lunes, 13 de marzo de 2017

Segunda parte por Abram Gannibal

—Corta el rollo, Ángela Christie —dijo Raúl—, parece mentira que una persona racional como tú crea en esas bobadas.
—Ya, bobadas... bueno, ahí lo tenéis.
El silencio se adueñó del interior del coche: aquella casa, plagada de hiedras y con los cristales oscurecidos por el polvo, resultaba terrorífica.
—Vaya —susurró Sergio— ...es realmente sobrecogedor.
—Ciertamente —dijo Carmen, con lágrimas en los ojos.
—¿Qué sucede, Carmen?
— Nada, Ángela. Se me están ocurriendo tres buenas historias en este mismo momento. Tres. Después de tantos meses de sequía, ¿no es maravilloso?
Todos rieron y abrazaron a una emocionada Carmen. La inspiración había retornado a sus vidas.
Entraron en la mansión entre crujidos y sonidos vagos, testimonios del tiempo transcurrido en soledad. Los cinco caminaron hechos uno. Ángela comandaba el grupo mientras Raúl permanecía atrás, con el labio tembloroso. Ciertamente hacía frío, estaba oscuro y todo invitaba a escapar. Penetraron en estancias abandonadas con grandes cortinones, que fueron retirando. Cuando llegaron a la última habitación, Roberto se frenó en seco, para sorpresa del resto.
—Hay alguien ahí dentro —acertó a decir.
—¿Qué? ¿Qué dices?
—Ya me habéis oído. Tenemos que irnos.

—No vamos a...

Segunda parte por Dr. A tomar por el culo

—Me cago en su puta madre. Ahora ella estará alerta...
—¡Eh, vos, tranquila! Era amigo mío.
—¡Carajo! Por eso está muerto el muy imbécil. Después de leer el diario le dije que no hablara con ella. Tanto amor y tanta paz, ¿de qué coño le han servido?
El cuerpo de Sergio reposa en el suelo del claustro de profesores. La asquerosa mezcla de sangre, vísceras y excrementos se desparrama por el viejo parqué enmohecido. Es el último regalo del hombre a este asqueroso mundo.
—Por favor —interviene Roberto—, parad de discutir.
—¡Cállate! Estoy hasta los ovarios de inútiles como vosotros.
En ese momento el trío enmudece. El lamento gutural inunda de nuevo hasta el último rincón de la vieja escuela. Las paredes tiemblan presas del antiguo odio atrapado. Raúl empuña con fuerza el sica. Roberto a su lado sostiene el atlatl.
—Imbéciles, no os van a servir.
—Tú haz lo que quieras. Yo interpreté otra cosa en el diario.
—Estoy con Raúl.

* * * (...) * * *

—¿Soy guapa?
—Sí —Ángela observa el enorme cráneo de la mujer enana. Ni un ápice de pelo corona la deformidad—, eres muy guapa...

—¿Te gusto?

Segunda parte por Flander furiosito

—Que apareciera la niña sangrienta sería lo mejor que podría ocurrirnos  —refunfuñó Raúl,  sacando los víveres del auto—. Pero estoy seguro que en su defecto hallaremos un caserón lleno de telarañas, con olor a orines y un silencio interrumpido solo por el gemir de las tuberías. No habrá niñas, ni sangre en las paredes, ni carcajadas demenciales. Que sí, que organizar el taller literario aquí ha sido una gran idea, pero intuyo que vamos a estar muy incómodos.
Carmen dejó de oír los graznidos quejumbrosos de Raúl en cuanto comenzó a rodear la hermosa fuente de mármol. Frente a ella la casa se erguía soberbia, provocadora.
Sergio, menos romántico, gritó desde el interior de la casa:
—¡Corred! ¡Esto es alucinante!
La amplia escalera dividía de manera simétrica la mansión; arriba, en el descansillo, una vidriera de colores recogía los últimos rayos del sol, que ya declinaba. Bajo los cristales un reloj de pie marcaba las tres y treinta y tres.

—Es la hora demoníaca  —susurró Roberto, esbozando una sonrisa lobuna —. Los del pueblo aseguraron que la casa de muñecas sigue arriba. Que la robaron mil veces, pero siempre vuelve a aparecer. ¿Subimos a averiguar si es cierto?

Segunda parte por Mesme

    —¡Ya están aquí! —La niña palmoteó y el lazo azul que adornaba su cabello se agitó con violencia. Volvió a mirar por la ventana de la buhardilla. El rumor a su espalda subió de volumen hasta que se giró y su ojos centellaron—. ¡Silencio, criaturas incompletas! Solo a mí se me ha dado la oportunidad de ser. ¡No sois dignos! —Sus zapatitos de charol resonaron contra las tablas mientras recorría la estancia. Las jaulas temblaban por la ira de los que allí estaban encerrados. La mujer de metal se acurrucó contra los barrotes cuando la niña le dirigió una mirada torcida; el hombre de la corbata quiso decir algo, pero no le salieron las palabras; un recién nacido berreó y en la jaula de al lado se escuchó el chapoteo ahogado del náufrago. Los cuervos revolotearon con sus chillidos nerviosos cuando la niña dio una patada a las cañas esparcidas por el suelo—. ¡Monstruos! Averiguaré con qué hijo de Satanás hizo el pacto la puta de mi madre para dejarme encerrada entre las letras de una historia. Siempre niña… ¡Ja! ¡Eso no me detuvo para darle su merecido! Y ese escritorzuelo tendrá el suyo.

