lunes, 20 de febrero de 2017

Entrevista a Sergio Bonavida Ponce, autor de «Smoking dead»



—Hola buenas, venía por la entrevista... —Yo soy Sergio. Y soy escritor. Bueno, quiero decir, estoy en ello, como los alcohólicos intentando salir de su adicción—. ¿Está Carmen?
—Carmen no está... —Empezamos mal. Este hombretón, con cierto parecido a Marlon Brando, me dirige una mirada salvaje—. La mandé a comprar cigarrillos. ¡Ja!
—¡Ah, ya! ¿Y vos sois?
—Raúl. —El hombretón olisquea el aire. Es culpa de la caja de zapatos que sostengo debajo de mi axila. Desprende un olor nauseabundo—. Sacá número y rajá de acá con ese olor asqueroso.
—Oiga, Raúl, ¿pero...? Carmen me dijo que aquí me harían la entrevista de «Smoking Dead».
—Mirá, flaco, acá solo entrevistamos a Brutos Escritores. Y por tu pinta de putito diría que sos un fan de Erika Leonard Mitchell.
—¿Eh? Esto... es inaudito. Pero si he venido de muy lejos.
—A llorar a la iglesia.
—¡Ah, no! Esto no quedará así. ¿Sabéis que es este olor tan nauseabundo? —Ahora sí que consigo captar su atención. Este Raúl se va a enterar—. ¡En esta caja de zapatos llevo un papagayo muerto con una maldición aterradora! Está hechizado por la famosa gitana Asputiota. Y si Carmen no me realiza la entrevista dejaré aquí la caja de zapatos, con el papagayo muerto, y ya se encargará la maldición de asolar este lugar de mierda. ¿Capicci?
Raúl se me acerca. Ya no hay más espacio entre nuestros dos cuerpos. Detesto su aliento a tabaco. Me mira a los ojos. Huele con exagerado énfasis el pestilente olor desprendido desde la caja y en un arrebato inesperado me la arranca de debajo del brazo...
—¡Eh!...
—Shhh... —Ahora abre la caja. Con una mano agarra de la cola al ave reseca. Una pluma cae al suelo. La masa de carne putrefacta parece el péndulo de un reloj colgando en la mano de Raúl. La mece entusiasmado delante de mí. ¿Por qué me mira con esa sonrisa estúpida en su rostro? Sin medir ninguna palabra abre la boca y acto seguido se traga de un solo bocado al animal muerto. ¡Joder! Lo engulle de un puto bocado. Sin masticar. Un rebuzno de pavor escapa de mi boca.
Papi, aquí devoramos las maldiciones. Pero, ¿sabés? Es la primera vez que me traen papagayo muerto. Olvidate de Carmen, la entrevista te la hago yo... o no hay entrevista. ¿Capicci?
Sonrío. Una gota (es muy real), una pequeña gota de sudor salado, fría, arquetípica y rebañada con terror, baja pleonástica por mi sien...
—Sí, capisco —Trago saliva—. Lo que tú digas, Raúl.
—¡Dale!

