lunes, 31 de julio de 2017

Phil y su Danza del Sol



El nombre aterraba, sí, pero su contenido mucho más: Phil no podía pegar un ojo. Recientemente publicada, la novela «Cementerio de animales» ya era todo un éxito de ventas y él, gran lector a pesar de su corta edad, había podido convencer a su madre para que se la regalara. A ella no le gustaba el título pero sabía de la devoción de su hijo por la lectura; y qué mejor que agasajarlo con un libro para su décimo cumpleaños.
A pesar de que el calendario insistía con que corría el mes de noviembre de 1983, y el otoño ya tenía más de dos meses en su haber, ese sábado a la noche era bastante caluroso en Derry —estado de Maine—; parecía verano, en realidad.
Escuchó el ruido justo cuando Church, el gato de los Creed, cruzaba la carretera por última vez. Dejó el libro sobre la cama, abrió la ventana, hizo lo mismo con los postigos de madera y miró a la oscuridad del patio.
Misu, el adolescente de origen indio que vivía en una modesta casa junto a la suya, había saltado la verja y tenía en sus manos a Sundance, el gato de Nayeli, su hermana.
—Quería matar a tu enano del jardín —dijo el adolescente al notar que Phil lo miraba sorprendido—. Por eso tuve que saltar la verja.
—¿Qué enano del jardín?
—Ese —contestó Misu, señalando con una de sus manos a algo tirado en el césped.
Haciendo el menor ruido posible (su padre odiaba a la familia sioux que vivía junto a su casa, y le tenía prohibido hablar con ellos), el niño saltó por la ventana y fue junto al joven indio.
Su familia no tenía enanos de jardín pero, sin embargo, ahí estaba. Tenía la cara igual a la de Grumpy, el enano gruñón de Blancanieves; usaba un gorro y ropa de labranza, ambos de color celeste, mismo tono que su piel de cerámica. En su cara, una extraña nariz roja de payaso y un par de ojos amarillos se destacaban por sobre la hegemonía del otro color. Parte de su cuerpo de cerámica mostraba los signos de los arañazos del gato.
—Vi que Sundance corría como loco hacia tu patio, y por eso fui tras él. Si lo veía tu padre, seguro le iba a tirar con alguna piedra. O con algo peor.
—No, está bien, no pasa nada —lo tranquilizó Phil—. Pero va a ser mejor que vuelva a mi habitación. Por si papá nos escuchó.
—Okey. Chau, Phil.
—Chau.
El joven sioux se alejó con el gato en brazos, quien no paraba de bufar, las orejas gachas y el lomo arqueado, y de mirar rabioso al enano del jardín.
Phil vio cómo Misu volvía a saltar la verja y, curioso, se agachó junto al enano.
Y este le guiñó un ojo.
El niño cayó de culo sobre los tréboles del patio y retrocedió espantado, como un cangrejo perseguido por una famélica bandada de gaviotas.
—¡Esperá! —dijo el enano—. No tengas miedo. —Había algo en su voz, una mezcla de autoridad y bonanza (y algo más…), que hizo que Phil frenara su huida—. Gracias por salvarme de ese gato loco —continuó, y avanzó unos pasos hacia Phil. Este, asustado, volvió a recular—. No, por favor, en serio: no me tengas miedo.
—Es que es muy raro eso de que hables.
—Te voy a contar un secreto: todos los enanos de jardín hablamos. Pero, para ello, se tiene que dar una única condición.
—¿Cuál?
—Que la persona que tengamos adelante tenga el alma limpia de todo mal —sonrió—. Y vos la tenés. —Phil aflojó su resistencia y se puso de pie.
—¿Y de dónde saliste?
—Vengo escapando de todos los gatos de Derry desde que tengo memoria. No sé, pensarán que me quiero robar los pompones de lana con los que juegan como idiotas. —Phil rio—. ¿Te puedo preguntar algo? —El niño movió su cabeza de arriba abajo—. ¿Cuánto sabés de tus vecinos, los sioux? Digo, sobre su raza.
—Lo que aprendí en la escuela y lo que leí en los libros de Mike Hanlon.
—¿Mike Hanlon? ¿Quién es Mike Hanlon?
—El bibliotecario del pueblo. Pero no lo nombres fuerte, porque si papá nos escucha, nos va a matar: no le gusta Mike. Porque es negro.
—Ah… —El enano hizo una pausa y, luego, susurró—: Yo puedo enseñarte cosas sobre los sioux que nunca vas a leer en un libro. —Phil abrió grande los ojos—. Pero tenés que dejarme entrar a tu casa. Tengo miedo del gato ese… eh… ¿cómo se llama?
—Sundance. —Phil se agachó y levantó al enano celeste de nariz roja. No pesaba nada—. Está bien, vamos adentro. ¿Y vos cómo te llamás? —preguntó.
—Georgie Paperboat.
—¡Wow! Con nombre y apellido —dijo Phil, depositando a su nuevo amigo sobre la cama y yendo a cerrar los postigos y la ventana.
—Sí —dijo el enano. De espaldas a él, el niño no vio cómo sus ojos amarillos brillaban con la luz del Infierno. Mike Hanlon. Negro de mierda. Ya se las iba a pagar.
Hablaron sobre los sioux hasta que Phil, cansado, se durmió. Georgie no: su período de hibernación ya llegaba casi al año veintiséis y, como en cada fin de ciclo, era hora de ir despertando. Pero sin apuro.

