lunes, 27 de marzo de 2017

Tercera parte por Dr. A tomar por el culo

Seudónimo: Dr. A tomar por el culo
Autor: Sergio Bonavida Ponce

            La niña escribía en el diario: «la solvo estas al fino de la ekzerco».
Estaba tan absorta en la tarea que no reparó en la presencia. Él estaba allí. Vestía únicamente unos calzoncillos y su cuerpo retenía copioso sudor producto de la fornicación con su madre.
            —Hola, niña.
            La pequeña mujer no dijo nada. Cerró el diario y con sus manos se desmelenó. El lazo azul cayó en la alfombra. Acto seguido, manos en la espalda, desabrochó los botones de su ceñido vestido. Este se deslizó por el pálido cuerpecito en dirección al suelo.
            —Tan puta como tu madre.
            Ella no se inmutó. Se acercó lentamente en dirección al hombre contoneando las caderas. Él adelantó la mano prohibiéndole acercarse más.
—No. ¿Querés libertad? ¡Primero los joputas de abajo!

* * * (...) * * *

            —¿Y ese ruido? —Ángela observó al techo.
            —¿Qué ruido? —Sergio se intranquilizó.
            Robe roncaba estirado en el sofá.
            —Chinga tu madre, ¿empiezan con tonterías?

* * * (...) * * *

           Una manita de piel pálida se deslizaba lentamente por la barandilla de las escaleras...

Tercera parte por Moore

Seudónimo: Moore
      Autora: Carmen Gutiérrez

    «Roberto estaba asustado. Iba a disculparme por no haberlos acompañado a ver las jaulas pero no me dejó hablar, tomándome del brazo me obligó a subir y me las mostró. Me olvidé del dolor en la pierna al verlos aunque fingí que todo estaba normal.
-No encontramos a Raúl –dijo sin aliento-. Cuando los vio soltó una carcajada y se largó. Ángela lleva dos horas buscándolo en los alrededores… Dime que tú también los ves…-suplicó.
No podía apartar los ojos de las aterradoras cajas de metal pero si contaba lo que veía confesaría mi adicción. Mi cerebro dijo que toda esa sangre era imaginaria y que no había seres humanos malformados encerrados; incluido al bebé, cubierto aun con la placenta, que me miraba mostrando una mueca salvaje de dientes afilados. Es la morfina, me dije.
-El recién nacido es el peor –dijo Roberto.
Me estremecí. Él también lo veía.
-¿Y Sergio? –pregunté.
De eso hace casi una hora. Roberto fue a buscarlos, mientras espero a que regresen hago esta grabación para que quede constancia de todo… (Ruidos) ¿Roberto?... ¿Ángela? ¡Oh, Dios mío! ¿Mujer, estás herida? ¡Siéntate, traeré agua! ¡Oh, por Quetzalcoatl!
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Tercera parte por Pierre Nodoyuna

Seudónimo: Pierre Nodoyuna
Autor: Juan Esteban Bassagaisteguy

* * * (...) * * *
La mujer se desliza sinuosa sobre el cuerpo del hombre. Sabe lo que quiere: aquello que late febril entre las piernas de su amado la llama con insistencia.
Acaricia, aprieta, masajea. Su lengua experta recorre muy despacio la dureza que tanto la atrae. Y engulle voraz, insaciable. Sube, baja, sube, baja, y así hasta el infinito.
Lo presiente —lo desea—: el torrente mojará sus labios. Y se deja llevar, al borde de su propio colapso repleto de humedad.
Las explosiones llegan, en perfecta comunión.
Y también la sangre.
Frenéticos, ensimismados en la lujuria de la habitación a oscuras, ninguno de los dos la vio venir.
Catorces puñaladas. Simétricas, parejas, profundas. Siete a cada uno. Cruentas como una lluvia de meteoritos incandescentes, y veloces como un tren bala sin frenos.
* * * (...) * * *
Entraron al caserón en fila india, Ángela y Raúl encabezándola y los otros tres algo más atrás.
Un vaho mohoso inundó sus fosas nasales, y los gestos de nariz arrugada y ojos achinados se multiplicaron por cinco.
No notaron que, desde el primer piso de la mansión, la niña los miraba curiosa.
Cuchillo en mano, sonreía.

Tercera parte por Abram Gannibal

Seudónimo: Abram Gannibal
    Autor: Asier Rey Salas

    Los escritores se acomodaron en la casa y se relajaron entre caladas prohibidas y juegos de mesa, felices con su merecido descanso. A las doce estaban de camino a sus catres, vencidos por la diversión.
A la una, todos dormían plácidamente.
A las dos, un alarido rompió el silencio.
Raúl se levantó, asustado; salió al pasillo y se encontró con Carmen, con Roberto, con Ángela... igual de atemorizados y extrañados. Habían oído aquel ruido desgarrador con demasiada nitidez.
—¿Dónde está Sergio? —preguntó Carmen. Todos se azoraron y miraron hacia aquella puerta cerrada.
Comenzó a manar la sangre y a manchar los pies descalzos de los escritores. Raúl se desbocó y aporreó la puerta, fuera de sí.
Cedieron las bisagras y la puerta se vino abajo. Allí, sobre la cama, reposaban los restos del malhadado poeta. Una cajetilla de cigarrillos era lo único que podía mirarse sin desagrado.
—Dios —susurraron—. Sergio... ha muerto.
Las lágrimas se desbordaron entre los presentes. Estaban en mitad de una pesadilla.
—Mirad —advirtió Roberto—. Hay algo allí.
Todos miraron a la esquina indicada. Apenas visible por la oscuridad, un arrugado lazo azul les anunciaba una terrible realidad.
Había un asesino en la casa.

