martes, 20 de septiembre de 2016

"Taistelu"


Estaba listo para la batalla, al pendiente de las campanadas aleatorias para iniciar el combate. Aunque el llamado era casi diario enfrentarnos con el enemigo el tiempo de los enfrentamientos siempre cambiaba y no nos podíamos dar el lujo de bajar la guardia. Las armaduras un poco menos oxidadas pero más resistentes reposaban al alcance de mis brazos, no me podía dar el lujo de reposar mi cabeza ni siquiera contra la pared o podría perder valiosos segundos al salir del campamento. Estaba cerca la hora la podía sentir, la densidad del aire cambiaba ligeramente cada vez; para los primerizos era indetectable pero tantos años en este puesto me han hecho desarrollar un sentido casi canino para detectar espíritus errante, fragancias perdidas al olfato humano y percibir cambios en el ambiente tan ligeros como libélulas.
No quería llegar al punto de tomar mis armas y ajustar mis sandalias tan prematuramente y esperar a una batalla que no se daría como había pasado con anterioridad; y solo me dejaba en ridículo con el resto del batallón. A pesar de que soy de los más longevos en la fila de batalla y llevo un rango importante esto no impedía controlar los comentarios ajenos que siempre llegaban a mis oídos. El general era el cargo más importante y solo arriba de él se encontraba el orbe, el ente que tomaba todas las decisiones finales y a veces pienso que también sabe el resultado de nuestras batallas con esos monstruos rebosantes y sin forma definida.
Todos estos factores me hacían soñar despierto de las posibilidades del destino y si todo en esta vida estaba ay decidido a pesar de mis esfuerzos o falta de ellos, pero muchas veces las victorias que teníamos eran fabricaciones de magia, cuando todo estaba perdido en un micro parpadeo llegaba una sensación de heroísmo, una ración de valor que nos empujaba a enviar de regreso a esas criaturas. Nunca he entendido, a pesar de mis sentidos desarrollados, de donde venían estos impulsos. Serian del orbe, de las estrategias del general, o tal vez solo de mi desesperación por ganar y la satisfacción de haber ganado. Sea lo que sea cada día era diferente y ya no sabía que pensar al respecto, lo único que hoy sabia era que el aire estaba denso y que tal vez me enviaran a entrar al campo de guerra.
Recordé controlar mi respiración a un paso como trote de caballo, mirando a mí alrededor con serenidad pero con una cara tosca y determinada. Me propuse mantener este ejercicio por lo menos veinte minutos aproximadamente. Si nada pasaba en este espectro de tiempo no creo que pasar nada y podría relajar mis músculos faciales hasta esperar nuevas órdenes. A mitad de mis ejercicios de respiración me levante de mi lugar sin alterar a nadie, era solo para estirar las piernas y caminar un poco, no lejos de mis armas, y al mismo tiempo mantener alerta a los soldados que tenían su atención lejos de sus cuerpos. Al tercer recorrido por el campamento se escuchaban los singulares canticos que anticipaban el orden o caos, no eran en si las campanadas que nos decían que era tiempo para pelear, era un aviso prematuro de tomar nuestras posiciones y estar listos para lo inesperado. Aunque estos sonidos eran temidos por muchos y por razones distintas; para mi estos cantos de sirena eran melodiosos y me llenaban de vigor. Era el preámbulo que me decía estas vivo, tienes un propósito ¿Que puede ser mas motivador que un recordatorio de que tienes un deber que cumplir? Llegue en instantes hasta donde estaban mis fieles compañeras, dos sables afilados, uno más largo que otro por cuestiones de movilidad y para tener un reemplazo de ser necesario. Todo el mundo estaba en alerta y el general aun no salía de su tienda a lo alto del campamento con la decisión final, que al parecer solo él podía obtener de algún poder especial.
Espero que vayamos a luchar hoy, necesito mostrar que he mejorado y también me gustaría presumir algunas técnicas nuevas que he estado ensayando. Se escucharon nuevamente los cantos a lo lejos como si las nubes cantaran, ovacionando a los jugadores de esta plataforma para su deleite. Yo como responsable del batallón número trece salí de la tienda y todos los demás responsables solo observaban a la tienda del general esperando la decisión. 
El elegante uniforme color azul intenso con detalles en rojo apareció en la colina, el general sostenía su taza de porcelana, lo que le gustaba beber era un misterio para todos en el batallón, pero parecía estar fundido a ella como si fuera una extremidad mas. Dio un sorbo de ella y con su mano libre y con mucha elegancia expulso su espada y la apunto hacia el horizonte. Era tiempo de ir a emboscar al enemigo. Los soldados fervientes y consumados por lo inesperado tomaron el resto de sus artefactos bélicos, se pusieron en formación  y mi batallón con un grito en unisonó marchamos con el resto hacia el campo de batalla.
El campo seguía estéril y desolado, la moral era bueno el día de hoy después de un lapso de cuatro victorias consecutivas pero al mismo tiempo la mentalidad de “nada dura para siempre” era una constante en la mente de muchos. Pero yo estaba satisfecho mirando aquel campo rebosante de silencio y sangre seca.
El suelo inicio a retumbar lentamente, la sentía en la suela de mis pies como el latido de la tierra agitándose más y más con cada segundo. Eran los pasos de esas monstruosidades, los Laiskinen, ballenas terrestres que a pesar de su magnitud de tamaño y peso se podían mover bástate bien en dos o tres patas dependiendo de las mutaciones que los afligían. No sabían otra cosa que avanzar, aplastar, gemir y aumentar su tamaño de un par de elefantes. A pesar de la magnitud de los oponentes y lo feroces de las batallas estos encuentros eran siempre relativamente rápidos en que se determinara el lado victorioso. Al igual que los sonidos antes de cada batalla cuando un lado era e más favorecido por los dioses el ente esparcía su poder y convocaba quien había ganado ese día la guerra de incontables días. Si los Laiskinen ganaban un sentido de desolación nos invadía pero desde el campamento el general llamaba a una retirada para poder retomar energía o solo regresar cabizbajos con nuestra desolación y lamento de compañía. Sería interesante ver a los Laiskinen emprendiendo una retirada presurosa pero sus solos movimientos inspiraban cansancio, así que si nuestro lado vencía ellos simplemente de volvían en un estado sólido y apático a la merced de los elementos y así no imponían ningún poder sobre nosotros.
 
