miércoles, 13 de diciembre de 2017

El cruzado

Por Juan Esteban Bassagaisteguy.

    La jovencita corría por el campo blandiendo una espada de madera.
—¡Guillermo, date por muerto!
—¡Jamás, bellaca, jamás! —gritó su rival, quien también sostenía una espada de madera en una de sus manos. Giró y se plantó frente a su enemiga.
La adolescente sostuvo el arma contra su pecho, y formó con ambos brazos una X.
—Guillermo El Travieso, Sultán de Ibiza, por el poder que me impone la Santa Inquisición os condeno a morir en la hoguera.
—¡Ja! ¿Y cómo pretende Vuesa Merced conducirme hasta las llamas del Infierno?
—¡Así! —gritó ella. Y, sin más preámbulos, corrió hacia Guillermo, chocó su humanidad contra el joven, y ambos rodaron por el césped hechos un ovillo. Cuando frenaron, Guillermo había quedado boca abajo y la adolescente encima de él, sus rodillas tocando el suelo—. ¿Te rindes ahora? —preguntó la pequeña mujer, haciéndole cosquillas en los sobacos y en la cintura.
—¡Ay! ¡Ja, ja, ja! ¡Sí, sí, me rindo! ¡Basta, María, por favor!
 El paisaje se recortaba agreste en la campiña, cerca de Ibiza. Varios kilómetros más allá, el Mar Mediterráneo bañaba con sus aguas azules las costas de la isla.
—¡Niños! ¡A comer!
María y Guillermo se levantaron, se sacudieron los pastos de sus ropas, y corrieron hacia la casa de adobe y piedra que dominaba el predio. Una columna de humo se elevaba desde su chimenea, y eso presagiaba una segura exquisitez preparada por la dueña de casa, la madre de María —«costillitas de cerdo, por favor», rogó la joven en el trote veloz—. La señora y la madre de Guillermo se ocupaban de la cocina, mientras sus padres los miraban jugar desde la puerta de la casa.
—Su hija es terrible —sonrió el padre de Guillermo.
—El suyo no lo es menos, señor —dijo el otro, sonriendo a su vez.
—¿Entramos?
—Cómo no.
Varios años después, y en el momento menos pensado, Guillermo recordaría cada segundo de lo vivido ese día; el juego con las espadas, el almuerzo con sus padres —vecinos en la campiña— y lo que pasó después.
María no. María no lo recordaría. La sangre derramada bloqueaba todo.
Hasta el latir del corazón de un dragón.

Terminaron de comer y volvieron a las andadas. Les encantaba jugar a las Cruzadas, y así gastaban las energías acumuladas. A pesar de tener ambos trece años, y contar Guillermo con una edad que lo obligaba a acompañar a su padre en las labores de la campiña, el joven siempre se hacía un espacio para desafiar a María. Él era el musulmán y ella la guerrera católica, aunque en ocasiones invertían los roles.
Escaparon corriendo por el prado mientras sus padres, terminado el almuerzo, los miraban desde la casa. La amistad de sus hijos era más fuerte que toda la armada del Papa avanzando por el Mediterráneo rumbo a Tierra Santa, y verlos así los llenaba de satisfacción. Y el hecho de que jugaran solo a juegos de varones no preocupaba a los padres de María: sabían que ella, más temprano que tarde, dejaría de ser una niña y acompañaría a su madre en las tareas del hogar.
—¡Toma, maldita!
—¡Toma tú, rufián!
El entrechocar de las espadas de madera espantó a algunas currucas, que salieron volando hacia el horizonte.
Guillermo escapó, pero pronto se vio acorralado contra un pino. Levantó el brazo con el que empuñaba el arma, pero María fue más rápida: con su mano izquierda tomó con fuerza la muñeca derecha del joven, inmovilizándolo, y la punta de su espada de madera apuntó directamente al pecho del adolescente.
—¿Te rindes, Guillermo El Terrible?
—Jamás.
Y, entonces, lo inesperado.
María soltó el arma, y acercándose con toda su humanidad al joven, lo besó en los labios. Un beso dulce, tierno, pequeño, como el de un picaflor con ataque de ansiedad.
Guillermo no supo qué hacer. María sí. Levantó la espada de madera del césped y, con una sonrisa capaz de ahuyentar erupciones volcánicas, tomó a su contrincante de la mano y le preguntó:
—¿Volvemos?
El joven asintió con un leve movimiento de cabeza. Había perdido la facultad del habla, pero suponía que sería algo pasajero.