Segunda parte por Moore

Siempre dicen lo mismo. Ángela…dijo Raúl, te recuerdo que nunca hemos visto nada.
Porque no venimos a cazar fantasmas sino a encerrarnos y atrapar musas por los velos y hacerlas nuestras aclaró Sergio con entusiasmo.
Llegamos señaló Ángela y no por evitar que Raúl contestará con acritud, sino porque ya estaban en la entrada de la casona.
El lugar era impresionante y todos lo expresaron de maneras distintas al entrar al  recibidor; estaba muy limpio, considerando el abandono. El salón les golpeó con un tufillo a encerrado, pero no había nada tenebroso en pleno día. Los muebles estaban cubiertos y la luz entraba por los ventanales iluminando motitas de polvo.
Ángela los miró con aire triunfal. Sergio sonreía a Raúl, y Carmen se sentó en un  escalón con el bastón a un lado.
Muy bien, Brutos dijo Carmen. Tenemos unas horas de luz y tres días para trabajar. Despejaré el salón y ustedes saquen las provisiones.
Cuando se quedó sola se dio un chute de morfina, los demás no conocían su reciente adicción, la ocultaba bien. Respiró profundo mientras relajaba el cuerpo, fue entonces cuando escuchó los gritos…

Segunda parte por Pierre Nodoyuna

—Puras gilipolleces —la cortó Raúl—. Los fantasmas no existen.
—¡¿Cómo que no?! —exclamó Carmen—. O no me vas a decir que nunca te despertaste en mitad de la noche sintiendo la presencia de alguien extraño a tu lado.
—Jamás. A no ser por la maja que duerme conmigo —dijo, acariciando la pierna derecha de Ángela por encima de su rodilla. Su novia mantuvo una de las manos en el volante, y con la otra frenó los dedos vivillos del joven, que subían por el muslo más allá de lo permitido. Y sonrió—. Ella no es ninguna extraña.
—Yo sí creo —señaló Sergio—. Es más, tengo fotografías de ellos sacadas con el móvil.
—A ver, enséñamelas —dijo Carmen.
Sergio sacó su smartphone de uno de los bolsillos del pantalón y, pasando su brazo por delante de la nariz de Roberto (que seguía durmiendo, imperturbable, a pesar del exiguo espacio que los tres compartían en el asiento trasero del auto), se lo entregó.
 Pero su amiga no alcanzó a ver las imágenes: quedó anonadada cuando Ángela, luego de la curva, frenó el auto.

El caserón. Con su lúgubre majestuosidad abandonada.

Segunda parte por Raskólnikov

En un paraje ideal para encontrar inspiración, los chicos han tomado la casa y, tras instalarse en sus habitaciones, beben cervezas en el jardín. Una preciosa enredadera sube hasta la ventana de Ángela, para acabar coronando el marco con pequeñas flores rosadas. Raúl la observa imaginando cómo sería...
—¿Qué ha sido eso? —grita de pronto.
—¡Eh! ¡Qué susto, tío! —contesta airado Sergio—. ¿A qué te refieres?
—Una sombra —murmura Raúl levantándose de la silla—, hay alguien en la habitación de Ángela.
Los amigos se miran sorprendidos. Es cierto que la luz de una lámpara hace que se distingan algunos muebles de la habitación a través del visillo, pero el entorno y el viejo caserón dan para que vuele la imaginación. Tras comprobar las miradas incrédulas de los demás, Raúl se dirige a Ángela.
—Tú deberías ser la primera en preocuparte —vaticina una voz.
Pero no es Raúl quien ha hablado. Ni nadie del grupo. El tono suave, incluso dulzón, se queda flotando en el ambiente unos segundos. Cuando orientan la cabeza hacia el lugar de donde proviene, observan horrorizados una figura menuda con un vestido de niña.

—¿No os han dicho que vivo en la casa?

Segunda parte por Shion

—Menos parloteo y a ver si aprendes a conducir —le recriminó Roberto a la mujer que los había llevado hasta allí.
—Si no te gusta como conduzco, haberlo hecho tú, en lugar de estar roncando ahí atrás.
—¡Ya vale los dos, no mamen! —intervino Carmen en tono cortante—. Hemos venido a escribir, no a pelear. Solo tenemos dos días, así que no perdamos más el tiempo.
Los cinco se encaminaron hacia el portón de entrada a la finca. La oxidada verja estaba cerrada con una cadena.
—Apartad —ordenó Sergio a la vez que empuñaba una gran cizalla. Segundos después la cadena reposaba en el suelo.
—Es impresionante, ¿cómo descubriste esta casa, Ángela? —quiso saber Carmen.
—Siempre oí hablar de ella. Está cerca de donde yo pasaba las vacaciones de niña, pero nunca la había conseguido ubicar exactamente hasta hace unos meses. Como si no hubiera querido ser descubierta.
Se detuvieron para observar la grandiosa fachada que se elevaba ante ellos.
—¿Vieron allá? —preguntó Raúl señalando hacia una de las ventanas superiores— Hay alguien en la casa. Parecía una niña.
—Eso es imposible —respondió Ángela.