Nubes de polvo se podían ver a lo lejos, y con un paso constante y forme de los Laiskinen estarían en nuestro lado de la frontera en poco tiempo si no los deteníamos. La llamada al ataque llego a los oídos de todos y avanzamos con un paso forzado y rápido para poder abarcar lo que esas masas sin forma avanzaban con un par de pasos.   
 
Nosotros siempre iniciábamos los ataques mientras que el enemigo solo aplastaba a su paso a nuestros soldados o los empujaba contra el suelo rompiendo varios de sus huesos en el mejor de los casos. Lo impráctico de luchar contra los Laiskinen era que no tenían puntos débiles, todo su cuerpo era grotescamente gordo, escamoso y con varias bocas en distintas partes de sus cuerpos. Las espadas muchas veces no pasaban las capas o rasgaban los pies para poder detener a la mayoría y formar una especia de barricada Laiskinen moribundos que aun buscaban saciar su hambre hasta que se daban por vencidos y sucumbían a la descomposición natural.
 
Los gritos se apoderaban del campo de batalla, mientras intentábamos derribar al oponente uno por uno. Pero la moral se esfumo tan pronto como el primer sable se desenfundo y uno vez mas parecía que estas criaturas ganaban más fuerza por solo existir. Al principio parecíamos más fuertes que estas criaturas pero cada zarpazo de mi espada se hacía mas y mas largo; las ráfagas de mis brazos se convertían en simples brazadas de alguien rendido en el mar y que solo quiere ahogarse. No solo era yo, a lo que podía ver de mis compañeros era muy obvio que de estar en dos pies ya era imposible y sucumbían a sus orígenes animales y cada vez se fundían con el piso y andaban en cuatro extremidades mientras que los Laiskinen con solo caminar los absorbían y aplastabas con sus capas viscosas de piel; como si la arena inerte quisiera luchar contra las oras furiosas del mar.
 
