lunes, 30 de noviembre de 2015

Cuando Rose Politt se convirtió en Marie Bonnie


Seudónimo: Sir Gregory Lestrange.
Autora: Carmen Gutiérrez.



Asiendo el llamador, la señorita Politt lo dejó caer sobre la puerta de la casita. Luego de un breve intervalo llamó de nuevo. El paquete que llevaba bajo el brazo le resbaló un tanto al hacerlo, y tuvo que volver a colocarlo en su sitio. No podía perder la cosecha del día. Si los rumores eran ciertos estaba a punto de cambiar su vida. La noche apenas había caído cuando dejó su casa y entró en el pueblo esperando que nadie notase su presencia.  Tuvo que evitar la oficina del sheriff, la comisaría y rodear casi dos kilómetros para que nadie en el saloon la viese. La música del piano se escuchaba apenas opacada por las risas y los golpes. El pueblo llamado Desesperación no tenía remedio y ella era una de las causas. Sonrió al pensarlo y aun sonreía cuando la mirilla de la puerta  de la panadería se abrió y desde dentro le llegó el olor a pan recién hecho, justo antes de que la cara del señor Ramsey apareciera y le abriera la puerta.

     Entró con paso seguro, se quitó el sombrero y tendió la mano a ese hombre tan intrigante que había ido a visitar.

     —Señorita Politt —saludó Ramsey con elegancia con su marcado acento inglés y besando su mano.
     —Señor Ramsey —dijo ella inclinado la cabeza—. ¿Llego tarde?
     —No, querida –respondió tomando el paquete de sus manos—. Una mujer tan hermosa como usted nunca llega tarde. Sólo espero que esta visita no la aparte de sus variadas ocupaciones.
     ­—No se preocupe, señor Ramsey. Las ventajas de tener mis ocupaciones es que puedo apartarme de ellas a mi antojo —aclaró ella con un guiño y tomó asiento.
     —Tendrá que disculparme, señorita. Para preparar su encargo debo ausentarme un par de minutos.
    —Antes de que continuemos, señor Ramsey, me gustaría que me dijese cuanto tiempo me durará el efecto de su medicina milagrosa. Sé que me dijo que no hay garantías del éxito, pero dadas mis ocupaciones me gustaría saber qué es lo que pasará por seguro.
     —Bien, cómo ya le había explicado —dijo Ramsey sentándose frente a ella en la salita iluminada con lámparas de aceite­—, para que este tratamiento dé óptimos resultados debemos seguirlo diariamente por tres meses. Si todo sale bien después de los tres meses no será necesario continuarlo y el efecto será de por vida. Hemos tenido efectos inesperados que en nada afectan su vida cotidiana, pero sí le recomiendo que guarde la más alta discreción. El material para trabajar debe ser provisto por usted y, dada la naturaleza de sus ocupaciones, estoy seguro que no tendrá el mayor inconveniente.
      —Por eso no se preocupe, señor. Si alguien puede conseguir una dosis continua de semilla de hombre en ese pueblo, soy yo.
     —Esta muestra que me ha dado –Ramsey señaló el paquete ya descubierto que contenía un pequeño frasco lleno de un líquido blancuzco— ¿es puro?
     —Completamente —respondió ella—. Seguí sus indicaciones.
     —¿Podría, por favor, añadir un poco de su saliva?

     Por toda respuesta ella tomó el frasco, lo abrió y dejo caer saliva con una expresión tal de lujuria que Ramsey tuvo que mirar a otro lado para que no se notase su perturbación. La señorita Politt cerró de nuevo el frasco y se lo entregó en la mano.

     —Ahora, si no tiene más dudas, debo ausentarme unos minutos. Puede leer cualquier libro de mi biblioteca personal si lo desea. —dijo Ramsey poniéndose de pie y saliendo de la habitación.

     Rose Pollit cerró los ojos. En  las primeras entrevistas con el panadero Ramsey, nunca habría sospechado que el hombre guardase tantos secretos. Él era el único hombre del pueblo que nunca visitaba su burdel y sólo él se descubría la cabeza cuando la veía pasar. Sonrió al pensar que la primera vez que lo visitó fue para provocarlo dejándole ver su encanto personal, pero en cambio él le hizo notar las pequeñas arrugas que se le estaban formando bajo los ojos y en la comisura de los labios. «Tengo el remedio perfecto» había dicho Ramsey en esa ocasión «Aunque es arriesgado en varios aspectos». Las siguientes semanas ella se había encargado de las compras de la cocina sólo  para tener el pretexto de visitar esa misteriosa panadería y sacar más información.

     Ramsey regresó un poco después, justo cuando ella comenzaba a dormitar perdida en sus recuerdos. Sin decir nada, le tomó la mano derecha y le encajó una jeringuilla en la muñeca. Ella notó un ligero ardor que le recorrió las venas, seguidos por una carga de energía que le pareció casi como un orgasmo. Soltó un ligero gemido y sonrió. Ramsey la despidió con mucha elegancia y le pidió que volviera la noche siguiente.

     El  ritual continuó por los tres meses establecidos. Cada noche ella llevaba la cosecha solicitada y obtenida de algún cliente casual, dejaba su saliva en el frasco y él le preparaba la jeringuilla. La última noche Ramsey le preguntó si había elegido un nuevo nombre, tal y como se lo sugirió cuando se comprometió a ayudarla.

     —Marie Bonnie —respondió ella con orgullo—. Marie por mi madre, que en paz descanse, y Bonnie por mi primer amor: William Bonnie.
    
         Él levantó la ceja, intrigado.

     —Sí, William Bonnie, mejor conocido como Billy The Kid —agregó Rose, ahora Marie­—. Si Pat Barrett no lo hubiese asesinado en México, Billy hubiera vuelto para casarse conmigo. No me habría convertido en una cortesana y ahora no estaríamos aquí haciendo esto.
     —Marie Bonnie…me gusta —dijo Ramsey sonriendo y después preguntó con tono serio—. ¿Cómo se ha sentido, Marie?
     —Perfectamente —respondió ella con un guiño—. Comienzo a pensar que solo me está inyectando opio.

     Ramsey soltó una carcajada alegre.
     —Querida Marie, es usted la mujer más inteligente de la tierra. Cómo esta es la última aplicación le recomiendo que pase la noche en mi casa para poder revisar cualquier cambio que pudiera presentarse. Preparé esa habitación para usted —dijo señalando una puerta al final del pasillo—. Piense a lo que se va a dedicar ahora, Marie Bonnie. Tiene una nueva oportunidad.

     Los cambios fueron notorios a primera hora de la mañana. El cabello negro de Rose amaneció como el cabello rojo de Marie. Sus ojos verdes se convirtieron en azules de manera natural, la nariz se acentuó de manera notable, los labios quedaron más carnosos y la piel pálida se cubrió de pecas tenues. Había perdido su sensualidad natural, se veía más inocente, más cálida y había crecido unos cinco centímetros. El cambio más notorio era que parecía veinte años más joven, las tetas y el culo tenían una turgencia que Rose había perdido años atrás. Era la mente Rose Politt de cuarenta años en el cuerpo de Marie Bonnie de dieciocho. Era la nueva mujer más feliz de la tierra y tenía todo un plan por delante.

     Con su equipaje preparado y un boleto para viajar a la capital, buscaría la fama como cantante. Había vendido el burdel al alcalde de Desesperación, se había despedido de sus chicas y cogió con todos sus clientes favoritos la noche anterior. El sheriff le había pedido matrimonio antes de que ella le cerrara la puerta en las narices. Tenía una segunda oportunidad y no la iba a desperdiciar en ese pueblo minero de mala muerte.

