sábado, 26 de marzo de 2016

Ojo de aire


Por Mirella S.


Alguien lo mira. Sobre su nuca siente que alguien lo mira. Acaba de llegar a la ciudad y casi no puede darse vuelta en esa calle extenuada de gente. Las caras que lo rodean parecen estar hechas con el mismo molde. Huecas de expresión. Los hombres con trajes azules y sombreros de fieltro; las pocas mujeres, de gris. Todo es neutro, de fábrica, como si la naturaleza se hubiera batido en retirada. Una cohorte mecánica que camina por ese desfiladero encajonado entre muros altos, donde las ventanas son rendijas. Sólo cemento, como las caras.
Sin embargo, él sabe que alguien lo mira, y no son los ojos embalsamados de los que marchan a su lado. También presiente que es un único ojo, lento, el que se desplaza desde la nuca al cuello, sube por el pómulo y se instala en su sien derecha. Una leve tibieza se le esparce en la piel. Como un beso. Se trepa a las cejas y se desbarranca por el puente de la nariz, buscando la boca.
El entreabre los labios, pero se produce un brusco movimiento en la multitud que lo desconcentra. Han llegado a un semáforo y el círculo rojo es la solitaria nota de color en tanta opacidad.
Siente su cabeza cada vez más atornillada a los hombros, como si fuera de una sola pieza. Ya no puede girarla a pesar de que necesita buscar ese ojo ingrávido que lo sigue. El ojo de aire que lo besa. Con la visión periférica vislumbra en el lado derecho una luz parpadeante. Una señal —piensa—, un lenguaje intermitente de luces y sombras. ¿Qué le dice? ¿Cómo lo decodifica? ¿Serán las pestañas, que al abanicar el aire, velan y descubren el relumbrar de ese ojo misterioso?
Ahora la tibieza se ha posado en la comisura de sus labios. Se dispone a degustar el beso, cuando es empujado nuevamente por los cuerpos de hormigón para cruzar la calle.
Atrapado en las caprichosas evoluciones del ojo, ha perdido el registro que le dan los otros sentidos. Nota una atmósfera aséptica, sin olores. Tampoco hay sonidos de voces, de tránsito, apenas el acelerado raspar de las suelas sobre los adoquines para no perder la pausa del semáforo. Pero en la esquina no hay autos que esperan la luz verde, sino otra multitud, perfectamente alineada y quieta.
Con esfuerzo logra mover la cabeza unos milímetros, en la dirección que supone debe estar el ojo. Un codo se le incrusta en los riñones y lo hostiga a mantener el ritmo de la marcha. Le parece ver más adelante, por encima del río de sombreros, un aleteo de luz. La mirada ya no lo toca. El ojo lo libera de su peso. Se aleja volublemente para seducir a algún otro turista desprevenido.
La sensación de abandono dura poco. El lugar del pecho en el que solía sentir el pulso de la vida, está extrañamente inactivo, tieso. En silencio. Adentro igual que afuera. Cemento.


©  Mirella S.   — 2012 —

miércoles, 2 de marzo de 2016

MURIEL PERDIO LAS PALABRAS

Por Verónica Villavicencio.