Sonrió. Sus nuevos muñecos acababan de llegar. Llevaba mucho sin jugar y quería divertirse.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Velado

Autor: 3,2,1 ¡Despierta!

La flor se había tornado roja por la tierra empapada en sangre. El hombre se acuclilló, se quitó el sombrero de ala ancha, cogió un poco de aquel barro espeso y se lo llevó a la boca. Paladeó el sabor a metal y algo más, lo que le confirmaba que ella había pasado por allí, que el rastro era el correcto. Saboreó los restos de líquido amniótico y maldijo por lo bajo. Lo había hecho, se había atrevido a llegar hasta el final y ahora él debía cumplir con su deber: tendría que matarlos a los dos.
Sacudió la cabeza y el cabello largo cubrió sus ojos. Se permitió un momento para llorarles. Luego apartó los mechones de un manotazo y se caló el sombrero de nuevo. Debía darse prisa porque las primeras estrellas titilaban ya en el cielo añil. Ajustó su capa hasta que le cubrió el cuello para protegerse de aquel viento que le azotó de pronto, como si el filo de un cuchillo tanteara el perfil de su cuerpo. Cerró los ojos. Había calma cuando inició la persecución. «¿Será ella la que envía el viento?», pensó de forma fugaz, «¿O será él, que tras haberse librado del velo…?». Un temblor le sacudió los hombros y la urgencia le atenazó la garganta.
Corrió. Sus tobillos zozobraban al pisar las piedras, y las ramas de los arbustos se le enredaban alrededor de ellos como si quisieran retrasarle. El hombre ya no sabía si se estaba volviendo loco o las leyendas eran ciertas y la ley que él debía cumplir la habían dictado por ese motivo: para protegerles de «eso».
Un dolor sordo en el pecho por el esfuerzo de la carrera se unió al que sentía en la nuca. Le habían cogido desprevenido y la partera le había golpeado con un jarro de agua mientras él balbucía al ver el producto de la larga agonía de su esposa. La anciana había actuado a sabiendas de que él respetaría la ley, aunque debía reconocer que en aquel momento, la duda le había paralizado. Era su mujer la que yacía en esa cama; era su hijo, silente, el envuelto en el velo.
La noche cubrió cada línea con una sombra y ocultó las formas reales del bosque. Bien podían ser espíritus u hombres, animales salvajes o árboles centenarios. El aullido de un lobo rasgó el viento y se dividió en varias voces que se fueron superponiendo, rebotando en un eco que llegaba de todas direcciones, y al final, como una nota lejana y amenazante, le pareció escuchar el llanto de un niño.


Vendeta bruta

Autor: Coblas

Continuas gotas de sudor, resbalaban por la mandíbula del deportista. Un turbante cubría su frente, ocultando las más que incipientes entradas de su pelo negro, pero sin evitar que su cara asemejara un hierro candente. Contribuían a ello, los cuarenta grados con los que el astro rey, ejercía su autoridad en demasía.
La senda empedrada por la que ascendía el empapado maratoniano, llegaba a su final. Un pequeño llano junto al barranco de Somosierra, en la cordillera de la capital.
Las zancadas se transformaron en pasos, el rostro, contraído por el esfuerzo, se relajó unido a un suspiro de alivio al ver su particular meta.
En el escaso espacio del claro, dos personas esperaban al recién llegado. Estaba sentada sobre una roca, la mujer de ojos de fuego, cuya mirada podía derretir a cualquier hombre. Portaba una sonrisa maliciosa, mientras garabateaba con un bisturí en la tierra. Mostraba bajo sus cortos tejanos como rebeldía incorrecta, un circular y abstracto tatuaje, mancillando sus esculturales y sedosas piernas. Una fina trenza morena, se relajaba sobre uno de los tirantes de su camiseta blanca, tal oscura serpiente en la nieve.
El hombre del sombrero, rostro redondeado y blanquecino, afilaba un lápiz con un machete de grandes dimensiones. Saludó al visitante con un gesto breve antes de hablarle, permitiendo que recuperara el resuello.
—¿Vienes corriendo? —le dijo incrédulo.
—¡Qué mejor forma de no levantar sospechas! —afirmó el deportista.
La mujer, señaló hacia su espalda con el instrumento quirúrgico, sin perder su cínica sonrisa.
—Veo que lo tenéis —exclamó el corredor mirando el lugar indicado.
Al borde del precipicio, un individuo maniatado tiritaba atemorizado mirando al vacío.
El corredor se quitó el turbante, secando con su mano los restos de su excesiva transpiración.
—¿Podrás hacerlo? Esto no se trata de centrifugar un gato en la lavadora —preguntó a la chica tatuada.
La sonrisa de ella se convirtió en hielo, fría, segura antes de responder.
—Si supieras lo que hago con mi bisturí trabajando en el hospital, a los pacientes que no se portan bien, no hablarías tanto.
Las palabras causaron algo más que respeto al deportista. Se giró hacia el segundo conocido.
—¿Y tú?
Un golpe seco, el trozo de astilla volando en el aire y la fijación, clavándole sus ojos en los suyos, confirmaron la respuesta.
—¿La señora bondadosa no está? —continuó preguntando.
El hombre del sombrero contestó sin dejar de afilar el lapicero.
—Se quedó en Argentina. Tenía que recogerle un diploma al trastornado que mancilló la obra de Cervantes. Tampoco vendrá ese loco, seguro que está asesinando por su cuenta.
El deportista cogió aire para hablar con fuerza.
—¡Camaradas! Vivíamos en nuestro edén particular, antes de que llegara el crítico literario que tenemos ahí atado. Aunque brutos, no dejamos jamás de ser creativos, pero nos difamó hasta el ridículo. Estamos aquí para ejecutarlo sin juicio, ¡igual que hizo él con nuestras obras!
El corredor miró a sus conocidos, con el odio instalado en el semblante.
—¿Quién hace los honores?