     Se despidió de Ramsey en cuanto se acostumbró a su nueva altura y dejó de sentirse mareada. El inglés le dijo antes de cerrar la puerta del carruaje:

     ­—Recuerde, Marie, le he dado la fuente de la eterna juventud.

     Marie Bonnie falleció dos días después cuando el tren en el que viajaba se descarriló en el gran cañón. Con tres costillas rotas, el cráneo fracturado y múltiples hemorragias internas, alcanzó a vivir lo suficiente como para maldecir a Dios. Una anciana que viajaba a su lado se persignó al escucharla antes de morir.

     Ramsey quedó consternado al escuchar la noticia. De todas sus clientas, Marie Bonnie era la que mejor había respondido al tratamiento La fuente de la eterna juventud, su creación más preciada, elaborada con la receta del Reino de la Salamandra con extracto de ruiseñor alimentado con semilla de hombre, que sola se queda y se consume en pasión.

     Él sabía que el efecto a Rose le duraría sólo una semana pero, cuando ella se diera cuenta, él habría vendido la panadería que le servía de fachada para sus experimentos y estaría de vuelta en Inglaterra con otro rostro y otro nombre, quizá más bajo de estatura, quizá con cabello negro y ojos verdes. Una copia masculina de Rose Politt.  Si el ruiseñor devoraba semilla de hombre, Ramsey devoraba extracto de mujer. Él también tenía planes. Él siempre tenía planes. 





- FIN -

Consigna: Debes escribir un western de ciencia ficción que inicie con este párrafo como texto disparador: «Asiendo el llamador, la señorita Politt lo dejó caer sobre la puerta de la casita. Luego de un breve intervalo llamó de nuevo. El paquete que llevaba bajo el brazo le resbaló un tanto al hacerlo, y tuvo que volver a colocarlo en su sitio», pasaje de "El crimen de la cinta métrica", de Agatha Christie. Podés cambiar el nombre de los protagonistas si lo deseás. Extensión: mínima una página, máxima tres páginas.

¿Dónde está Gregory Samsa?


Seudónimo: Miriam Blass.
Autor: Raúl Omar García.

Cuando Gregory Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto.
Su primer intento fue gritar, pero el sonido que salía de su boca (¿?) asemejaba a algo chirriante, como el de una cigarra entonando su cántico habitual.
Observó con profundo horror su piel humana desparramada entre las sábanas, y de sus ojos saltones brotaron lágrimas. Pegó un salto hacia el piso, impulsado por sus cuartos traseros,  se acercó hacia el pantalón que había dejado allí tirado y hurgó con sus patas la pistolera, en un vano intento de hacerse con su revólver.
No podía permitir que su familia lo viera transformado en aquella cosa espantosa.
Giró su cuerpo verdoso hacia la izquierda del cuarto y extendió sus alas. Las agitó hasta que levantó vuelo y se impulsó hacia la ventana, la cual destruyó al salir a través de ella.
Comenzaba a cantar el gallo cuando el ser volador surcó los cielos.

Un carruaje de la autoridad apareció en la granja de los Samsa a las pocas horas de aquel extraño episodio. La  desaparición de Gregory era un misterio que el sheriff no terminaba de digerir. Los acontecimientos eran raros, inusuales. Su mujer afirmaba que ella estaba preparando el desayuno al momento en que oyó el estruendo que devino en el ventanal destruido. El ruido la asustó, y se dirigió rápidamente en dirección al cuarto con el nombre de su marido en un grito. Pero no obtuvo respuesta alguna, y su esposo no se encontraba por ningún lado.
La mujer atribuía aquello a algo que había acontecido la noche anterior.
Mientras comían, sucedió un hecho difícil de explicar. De repente la noche se había iluminado. Un resplandor cegador alumbró la granja por completo. Seguidamente, hubo un estampido feroz. Luego, los animales se alborotaron en la cuadra. Gregory tomó su escopeta y marchó a toda prisa en busca de algún cuatrero, pero no había nadie. Lo que sí encontró fue un pozo, no muy profundo, detrás del establo, y, dentro de él, una piedra en forma de esfera, que supuraba un líquido espeso por las grietas que tenía.
Gregory la tocó con la punta de su escopeta, la cual se manchó con esa flema pegajosa y, con gesto de asco, se alejó de ella.
Ordenó a su familia que se fueran adentro, que no había nada que ver allí afuera, a la vez que limpiaba los orificios del arma con su camiseta.
Terminaron de cenar y Greg fue el primero en ir a acostarse, cosa nada habitual en él, pero dijo que no se sentía muy bien. Y así debía ser, ya que su mujer aseguró que ya roncaba de lo lindo cuando entró a la habitación.
Después pasó lo que ya sabían.
El sheriff pidió que lo llevase al lugar donde se hallaba la piedra. Observó el objeto con respetuosa fascinación, elevó la vista al cielo y se secó la transpiración de la frente con su pañuelo al tiempo en que pensaba en la piel que estaba en la cama.
—No quiero que nadie se acerque a esa cosa —ordenó—. Mantenga alejados a sus pequeños de este lugar, señora Samsa. ¿Entendido?
Ella asintió, y abrazó a sus dos hijos.
—Encuentre a mi marido, por favor.
El sheriff tragó saliva y volvió a secarse la transpiración del rostro, pero no respondió nada.

Una semana había transcurrido desde el asunto de Gregory Samsa, y nadie sabía de su paradero. Habían pegado afiches por todo el condado con la imagen de su rostro y con la cifra de una recompensa para quien lo encontrase con vida.
Pero ni noticias del pobre granjero.
—Ya deberíamos darlo por muerto, jefe —sugirió el ayudante del sheriff—. Pienso que fueron los pieles rojas. Ya sabe, a esos les gusta despellejar y arrancar cueros cabelludos.
—Esto no tiene nada que ver con ellos, Pat. Y cierra esa bocaza tuya. En cuanto vea una sola flecha volando por nuestras cabezas, te haré culpable de iniciar el conflicto.
Ambos montaban sus caballos por una zona árida y montañosa cuando, de repente, un indio apareció por detrás de una elevación natural, no muy alta, de terreno rocoso. Llevaba en su mano derecha su tomahawk  en alto, como lista para hachar. Pat desenfundó su arma, pero su jefe posó su manaza sobre la suya para detenerlo: el nativo sioux se había desplomado a los pies de los alazanes.
—Jefe, le falta un brazo —señaló el joven ayudante.
—Tengo ojos, Pat.
—Sería mejor que volviéramos. Si así se atacan entre ellos, no quiero imaginar lo que nos harían a nosotros.
No terminó Pat de expresar su opinión, cuando otro sioux asomó a la carrera, con su arco y flecha en manos y, detrás de él, una abominación alada prosiguiéndole por el aire. Era una insecto del tamaño de un hombre, de un color mezcla de marrón y verde oscuro. Movía sus antenas en dirección a su presa, cerrando y abriendo las tenazas picudas de sus patas.
Los animales sobre los que el sheriff y su colaborador cabalgaban, se agitaron y relincharon, obligando a sus jinetes a bajarse de sus lomos, y se marcharon a todo galope del lugar.
Pat, con sus colt desenfundadas, y su jefe, con su carabina presta para la acción, fueron testigos del instante en que el indio se dejaba caer de espaldas, boca arriba, para que el insecto gigante lo rebasara, ocasión que aprovechó para lanzarle un flechazo en medio del vientre. La sangre del ser salpicó al sioux, quien retrocedió a rastras en  el suelo, gritando, mientras su dermis se desprendía de su cuerpo, dejando solo músculos a la vista. El piel roja se desgañitaba de dolor, y calló cuando todo su cuerpo se recubrió por una envoltura de seda transparente, mutando a una especie de capullo. La criatura herida posó sus patas en la tierra seca y se arrancó la flecha con una de sus pinzas. Entonces, advirtió la presencia de los representantes de la ley.
—Jefe...
—¿Qué quieres , Pat?
—Si salimos vivos de esta, ¿qué es lo que diremos?
El sheriff lo miró de soslayo y, en una ráfaga de pensamientos que cruzaron su cabeza sobre piedras caídas del cielo, piel muerta, granjeros que se esfuman sin explicación y capullos gigantes —como si la respuesta le hubiera caído como un rayo—, dijo:
—Bueno, pues, que por fin hallamos a Gregory Samsa.