***

¿Qué te motivó a escribir una novela?
Saber que, a pesar de ser costoso, podría hacerlo.
¿Por qué hay que comprar y leer Smoking dead?
Hay que comprarla si a uno le gusta el humor absurdo, irreal y loco. Si no, entonces es mejor mantener a salvo la mente de esta gran fumada que supone Smoking Dead. ^^
¿Cómo surgió la idea?
Inicialmente no tenía ninguna intención de escribir una novela. Todo empezó hace años, en un bar, estábamos tomando unos cafés, mi hermano y yo, y él, siempre tan gracioso, tuvo una hilarante ocurrencia acerca de la fusión de estilos entre fumadores y muertos vivientes. “Dameee fuegooo...”, escenificando la escena, e incluso inventándose una pequeña situación cómica. Me gustó tanto la idea, que escribí dos páginas, semanas después escribí diez páginas más, y... después de casi cuatro años, con tantas situaciones recopiladas, supongo que mi opera prima decidió nacer por sí sola.
En la obra hay múltiples guiños a series de televisión, a documentales y a películas que hoy son grandes clásicos. ¿Son tu fuente de inspiración o es la forma de presentarnos tus gustos personales?
Un poco de ambas cosas. El cine, el teatro, la literatura me marcan profundamente, vivo muy intensamente cualquier arte audiovisual, así que gusto e inspiración se fusionan en mi caso. Además, algunos capítulos de la novela están escritos a modo de homenaje hacía actores que marcaron etapas de mi vida.
Hay en Smoking…, detrás de toda la ironía, el absurdo y el humor, una crítica a la sociedad actual y a las políticas que la rigen. ¿Es tu idea dejar un mensaje en el lector, o escribís solo para entretener?
Sinceramente, muchas personas me han comentado esta misma cuestión, pero mi idea nunca fue hacer una crítica de la sociedad, ni siquiera se me pasó por la cabeza, y mucho menos de forma elaborada. Tan solo quería que la gente sonriera.
¿Por qué elegiste Amazon para publicar tu libro?
Ufff... está pregunta requeriría al menos cuatro o más páginas para ser contestada. Ja, ja, ja, y como no deseo dormir a nadie con mis «explayaciones», a modo de resumen diré, que el parto de mi opera prima es algo que quería hacer por mí solo, sin intermediarios de ninguna clase. Me lo planteé como un reto.
¿Qué expectativas tenés? ¿Funciona cómo esperabas?
Como buen novato ilusionado, mis expectativas nacieron demasiado altas, esperaba llegar a cien o doscientos lectores. Recientemente he llegado la cincuentena, sin embargo, he leído que a largo plazo siempre hay posibilidades de aumentar el número de lectores... En todo caso, al no haber intermediarios de por medio, he podido ofrecer el libro a un precio razonable. Por lo pronto, ya tengo empezada la segunda novela (que no tiene nada que ver con Smoking), y seguiré promocionando Smoking Dead en las redes sociales. Si se tiene la posibilidad de tener el respaldo de una buena editorial, es genial contar con ese apoyo, del mismo modo, creo que nadie tiene el derecho a arrebatarte la ilusión de escribir y mucho menos decirte que no tienes la calidad literaria para publicar. El arte no se puede medir en términos cuantificativos, no es ciencia. Lo que hoy es basura, mañana es un clásico. La autopublicación es una alternativa a la hora de publicar que no descartaría en ningún caso.
¿Cuándo comenzaste a escribir historias?
Cuando era joven, escribía módulos de rol de un juego llamado Aquelarre, eran pequeñas historias que necesitaban de una documentación histórica previa. Creo que ahí empezó a forjarse mi narrativa básica. Después de muchos años, creé un pequeño blog, Un tranquilo lugar de aquiescencia, en el que llevo siete años.
¿Recordás el primer cuento que hiciste?
No era un cuento, era poesía. Recuerdo vagamente que debía tener entre ocho y diez años, y en mi colegio, con motivo de una festividad denominada «Sant Jordi», el día de la rosa y el libro, debíamos escribir una poesía en clase. Entregué la hoja a mi profesora, y recuerdo que la profesora me preguntó, «Sergio, ¿has copiado este texto de algún sitio?». Quizá mis recuerdos me engañen, pero creo que pensó que estaba demasiado bien escrito para un niño de diez años, en todo caso, no conservo aquel escrito, y tan solo recuerdo que trataba sobre un caballo volador que corría por encima de las nubes.
Hace años que presentás tus escritos en tu blog Un tranquilo lugar de aquiescencia. Contanos de tu sitio y de las ramas de tu personalidad que lo administran, como UTLA, NUTLA, IGNATIUS. B. P. y FELI NORBULINGKA.

