sábado, 27 de agosto de 2016

El secreto del pueblo


Por Leonardo Chirinos.


El lunes veintiuno de septiembre despertó para los habitantes del pueblo de El Alto con el cielo nublado y grisáceo. El meteorólogo del noticiero de radio había pronosticado un día soleado con fuertes vientos en dirección al este, pero había errado otra vez.
Richard Ramos, que había pasado el fin de semana en cama, salió de su casa, pálido y enfermo, a comprar unas aspirinas a la farmacia de Henry. Su anciana madre se encontraba tendida en el sótano detrás de las bolsas negras que guardaban los adornos navideños. Y una araña se metía silenciosa por su nariz oscura y helada.
—Eh, flaco, ¿qué tienes bueno para el dolor de cabeza?
El farmacéutico miró el cutis pálido y las profundas ojeras de su cliente.
—Oye, ¿todavía te alcanza para las quince botellas? —rio.
—Qué va —respondió Richard con cierta indiferencia—. Debe ser gripe o una de esas virosis de mierda que están dando. —Se sentía débil, desganado y con la cabeza vacía.
El vendedor calmó la expresión burlona de su cara y fue hasta el almacén. Salió de allí con una caja en las manos y la golpeó contra la mesa del mostrador como si la estuviera apostando.
—Broxilford. Toma una ahora y la segunda dentro de seis horas.
—¿No tienes un poco de agua? —El farmacéutico asintió y le pasó un vaso cónico de papel—. Tengo la garganta encendida —agregó, frotándose el cuello. Se lanzó la tableta a la boca y tomó un buche de agua. El broxilford pasó por la garganta con un sabor amargo como un cristal de sábila.
—Eso te ayudará. —El vendedor flexionó uno de los codos y se apoyó sobre el cristal del mostrador—. ¿Qué te pasó aquí? —preguntó, palpándose la tráquea.
—Esto…, ah, me corté cuando me rasuraba. No es gran cosa, no me di cuenta hasta después. —Arrugó la cara—. ¡Mierda! Dame otro vaso de agua, esta pastilla es muy amarga.
—No somos caridad, Richard, puedes tomar limonada en tu casa si quieres, te queda a dos cuadras.
—¡Menuda suerte! —exclamó con sarcasmo y se alejó del mostrador.
Afuera las nubes abandonaban el techo del pueblo y la luz del día lentamente abarcaba su terreno.
—¡Oye! —gritó el farmacéutico desde atrás—. Se me había olvidado. —Le pasó una pequeña bolsa de papel marrón—. Lo encargó tu mamá hace tres días.
Richard se acercó y miró en su interior.
—Me gustaría apostar a que ya la pagó.
—Perderías.
—Cuando no, la vieja. —Richard sacó el dinero del bolsillo.
—No inventes, es una santa.
—Ese es el mayor problema. El viernes, cuando llegué del trabajo, la encontré en la sala hablando con dos testigos de Jehová. ¡Puedes creerlo! Los tipos pudieron llevarse hasta los muebles, dejar a mi madre atada con una nota pegada en la frente e irse sin ningún problema.
—¿Qué crees que diría la nota?
—Yo que sé, no soy un jodido ladrón.
—Ya veo. Al parecer sigue habiendo gente honesta por ahí. ¿De qué te hablaron?
Richard encogió los hombros, mostrando un pequeño gesto de dolor mientras pensaba; todavía tenía el mal sabor de boca y hacía demasiado calor.
—No recuerdo — respondió con una mueca extrañada, y se rascó la herida en el cuello. El dueño de la farmacia frunció las cejas.
—Espera. ¿A qué hora llegas de trabajar?
—A las seis, como todos. Creo que te lo comenté una vez.
—Y tu mamá los dejó entrar a esa hora.
—A los testigos de Jehová. Mierda, sí. Parece que ahora tienen horarios nocturno los muy cabrones.
El farmacéutico tragó saliva y apartó las manos de encima del mostrador.
—Richard, ya debes irte a tu casa. Te veo muy mal, amigo mío.
—Sí, tienes razón. Seguro te veo pronto. Hablamos.
Jesucristo, espero que no, pensó el vendedor alejándose del mostrador.
Eran las nueve de la mañana cuando Richard salió de la farmacia para dirigirse a su casa. Dos pasos afuera, su cuerpo se envolvió en una enorme antorcha de fuego que despertó los gritos de las señoras que pasaban por la calle. Los hijos del zapatero —Jesús y Ronald— apagaron la llamarada con cubetas de agua dulce expulsada por la bomba de su casa. El farmacéutico no salió del local hasta después del intento de rescate de los muchachos. Mientras todo pasaba, él realizó una llamada de emergencia hacia la casa del padre Fernando, cabeza de la iglesia católica San Pedro —ubicada frente a la plaza del pueblo—. Y para la tarde de ese día ya todos se habían enterado de cómo el sujeto, totalmente negro y consumido hasta los huesos, seguía moviéndose y balbuceando con dificultad «sed».
Siete días después hallaron a la madre. Para ese entonces, en El Alto nadie salía después de las seis ni dejaban entrar a nadie a sus casas. La anciana dormía para siempre en el centro de una pila enorme de heno en lo alto de un corral, con el pelo lleno de paja. La encontraron al final de una fila de cerdos desangrados, ocultándose del sol de verano.
Ambos fueron enterrados en el cementerio viejo del pueblo, con la boca llena de ajo y tomillo silvestre. Jamás volvieron a levantarse. Y no fueron los únicos.

miércoles, 17 de agosto de 2016

Bella Juliana

Por Teresa Nuñez.