- FIN -

Consigna: Debes escribir un western de ciencia ficción que inicie con este párrafo como texto disparador: «Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto», de "La metamorfosis", de Franz Kafka. Podés cambiar el nombre de los protagonistas si lo deseás. Extensión: mínima una página, máxima tres páginas.

El rodeo


Seudónimo: Berenice.
Autora: Ángela Eastwood.

Tanto por profesión como por convicción, el padre Brown sabía, mejor que casi todos nosotros, que la muerte dignifica al hombre. Con todo, tuvo un sobresalto cuando, al amanecer, vinieron a decirle que sir Aaron Armstrong había sido asesinado y que debía acudir al pueblo a la mayor brevedad.
—¡Por los clavos de Cristo! ¿Qué ha ocurrido?—exclamó calzándose las botas a toda prisa.
—Pues que el chico tuvo la desafortunada idea de sugerir la celebración de un rodeo para conmemorar el inicio de la primavera, padre—explicó uno de los hombres—. Dijo que podría ser un acontecimiento memorable. Que había leído en un viejo libro de historia que hace muchos años se celebraba con potros salvajes, pero que, en su defecto, los bisontes podrían servir. Bisontes-ciborg en este caso.
—¡Un rodeo con esos monstruos!—exclamó el padre llevándose las manos a la cabeza—. ¿Pero en qué estaba pensando ese chico?
—Pues eso, padre, que cuando acabó de hablar, los parroquianos del salón casi lloraban de la risa, porque casi nadie recuerda ya la primavera. Pero Harry «brazo de oro» ni se inmutó. Se acercó muy despacio a él y le dijo, aproximando mucho su cara a la del chico, que no tenía cojones de subirse a un bicho de esos. Que para eso había que ser muy macho. El joven Aaron le dijo que sí podía, que por algo le habían nombrado «sir». Cuando oyó esto Harry soltó una gran carcajada, luego se puso a palmotear y por último le llamó nenaza. Aaron le dijo que retirase lo que acababa de decir, pero Harry comenzó a bailar en círculos, imitando el cloqueo de una gallina. Ya puede imaginarse lo que sucedió después, padre. Aaron, rojo de ira,  llevó torpemente su mano a la cartuchera para desenfundar su arma, pero Harry es demasiado rápido, ya sabe que cuenta con una gran ventaja. El chico no tuvo nada qué hacer.
—Ese Harry…, cualquier día amanecerá ahorcado—dijo Brown meneando la cabeza.
—Verá, padre, el problema es que, hallándose todavía el cuerpo del joven Armstrong tirado en el suelo, Harry se dirigió a todos los parroquianos y, medio borracho y enardecido, les dijo así:
«¡Escuchadme todos! Esta rata no hubiera aguantado ni un segundo sobre una de esas bestias cibernéticas. Son de carne y hueso, pero se mueven como máquinas engrasadas. Son animales mejorados, pero algo en todo ese proceso los volvió locos. Y es casi imposible abatirlos. Pero lo peor de todo: son muy inteligentes. Si este chico se hubiera subido a lomos de uno de ellos lo hubiera lanzado a tal altura, que hubiera bajado convertido en mierda derretida. Pero si queréis ver al mejor domador del mundo: aquí me tenéis. ¡Y ahora vayamos a por esas bestias infernales y hagamos posible ese maldito rodeo!»
—¿Y cómo reaccionaron los muchachos?
--Jalearon la ocurrencia de Harry. Luego se marcharon en sus Harleys, borrachos y armados hasta los dientes. Bueno, menos Harry, ya sabe, padre, que él ya cuenta con un arma acoplada en su brazo y no necesita…
——Lo sé hijo, lo sé. De otra manera no contaría con tantas muescas en su haber. El muy hijo de perra no necesita desenfundar—dijo el padre, ante la mirada sorprendida de su interlocutor, que nunca lo había oído lanzar tantos improperios—.Esto es muy grave, muchachos. Esos bisontes son los deshechos tarados de algunos experimentos fallidos. Dejaron con vida a unos animales blindados y descomunales, peligrosos.
Cuando acabó de hablar el padre Brown miró con tristeza por la ventana. El color rojo del cielo era casi tan violento como el de la tierra.
—¿Qué dice de todo esto nuestro hombre de la ley?—dijo al fin tomando  su sombrero.
—El sheriff opina que mientras no se incumpla la ley no meterá las narices—dijo uno de aquellos hombres.
Una hora más tarde el sheriff y el padre hablaban de manera distendida ante sendos tragos de un sucedáneo bastante fiel del viejo whisky.
—¿De qué se compone este brebaje?—preguntó el padre, distraído.
—No lo sé, Brown. Pero he visto cómo brillaba el cadáver oxidado de una vieja Harley tras limpiarlo con este líquido dorado. Sí, la he visto florecer después, como una Venus renacida, brillante, sensual.  ¡Bah, está muy bueno y calienta el alma! En cuanto a lo del rodeo, yo no me preocuparía demasiado.
—No quiero que muera ninguno de mis muchachos por culpa de ese mal bicho de Harry. No sé por qué no has tomado cartas en el asunto.
—No se preocupe, padre, está todo organizado. Harry será el primero en salir. Si no muere aplastado bajo las patas del ciborg será conducido a la cárcel. De un modo u otro no tiene escapatoria. Una vez acabe su numerito yo mismo suspenderé ese rodeo. Y los animales serán conducidos de nuevo a su reserva.
—Que Dios le oiga. Thomas, que Dios le oiga—dijo el padre.
El sheriff sonrío con ironía antes de apurar su trago.
—Ese Dios suyo se largó con toda su cohorte de ángeles tras la gran guerra, Brown.
El día del rodeo llovió una especie de barro por la mañana. Luego la lluvia sucia cedió, dejando paso a un mediodía sangriento y sofocante.
Dentro del recinto fortificado seis bestias magníficas se revolvían furiosas, con los ojos inyectados en sangre. Unos metros más allá Harry «brazo de oro» atusaba sus bigotes y se acicalaba el pelo ralo. Con un poco de suerte Sally se encontraría entre el público, luciendo un generoso y perturbador escote. Tal vez el aire caliente revolviera sus cabellos rojos. Harry se relamió de placer. Si salía airoso de aquella locura, tal vez ella aceptara revolcarse un rato con él.
Entre los parroquianos, Harry vio al padre Brown y lo saludó tocando ligeramente el ala de su sombrero, un saludo que no fue correspondido. A la hora convenida sonó el cuerno. Era la señal.
Harry se secó el sudor de sus manos en las chaparreras de cuero y miró al público. Sólo tenía que aguantar ocho segundos. Ocho. Acarició su brazo metálico. Le habían obligado a descargar la munición. Estaba indefenso.
—¿Qué ocurre Harry?—gritó el sheriff exhibiendo una sonrisa lobuna—.¿Acaso eres una nenaza?
—Harry Callahan—dijo el padre Brown mirándolo de manera intensa—. Aún puedes arrepentirte y entregarte a la justicia. Estás perdido. Ya no podrás abatir a la bestia con ese brazo tuyo demoníaco. Encomiéndate a Dios si decides continuar con esta locura.
Harry miró a los dos hombres y sonrió haciéndoles una reverencia,  luego dirigió su mirada acerada hacía la puerta de aquel recinto. Los animales embestían la puerta con las afiladas cornamentas. Querían salir. No aguantarían mucho más ese encierro. «Están sedientos de mi sangre», pensó Harry. «Es el fin. Pero... ¡Qué demonios! Me ahorcarán de todas formas. Y yo ya tengo experiencia montando a otras fieras». Y sonrió, mirando a aquella pelirroja de ojos verdes y piernas interminables.
—Va por ti, nena—dijo, lanzándole su sombrero.
Luego, en medio del silencio más absoluto, sólo se escuchó el tintineo de sus espuelas, acercándose muy despacio a la puerta.


