lunes, 31 de julio de 2017

MÖBIUS



Harry llevaba por lo menos diez días de mal dormir cuando sonó la segunda alarma. El sobresalto no pasó de una sensación de angustia en el pecho, y un recrudecimiento de su acidez gástrica. A esas alturas, pensaba lento, le pesaba el cuerpo, y estaba tan irritable, que logró que Melissa llevase una semana sin hablarle. Recordaba el grito y el insulto que le había soltado en la cara, de madrugada, desnudo y ebrio, cuando ella le comenzó a cuestionar la parte no declarada de su tesis. Como siempre, se quedaron hablando hasta muy tarde después del sexo. Quizás el error había sido cambiar la cerveza y la marihuana de cada sábado por vodka. O tal vez, fue la primera alarma, que habría sido una más si Harry, no hubiese visto lo que vio.
Pero Melissa no sabía nada de los detalles de su investigación. Apenas los conceptos generales asociados al continuo del tiempo, teorizado como una cinta de Möbius, cuyas descripciones geométricas y topológicas ella le había ayudado a formular y entender, como punto de partida para los trabajos experimentales que diseñara con el doctor Rey. Era hipnótico verla apasionarse por un planteo matemático complejo, y desarrollarlo gesticulando con todo el cuerpo, el rostro serio y adusto, la voz de mezzosoprano con inflexiones dramáticas. Sí, era hermosa cuando desataba su pasión.
La alarma era apenas una señal en su teléfono celular, codificada por colores. La pantalla iluminada en amarillo, podía significar una computadora fuera de línea o de una discontinuidad matemática en la simulación. Sentado en la cama, intentó conectar su teléfono con la red del laboratorio. No pudo. Eso aumento el ardor en la boca del estómago. Se levantó descalzo hasta el escritorio y abrió la computadora portátil. Por la ventana, la primavera de Maine se metía como una brisa leve que le dio un escalofrío. Mordió un insulto cuando tampoco pudo conectarse al laboratorio desde la máquina. Se metió en el baño, se duchó, y salió decidido a dos cosas: ir personalmente al laboratorio, y no avisarle nada a Rey. Si tanto le importaba la situación, la alarma también lo movilizaría a él.
Al lado de la computadora había un juguete: una cinta de Möbius de metal con una bola brillante de hierro que la recorría gracias a dos pequeños electroimanes que la atraían alternativamente. Regalo de Melissa. Es de esas personas que siempre encuentran el regalo adecuado para cada ocasión, dotada para la sorpresa. Harry había estado en la defensa de su tesis doctoral. Tesis que ella había dilatado para ayudarlo con la formulación teórica del proyecto Möbius. Cuando terminó, y su director inició un aplauso de reconocimiento a su brillante exposición, ella agradeció delicadamente y corrió hacia Harry, sacando ese juguete de su morral.
Lo tengo hace semanas –le dijo. –Me trajo mucha suerte –y lo besó intempestivamente en la boca. –Ahora es tu turno –. Le dejó el juguete en las manos y con una sonrisa volvió al grupo de profesores y condiscípulos, ya doctora, con una sonrisa de tranquila suficiencia. Harry estuvo seguro, en ese momento, que la amaba.
Condujo en silencio hasta el campus, sin pensar en el problema, sin encender la radio, sin prestar atención al teléfono celular, abandonado en el bolsillo de la campera deportiva. Tuvo que dejarle sus datos al guardia de la entrada. La noche estaba fresca y la ruta de acceso al ala de Tecnología de la universidad estaba muy iluminada y silenciosa. Estacionó frente al edificio anexo, donde el doctor Rey había conseguido un laboratorio extra para la experiencia, lejos de la cátedra principal de Astrofísica, y sobre todo, muy poco concurrido por los colegas. No eran ni las cuatro de la mañana. Ni siquiera se oía el rumor de algún pájaro nocturno.
Salvo por las luces indicadoras de emergencia, el edificio estaba a oscuras. Ingresó por el acceso lateral correspondiente a los servicios de apoyo. Siempre usaban esa entrada, porque Rey la consideraba adecuadamente discreta. Encendió las luces del laboratorio, y abrió la puerta codificada que daba al equipo. Apenas entró, la alarma de su celular se tornó naranja. Volvió a insultar entre dientes. Se dio cuenta de que era el mismo exabrupto que le había dicho a Melissa una semana atrás. Interrumpió dos veces el procedimiento de conexión de su computadora portátil para mirar el teléfono, aún sabiendo que no encontraría ningún mensaje de ella.