Con apenas 3 años, grandes ojos verdes y cabellos rojizos Muriel era la sensación del barrio. Hija del que llamaban Dr. H. el médico de la comuna, podría decir así de ver  que  estaba casi pronosticada al éxito. Todo “giraba” alrededor de Muriel en una vida donde el objeto justamente no fue el observado. Nadie veía a Muriel??
 Está claro que me refiero con ver” a términos físicos no fantasmagóricos. En ese lugar parecía nadie darse cuenta que algo no andaba tan espectacularmente como se pensaba…, incluso las personas del barrio  se mostraban como colectivamente intoxicadas o ajenas.
    Por aquellos días, solía ver a la niña frente a un viejo molino decorativo pasar largos ratos encerrada en sí misma mirándolo. Muriel estaba constantemente vigilada por todos los vecinos y por mí que era el nuevo policía del barrio. Mientras la niña se contentara con algo podía perderse tan lejanamente en el tiempo sin moverse más que dos o tres pasos…aunque en realidad estaba mucho más lejos de eso, tan lejos y carente de luz como su mirada. Por otra parte cuando se pretendía sacarla de ese sitio, Muriel gritaba y estremecía su cuerpecito hasta caer en el más inexplicable de los abismos.      
Corría el tiempo y nada parecía mejorar -por el contrario- la pequeña era casi “intocable”.
 Marcos A. de 5 años, hijo menor del comisario y vecino, prácticamente era el único ser que podía acercársele. Siempre iba donde el molino junto a la niña a hacerle compañía y compartir al menos una mirada de tanto de en tanto. Era un niño muy amable y eso a la niña llegaba como una caricia a su pequeño mundo extraviado. Nadie comentaba nada, nadie…
  Jueves 29 de enero 22 hs: Una amiga mía de la escuela primaria me recomienda al Licenciado en psiquiatría infantil Edmundo Parra como un profesional destacado en la materia. Fui a visitarlo e inmediatamente entendió mi cometido y se dispuso a ayudar.                                                                                                
   En primer lugar lo propuse en la Unión Vecinal como ayudante del coordinador de juegos de los domingos y así podría indagar ciertas cosas en los niños no en Muriel que nunca asistía…ni un solo domingo, pero era empezar con algo.
Domingo 6 de febrero 8.00hs am: El Lic. Edmundo Parra. ingresa a una oficina para utilizarla a modo de consultorio, solo pidió un sillón extra y algunos juegos de niños.
Lunes 12 de febrero 21.00 hs am: El Lic. Parra y yo nos reunimos a ver algunos datos recolectados entre los que se encontraron declaraciones como éstas:
*Marcos A. el amigo de Muriel: “no quiere dormir en una jaula y creo que  le asusta que sus padres prendan velas a su alrededor. Muriel perdió las palabras, creo que se las comió el gato y por eso su papá le cortó la cabeza y la obligó a comérsela. ¡Qué asco! A mí nunca me dieron esa medicina, menos mal que yo hablo bastante bien. Creo que su papá no es buen doctor.
*Lautaro G. de 11 años: Yo a veces me siento enfermo de un secreto
*Muchos coincidían en la frase “Todos sabemos de lo que no debemos hablar”
 *“Sueño que Muriel  comete algo terrible”, “Sueño que matan a Muriel”
 *“El doctor H . pasó por casa y se llevó a mi papá a conversar pero tuvieron un accidente, parece, mi padre estaba golpeado y asustado”     
 Luego de semejantes dichos ambos nos miramos y convenimos en ir a la justicia dado que podría tratarse de un casode abuso por parte de los padres de Muriel, Por otro lado era evidente que quienes vieron algo fueron castigados o amenazados. 
Miércoles 16 de febrero 7.00 hs: una comitiva de oficiales uniformados irrumpieron en la vivienda del doctor H. cerrando los perímetros con cintas e incautando todo tipo de extraños objetos. En un principio parecía deshabitada; sospechamos que pudieron escapar al enterarse de algo, pero luego ocurrió lo peor…lo peor.
   Al entrar en la bodega subterránea de la casa, el oficial a cargo se percató de un cofre de madera en el cual segundos después encontraron a la niña Muriel como enajenada, con escamas color gris profundo en toda su piel y dos enormes lenguas sobresalían de su boca entre los enormes y puntiagudos dientes que rehundidos en sangre masticaba casi desprevenida trozos de carne…sazonada?. A escasos metros de ella yacían los cuerpos de sus padres con signos de haber sido golpeados, seccionados y evidentemente comidos por la extraña criatura ..”su hijita adorada”, hasta matarlos. Los dos padres estaban cubiertos con piedrecillas similares a residuo de ladrillo, hierbas quemadas e inciensos encendidos entre las torrecillas de sal que por doquier cubrían los cuerpos. También se encontró una biblia y una hoja escrita que decía: “ Mi niña está atrapada dentro de este monstruo… libérenla!”.
Yo con horror confesaría que lo que ví era un banquete con preparación exquisita: carne ahumada y sazonada con hierbas ,abundante sal y el dolor de las víctimas fue el toque especial del chef, el cual encerrado en ese mueble podía disfrutarlos con picardía..la picardía de una niña pequeña para con sus padres.
    Se llamó a personas especializadas para analizar a Muriel la “criatura” antes de trasladarla, dado que su estado era tan pacífico que no presentaba más obstáculos que las agallas para tocarla. Los peritos demoraron demasiado y pasadas unas dos horas, la cosa” expira con un rugido tan sufrido que aún ante el aparente demonio que significaba logró arrancarme una lágrima y muere…Mi querida Muriel se había ido o al menos un trozo de inocencia que habitaba en ese monstruo ya no vería más porque yo sí podía ver a mi inocente Muriel dentro de ese ser abominable y podía sufrir su muerte y llorarla.
    De lo que sucedió después nada real pudo saberse. Los testigos del hallazgo fuimos aconsejados por el Ministerio para silenciar por un tiempo el hecho que se caratuló: Homicidio en ocasión de robo. La niña y sus padres tuvieron cristiana sepultura.
   Yo como vigilante del barrio renuncié al día siguiente del hecho. Simplemente dejé mi carta de retiro al jefe vecinal y me fui sin decir palabra. Sentía demasiado odio hacia todos ellos, no importa el porqué, fueron cómplices y culpables de este desenlace criminal al encubrir seguramente más de que lo declararon saber… Solo me contentaba en que la tragedia pudo ser aún peor y costarle a vida a Marcos A.; igualmente el niño lloró a su amiga desde lo entrañable de su corazón.
Hace cuatro años  encontré a Marcos en una feria y nos reconocimos de inmediato; llegado el tema de lo sucedido aquella vez me dice: ella era buena, su mejor parte lo era…me entristecía verla llorar por haber perdido sus palabras, creo que era el único que realmente la amaba. Muriel era fuerte como el océano en la tormenta pero de corazón era un  manso atardecer apasionado…” Sin nada más que agregar nos despedimos y esa fue la última vez que lo vi. Respecto a mí… ya no me quema el fuego.
Fin

martes, 1 de marzo de 2016

Antagónico despertar

Por Gean Rossi.