Tercera parte por Raskólnikov

Seudónimo: Raskólnikov
Autora: Yol Anda

* * * (...) * * *
Saltar la verja que bordeaba la mansión fue sencillo y, tras un par de patadas que Ángela propinó a la puerta principal carcomida por los años, se adentraron en ella. Conservaba su estructura original y constaba de diez habitaciones, cada cual más siniestra. Subieron hasta una oscura buhardilla que dominaba la casa, por lo que no tardaron en discutir sobre quién la ocuparía.
—Ni de coña, amores. Yo la encontré y yo seré quien elija primero —se impuso Ángela apoyando la mano derecha en su cadera—. Si Carmen quiere compartirla, se lo permito, pero solo a ella. ¿Dónde se ha metido Sergio? Carajo, se ha cabreado…
Pero Carmen tampoco estaba allí. Se había adentrado en la buhardilla, así que los demás siguieron sus pasos. Entre nubes de polvo y gigantescas telarañas, se sobresaltaron al escuchar un desgarrador grito. Era Carmen. Corrieron  a tientas y encontraron un espectáculo atroz: Sergio, sodomizado por una niña con un lazo azul en la cabeza, suplicaba de rodillas con los ojos saliéndose de las órbitas. Sus chillidos atravesaban a duras penas las bragas que le había metido en la boca el monstruo que, de pronto, alzó un enorme cuchillo y blandió sobre él.

Tercera parte por Flander furiosito

Seudónimo: Flander furiosito
           Autora: Ángela Eastwood

          —No es justo, pequeña ama, —boqueó el náufrago medio ahogado—. Nosotros también queremos divertirnos.
—Miradlos. —Susurró la niña observando tras los cristales—. ¿Sabéis qué? ¡He cambiado de opinión! Todos participaréis del festín. ¡Ja! ¡Tú! Sí,  la zorra de hierro. Ponte este modelito de mamá y baja, rauda, a recibirlos. Dirás que trabajas para una inmobiliaria; que no te importa que pasen a visitar la casa si les place, incluso que tienes permiso de tus jefes para dejarles pernoctar aquí, mientras se comprometan a publicitar el nombre de la casa en sus cuentos. ¡Sí! ¡Eso es! Y luego… ¡Oh, cómo se humedecen  mis braguitas de bebé solo de pensarlo! Después los conducirás al sótano, con el pretexto de enseñarles el escenario del crimen. Puedes añadir a tu parloteo estúpido cómo colgué a mi mamá de aquel gancho para rajarla, después, desde la boca hasta ese coño suyo de ramera. Entonces, cuando todos estén distraídos buscando la mancha de sangre seca, atraparás al escritorzuelo alto, encerrarás al resto y luego me lo traerás. ¿Qué no podrás? ¡Asquerosa lesbiana oxidada! ¡Tienes la mitad del cuerpo de acero! ¡Utiliza tu increíble fuerza robótica para reducirlo!
Y el resto: id preparando los juguetitos.

Tercera parte por Shion

Seudónimo: Shion
    Autor: Robe Ferrer

    —¿Creías que habíais llegado a esta casa por casualidad? —le preguntó la joven aniñada—. ¡Yo os traje aquí!
La niña le hizo un profundo corte en la mejilla derecha, igual que había hecho antes en la izquierda. Debido a la mordaza de cinta americana, Sergio no pudo gritar.
Los cinco se habían disgregado nada más entrar, en busca del mejor rincón para inspirarse. Ninguno había vuelto a saber de los demás.
—Sé que no fuiste tú el que pactó con mi madre. Eres demasiado mediocre para que tus letras puedan retenerme, pero me dirás quién me atrapó en esta casa. Sergio meneó la cabeza a modo de negación.
La joven retiró la mordaza, pero el chico aguantó el grito. Sabía que en cuanto separara los labios, sus mejillas se desgarrarían hasta las orejas.
Ante este hecho, la falsa niña le atravesó el ojo derecho con un lápiz. El grito, aunque ensordecedor, no se escuchó más allá de las paredes de la vieja habitación.
—Dime lo que quiero saber o morirás desangrado; igual que tu compañero. —Señaló hacia una esquina donde yacía Roberto sobre un gran charco de sangre.
Sergio se desmayó, chorreando sangre por el ojo y las mejillas.


Tercera parte por Leeloo

Seudónimo: Leeloo
      Autora: Yolanda Boada Queralt

   Sergio frotó el sucio cristal de la ventana con su propia manga y espió a las dos mujeres. Habían salido al jardín con la excusa de fumar un pitillo y allí estaban, regalándose cariñitos entre las plantas muertas.
—¡Tíos, no os lo vais a creer! ¡Ángela y Carmen están haciendo manitas!
Miró de soslayo a los demás, que bebían cerveza ante sus portátiles.
—¡A buenas horas te enteras! —soltó Roberto, carcajeándose.
—Ay, Sergio... Si dejaras de mirarte el ombligo y levantaras más a menudo la cabeza... —comentó Raúl, uniéndose a las risotadas.
Sergio tomó una de las linternas que habían dejado sobre el aparador polvoriento y salió del salón refunfuñando. Roberto se incorporó y fue tras él, pero solo oyó el eco de unos pasos que se perdían escaleras arriba. Subió la escalinata alumbrado por los últimos rayos del sol que atravesaban la vidriera de colores.
El chirrido de una puerta llamó su atención. Era la habitación de una niña. Entró y la vio: la casa de muñecas.
Abrió algunas de las ventanitas y halló un libro escondido. «Mi Diario». Entonces sonó un chasquido tras su espalda y contempló, paralizado, la silueta de una mujer que colgaba de la lámpara. 