El niño se removió entre las sábanas. Soñaba.
Desde adentro del ropero, detrás de una campera Georgie Paperboat observaba fascinado (el enano de jardín se escondía ahí durante todo el día por expreso pedido de Phil: si sus padres lo descubrían, el niño estaba seguro de que lo tirarían a la basura).
Sus poderes volvían poco a poco. Quince días habían pasado desde que el gato hijo de puta lo había arañado en el patio. Y ya podía ver el interior de la mente de Phil. Y sus pesadillas. Como la que estaba teniendo ahora; cerró los ojos amarillos y se vio a él, Georgie, con su cara de enano gruñón, el cuerpo de un wendigo, patas de araña, y un tocado de plumas de águila en su cabeza, acorralando a Phil en un callejón desierto.
Abrió los ojos y sonrió. Todo iba de mil maravillas.
Salió de su escondite y se trepó a la cama. Estiró una de sus manos y la apoyó en la frente del niño. Y su brazo celeste brilló en la oscuridad de la habitación cuando una corriente eléctrica se deslizó como por ósmosis a través de sus dedos.
Georgie creció de tamaño. Apenas unos centímetros. No importaba, ya serían más. El miedo de Phil a lo sobrenatural era la energía que necesitaba para existir. Y para regresar un año antes de lo esperado. Tenía que vengarse de Hanlon y los otros hijos de puta: quería verlos sufrir.
Notó que Phil estaba por despertar, y se bajó rápido de la cama y fue hasta el ropero.
Miedo, miedo y más miedo. Lo que mueve al mundo.
Cuánta felicidad.

Despertó temblando y se sentó en la cama. Las gotas de sudor se perdían en su barba de dos días. Encendió la luz del velador y miró el reloj despertador. Las cuatro y media de la mañana. Fue hasta el baño, vació la vejiga y volvió a acostarse.
Con ambas manos bajo su cabeza, se quedó mirando el techo. Un jefe sioux perseguía a un niño con intenciones de matarlo; había reconocido al pequeño como uno de los habitués a su biblioteca, pero no podía recordar su rostro. Qué pesadilla tan real.
Y en el sueño también estaba él. El maldito payaso. Como en el año 1958, el de «Los Perdedores» y la guerra ganada contra aquel monstruo multiforme.
Mike Hanlon, el bibliotecario de Derry, no pudo volver a dormirse.