           Algo ocurría aquel día. No le sorprendió entonces, sentada en su puesto de siempre en la mesa del comedor, mirando con detenimiento la comida ante sus ojos. Porque apenas despertarse aquella mañana, sabía que algo había cambiado en ella.
            Apoyó el tenedor sobre el bistec y lo levantó unos centímetros del plato de cerámica para mirar por debajo de él, como si escondiese algo, para luego dejarlo caer en un chapoteo provocado por la sangre aún chorreante de la carne a medio cocer.
            Glúteos, vaya delicia.
            Percibió la mirada de su madre, al otro lado de la mesa.
            —¿Ocurre algo? —preguntó curiosa y al mismo tiempo extrañada.
            —No, todo bien —Mentira—. No cargo mucho apetito hoy, no sé.
            —Igual debes comer si esperas sentirte mejor.
            —Pero…
            —¡Que comas, dije! —exclamó, mirándola como quien hace un acto indecente en público.
            Su hermanito se sobresaltó tanto como ella. Nadie dijo más hasta que terminaron de almorzar, perdidos en la comida que, al parecer, ahora no todos en la casa parecían disfrutar. Al final Ana logró comer, bajando cada bocado con un largo sorbo de agua que parecía no ser suficiente. Cuando vio el plato vacío y los ojos satisfechos de su madre, se sintió mejor. Pero solo un poco, pues en lo que todos se descuidaron, se encerró en el baño de su habitación a vomitar los restos apenas masticados de carne humana.
            Pasó la tarde tirada en cama, cavilando; correteando en sus incansables pensamientos que atacaban su cabeza como un niño lanzando puntapiés a cada uno de sus nervios, de sus preocupaciones, de sus miedos. Se puso en pie y se dirigió al baño para bajar el inodoro por décima vez cuando alguien tocó a la puerta.
            —Hija, ya es hora —anuncia la voz de su madre, amortiguada por la madera de la puerta.
            —¿Hora de qué?
            —De preparar la cena. Te espero abajo.
            Lanzó una mirada a la ventana: empezaba a anochecer. No logró responder. No porque su madre ya se había retirado del otro lado, sino porque las palabras no salieron de su boca. Quedó con ella en hacer la cena y lo había olvidado por completo.
            Respiró profundo y, a pasos lentos y dubitativos, logró bajar las escaleras y llegar a la cocina, donde su madre la esperaba con un amenazador cuchillo y una tabla de madera sobre la que reposaban toda clase de órganos vitales.
            —Toma —dijo la mujer tendiéndole el mango del cuchillo.
            Intentó que su mano temblara lo menos posible al momento de sostener el utensilio mientras se posicionaba frente al montón de órganos. Había un par de riñones, un hígado y un corazón que por momentos parecía moverse solo. Se quedó allí esperando instrucciones, o más bien, esperando a que un impulso de sus piernas la ayudara a salir corriendo de allí.
            —Muy bien —comenzó su madre de pie junto a ella, apoyando una mano sobre su hombro—. Vamos a preparar órganos guisados, una de tus recetas favoritas.
            No.
            —¿Por qué debo hacerlo?
            —Porque algún día te casarás con un hombre al que le deberás cocinar, y dominar la cocina humana es todo un arte que lleva tiempo.
            —Está bien —respondió, resignada.
            —Empieza picando el hígado en trozos no muy grandes. —Su madre acercó su mano hasta el hígado dispuesto sobre la tabla, haciendo trazos invisibles mientras hablaba—. Puedes hacer un corte a la mitad y luego en tiras. Pero no muy angostas, ¿eh?
            Afincó el cuchillo. El acero inoxidable al deslizarse sobre el pegajoso hígado le provocó un escalofrío que su madre no pareció notar. Vino un corte luego del otro hasta que el hígado perdió su forma original para convertirse en una montaña de tiras marrones (casi negras) apiladas ahora en una esquina.
            —Pon a calentar la cacerola con un poco de aceite mientras vas cortando el corazón.
            Siguió sus órdenes como un robot, sin mirar a otro lado y a la vez mirando a nada. Con la llama ahora a todo dar contra la superficie de la cacerola, volvió a su puesto frente a la tabla.
            —¿Y ahora?
            —Tomas el corazón y lo cortas en trozos considerables —explicó, esta vez sin hacer trazos con sus dedos—. Ni muy grandes ni muy pequeños. No importa que no sean iguales.
            Posó su mirada sobre aquel corazón, poco más grande que su mano. ¿A quién habrá pertenecido? ¿A quién habrá matado su madre solo para complacer un capricho, o una llamada “tradición”? Alguien murió solo para darles alimento, y pensar en ello, la hacía estremecerse como nunca. «Por si estás viendo esto —dijo en su mente, hablándole al corazón—, lo siento mucho. Lamento que hayas tenido que formar parte de esta locura».
            —Dale, pues —rompió su madre, dándole un empujoncito.
            Con la mano libre tomó el corazón, y apenas tocarlo, sintió una ola de frío que atravesó cada parte de su cuerpo. Casi podría asegurar haber sentido el corazón palpitar entre sus dedos. Órgano y cuchillo cayeron al suelo acompañados de un grito ahogado por el súbito sobresalto. Percibió los ojos de su madre, ahora abiertos como platos.
            —¡Maldita sea, Ana!, ¿qué te pasa? —gritó mientras se agachaba a recoger lo que había caído.
            —Lo siento, mamá. —Las palabras salían entrecortadas—. Yo…
            —¿Será que puedes comportarte? Pareces una niña. —Dejó el corazón y el cuchillo a golpes sobre la tabla de cortar para dirigir la mirada a su hija—. Ahora escúchame bien. Vas a tomar ese cuchillo y vas a aprender a cocinar.
            —No quiero —susurró en un hilillo de voz.
            —¿Cómo que no quieres?
            —¡No quiero saber nada de carne ni órganos! —exclamó eufórica—. ¡Los odio!
            —¡Pero si anoche te devoraste las empanadas de sesos! Ana, no… —Dejó las palabras al aire mientras intentaba comprender a lo que quería llegar su hija—. ¿Qué quieres entonces? ¡Dime!, ¿¡qué quieres!?
            —Quiero ser vegetariana.
            Los ojos de su madre parecían a punto de salir de sus órbitas.
            —¿Disculpa? —preguntó esbozando una sonrisa incrédula.
            —Pues eso. No quiero comer carne más nunca. Fin.
            La sonrisa desapareció del rostro de su progenitora.
            —Te vienes conmigo. Ya. —sentenció tomándola del brazo tan fuerte que casi le hizo brotar sangre.
            Ambas empezaron a forcejear, pero al final, Ana tuvo que resignarse a cualquier intento de arreglar las cosas (o empeorarlas incluso más), mientras la llevaba a través de la casa, seguidas bajo la mirada asustada de su hermanito menor. «¡Corre!», quiso poder gritarle, pero las palabras no lograron salir, así que se limitó a devolverle la mirada entre lágrimas.
            Llegaron a la puerta desvencijada que daba con el cuarto trasero. Su madre la abrió, y con una patada en el muslo, la dejó tirada en el suelo, de espaldas, mirando a aquella bestia que ahora no creía conocer.
            —De no haber sido porque me comí a tu padre, no estarías viva ahora, niña ingrata —dijo de pie desde la puerta, prominente y terrible—. Desde entonces, supe lo que era comer de verdad. Así que no vendrás tú con tus caprichos a cambiar las cosas.
—¿Por qué lo haces?
—En tiempos de guerra, cualquier alimento es preciado. Así que si quieres sobrevivir, tendrás que empezar a agarrarle el gusto de nuevo a la carne humana.
            Y allí quedo, viendo cómo se cerraba la puerta, seguida por el sonido de la cerradura al ser pasada con llave.
            ¿Cuánto tiempo había pasado ya desde aquella última imagen de su madre? ¿Diez minutos? ¿Una hora? ¿Un día? Había perdido cualquier noción del tiempo. De lo único que estaba segura era que, moría de hambre. Intentó dormir, pero sus horas de sueño se veían entorpecidas por los lamentos de su estómago que la hacían estremecerse sobre el ovillo en el que estaba entre sus piernas.
            Miraba a todos lados, en busca de algo distinto, pero nada cambiaba. Seguía en la misma habitación a oscuras, iluminada apenas por un bombillo que parecía a punto de quemarse en cualquier momento. No había siquiera una ventana por la que escapar, y las paredes y puerta se mostraban impenetrables ante cualquier golpe.
            La cabeza se le iba a los lados, la mirada se le desviaba y las pocas fuerzas que le quedaban eran apenas un atisbo de energía suficiente para ponerse de pie una última vez. Miró al otro lado. Allí estaba el congelador en el que su madre guardaba las reservas cuando en el refrigerador principal ya no cabía más.
            Así que si quieres sobrevivir, tendrás que empezar a agarrarle el gusto de nuevo a la carne humana.
            Apoyada sobre sus muñecas, consiguió ponerse en pie. Caminó hasta el congelador al otro lado de la habitación. La ola de frío que sintió apenas abrirlo le hizo entrecerrar los ojos, pero eso no evitó que su mirada se encontrara con el pálido rostro de aquel desconocido. Su estómago refunfuñó de nuevo. No faltaría mucho antes de que se desmayara.
            Sacó el cuerpo casi a rastras y lo tendió en el suelo. Empezó con un mordisco suave, en la pierna. Estaba helado, pero qué bien sabía al contacto con su boca caliente. La sangre al descongelarse empezaba a correr por su cuello hasta perderse en su ropa. Creyó que vomitaría, pero eso no ocurrió. Su estómago asimilaba aquello como un manjar, y ahora no podía parar.
            Por un momento le vino a la mente la chica inocente que casi estuvo a punto de cambiar. ¿Pensaba perderse todo aquello de su vida? No, jamás.
            —Has aprendido bien, hija —dijo de pronto la voz de su madre tras de ella. Su hermano también estaba allí, mirándola con orgullo engullendo los músculos ya no tan congelados de aquel tipo.
            Claro que sí. Había aprendido.
            Lanzó una mirada de reojo a su madre, quien se sentaba de rodillas junto a ella para acompañarla en el banquete.

