo esta borroso pero los ve, todos los habitantes del pueblo, las extrañas desapariciones que debía  investigar.
Están todos, los que acusaron en falso y los que avivaron el fuego…todos…y él,el juez, el inquisidor general.
Intenta hablar y el agua se mete en su boca, esta inmerso en ella, pero respira…lucha por salir a la superficie,  todo es inútil, sigue inmóvil.
El agua empieza a hervir, un borboteo sale a la superficie.
El verdugo de inocentes mira su cuerpo, arde, su piel explota en ampollas sanguinolentas con un dolor insoportable, la carne cae a trozos, ennegrecida…
En ese instante… comienza la eternidad.


El lienzo


Seudónimo: Borkum Riff.
Autor: Robe Ferrer.


Ya estaba concluyendo su gran obra. Sabía que cuando definiera el rostro de aquellas cuatro niñas, sus almas pertenecerían al lienzo para siempre. No sabía qué pasaba con los cuerpos cuando él les robaba el ánima a través de la pintura, pero tampoco le importaba mucho. Suponía que morían. ¿Qué más daba?
Acabó de pintar los jarrones y limpió el pincel. Desde que aquella brocha cayó en sus manos, sus pinturas se habían vuelto mucho más realistas y potentes. ¡Tenían vida!
Él no lo sabía, pero aquel instrumento de pintura había sido diseñado por un demonio con los pelos de la crin de un unicornio miles de millones de años antes de que la Tierra hubiera sido creada. Cuando alguien lo utilizaba, el alma de todo lo retratado pasaba a pertenecer al lienzo.
Los cuerpos de las cuatros niñas estaban acabados y ya solo quedaban sus caras. No las conocía de nada (aquello lo hacía todo más fácil). Había visto sus rostros en Internet y eso le bastaba.

A cientos de kilómetros, cuatro niñas de una misma familia se desplomaron al mismo tiempo; todas ellas víctimas de un ataque cardíaco. El lienzo estaba acabado.

Cuatro menos dos: Cadena perpetua


Seudónimo: Carlo E.R.
Autor: Gean Rossi.


            La llegada de las gemelas Aly y Ani a la familia supuso el eventual olvido de las gemelas mayores; o al menos así se habían sentido Mary y Betty, quienes toda su vida habían sido las favoritas de papá. No solo notaban que ya no eran el centro de toda la atención que antes recibían, sino que estaban seguras de ello. Todo era culpa de las nuevas gemelas; Tan blancas, tan rubias y tan perfectas. Pero todo acabaría aquel día.
Desde la oscuridad admiraban a las pequeñas gemelas jugando sobre la alfombra con una gran muñeca de trapo. Aly, la inteligente, percibió algo —así como siempre había percibido la envidia de sus hermanas—. Se puso de pie y se alejó. La pequeña Ani quedó indefensa, de espaldas a la muerte que venía a por ella. Encontraron luego a Aly en su habitación, jugando con papel y lápiz. Parecía agitada, pues en su subconsciente conocía las intenciones de sus hermanas.
Ya era tarde para cuando intentó escapar por la ventana antes de ser sorprendida por el frío cuchillo; pero no lo suficientemente tarde para haber escrito en el papel: “Fueron Mary y Betty”. Papel que las condenaría de por vida.

Cuando cierro los ojos te llamo


Seudónimo: Berenice.
Autora: Ángela Eastwood.