Pero tenía que poner el ejemplo, no solo por mis compatriotas sino por mí; tenía que comprobar que era capaz de hacer ante esta montaña de carne; la única aprobación que necesitaba no era del general ni de mis soldados; era de mi mismo. Así que no sucumbí ante el dolor o la pereza, escalaba a los Laiskinen para tomar aire para sumergirme a las profundidades nuevamente esperando un milagro con cada respiro. Tenía la mayor parte del peso de un enemigo apoyándose descaradamente a un costado mío, como si aun quisiera descansar en plena batalla, el peso era demasiado y mi rodilla izquierda averiada de enfrentamientos anteriores estaba cediendo. Mi espalda y pulmones estaban colapsando por igual, el peso solo me empujaba a relajar mis manos y soltar la angustia, solo cerrar los ojos y dejar ir todo lo que me convertía en lo que era.  En uno de lo últimos saltos que pude dar, como un delfín tomando aire, di un giro para ver si aun podía divisar aliados en ese territorio fétido. Ya había perdido una de mis fieles espadas y al empuñar mi sable con una chispa de esperanza y con una bocanada exhausta logre ver uno de esos días mágicos. Vi no lejos de donde me encontraba a una fresca estampida de soldados bajando por a pendiente a darnos una inyección de vigor. Solo pude verlos venir como un zarpazo de un tigre arrasando todo a su paso. Di un grito de lucha con todo lo que me quedaba de aire y empujaba y empujaba a las masas de carne esquivando sus golpes torpes pero fuertes, en menos de cinco parpadeos sentí a los refuerzos avanzar mucho más de lo que habíamos logrado en nuestro batallón y al verme rodeado de figuras familiares mi corazón y espíritu descansaron, me hinque en la tierra aun caliente de tanta fricción y mire al cielo; era cuestión de tiempo para oír esa dulce sonata de triunfo la podía sentir en mis huesos. El ente parece complacido con la decisión ya sea por nuestra ayuda o ya predispuesta, siento que se y al mismo tiempo que no comprendo esas batallas constantes pero sé que tienen un beneficio más grande que solo los soldados que emprendemos los combates de una manera eterna en cierta percepción.    
 
La conquista sobre la pereza personalizada era para nosotros el hoy y e ahora estaban ganados, había sido una batalla gloriosa y aunque ya había perdido batallas antes y lo valioso era seguir con vida para dar lo mejor de ti a la siguiente ocasión; nada se compara al sabor de los laureles, esa sensación de ver llover pétalos de flores al regresar a casa; nada se compara, para eso existo para eso mantengo es mi propósito.
 
Esta es mi batalla interna para levantarme de todos los días.


– FIN –


Consigna: Escribir un relato bélico.

La última bala


     Los casquillos se extienden como un manto sobre la tierra. Los soldados caídos también forman parte de la imagen que se proyecta en la retina de los que miran desde las trincheras. Los muertos se entremezclan con los vivos, los moribundos y los trozos de los que han sucumbido a los morteros de los cañones o las bombas de las incursiones aéreas.
     No hay tregua. Quedaran expuestos ahí hasta que sin riesgo, puedan ser socorridos los que aún sobrevivan.

     Juan, un mozo de apenas 20 años, atesora esos momentos de calma entre batida y batida. Nunca sabe cuánto durará esa relativa paz que por momentos se vuelve más escasa. Es soldado raso, carne de cañón. Recuerda cómo lo reclutaron “Servirás a tu patria. Serás un héroe”. Sí, ahora lo entiende, ve a los héroes ahí delante de él, héroes que no existen, solo muertos. Quiere volver a casa, sólo eso.