lunes, 13 de marzo de 2017

Segunda parte por Abram Gannibal

Seudónimo: Abram Gannibal
    Autor: Asier Rey Salas

   —Corta el rollo, Ángela Christie —dijo Raúl—, parece mentira que una persona racional como tú crea en esas bobadas.
—Ya, bobadas... bueno, ahí lo tenéis.
El silencio se adueñó del interior del coche: aquella casa, plagada de hiedras y con los cristales oscurecidos por el polvo, resultaba terrorífica.
—Vaya —susurró Sergio— ...es realmente sobrecogedor.
—Ciertamente —dijo Carmen, con lágrimas en los ojos.
—¿Qué sucede, Carmen?
— Nada, Ángela. Se me están ocurriendo tres buenas historias en este mismo momento. Tres. Después de tantos meses de sequía, ¿no es maravilloso?
Todos rieron y abrazaron a una emocionada Carmen. La inspiración había retornado a sus vidas.
Entraron en la mansión entre crujidos y sonidos vagos, testimonios del tiempo transcurrido en soledad. Los cinco caminaron hechos uno. Ángela comandaba el grupo mientras Raúl permanecía atrás, con el labio tembloroso. Ciertamente hacía frío, estaba oscuro y todo invitaba a escapar. Penetraron en estancias abandonadas con grandes cortinones, que fueron retirando. Cuando llegaron a la última habitación, Roberto se frenó en seco, para sorpresa del resto.
—Hay alguien ahí dentro —acertó a decir.
—¿Qué? ¿Qué dices?
—Ya me habéis oído. Tenemos que irnos.
—No vamos a...

Segunda parte por Dr. A tomar por el culo

Seudónimo: Dr. A tomar por el culo
    Autor: Sergio Bonavida Ponce

     —Me cago en su puta madre. Ahora ella estará alerta...
—¡Eh, vos, tranquila! Era amigo mío.
—¡Carajo! Por eso está muerto el muy imbécil. Después de leer el diario le dije que no hablara con ella. Tanto amor y tanta paz, ¿de qué coño le han servido?
El cuerpo de Sergio reposa en el suelo del claustro de profesores. La asquerosa mezcla de sangre, vísceras y excrementos se desparrama por el viejo parqué enmohecido. Es el último regalo del hombre a este asqueroso mundo.
—Por favor —interviene Roberto—, parad de discutir.
—¡Cállate! Estoy hasta los ovarios de inútiles como vosotros.
En ese momento el trío enmudece. El lamento gutural inunda de nuevo hasta el último rincón de la vieja escuela. Las paredes tiemblan presas del antiguo odio atrapado. Raúl empuña con fuerza el sica. Roberto a su lado sostiene el atlatl.
—Imbéciles, no os van a servir.
—Tú haz lo que quieras. Yo interpreté otra cosa en el diario.
—Estoy con Raúl.

* * * (...) * * *

—¿Soy guapa?
—Sí —Ángela observa el enorme cráneo de la mujer enana. Ni un ápice de pelo corona la deformidad—, eres muy guapa...
—¿Te gusto?

Segunda parte por Flander furiosito

Seudónimo: Flander furiosito
       Autora: Ángela Eastwood

      —Que apareciera la niña sangrienta sería lo mejor que podría ocurrirnos  —refunfuñó Raúl,  sacando los víveres del auto—. Pero estoy seguro que en su defecto hallaremos un caserón lleno de telarañas, con olor a orines y un silencio interrumpido solo por el gemir de las tuberías. No habrá niñas, ni sangre en las paredes, ni carcajadas demenciales. Que sí, que organizar el taller literario aquí ha sido una gran idea, pero intuyo que vamos a estar muy incómodos.
Carmen dejó de oír los graznidos quejumbrosos de Raúl en cuanto comenzó a rodear la hermosa fuente de mármol. Frente a ella la casa se erguía soberbia, provocadora.
Sergio, menos romántico, gritó desde el interior de la casa:
—¡Corred! ¡Esto es alucinante!
La amplia escalera dividía de manera simétrica la mansión; arriba, en el descansillo, una vidriera de colores recogía los últimos rayos del sol, que ya declinaba. Bajo los cristales un reloj de pie marcaba las tres y treinta y tres.
—Es la hora demoníaca  —susurró Roberto, esbozando una sonrisa lobuna —. Los del pueblo aseguraron que la casa de muñecas sigue arriba. Que la robaron mil veces, pero siempre vuelve a aparecer. ¿Subimos a averiguar si es cierto?

Segunda parte por Mesme

Seudónimo: Mesme
Autora: Nieves Muñoz

    
    —¡Ya están aquí! —La niña palmoteó y el lazo azul que adornaba su cabello se agitó con violencia. Volvió a mirar por la ventana de la buhardilla. El rumor a su espalda subió de volumen hasta que se giró y su ojos centellaron—. ¡Silencio, criaturas incompletas! Solo a mí se me ha dado la oportunidad de ser. ¡No sois dignos! —Sus zapatitos de charol resonaron contra las tablas mientras recorría la estancia. Las jaulas temblaban por la ira de los que allí estaban encerrados. La mujer de metal se acurrucó contra los barrotes cuando la niña le dirigió una mirada torcida; el hombre de la corbata quiso decir algo, pero no le salieron las palabras; un recién nacido berreó y en la jaula de al lado se escuchó el chapoteo ahogado del náufrago. Los cuervos revolotearon con sus chillidos nerviosos cuando la niña dio una patada a las cañas esparcidas por el suelo—. ¡Monstruos! Averiguaré con qué hijo de Satanás hizo el pacto la puta de mi madre para dejarme encerrada entre las letras de una historia. Siempre niña… ¡Ja! ¡Eso no me detuvo para darle su merecido! Y ese escritorzuelo tendrá el suyo.