SERGIO B. PONCE, NUTLA,
IGNATIUS. B. P., UTLA
y FELI NORBULINGKA

Algún día narraré largo y tendido por que decidí escoger esa palabra tan extraña, Aquiescencia, para que formara parte del título del blog. Es una anécdota simple que me gustaría explicar con más detalle en otro momento. El blog es un lugar liberador, mágico, que me ha permitido conocer a gente increíblemente buena, en esto del arte del escribir, sobre todo gracias a El Edén De Los Novelistas Brutos, y no solo escritores, sino también a excelentes ilustradores. Aturde pensar en la cantidad de buenos artistas que existen en este mundo que no pueden ganarse la vida trabajando de su pasión.
Acerca de mis ramas... Si dijera todo lo que pienso acerca de mis amigos UTLA, Feli, NUTLA e Ignatius, seguramente me acabarían encerrando en un «psicomaníaco». Aunque, como hoy en día está muy en boga esto de las realidades alternativas y la teoría de cuerdas, con sus múltiples universos y todo eso y mucho más... Tan solo añadiré, que, sin todos ellos, yo no sería yo. Les estoy muy agradecido.
¿Qué relato publicado en Un tranquilo… es el que más te gusta?
Tengo varios: «Engatuzada y el señor Tortugo», «Los cuatro pretendientes», «Los vampiros sobre ruedas», «Mi mamá me dice que soy espacial», ... Al final, son todos como hijos, y es muy difícil escoger a uno solo.
¿Encontraste una sincera aquiescencia de parte de los lectores de Smoking dead?
Sí, mucha aquiescencia, he recibido buenas y cariñosas críticas. Incluso fotos de errores de la primera edición, que he anotado celosamente, para futuras correcciones. Es maravilloso ese feedback entre lector-escritor. Y he descubierto facetas de mi propia novela que yo no había contemplado. Es un mundo mágico el que me ha abierto la novela.
¿Tenés algún hábito al momento de la escritura?
No sabría decir... Cualquier lugar y cualquier hora son buenos para escribir. Antaño, en el móvil (celular), escribía bastante, sobre todo en mis trayectos en tren, aunque últimamente también me da por darle al teclado del PC. El arte de escribir, es como el arte de amar, todo es empezar. ^^
¿Accederías a cambiar el destino que le diste a un personaje por exigencia de tu editor porque él opina que es eso lo que el lector querría y no lo que vos escribiste? ¿Pensás en el lector a la hora de escribir?
Sí y no. Me explico. Si es lo que el editor querría por ser más comercial no cambiaría ni un ápice. Yo no escribo para un público ni para un editor, los personajes están pululando alrededor de mí, y tienen su propia voz, y necesitan narrarla como desean. Otro motivo muy distinto sería que mi editor señalara un comportamiento extraño (anormal) en un personaje que antes no estaba, o una situación incoherente con la forma de actuar del personaje y que no tuviera lógica alguna dentro del arco argumental o de la propia personalidad del personaje, eso sería distinto, entonces sí cambiaría lo que hiciera falta.
En el lector pienso sobre todo a la hora de la maquetación, es decir, en facilitarle la lectura: para mí, la literatura no debería ser una carrera de obstáculos, una buena elección tipográfica, espacios amplios, capítulos no excesivamente largos, márgenes cómodos... Y en cuanto al contenido de la novela... Es imposible gustar a todo el mundo, así que solo intento ser yo mismo.
¿Quiénes son tus autores preferidos?
Me encanta esta pregunta. ^^ Ana María Matute, Michael Ende, Tolkien, Stephen King, Alejandro Dumas (padre e hijo), Murakami, Miguel Delibes... qué lástima, me voy a dejar tantos.
¿Tus novelas predilectas son…?
Hay tres en especial, aunque seguro me olvido de otras de las que después me arrepentiré: «Olvidado Rey Gudú» de Ana María Matute, «El maravilloso viaje de Nils Holgersson» de Selma Lagerlöf y «La historia interminable» de Michael Ende.
¿El libro qué menos te haya gustado?
Ja, ja, ja. Está pregunta también me encanta. No hay libros malos, si no malas personas... ja, ja, ja. Sobre esta cuestión he tenido trifulcas hasta altas horas de la noche. En todo caso, «haber... los ahílos», pero no saldrá de mi boca una crítica hacía ningún libro.
Contanos de tus sueños o deseos.
Realizar una recopilación de relatos del blog. Acabar mi segunda novela, y antes de morir, escribir al menos diez libros. Y de entre ellos, conseguir escribir al menos uno, que realmente consiguiera emocionarme. Por soñar...
Escribiste un gran relato llamado «Carta a mi yo del pasado». ¿Qué te dirías en una misiva?
Muchas gracias por nombrarlo gran relato, no me lo merezco. La verdad es que sería escueto: «Hazte caso, no pares, sigue adelante». Eso escribiría, y si pudiera ver el futuro, no querría verlo, prefiero vivir el día a día, sin desvelos.
Tus frases de cabecera son «Cierra tus ojos, encuéntrate y sigue para adelante. Buena Suerte» y «Solo existe el amor», pero también lo es «La negatividad os hará libres». ¿Aplicás un poco de todo esto en tu vida personal?
Supongo que tanto las frases de UTLA, como la de su hermano NUTLA, me persiguen constantemente en mi cotidianidad. Las personas somos ambiguas, un día somos capaces de la mayor heroicidad y al siguiente de la mayor atrocidad. Sin llevar al extremo la anterior afirmación, diré que sí, qué en mi vulgar vida, esas frases poseen una significancia especial.
¿Podés contarnos alguna de las ideas que rondan en tu cabeza que puedan ver la luz en una futura obra?
Diré dos palabras de inmediato: Ciencia ficción y Robots. ^^ Del resto de pensamientos perturbadores que rondan por mi cabeza, de momento solo son borradores, de los que me encariño con el tiempo o los relego a un segundo plano.
Algo que todos nos preguntamos: ¿Quién es Sergio Bonavida Ponce?
Creo que esta es la pregunta más complicada que me han hecho en los últimos años. Pues con temor de fallar en la respuesta, creo que soy todo yo. Ja, ja, ja. Un simple humano con más obstinación que talento.
Terminá la entrevista con lo que tengas ganas de decir o contar.
Agradecer con todo mi cariño la dedicación que puso Genoveva Gutiérrez Ruiz a la revisión y corrección de Smoking Dead, sin ella, los fallos ortográficos y gramaticales se hubieran contando a miles, y si algo merece ser hecho, merece ser hecho bien. Gracias Genoveva.
Mostrar mi aprecio a dos ilustradoras que siempre han estado prestándome su arte durante estos años: Marina Umi y #TheAmazingRita (AKA Ritixart).
A mi gran amigo Henry Slim, por ser el mejor músico que conozco, y crear la banda sonora de UTLA.
Para terminar tengo ganas de realizar una importante pregunta: ¿Cuándo podremos leer la excelente novela «Opopónaco», ya sea publicada en Amazon o en la plataforma que sea? Deseo una pronta respuesta. ^^
Agradecer esta entrevista, no me la esperaba, y me ha emocionado. Sobre todo, gracias a Raúl Omar por ser siempre una referencia y unirnos a todos en este oficio del escribir. Gracias, gracias y gracias por realizarme la entrevista, de verdad. Lo más maravilloso de escribir, es la cantidad de personas que encuentras en el camino.
Abrazos... y parafraseando a UTLA: «Solo existe el amor».