Demasiado cerca

Autor: Michaël Sagan

—¡En tránsito decían! Maldigo a Gillon. Demasiado cerca. Demasiado cerca de la órbita. ¿No podrían haberlo pensado antes?
—¿Qué hubiera hecho usted? No tenían otra alternativa. Su planeta se moría. El sistema Trappist era lo único que les quedaba.
—¿Y más allá de Orión? ¿Y el sistema Gliese? Ahora nos toca salir corriendo de nuevo, recoger los pedazos y dejar la mierda. Esto es un desastre. Por la estupidez científica condenaremos a millones.
La doctora Price se encoge de hombros. No añade nada a las palabras del presidente.
—Trappist-b, Trappist-c y Trappist-d están condenados.
—¿Lo haremos público, señor?
—¿Está loca? Cundiría el pánico en los siete planetas.
—Mi madre... Vive en Trappist-c...
—No se preocupe por su madre. Vendrá en su nave. Preocúpese solo de arreglar el problema en la ecuación de curvatura. Ayude al equipo. ¡Qué los números salgan! ¡Qué las fórmulas cuajen como si fueran materia oscura! Joder, arregle el problema y le juro que hasta su gato vendrá con nosotros.
—Sí, señor. Necesitaría acceso a la onda sincronizada con el núcleo de los siete planetas. Debería realizar un pequeño... experimento.
—¡No dijo nada de un experimento con los núcleos!
—Ahora que llevo un mes con su equipo, después de mucho trabajo... Necesito probar que las ecuaciones son correctas. Verá, el equipo está dividido en un consenso interno sobre la ecuación Morgan-Keenan y la aceleración gravitacional de dos masas equivalentes a...
—Déjese de fruslerías frikis. ¿Necesita acceso a los núcleos? ¿Eso es lo que carajos necesita? Deme un mes. Debe hacerse lentamente. Iniciaré un pequeño conflicto entre Trappist-b y Trappist-c. Una pequeña guerra termonuclear. Sí, eso desviará la atención.
—Pero... morirán millones.
—Morirán igualmente. ¿No fueron ustedes los científicos quienes calcularon que no podríamos sobrevivir todos? Solo una veinteava parte de la humanidad. ¿No dijeron eso?
—Sí, claro, pero... no podrían morir de manera natural.
—¡Ya salió la doble moral científica! Doctora Price, así no funcionan las cosas. Suponga que les decimos a todos. «Hola gentes de los siete planetas de Trappist. Os quedan menos de treinta años de vida. Pero tranquilos, los científicos tienen un plan para salvar al 20% de vosotros». Já. ¿Cree que se quedarán cruzados de brazos esperando ver morir a su gente?
—No, claro, pero iniciar una guerra.
—¿Y qué es lo que quiere? Maldita sea. ¿Puede salvar al 100% de la humanidad?
—No, no señor, no podemos.
—Pues entonces déjeme hacer lo que tengo que hacer. Espabilen allá abajo. ¡Qué el experimento sea un éxito!


[Apuntes Histoespaciales]: En noviembre de 2010, fecha terrestre, un telescopio suizo detectó Trappist-I. Un sistema con una enana roja y siete planetas. El pequeño tamaño de la estrella explicó porque la órbita de los planetas estaba tan cerca de la zona habitable. La salvación de la humanidad. Eso es lo que escribieron muchos...