Segunda parte por Moore

Seudónimo: Moore
    Autora: Carmen Gutiérrez

    —Siempre dicen lo mismo. Ángela…dijo Raúl, te recuerdo que nunca hemos visto nada.
Porque no venimos a cazar fantasmas sino a encerrarnos y atrapar musas por los velos y hacerlas nuestras aclaró Sergio con entusiasmo.
Llegamos señaló Ángela y no por evitar que Raúl contestará con acritud, sino porque ya estaban en la entrada de la casona.
El lugar era impresionante y todos lo expresaron de maneras distintas al entrar al  recibidor; estaba muy limpio, considerando el abandono. El salón les golpeó con un tufillo a encerrado, pero no había nada tenebroso en pleno día. Los muebles estaban cubiertos y la luz entraba por los ventanales iluminando motitas de polvo.
Ángela los miró con aire triunfal. Sergio sonreía a Raúl, y Carmen se sentó en un  escalón con el bastón a un lado.
Muy bien, Brutos dijo Carmen. Tenemos unas horas de luz y tres días para trabajar. Despejaré el salón y ustedes saquen las provisiones.
Cuando se quedó sola se dio un chute de morfina, los demás no conocían su reciente adicción, la ocultaba bien. Respiró profundo mientras relajaba el cuerpo, fue entonces cuando escuchó los gritos…

Segunda parte por Pierre Nodoyuna

Seudónimo: Pierre Nodoyuna
    Autor: Juan Esteban Bassagaisteguy

     —Puras gilipolleces —la cortó Raúl—. Los fantasmas no existen.
—¡¿Cómo que no?! —exclamó Carmen—. O no me vas a decir que nunca te despertaste en mitad de la noche sintiendo la presencia de alguien extraño a tu lado.
—Jamás. A no ser por la maja que duerme conmigo —dijo, acariciando la pierna derecha de Ángela por encima de su rodilla. Su novia mantuvo una de las manos en el volante, y con la otra frenó los dedos vivillos del joven, que subían por el muslo más allá de lo permitido. Y sonrió—. Ella no es ninguna extraña.
—Yo sí creo —señaló Sergio—. Es más, tengo fotografías de ellos sacadas con el móvil.
—A ver, enséñamelas —dijo Carmen.
Sergio sacó su smartphone de uno de los bolsillos del pantalón y, pasando su brazo por delante de la nariz de Roberto (que seguía durmiendo, imperturbable, a pesar del exiguo espacio que los tres compartían en el asiento trasero del auto), se lo entregó.
 Pero su amiga no alcanzó a ver las imágenes: quedó anonadada cuando Ángela, luego de la curva, frenó el auto.
El caserón. Con su lúgubre majestuosidad abandonada.

Segunda parte por Raskólnikov

Seudónimo: Raskólnikov
    Autora: Yol Anda

    En un paraje ideal para encontrar inspiración, los chicos han tomado la casa y, tras instalarse en sus habitaciones, beben cervezas en el jardín. Una preciosa enredadera sube hasta la ventana de Ángela, para acabar coronando el marco con pequeñas flores rosadas. Raúl la observa imaginando cómo sería...
—¿Qué ha sido eso? —grita de pronto.
—¡Eh! ¡Qué susto, tío! —contesta airado Sergio—. ¿A qué te refieres?
—Una sombra —murmura Raúl levantándose de la silla—, hay alguien en la habitación de Ángela.
Los amigos se miran sorprendidos. Es cierto que la luz de una lámpara hace que se distingan algunos muebles de la habitación a través del visillo, pero el entorno y el viejo caserón dan para que vuele la imaginación. Tras comprobar las miradas incrédulas de los demás, Raúl se dirige a Ángela.
—Tú deberías ser la primera en preocuparte —vaticina una voz.
Pero no es Raúl quien ha hablado. Ni nadie del grupo. El tono suave, incluso dulzón, se queda flotando en el ambiente unos segundos. Cuando orientan la cabeza hacia el lugar de donde proviene, observan horrorizados una figura menuda con un vestido de niña.
—¿No os han dicho que vivo en la casa?

Segunda parte por Shion

Seudónimo: Shion
    Autor: Robe Ferrer

    —Menos parloteo y a ver si aprendes a conducir —le recriminó Roberto a la mujer que los había llevado hasta allí.
—Si no te gusta como conduzco, haberlo hecho tú, en lugar de estar roncando ahí atrás.
—¡Ya vale los dos, no mamen! —intervino Carmen en tono cortante—. Hemos venido a escribir, no a pelear. Solo tenemos dos días, así que no perdamos más el tiempo.
Los cinco se encaminaron hacia el portón de entrada a la finca. La oxidada verja estaba cerrada con una cadena.
—Apartad —ordenó Sergio a la vez que empuñaba una gran cizalla. Segundos después la cadena reposaba en el suelo.
—Es impresionante, ¿cómo descubriste esta casa, Ángela? —quiso saber Carmen.
—Siempre oí hablar de ella. Está cerca de donde yo pasaba las vacaciones de niña, pero nunca la había conseguido ubicar exactamente hasta hace unos meses. Como si no hubiera querido ser descubierta.
Se detuvieron para observar la grandiosa fachada que se elevaba ante ellos.
—¿Vieron allá? —preguntó Raúl señalando hacia una de las ventanas superiores— Hay alguien en la casa. Parecía una niña.
—Eso es imposible —respondió Ángela.