            Espera a que cierres los ojos esta noche, y descubrirás lo que he aprendido.

Con las manos en la masa

Por Robe Ferrer.

Siempre que vuelve a casa, me pilla en la cocina, embadurnada de harina, con las manos en la masa. Pero aquel día iba a ser diferente. Era una noche especial, ya que íbamos a celebrar nuestro décimo aniversario y la cena estaría lista cuando él llegara.
        Como entrante, le he preparado unos riñones al jerez. Para prepararlos, lo que hice fue, en primer lugar, limpiarlos bien por fuera, abrirlos y limpiarlos por dentro. Después los dejé reposar con agua y vinagre en un bol durante un cuarto de hora.
Entretanto, corté la cebolla en cuadradito pequeños y la sofreí en una sartén con ajo picado y aceite de oliva. Ese olorcillo del sofrito me abrió el apetito, así que, para calmarlo, me comí un trozo de queso y me bebí una copa de vino. Cuando pasaron los quince minutos, eché los riñones escurrido a la sartén, le agregué mostaza y un generoso chorro de vino de jerez y lo dejé cocer todo durante ocho minutos. Lo mantuve con el fuego al mínimo para que siguieran calientes hasta la llegada de mi marido.
Aquella mañana había preparado el plato principal, carne guisada. Como era un plato que llevaba más tiempo, lo preparé antes, y así solo tener que calentarlo un poco mientras disfrutábamos los riñoncitos.
Me costó un poco, porque era la primera vez que la preparaba. Puse los pimientos choriceros en remojo durante dos horas y después los limpié por dentro. Salpimenté y enhariné la carne antes de poner a rehogar en aceite tres dientes de ajo y las hojas de laurel. Añadí la carne y le eché la cebolla, que previamente había cortado en tiras. Tras un par de minutos, le añadí un vaso de vino. En lo que se evaporaba el alcohol, le eché el pimentón al guiso. Le puse los pimientos y cubrí todo de agua para dejarlo cocer durante dos horas. Corté la zanahoria en gruesas rodajas y se la añadí. Rectifiqué un poco la sal, y lo dejé reposar hasta hace un rato que lo puse a calentar a fuego lento.
Para el postre, tenía una tarta helada. Pero antes, había un tercer plato, pero no lo podré preparar hasta el último momento, porque si se queda frío, no sabrá igual. Mi marido se chupará los dedos o eso espero. Además, cumpliré el deseo que siempre me repite una y otra vez y nunca lo hago, pero hoy es un día especial.