     Es noche cerrada en el pueblo, ni los perros aúllan. Un chirrido de frenos y Pilar se despierta asustada. Oye puertas que se abren y voces autoritarias. Son voces que desconoce.
Gritan el nombre de su padre. “Has sido acusado de traidor ven con nosotros, no te  resistas” dicen esas voces.
El pobre hombre, un viejo maestro de pueblo, tiembla. Sabe a lo que han venido, a darle “el paseillo”. Nadie regresa cuando van a buscarlos así, de noche.
     Lo arrastran hasta el camión que espera junto al coche donde unos tipos con uniforme  carraspean impacientes. El tiempo se echa encima y hay un trecho hasta el bosque. Los vehículos arrancan y se pierden en la oscura noche.
     Apenas un par de horas de viaje y los hombres hacinados en el camión no han cruzado palabra. Llegan a su destino, un claro en el bosque Allí, Anselmo el maestro y cuatro hombres más, son obligados a cavar unos grandes agujeros que les servirán de tumbas cuando reciban un tiro en la cabeza. Formarán parte de los cientos de desaparecidos.

     Pilar,  escondida, aún no se ha atrevido ni a respirar. A sus escasos 14 años, sabe lo que es la guerra y la crueldad de los hombres. En cuanto amanezca, se irá al monte. Un odio desconocido crece en su interior.
     Hace más de dos años, desde el comienzo de la guerra, que no ve a su hermano ni a su tío, los dos habían sido movilizados. Su amigo Pedro, el de las ideas raras, se había ido al monte a unirse a los grupos de resistencia que se movían por allí.

    Las sirenas suenan y la gente aterrorizada corre a protegerse en los refugios más cercanos. El sonido de los aviones y las explosiones se dejan oír por todas partes. Los edificios, ya de por si maltrechos, se derrumban sin dificultad abatidos por las decenas de bombas que los aviones dejan caer desde sus bodegas. Cuando las sirenas vuelven a sonar, las calles están llenas de cascotes y muertos. Ancianos desorientados y niños cubiertos de polvo y lágrimas, vagan entre las ruinas. Y comienza por enésima vez la búsqueda entre los restos, Gritos de dolor, susurros, respiraciones jadeantes marcan los lugares dónde aún es posible que haya vida. La gente, aún con el miedo en el cuerpo, siente la necesidad de ser útil.

     Pilar no ha pegado ojo. Se viste con ropa de su hermano y se echa al monte, esperando unirse a alguna partida de las tantas que hay. Si encontrara a Pedro…
Hacer calor, la primavera ya deja notar sus efectos. La chica camina escopeta de caza en mano, atenta a todos los ruidos. Oye un crujido de ramas y al mismo tiempo se ve rodeada por unos hombres con ropas de trabajo, pero armados hasta los dientes, son los que busca. En el campamento se da cuenta del miedo que flota en todas partes, pero también de la decisión de no dejarse vencer. Hay mujeres y niños en el grupo.

     Juan sigue en las trincheras. Cada vez quedan menos compañeros. Entre las balas, la metralla y las enfermedades, caen como moscas.
En la radio del refugio ha oído que el fin de la contienda puede estar cerca. Pero ahí, desde su posición la guerra se acrecienta, las bombas caen con más intensidad, los cañones apenas tienen descanso y el cuerpo a cuerpo de las incursiones nocturnas los tiene siempre en tensión.
Hace tiempo que el correo no llega. Y aunque las noticias dicen que van ganando terreno, no sabe lo que sucede en la retaguardia.

     Pedro avanza por el campamento, desde que dejó el pueblo lucha por lo que cree. Joven, barbilampiño y con los ideales intactos, se ha labrado fama de líder y buen estadista. Nunca deja nada la azar, sus ataques al bando enemigo, son implacables.
Comanda el grupo al que Pilar se ha unido. Trae noticias, se comenta que todo está perdido, que sus oficiales planean la rendición sin condiciones, exigida por los ya vencedores. Dicen que sólo es cuestión de días.

     Las ciudades van cayendo una tras otra, el enemigo derrotado, retrocede y cede el terreno. Las últimas confrontaciones son las peores. Aún derrotados, muchos se niegan a abandonar.

     Pedro no piensa en rendirse y junto a los suyos planea atacar un reducto enemigo cercano a la ciudad. Será difícil, ellos están atrincherados, pero esperan contar con la noche y la sorpresa. Con las últimas noticias cree que los podrán coger desprevenidos.
Pilar va con ellos. El odio que la mueve le impide quedarse en el campamento con algunas mujeres y los niños. Le contó a su amigo lo sucedido en el pueblo y éste no ha querido retenerla. La comprende.