Las manos exploraban anhelantes cada centímetro de piel bajo las ropas, y el par de lenguas inquietas colaboraba gentil.
A solo unos pocos minutos de distancia de la campiña de los padres de María, habían encontrado en los abandonados murallones de Dalt Vila el espacio secreto donde encontrarse. Y las paredes de piedra, desde hacía algo más de tres años, eran testigos privilegiadas de los descubrimientos de uno y de otro.
Para sus padres seguían siendo solo el par de mejores amigos de siempre. Aunque María suponía que, quizás, la madre de Guillermo o la suya propia sospechaban algo más.
Tocaron el cielo al unísono, extasiados, como siempre que podían hacerse un lugar en sus obligaciones y escaparse hacia la vieja ciudad. Permanecieron abrazados unos minutos, y luego caminaron tomados de la mano rumbo a la casa de María.
Aunque había algo raro en el aire. Algo denso. Y fue la joven la que rompió el silencio.
—¿Por qué tan serio, amor?
Guillermo suspiró y detuvo su marcha. Tomó a María de ambas manos y la miró fijo a los ojos.
—Me voy, María.
—¿Cómo que te vas? No entiendo.
—Sí, amor, me voy. A las Cruzadas.
María sintió las lágrimas aflorando incontenibles desde sus entrañas, como si el dique que ya no las contenía hubiera estado construido solo de pasto seco y quebradizas ramas de pino.
—¡Nooo! —gritó, apretándole los puños.
—Sí —dijo él, y la abrazó. Ella refugió su cabeza en aquel pecho fuerte—. El Papa demanda a todos los hombres en condiciones de luchar por Tierra Santa. Y yo no me puedo negar. —Se separaron apenas sin soltarse de las manos—. Me voy mañana.
A pesar de que la furia de la joven pugnaba por ganar una cruda pelea interna, se sobrepuso y preguntó:
—¿Solo?
—No. Somos treinta. Todos de entre quince y veinte años. Y mi padre y el de Antonio vienen con nosotros.
Esto último la tranquilizó. Pero solo un poco. Le dio un par de golpes en el pecho y volvió a preguntar:
—¿Prometes volver?
—Por supuesto —respondió él.
Pero el sexto sentido de María le indicaba otra cosa.
Y se lo seguía señalando esa misma noche cuando, escapados de sus respectivos hogares, se disfrutaron como si fuera la primera vez.

Había visto morir a varios de sus amigos. Y también había matado. Para sobrevivir.
El corazón se le había endurecido batalla tras batalla. Matar o morir. Esa era la cuestión. Ya no le importaban ni el Papa, ni Dios, ni Jerusalén, ni nada.
Avanzó gritando obscenidades junto a otros miles de cruzados. Los musulmanes hicieron lo mismo, y Damasco se convirtió en un infierno. Movió su espada a diestra y siniestra, y el acero cortó brazos y cabezas y se hundió en más de un vientre. Conocido por su ferocidad, Guillermo El Terrible no le temía a nadie; y la columna a la que pertenecía era, sin dudas, la más violenta de todas.
El combate fue feroz, terrible, sanguinario. Y, en un momento, Guillermo sintió el golpe, que vino de atrás y lo sacudió con fuerza a la altura de uno de sus omóplatos. Cayó girando sobre sí, sin soltar la espada, la sangre mojándole la espalda. Su enemigo lo miró implacable, los ojos —lo único visible de su rostro, cubierto por un al’uqda de tela negra— echando fuego. Se sintió desvanecer e intentó levantar la espada a modo de defensa. No pudo: sus fuerzas lo habían abandonado. Pestañeó dos veces y se preparó para lo peor. Y, entonces, María, tan bella como siempre, se apareció en el campo de batalla, junto al musulmán, y le sonrió. Volvía a tener trece años y sostenía su espada de madera.
—¿Te rindes, Guillermo El Terrible? —preguntó la jovencita, como aquella vez de la tarde en la campiña.
—Jamás —respondió él.
Y todo fue oscuridad.