Para vos, a quien algún día creí amar.
Para alguien especial, un ser bello, noble y bondadoso.
Tal vez, pensé que eso era suficiente para enamorarse. Pero lamentablemente no alcanza. Al menos no para mí.
Quiero y necesito a alguien, que me ayude a subir las colinas infinitas de la ilusión y el deseo.
Que me permita dibujar en ella, un furioso rayo de fuego y quemarme hasta desaparecer transformado en brasa, siempre a punto de encender esa llama perpetua. que sostiene vivas a las personas como yo.
No quiero, ni debo, por respeto a vos y a tantas horas compartidas, caer en el triste sentimiento del desamor. No lo mereces.
Sos muy, muy bella, me gustaría, que tomaras en cuenta, todo esto que te estoy confesando por este medio.
¡Se trata de vivir! ¡De soñar, volar! ¡Somos agua y fuego! Somos todo o nada, ¿me entendes?
Pensalo, por favor pensalo. Sabes dónde encontrarme.
Te voy a estar pensando, extrañando. Bebiendo los besos que dejaste en mi boca.
Sé que me amas, te pido que no me juzgues mal. Que te juegues y corras hacia mí.
Si decidís hacerlo, te abriré la puerta, el alma, el corazón. Y juro, hacerte feliz por siempre.
Seguro, existirá en algún lugar, una casa, una choza o porque no un palacio. Simplemente el espacio ideal para que podamos vivir algunas horas, meses, años. Lo que vaya surgiendo, el día a día.
Sera mi regalo, para vos, para ambos.
Te pido que lo consideres.
Sé que parecen solo  utopías. Y quien dijo, que no se puede vivir de utopías. Yo creo que sí.
Podrás pensar que solo soy un soñador. Y si, lo soy.
Seguramente, alguien te dijo que no se puede vivir de sueños. Yo creo que sí. Que los sueños, alimentan el alma.
Yo puedo decirte que temes alas, y seguramente te sentirás libre. Puedo decirte que el mundo está a tus pies, y te sentirás poderosa. Y que está en tus manos y en tu corazón ser  feliz, y seguramente te sacare una sonrisa.
Entonces, sonriente, libre y poderosa. ¿Qué consideras, que serias?
¡Una persona feliz! No lo dudes.
Ahora, solo te faltaría encender el fuego, ese fuego que yo necesito que me demuestres, en  cada caricia, en cada mirada.  Y que cada vez que te me acerques, temblorosamente prohibida, logres en mi el punto justo que me provoque un orgasmo.
Te estaré esperando, no demores demasiado, no despiertes el desamor.


Te dejo una caricia.
                               
                              Solamente toca tus labios

Querido Mariano

Por Soledad Fernández.

Querido Mariano, amor:
Escribo esta carta para contarte que desde que te fuiste algo cambió en mí. Tres semanas ya pasaron. Tres largas semanas donde pude reflexionar, analizar, pensar lo nuestro. Nuestro amor… Me pregunto ¿por qué te fuiste? ¿Por qué me dejaste sola? ¿Acaso no fui suficiente mujer para vos? Parece que no. Parece que necesitabas más. Necesitabas la felicidad que te dio esa guacha con la que te acostaste. Con la que me metiste los cuernos una y otra vez. Esa desgraciada que se dice mujer y amiga mía. Pero tranquilo…quedate muy tranquilo que en estas semanas pude revivir cada uno de los momentos de porquería que vivimos juntos. Cada desplante, cada discusión vacía, cada crítica que me hiciste. Yo digo ¿por qué fui tan pelotuda como para seguir aguantándote día tras día? ¿Por qué dejé que me basurearas y me mantuvieras como una sirvienta de tus necesidades?  Porque vos te cagabas de risa de mí. Con ella. Con Andreita, como le decías. Con esa desgracia viviente que se dijo mi amiga. Esa falsa amiga que me aconsejaba que te deje, porque en realidad te quería para ella sola. ¡Y yo! Yo dudaba. Dudaba en dejarte. Tenía miedo de hacerte sufrir. Y me cagaste la vida. Me dejaste sola para irte con ella.
Pero tranquilo. No te estreses ni desesperes porque desde que me dejaste, me encargué de visitar a cada uno de tus estupendos amigos. A Javi que siempre supe que me tenía ganas y yo me hacía la tonta. Viste lo lindo que es, tan alto y musculoso. No como vos que tenés esa panza cervecera tan antiestética. A diferencia tuya a él le gustó mi ropa interior de encaje negro. Sí. Y también a Fabián. Con esos rulos maravillosos, y sus ojitos claros. Con él desahogué mis penas en el jacuzzi que mandaste a poner en la piscina. Ese que salió tanto y al que te dije “¿Te parece amor? ¿No sería mejor pensar en un hijo…agrandar la casa?” Y vos te reíste con aquel proyecto. Bueno, al final tenías razón, lo disfruté. Y no sabés cuanto.
Pero no quiero aburrirte con los detalles. Solo necesito decirte que agradezco que me hayas abierto los ojos. Lo agradezco de corazón, porque me di cuenta de que soy deseada y por eso mi autoestima está bien alta. Andá con Andreita, disfrutala, y cuando te canses de ella no vuelvas, porque no tengo ni un maldito segundo disponible para vos. Ya no.