—¿Cómo estás, Phil?
—Bien —contestó el niño con un gruñido.
—¿En qué te puedo ayudar? —La hosquedad de Phil llamó de inmediato la atención del bibliotecario. Siempre había sido un niño muy afable, con una sonrisa a flor de piel; uno de sus mejores clientecitos. Pero hacía casi un mes que no visitaba la biblioteca; y ahora se mostraba demasiado esquivo, sin mirarlo a los ojos y sin casi emitir vocablo.
—Quiero leer sobre los sioux.
—Okey. ¿Buscás algo en especial?
—Sí. —El niño tragó saliva y, tartamudeando, dijo—: Algo sobre la Danza del Sol.
—Esperame. —El bibliotecario fue hasta una sala contigua, y regresó tras un par de minutos con un viejo ejemplar—. Acá vas a encontrar muchísima información. —Traía consigo la ficha de socio de Phil—. Según el registro, lo leíste hace casi un año.
—Me lo llevo. —Phil firmó su ficha de registro y metió el libro en su mochila con la imagen de He-Man and The Masters of The Universe. Sin decir adiós, se dio media vuelta y salió de la biblioteca.
Mike Hanlon vio cómo se iba y miró la ficha de registro. Las firmas de Phil. Siempre habían tenido un trazo bien definido, firme, profundo; y la última parecía hecha por un anciano con Mal de Parkinson, ilegible y apenas rozando el papel.
Algo no andaba bien.
Y fue entonces cuando se dio cuenta. La pesadilla del payaso: Phil era el niño protagonista de su mal sueño.

El domingo 1 de enero de 1984 amaneció en Derry con el frío invernal habitual de esa zona de Maine. Para ser domingo era muy temprano, pero a Phil no le importó: sus padres dormían la resaca de la fiesta de la despedida del año viejo.
Temblaba, y por su piel desnuda, de cintura para arriba, corría un río de hielo —y no solo por la baja temperatura—. El miedo. No lo iba a poder hacer, e iba a quedar frente a Georgie Paperboat como el peor de los cobardes. Y si se enteraba su padre, peor.
Lloró.
—¡Vamos, Phil! —lo animó el enano de jardín. Que ya no era tan enano: medía casi un metro ochenta; y su nariz de payaso brillaba incandescente en la niebla matinal—. ¡Tenemos que destruir esta niebla! ¡Tenemos que hacer salir el sol! ¿O tenés miedo?
El niño estiró su cuerpo hacia atrás, y su piel se tensó pero no se rasgó. Tuvo que volver a la posición original: el dolor era insoportable.
Dos cuerdas salían de lo más alto de uno de los postes del cordel que su madre usaba para secar la ropa. E iban directo al pecho de Phil, atadas al niño en dos agujas de tejer que le atravesaban la dermis un par de centímetros por encima de las tetillas. La valentía se la había terminado luego de que, con un algodón mojado en agua helada, emparara su piel para luego estirarla y traspasarla con las agujas. Las indicaciones habían sido de su amigo celeste y él, a pesar del dolor, las había seguido al pie de la letra: quería ver feliz a Georgie.
Pero esta vez no podía, a pesar de los ruegos del enano de jardín para que hiciera asomar el sol. Tenía muchísimo miedo. ¿Y si se desgarraba la piel? ¿Le sangraría el corazón?
—¡No seas gallina, Phil! ¡Parecés la putita de Nayeli! —El enano gigantón dio varias vueltas en redondo, con los codos en V y aleteando los brazos como si se tratara del clásico plumífero ponehuevos—. ¡Co, co, co, co, co! ¡Ja, ja, ja!
El niño tiró con fuerza una vez más, pero su piel no se desgarró.
—¿Te vas a rendir? —Phil asintió en silencio, moviendo su cabeza; las lágrimas mojaban gélidas sus mejillas—. ¡¡¡Gallinaaaa!!! ¡Gallina, gallina, gall…
—¡Seguí, Phil, seguí! ¡No tengas miedo! ¡No te rindas!
Georgie se dio vuelta y vio a Mike Hanlon justo sobre la verja del jardín
—¡Negro de mierda! —exclamó. Y corrió hacia el bibliotecario transformando sus puños en dos garrotes idénticos a los de Thor. Saltó sobre él y lo tiró contra el césped; e inmovilizó sus brazos aprisionándolos con sus rodillas celestes.
—¡Qué bueno volver a verte, Mickey! —La cabeza del enano se había transformado en la de un cuervo, el pico rojo, curvo, punzante—. ¿Querés más? ¿No te alcanzó con lo del 58? —graznó. Hanlon no contestó—. Chau, nigger —dijo, levantando sus brazos de martillo.
No alcanzó a bajarlos.
Porque el sol apareció detrás de una nube, rompiendo la niebla con sus rayos.
Georgie Paperboat miró hacia atrás, y vio a Phil tendido en el patio. Aunque sonreía, el niño no paraba de temblar. Dos surcos rojos salían de su pecho.
—¡¡¡NOOO!!! —exclamó el enano. Y desaparecieron sus puños y su pico de fantasía. Y su tamaño se redujo al mínimo de siempre. Y corrió.
Pero Hanlon se levantó rápido y en un par de pasos lo alcanzó; sujetándolo de los brazos celestes, lo alzó. Y habló:
—Les daré tus saludos a «Los Perdedores», hijo de puta. —Y, luego, lo arrojó con todas sus fuerzas contra el piso. El enano de cerámica se rompió en mil pedazos. Y el bibliotecario saltó sobre ellos una y otra vez hasta dejarlos reducidos a cenizas.
Por las dudas.