Tú lo sabes, vieja,  estabas allí cuando llegué descalza y bañada de luna. Viste resbalar mis prendas y cómo acariciaban estas, en su descenso, mis pechos de mandarina y la cintura frágil. Seguiste con la mirada mis pasos dubitativos, mientras ocultaba con las manos las vergüenzas de mi cuerpo.  Eres su esposa, dijiste, ofrécele tu coño tierno y él te llevará al cielo con su lengua certera. Si sabe dibujar círculos con ella no tendrás miedo a lo que vendrá después. Me viste meterme en la cama y acariciar aquella verga mustia con mi manita inexperta. Céntrate sobre todo en la polla, dijiste, y acaricia también esa bolsa sementera donde guarda los hijos que te dará.  Y lamí aquel pellejo desmayado hasta que despertó del letargo.  Seguí lamiendo después, cuando ya toda la sangre de su cuerpo se concentró allí.  Tú viste su  mirada enloquecida y oíste cuando ordenó: date la vuelta. Viste cómo me agarró del pelo y me clavó por el culo aquel muerto revivido con saliva mía. Lo viste hincándome los dientes en el cuello, sujetándome, como se hace con  las perras durante el apareo. Tú estabas cuando, muerto de placer,  mi marido susurró: Fernando, mi amor.

Lana


Seudónimo: Dadelos Etreum.
Autora: Romina Hernández García.


 Ella se desviste todas las noches para hacerme compañía mientras miramos el paisaje que pintamos  en el techo de mi cama. ¿Recuerdas aquella noche en la que no dormimos y disfrutamos de dibujar y pintar el lugar en el cual viviremos? 
   Desde que era niño te conozco y nunca me has fallado, todas las noches llegas y me haces sentir que nada vale más que la obscuridad y tu cuerpo a mi lado. No hablas pero en tu mirada puedo ver lo que eras y el amor que me tienes desde que te conocí.

Mi madre no nos oye susurrar palabras de amor durante las pocas horas que puedo pasar contigo, solo una vez llegó al cuarto preocupada por mi sonambulismo, no tengo nada y sabe que no duermo porque estás conmigo pero ella insiste en que no hay nada más que mis ganas enfermedad. Ahora prefiero la noche al día y aunque casi no rinda en el trabajo, me emociona saber que ahí estarás cuando llegue a casa y finja que duermo porque te lo prometí.

Diferencias


Seudónimo: Lord Henry Wotton.
Autor: Juan Carlos Santillán.


La bella mujer acaricia con ternura la espalda de la niña, que duerme plácidamente, con la cabeza apoyada en sus rodillas.
El anciano sigue hablando.
-El matrimonio de nuestros hijos beneficiará a ambas familias, Lady Wright.
-Pero mi hija tiene doce años, Lord Feldon. Y su hijo, veintidós.
-Tengo entendido que usted tenía catorce años cuando contrajo matrimonio con el difunto Lord Wright.
-Eran otros tiempos, Milord. Además, la diferencia de edad entre nosotros era menor.
-Una amplia diferencia de edad es fundamental para un buen matrimonio.
Lady Wright aparta la vista del anciano lord y la dirige al joven hijo de éste.
-¿Usted qué opina, Lord William?
Es un muchacho apuesto, de agradable sonrisa.
-Yo, Milady, estoy de acuerdo con una diferencia de edad amplia. Y, sin embargo, estoy en desacuerdo con mi padre.
-¿Y eso por qué?
-Porque me gusta más imaginar la situación inversa, con una mujer mayor, ya madura, interesante. Más atractiva.
Lord William dedica una significativa mirada a Lady Wright.
Ella sonríe, bajando los ojos. Un gracioso rubor embellece aun más su rostro.
Parece ser que sí habrá boda, después de todo.

Sueño


Seudónimo: Mike Noonan.
Autor: Carlos Ultraman.


Duerme. Duerme hija mía y sueña. Sueña con las luces destacando los colores y los brillos. Con los mármoles inmaculados, con la plata reluciente y el oro enceguecedor. Sueña el sonido de  las perlas tintineando mientras acarician pieles lustrosas y deseables. Que en tu sueño haya un joven elegante y apuesto ofreciéndote su mano para que bailes con él en ese salón infinito. Que tu respiración se acompase al vals que flota entre  el laberinto móvil de parejas que recorren la pista siguiendo las instrucciones invisibles de la melodía.
 Quiero yo, hija mía, que en tu sueño salgas al balcón junto a aquel  joven y que juntos miren la luna grande y blanca, que sientan la brisa que viene del bosque y los envuelve y perfuma.
 ¿Sueñas con ser besada, hija mía? ¿Es así? Claro que si. Por eso oyes los vítores que llegan desde el salón. La ovación, Los aplausos. El fragor de los invitados exaltados por tu felicidad.
 Si, hija mía.. Te aclaman. Te adoran. Te idolatran.
 Es tu noche.
 Es tu sueño.
 Sigue allí hija mía.
Allí donde no hay turba acosando nuestro hogar ni guillotina esperando por nosotras.

