miércoles, 1 de marzo de 2017

En el cañaveral

Autor: Atahualpa

Corrió.
Corrió como un enajenado, sin mirar atrás. Raspándose la cara y los brazos con las salientes del cañaveral, pero sin notarlo. El terror podía más.
Tropezó y cayó de cara contra el fangal. La sangre se mezcló con el barro maloliente y se le metió en la boca. Escupió. ¿Un diente? No, un diente no. Un terrón de tierra.
Se levantó como pudo y siguió corriendo.
Su aliento agitado se mezcló con el frío invernal de la noche tucumana. Lloraba. Miedo, frustración, y también rabia. Por lo que el Mister le había hecho a Clara. Hijo de puta. Terrible hijo de puta. E idiota él, que creyó que iba a poder enfrentarse así nomás al dueño de todo.
¿Dónde estaba la luna? Era la única manera que tenía para orientarse un poco en aquel laberinto azucarero de más de doscientas hectáreas; pero ni siquiera ella le daba una mano. Estaba abandonado por todos. El Mister, el encargado, los peones. Por Clara no, si es que se recuperaba de las heridas.
Dejó de pensar y se concentró en correr. Sus alpargatas de yute no ayudaban en nada, pero peor hubiera sido no tenerlas.
Más allá estaba el arroyo. Algo caudaloso, pero no imposible de cruzar. Lo vio en su cabeza, más allá de la negrura de la noche. Eso le dio nuevos bríos. Eso, y pensar en la venganza. El Mister se la iba a pagar, como que había Dios.
Entonces escuchó el resoplido y el trote asolador de la bestia.
Y, aunque dedujo que las chances eran ínfimas, igual siguió corriendo.

Trinidad se acercó a la cabecera de la cama y, con dulzura, quitó un rizo de pelo negro que, indómito, tapaba uno de los ojos de la joven. El único que le quedaba. Cerrado y amoratado.
La golpiza había sido terrible. Durísima, con un ensañamiento indecible. Y ella nunca había visto una cosa así, ni siquiera en el terremoto de 1907.
«Fue el marido», había dicho el Mister cuando la trajo al hospital en su moderno Ford T. «Discutieron feo y no lo pudimos parar.».
Según el Dr. Velázquez, tenía comprometidos el hígado y el páncreas, un riñón le había dejado de funcionar y uno de los pulmones estaba perforado por una de las costillas rotas. Además de la fractura de cráneo.
Y de la pérdida del ojo.
Trinidad la miró y no pudo evitar el llanto. Pertenecía a las «Hermanas Dominicas del Santísimo Nombre de Jesús», y sabía que los designios de Dios para cada uno de los mortales tenían un porqué; pero le parecía imposible que un ser humano pudiera sufrir tanto.
Se persignó al darse cuenta de su blasfemia, y pidió perdón en silencio.
Fue justo cuando la joven dejó de respirar.
Trinidad, entonces, se secó las lágrimas y rezó por el nuevo ángel que Dios tenía a su lado.

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