lunes, 28 de diciembre de 2015

Bahía del silencio

Seudónimo: Miriam Blass.
Autor: Raúl Omar García.


Es increíble cómo actúa el cerebro en ciertas circunstancias. El nombre Lia no me decía nada hasta que soltó el apellido y de pronto la imagen de su rostro se me presentó de inmediato.
Cuando sonó el teléfono, qué sorpresa la mía al enterarme de que la que estaba del otro lado de la línea era una antigua amiga del secundario con la que había tenido una estrecha amistad.
Se había ido a vivir a Italia a finales del 97 —por ese entonces ya éramos egresadas de quinto año— y no había vuelto a saber de ella desde entonces.
Que cómo estás tanto tiempo, cuándo fue que llegaste, que si estás casada, y todas esas preguntas típicas se dieron antes de quedar en vernos. El asunto era que ella quiso encontrarse conmigo esa misma noche.
Aunque era viernes, yo estaba cansada y no me apetecía salir. Me acababa de bañar y pretendía irme a dormir. Para colmo, no tenía un mango, y al otro día me había comprometido a cuidar a la hija de mi hermana, y esa nenita era un dolor de ovarios, pero, ¿cómo le decía que no?
—Sí, seguro. ¿A qué hora y dónde nos encontramos? —le dije, por puro compromiso.
—Bueno, yo estoy fuera de onda, así que, pásame la dirección de tu casa y te iré a buscar con el auto. Tú eliges el lugar.
Con el auto, me dijo; y yo ni con una moneda para el colectivo. Me obligaba a romper el chanchito para no quedar como una rata.
Me acuerdo que agarré lo primero que encontré en el ropero y me lo puse. Luego, busqué entre las páginas de un libro la plata que guardaba para pagar la tarjeta de crédito antes de que me la bloquearan (demás está decir que no aboné y me la inhabilitaron) y me fui a peinar.
—Péinate que viene gente — expresé. Esa frase me decía mi abuela y se me pegó de por vida. Cada vez que agarro un peine la cito como si se tratase de una máxima.
Al oir el timbre, ya estaba lista.
Me costó identificar a la mujer que estaba en la entrada de mi casa como Lia Alejandra Briega. La Lia que yo recordaba era una joven torpe y regordeta, blanca como la leche, con carita redonda y gesto bonachón. En cambio, esta que estaba parada frente a mí, era una hembra delgada, con la piel tostada por cama solar y una cara de puta impresionante.
—¿Lia? —pregunté, algo confundida.
—¡Cintia! —gritó ella, y se me lanzó encima, dándome un fuerte abrazo—. ¡Por Dios, estás igual!
—Ja, ja, ja. Tú también. —¿Qué iba a decir?
En fin, nos reconocimos, y admito que hubo algo de emoción. Al fin y al cabo, fue mi amiga. Millones de imágenes se agolparon en mi cabeza y el rememorar trajo mucha añoranza.
Y así fue toda la velada.
Terminamos en un bar llamado Open, en el cual bebimos cerveza y platicamos del pasado. Nos reímos mucho. Me di cuenta que algunas cosas se me habían borrado de la memoria, porque de verdad que no me acordaba de ellas. La edad no viene sola. Otra de las frases de mi abuela. Hacia las tres de la mañana habíamos pedido un clericó de vino blanco. Lia llenó los vasos por última vez y levantó el suyo para hacer un brindis.
—Por habernos reencontrado —pronunció, y chocamos los vidrios. Supongo que se olvidó de que habíamos puesto sorbetes en los vasos, porque en lugar de beber por aquel, se llevó el vaso a los labios y se clavó la pajita en el ojo izquierdo.
Estallé.
La bebida que estaba ingiriendo me salió disparada por la boca y de las fosas nasales. Hasta juraría que me salían pedazos de fruta por las orejas. Me ahogué y comencé a toser y a reír al mismo tiempo. Un combo espantoso, si los hay. A eso se le sumó una meadita. Ja, ja, ja. Las mujeres no podemos contener las ganas de orinar como lo hacen los hombres.
Parecíamos dos estúpidas, pero la estabamos pasando en grande.
Al salir de allí me propuso ir a bailar, pero le expliqué lo de la hija de mi hermana (me negaba a llamar sobrina a esa borrega), y por suerte entendió, así que se ofreció a alcanzarme a casa. En auto. Y, obviamente, acepté.
Acá es donde todo se fue a la mierda, literalmente. Porque Lia estacionó frente a mi casa —eran como las cinco y media de la mañana— al mismo tiempo en que mi vecina, doña Carmen, salía a barrer la vereda (vieja de mierda y la puta que la parió, ¿por qué carajo no dormía?), y cuando abro la puerta del acompañante para bajar del coche, me vuelvo para despedirme y mi amiga me come la boca de un beso.