Piel cetrina


Seudónimo: Ruso Abramovich.
Autor: Juan Esteban Bassagaisteguy.


Aurora tenía cinco años cuando nos enamoramos; y yo, hijo del encargado de la estancia de su padre, apenas seis.
Todos los veranos ella vacacionaba en Napaleofú; andábamos a caballo, jugábamos a las escondidas… Crecíamos.
Aunque lo que sucedió hace cuatro años nos marcó para siempre.
Ella tenía diecisiete años; y era la primera vez que Sotreta, su perro, navegaba con nosotros por el arroyo lindero al campo.
—Me voy a casar, Beltrán —me dijo luego de que dejáramos el bote en una orilla y nos sentáramos sobre un lienzo de colores—. Con un inglés. Papá me obliga… —Suspiró profundo—. ¿Te puedo contar un secreto?
Pero, en lugar de decir palabra, puso sus labios sobre los míos, y todo lo que nos quemaba por dentro se desbocó sin control.
No volví a verla hasta hoy. En la entrada del parque de la estancia, acompañada por su esposo y de la mano de su hijo. Y fue cuando su marido dialogaba aparte con mi padre, que alzó en brazos al pequeño de piel cetrina y me miró con dulzura.
—Se llama Beltrán —me dijo—. Como vos.
Y, entonces, supe que aquella tarde de verano se volvería a repetir.


De bastones y amores


Seudónimo: Sir Gregory Lestrange.
Autora: Carmen Gutiérrez.


Tenerlo sentado en mi salón después de cuarenta años era tan molesto como acostumbrase a caminar con bastón y aceptar la vejez.
Dos ancianos envueltos en un incómodo silencio, mirándose a los ojos. Los saludos formales ya habían pasado, las preguntas sobre la familia y amigos antiguos ya habían sido respondidas, el ofrecimiento de un vaso de vino y la respuesta afirmativa ya habían dejado su fantasma en la habitación. Él parecía vacilante, indeciso; y yo disfrutaba el verlo así.
¿Dejaste de pintar por Marissa? preguntó por fin.
Eso no te importa.
¡Vamos! ¿Después de todo este tiempo seguirás molesto por lo mismo?
Me abandonó y se fue contigo dije señalando el cuadro “Marissa y la barca” en la pared, después de llamarme pintor mediocre de mierda.
Se preparó para irse, el bastón se veía natural en él.
Al menos se despidió de ti dijo ya en la puerta. A mí me dejó sin decir nada.
Sonreí.
El cuadro en la pared mostraba a Marissa viéndome, con la mano en la barbilla, hermosa y aburrida, al fondo, el maldito perro faldero. La pintura en mi sala seguía inmóvil, al igual que el cadáver de Marissa en mi jardín. 

SAGRADA FAMILIA


Seudónimo: Hestia.
Autora: Evelia Garibay.


Un gorrión entró por la ventana y cayó justo en la mano del niño, inmediatamente el cachorro intentó alcanzar al ave pero el infante alzó la manita riendo de alegría.
Rhea se había sentado a comer una manzana y no pudo evitar mirar con adoración al pequeño, el menor de sus hijos; el único que quedaba.
Estaba lista, sabía que el momento se estaba acercando y el plan estaba preparado, observó a su marido y se dio cuenta de la forma en que veía al nene, era una mirada de desconfianza y de hambre. Cinco veces antes Rhea había fallado, no había podido proteger a sus hijos pero esta vez sería diferente.
Su marido se levantó.
—Prepáralo —ordenó y salió de la habitación.
Rhea tomó al niño en brazos y antes de que Cronos regresara se acercó a la puerta trasera, la abrió y depositó al pequeño en el suelo donde La Madre Tierra, envolvió a su nieto y se lo llevó, ella lo cuidaría hasta que el tiempo fuera propicio.
Rhea entró para alimentar a su marido por última vez, su vientre estaba seco y ya no habría más hijos, Zeus era la única esperanza.