El artilugio Möbius funcionaba con dos pilas comunes, que se colocaban en un compartimiento cuidadosamente disimulado en la base de madera lustrada. Funcionando, provocaba un siseo muy suave, con una elevación armónica de la frecuencia cuando la bola tomaba las curvas de la lustrosa cinta infinita, acelerada por la cercanía de uno de los electroimanes. Melissa solía reproducir el sonido con un murmullo gutural, perfectamente afinado, haciendo un gesto con la boca que a Harry le provocaba unas ganas locas de besarla. Así había empezado la charla sobre el proyecto, que terminó en la discusión. Jugando con el artilugio Möbius.
Apenas había terminado de conectar su computadora a la red interna del laboratorio, y activado los protocolos de seguridad, cuando apareció el doctor Rey. Estaba desencajado y se detuvo en seco en la puerta de la sala del equipo, con una expresión que fue desde una inicial sorpresa a un evidente enojo.
¿Dónde mierda está el segundo moderador de frecuencia? –le gritó. Harry se sobresaltó de tal manera que tropezó con su banqueta y tuvo que sostenerse de la mesada de acero para no lastimarse. Se quedó inmóvil mirando fijamente a su director. ¡Te hice una pregunta! ¿Dónde está el segundo equipo, dónde lo metiste? –su mano señaló vagamente el espacio vacío a la derecha de los dos arcos, similares a un gran equipo de resonancia magnética, que ocupaban la mayor parte de la habitación.
Todavía no terminé de calcularle la potencia exacta, profesor –. Mientras, buscaba en  los estantes de la pared el cuaderno de registro correspondiente. –No he podido resolver la iteración. Tengo que pedirle a Melissa que me ayude con la matemática –. Las explicaciones le salían ligeramente balbuceadas, mientras la acidez le iba subiendo hasta la garganta, y le generaba un dolor persistente y extraño en el pecho. Sentía crecer el fastidio por el reclamo de Rey, a la par de su impotencia por no haber resuelto aún el problema del moderador.
La mirada de desconcierto del doctor Rey tomó desprevenido a Harry. La hora absurda le impedía entender algo que no terminaba de cuadrarle en el reclamo que le hacía su director. Mientras, los protocolos automáticos de su computadora habían puesto en marcha todos los respaldos de los sistemas del laboratorio. Cuando los arcos se encendieron con un zumbido bajo, pesado, amplificado, la pantalla de su teléfono celular se puso en rojo, y ahora sí, emitió una señal sonora. Idéntica alarma sonó en el teléfono del doctor Rey, transparentándose la luminosidad en el bolsillo de su camisa.
Cuando el zumbido llenó la habitación y empezó a hacerse más agudo, el doctor Rey pareció dar un salto hacia la cámara de los arcos, cerrando tras de sí las mamparas que los separaban del laboratorio principal. En el espacio entre ambos arcos se disparó una luminiscencia y en su centro, se vislumbró una figura humana.
En la computadora de Harry apareció una rapidísima serie de datos numéricos. La red del laboratorio comenzó su rutina de cálculo, y mientras la luz y el sonido aumentaban, en la pantalla se iba perfilando un diseño geométrico. Levantó la cabeza justo a tiempo para ver al doctor Rey saltar hacia la silueta borrosa que se entreveía en la luminiscencia. Apenas la tocó, se escuchó un grito, el zumbido se tensó en una nota aguda, y el piso pareció vibrar.
Después el silencio. Harry se había quedado rígido, con los ojos desorbitados fijos en el lugar donde habían desaparecido las dos figuras en medio del grito. Giró muy lentamente la cabeza hacia la pantalla de su computadora. El diseño planteado por el sistema era un toroide metido en medio de los bucles de la cinta de Möbius. El eje de ese toroide conectaba dos puntos precisos ubicados en la superficie de la figura.
Harry reconoció detalles de la primera alarma: el toroide, que la simulación apenas había bosquejado; y la sombra humanoide entre los dos arcos, que esa vez no emitió sonido alguno, ni se reveló completamente. También reconoció la ropa de la figura que Rey hizo desaparecer en el empujón. Y cayó de rodillas, vomitando, el cuerpo tensado en un solo espasmo. En la pantalla se refrescaba la imagen y la anomalía había desaparecido. Los números nuevamente se sucedían en una velocidad amable, legible.
Se arrastró lejos de su propia suciedad y se apoyó de espaldas a la pared más alejada de la puerta y de los arcos. La revelación le había disipado la resaca y el cansancio. La camisa de la figura que se desvaneció con un grito, era suya. Y el eje del toroide representaba un camino alternativo en el modelo del tiempo. Volvió a vomitar. Cuando pudo dominar la tos que le siguió, se levantó como pudo y fue al cuarto que era a la vez baño y depósito de limpieza.