- FIN -

Consigna: Debes escribir un western de ciencia ficción que inicie con este párrafo como texto disparador: «Tanto por profesión como por convicción, el padre Brown sabía, mejor que casi todos nosotros, que la muerte dignifica al hombre. Con todo, tuvo un sobresalto cuando, al amanecer, vinieron a decirle que sir Aaron Armstrong había sido asesinado», de "Los tres instrumentos de la muerte", de G. K. Chesterton. Podés cambiar el nombre de los protagonistas si lo deseás. Extensión: mínima una página, máxima tres páginas.

Una película más... terrorífica.


Seudónimo: Mike Noonan.
Autor: Carlos Ultraman.

                                                                       I
 Había una vez dos amigos que pese a ser diferentes no eran muy distintos. Uno de ellos se llamaba Mordecai y era un pájaro de plumas azules. El otro era Rigby, un mapache de cola aplanada. Ambos vivían en la misma casa y compartían los mismos gustos: los juegos de video, las películas, las golosinas y el trabajo. Bueno, el trabajo no les gustaba mucho. Pero lo hacían igual. A veces.
  Mordecai y Ribby trabajaban en el Parque, un enorme predio tapizado de césped, con muchos árboles y plantas, con lagos para pasear en bote, senderos para ir en bicicleta o a pie, lugares de acampe, puestos de comida, juegos y otras atracciones. El Parque era propiedad de Papaleta, un simpático anciano con cabeza de chupetín y de eterno buen humor. El jefe de Mordecai y Rigby era Benson, un dispenser de chicles gruñón, mandón y casi siempre malhumorado (las más de las veces por culpa de Mordecai y Rigby,  justamente) que recorría el Parque en un carrito de golf supervisando los trabajos que se hacían. Y los que no.
 Fantasnmano (un fantasma con una mano en la cabeza), Skip (un yeti forzudo y bonachón), Musculoso (un monstruo verde retacón y también bastante iracundo) y Thomas (una cabra haciendo su pasantía) también habitaban aquel sitio.
 ¿Les hablé sobre los gustos de Mordecai y Rigby, cierto? ¿Les dije que les gustaban las películas, no? Bien. La historia empieza con ellos terminando de ver una película de terror. Están en el sillón de la sala de la casa que comparten y Margarita y Eileen están con ellos. ¿Qué cosa?  Ah, perdón… Margarita y Eileen trabajan en la cafetería del Parque. Margarita es una pajarita rosa de la que Mordecai está enamorado (y ella también parece estarlo de él) y Eileen es una topo de anteojos y aspecto intelectual, que siente especial debilidad por Rigby.  ¿Listo? Bien, sigamos.
 —“Vampiros bajo el agua” es la mejor película que he visto jamás —grita Rigby sacando la cinta del video-reproductor y alzándola sobre la cabeza.
 Mordecai asiente y poniéndose al lado de su amigo alza sus brazos-ala y juntos ensayan un baile ritual mientras gritan  “Uuuuoooohhhh” desfilando por la sala.
 —Es una buena película sí, pero a mí me dio más miedo “Zombies de Marte” —acota Margarita desde el sillón. Eileen aprueba a su amiga con un gesto.
  —¿Qué? ¿Es una broma? ¿Zombies de Marte? —Rigby la mira y luego mira a su amigo Mordecai buscando apoyo  —¿Puedes creer lo que dice está chica?
 —Bueno, quizás “Zombies de Marte” sea una mejor película que “Vampiros bajo el agua”, Rigby —apunta con timidez Mordecai recibiendo, de inmediato, una cálida sonrisa de parte de Margarita.
 —Ambos están locos. —desestima Rigby abrazando la cinta que tiene en sus manos —Sólo yo podría hacer una película mejor que esta querida “Vampiros bajo el agua”
 —¿Tú? Pero, ¿qué estás diciendo? —Se asombra Margarita atragantándose con las ultimas palomitas de maíz del recipiente sobre la mesa —Tú no eres director de cine.
 Rigby la mira entrecerrando los ojos y se marcha subiendo las escaleras.
 —¿Adónde va? –Quiere saber Margarita. Mordecai se encoge de hombros Casi enseguida se oyen ruidos en el piso de arriba. Cosas que se caen, cosas que se mueven de lugar… y luego los pasos apurados de Rigby bajando la escalera. Cuando llega a la sala lleva en sus manos un papel.
 —Aquí tienen: Diploma de Honor como Director de Cine de la Academia Por Correo Ed Wood. ¡Y con las mejores calificaciones! —completa orgulloso. Mordecai, Margarita y Eileen observan el documento.
 —Guauuu, Rigby, te felicito. —saluda Eileen, embelesada.
 —Si,  compañero. Felicitaciones —lo abraza Mordecai
---¿Y qué película filmaste? —pregunta Margarita en tono desdeñoso —Para ser director de cine no basta tener un diploma,. Hace falta tener una película. Y tú no filmaste ninguna. ¿O si?
 Rigby da un salto y le arranca el diploma de las manos a la pajarita rosa. Está de mal humor y se le nota al hablar, porque muestra sus pequeños y filosos dientes.
 —Para que lo sepas, Margarita, tengo muchas y muy buenas ideas para hacer una película. Y puedo hacerla cuando yo quiera —remarca.
 —Eso sería genial. ¿Por qué no filmas una película, Rigby? –Mordecai, entusiasmado, abre sus brazos —Nosotros seríamos tus actores y el Parque, el escenario perfecto.
 —Por supuesto que voy a hacerlo. Y ya mismo voy a llamar a los demás para que sean parte de este proyecto. —El mapache alza el teléfono y uno por uno va llamando al resto de sus vecinos.
                                                                 II