Que ciento volando


Seudónimo: Pepito Jiménez Afisionao.
Autora: Esther DelosMonos.


            Un día cualquiera del año tercero de nuestra era, exactamente a las doce horas y treinta y cuatro minutos según el horario solar, un rayo oblicuo formado enteramente por partículas de luz y polvo, entra por la ventana lateral del hogar llegando a incidir sobre el banco de madera, dónde el padre suele trabajar. Esta afortunada interacción lumínica, llena todo en derredor de dorados destellos que tiñen el ambiente con oro. Siguiendo la parábola del reflejo, las hebras de hilo, color banco inmaculado, se deslizan con parsimonia de seda entre los dedos de la Madre, devanándose con esmero en lo que dentro de un par de años será un sencillo tapiz. Alcatifa que por otro lado e igual que el resto de sus cofrades, se acumulará en el cesto de mimbre cuyo cuerpo de juncos entrelazados debería quedar totalmente expuesto al sol, de no ser por la caprichosa figura de un perro blanco, que con gesto lastimero reclama un almuerzo emplumado al niño. “No se lo des jamás, pues no sabe lo que hace” son las amorosas palabras vertidas por el padre al oído del infante. Y es que como ya se sabrá más adelante, “más vale pájaro en mano...”   

Ceguera Misógina


Seudónimo: El Perro de Bob Walter.
Autor: Sergio Bonavida Ponce.


«En una Universidad cualquiera, en alguna aula de Psicología...»
«Un lienzo representa los íntimos entresijos de una escena cortesana de la Europa del siglo XVIII. Un hombre muestra a otro una mujer desnuda estirada en una cama, y con una sábana, el primer hombre oculta el rostro de la mujer».
—Alumnas y Alumnos, ¿qué repercusiones extraemos de este cuadro?
—Misoginia —exclama una alumna aventajada.
—Impotencia —anuncia alguien entre malévolas risas.
—Sadismo —ruge un alumno.

La Profesora mueve aquiescente el rostro. Y añade serena...

—Y homosexualidad reprimida.

Los alumnos quedan sorprendidos: «¿Homosexualidad?».
Un murmullo resuena en el aula.

—En la pintura —explica la maestra—, el Duque Luis de Orleans muestra a su ayuda de cámara, el Chambelán Buvois, el cuerpo desnudo de su amante. El Duque tapa el rostro de la mujer con una sábana, pues es en realidad la esposa del Chambelán. De este hecho se deduce, que el Chambelán, ¡ no debía conocer la parte inferior del cuerpo de su señora !

El aula mantiene el silencio.

—En la vida hay más de lo que uno ve a simple vista, de eso trata la Psicología. No sean como el Chambelán, vean más allá de las sábanas...

La pintura


Seudónimo: Shaady.
Autora: Calista Manriquez.


Se quedo mirando la imagen con los ojos muy abiertos, congelado de pie frente a ese lienzo en la pared del museo.
Conocía a esa mujer, conocía ese lugar y sabía bien lo que estaba pasando allí.
Era una casa vieja, fea y sucia y la mujer era la única luz dentro de esa pobreza y para él se convirtió en el pasaje para una vida mejor.
Así que la vendió, y le pagaron muy bien por ella.
Su esposa lo llamó y despertó de ese viejo recuerdo. Se apresuro a responderle, no podía dejar que ella viera esa pintura.
Sabía que ese recuerdo no era una alucinación, su mente le trajo a la memoria un evento que había sucedido siglos atrás, una vida anterior en que prefirió el dinero antes que el amor y cometió un crimen horrible. Mejor que su esposa no viera la imagen, estaba seguro de que ella era la mujer de la pintura.
Y sabía perfectamente que ella cumpliría con la promesa que le hizo el día en que se la llevaron, no importaba que tuvieran ahora otra historia, ella lo haría, lo sabía por la forma en que lo miro.
“Te matare por esto” 

No puede ser


Seudónimo: Sorolla.
Autora: Marje Musa.