Había vuelto a soñar con el payaso, con Phil y con los sioux. Más la Danza del Sol. Y, a pesar del frío matinal y de que se había acostado tarde luego de la fiesta de fin de año, se había vestido rápido y salido en auto hacia la casa del niño, a solo cinco cuadras de la suya.
Cuando los vio, Phil atado al poste del cordel y la maléfica entidad celeste de nariz colorada a su lado, supo que tenía una sola oportunidad. Como aquella vez en 1958. «La única manera de vencerlo es derrotando tus miedos», recordó. Y ambos, el niño y el bibliotecario, se habían salvado el uno al otro en sendos actos de valentía extrema.
Luego, había cargado a Phil en el auto y lo había llevado al hospital de Derry. Hacía una hora de eso, y ya le habían realizado las curaciones de rigor. Y ahora el niño descansaba en una cama de una habitación común.
Era momento de llamar por teléfono al padre de Phil. Aunque el tipo lo odiara y, a partir de todo esto, seguro que aún más: era imposible hacerle entender que un enano de jardín había querido matar a su único hijo.
Fue hasta la cabina telefónica en la puerta del hospital, introdujo dos monedas y pidió a la operadora el número de teléfono de la casa de Phil.
Cuando colgó (por suerte, había atendido la madre del niño. Angustiada, le había dicho que ya salían para allí), salió de la cabina y volvió hacia el hospital: esperaría junto a Phil hasta la llegada de sus padres.
Miró el cielo. Completamente despejado, el sol reinando sobre la ciudad.
Y tembló.
No dejaba de pensar en las cenizas del engendro de cerámica, que habían desaparecido cuando, luego de levantar a Phil en sus brazos, había vuelto sobre sus pasos rumbo al auto. Y en lo que el payaso disfrazado de enano de jardín le había susurrado, sonriendo, justo antes de que lo arrojara sobre el duro suelo del jardín.
Volveré.


- FIN -

Consigna: Título: «Phil y su *Danza del Sol». Es una historia ambientada en Derry, donde un muchacho descubre una noche que el gato de su hermana trató de matar a un pequeño humanoide en el jardín y Phil, un jovencito de diez años, decide cuidarlo.
*Sundance, Danza del Sol, es un ritual amerindio de las tribus de las planicies de EEUU que consistía en colgarse por medio de ganchos insertados en los músculos pectorales por varios soles o días demostrando estoicidad ante el dolor y llegando a una especie de éxtasis.

1 comentario:

  1. Este relato huele a King por todos lados.
    El nombre del enano, los ojos amarillos, exquisiteces para quienes hayamos venido siguiendo la obra de Stephen.

    9/10

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