El trastero

Autor: Kalrathia

Como cada tarde, Jake se sentó en el banco a esperar. Llevaba dos meses vigilando a aquel hombre. Su mujer sospechaba que tenía una aventura extramatrimonial, por eso había contratado sus servicios.
Necesitaba capital y nunca decía que no a un encargo de aquellas características. Suponía un dinero fácil. El cliente le entregaba datos y fotos de la persona a vigilar y él se limitaba a seguirla. En una semana, o poco más, tenía un elaborado dossier sobre las actividades que el interesado suponía que tenía su pareja y caso resuelto. Él recibía aquella pasta gansa cuando el cliente confirmaba (o desmentía) sus sospechas.
Sin embargo, en esta ocasión no había resultado tan sencillo. Había esperado al marido a la salida del trabajo y lo había seguido hasta una nave de trasteros y guardamuebles de alquiler.
Cuando quiso entrar al interior, el vigilante se lo impidió argumentando que solamente podían entrar quienes tuviesen un habitáculo registrado a su nombre o fueran con una orden judicial para inspeccionar alguno de ellos en concreto. Como no tenía ni una cosa ni la otra, no pudo pasar.
Al poco alquiló un trastero para poder entrar en la nave, pero fue inútil porque cada pequeño almacén era independiente de los demás y la forma de acceso a cada uno era única e independiente del resto. Solo el propietario, mediante una llave especial, podía llegar hasta la puerta correspondiente.
Había intentado hacerse el encontradizo con él. Había contactado por una red social simulando ser un antiguo compañero de colegio y hasta había preguntado en el entorno laboral, pero nada. No había conseguido ningún dato adicional. Su vida fuera del hogar y el trabajo era demasiado hermética. Nadie sabía lo que hacía desde que entraba a aquel almacén hasta que volvía a salir, varias horas después, para regresar a su hogar.
Jake también vigió varios días los trateros tanto antes de la entrada del marido como después de su salida. Permaneció sentado en el coche durante horas sin ningún resultado positivo.

Su cliente estaba impacientándose por la falta de noticias que confirmaran sus sospechas o que las descartaran de una vez por todas. Él siempre le decía lo mismo, que tarde tras tarde salía del trabajo y se dirigía hacia aquellos almacenes. Entraba, permanecía algunas horas y salía de nuevo para regresar a casa. La mujer, cansada de oír todas las semanas lo mismo, le había dado un último plazo. Tenía otra semana más para averiguar qué hacía su marido en aquel lugar.

En el cañaveral

Autor: Atahualpa

Corrió.
Corrió como un enajenado, sin mirar atrás. Raspándose la cara y los brazos con las salientes del cañaveral, pero sin notarlo. El terror podía más.
Tropezó y cayó de cara contra el fangal. La sangre se mezcló con el barro maloliente y se le metió en la boca. Escupió. ¿Un diente? No, un diente no. Un terrón de tierra.
Se levantó como pudo y siguió corriendo.
Su aliento agitado se mezcló con el frío invernal de la noche tucumana. Lloraba. Miedo, frustración, y también rabia. Por lo que el Mister le había hecho a Clara. Hijo de puta. Terrible hijo de puta. E idiota él, que creyó que iba a poder enfrentarse así nomás al dueño de todo.
¿Dónde estaba la luna? Era la única manera que tenía para orientarse un poco en aquel laberinto azucarero de más de doscientas hectáreas; pero ni siquiera ella le daba una mano. Estaba abandonado por todos. El Mister, el encargado, los peones. Por Clara no, si es que se recuperaba de las heridas.
Dejó de pensar y se concentró en correr. Sus alpargatas de yute no ayudaban en nada, pero peor hubiera sido no tenerlas.
Más allá estaba el arroyo. Algo caudaloso, pero no imposible de cruzar. Lo vio en su cabeza, más allá de la negrura de la noche. Eso le dio nuevos bríos. Eso, y pensar en la venganza. El Mister se la iba a pagar, como que había Dios.
Entonces escuchó el resoplido y el trote asolador de la bestia.
Y, aunque dedujo que las chances eran ínfimas, igual siguió corriendo.

Trinidad se acercó a la cabecera de la cama y, con dulzura, quitó un rizo de pelo negro que, indómito, tapaba uno de los ojos de la joven. El único que le quedaba. Cerrado y amoratado.
La golpiza había sido terrible. Durísima, con un ensañamiento indecible. Y ella nunca había visto una cosa así, ni siquiera en el terremoto de 1907.
«Fue el marido», había dicho el Mister cuando la trajo al hospital en su moderno Ford T. «Discutieron feo y no lo pudimos parar.».
Según el Dr. Velázquez, tenía comprometidos el hígado y el páncreas, un riñón le había dejado de funcionar y uno de los pulmones estaba perforado por una de las costillas rotas. Además de la fractura de cráneo.
Y de la pérdida del ojo.
Trinidad la miró y no pudo evitar el llanto. Pertenecía a las «Hermanas Dominicas del Santísimo Nombre de Jesús», y sabía que los designios de Dios para cada uno de los mortales tenían un porqué; pero le parecía imposible que un ser humano pudiera sufrir tanto.
Se persignó al darse cuenta de su blasfemia, y pidió perdón en silencio.
Fue justo cuando la joven dejó de respirar.
Trinidad, entonces, se secó las lágrimas y rezó por el nuevo ángel que Dios tenía a su lado.