Me quedé paralizada, saboreando los labios carnosos de Lia. Fui abriendo la boca, como posesa, y di lugar a que su lengua encontrara la mía y la enrollara como una boa a su presa. Me transó de manera caliente y apasionada y accedí a su lujuria. Hasta que reaccioné y la alejé de un empujón.
—Cintia, lo siento —susurró. Yo me limpié los labios con el dorso de mi mano y, sin responderle, me bajé del auto.
Apenas miré de soslayo a doña Carmen, con la escoba en la mano y la geta desencajada a causa de la escena que acababa de presenciar, pero advertí que se persignó.
Entré a mi casa como una tromba y di un portazo al cerrar. Me fui al baño y me tironeé del pelo al mirarme al espejo. Abrí la canilla de la ducha y dejé correr el agua mientras me desnudaba.
Me sentía sucia.
Me duché, y bajo el agua caliente me masturbé, acto que hizo que me sintiera más sucia.
Me metí en la cama y encendí el televisor. Enganché una película casi terminada, y vi el final comiéndome un mantecol. Cuando comenzaron los títulos, un rectángulo apareció en la parte inferior derecha de la pantalla, anunciando que la programación continuaba con «Secreto en la montaña». Se me revolvió el estómago, escupí la pasta de maní que estaba masticando y apagué la tele.
A dormir.
Al mediodía me despertó el timbre de casa. Era mi hermana con la nena. Me había quedado dormida. Las recibí con mi mejor sonrisa y le alboroté el cabello a la niña, demostrando ternura, pero sabía que eso le molestaba a la guachita.
—Me llamas si hace falta, ¿sí? —dijo mi hermana.
—Tú tranquila, yo nerviosa —le respondí—. Sonia y yo sabremos entretenernos, —a la niña—: ¿verdad?
—¡La tía es la mejor! —Mentirosa desvergonzada…
—Bueno, entonces me voy. Chau, hija, te amo —se despidió—. Gracias Cin.
—De nada, chau.
Ni bien cerré la puerta, la pibita se me paró delante, cortándome el paso, y dijo:
—Mami dice que eres pobre, por eso deja que me cuides, para que te ganes el pan.
—Podría estrangularte con una sola mano, así que no me rompas las pelotas, y ve a jugar a la play. Y no me dirijas la palabra hasta que llegue tu madre o juro que te haré tragar el joystick y lo sacaré por el lugar que todavía no te aprendes a limpiar bien.
Estaba irritada, y quería que le quedara claro. Por la cara que puso, supongo que me entendió, porque no me habló durante las tres horas que estuvo allí. Cuando por fin retornó mi hermana y se llevó a la pequeña demonio, salí a comprar pan con la plata que me había dejado por hacerle de niñera. Ja, la pendeja tenía razón.
Cuando volví, maldije por dentro al ver a doña Carmen en la puerta de su casa. Hice un rápido ademán con la cabeza a modo de saludo, y ella me devolvió el gesto con un enérgico movimiento de mano y con una inmensa sonrisa. Me sorprendió su actitud después de que fuera testigo de lo de anoche, así que también le sonreí. Entonces, la mujer se pasó la lengua por los labios, humedeciendo primero el de arriba, después el de abajo. Pestañeé dos veces, incrédula, y mi vecina se mordió el labio inferior al tiempo que acariciaba su escote desnudo.
—Oh, por Dios —balbuceé, y detrás de ella apareció su esposo.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó el hombre, azorado.
—¿Qué? Nada. —Se hizo la desentendida, la doña.
—Entra a la casa, quieres —ordenó el señor.
—Ya voy, ya voy —contestó, cocorita, la vieja pervertida.
No quise ver más y me fui adentro. Esto era demasiado para mí. Colgué la llave en el llavero de la pared y dejé la bolsa con pan en la mesa.
Justo en ese momento sonó el teléfono.
—Hola —dije.
Era ella, como esperaba.
***
Lo que me llevó a evocar aquel día fue un mensaje de correo electrónico que recibí ayer, donde Sonia me pedía un consejo.
Estuve casada con Lia durante veinticinco años y fui la mujer más feliz del mundo. Aunque falleció el año pasado, aún la extraño.
Ahora, respondiendo el mail desde mi hogar cercano a las arenas de Bay of Silence de Sestri Levante, una de las últimas localidades situadas en las costas meridionales del Golfo de Tigullio, en Italia, le sugiero a mi sobrina que deje de derrochar dinero en psicólogos y que lo ahorre para venir a visitarme. Le escribo que me pondría muy contenta tenerla aquí, que no tengo con quién pelear. Y le comento que su «novia» es también bienvenida.
Estaba segura de haber odiado a esa pendeja…
…pero es increíble cómo actúa el cerebro en ciertas circunstancias.