—¡Hijo mío, hijo mío, aguanta, aguanta! —gritó Javier.
—Javier, se ha ido. No podemos hacer nada más —susurró Pedro.

El padre cayó sentado hacia atrás tan exánime como su hijo. No lo podía creer, Javi, su Javi había muerto a consecuencia de ese ridículo accidente en el barco. Imposible de entender y lo peor … ¿Cómo decirle a su madre, que Javi ya no …, que Javi está ...? Las sienes le estallaban, sus ojos derramaban tantas lágrimas que parecía que se le iba a secar el alma. El mundo había dejado de ser real … No, su hijo no podía haber muerto antes que él, no. Un vacío empezó a llenar su pecho entre los pedazos en los que se había roto su corazón.

Por fin, consiguió volver, cual autómata tomó a su hijo en brazos y comenzó a caminar hacia ella, su madre. Abrió la puerta del hogar. María los miró, en ese momento se la oyó morir por dentro aunque ni un grito, ni una lágrima. Se lo comió a besos para despedir a su bien, a su amor, a su vida.

Arte


Seudónimo: Miriam Blass.
Autor: Raúl Omar García.


Cuando el abdomen del chico se movió como si algo formase olas en su interior, el maestro hundió la hoja del cuchillo, realizó un corte horizontal y abrió la carne en dos. Hurgó en el tajo sangrante y extrajo del estómago un feto cubierto de una especie de alquitrán. Depositó aquello en un tazón de acero que tenía a su lado. Se enjuagó las manos con agua que había en una palangana y limpió la herida antes comenzar a cocer el vientre. Finalizada la faena, cubrió la puntada con una venda.
—No era el recipiente adecuado —le reprochó al hombre que tenía ante él—. Mira ahora: tu hijo perece.
—Moriría de todos modos si esa cosa salía por sí sola.
¡Esa cosa...! Esa cosa es arte.
—Para mí el arte es cagarte de frío.
—Maldito ignorante.
—¿Ah, sí?
Se abalanzaban uno contra el otro cuando escucharon un sonido metálico. Los dos viraron hacia el cuenco, el cual estaba boca abajo y sin señales del embrión. Algo se desplazó a sus espaldas y, aterrados, giraron en redondo para ver al ser lanzarse hacia ellos desde atrás de un barril.
Los alaridos provocaron que el joven tendido esbozara una mueca risueña.

Bitácora: Misión Tierra


Seudónimo: Chrono.
Autor: Monstro Verde Del Espacio.



Es el primer viaje al planeta Tierra, según nuestros datos hace más de dos mil quinientos años una devastadora guerra nuclear y química fue el principio del fin. La humanidad y la vida se habían extinguido, salvo algunos exploradores que fueron enviados a nuestro ahora hogar Marte para colonizar.
Cerca del lugar se encontraban las ruinas de un viejo museo según el registro histórico terrestre. Nuestro trabajo aquí consistía en recolectar información y muestras físicas para el MTH (Museo Terrestre de Historia) y para la AIEM (Agencia de Investigación Espacial Marciana). Al sobrevolar la zona pudimos observar que algunas estructuras del museo aún se sostenían. Era casi increíble, como después de una guerra y tanto tiempo  pueda quedar aquello de pie.
Antes de salir de la nave analizamos el ambiente, era algo sorprendente, la radiación era casi nula y el nivel de oxígeno parecía ser aceptable.
Sin correr riesgos se decidió por usar trajes, al entrar nos encontramos con un gran marco el cual estaba demasiado sucio y el cristal apenas desgastado. Al limpiarlo vimos algo increíble, parecía una pintura que en condiciones regulares estaba y en la base una inscripción se encontraba: Iván el terrible y su hijo.