***

Sergio Bonavida Ponce nació en 1977 en la bonita ciudad de Barcelona a orillas del mar mediterráneo. Realizó sus estudios en dicha localidad, los cuales alternó con clases de piano y órgano durante cinco años. Pero su mente no estaba hecha para la composición musical y su necesidad de ser creativo le impulsó a abandonar ese arte. Más tarde ingresó en un club de rol, sin saberlo, comenzaba así su afán literario. Inventaba leyendas para ambientar las partidas, creaba extensas biografías de personajes e inició documentaciones detalladas de la vida en la edad media. Años más tarde, abandonado el club, inició un proyecto con UTLA, Feli y NUTLA: «Un tranquilo lugar de aquiescencia». Un blog que trató inicialmente sobre temas dispares: películas, novelas, relatos. Aunque, dos años después, el blog se consolidó como una fuente narrativa y se dedicó en exclusiva a la producción de relatos. Durante siete años, cada domingo se publicaba un relato. En ese período se unió a la página de Facebook, «El Edén De Los Novelistas Brutos», donde conoció a infinidad de escritores. Esta unión le permitió mejorar su técnica, aprender de las críticas de los compañeros y estudiar las recomendaciones que surgieron a raíz de tan mágico entorno literario. En 2015 recibió clases presenciales en el taller literario «Aula de escritores» del barrio de Gracia, y en el mismo año se apuntó online a un curso «Corrección, estilo y variaciones de la lengua española» impartido por el profesor Santiago Alcoba de la UAB. En 2016, como autor independiente en la plataforma Amazon, publicó su primera novela, «Smoking Dead».