- FIN -


Consigna: Debes escribir una comedia romántica entre una pareja lesbiana, redactada en primera persona desde el punto de vista de una mujer (narrador femenino, que puede estar o no dentro de la relación lesbiana). Extensión: mínima dos páginas (completas), máxima cuatro páginas.


El hijo pródigo

Seudónimo: Borkum Riff.
Autor: Robe Ferrer.


Sabía que aquel chico lo haría sufrir, se lo había dicho tantas veces que aquella frase había perdido su significado. Desde el día en que llegó a casa, nos confesó su orientación sexual y nos dijo quién era su pareja, supe que iba a pasarlo mal por su culpa.

Jesús llegó aquel día a casa llorando, como el día anterior y el otro. Su madre acudió a consolarlo, pero tras la puerta solo recibió gritos y reproches. Como las últimas veces. Bajó las escaleras y entró en la cocina para preparar la cena.
—Hoy no va a cenar —dijo.
—Igual que las últimas noches.
—No sé qué le pasa a este chico, y me tiene preocupada.
—Serán cosas de críos. Hablaré con él.
Al día siguiente Jesús salió temprano y fue imposible hablar con él. Al regresar de la universidad para la hora de la comida era otra persona. Por aquella puerta entró un chico alegre y deseoso de vivir la vida, todo lo contrario de las últimas noches.
Así pasaron muchos días y muchos meses. Jesús se había convertido en lo que todo padre desea que sea su hijo: alegre, estudioso, buena persona y con muy buenos amigos. Su madre sospechaba que aquel cambio de humor tenía que ver con una chica, decía una y otra vez que se había enamorado, que se le notaba en los ojos.
Entonces pasó. Jesús entró en el salón en el que yo estaba sentado en mi sillón viendo un partido de baloncesto y su madre poniendo la mesa para la cena. Sonreía, pero a la hora de hablar le temblaban la voz y las manos. Estaba nervioso y no paraba de juguetear con un anillo que nunca habíamos visto antes. Brillaba mucho, por lo que supuse que era nuevo.
—Mamá, papá, tengo que contaros algo. Sentaos, por favor.
—¿Estás bien, te pasa algo? —pregunto enseguida su madre. Ella se alteraba rápidamente en cuanto intuía que a Jesús podría sucederle alguna cosa.
—No, tranquila, estoy bien. Siéntate. Lo que os quería decir es… es…
—Venga, dilo.
—Que estoy saliendo con alguien. —Por fin lo dijo, de manera rápida. Como se dicen las cosas que pueden doler.
—¡Eso es maravilloso! —se alegró su madre—. Tienes que invitarla a venir y presentárnosla. Queremos conocer a la chica con la que sales.
—Verás, mamá, no va a poder ser.
—¿Por qué? No tiene que ser ahora mismo, podemos esperar.
—Mamá, es que… es que… no hay ninguna chica. Estoy saliendo con alguien, pero no es una chica. Es un chico. Se llama Gabriel.