Se miró al espejo entrecerrando los ojos. Afuera, el edificio de departamentos y el parque de juegos que lo separaba de la calle estaban completamente en silencio. El ruido del motor del auto de Melissa apenas se había escuchado. Seguía desnudo, y sentía revuelto el estómago. Sus gestos eran tremendamente lentos, su cerebro se daba cuenta que no entendía las distancias. La había vuelto a insultar cuando ella se fue dando un portazo, y sentado en el sofá había bebido, de la botella, dos largos tragos de vodka. “¿Te das cuenta la cantidad de energía que necesitarías para unir dos puntos cualesquiera, por fuera de la cinta? Quizás haría que se formara un vórtice, o algo así entre ambos. ¿Qué características tendría esa recta y su… llamémoslo ámbito?”. El cerebro de ella, borracho y todo, encadenaba ideas y dudas con una facilidad que a él terminó resultándole dolorosa. Por eso la insultó. Fue muy gracioso ver su cara. Harry se hubiese reído a carcajadas; pero no pudo, estaba abrazado al inodoro, vomitando.
Se lavó la cara varias veces. El agua estaba fría. Bebió unos tragos de la canilla porque le temblaban las manos. En el vanitory había desinfectante y escondidos tras la cortina de una ducha inútil, guardaban un escurridor y un balde. Le sobrevino una arcada, pero pudo controlarla.
¡Harry! ¿Estás? –la voz del doctor Rey sonaba firme y tranquila. Hasta que vio lo que había en el piso. –¡Harry, qué carajo pasó!
El joven salió del baño arrastrando el balde y el escurridor. Notó que se había salpicado las zapatillas y que el olor lo seguía desde el baño. Apretando las manos para no temblar revisó la remera. También estaba sucia. Se la quitó con asco, quedando con el torso desnudo, apoyado en el palo del escurridor, mirando fijo a Rey, que movía los labios y gesticulaba, pero sin que él entendiera nada de lo que decía.
Rey lo zamarreó de los hombros y le gritó algo que sonó a preguntarle qué había pasado. Harry dejó caer el mango que le servía de bastón y caminó a su computadora, para mostrarle la modelización que había quedado grabada durante el incidente. Giró un poco la máquina para que pudiera verla. Y lo miró a los ojos.
Esta vez estuviste aquí. Hablamos. Y yo también venía, pero no me dejaste llegar. Me empujaste antes de que saliera de los arcos. Pero me reconocí. Y me escuché gritar.
Rey había abierto grandes los ojos detrás de los anteojos hipster, y había echado la cabeza hacia atrás con sorpresa. Buscó de reojo una banqueta y se sentó. Harry prosiguió explicándole, a medida que su cabeza iba acomodando los sucesos, su impresión de que el “otro” Rey venía del futuro. Le habló del segundo moderador, que aún no había podido calcular. Le contó de su pelea con Melissa, balbuceando una justificación y de cómo la necesitaba. Le señaló el lugar donde supuestamente debería estar. Arrastraba los pies mientras caminaba alrededor de su director, refiriéndole los detalles que iba aclarando en su memoria. Finalmente le puso ante la cara el teléfono, silenciado, que todavía mostraba la pantalla de alarma. Estaba agitado, y tragaba saliva pastosa a cada momento. La voz le salía ronca por la garganta lastimada por las arcadas. En los ojos de Rey estaba la misma mirada de desconcierto del viajero, por eso se cuidó muy bien de mencionar el enojo, el violento tono de demanda que tenía en la voz.
Mi teléfono estaba en rojo, alerta grave. Y cuando apareció esa silueta en los arcos, corriste a empujarla y te fuiste –. Harry lo tuteaba, y hablaba pausado por culpa del miedo y de la náusea que lo amenazaba cada vez que respiraba. Sintió frío. Buscó la campera deportiva que había dejado colgada en el perchero.
El doctor recuperó la compostura. Solo se oía el jadeo de Harry.
Hace rato que sé que el sistema funciona y que el modelo se correlaciona con la experiencia. Supe que este equipo –señaló con su índice derecho los arcos y la habitación aislada– funcionaba tal y como lo pensamos, generando un vórtice, toroidal como lo que has visto, cuyo eje es la recta de salto entre dos puntos del tiempo. Es una especie de agujero negro temporal. No conozco las consecuencias materiales reales, al menos no las he visto directamente, pero sí sé que he podido viajar dos veces… –hizo una pausa– O tres.
Harry lo miraba sin decir nada, esperando que siguiera explayándose. Mientras, en su cabeza le daban vueltas varias cosas: ¿Cómo era posible que no se detectara una masiva transferencia de energía para abrir el vórtice? ¿Fallaban las computadoras y los sensores? ¿Y qué pasaría si no se completaba el paso entre los dos puntos? El grito que escuchó de la silueta que creía que era él lo desconcentraba. Rey continuó explicando.