Para obtener la novela «Smoking dead», hacé clic en el siguiente enlace: Un tranquilo lugar de aquiescencia.


lunes, 6 de febrero de 2017

Aquel que observa

Por Ángela Eastwood.

          El hombre de negro paró frente a la casa. Nadie por las calles. Un perro ladró desde algún lado y le sonó afónico. Ladró otra vez y luego se hizo el silencio. Había un coche estacionado dentro, era un Dodge color negro. Aún debía estar caliente el motor. No había luz en las ventanas y miró a los lados. Encendió un pitillo y esperó.  Sabía que tarde o temprano se encendería la luz de la ventana. La ventana de arriba. Los había visto apearse del auto y entrar tomados de la mano. Riendo, besándose.
La mujer era muy bonita, casi una chiquilla. Llevaba el pelo largo y negro, casi por la cintura y los labios  pintados de rojo. El color de las putas, de la sangre. El amante le había mordido los labios mientras buscaba su pezón rosado por debajo del abrigo. El hombre del maletín oyó nítidamente cómo el tipo  le decía a la chica al oído dónde le iba a meter luego la lengua si era buena chica y lo que harían después si ella consentía en darse la vuelta. Tenía ese poder el hombre de negro.  La chica rio a carcajadas apretando las piernas para contener  la humedad que ya se abría paso hasta sus braguitas minúsculas. Casi podía escuchar aquel mensajero cómo crujían las rodillas de tanto apretarse una contra la otra, intentando sofocar el fuego.  Esos muslos jóvenes capaces de ahorcar a un hombre entre ellos. Menuda cárcel.
Sí. Estaba muy claro que ella ansiaba lo que el tipo quería darle. No tenía ninguna duda. Ella quería abrirse de piernas, necesitaba los embistes que el tipo le venía prometiendo toda la noche. Ese tipo asqueroso. Y casado. Ella no, pero tampoco tenía ya remedio. Estaba condenada desde que, horas antes, se había sentado ante su coqueto mueble a embadurnarse la carita con todas aquellas mierdas que no le hacían ninguna falta. Desde que, mirándose al espejo desnuda,  había pellizcado sus pechos para resaltarlos luego bajo la camiseta ajustada de los Red Hot Chilli Peppers. Desde que se había metido dentro de aquella faldita insuficiente que no tapaba sus rodillas y se había subido, por fin,  a aquellos altos tacones de buscona. Pobre oveja descarriada, tan joven, tan perdida. Pero para eso estaba él. Gracias a Dios.
El hombre de negro suspiró. Sabía lo que tenía que hacer. Lo llevaba haciendo mucho tiempo. Primero llamaría a la puerta y esperaría hasta que uno de los dos bajara. Siempre era el hombre. Luego se quitaría el sombrero de forma respetuosa y le daría las buenas noches. El anfitrión le preguntaría  qué quiere y qué hace aquí a estas horas de la noche y él le contestaría que no se trataba de lo que él quisiera sino de lo que podía ofrecerles. Le ofrecía la salvación. A ambos.  Si escucháis la palabra del señor aún tenéis la oportunidad de salvaros. ¡Arrepentíos! En el caso contrario padeceréis su furia.
Siempre era igual. El tipo casado le diría que se marchase, que no quería ni biblias ni mierdas de ese tipo, que si era un pirado o un loco y le amenazaría con llamar a la policía si no se largaba de una puta vez. El tipo del maletín le anunciaría que los había seguido cuando bajaron del Dodge, que entró detrás de ellos a aquel tugurio oscuro y cargado de tabaco; que los vio sentarse luego en medio de aquella bazofia humana que bebía y maldecía y se refregaban los cuerpos sudados bailando unos con otros, blancos con negros, mientras escuchaban extasiados el estertor agónico de aquel saxofón.