La casa de muñecas

Autor: Pandemónium

Él ha llegado esta tarde con dos regalos. El más voluminoso, envuelto en papel de colores y con un enorme lazo rosa, venía en la parte trasera de la carreta. Dos criados han transportado el bulto hasta el salón. El pequeño —más importante— lo llevaba escondido en uno de los bolsillos del chaleco, cerca del corazón. «¡Ven a abrir tu regalo, mi niña!», ha exclamado mamá, con las mejillas más encendidas de lo normal. He arrancado aquel ridículo lazo y he rasgado el papel con rabia. Una casa de muñecas. «Es una réplica de esta mansión. La ha construido un artesano siguiendo mis indicaciones», ha comentado él, contemplando a mamá con los ojos brillantes. Ha sido entonces cuando ha rebuscado entre sus ropas y una cajita ha aparecido en su mano. Mientras se declaraban amor eterno y se besaban, mis manos de niña se han cerrado con tanta fuerza que las uñas han lacerado las palmas. Me he asomado a una de las ventanitas de la casa para ocultar las lágrimas y he distinguido una miniatura exacta de mi lecho infantil.
Más tarde, después de que hubieran acomodado la casa de muñecas en mi habitación y todos regresaran a sus quehaceres, he oído ruidos provenientes de la habitación de mi madre. He salido al corredor y me he acercado a su puerta. Susurros y risas sofocadas. Gemidos. Sintiéndome incapaz de soportarlo, y al mismo tiempo incapaz de resistirme, les he espiado. He visto cómo el cuerpo de mamá se arqueaba en pleno éxtasis y cómo un hilillo de saliva escapaba de entre sus labios entreabiertos. Y cómo él aumentaba el ritmo de sus embates y le aferraba los pechos.
Allí parada les he detestado profundamente... Casi tanto como me aborrezco a mí misma.
Nunca seré como mamá. Jamás tendré el cuerpo de una verdadera mujer, un cuerpo que los hombres desearan acariciar y poseer. Soy una mujer atrapada en un cuerpo de niña. Un bicho raro. Un monstruo.
Mamá, siempre tan preocupada por las apariencias, hace años que decidió convertirme en su «muñequita eterna» —mucho mejor eso que explicar a la gente que, en realidad, ya he cumplido los veinte—. Me viste y me habla como a una cría y, estoy segura, la mayor parte del tiempo cree que lo soy.
Ya no soporto esta farsa.

* * * (...) * * *

—¿Falta mucho? —preguntó Sergio desde el asiento trasero. Carmen bostezó. Roberto roncaba.
—No —respondió Ángela sin apartar los ojos de la carretera—. Tras la próxima curva ya podréis ver el caserón.
Raúl estiró sus casi dos metros de altura y se golpeó contra el techo del vehículo.

—¡Ya veréis qué buenas historias nos inspirará este lugar! Afilad los lápices —dijo Ángela—. En sus tiempos fue una hermosa mansión, pero luego la reconvirtieron en escuela. Lleva años abandonada. En el pueblo la llaman «La casa de las muñecas» y dicen que está maldita. Algunos afirman haber visto el fantasma de una niña cubierta de sangre...

Lola Bunny

Autor: Jo March

Lo último que recordaba, antes de que aquel coche la lanzara veintitrés metros por el aire, fue que andaba hablando por el celular. Tiempo después logró abrir los ojos lo suficiente para descubrir que estaba en un hospital. Más tarde supo también  que la única que había ido a verla fue Connie Williams, la chica de sus sueños. A las preguntas de los médicos sobre su identidad alcanzó a decir que su nombre era Lola Bunny y que la apodaban así por su vieja relación con un enano medio chiflado que pateaba cabezas mientras mordisqueaba zanahorias. Cuando salió del hospital el cirujano le recomendó tres cosas: que prestara más atención al tráfico, que no anduviera con tipos enanos y que no se acercara a una nevera llena de imanes.
—El cincuenta por ciento de tu cuerpo es hierro—añadió el cirujano sonriendo socarrón.
Cuando le explicó el chiste a Connie ella lo celebró dando palmadas.
Connie dulce. Connie susceptible. Cuando golpeaba con mano ensortijada sonaba un “booom” dentro de la cabeza. Lola aún recordaba aquella vez que aquel tipo trajeado expulsó el humo de su cigarro puro en los ojos de Connie y le dijo: “¿Qué tal si nos vamos al asiento de detrás y me haces una mamada, guapa? Podría participar la tarada de tu amiga”. “Nunca, en toda tu jodida vida, vuelvas a llamarla tarada”, contestó ella acercando sus labios carnosos a la oreja cerosa de aquel mamón. Luego sonó el disparo. El tapiz aterciopelado del Cadillac verde ciprés quedó hecho un asco.
De vez en cuando Connie castigaba a Lola, pero no soportaba que nadie la insultara. Era su chica y le profesaba un amor incondicional y rabioso.  Por otra parte si Connie gritaba que había que correr Lola corría, si avisaba que había que esconderse Lola lo hacía sin preguntar por qué.
Cuando salió del hospital Connie la esperaba con unas flores y unos bombones. En el ascensor le dijo, exultante: “tengo planes, cariño, planes muy buenos para las dos. Vayamos a casa”.
Su casa. Una caravana en mitad de un terreno yermo rodeada de otras caravanas. Allí vivía la gente que no quería ser encontrada.
Al atardecer, sentadas y con sendas cervezas, Connie suspiró satisfecha. Lola la miró fascinada. Observó su pelo rojo, su boca grande y firme, sus manos nerviosas, sus ojos claros y persuasivos.
—¿Recuerdas lo que te prometí la primera vez que nos acostamos?—le preguntó.
—Sí—susurró Lola bajando los ojos. Recordaba aquella primera paliza. Luego de explicarle, con paciencia, el porqué de aquel castigo, Connie le hizo el amor con una dulzura exquisita—. Fue el día que me porté mal. Juraste que si mejoraba depositarias el mundo a mis pies.
—Exacto, cielo. Pues bien, ese momento ha llegado. Tú y yo vamos a hacer algo muy grade, nena. Acércate.
Connie tomó una larga ramita y comenzó a dibujar en la tierra. Era el interior de una sucursal bancaria y alrededores.