El hombre golpea la puerta del convento y, paciente, espera la respuesta. Pasan unos minutos y la Madre Superiora le abre. Se presenta, y la mujer se lleva ambas manos a la boca. Pasan unos segundos de silencio incómodo y, luego, lo hace pasar.
Caminan por un sendero de lajas rumbo al patio central del lugar, intercambiando algunas palabras. Bajo un sauce, una joven mujer está sentada en un banco de piedra, escribiendo. Llegan ambos hasta su lado pero ella, ensimismada en sus letras, no levanta la cabeza. El hombre se sienta en el banco y la toma de la mano; la mujer lo rechaza sin mirarlo.
—Está así desde hace dos años, cuando en el pueblo tuvimos las últimas noticias de nuestros jóvenes en las Cruzadas —dice la Madre Superiora—. A usted lo daban por muerto. Y ella enloqueció. La trajeron sus padres: no sabían qué hacer. —Se enjuaga una lágrima que moja su mejilla, y continúa—: No habla, apenas come, no nos dirige la mirada… Está con nosotros, pero no está.
—La vi en el campo de batalla, aunque usted no me crea —dice el hombre—. Había perdido mucha sangre y tenía al infiel que me había herido frente a mí, levantando su espada. Y ahí me desmayé. —La joven sigue sin prestarle atención—. Mi propio padre me salvó: llegó justo cuando el musulmán se aprestaba a matarme, y lo atravesó con su lanza. Boqueó sangre y cayó muerto. Así me lo contó él mismo, cuando recuperé la conciencia.
—¡Qué horror!
—Sí… Pero hay algo raro: me insistió hasta el cansancio que no vio a ninguna joven en medio de la lucha, que seguramente yo había perdido la razón —Hace una pausa en el relato, y afirma con seguridad—: Pero le juro por Dios, Madre: María estaba ahí.
—No blasfeme, Guillermo.
—Perdón.
El silencio vuelve a transformarse en protagonista. Solo se escucha el piar de algunas aves, y a la joven mojando la pluma en la tinta para luego escribir.
Cuando la Madre Superiora ve acercarse a la Hermana Matilde, saluda a Guillermo con un movimiento de cabeza y se retira.
La monja trae consigo un laud. Se sienta en el banco de piedra, al otro lado de la joven, y comienza a tocar. La melodía invade la atmósfera bajo el sauce, y todo toma otro color. El color de la vida. El color de la fe.
María deja de escribir y levanta la cabeza. Mira a la Hermana Matilde y sonríe. La música le da paz, aunque no cura por completo sus males: el hombre a su lado sigue sin existir.
¿Existió alguna vez? Sí, existió: Guillermo lo corrobora cuando ambas se levantan y parten rumbo al interior del convento, dejándolo solo, el cubo de tinta y un pergamino olvidado sobre el banco.
Allí lee, en líneas que se repiten por toda la hoja con una caligrafía perfecta, el trazo firme y decidido:

Te esperaré por siempre, amor.

--FIN--

Datos del receptor:
Nombre: María
dos aficiones: escribir y la música (rock, heavy, rap... )
Lugar para la historia: Cualquier sitio en la Edad Media
Lugar de nacimiento: Las Baleares
Un miedo: Perder los recuerdos
Dos películas: El ejército de las Tinieblas - El nombre de la rosa.
     Consigna: Relato romántico con final triste.




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