Sonrió. Sus nuevos muñecos acababan de llegar. Llevaba mucho sin jugar y quería divertirse.

miércoles, 1 de marzo de 2017

Velado

Seudónimo: 3,2,1 ¡Despierta!
Autora: Nieves Muñoz

La flor se había tornado roja por la tierra empapada en sangre. El hombre se acuclilló, se quitó el sombrero de ala ancha, cogió un poco de aquel barro espeso y se lo llevó a la boca. Paladeó el sabor a metal y algo más, lo que le confirmaba que ella había pasado por allí, que el rastro era el correcto. Saboreó los restos de líquido amniótico y maldijo por lo bajo. Lo había hecho, se había atrevido a llegar hasta el final y ahora él debía cumplir con su deber: tendría que matarlos a los dos.
Sacudió la cabeza y el cabello largo cubrió sus ojos. Se permitió un momento para llorarles. Luego apartó los mechones de un manotazo y se caló el sombrero de nuevo. Debía darse prisa porque las primeras estrellas titilaban ya en el cielo añil. Ajustó su capa hasta que le cubrió el cuello para protegerse de aquel viento que le azotó de pronto, como si el filo de un cuchillo tanteara el perfil de su cuerpo. Cerró los ojos. Había calma cuando inició la persecución. «¿Será ella la que envía el viento?», pensó de forma fugaz, «¿O será él, que tras haberse librado del velo…?». Un temblor le sacudió los hombros y la urgencia le atenazó la garganta.
Corrió. Sus tobillos zozobraban al pisar las piedras, y las ramas de los arbustos se le enredaban alrededor de ellos como si quisieran retrasarle. El hombre ya no sabía si se estaba volviendo loco o las leyendas eran ciertas y la ley que él debía cumplir la habían dictado por ese motivo: para protegerles de «eso».
Un dolor sordo en el pecho por el esfuerzo de la carrera se unió al que sentía en la nuca. Le habían cogido desprevenido y la partera le había golpeado con un jarro de agua mientras él balbucía al ver el producto de la larga agonía de su esposa. La anciana había actuado a sabiendas de que él respetaría la ley, aunque debía reconocer que en aquel momento, la duda le había paralizado. Era su mujer la que yacía en esa cama; era su hijo, silente, el envuelto en el velo.
La noche cubrió cada línea con una sombra y ocultó las formas reales del bosque. Bien podían ser espíritus u hombres, animales salvajes o árboles centenarios. El aullido de un lobo rasgó el viento y se dividió en varias voces que se fueron superponiendo, rebotando en un eco que llegaba de todas direcciones, y al final, como una nota lejana y amenazante, le pareció escuchar el llanto de un niño.


Vendeta bruta

Seudónimo: Coblas
Autor: Rafael Blasco López

Continuas gotas de sudor, resbalaban por la mandíbula del deportista. Un turbante cubría su frente, ocultando las más que incipientes entradas de su pelo negro, pero sin evitar que su cara asemejara un hierro candente. Contribuían a ello, los cuarenta grados con los que el astro rey, ejercía su autoridad en demasía.
La senda empedrada por la que ascendía el empapado maratoniano, llegaba a su final. Un pequeño llano junto al barranco de Somosierra, en la cordillera de la capital.
Las zancadas se transformaron en pasos, el rostro, contraído por el esfuerzo, se relajó unido a un suspiro de alivio al ver su particular meta.
En el escaso espacio del claro, dos personas esperaban al recién llegado. Estaba sentada sobre una roca, la mujer de ojos de fuego, cuya mirada podía derretir a cualquier hombre. Portaba una sonrisa maliciosa, mientras garabateaba con un bisturí en la tierra. Mostraba bajo sus cortos tejanos como rebeldía incorrecta, un circular y abstracto tatuaje, mancillando sus esculturales y sedosas piernas. Una fina trenza morena, se relajaba sobre uno de los tirantes de su camiseta blanca, tal oscura serpiente en la nieve.
El hombre del sombrero, rostro redondeado y blanquecino, afilaba un lápiz con un machete de grandes dimensiones. Saludó al visitante con un gesto breve antes de hablarle, permitiendo que recuperara el resuello.
—¿Vienes corriendo? —le dijo incrédulo.
—¡Qué mejor forma de no levantar sospechas! —afirmó el deportista.
La mujer, señaló hacia su espalda con el instrumento quirúrgico, sin perder su cínica sonrisa.
—Veo que lo tenéis —exclamó el corredor mirando el lugar indicado.
Al borde del precipicio, un individuo maniatado tiritaba atemorizado mirando al vacío.
El corredor se quitó el turbante, secando con su mano los restos de su excesiva transpiración.
—¿Podrás hacerlo? Esto no se trata de centrifugar un gato en la lavadora —preguntó a la chica tatuada.
La sonrisa de ella se convirtió en hielo, fría, segura antes de responder.
—Si supieras lo que hago con mi bisturí trabajando en el hospital, a los pacientes que no se portan bien, no hablarías tanto.
Las palabras causaron algo más que respeto al deportista. Se giró hacia el segundo conocido.
—¿Y tú?
Un golpe seco, el trozo de astilla volando en el aire y la fijación, clavándole sus ojos en los suyos, confirmaron la respuesta.
—¿La señora bondadosa no está? —continuó preguntando.
El hombre del sombrero contestó sin dejar de afilar el lapicero.
—Se quedó en Argentina. Tenía que recogerle un diploma al trastornado que mancilló la obra de Cervantes. Tampoco vendrá ese loco, seguro que está asesinando por su cuenta.
El deportista cogió aire para hablar con fuerza.
—¡Camaradas! Vivíamos en nuestro edén particular, antes de que llegara el crítico literario que tenemos ahí atado. Aunque brutos, no dejamos jamás de ser creativos, pero nos difamó hasta el ridículo. Estamos aquí para ejecutarlo sin juicio, ¡igual que hizo él con nuestras obras!
El corredor miró a sus conocidos, con el odio instalado en el semblante.
—¿Quién hace los honores?