Oigo las llaves entrar en la cerradura y girarla. Mi marido ha llegado. Salgo inmediatamente de la cocina para recibirlo con un beso.
—Hola, cariño. ¡Feliz aniversario! —le digo con entusiasmo.
—¿Es nuestro aniversario? ¿Cuántos años llevo aguantándote? —me espetó.
—Diez.
—¿Y en diez putos años aún no has descubierto que lo que quiero al llegar a casa es una cerveza, y no que vengas como un perro faldero a chuperretarme? Tráeme una cerveza, que voy a ver las noticias. ¿Está lista la cena?
—Sí, amor —le respondo. Obediente, saco una cerveza del frigorífico y se la llevó al salón. Allí está sentado, con los pies descalzos sobre un pequeño escabel que tenemos. Le entrego la cerveza, recojo sus zapatos y le traigo las zapatillas de estar en casa. Después le entrego un paquete—. Te he comprado un regalo.
Él lo coge y lo abre. Mira el llavero de plata. Lo mueve entre los dedos, lee la inscripción que mandé grabar.
—Muy bonito. Ahora podrías traerme otra cerveza.
—Pero aún tienes esa por la mitad y la cena está lista, se va a enfriar.
—¡Cómeme la polla y tráeme la puta cerveza! —me dice a la vez que me lanza el llavero, el cual me impacta en la espalda por girarme como acto reflejo para protegerme. Mañana seguro que tendré un buen moratón .
Ya estoy acostumbrada a esos arranques de furia después de diez años que hace que nos conocemos. Al principio todo era maravilloso y nada hacía pensar que mi marido fuera un hombre violento. Al año de relación, nos casamos y nos fuimos a vivir juntos en un pequeño apartamento de las afueras. Al principio todo era ilusión y planes de futuro, pero estos se truncaron cuando no podía quedarme embarazada. Entonces fue cuando él empezó a beber con asiduidad y a culparme de que no pudiéramos tener una familia.
Me hice pruebas y visite a varios médicos, y todos me dijeron que estaba bien, que no tenía ningún tipo de problema de fertilidad. Que estaría bien que mi marido se realizase pruebas para ver si era él quién tenía el problema o simplemente era cuestión de tiempo. También me hablaron de la posibilidad de utilizar técnicas de reproducción asistida.
Con una nueva ilusión, llegue a casa y le conté a mi marido lo que me habían dicho los médicos; que él debería hacerse también pruebas y que en el caso de que fuera él el que tuviera el problema de fertilidad, podríamos recurrir a técnicas de laboratorio.
Entonces sucedió. Con la velocidad de un rayo, me lanzó una bofetada que me rompió el labio y me hizo caer al suelo.
—¡No vuelvas a insinuar que soy yo quién tiene problemas para tener hijos! —me dijo antes de escupirme—. Yo soy muy macho y puedo tener hijos. La culpa es tuya, así que asume tus responsabilidades.
Esa fue la primera y última vez que le hablé del tema. Ese día asumí que jamás iba a ser madre.
Él trabajaba de mecánico en un taller ocho horas al día. Aunque tenía tiempo para venir a casa a comer, hace mucho que decidió quedarse a comer en algún bar del polígono en el que está el taller. Y, aunque nunca lo he dicho en voz alta, lo agradezco. Es una liberación para mí. Después del trabajo, siempre va a tomarse algunas cervezas con sus compañeros antes de venir a casa. Al llegar, le gustaba que la cena estuviera lista, aunque antes siempre se sentaba en el sillón a beber una cerveza, o dos.
Yo trabajaba en una tienda de moda durante dos años después de casarnos; sin embargo, lo dejé por petición de mi marido. Cuando todavía iba a casa a la hora de la comida, quería que esta estuviera lista cuando él llegara. A mí aquello me costaba trabajo, ya que salía a la misma hora que él y apenas me daba tiempo a tenerlo todo preparado a su llegada. Todos los días había algún reproche: la comida estaba muy caliente, salada, sosa, fría, no sabía igual que la que hacía su madre… Tuve que faltar numerosas tardes al trabajo por tener que recoger sus destrozos para que cuando volviera a la noche la casa estuviera en perfectas condiciones.
Una y otra vez me decía que tenía que dejar de trabajar para ocuparme de la casa como una buena esposa. Y así lo hice. Pedí mi baja voluntaria del trabajo y me dediqué a las labores del hogar. A pesar de ello, las cosas nunca estaban a su gusto. Si la comida estaba a tiempo, me gritaba porque había polvo en el mueble, si no era por el polvo era porque no tenía una camisa planchada o por una fotografía mal colocada.
Primero hubo gritos, después empujones, golpes y lanzamiento de objetos. He soportado todo eso durante años; en silencio, por la vergüenza y por el rechazo social. También por miedo a las represalias que pudiera tomar contra mí. Realmente, ese ha sido el principal motivo de de mi silencio.

Le llevo una nueva cerveza y se la dejo en la mesa. Sé que cuando acabe la primera (y eso será en pocos segundos) se levantará y se sentará a cenar, y quiere tomarse allí la otra cerveza. Vuelvo a la cocina y cojo dos platos, dos vasos y dos juegos de cubiertos. Las servilletas ya están en su sitio. Me siento paciente a esperar que él haga lo mismo.
Por fin se sienta y le sirvo el entrante de la cazuela de barro en la que he mantenido los riñones calientes. Coge un trozo de pan y comienza a comer con avidez, como si hiciera semanas que no hubiese comido. Coge la barra de pan y se parte un generoso trozo para mojar en la salsa. En cuanto acaba, le sirvo la carne guisada, de la que también empieza a dar cuenta. Me quedo a su lado para verle comer.
—Esto está buenísimo —me dice. Es el primer halago que recibo desde… Hace tanto tiempo que ni lo recuerdo—. ¿Dónde has comprado la comida? Por que esto no tiene nada que ver con la mierda que venden en la carnicería esa en la que compras.
—Te hice caso. No recuerdas que el otro día te pregunté que qué carne quería para cenar hoy, y tu respuesta fue «de mi puta madre». Pues eso es lo que te estás comiendo: a tu puta madre. La maté y la he guisado para ti.
Sin darle tiempo a reaccionar, le inyecto un sedante que llevo escondido en mi bolsillo.
Han pasado tres horas desde que lo dormí y empieza a recuperar la consciencia. A pesar de ello, la anestesia que le he suministrado después, impide que sienta dolor. Le tengo atado a la silla de pies y manos. También le tengo la boca tapada con cinta de embalar, la cual le retiro para que deguste el último plato. Aunque al principio se resiste, finalmente, consigo que me meta en la boca el pedazo de carne que le he cortado y tengo pinchado en el tenedor. Lo mastica y lo mastica con lentitud. Yo también hago lo mismo, me meto un trozo de carne y lo mastico. Después repito hasta acabarme mi ración. Él sigue con el primer trozo en la boca. Supongo que los sedantes le impiden comer con normalidad.
—Y por fin he cumplido tu sueño —le dijo. El me mira con cara de incertidumbre—. Te acabo de comer la polla.
Mira hacia la entrepierna y se encuentra con que está desnudo de cintura para abajo, con el miembro amputado y desangrándose por la herida que hay donde antes tenía su inútil pene.

Un hombre solitario

Por Raúl Omar García.

Con su habitual andar parsimonioso, llegó hasta un banco de la plaza y se sentó allí a disfrutar de la tarde soleada. Sacó del bolsillo de su saco a cuadros marrones un pan seco, el cual fue arrojando de a trozos en el pasto para darle de comer a las palomas, que no tardaron en posarse ante él en busca de las migajas.
    Así pasaba los días ahora. Ya estaba viejo y era un hombre solitario que había dejado atrás todas sus costumbres lozanas. Darles comida a las aves le hacía sentir bien. Encontraba en ello una satisfacción que resultaba incomprensible, incluso para él mismo. Solía quedarse ahí un par de horas y después retomaba su vuelta al hogar. Era una rutina a la que le había tomado el gusto.
El viento alborotó su cabello y arremolinó las hojas caídas, apenas alterando a los plumíferos. Un papel danzó en el aire y fue a parar de lleno en el pecho del hombre, quien, por reflejo, se llevó la mano al torso para atraparlo. Estaba a punto de hacer un bollo con él cuando se percató de que tenía algo escrito.
Se trataba de una receta de cocina copiada a mano con lápiz negro, con letra elegante, delicada: «letra de mujer», se dijo.
El anciano frunció el entrecejo y soltó un bufido que pretendió ser una risa, pero se puso serio al instante. Levantó la cabeza y echó una ojeada a su alrededor en busca de alguien que pudiera haberle lanzado ese apunte con la intención de jugarle una broma, pero, a simple vista, solo había dos mujeres (una de ellas con un bebé en su cochecito) a pocos metros de él muy concentradas en su conversación, y ambas lo ignoraban por completo. Bajó la mirada y leyó detenidamente:

