jueves, 4 de mayo de 2017

Final por Pierre Nodoyuna

Seudónimo: Pierre Nodoyuna
Autor: Juan Esteban Bassagaisteguy

*** (...) ***
Soltó el lápiz asesino y fue hasta Roberto. El escritor se incorporó a duras penas y apoyó su espalda contra la pared; las piernas, extendidas sobre el suelo de la habitación, estaban fuertemente atadas con doble nudo. El golpe en la cabeza le dolía horrores, y la sangre no paraba de manar.
—¿No estabas muerto? —preguntó la niña.
—No —contestó Roberto; respiraba agitado, como si se encontrara sufriendo el último tramo de una maratón—. Mi abuelita pega más fuerte que tú.
—Ah, eres valiente. Eso me gusta —dijo la niña, y acercó su cara a la del otro. Su aliento olía como mierda de feed lot—. Voy por el tal Raúl. Y, por tu bien, espero que sea verdad lo que cuentas.
Terminó de decir esto y el escritor, en un intento desesperado, sacó fuerzas de donde no tenía y le lanzó una trompada.
Que no llegó a destino.
La jovencita aprisionó en el aire el puño de Roberto, lo oprimió con fuerza sobrehumana y le quebró los cinco dedos. El escritor aulló. Y su torturadora blandió sobre la cabeza del hombre su mano libre. Un sonido a hueso roto llenó el ambiente y Roberto volvió a desmayarse.
La niña dio dos pasos hacia atrás y observó el panorama. Estaba satisfecha. Y tenía que encontrar al otro escritor que todavía vivía.
¿Cómo hacerlo? El caserón era enorme.
Sentía en su piel fría que ese Raúl estaba dentro de la casona, dando vueltas por ahí; lo veía en su cabeza, como flashes intermitentes de una vieja máquina de sacar fotografías. También a las dos mujeres, caminando juntas y hurgando por toda la casa.
Y, entonces, se dio cuenta de que, ante un interrogante sin solución aparente, la respuesta más simple es siempre la más acertada.
Posesión.
¿Pero a quién?
Cerró los ojos y se dejó llevar. Ángela. Lo supo enseguida: era la más vulnerable de los tres intrusos. Los tatuajes que ensuciaban su cuerpo eran el signo de pertenencia a un grupo selecto. Y los grupos selectos son siempre caldo de cultivo de idiotas.
La casa de muñecas y su viejo Diario serían los vínculos que las unirían.
No lo pensó más, y se esfumó en el aire.
*** (...) ***
—¡¿Qué te pasa, Ángela?! ¡Dime algo, por favor!
Carmen la sacudía de lado a lado, pero la joven escritora no salía de su sopor. Temblaba de pies a cabeza, sus ojos giraban en las órbitas, y de sus labios se escapaba un hilo de baba blanca como si se tratara de una perra rabiosa. Aprisionaba el Diario con ambas manos, fuerte, como si el latir de su corazón dependiera de ello.
La mexicana no lo vio venir.
El golpe ascendente le quebró el tabique nasal y Carmen cayó al piso. Quiso levantarse pero no pudo: Ángela se había sentado sobre su pecho y sostenía el Diario en una de sus manos, con rastros de sangre y mocos de su amiga.
Lo último que Carmen vio fue el Diario descendiendo con violencia sobre su cara.
Después, todo fue oscuridad.