Demasiado cerca

Seudónimo: Michaël Sagan
Autor: Sergio Bonavida Ponce

—¡En tránsito decían! Maldigo a Gillon. Demasiado cerca. Demasiado cerca de la órbita. ¿No podrían haberlo pensado antes?
—¿Qué hubiera hecho usted? No tenían otra alternativa. Su planeta se moría. El sistema Trappist era lo único que les quedaba.
—¿Y más allá de Orión? ¿Y el sistema Gliese? Ahora nos toca salir corriendo de nuevo, recoger los pedazos y dejar la mierda. Esto es un desastre. Por la estupidez científica condenaremos a millones.
La doctora Price se encoge de hombros. No añade nada a las palabras del presidente.
—Trappist-b, Trappist-c y Trappist-d están condenados.
—¿Lo haremos público, señor?
—¿Está loca? Cundiría el pánico en los siete planetas.
—Mi madre... Vive en Trappist-c...
—No se preocupe por su madre. Vendrá en su nave. Preocúpese solo de arreglar el problema en la ecuación de curvatura. Ayude al equipo. ¡Qué los números salgan! ¡Qué las fórmulas cuajen como si fueran materia oscura! Joder, arregle el problema y le juro que hasta su gato vendrá con nosotros.
—Sí, señor. Necesitaría acceso a la onda sincronizada con el núcleo de los siete planetas. Debería realizar un pequeño... experimento.
—¡No dijo nada de un experimento con los núcleos!
—Ahora que llevo un mes con su equipo, después de mucho trabajo... Necesito probar que las ecuaciones son correctas. Verá, el equipo está dividido en un consenso interno sobre la ecuación Morgan-Keenan y la aceleración gravitacional de dos masas equivalentes a...
—Déjese de fruslerías frikis. ¿Necesita acceso a los núcleos? ¿Eso es lo que carajos necesita? Deme un mes. Debe hacerse lentamente. Iniciaré un pequeño conflicto entre Trappist-b y Trappist-c. Una pequeña guerra termonuclear. Sí, eso desviará la atención.
—Pero... morirán millones.
—Morirán igualmente. ¿No fueron ustedes los científicos quienes calcularon que no podríamos sobrevivir todos? Solo una veinteava parte de la humanidad. ¿No dijeron eso?
—Sí, claro, pero... no podrían morir de manera natural.
—¡Ya salió la doble moral científica! Doctora Price, así no funcionan las cosas. Suponga que les decimos a todos. «Hola gentes de los siete planetas de Trappist. Os quedan menos de treinta años de vida. Pero tranquilos, los científicos tienen un plan para salvar al 20% de vosotros». Já. ¿Cree que se quedarán cruzados de brazos esperando ver morir a su gente?
—No, claro, pero iniciar una guerra.
—¿Y qué es lo que quiere? Maldita sea. ¿Puede salvar al 100% de la humanidad?
—No, no señor, no podemos.
—Pues entonces déjeme hacer lo que tengo que hacer. Espabilen allá abajo. ¡Qué el experimento sea un éxito!


[Apuntes Histoespaciales]: En noviembre de 2010, fecha terrestre, un telescopio suizo detectó Trappist-I. Un sistema con una enana roja y siete planetas. El pequeño tamaño de la estrella explicó porque la órbita de los planetas estaba tan cerca de la zona habitable. La salvación de la humanidad. Eso es lo que escribieron muchos...

El trastero

Seudónimo: Kalrathia
Autor: Robe Ferrer

Como cada tarde, Jake se sentó en el banco a esperar. Llevaba dos meses vigilando a aquel hombre. Su mujer sospechaba que tenía una aventura extramatrimonial, por eso había contratado sus servicios.
Necesitaba capital y nunca decía que no a un encargo de aquellas características. Suponía un dinero fácil. El cliente le entregaba datos y fotos de la persona a vigilar y él se limitaba a seguirla. En una semana, o poco más, tenía un elaborado dossier sobre las actividades que el interesado suponía que tenía su pareja y caso resuelto. Él recibía aquella pasta gansa cuando el cliente confirmaba (o desmentía) sus sospechas.
Sin embargo, en esta ocasión no había resultado tan sencillo. Había esperado al marido a la salida del trabajo y lo había seguido hasta una nave de trasteros y guardamuebles de alquiler.
Cuando quiso entrar al interior, el vigilante se lo impidió argumentando que solamente podían entrar quienes tuviesen un habitáculo registrado a su nombre o fueran con una orden judicial para inspeccionar alguno de ellos en concreto. Como no tenía ni una cosa ni la otra, no pudo pasar.
Al poco alquiló un trastero para poder entrar en la nave, pero fue inútil porque cada pequeño almacén era independiente de los demás y la forma de acceso a cada uno era única e independiente del resto. Solo el propietario, mediante una llave especial, podía llegar hasta la puerta correspondiente.
Había intentado hacerse el encontradizo con él. Había contactado por una red social simulando ser un antiguo compañero de colegio y hasta había preguntado en el entorno laboral, pero nada. No había conseguido ningún dato adicional. Su vida fuera del hogar y el trabajo era demasiado hermética. Nadie sabía lo que hacía desde que entraba a aquel almacén hasta que volvía a salir, varias horas después, para regresar a su hogar.
Jake también vigió varios días los trateros tanto antes de la entrada del marido como después de su salida. Permaneció sentado en el coche durante horas sin ningún resultado positivo.

Su cliente estaba impacientándose por la falta de noticias que confirmaran sus sospechas o que las descartaran de una vez por todas. Él siempre le decía lo mismo, que tarde tras tarde salía del trabajo y se dirigía hacia aquellos almacenes. Entraba, permanecía algunas horas y salía de nuevo para regresar a casa. La mujer, cansada de oír todas las semanas lo mismo, le había dado un último plazo. Tenía otra semana más para averiguar qué hacía su marido en aquel lugar.