En ese momento oí como el corazón de mi mujer se quebraba. El mío creo que también, pero no podría asegurarlo. Los dos nos quedamos en silencio sin saber que hacer ni que decir, fue como si nos quitaran una parte de nuestro cerebro y nos pusieran otra. De un plumazo se volatilizaron todas las ideas de boda con una preciosa muchacha vestida de blanco, que se quedase embarazada y nos diera nietos. Lo que todos los padres piensan que algún día les darán sus hijos se quedó en una ilusión.
Al principio nos costó asumirlo. Nadie desea que su hijo sea homosexual. Su madre siempre pensó que tenía una enfermedad. Intentó una y otra vez concertarle una cita con un psicólogo, después pasó a los curanderos y hasta a los profesores africanos que curan todo tipo de enfermedades solo con tocar al enfermo. Pero Jesús no tenía ninguna enfermedad. Lo que le sucedía era que le gustaban los hombres, y frente a eso no hay cura posible.
Pasado el tiempo, por fin nos presentó al chico con el que salía y, decía, quería compartir el resto de su vida. En cuanto aquel muchacho entró en casa, cuatro meses después de saber de su existencia, comprendí que mi hijo no iba a ser feliz con él. No me pregunten cómo lo supe, supongo que fue intuición de padre.
Mi familia estaba bien colocada socialmente. La empresa que fundó mi padre dio generosas ganancias y la gestión que había hecho yo a lo largo de mi vida las multiplicó.
Sin embargo, el muchacho que había elegido como pareja era la antítesis de mi hijo. Criado en una familia socialmente desestructurada que vivía en una caravana, no había acabado los estudios. Tampoco tenía un trabajo estable, si no que cada poco cambiaba: hoy era repartidor de pizzas, mañana camarero y pasado ayudaba en un taller mecánico.
Jesús se deshacía en regalos y le daba todos los caprichos que aquel muchacho quería. Prácticamente era mi hijo quien lo mantenía. Nos contaba que Gabriel lo había abandonado todo por él ya que su familia no toleraba su homosexualidad y le había dado a elegir entre ellos y mi hijo, y lo había elegido a él. Sin embargo, lo que mi mujer y yo veíamos era que la forma de pagarle era con discusiones y control sobre Jesús. Si nuestro hijo se veía con los amigos de la universidad, Gabriel tenía que ir, y si no lo hacía, aquello acababa en una discusión que llevaba a Jesús a pasar algunos días sin querer comer y encerrado en su cuarto sin parar de llorar.
A veces, en mitad de la noche, oíamos sonar el móvil de nuestro hijo, después, él bajaba al salón y desde allí llamaba a Gabriel, para demostrarle que estaba en casa y que no había salido con otras personas. Lo escuchábamos discutir sin levantar la voz. La mayoría de las veces acababa cediendo, pero en las que no era así, se volvía a su habitación llorando y así se tiraba hasta que caía rendido. Al día siguiente, todo volvía a la normalidad. Hasta el siguiente ataque de celos de Gabriel.