El otro

Autor: Fújur

—¡Basta de pamplinas! ¿Por quién me habeis tomado? Malditos cuervos, no conseguireis amilanarme. ¡Graznidos a mí! ¡Volad mientras podais, malditas aves del demonio! Porque cuando os pille, ay cuando os pille, ¡no querreis saber qué ocurrirá cuando lo haga!
El señor Peculière tomaba un café en la terraza de un localcito de la Rue du Temps como cada día. Dispuesto a leer el diario de la mañana, tuvo que ingeniárselas para que todos los elementos cupieran en la minúscula mesa que casi rozaba la situada a su vera. La taza de café con su platillo en la parte derecha, el periódico abierto por la sección de Cartas al director a la izquierda, una elegante pitillera de piel justo frente a él y no podía faltar el estuche de su viejo violín sobre la silla que quedaba libre. Todo estaba saliendo a la perfección hasta que habían llegado esos animales malsanos: los cuervos. Tras espantarlos con éxito una primera vez, cruzó las piernas y dio un sorbo a su café.
La primavera asomaba tímidamente por las ramas de las acacias y el sol comenzaba a hacer más agradable la mañana. Se desabrochó un botón del abrigo y, cuando se disponía a leer las siempre anecdóticas opiniones de los lectores, notó una presencia. Otro hombre de talla y edad similar a la suya había tomado asiento en la mesa de al lado. Al hacerlo, el roce de éstas emitió un impertinente chirrido.
—¡Por el amor de Dios, buen hombre! ¡Tenga un poco de cuidado! —vociferó encendido.
Sin embargo, el sujeto no se inmutó y se limitó a mirar de soslayo a través de sus gafas oscuras al señor Peculière como si pasara inadvertido.
—Le estoy viendo, señor mío. Estoy viendo que me está mirando. Haga el favor de no disimular y dígame algo —insistió con petulancia.
Pero, muy a su pesar, el hombre de la mesa de al lado simplemente emitió un sonido parecido a una risita afónica e ignoró su comentario. Continuó colocando en la pequeña mesa redonda sus pertenencias: el periódico de la mañana a su izquierda, una pitillera de piel frente a él y la reciente taza de café que  había pedido en el interior del local, a su derecha. Así pues, todo quedaba dispuesto como en un espejo. Todo menos los cuervos. Pues al divisar nueva compañía en el lugar, se acercaron curiosos al novedoso personaje y éste, sin pensárselo dos veces, les comenzó a echar mendrugos de pan de una bolsa de papel.
No cabía en sí del asombro. ¿Qué tipo de descortés caballero se sentaba al lado de otro y se ponía a alimentar a esos espeluznantes animaluchos? No, a él no le iba a arruinar el día un sinvergüenza. Fue en ese momento cuando el señor Peculière le miró de soslayo a través de sus gafas oscuras y emitió una especie de risita afónica que le dejó completamente sorprendido, pues no la reconoció como propia.