     
     Cae la noche. Todo es silencio. Juan, sentado en el fondo de la trinchera, sobre un barro ya seco, escucha los susurros de sus compañeros. Están contentos, el cabo dice que mañana se firmará la rendición del enemigo y todo habrá acabado. Reza para que sea así. Está harto del olor a sangre, a podredumbre, harto de pasar hambre, de no poder dormir sin pesadillas. Harto de muertes. De ver morir a sus amigos y a sus enemigos. De una guerra sin sentido. De pronto, sonríe, se quita el caso y mira una foto que lleva en su interior…

     Agachada al pie de una alambrada, Pilar mira a lo lejos, las trincheras apenas se divisan, la luna, aún estando llena se encuentra cubierta por las nubes, volviendo todo oscuridad. La chica mira a la noche y al cielo. Algunas nubes hechas jirones dejan pasar los rayos de luna. Juan se levanta para iluminar la fotografía que lleva en la mano. En ella se ve una familia, los padres y dos hijos. Se humedecen sus ojos.
Pilar acaba de ver una cabeza que sobresale de la zanja, la claridad es total, apunta,  piensa en su padre, en su hermano…y dispara.
Juan apenas oye un silbido acercarse mientras el proyectil atraviesa su cráneo y un nombre se escapa de sus labios…Pilar


– FIN –

Consigna: Escribir un relato bélico.