Para el seso:
1 cerebro entero.
2 cucharadas de vinagre, o jugo de 1 limón.
1 hoja de laurel.
1 ramita de tomillo.
Granos de pimienta.
1 cdta. de sal.
Primero se pone en un recipiente abundante agua fría y se sumerge el seso allí durante media hora.
Luego se le quita la película o telilla que lo cubre, con cuidado, se enjuaga bien y recién entonces estaría listo para cocinar.
Ponerlo con todos los ingredientes en una cacerola con agua.
Llevar a fuego suave hasta que el agua llegue a punto de hervor, luego dejarlo cocinar durante 10 minutos más. Si los sesos fuesen pequeños, se debe emplear la mitad de tiempo en su cocción.
Es conveniente dejarlo en la misma agua si el seso no se va a utilizar enseguida, de lo contrario se retira y se deja enfriar un rato antes de la elaboración del plato.
Los sesos más empleados en la cocina son los de bebés (estos son ideales para saltearlos en una sartén con ajo, perejil, aceite de oliva, sal a gusto, y mucho limón), niños y adolescentes.

En caso de preservar la cabeza del infante:
 1 cabeza.
2 cabezas de ajo.
Hiervas a gusto.
Sal a gusto.
En primer lugar, afeita el cráneo y las cejas.
Si tiene dientes, quítalos con una pinza o tenaza.
Enjuaga bien la cabeza en agua helada para retirar los restos de sangre y pelos.
Frotamos la cabeza con el ajo y las hierbas. Rellenamos con ellos la boca y los orificios de las orejas. Dejamos reposar por tres días en la heladera.
Si lo deseas, puedes separar la lengua para prepararla al escabeche o a la vinagreta.
Hervimos agua en una cacerola. Agregamos la extremidad.
La dejamos cocinar por 5 horas a fuego lento.
Retiramos y dejamos enfriar.
La mojamos con mucho jugo de limón, o de naranja, y la metemos al horno por 45 minutos a 180 grados, hasta que la piel esté crujiente.

El hombre no podía creer lo que estaba leyendo, sonrió y quitó la vista del papel. Volvió a mirar en torno a él: por la esquina cruzaba un paseador de perros con ocho canes sujetos al cinturón. Un grupo de jóvenes andaban en patineta en dirección a las pistas de skate que había a dos cuadras de allí. Observó nuevamente a las mujeres en las que había reparado antes. Una de ellas rebuscaba en los bolsillos de su pantalón mientras oteaba el piso. La otra, la que sostenía el cochecito, le hablaba con gesto adusto. La que buscaba con impaciencia se palmeó los muslos con vehemencia, se llevó una mano a la cintura y la otra a la frente. Parecía indignada. Entonces, su visión se topó con la del viejo. Este dio un respingo. Arrugó la hoja y se la metió en el bolsillo. Tragó saliva. Se hizo el desentendido. Su mente era un torbellino de ideas locas y deducciones absurdas. Tiró un poco más de migas a los pájaros, se levantó y se fue.
Una vez que estuvo en su domicilio encendió el televisor y se sentó a la mesa. Sacó la hoja con la receta y la estiró para leerla otra vez. Respiró profundo, negó con la cabeza, chasqueó la lengua, se puso de pie y arrojó el papel al cesto de basura. Se dirigió a la heladera, abrió la puerta del freezer, metió la mano entre los restos congelados de carne humana (dedos, orejas, lonjas de glúteos cortadas para milanesa, penes, testículos), y sacó del fondo el cadáver de un bebé. Lo colocó en la bacha de la mesada y abrió la canilla para dejar correr el agua sobre él. Cerró el grifo, puso el cuerpo sobre la tabla de madera que sacó del bajomesada y con una cuchilla que extrajo del primer cajón le cortó la cabeza de un golpe.

El hombre preparó la comida con la certeza de que no estaba tan solo como él suponía.  Y por primera vez en su vida, tendría la oportunidad de poder invitar a alguien a cenar sin temor a que su invitado termine como plato principal.

Corazón Friendzoneado

Por Luis Ironicus Maximus.

Para la preparación de este suculento plato que es una re interpretación a nuestros tiempos de una receta clásica que data de hace siglos, es necesario disponer del tiempo para la elaboración ya que puede demorar mas de un par de semanas.
Es necesario seguir al pie de la letra las instrucciones así como la lista de los ingredientes, no se recomienda de ninguna manera hacer sustituciones de los ingredientes y en la medida de lo posible mantener la entereza y estoicismo
Se recomienda servir tan frio como se pueda para de esta manera no romper con el espíritu de la receta



Los ingredientes necesarios son:

1-      Corazón de buena edad, unos 28 o 30 si es posible (si es mas joven es impredecible y mas viejo se vuelve indiferente)
2-      2 Botellas de whisky a su elección (puede utilizar tequila o algún otro licor si prefiere pero el whisky tiene un efecto mas rápido y le da un aire maduro a la carne si es que por si misma no la tiene)
3-      Cuentas vigentes en las redes sociales mas populares (facebook, twetter, instagram, etc.) y mantenerlas al día, si es posible con actualizaciones cada hora
4-      1 patán o patanesa como interés romántico según el sexo de quien prepare
5-      Sal y pimienta al gusto


Antes de comenzar la preparación un par de aclaraciones:
Este platillo se prepara como el famoso hagáis escocés, al ser una visera de mamífero es decir dentro del cuerpo del “animal”, es posible que al momento de extraer el corazón aun brote sangre, si esta salpica su cara o ropa apresúrese a lavar con bicarbonato y agua abundante o en su defecto llevarla a su tintorería de confianza,
Si es en su cara manos o piel en general con agua y jabón se limpia el desastre