Roderick

Autor: Nadia Hazin

Al principio no hizo nada. Después, cuando el mar cobró su debida deuda y el naufragio hubo terminado, Roderick estalló en cientos de lágrimas saladas que ayudaron a que la zozobra del barco fuera aún más rápida e implacable. Sin apenas tiempo para santiguarse o maldecir su infortunio, se adentró en una espiral de líquido que entraba y salía de su boca, de sus fosas nasales, de las mismas cuencas de sus ojos. Más cerca de la muerte que de la salvación, apenas tuvo fuerzas para abandonarse y dejar que el destino hiciera con él lo que mejor le viniera en gana.
Y el destino, dicen, es la más sucia y peligrosa de las rameras que gobiernan la faz de la Tierra; es capaz de encontrar un final a cualquier historia, por muy tramposo que sea aquel, y temeroso al mismo tiempo de la afilada navaja de Ockham; es, simplemente, un diablillo antojadizo y soñador que no se conforma con lo más sencillo. Por eso, fue extraordinario lo que hubo de sucederle al bueno de Roderick. No tanto por el hecho de sobrevivir a un naufragio, allí donde sus compañeros perecieron; tampoco por la feliz circunstancia de encontrar un suelo de arena, en el que reponerse de la ordalía marítima a la que había sido sometido; ni tan siquiera por el hecho de que en aquella isla no hubiera otra alma humana que no fuera la suya. El verdadero milagro, la constatación de que Dios juega a los dados con más asiduidad de la esperada, quedó reflejada al comprobar cómo, en uno de los bolsillos de sus calzas, un pequeño librillo había sobrevivido a la tragedia.
Este se había conservado razonablemente bien. La salitre se incrustaba en cada una de sus páginas y el título de la obra se había diluido hasta tornarlo ininteligible; sin embargo, la tinta de las hojas permanecía indeleble en su lugar y ni tan siquiera el continuo empapar del agua embravecida había menguado la consistencia del papel. Se diría que aquel libro había sido seleccionado especialmente para aquella misión; allí donde cualquier otro ejemplar se habría deshecho como un azucarillo en té caliente, el libro que Roderick portaba junto a él había resistido los embates de la vida que aquel marino errante padecía.
Tras despertarse entre mareos, se recostó contra la corteza rugosa de una palmera y recuperó lentamente la consciencia. Ser sabedor de su enorme fortuna le arrancó lágrimas gruesas como cuajarones: estaba vivo. Se disculpó mentalmente con sus antiguos compañeros de travesía; con Joe el Tuerto, con Jack, con el capitán Smith, con todos ellos. Ahora, no quedaba nada que demostrara su mera existencia, no quedaba rastro alguno de su errático devenir. La culpa del superviviente atenazaba a Roderick y le insinuaba el peligroso sendero de la locura y la derrota vital.

Veinticinco centavos

Autor: Mr. Hide

El diablo compró la vida de Susana con una moneda dorada de veinticinco centavos. Muchos años después descubrí que era una moneda con un baño de oro, pero lo importante es que  me olvidé de Susana y me preparé para mi gran proyecto. Como corredor de bolsa ganaba bien, a veces perdía y eso, nada de lujos extravagantes, ni romances de revista. Aunque fingí ser homosexual para librarme de las habladurías de oficina… gajes del oficio.
Al llevarse a Susana, el diablo me hizo notar el montón de errores que estaba a punto de cometer. “No estás listo” me dijo; tenía razón. Después de muchos años, además de mi apartamento, compré una casa veraniega cerca del bosque; nada fuera de lo normal. Trabajé horas extras y acumulé días de descanso para poder ausentarme por largos periodos en el trabajo y dedicarme a lo mío.
Pero no quiero aburrirte con los detalles, mi niña… ya bastante tienes con lo mucho que me cuidas y te preocupas por mí. Cuando conocí al diablo yo era joven, seguro de mí mismo, inteligente, pero ante él me sentí como un nene en pañales. Lo vi llevarse a Susana sin hacer esfuerzo, ella le obedecía sólo con mirarlo. Todos mis esfuerzos buscaban recrear eso, supongo.
Experimenté mucho y debo confesar que todos mis proyectos fueron muy interesantes. Me divertí en cada uno de ellos. Pero ¿sabes qué es lo más interesante? Que no cometí ni un solo error. Ni uno solo. Del primero al último, todos salieron bien. Tuve complicaciones pero supe resolverlos…
Sin embargo, hace dos años noté que me estaba volviendo torpe. Las cosas se me escurrían de las manos, no podía enfocar y de pronto comencé a sufrir insomnio. Me di cuenta de que todos mis planes, mis proyectos, mi trabajo, mis ahorros no contemplaban el deterioro de mi cuerpo. Había hecho cosas que muchos hubieran querido hacer, había conocido gente especial, había recorrido el país pero nunca me había hecho ni un solo chequeo médico… y tuve que interrumpir mis vacaciones.
Fue devastador. Mis nervios se degeneraban a pasos agigantados, mi cerebro daba las órdenes pero llegaría el momento en que mis miembros no pudieran cumplirlas. ¿Qué manera de morir sería esa? ¿Después de tanto esfuerzo? ¿Después de… todo?
Decidí terminar el proyecto que tenía en desarrollo y cerrar el negocio. Y entonces, cuando iba de camino a casa, te vi. Caminabas tan tranquila por la acera, tan ligera, tan bella. Me detuve a tu lado y te dije que subieras al auto. Lo hiciste. Te dije que no gritaras, no gritaste. Te traje a mi casa y te pedí que te desnudaras. Fue glorioso.       
En ese momento tenía a cuatro rubias encadenadas en el sótano. Te las mostré y no trataste de huir. Te pedí que limpiaras mientras me deshacía de ellas y dejaste todo reluciente. Esa noche te mordí, te até, te violé y no rechistaste. Sé que no lo harás.