Por las mañanas Jesús acudía a la universidad y las tardes las dedicaba, en su mayor parte, a estudiar para sacar el curso. Los fines de semana, como cualquier chico de su edad, salía a divertirse y a pasear con Gabriel. Iban a cine, a musicales, cenaban en los mejores restaurantes y acudían a fiestas. Todo ello costeado por mi hijo.
El ritmo de vida que Gabriel le hacía llevar era muy elevado, por encima de sus posibilidades. Cuando quise hablar con él del tema, me contestó con evasivas y algún improperio, así que cambié de estrategia: me dediqué a investigar a Gabriel para hacérselo ver.
Cada mañana, cuando Jesús salía de casa, yo lo seguía. Descubrí que iba hasta un edificio de apartamentos donde vivía Gabriel. No lo podía demostrar, pero estaba seguro de que era mi hijo el que lo pagaba. Cuando abandonaba el lugar para ir a clase, yo continuaba espiando A media mañana, algunos jóvenes llegaban y momentos después salían acompañados de Gabriel. Lejos de ir a trabajar o a buscar trabajo, se dedicaban a sentarse en los bancos del parque a beber cervezas y fumar marihuana. En algunas ocasiones los seguí hasta casas de empeños y de compraventa de objetos para vender cosas, seguramente robadas. Y así fueron pasando los días.
Intenté explicarle a Jesús a qué se dedicaba Gabriel, pero lejos de creerme me llamaba mentiroso y me acusaba de querer separarle de su novio y hacerle infeliz.
Poco a poco la vida de mi hijo fue cambiando por completo. Empezó a faltar a alguna clase los viernes, después también las de la primera hora del lunes, más tarde las últimas de los jueves y finalmente no iba a casi ninguna. Sus notas bajaron tanto que las asignaturas que llevaba aprobadas con buenas calificaciones acabó suspendiéndolas por no presentarse o por dejar los exámenes casi en blanco.
En casa también cambió su comportamiento: llegaba tarde, incluso los días de diario, se quedaba en la cama hasta el mediodía y nos perdió todo el respeto a su madre y a mí. Muchos días venía bebido e incluso con síntomas de haber fumado marihuana u otra cosa peor. Recibía llamadas a mitad de la noche y salía de casa para volver de madrugada. En algunas ocasiones llorando y maldiciendo a Gabriel. Apenas comía y se pasaba las horas muy alterado e inquieto. El carácter bueno y afable de Jesús se había tornado en huraño e iracundo. Vasos rotos, portarretratos destrozados y puertas rotas a puñetazos eran las respuestas que obteníamos cuando no hacíamos lo que él nos pedía.
Su físico también cambió. Perdió mucho peso en muy poco tiempo. Los ojos se le hundieron y le aparecieron debajo unas ojeras tan marcadas que parecían tatuajes. Los huesos de las articulaciones, sobre todo de los codos, comenzaron a marcarse en su cuerpo. Sus pómulos salieron a la superficie como puntas de icebergs en el mar.
No supimos (o no quisimos) identificar los síntomas con la enfermedad que mi hijo padecía: estaba enganchado a las drogas. Ya era tarde cuando lo hicimos. Jesús dependía de las drogas. Mi mujer y yo decidimos cortarle el suministro de dinero, pensando que así podríamos paliar el problema, pero lejos de aquello, todo fue a peor, empezó a robarnos joyas para venderlas y comprar drogas. Cuando ya no le quedaba nada que quitarnos, comenzó a pincharse delante de nosotros para hacernos sentir culpables. Su madre no dejaba de repetirle una y otra vez que qué era lo que habíamos hecho mal.
Quisimos que recibiera ayuda para dejar las drogas, pero siempre recibíamos negativas. Se lo pedimos, se lo rogamos y hasta se lo suplicamos llorando, pero todo fue en balde. Sus respuestas negativas eran en forma de gritos, golpes en las puertas, objetos rotos y fugas de casa que duraban varios días. Cuando regresaba lo solía hacer llorando y con agresividad hacia nosotros si le queríamos ayudar. En una ocasión acudimos a un abogado para ver si era posible que lo incapacitaran y poder internarlo en un centro de forma forzosa. Sin embargo, nos dijeron que no podíamos hacer eso, que si se internaba en un centro de desintoxicación tenía que ser de forma voluntaria; así que desechamos la idea.