Sí. Siempre ocurría igual. El tipo casado le daría un empujón y luego cerraría la puerta  con violencia mascullando algo sobre los malnacidos de los curas y lo inoportuno de la visita, pero se olvidaría al minuto y subiría corriendo las escaleras no fuera a ser que aquel coñito casi infantil se enfriase, o se cerrase, como un capullo de rosa. Subiría relamiéndose, casi podía ver la erección incontenible dentro del pantalón. La polla de un potro, esa misma que ya no le apetecía a su mujer. Pobre santa. Sí, podía verlo. Al llegar arriba se abalanzaría  sobre la chica como un león a una gacela y le abriría las piernas y le preguntaría que por dónde se habían quedado antes de que llegara aquel loco hablando no sé qué de la mujer de un tal Lot. “Menudo mamarracho el tipo negro del maletín, no sabes qué cara de enfermo tenía, mi cielo”.
¡Podía escucharlo tan nítido!
Casi los oía reír desde la acera. Si cerraba los ojos podía escuchar el sonido absorbente de aquel coño hambriento y el sorbeteo luego de la lengua de él bebiendo de los jugos provocados, mientras ella, hincando las uñitas rojas en los cabellos de él le suplicaba que dejara ya a su esposa. Esa seta insulsa. “Sí, claro que la dejaré, amor, pero aún no es  el momento. Anda, ahora calla y  toma con tu manita de ángel esto que tengo que mira cómo lo has puesto tú solita mi vida, sí, así, acércalo a tu boquita ¡Oh nena, sí! ¡Cómo me gusta! ¡No pares!”
¡Ah! Cómo tenía que controlar las náuseas el hombre del maletín.
Siempre era igual, así, una casa tras otra, una calle tras otra y luego otra ciudad y otro país. Por eso no le quedaba otro remedio que abrir su maletín y levantar las palmas al cielo. ¡Oh buen Dios! Mira lo que hacen. Se ríen de ti y de mí y de ellos mismos. Maestro, muéstrales tu dedo acusador, porque no saben lo que hacen. Y entonces se abrían los cielos y rugía  el viento y los árboles se doblaban y llegaba por fin la luz resplandeciente. La luz lechosa, que no era una luz tan sólo, sino el vehículo transportador de las almas.
¡Qué cansado estaba y cómo pesaba ya aquel maletín tan lleno de almas! Almas asquerosas que hacían sitio a nuevas almas allí dentro. Apretadas, malolientes, purulentas, cancerosas, almas, que llegaban dejando aquellos cuerpos hermosos vacíos.  Aquellos  recipientes de piel y huesos que eran encontrados  al día siguiente por la asistenta de la chica, por la hermana de la chica, por la madre de la chica,  nunca por la esposa del ruin, en posiciones de lo más perturbadoras. Envases que eran luego examinados por la policía sin que estos encontrasen la causa de esa muerte compartida. Ni una huella, ni una gota de sangre, tampoco orificios de bala, ni restos de violencia. “La ventana no ha sido forzada, ni la puerta, los vecinos alegan no haber visto nada ni oído nada, señor comisario,  tan solo un perro afónico a los lejos”.  El hombre del maletín, si se esforzaba, casi podía ver la cara del comisario, un rostro ajado y anonadado ante la sorpresa.  Si cerraba los ojos podía concentrarse y escuchar sus palabras: “¿Qué ha pasado? ¿Cómo puede ser? ¡Qué hermosa es la mujer! ¡Y qué joven!”
¿Pero cómo explicarle a este esforzado investigador que él no tenía más remedio que hacer lo que venía haciendo tantos siglos? ¿Cómo explicar el asco que sentía mirando a través de las paredes? ¿A través de los cuerpos al caminar? No. No era fácil vivir como vivía el hombre del maletín. Mezclándose con la gente, rozando sus cuerpos lujuriosos, oliendo su bajeza.
Sí. Así es exactamente cómo sucedería todo, porque siempre era igual.
El hombre del maletín apuró el pitillo y lo aplastó en la farola. El perro ladró de nuevo algo más afónico que antes, la luz de la ventana se encendió por fin y el hombre se acercó despacio hasta la puerta y estirando sus largos dedos acarició dulcemente el timbre de la puerta. 