Lo descubrí con una serie de cálculos durante el invierno, cuando no estabas. Para que el viaje sea preciso y predecible necesitamos el segundo moderador. El primero desencadena la colimación de energía gravitacional y de radiación de alta frecuencia. El segundo es el que regula el crecimiento y la orientación del vórtice, es la brújula que nos lleva de un lado a otro con precisión.
¿Por qué no me lo dijiste? –Rey permaneció en silencio un momento. Harry empezó a dar forma a las dudas que tenía sobre la navegación temporal, con el equipo incompleto que tenían frente a ellos.
Porque creí... sentí que era mi descubrimiento –. El acento en la palabra “mi” fue evidente –. No tengo otra razón. Perdón. De hecho, te confieso que memoricé los planteos y los cálculos, y destruí el cuaderno.
Necesito saberlos, tanto el moderador como el modelo dependen de eso. ¿Te das cuenta, no?. Podrías enseñármelos ahora –. Rey, sin alterarse, negó con la cabeza.
Hay algo más importante que eso, Harry –. Una y otra vez, Rey extendía las manos abiertas hacia su discípulo –Estamos perdiendo el norte, no puede existir un período de secretos entre ambos, ¿te das cuenta, Harry? –. Las manos prolijas de Rey, con los largos dedos separados como quien sostiene algo delicado, se movían afirmando sus expresiones. –Esos secretos son los que nos alteraron el rumbo. Eso y mi actitud.
Hizo otra cuidada pausa. Como un borbotón, Harry le escupió en la cara todas sus dudas sobre la limitación técnica de tener sólo un moderador, la falta de precisión para programar la navegación, la posibilidad de no entender los cálculos porque era Melissa su cerebro matemático. Demasiadas cosas, que Rey disipó con un gesto de suficiencia.
Para que estas cosas que han pasado no ocurran, Harry, no debe haber un período de secretos entre nosotros. Tengo que enviarte al pasado para que leas mi cuaderno y te asegures de que el Harry de entonces lo encuentre, y me interrogue para obligarme a ser sincero.
¿De qué estás hablando? Sin el segundo moderador no tenemos posibilidad de navegar a un momento preciso.
De otro modo no lo haré nunca –. Había en el rostro de Rey, un sincero aire de culpa. –Nunca, ¿lo entiendes?
Harry tenía la mente desbocada. Se convenció de la importancia de que no hubiera mentiras entre ambos. Supuso que si conocía todo desde el principio, algunas cosas no habrían de pasar. Hasta, quizás, la pelea con Melissa no se hubiera producido si él hubiese estado seguro de lo que hacía. Abrumado por las posibilidades, Harry no se reconoció en la firmeza que tuvo su voz al aceptar el viaje. El profesor sonrió y se levantó de un salto hacia su propia computadora.
Podemos reproducir el toroide para que te devuelva al origen–. Explicó, poniendo de nuevo las manos abiertas frente al muchacho para capturar su atención. –Viajarás a un día cualquiera entre dos fechas determinadas, durante el receso de invierno, después de mi descubrimiento. Te llevarás mis llaves y buscarás el cuaderno en mi casa, lo leerás y luego lo dejarás en el laboratorio, al alcance del Harry de entonces, con alguna indicación de que debe preguntarme todo. Bastará con que no te cruces con ninguno. Mientras, yo mantendré abierto el equipo, fijando el origen de la recta. Para volver será suficiente con que mantengas encendidos los arcos para no cortar el camino.
Hicieron los cálculos necesarios. Los dos arcos comenzaron a zumbar y a iluminarse. El simulador de la máquina de Harry comenzó a mostrar los movimientos inquietos del vórtice, mientras se encaminaba al equipo en silencio, mirando al piso con el ceño fruncido. La excitación le había disipado el cansancio y la náusea.
Ahí está mi abrigo –le dijo Rey–. Va a ser invierno cuando llegues.
Harry levantó al pasar el saco liviano de Rey y entró en los arcos. La adrenalina le potenció el encandilamiento en los ojos y empezó a temblar.
Sin darle tiempo a desaparecer del todo, Rey desconectó inmediatamente los equipos. Apagó la computadora de Harry y la arrojó dentro del balde con agua y desinfectante. Desconectó la red de computadoras del laboratorio y cortó la energía de los arcos. El origen de la recta del viaje había dejado de existir. Tal como dijo, en su arranque de sinceridad, el descubrimiento era suyo. Sólo suyo.



- FIN -

Consigna: Este relato inacabado presenta a un estudiante que trabaja en la universidad, en un experimento con una máquina para viajar en el tiempo, y durante una alarma ve cómo es asesinado por su profesor, quien lo obliga a entrar en la máquina y volver el tiempo atrás (máximo 6 hojas).

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