Hace un mes, con lágrimas en los ojos, nos dijo que necesitaba ayuda. Nos rogó llorando que lo ayudásemos. No sabíamos por qué ahora nos pedía esa ayuda que tantas veces le ofrecimos y él denegó.
—Gabriel… Gabriel… Gabriel… —balbuceaba una y otra vez sin responder a nuestras preguntas. Temblaba de pies a cabeza. No sabíamos si de nerviosismo, por necesidad de drogas o por una mezcla de ambas—. Se ha ido —dijo por fin—, Gabriel se ha ido. Teníais razón. Se ha aprovechado de mí.
Tras consolarle y dejar que llorase en los brazos de su madre, cenamos y se acostó. No durmió nada en toda la noche, lo estuvimos oyendo llorar desde el ocaso hasta el alba. Al día siguiente no salió del cuarto ni tan siquiera para comer. A la noche, conseguí entrar a hablar con él. Estaba temblando, me dijo que llevaba un día entero sin tomar drogas y que comenzaba a tener el mono. Le prometí que le ayudaría si él quería. Me pidió que le consiguiese algo de heroína. Le dije que no, que eso se había acabado porque la droga no le ayudaría. Aquella noche, como otras muchas que le siguieron, dormí en el cuarto de Jesús, tumbado en una alfombra a los pies de su cama.
Al día siguiente, le preparé el desayuno y se lo llevé a su cuarto. Me senté con él hasta que se lo acabó y después esperé allí hasta que empezó a hablar. Me contó que se arrepentía de no habernos hecho caso. Que desde el primer momento, Gabriel se había aprovechado de él. Le había sacado cada céntimo que tenía. Le había convencido para que le diera el pin de su tarjeta y poco a poco le había ido sacando todo el dinero de la cuenta sin que él se enterara. Cuando lo hubo conseguido, desapareció del apartamento sin dejar rastro. Cuando fue a buscarlo a dónde le había dicho que vivía con su familia, se encontró con un solar. No había rastro de Gabriel.
Durante los meses que fueron pareja, mi hijo había sido un juguete de aquel mal nacido. Había sido víctima de su ira, de sus celos y de sus excesos. Jesús trató de apartarlo del mundo de las drogas y la delincuencia en el que vivía, pero no había tenido éxito. Todo había sido al contrario. Comenzó probando un cigarrillo de marihuana, ante las burlas de Gabriel y algunos amigos de este. Después vino más marihuana y mucho alcohol. De ahí, pasó a tomar algunos tranquilizantes y sin saber cómo. Gabriel le había introducido de cabeza en la heroína. Le había dicho que con aquello alcanzaría cotas de paz y de placer sexual y físico que no había sentido en la vida. Empezaron fumándola para acabar inyectándosela. La última vez que vio a Gabriel, le había dejado una jeringuilla con heroína preparada para pinchársela.
—Voy a darme una ducha y enseguida vuelvo contigo, mi amor. Mientras tanto, tienes esto para pasar el rato —le dijo.
Cuando Jesús se pinchó, comenzó a perder el conocimiento y cayó desmayado. Lo siguiente que recuerda es verse solo en el apartamento, sin Gabriel, sin sus cosas y sin la mayoría de objetos que él le había comprado para la casa. Sin nada. Entonces comprendió que sus padres siempre tuvieron razón y que aquel hombre no lo quería realmente, si no que quería aprovecharse de él. Cuando acudió al cajero para sacar dinero y pagarse un taxi de vuelta a casa, descubrió que tenía la cuenta bancaria a cero. Gabriel le había robado todo.
En ese momento, cuando me contaba todo eso, se rompió y comenzó a llorar y me suplicó que lo perdonásemos y lo ayudásemos a salir de ese infierno.
Con el alma rota, las lágrimas bañando mi rostro y la ropa de mi hijo y cubriéndolo de besos, le juré por lo más sagrado que íbamos a ayudarlo.

Su madre y yo acabamos de dejarlo en un centro de desintoxicación. Cuando nos hemos despedido, nos ha prometimos que se curaría y volvería a ser aquel chico alegre que había sido antes. Al darnos la espalda y caminar por aquel pasillo, no vi a un chico de veintidós años, si no a un niño pequeño, asustado, que reúne el valor suficiente para enfrentarse a su peor miedo.



- FIN -


Consigna: Debes escribir un drama entre una pareja gay (hombre-hombre), redactada en tercera persona desde el punto de vista del padre de alguno de ellos. Extensión: mínima dos páginas (completas), máxima cuatro páginas.


sábado, 12 de diciembre de 2015

Las nubes de Ushuaia


Por Ricardo José Vega.


A Maira da Hora


Pequeñas lanudas ovejas del cielo...
a donde se piensan ustedes que van ?? 

no saben acaso que es el fin del mundo 
el lugar donde están ??
por que correr tanto acompañando al viento 
que es viejo y malvado y adora causar 
tifon...huracanes ... desgracias ...lamentos 
naufragios ...tormentos ...

goza al arrancar ... árboles ...tejados...
matar animales en los descampados 
o aves en su vuelo ... al peregrinar...

- pequeñas lanudas ovejas del cielo 
a donde se piensan ustedes que van -??

Mejor si quedaran fijas en el cielo 
como las estrellas al anochecer 
podrían jugar con el sol, que las busca 
sobre las montañas , al amanecer ...

Yo sé que les gusta cambiarse la forma 
imitar los barcos , la piel del cordero 
o ponerse negras y amedrentadoras 
como un aguacero...
o granizo talvez

o bien deleitarnos con la nieve fina 
que encubre los campos y hasta las colinas 
de los pueblos fríos , la tierra argentina 
y su sagrado mar

pequeñas lanudas ovejas del cielo 
a donde se piensan ustedes que van ??