 Un rato más tarde Benson, Papaleta, Skyp, Musculoso, Fantasmano y Thomas están en la sala escuchando a Rigby.
 —Vamos a filmar una película. Yo seré el director, productor, guionista y me encargaré de seleccionar a cada uno para el papel que tendrá —anuncia.
 —Es una gran idea. Oh, que emocionante. Voy a ser actor. Actor. ¡Actor! Seré un noble caballero que llega a un castillo a pedir la mano de una hermosa chica de la alta sociedad. —Se entusiasma Papaleta dando pequeños saltitos.
 —¿Qué cosa? ¿Cuál caballero? ¿Cuál dama? —interrumpe Rigby. —No vamos a hacer una película romántica. No señor.
 —Claro que no. Tenemos que hacer cine de aventuras. Una historia de espionaje —Musculoso forma una pistola con su mano y se agacha un poco mientras sigue hablando —Yo haré de agente secreto que se infiltra en una siniestra organización que quiere destruir al mundo y…
 —¡No, no, no! Tampoco será una película de espionaje, Musculoso. — grita Rigby encarándose al pequeño monstruo —Además, ¿dónde has visto un agente secreto de color verde? ¿Cómo podría ser secreto si es ver-de? —remarca ofuscado.
 —La única película que debería filmarse es un documental –apunta Benson con una voz calmada cuyo tono va subiendo paulatinamente —Un documental que muestre cómo se trabaja en el Parque y como el encargado del mismo se ocupa de que todos cumplan sus obligaciones y no se la pasen ¡perdiendo el tiempo con tonterías! —Luego se vuelve a serenar y termina —Por supuesto que yo soy el indicado para el papel de protagonista, y ustedes harían muy bien los papales de empleados y, de paso,  no descuidarían sus obligaciones diarias.
  —Alto. Basta, Stop —. Reclama Rigby colocándose en medio de la sala para atraer la atención de todos. —No haremos una película romántica, ni una de espionaje, ni tampoco un documental ridículo. Yo soy el director, productor y guionista y por lo tanto quien va a decidir qué cosa vamos a filmar.
 Todos hacen silencio. Los ojos se clavan en Rigby  quien se calza una gorra y tomando un megáfono proclama:
  —¡Haremos una película de terror!
 —¡¡¡De terror??? —corean todos.
 —Si, de terror. Y será la película más terrorífica de la historia. Asustará más que “Zombies de Marte” o que “Vampiros bajo el agua”. Está película será algo nunca visto
 Todos gritan y festejan el anuncio. ¿Todos? Bueno, no todos. Benson, malhumorado murmura en un rincón
 —Esto sólo será una pérdida de tiempo. Una terrorífica pérdida de tiempo.
                                                         III
 A la mañana siguiente, en una ventana del primer piso de la casa de Papaleta, está asomada Eileen, luciendo un vestido con una enorme flor en la pechera; y detrás de ella flota Fantasmano. Ambos miran hacia afuera, hacia el jardín desde donde Rigby dicta instrucciones usando el megáfono mientras ocupa una silla en cuyo respaldo se lee “Director”. Mordecai está a su lado con una filmadora en la mano. El resto de los habitantes del Parque se ubican detrás, expectantes.
 —Bien, en esta escena Eileen estás mirando hacia tu jardín. De pronto oyes un aullido detrás ruyo. Entonces giras, ves a Fantasmano y das un tremendo alarido. ¿Entendido?
 —Si, señor —responde Eileen haciendo un saludo militar. Fantasmano alza el pulgar para dar su conformidad.
 —Muy bien, silencio todos. ¿Cámara lista, Mordecai?
 —Cámara lista, Rigby
 —Entonces… ¡Acción! —ordena el mapache.
 Arriba, en la ventana, Eileen contempla extasiada hacia afuera por unos segundos. Luego Fantasmano emite un “booo” casi inaudible y la chica gira… y en ese momento empieza a gritar y a sacudir las manos como si un enjambre de abejas la estuviese atacando. Y eso es lo que pasa, precisamente. Atraídas por la flor que luce prendida al vestido, un grupo de abejas que anidaba en el techo de la casa han volado hasta ella y la acosan con sus zumbidos.
Eileen, desesperada, manotea a ciegas procurando cubrirse, pierde el equilibrio y cae por la ventana deslizándose por el techo. Cuando éste se acaba, va a dar a un enorme charco de barro casi a los pies de Rigby y Mordecai. Cubierta de lodo de pies a cabeza, la pequeña topo se levanta, chorreando agua sucia.
 —¡Corten! ¡Corten! —grita Rigby. —Magnífico. Estupendo. Has estado perfecta, Eileen
 —Pero… pero… —la atribulada Eileen alza sus brazos dejando caer más lodo.
 —¿Vamos a dejar esto así? —pregunta Mordecai.
 —Claro que si, amigo. Acabamos de contemplar el nacimiento de un nuevo personaje siniestro para mi película: Aquí tenemos a ¡Ely, La Criatura del Pantano!
 Detrás de él, Benson mueve la cabeza murmurando “Qué terrorífica pérdida de tiempo”
                                                                   IV
 Poco después todos se han mudado al sótano de la casona. Allí sobre una mesa está acostado Papaleta. Una sábana le cubre el cuerpo, y en la cabeza alguien le ha dibujado una fea cicatriz con un marcador negro. A su lado, Musculoso viste un guardapolvo blanco que le queda enorme. Contra una pared, sobre otra mesa, hay botellas y vasos con líquidos multicolores, una radio vieja y un televisor encendido pero no sintonizado en algún canal y que muestra una tormenta de puntos negros y blancos.
 —Ahora veremos la creación de una abominable monstruosidad: el Monstruo de Papaletakein —anuncia Rigby. Mordecai se inclina para hablarle al oído.
 —¿Por qué no es Musculoso el monstruo y Papaletra el doctor? Sería más lógico.
 —No, no, amigo Mordecai. No sería lógico. Sería inaceptable. Las películas son magia, y en la magia uno hace que las cosas que son algo, parezcan otra. ¿Entiendes el concepto?
 —¿Qué debo hacer, director Rigby? —pregunta, ansioso, Musculoso. El mapache le da las instrucciones y luego se acerca a Papaleta que mantiene su infantil sonrisa.
 —Oh, si. Seré una criatura malvada y terrorífica. Oh, qué emoción. —Rigby lo mira. Va hasta un rincón, revuelve en una caja y regresa hasta Papaleta. Usando pegamento le adosa un corcho a cada lado del cuello.
 —Listo. El toque final. —Se coloca junto a Mordecai y da la orden de filmar. —¡Acción!
 Musculoso deambula por la habitación oprimiendo botones de la radio y la TV, mirando el contenido de las botellas, y contemplando a Papaleta inmóvil. Por fin, éste comienza a alzar un brazo.
 —¿Está vivo! ¡Está vivo!–grita Musculoso y (apartándose del guion) se quita el guardapolvo y lo revolea por sobre su cabeza. Una manga golpea una botella y la vuelca. El líquido cae sobre la TV y produce una chispa que genera un incendio. En un minuto todo el sótano se llena de humo. 
 Todos logran salir, tosiendo y cubiertos de hollín. Skyp, llevando una larga manguera se encarga de apagar el incendio antes que afecte a toda la casa.
 —¿Filmaste todo? ¿Lo tienes? —consulta Rigby a Mordecai.. Cuando su amigo dice que si, el mapache se pone a saltar de felicidad. —Genial. Colosal. Soy un genio.
                                                                     V
A lo largo del resto del día siguieron filmando escenas… y siguieron los accidentes: Benson fue atropellado por el carrito de golf (pintado de rojo, como si fuese un auto demoníaco) que conducía Margarita con una máscara demasiado grande cubriéndole la cabeza; Skyp, disfrazado de mono, cayó al intentar trepar a una torre armada con mesas y sillas mientras sostenía una muñequita en una de sus manos y Thomas acabó en el fondo de una tumba falsa luego de enredarse en una capa de vampiro que llevaba puesta.
 —Bien. ¡Corten! –gritó por última vez Rigby —Ya hemos terminado.
 Apaleados, sucios y cansados todos marcharon a sus casas. Benson, renqueante, se fue murmurando “Qué terrorífica pérdida de tiempo”..
 —¿Crees que haya salido bien? —preguntó Mordecai a Rigby.
 —¿Bromeas? Esto será asombroso, amigo.. Mañana a la noche vamos a estrenarla. Y será inolvidablemente terrorífica. Espantosamente inolvidable.