Herencia


Seudónimo: Corazón de piedra.
Autora: Soeldad Fernández.


Lo abrazaste con fuerza mientras que su sangre tibia escurría entre tus manos. Tu corazón latía rápido. Minutos antes la ira te había invadido, pero ya no. Ahora el enojo fue reemplazado por tristeza, mucha.
Lo dejaste en el suelo y lo observaste. Ahora que lo veías ahí tendido sentiste algo, poder. “Quizás así fue para él”, pensaste y eso te asustó. “Al menos ahora el mundo será un lugar más justo”, te consolaste.
Caminaste en círculos, alrededor del moribundo ser. Por un instante te arrepentiste. Después de todo él era tu hijo. Pero no podías permitir que todo siguiese igual. No. Debías rectificar lo injusto de sus actos. Y lo hiciste.
Una lágrima se te escapó, recorrió tu piel manchada de sangre y se estrelló en la carne del agonizante joven. De quien debería haber heredado tu vida, tus privilegios, tu buen nombre. Suspiraste. La lágrima continuó su camino y se mezcló con su sangre. De golpe, sentiste el peso de los años y los pecados de tu hijo se hicieron tuyos.
Devastado, te sentaste en un rincón. Pediste perdón a las jóvenes asesinadas por tu cruel descendiente, tomaste el arma y sin titubear, te quistaste la vida.

EXPULSIÓN DIVINA


Seudónimo: Marion Sanders.
Autor: Mauro Vargas.


Los encontraron encerrados, dándose un inocente besito. Un ángel santurrón miraba por la cerradura y como mensajero y buen chismoso, fue a decirle a Dios que la única regla que imperaba en la fiesta fue transgredida. El Creador llegó en par zancadas, entró en el cuarto y como es natural en su machismo divino, señaló a la pobre serafina como la cruel tentadora. Sin tiempo para quitarse su disfraz, la obligaron a recoger sus cosas en una caja y a largarse del paraíso.
Cuando llegó a la tierra, se quitó la rubia peluca que ya lo sofocaba. Estaba pagando por aquella estratagema que le había permitido verse a escondidas con su amada.
—La jerarquía no nos permite estar juntos —le decía ella, entre sollozos—. Nos descubrirán.
—Vístete de hombre —le había dicho a la angelita—, disfrázate de serafín como yo y yo lo haré de ángel, como tú. Es como yo digo, confunde y reinarás.
Así lo hicieron, pero fallaron, porque el Desgraciado siempre se enteraba de todo. ¿En dónde quedaba el mensaje de amor que tanto profesaba? Todo era una mentira y se juró a sí mismo demostrarlo hasta que pudiera estar de nuevo con su amada.

ÁNGELES CAÍDOS


Seudónimo: Corleone.
Autor: George Valencia.


Hacía cien centurias que no caía así en el hechizo de un ángel. Pero es que Isabella, tan nívea y etérea, encendía sus fuegos internos con más fiereza que el del más hondo de los infiernos. Su vestido rojo, a juego con su cabello, abrazaba sus prominentes alas con recatada elegancia, pero esta exhibición de pudor solo incrementaba el deseo de Lucifer.
Se vieron en Londres, tras dos siglos de ausencia, en el último piso de un lujoso hostal, y Lucifer, siempre oportuno, también vistió acorde a la ocasión: sombrero de copa y traje negro a juego con sus alas.
—Isabella —murmuró él con voz grave.
—Mi ángel caído —respondió ella jadeando entre sus brazos.
Y la noche ardió en pos de su pasión. Ardió la habitación y ardieron ellos dos. Y el Cielo y el Infierno, ajenos a esta unión, por poco vieron el inicio de otra insurrección.  
Recién comenzaba el mes de septiembre de 1666 y la tarde, portentosa y exaltante, parecía hecha para semejante encuentro.
Pero a medianoche el portento pasó, durante tres días medio Londres ardió, y mientras Lucifer descendía entre pecado y azufre, Isabella, impune, con un potente esplendor en el firmamento desapareció.