Cuando el silencio habla


     Cuentan los que cuentan (y así me lo contaron a mí) que hace cientos de años en un lugar donde hoy encontramos a Perú, Bolivia y Chile vivía a orillas del lago una tribu liderada por el cacique Rimach. Era un pueblo que se dedicaba a la caza y la recolección de alimentos. Entre las mujeres de la tribu había una bella y humilde muchacha que estaba secretamente enamorada del hijo del cacique. Ella no sabía que su amor era correspondido por el valiente Hakan. La joven era pretendida por otro miembro de la tribu: Quri, quien era holgazán y pendenciero. Quri intentaba atraer a la doncella con obsequios, chucherías que robaba  como alguna manta o ropas que hilaban su madre y hermanas. Mas el corazón de Killa (tal era el nombre de la indiecita) ya tenía dueño, lo cual enfurecía a Quri.
     Cierto día corrió en la aldea el rumor de que los dioses habían enviado un castigo divino, el hombre blanco acechaba el territorio dispuesto a acabar con ellos. El terror se apoderó de los aborígenes que se pusieron en alerta para defender su pueblo y sus vidas. Fabricaron más lanzas y más arcos y flechas preparándose para un inminente ataque.
     Pero un día se declaró en el pueblo una epidemia de fiebre que nadie sabía cómo curar. Quienes caían víctimas de la enfermedad deliraban hasta la muerte. Luego se supo que era una de las extrañas pestes que trajeron los europeos con el desembarco. Hakan, el hijo del cacique, cayó preso de esta enfermedad. El joven ardía de fiebre noche y día y su cuerpo se debilitaba cada vez más. El corazón de Killa se estrujó de dolor y una mañana salió de la aldea dispuesta a ayudar a Hakan.
     Caminó un día entero por el bosque, trepó la montaña lastimándose los brazos y las piernas pues la layqa, la hechicera del pueblo, le había dicho que el joven solo podía curarse con una infusión hecha de unas flores rojas que crecían en la cima de la montaña.
     Cuando la joven regresó el cacique salió a su encuentro, ella llegaba a su casa con la infusión ya preparada. El cacique sabía del amor de Hakan por la muchacha, pues en sus delirios no hacía más que nombrarla. Pasaron los días y el joven fue recuperándose con el brebaje que le llevaba Killa. Rimach miró con beneplácito el amor de la pareja.  Agradecido a la pequeña Killa que había salvado la vida de su hijo y primorosamente lo había cuidado, anunció que pronto se celebraría la unión entre ellos.
     Esto enfureció a Quri que corrió por los bosques con su sed de venganza, dispuesto a traicionar a su tribu. Se encontró a escondidas con los españoles que ansiaban el dominio de las tierras y selló con ellos un sucio trato. Los europeos le prometieron riquezas y, por supuesto, capturarían a Killa y se la entregarían. A cambio de esto Quri les enseñó las armas con las que contaba su pueblo y les mostró el terreno que ellos desconocían. Como se comunicaban por señas y algunos ideogramas todas estas tratativas llevaron bastante tiempo ya que no hablaban el mismo idioma.
     Mientras tanto a Quri no se le agotaba el ansia de derrotar a su rival. ¿Será que acaso la sed de dominio es más poderosa que la de libertad? ¿En qué momento se instala el odio en el ser humano? ¿Es innato o va surgiendo como respuesta a estímulos que le provocan contrariedad? ¿Cuándo germina la semilla del odio al punto de desear la muerte de sus propios hermanos?
     Quri habló con la gente de la aldea, con aquellos a quienes era más fácil de convencer, ya sea por su ignorancia o por no estar de acuerdo con la política del cacique. A ellos les habló de un futuro mejor que llegaba como un don de los dioses de manos de los europeos. A escondidas, armó un pequeño ejército para aliarse a los españoles.
     Así es como donde un sector del pueblo veía a los europeos como una amenaza, otros veían una oportunidad de progreso.
     Cuentan los que cuentan que el hombre blanco había recibido la certera información de que la tribu liderada por Rimach era belicosa y tendrían que pasar por sus cadáveres para poder emprender en esas tierras la búsqueda del oro que estaban llevando a cabo por todo el continente.
     Cierto día se produjo el inminente enfrentamiento y las aguas del lago se salpicaron de rojo. Fue una lucha despareja sin ninguna duda. Pero los guerreros de la tribu defendieron sus tierras y sus mujeres con toda la fuerza de la que fueron capaces.
     Aunque el reflejo del sol enceguecía sus ojos cuando miraban las brillantes armaduras, aunque sus arcos y sus flechas y aún sus lanzas no podían atravesarlas. Aunque el rugido de las extrañas bestias que montaban los aterrorizaba. Aunque eran pocos, muy pocos porque una epidemia había ya matado a gran parte de la población. Aunque los blancos contaban con más experiencia porque guerreaban desde la antigüedad. Aunque el ruido de las armas de los europeos atronaban sus tímpanos. Lucharon en una guerra desigual, lucharon contra el castigo que habían enviado los dioses sin tener muy en claro el porqué. Así fueron sometidos, destruyeron sus costumbres y religión por la sed de sangre y de dinero.
     También lucharon entre hermanos, los que Quri había reclutado por despecho.
     La joven Killa lloró mucho tiempo la muerte de Hakan, ella fue tomada prisionera junto a otras mujeres de su tribu y junto a Quri. El traidor quiso su recompensa y ¡vaya si la tuvo! Ante sus ojos vio cómo un hombre blanco envuelto en vahos de alcohol violaba a la indiecita. Desesperado e hincando los dientes en las sogas que amarraban sus manos, se soltó y se tiró sobre el hombre blanco. Fue lo último que hizo, recibió un disparo en sus espaldas y cayó muerto.
     Cuentan los que cuentan que Killa tuvo hijos de hombres blancos (de varios, por cierto) y que a sus hijos los trataron con algunos privilegios por ser hijos de padres blancos. De ella se dice que la sometieron a la esclavitud y allí se pierden los datos.
     Cuentan los que cuentan, así me lo dijeron, que debo seguir contando esta historia porque todos los testimonios que existen solo pertenecen a los europeos, ya que los aborígenes desconocían la escritura. Y que debo seguir contándola para que quede en la memoria de la humanidad. Pero por sobre todo, en la memoria de mi gente que hoy en día transita el camino de la extinción y el olvido.
     Así me contó esta historia mi padre y a él el suyo y así sucesivamente. Así también se la contaré a mis hijos porque llevo en mi sangre un poco de la sangre de Killa y de un pueblo que luchó por ser y no pudo.


– FIN –

Consigna: Escribir un relato bélico.