Ahora estamos listos para preparar este maravilloso platillo que seria la envidia de nuestro maestro el DR Lecter







Paso 1
Comience por sazonar el corazón con demostraciones de afecto publicas tanto como privadas, provoque que de vueltas confundido por su repentina atención y quede sin saber que decir, continúe con detalles propios de un enamorado hacia el portador de nuestro corazón, pueden ser desde invitaciones al cine o desayunar antes de ir a trabajar hasta pequeños detalles enfocados a los gustos del antes mencionado portador

Es necesario tener un “timing” muy preciso para saber cuando este completamente enganchado, cuando esto pase apresúrese a presentar al patán o patanesa al portador, esto provocara una inyección de confusión y de adrenalina que enriquecen mucho el sabor de nuestro platillo

Nos daremos cuenta que estamos siguiendo los pasos adecuadamente si notamos arranques de celos e ira o una sutil indiferencia hacia nosotros después de la introducción de la parea oficial

Paso 2
Jure por lo más sagrado para usted que siente “algo” por el portador pero ojo aquí esta el truco de la receta el twist que lograra que este plato sea el mejor de su carrera como antropófago

Jamás aclare que es ese “algo” que usted siente, quéjese amargamente de lo mal que le va con el patán o patanesa, piense en voz alta y estando cerca del portador que tal ves su vida seria diferente y mejor con el o ella, salga con sus amigos y tómelo del brazo, recárguese en el si es usted una dama si es un caballero no pierda oportunidad de tomarle la mano, pasar su brazo por detrás del cuello de ella y besarla en la mejilla sin recato alguno enfrente de todos

Esto suavizara el corazón y empezara a cocinarse con la más vana de las esperanzas lo cual le dará una consistencia a la carne suave y jugosa


Paso 3
Agregue las botellas de whisky despacio copa a copa hasta que se sienta desinhibida(o) y empiece a hacer confesiones de amor hacia nuestra persona, después de las mismas usted pierda el control abrace y bese al portador llegue mas lejos y hágale el amor como si no hubiera mañana como si fuera el amor de su vida y estuviera usted dispuesto a cambiar todo por un día mas con el portador

Después haga todo lo posible por desaparecer de su vida al menos una semana pero mantenga sus redes sociales al día con publicaciones acerca de lo ocurrido pero que solo el portador entienda por ejemplo:
“La mejor noche de mi vida”  - “No recordaba esta emoción” – “Creo que la vida me lo tenia reservado para el final” o similares y por ninguna razón responda mensajes directos inbox y mucho menos llamadas o whatsapp del portador
Esto podría dar al traste con todo el esfuerzo que hasta hoy hemos hecho

Paso 4 y ultimo

Estamos casi listos, para este punto el portador esta listo para perder el control y hacer o deshacer por nosotros
Esto nos pone en una posición privilegiada al poder tener un asiento de primera fila para apreciar a un ser humano, noble, tierno, valiente pero con aun mucha inocencia lo cual confirma que el ser humano es capas de lo indecible por lograr lo que cree es la felicidad, sea esta propia o por el objeto de su afecto.

Acorde una cita con el portador y siga aderezando con alcohol (tragos cortos, esta vez no es recomendable que nadie pierda el control) tómese el tiempo necesario para el toque final

Después de ofrecer una muy breve y escueta disculpa por desaparecer sin avisar preséntele al portador la invitación para su boda con el patán o patanesa tómelo de la mano y dele las gracias por siempre estar “allí” para usted por ser la persona mas increíble que ha conocido y que su vida seria un desastre si el o ella, prepare el tiro de gracia con el clásico “Eres mi mejor amigo(a)”

Retire ahora el corazón del cuerpo antes que se rompa, no se preocupe por usar algún cuchillo el pecho ya debe estar abierto y es muy fácil la extracción, sírvalo en un plato plano adorne con frutos rojos como cerezas o frambuesas que van muy bien con la carne roja si le apetece acompañe con vino tinto

Y disfrute de un plato bien preparado y tenga la satisfacción de haber puesto todo su empeño y mucho esfuerzo, esta es su victoria no lo olvide


Le deseo buen provecho y una feliz vida.

BUEN GOURMET

Por Zvonimir Dobrovolski.

El sol golpea con fuerza sobre la metrópoli, creando espejismos sobre el caliente asfalto. Son pasadas las tres de la tarde y los minutos parecen quedarse detenidos en el tiempo. Tal vez sea la hora en donde el sopor parece adueñarse de cada cosa o persona existente en el planeta. Vamos volando y observando todo lo que hay bajo nosotros. Nuestras alas nos llevan al sector más pobre y abandonado de la capital. Vemos personas arrastrando los pies dirigiéndose a ninguna parte, quizás atontados por los rayos que caen del cielo. Ha sucedido algo terrible hemos sabido y ese es el motivo de nuestra visita. No estamos acá para juzgar, sino para conocer y analizar el comportamiento de esta mal llamada humanidad. Tenemos los datos. Lo sabemos todo, por que somos observadores omniscientes de cada una de las cosas que suceden en este mundo. Volamos un poco más y descendemos lentamente, puesto que ya hemos visto a unos de los principales protagonistas de esta historia. No nos sorprende que sea como uno mas de los millones de seres que a duras penas lucha por tener como recompensa un día mas de vida. Lleva una sucia camiseta que en tiempos mejores fue de color amarillo; unos pantalones color caqui que tiene agujeros y cortes en las rodillas y corona la decadente vestimenta, unas sandalias de plástico que nos da la impresión que en cualquier momento se van a desarmar. Vemos su cara que curiosamente, nos parece la de una buena persona: tez quemada por el sol, ojos claros y un sin fin de arrugas que le dan un aspecto bondadoso. Lo vemos caminar apresuradamente por las calles polvorientas que existen en aquel rincón de la ciudad .Las gotas de sudor le recorren todo el rostro y bajan cuesta abajo por su cuello .Lleva sobre sus hombros una raída mochila llena de cachivaches inservibles que ha intentado vender en el mercadillo local .A veces las ventas andan realmente mal pero hoy al menos ha tenido algo de suerte: vendió una taza a la cual le faltaba la oreja. Sin dejar de caminar, lanza un suspiro y mira a su alrededor. Las casuchas que no son mas que escombros armados parecen rodearlo todo .Ve niños desnudos y desnutridos jugando sobre un basural gigantesco lanzándose cáscaras de sandia mientras los perros esqueléticos, husmean de aquí a allá, en busca de cualquier resto que les pueda servir como alimento.  La pobreza es extrema. Parece la postal de algún pueblo perdido en otro continente. Le deprime cada centímetro que ve. Baja la mirada. Lo mejor es no ver, no pensar, solo sobrevivir de la manera que sea .Se lleva una mano al bolsillo del pantalón y saca la moneda que ganó producto de la venta .Cree que lo mejor es hacer las cosas rápido. No analizar, ni cuestionarse nada .Apura más sus pasos y entra a la pocilga de boliche que sabemos, se llama Juan .Las tripas le suenan en el momento exacto en que le pide un pan al viejo .Este se lo da sin siquiera mirarlo y vuelve a la parte trasera del rancho. Sale. Ya falta poco. En su hogar tiene un paquete que le durará varios días. Llega a donde vive. Saca de la mochila las llaves y las mete en el candado que protege la puerta de madera .Entra desesperado y se dirige rápidamente donde tiene la cocinilla y mientras lanza la mochila lejos , sabe que lo peor no es ser pobre, lo peor es casi no tener que comer y lamentablemente para el , hoy tiene mucha, mucha hambre.