 Y así fue, queridos amigos. Inolvidablemente terrorífica. Espantosamente inolvidable.
 A la noche siguiente todos contemplaron una sucesión disparatada y desprolija de manos, garras, gritos, humo, fuego, lodo, patas, pies, más gritos, aullidos, risas infantiles (de Papaleta, claro), ojos, colmillos y nuevos gritos, que se sucedieron sin sentido en la pantalla durante una larga hora y media.
 Eileen y Margarita huyeron despavoridas en mitad de la película, Skyp se marchó en silenció poco después de verse apagando el incendio del sótano, Musculoso comenzó a dar saltos de alegría cuando apareció en la pantalla una mano suya haciendo flamear el guardapolvo, Papaleta no dejaba de aplaudir cualquier escena, Fantasmano flotaba impaciente esperando ver su imagen en el televisor y Thomas lloraba todavía dolorido por el golpe que se dio al caer en la improvisada tumba.
  Cuando la cinta terminó, Mordecaii felicitó a Rigby con un afectuoso abrazo y ambos danzaron por la sala al grito de “Uuuuuuoooohhhh. Lo hicimos, lo hicimos!”. Así fueron subiendo la escalera rumbo a sus cuartos.
 Mientras, sentado frente al televisor ya apagado, Benson seguía meneando la cabeza mientras repetía “Vaya. Esto sí que fue terrorífico. Realmente terrorífico”


- FIN -

Consigna: Fuiste elegido por los creadores de «Un show más» para que escribas el cuento en el cual se basarán para realizar la película animada de la serie. Confiamos en que no escribirás un episodio más, sino la historia más disparatada, terrorífica y delirante que se pueda imaginar para un film. Deben participar todos los personajes que trabajan en el parque, el resto vos decidís quiénes deben estar. Extensión: mínima tres páginas (completas), máxima seis páginas.

Una historia poco corriente


Seudónimo: Borkum Riff.
Autor: Robe Ferrer.

Como cada mañana, Rigby y Mordecai se encontraban realizando las tareas de limpieza y mantenimiento del parque en el que trabajaban. A sus veintitrés años, ambos se ganaban la vida con aquel trabajo.
A los pocos minutos llegaron sus compañeros Musculitos y Chócala montados en su cochecito de golf. Pararon a escasos metros de ellos derrapando y salpicándolos de barro.
—Hola, pringaos —saludó Musculitos—. ¿Habéis hablado con Benson? Tiene una sorpresita para vosotros.
En aquel instante llegó su jefe montado en el coche de Pops, el gerente del parque, acompañado de este y de Skips, el sabio y fuerte yeti que vivía en aquel lugar incluso antes de que fuera un parque.
—Escuchadme bien, va a venir a visitarnos una excursión de un colegio. Quiero que les enseñéis el parque y que no hagáis ninguna tontería de las vuestras —les dijo la máquina de chicles.
—Jo, tío, menudo marrón —se quejó Mordecai—. Nosotros no somos niñeras de nadie.
—Eso, nosotros no estamos aquí para cuidar a mocosos —apoyó su amigo Rigby. Después, el mapache se dirigió hacia el azulado pájaro—. Mordecai, acabemos de recoger estas hojas y vayamos a tomarnos un refrigerio.
—Perdedores, no podéis tomar nada porque el jefe os ha encargado cuidar a esos críos —intervino Musculitos—. Chócala, vayamos nosotros a por ese refrigerio.
El fantasma con la mano en la cabeza y el monstruo verdoso arrancaron el carrito de golf y comenzaron a hacer derrapes salpicando de barro a los demás.
—¡Alto ahí! —ordenó Benson—. Esta tarea de enseñar el parque también es para vosotros.
—Eso es un trabajo de pringaos —protestó Musculitos.
—Si os negáis a hacerlo, os despediré —atajó Benson.
—¡UUUHHH! —exclamaron Mordecai y Rigby, a la vez que hacían un gesto con la mano.
—Y a vosotros también. —Y dicho esto, el jefe se retiró del lugar a pie mascullando improperios contra sus empleados. Tenía tantas ganas de despedirlos a todos… pero aquello entristecería a Pops, y era tan sensible que no podía darle ese disgusto.
—Jo, tío, nos han hecho la pirula. ¿Cómo vamos a guiar nosotros una excursión por el parque? —preguntó Rigby.
—Chicos, ¡una excursión es algo maravilloso! —se emocionó Pops. La piruleta gigante se llevó las manos a la cara e hizo un gesto de confort y nostalgia al mismo tiempo; un gesto que solo un niño sería capaz de hacer.
—Intentad no meter la pata —les dijo Skips—. Y andaos con ojo, los niños de hoy en día son mucho más espabilados que nosotros.
Los dos se despidieron de los cuatro trabajadores de mantenimiento y se marcharon. No sin antes decirles, que en breve llegarían los colegiales.
—Chócala, volvamos al trabajo. Quiero acabar antes de que lleguen los mocosos —le dijo Musculitos a su compañero. Después de eso, salieron del lugar salpicando barro a Mordecai y Rigby.
El mapache y el pájaro se limpiaron y continuaron con el trabajo.
Media hora después apareció de nuevo Benson, pero esta vez venía acompañado de los niños a los que tenían que enseñar el parque Mordecai y Rigby. Eran solo cuatro muchachos, por lo que ambos pensaron que sería algo sencillo.
—Aquí tenéis a vuestro grupo de estudiantes para que le enseñéis las maravillas de nuestro fantástico parque. Musculitos y Chócala ya tienen su grupo y han empezado la visita. Niños, disfrutad del parque y aprended muchas cosas. —Benson se retiró a su despacho, dejando a los dos encargados de mantenimiento con los niños.
—Buenos días, niños. Nosotros somos Mordecai y Rigby —saludó Mordecai—. Vamos a ser vuestros guías en esta visita. Ahora podríais empezar por presentaros.
—Yo me llamo Stan Mars, y estos son mis amigos: Kenny McCormick, Eric Cartman y Kyle Broflovki —dijo uno de ellos.
—¿Cómo? —preguntaron a la vez los dos trabajadores del parque.
—Ezque ez un judío de miedda —dijo el más gordo de ellos riendo y haciendo burlas hacia su amigo.
Todos ellos iban vestidos con ropa de invierno a pesar del calor que reinaba en el parque. El que se presentó como Stan llevaba un abrigo marrón y un gorro azul. El gordo llevaba el gorro de color celeste y un abrigo rojo. El judío llevaba un gorro con orejeras de color verde y un abrigo naranja. El cuarto llevaba un viejo abrigo naranja y se cubría casi toda la cara con la capucha; solo se le veían los ojos.
—Cállate gordo —ordenó Kyle.
—No me da la gana, podque tu madre ez una puta. ¿Quedéiz que oz cante la canción de madre de Kyle ez una puta? —le preguntó a Mordecai y Rigby
—Yo por lo menos sé quién es mi padre —respondió Kyle.
—Mprh mprh mprh mprh mprh mprh —les explicó Kenny a los dos guías.
—¡¡UUUUUHHHHH!! —exclamaron estos a la vez. Después continuó Rigby dirigiéndose a los niños—. Bueno, ya está bien de discusiones. ¿Quién quiere pasarlo de vicio?
—Yooo —respondieron los niños.
—Muy bien, colegas, entonces comencemos la visita. Jamás os olvidaréis de esta excursión porque va a ser la más flipante que habéis hecho nunca.