«Una menos», pensó, mirando el cadáver a través los ojos de Ángela.
Sin soltar el Diario, guio a la escritora española hasta un viejo espejo que colgaba en la pared. Observó el envase de piel que la contenía. Y odió a Ángela. A su figura escultural. A su lozanía y juventud. A los tatuajes, claro. Y a las curvas repletas de femineidad que el espejo le devolvía, que ella nunca tendría y que tanto le recordaban a su madre. Puta. Puta, puta, puta…
—¡¡¡PUTAAA!!! —gritó al espejo silencioso.
Y chocó su cabeza contra la imagen de vidrio una y otra vez. Y otra vez. Y otra vez más. Y una última vez. Hasta que el espejo sanguinolento, manchado de sesos y fluidos indescifrables, cayó al piso. Igual que lo hicieron el Diario y el cuerpo sin vida de Ángela; la niña, ahora, flotaba en la habitación.
Miró la casa de muñecas. Y sintió que algo estaba mal.
Olisqueó el aire, y los vio dentro de su cabeza. A Roberto desmayado donde lo había dejado. Y a Raúl en otra de las habitaciones, a punto de...
—¡¡¡NOOO!!! —gritó de nuevo.
Y, por primera vez desde hacía más de un siglo, volvió a sentir temor.
Tenía que detener al escritor argentino ante de que fuera demasiado tarde.
*** (...) ***
Sergio, Carmen y Ángela estaban muertos. Y Roberto, inconsciente, con una mano y la mandíbula rota, no podía ayudarme. Todo dependía de mí.
A Roberto y a Sergio los encontré en la misma habitación. El reguero de sangre era impresionante. Vomité cuando vi al autor de «Smoking Dead» atado en una silla, sin vida, una de sus cuencas vacías y el nefasto líquido rojo cayendo de allí. A Roberto lo sacudí con insistencia pero no me respondió; aunque comprobé que respiraba: eso era una buena señal.
Encontrar a mis amigas fue mucho peor.
Sobre los hombros del cuerpo de Carmen, su cabeza había quedado reducida a una mezcla repugnante de huesos machacados, sesos, sangre, mechones de pelo negro y jirones de piel.
Alguien se había ensañado con ella. Y yo sabía de quién se trataba. El Diario ensangrentado y la casa de muñecas eran la clave.
¿Cómo se mataba a un fantasma? No lo sabía.
Y Ángela no me iba a poder ayudar: junto a un espejo roto sanguinolento, su cadáver no podía responderme.
Levantó la vista y miró el cielorraso de yeso, sucio de humedad. La historia estaba quedando muy bien. Y estar solo, sentado en cuclillas y sin sus cuatro amigos hablando a su alrededor, era lo mejor.
¿De dónde le venía la inspiración? ¿Quizás de la presencia que había sentido al entrar a la mansión? Quizás… No sabía cómo explicarlo, pero algo siniestro había allí. Algo que llamaba a la venganza. Y también a la lujuria. ¿Una mujer? Sí… De mediana edad. Y un hombre, también.
Sonrió. No creía en las brujas, pero que las había, las había. Se rascó la barba negra, le dio una pitada al Marlboro que tenía entre los dedos de su mano izquierda y volvió al papel.
Entonces la sentí a mi espalda. Me di vuelta rápido y la vi. Flotaba en el aire y una brisa fría movía apenas sus cabellos negros.
El fantasma de la niña. Que no me miraba a mí, sino a la casa de muñecas.
Ahí estaba la clave.
Me levanté, rápido, y de un puñetazo rompí parte del juguete de madera. Un rayo de luz atravesó la cabeza del fantasma y este chilló.
Seguí golpeando la casa de muñecas hasta que de ellas no quedaron nada más que astillas.
Y el fantasma desapareció en un haz de luz
Quedaba bien.
Como siempre que finalizaba un cuento, Raúl se tomó un tiempo antes de poner el punto final y lo releyó todo. No había fallas. Y la frase «Y el fantasma desapareció en un haz de luz» reclamaba el signo de puntuación faltante.
Nunca lo llegó a colocar.
Tomada de sorpresa por un par de garras frías, su cabeza giró ciento ochenta grados y el cuello no resistió. Un violento crac señaló el principio del fin, que llegó unos segundos después cuando sus manos dejaron de sacudirse y su corazón de latir.
La niña respiró. Se había salvado: el punto final no había sido escrito, su madre no había cobrado venganza, y ella tenía una nueva oportunidad.
Que, con la ayuda de Roberto, no iba a desaprovechar.
*** (...) ***
El hombre mira el horizonte desde una de las ventanas del primer piso de la mansión. Sostiene en una de sus manos un Diario manchado de rojo. Junto a él, una casa de muñecas descansa su silencio de madera.
Sus ojos ya no son marrones, sino completamente blancos. Y su incipiente calvicie muestra signos de haber recuperado algo de pelo. De color negro, y más largo de lo habitual. Como si fuera de mujer.
—Nunca sentí a un hombre dentro de mí, pero qué lindo que es poseer a uno. —La voz femenina y aniñada que sale de su mandíbula rota no se condice con su físico de corredor de fondo.
Sonríe.
Alguien extrañará a los cinco escritores y los buscará sin descanso. Lo sabe. Como también sabe que encontrarán la mansión.
No ve problema en ello.
Porque ella siempre fue previsora y los estará esperando.

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