Toma un cuchillo oxidado, una cebolla media podrida y la corta rápidamente ya que no quiere tener los ojos anegados en lágrimas. Saca de un cajón de tomates- que le sirve de despensa- un trozo de pimiento, las cáscaras de una zanahoria y unos dientes de ajo. Los pela, los rebana en tiras y los lanza las verduras dentro de la cacerola. Le añade un chorro de aceite. Enciende la cocinilla y tararea una canción de un tipo que habla otro idioma a todo pulmón: VOLAAREE…OH OH OH OH mientras el menjunje empieza a freírse .Va hacia el colchón que usa de dormitorio. Allí en una esquina, toma un paquete que al parecer, es bastante pesado y que está envuelto en un grasiento envoltorio marrón. Se da cuenta de que aun queda sangre coagulada en el suelo y en el mismo paquete. Las moscas zumban enloquecidas alrededor. Vuelve donde prepara su almuerzo. Deja la preciada mercancía sobre un sucio mesón, lo abre y se queda mirándolo durante algunos segundos. No cree que pueda. Esta a punto de arrepentirse. Sin embargo, sus tripas no dejan de reclamarle algo de comida. Tal vez debió exigir otra parte, pero los otros dos idiotas lo amenazaron con dejarlo sin nada.  Toma nuevamente el cuchillo y lo afila en una piedra especial que ha guardado durante años y pone manos a la obra. El trabajo es arduo ya que tiene que eliminar la grasa y los pequeños huesos que encuentra .Nunca pensó que fuera tan difícil .Una vez terminado el desposte, corta la carne en cubitos y la deja reposar. Se gira y revuelve el sofrito que esta casi listo. Echa una taza de agua a la cacerola, además de una pizca de sal. Camina hacia el otro extremo de la habitación y toma otros dos cajones de tomates. Los pone de pie y sobre estos, una tabla de perfectos 50 x 50 centímetros. ''La mesa está lista'', piensa. Regresa a la cocina, revuelve la olla y le añade los trocitos de carne que ha cortado con anterioridad. Cubre la olla con la tapa y pone la cocina a fuego lento. Esa cocción le garantizará -cree- un sabor casi tan marcado como la carne tradicional. Saca un cigarrillo doblado del bolsillo de su camiseta y lo fuma tranquilamente mientras el aroma a comida inunda el lugar. Intenta no pensar en nada mientras se toca los brazos llenos de rasguños, pero le llegan a la mente las imágenes como si fuera el protagonista de una película de terror. Termina de fumar, destapa la olla y prueba el caldo. Le parece asombrosamente delicioso. Toma un plato limpio desde una caja y vierte dentro de el la comida que ha preparado y conseguido con sus propias manos. Da unos pasos hasta la improvisada mesa y deposita la cocción dentro del mismo plato. Toma el pan que compro en el boliche y lo deposita a un costado de la comida. Se sienta en el suelo de tierra con las piernas cruzadas, lanza un suspiro aún mas profundo que el anterior y en el preciso momento en que va a dar la primera cucharada, golpean la puerta. Se sobresalta. Piensa que han sido descubiertos. Intenta mantener la calma y se decide a actuar con naturalidad. Se levanta lentamente y se las arregla para que una sonrisa cruce su cara. Después de todo, los vecinos le tienen por una persona amable y educada. Camina hacia la puerta, quita el candado y abre. Es la vecina Mirella quien lo saluda. Se le ve demacrada, como si todo si tuviera que cargar todo el peso del mundo sobre sus hombros y se le nota además, que ha pasado la noche en vela. Se miran fijamente por algunos segundos y finalmente le pregunta si ha visto a su hijo Adrián. El le pregunta inocentemente cual de los siete hijos es Adrián y ella le responde que es el menor, el que tiene 3 años. El hace la parodia de que esta recordando y luego le dice que no, que no lo ha visto. La señora le cuenta que se ha perdido desde ayer, que aun no lo han encontrado  y que para mas remate se encontraba enfermo, pues aparte de unas ronchas que le había visto en el cuerpo, vomitó durante toda la mañana. La imagen de la sangre coagulada en el suelo y el paquete, cruzan como un rayo la mente del tipo. Se atraganta con su propia saliva y escupe un gargajo que va a dar a la polvorienta calle. La nota realmente preocupada. Él le pregunta si no ha llamado a la policía y ella le responde que aun no lo ha hecho pero al parecer no le queda otra opción. Él le dice que si lo ve, le avisará. Que se quede tranquila, que ya aparecerá. Que lo más probable es que este jugando por ahí con otros de sus amigos. Por fin se despiden. Cierra la puerta, y le pone el candado nuevamente. Camina unos pasos y se detiene en medio de la habitación con la mente en blanco. Reanuda sus pasos, vuelve a sentarse en el suelo y se queda mirando fijamente el humeante plato, mientras una terrible duda inunda sus pensamientos.