Quince minutos después, se encontraban en un cruce de caminos cercano al edificio en el que vivían los dos guías. Allí coincidieron con el otro grupo de excursionistas. Los chicos parecían entusiasmados con la visita que les estaban ofreciendo Chócala y Musculitos.
Mordecai y Rigby se miraron el uno al otro y decidieron pedir ayuda. El mapache sacó su teléfono móvil y marcó el número de Skips. De todos, él era el que más sabía sobre el parque, y si él no podía ayudarles a organizar una visita mejor que la que estaban haciendo sus otros dos compañeros, nadie podría hacerlo.
Tras una larga conversación, en la que Rigby solo emitía monosílabos y sonidos de asentimiento, regresó junto a los demás.
—Me ha dicho que podemos enseñarles el estanque. Nadie lo sabe, ni siquiera Benson o Pops, pero allí, Skips cría el único ejemplar en el mundo de pez unicornio —explicó a su compañero y amigo.
—Entonces no perdamos el tiempo. Iremos en el carrito, está en el garaje.
Los trabajadores del parque y los cuatro alumnos del colegio elemental de South Park montaron en el pequeño cochecito de golf. Rigby aceleró a fondo y giró levemente el volante para salir del lugar. El coche comenzó a girar sobre sí mismo sin control. A la segunda vuelta, Kenny salió despedido del vehículo en dirección al viejo arce del que tan orgulloso estaba Pops. El cuerpo del niño quedó hecho un amasijo de carne y huesos pulverizados debido a la violencia del choque.
—¡Oh, oh! La hemos cagado —informó Rigby.
—¡Oh, dios mío, han matado a Kenny! —exclamó Stan.
—¡Hijos de puta! —insultó Kyle—. Bueno, ¿vamos a ese lago o qué?
—Pero, pero… tenemos que informar a Skips de lo que ha sucedido —dijo Mordecai—. Voy a llamarlo ahora mismo.
Mientras el gran pájaro azul realizaba la llamada de teléfono, llegó al lugar Pops a interesarse por cómo iba la excursión.
—Hola, muchachitos. ¿Qué tal va esa excursioncilla? Espero que estéis disfrutando de nuestro maravilloso paaaaa —la gran piruleta se quedó sin habla cuando vio el cuerpo de Kenny estampado contra el árbol. Enseguida se echó a llorar y gimotear.
—Pedo menudo madica, ¿pod qué lloda el cabezón ezte? —se rio Cartman—. Venga, tú, jodido marzupial, llevanoz al lago ese del pez unicodnio.
—Cartman, los mapaches no son marsupiales. Eres un jodido retrasado —le dijo Stan.
—Calla, madica de miedda.
En aquel momento llegó Skips que, tras el aviso de su subordinado, acudió saltando a todo lo que daban sus cortas patas.
—¿Qué ha sucedido? —exigió saber de inmediato.
—No lo sabemos exactamente —comenzó a explicar Mordecai.
—Bueno, el caso es que quisimos llevarlos a ver el pez unicornio del estanque, y al arrancar, ese niño salió volando del cochecito. Yo creo que el cinturón de seguridad está en mal estado —mintió Rigby.
—Pedo si aquí no hay cintudones.
—¡Cállate, gordo! —ordenó el mapache.
—Yo no eztoy goddo, eztoy fuedtecito.
—Reconócelo, Cartman, estás gordo —rieron sus dos amigos.
—¡Ya está bien, silencio! —ordenó el inmortal yeti. Entonces se le oscureció la mirada y el cielo se tornó rojizo—. Tras el bosque de abedules, en la zona más oriental del parque, existe un viejo cementerio cajún. Ese cementerio ya estaba aquí mucho antes de que construyeran el parque, incluso mucho antes de que llegara yo a la zona. Pues según cuentan las viejas leyendas, los antiguos guerreros de la tribu eran enterrados allí cuando caían en la batalla. Poco tiempo después regresaban junto a los suyos para seguir luchando por su pueblo. También dicen que no volvían solos.
—Eso es muy chungo, tío —se quejó Rigby.
—Pero tenemos que hacerlo; solo así conseguiremos que Pops se recupere —argumentó Mordecai. La gran piruleta se encontraba en un estado catatónico y no dejaba de llorar por el niño fallecido. De su boca solo salían las palabras “el niñito ha muerto” y las repetía una y otra vez—. Vamos allá.
Mordecai, Rigby y Skips montaron el carrito de golf y partieron hacia el viejo cementerio. Media hora después, los dos trabajadores del parque, pala en mano, hicieron un hoyo en el suelo en el centro de una extraña formación de piedras que formaban una espiral. Skips depositó el cuerpo del colegial en el agujero y, entre los tres, lo taparon de nuevo con la tierra.
—Ya está —les dijo el yeti a sus dos trabajadores—. Ahora regresemos con Pops y los otros niños. En breve veremos al muchacho de nuevo entre nosotros. Antes incluso de los que pensamos.