En el cañaveral

Seudónimo: Atahualpa
Autor: Juan Esteban Bassagaisteguy

Corrió.
Corrió como un enajenado, sin mirar atrás. Raspándose la cara y los brazos con las salientes del cañaveral, pero sin notarlo. El terror podía más.
Tropezó y cayó de cara contra el fangal. La sangre se mezcló con el barro maloliente y se le metió en la boca. Escupió. ¿Un diente? No, un diente no. Un terrón de tierra.
Se levantó como pudo y siguió corriendo.
Su aliento agitado se mezcló con el frío invernal de la noche tucumana. Lloraba. Miedo, frustración, y también rabia. Por lo que el Mister le había hecho a Clara. Hijo de puta. Terrible hijo de puta. E idiota él, que creyó que iba a poder enfrentarse así nomás al dueño de todo.
¿Dónde estaba la luna? Era la única manera que tenía para orientarse un poco en aquel laberinto azucarero de más de doscientas hectáreas; pero ni siquiera ella le daba una mano. Estaba abandonado por todos. El Mister, el encargado, los peones. Por Clara no, si es que se recuperaba de las heridas.
Dejó de pensar y se concentró en correr. Sus alpargatas de yute no ayudaban en nada, pero peor hubiera sido no tenerlas.
Más allá estaba el arroyo. Algo caudaloso, pero no imposible de cruzar. Lo vio en su cabeza, más allá de la negrura de la noche. Eso le dio nuevos bríos. Eso, y pensar en la venganza. El Mister se la iba a pagar, como que había Dios.
Entonces escuchó el resoplido y el trote asolador de la bestia.
Y, aunque dedujo que las chances eran ínfimas, igual siguió corriendo.

Trinidad se acercó a la cabecera de la cama y, con dulzura, quitó un rizo de pelo negro que, indómito, tapaba uno de los ojos de la joven. El único que le quedaba. Cerrado y amoratado.
La golpiza había sido terrible. Durísima, con un ensañamiento indecible. Y ella nunca había visto una cosa así, ni siquiera en el terremoto de 1907.
«Fue el marido», había dicho el Mister cuando la trajo al hospital en su moderno Ford T. «Discutieron feo y no lo pudimos parar.».
Según el Dr. Velázquez, tenía comprometidos el hígado y el páncreas, un riñón le había dejado de funcionar y uno de los pulmones estaba perforado por una de las costillas rotas. Además de la fractura de cráneo.
Y de la pérdida del ojo.
Trinidad la miró y no pudo evitar el llanto. Pertenecía a las «Hermanas Dominicas del Santísimo Nombre de Jesús», y sabía que los designios de Dios para cada uno de los mortales tenían un porqué; pero le parecía imposible que un ser humano pudiera sufrir tanto.
Se persignó al darse cuenta de su blasfemia, y pidió perdón en silencio.
Fue justo cuando la joven dejó de respirar.
Trinidad, entonces, se secó las lágrimas y rezó por el nuevo ángel que Dios tenía a su lado.

La casa de las muñecas

Seudónimo: Pandemónium
Autora: Yolanda Boada Queralt

Él ha llegado esta tarde con dos regalos. El más voluminoso, envuelto en papel de colores y con un enorme lazo rosa, venía en la parte trasera de la carreta. Dos criados han transportado el bulto hasta el salón. El pequeño —más importante— lo llevaba escondido en uno de los bolsillos del chaleco, cerca del corazón. «¡Ven a abrir tu regalo, mi niña!», ha exclamado mamá, con las mejillas más encendidas de lo normal. He arrancado aquel ridículo lazo y he rasgado el papel con rabia. Una casa de muñecas. «Es una réplica de esta mansión. La ha construido un artesano siguiendo mis indicaciones», ha comentado él, contemplando a mamá con los ojos brillantes. Ha sido entonces cuando ha rebuscado entre sus ropas y una cajita ha aparecido en su mano. Mientras se declaraban amor eterno y se besaban, mis manos de niña se han cerrado con tanta fuerza que las uñas han lacerado las palmas. Me he asomado a una de las ventanitas de la casa para ocultar las lágrimas y he distinguido una miniatura exacta de mi lecho infantil.
Más tarde, después de que hubieran acomodado la casa de muñecas en mi habitación y todos regresaran a sus quehaceres, he oído ruidos provenientes de la habitación de mi madre. He salido al corredor y me he acercado a su puerta. Susurros y risas sofocadas. Gemidos. Sintiéndome incapaz de soportarlo, y al mismo tiempo incapaz de resistirme, les he espiado. He visto cómo el cuerpo de mamá se arqueaba en pleno éxtasis y cómo un hilillo de saliva escapaba de entre sus labios entreabiertos. Y cómo él aumentaba el ritmo de sus embates y le aferraba los pechos.
Allí parada les he detestado profundamente... Casi tanto como me aborrezco a mí misma.
Nunca seré como mamá. Jamás tendré el cuerpo de una verdadera mujer, un cuerpo que los hombres desearan acariciar y poseer. Soy una mujer atrapada en un cuerpo de niña. Un bicho raro. Un monstruo.
Mamá, siempre tan preocupada por las apariencias, hace años que decidió convertirme en su «muñequita eterna» —mucho mejor eso que explicar a la gente que, en realidad, ya he cumplido los veinte—. Me viste y me habla como a una cría y, estoy segura, la mayor parte del tiempo cree que lo soy.
Ya no soporto esta farsa.

* * * (...) * * *

—¿Falta mucho? —preguntó Sergio desde el asiento trasero. Carmen bostezó. Roberto roncaba.
—No —respondió Ángela sin apartar los ojos de la carretera—. Tras la próxima curva ya podréis ver el caserón.
Raúl estiró sus casi dos metros de altura y se golpeó contra el techo del vehículo.

—¡Ya veréis qué buenas historias nos inspirará este lugar! Afilad los lápices —dijo Ángela—. En sus tiempos fue una hermosa mansión, pero luego la reconvirtieron en escuela. Lleva años abandonada. En el pueblo la llaman «La casa de las muñecas» y dicen que está maldita. Algunos afirman haber visto el fantasma de una niña cubierta de sangre...