Cuando llegaron al lugar en el que se encontraba el gerente del parque con los tres infantes, se encontraron con que el más gordo, estaba acercándole el trasero a la cara y soltando ventosidades cerca de su nariz mientras los otros dos no paraban de reír.
—¡Eh, tío, eso no mola nada! —recriminó Mordecai. Cartman soltó otra flatulencia. Pops seguía en estado catatónico balbuceando palabras ininteligibles.
—Tío, menudo pedo más malo —le dijo Rigby riendo.
—Dejad de hacer el tonto y continuad con la excursión —ordenó Skips cogiendo en brazos a Pops y llevándoselo.
—Enseguida.
Mordecai y Rigby se hicieron cargo del grupo de estudiantes y se encaminaron hacia el estanque para enseñarles el pez unicornio.
—Mrph mrph mrph mrph —se escuchó a escasos metros de ellos. Era Kenny que había resucitado. Sin embargo, ya no era el Kenny que todos conocían. Bajo la capucha, se podían observar unos ojos hundidos y una piel amarillenta. De sus extremidades, igual que de la caja torácica y espalda, asomaban huesos fracturados por la colisión. Junto con el niño caminaban otros resucitados, todos ellos eran guerreros indios.
—A Kenny le pasa algo —informó Kyle a sus dos monitores.
—Es que el regreso del más allá tiene que ser duro, pero seguro que dentro de un rato está perfectamente.
—¿Y quiénes son esos que vienen con él?
—Seguro que le han hecho el favor de ayudarle a volver —les dijo Mordecai.
—Mrph mrph mrph —murmuró a la vez que se lanzaba contra su amigo Cartman.
—¡Eh, Kenny, no me jodaz! Deja mi cedebro tranquilo.
—Mrph mrph mrph.
—¡Qué no!, no te voy a dar ni siquiera un poquito, ez mío. Jodido pobre. ¡Eh, pedo que hijoputa!, me ha moddido.
—Chicos, chicos, dejad de morderos —ordenó Mordecai a la vez que tiraba de los pies de Kenny para separarlo de su amigo. Entonces, el cuerpo del niño se separó de la cabeza, cayendo esta al suelo con los ojos desorbitados y la boca abierta. Los otros resucitados se dispersaron por el parque.
—¡Anda, la puta, han vuelto a matar a Kenny! —gritó de nuevo Stan.
—¡Cabronazos! —insultó Kyle.
—Rápido, llevémoslo otra vez al viejo cementerio cajún —dijo Rigby.
Nuevamente, los dos trabajadores del parque cargaron en el cochecito de golf el cuerpo sin vida del niño y lo llevaron hasta el lugar que les había dicho Skips. Cavaron un nuevo hoyo, depositaron el cadáver y lo taparon con tierra.
Cuando llegaron a dónde se encontraban los otros niños, los dos menos alborotadores miraban con los ojos desencajados al más gordo. Mordecai y Rigby pudieron observar que Cartman tenía los ojos hundidos y la piel amarillenta. De la comisura de su boca colgaba una baba de aspecto lechoso. Fue cuando se dieron cuenta de que el otro niño, al morderlo, le había convertido en muerto viviente. Habían desatado un apocalipsis zombi sin saberlo. Entonces apareció de nuevo Kenny, esta vez sin un brazo y con la cabeza cosida al cuerpo con grueso hilo negro. Más guerreros cajún resucitados lo acompañaban.
—Mrph mrph mrph.
—¡Oh, no! Quiere comerse nuestros cerebros —se asombró Rigby.
—Bolitaz de quezooo… —gimoteó el otro muerto viviente.
—¿Y a este qué le pasa, tronco? —quiso saber Mordecai.
—Nada, que aunque sea un zombi siempre será un gordo de mierda y solo piensa en comida —le dijo Stan; todos rompieron a reír.
Kenny se lanzó sobre el pequeño mapache para morderlo. Entonces Mordecai sacó su rastrillo de recoger las hojas y le atizó con la zona metálica. Los dientes del rastrillo le hicieron grandes arañazos en lo que quedaba de cara de Kenny. Después cogió la pala y repitió el golpe. La cabeza del niño salió volando hasta estrellarse contra un árbol. Los dos amigos del niño repitieron las frases anteriores.
—¡Oh, dios mío, ha matado a Kenny!
—¡Hijo de puta!
En aquel momento, fue Cartman el que se lanzó sobre Mordecai. Esta vez fue Rigby el que cogió la pala y golpeó al corpulento colegial hasta que quedó inerte en el suelo.
—¡Oh, dios mío, ha matado a Cartman! —gritó Stan. Silencio. Miró a su amigo Kyle—. ¿No vas a llamarle hijo de puta?
—No. Se lo merecía.
—Es verdad. Que se joda. —Y ambos comenzaron a reír.
Los muertos que habían resucitado a la vez que el niño, se habían hecho con el control del parque y estaban mordiendo a los transeúntes que caminaban por él. A lo lejos, pudieron ver cómo habían convertido en zombis a Musculitos y Chócala, que perseguían sin piedad a Benson y al becario Thomas. Un guerrero cajún resucitado corría tras Skips que seguía llevando en brazos a un horrorizado Pops.
Mordecai y Rigby se miraron, y miraron a los dos estudiantes que quedaban vivos. El gran pájaro azul, lleno de responsabilidad, dijo que tenían que hacer algo. Entonces el mapache tuvo una gran idea.
—No hace falta. Cogeremos este viejo reloj de tiempo y viajaremos al pasado e impediremos que se organice esta excursión.
—¡UUUHHH! Mola.
En ese instante Mordecai puso la mano sobre el hombro de Rigby y este comenzó a girar las manecillas del antiguo reloj en el sentido inverso de cómo lo hacían ellas habitualmente. El plano físico del espacio-tiempo comenzó a plegarse sobre sí mismo y después giró una y otra vez hasta convertirse en una espiral del tiempo. Mordecai y Rigby comenzaron en uno de los extremos de la espiral elíptica y a cada giro se iban aproximando cada vez más al centro de la misma, hasta que, cuando lo alcanzaron, desaparecieron de aquel presente para regresar al pasado.
Cuando abrieron los ojos, se habían desplazado una semana atrás. Estaban en la mansión del parque, la misma en la que ellos compartían habitación y en la que Benson tenía su despacho. Tenían que distraer la atención del capataz para hacer desparecer todo lo referente a aquella maldita excursión del futuro.
Sabían que no iba a ser nada sencillo, Benson no se separaba de su escritorio para nada. En aquel momento pasó por allí Thomas, el becario. Él sería el encargado de hacer salir a la máquina de chicles del despacho. Mordecai lo abordó sin más dilación y le indicó que tenía que hacer salir al jefe. La cabra, en un principio, no quiso colaborar con ellos. Sabía que se metían en muchos líos y no quería ser cómplice. Quería acabar las prácticas sin problemas con el jefe, pero tampoco quería enfrentamientos con sus compañeros.
—Muy bien, Thomas, si no quieres ayudarnos, entonces vete a engrasar mi cortacésped —ordenó Rigby, y le dio una lata de aceite metida en una bolsa de papel. Cuando la cabra salió del edificio, Rigby y Mordecai entraron corriendo al despacho de su jefe.
—¡Benson, Benson! Thomas se ha vuelto loco —exclamó Rigby—. Se ha comido todos los sándwiches de queso Premium de la ciudad. Ahora se lleva el tuyo para comérselo en el cobertizo.
Mientras el mapache entraba gritando y haciendo aspavientos, Mordecai, con sigilo y disimulo, cogió y se guardó el bocadillo de Benson. El jefe miró hacia el lugar en el que momentos antes estaba su sándwich de queso Premium. Al ver que no estaba allí, salió corriendo para atrapar al becario y recuperar el almuerzo.
—Muy bien, ya está. Ahora coge ese papel y llama al colegio para anular la excursión, después lo destruiremos y dejaremos un número falso.
Destruyeron el papel y pusieron un teléfono inventado y el nombre de un colegio que no existía. Pocos minutos después llegó Benson y comenzó a llamar al colegio para concertar la excursión. Marcó varias veces el número y en todas ellas le dijeron que aquel teléfono no pertenecía a un colegio, sino a una funeraria. Con la mosca detrás de la oreja, Benson miró a los dos trabajadores del parque. No podía demostrarlo, pero sabía que ellos dos estaban detrás.
—No sé lo que habéis hecho, pero esto es cosa vuestra. Si por mí fuera os pondría de patitas en la calle, pero Pops no lo soportaría. Pero me las vais a pagar, durante toda una semana vais a cortar el césped. Todos los días.
Los dos amigos salieron del despacho riendo. Habían conseguido su propósito; aunque les había tocado la tarea más tortuosa de todas, había merecido la pena.

Una semana después, mientras limpiaban las hojas de la hierba, por la entrada principal pasaron un grupo de colegiales. A pesar del calor, uno vestía un abrigo marrón y un gorro azul y rojo, otro un gorro de orejeras verdes y un abrigo naranja, otro un abrigo naranja y se cubría con una capucha y, el más gordo de todos, llevaba un abrigo rojo y un gorro celeste.
—¡Eh, tíos, mirad a esos doz, padecen madicas! —rió el más corpulento.
Rigby cogió una lata que alguien había tirado al suelo y se la lanzó, con tan mala suerte que le acertó en la cabeza al de la capucha. El niño trastabilló y cayó en la carretera en el momento en el que pasaba el camión de la basura y lo arrollaba.
—¡Oh, dios mío, ha matado a Kenny! —exclamó el del gorro azul.
—¡Hijo puta! —insultó el del gorro de orejeras al conductor del camión.
Mordecai miró a su compañero sabiendo los dos que podían hacer algo por el muchacho.
—Ha sido fuera del parque, no es responsabilidad nuestra —le dijo el mapache, y continuó rastrillando las hojas del césped.


- FIN -

Consigna: Fuiste elegido por los creadores de «Un show más» para que escribas el cuento en el cual se basarán para realizar la película animada de la serie. Confiamos en que no escribirás un episodio más, sino la historia más disparatada, terrorífica y delirante que se pueda imaginar para un film. Deben participar todos los personajes que trabajan en el parque, el resto vos decidís quiénes deben estar. Extensión: mínima tres páginas (completas), máxima seis páginas.