Lola Bunny

Seudónimo: Jo March
Autora: Ángela Eastwood

Lo último que recordaba, antes de que aquel coche la lanzara veintitrés metros por el aire, fue que andaba hablando por el celular. Tiempo después logró abrir los ojos lo suficiente para descubrir que estaba en un hospital. Más tarde supo también  que la única que había ido a verla fue Connie Williams, la chica de sus sueños. A las preguntas de los médicos sobre su identidad alcanzó a decir que su nombre era Lola Bunny y que la apodaban así por su vieja relación con un enano medio chiflado que pateaba cabezas mientras mordisqueaba zanahorias. Cuando salió del hospital el cirujano le recomendó tres cosas: que prestara más atención al tráfico, que no anduviera con tipos enanos y que no se acercara a una nevera llena de imanes.
—El cincuenta por ciento de tu cuerpo es hierro—añadió el cirujano sonriendo socarrón.
Cuando le explicó el chiste a Connie ella lo celebró dando palmadas.
Connie dulce. Connie susceptible. Cuando golpeaba con mano ensortijada sonaba un “booom” dentro de la cabeza. Lola aún recordaba aquella vez que aquel tipo trajeado expulsó el humo de su cigarro puro en los ojos de Connie y le dijo: “¿Qué tal si nos vamos al asiento de detrás y me haces una mamada, guapa? Podría participar la tarada de tu amiga”. “Nunca, en toda tu jodida vida, vuelvas a llamarla tarada”, contestó ella acercando sus labios carnosos a la oreja cerosa de aquel mamón. Luego sonó el disparo. El tapiz aterciopelado del Cadillac verde ciprés quedó hecho un asco.
De vez en cuando Connie castigaba a Lola, pero no soportaba que nadie la insultara. Era su chica y le profesaba un amor incondicional y rabioso.  Por otra parte si Connie gritaba que había que correr Lola corría, si avisaba que había que esconderse Lola lo hacía sin preguntar por qué.
Cuando salió del hospital Connie la esperaba con unas flores y unos bombones. En el ascensor le dijo, exultante: “tengo planes, cariño, planes muy buenos para las dos. Vayamos a casa”.
Su casa. Una caravana en mitad de un terreno yermo rodeada de otras caravanas. Allí vivía la gente que no quería ser encontrada.
Al atardecer, sentadas y con sendas cervezas, Connie suspiró satisfecha. Lola la miró fascinada. Observó su pelo rojo, su boca grande y firme, sus manos nerviosas, sus ojos claros y persuasivos.
—¿Recuerdas lo que te prometí la primera vez que nos acostamos?—le preguntó.
—Sí—susurró Lola bajando los ojos. Recordaba aquella primera paliza. Luego de explicarle, con paciencia, el porqué de aquel castigo, Connie le hizo el amor con una dulzura exquisita—. Fue el día que me porté mal. Juraste que si mejoraba depositarias el mundo a mis pies.
—Exacto, cielo. Pues bien, ese momento ha llegado. Tú y yo vamos a hacer algo muy grade, nena. Acércate.
Connie tomó una larga ramita y comenzó a dibujar en la tierra. Era el interior de una sucursal bancaria y alrededores.

El otro

Seudónimo: Fújur
Autora: Yol Anda

—¡Basta de pamplinas! ¿Por quién me habeis tomado? Malditos cuervos, no conseguireis amilanarme. ¡Graznidos a mí! ¡Volad mientras podais, malditas aves del demonio! Porque cuando os pille, ay cuando os pille, ¡no querreis saber qué ocurrirá cuando lo haga!
El señor Peculière tomaba un café en la terraza de un localcito de la Rue du Temps como cada día. Dispuesto a leer el diario de la mañana, tuvo que ingeniárselas para que todos los elementos cupieran en la minúscula mesa que casi rozaba la situada a su vera. La taza de café con su platillo en la parte derecha, el periódico abierto por la sección de Cartas al director a la izquierda, una elegante pitillera de piel justo frente a él y no podía faltar el estuche de su viejo violín sobre la silla que quedaba libre. Todo estaba saliendo a la perfección hasta que habían llegado esos animales malsanos: los cuervos. Tras espantarlos con éxito una primera vez, cruzó las piernas y dio un sorbo a su café.
La primavera asomaba tímidamente por las ramas de las acacias y el sol comenzaba a hacer más agradable la mañana. Se desabrochó un botón del abrigo y, cuando se disponía a leer las siempre anecdóticas opiniones de los lectores, notó una presencia. Otro hombre de talla y edad similar a la suya había tomado asiento en la mesa de al lado. Al hacerlo, el roce de éstas emitió un impertinente chirrido.
—¡Por el amor de Dios, buen hombre! ¡Tenga un poco de cuidado! —vociferó encendido.
Sin embargo, el sujeto no se inmutó y se limitó a mirar de soslayo a través de sus gafas oscuras al señor Peculière como si pasara inadvertido.
—Le estoy viendo, señor mío. Estoy viendo que me está mirando. Haga el favor de no disimular y dígame algo —insistió con petulancia.
Pero, muy a su pesar, el hombre de la mesa de al lado simplemente emitió un sonido parecido a una risita afónica e ignoró su comentario. Continuó colocando en la pequeña mesa redonda sus pertenencias: el periódico de la mañana a su izquierda, una pitillera de piel frente a él y la reciente taza de café que  había pedido en el interior del local, a su derecha. Así pues, todo quedaba dispuesto como en un espejo. Todo menos los cuervos. Pues al divisar nueva compañía en el lugar, se acercaron curiosos al novedoso personaje y éste, sin pensárselo dos veces, les comenzó a echar mendrugos de pan de una bolsa de papel.
No cabía en sí del asombro. ¿Qué tipo de descortés caballero se sentaba al lado de otro y se ponía a alimentar a esos espeluznantes animaluchos? No, a él no le iba a arruinar el día un sinvergüenza. Fue en ese momento cuando el señor Peculière le miró de soslayo a través de sus gafas oscuras y emitió una especie de risita afónica que le dejó completamente sorprendido, pues no la reconoció como propia.