Lo sé, mi señor, lo sé



domingo, 5 de febrero de 2017

RECuerDOS

Por Ismael Manzanares.

—¿Mi hijo? Es un buen chico, sí señor, sí que lo es. ¿Por qué lo pregunta? Ah, ¿y está seguro de eso? Ya veo. No, no lo he visto desde hace semanas, pero ya no viene a visitarme tanto como antes. Está bien, dígame lo que necesita saber, pero que sea rápido. Me esperan para la partida de bridge y no puedo demorarme, ¿sabe usted?, mis compañeras son muy celosas de su tiempo y no aceptan que llegue tarde; sin ir más lejos la Paqui llegó tarde la última vez, ¿sabe usted?, tiene un lío con el carcamal de la cuarta planta y cada vez que en el comedor ponen lentejas… Disculpe, sí claro, lo entiendo. Como iba diciendo, mi hijo es una persona excelente. Toda su vida ha sido prudente, como su padre que en paz descanse, un hombre sencillo, atlético, poco hablador pero muy inteligente, sacaba las mejores notas de su clase, ¿sabe usted? Una vez en la escuela primaria hizo un dibujo sobre una guerra y los profesores no pudieron menos que darle un premio, otra vez participó en un concurso de disfraces tan bien que… Sí, sí, claro. Ah, pues no sabría decirle… espere, sí, hay algo. Últimamente estaba más abstraído, extraño diría yo, me parecía que una luz iluminaba su cara, como si estuviera enamorado, ¿sabe usted?…

Por las calles heladas de una ciudad Roberto espera en silencio. Un avión dibuja una estela blanca en el cielo nocturno. El tráfico ronronea más allá del canal y arranca destellos del agua inmóvil. La humedad arrastra un frío doloroso, atroz, que se fija en las mejillas y en las orejas desnudas.
Roberto espera en silencio.
Bajo la fina capa de hielo, iluminada fugazmente por los faros, una mujer se desliza, los cabellos vaporosos flotando como algas en torno a su cabeza, los ojos cerrados, la sonrisa en calma, en paz, las manos cruzadas sobre la cintura, el vestido ondeando entre las invisibles aguas. Roberto la observa sin inmutarse y ella sigue su camino por debajo del puente, medias blancas bajo la falda de florecillas, los pies calzados con unos mocasines de cuero, adiós, adiós.
El sonido del tranvía que llega arranca un movimiento en Roberto.
—Hallo.
—Goedemiddag.
Los vagones están casi vacíos a estas horas de la noche. Se sienta al fondo, en soledad, y el vehículo continúa su ronda, ronroneando y tintineando como un gato con campanillas. Está cansado, pero no tanto como para cerrar los ojos. No ahora, cuando hay tanto que ver. La caravana de refugiados atraviesa la ciudad moderna. Un hombre tira de un carro de madera cargado de bultos y enseres. Una campesina de cuerpo rotundo y pañuelo en el pelo acarreando tinajas de metal en un trineo de madera. Niños medio desnudos a la mano de sus padres, palos y aros, muñecos de trapo, ojos hambrientos.
La comitiva atraviesa, fantasmal, el tráfico ocasional de coches y bicicletas. Hay tanto que ver.

—Sí, es empleado nuestro. No me diga que se ha metido en algún lío… Comprendo, comprendo. Está bien, dígame qué necesita saber. Sí. No. Verá, en Snijder Archives cuidamos de nuestros activos. Nuestro eslogan de empresa es «su historia, nuestra historia», y eso significa que nos preocupamos por nuestros trabajadores para que puedan dar lo mejor de sí mismos, como a mí me gusta decir. Roberto es una persona muy capaz, un empleado serio, dedicado y eficaz. El paradigma de servicio que ofrecemos, si me permite decirlo, y esto es algo que nos enorgullece. Por supuesto, venga conmigo. Aquí lo puede ver, todo ordenado y recogido, aunque no siempre fue así. Claro, se lo explicaré. Verá, antes su cubículo era un desastre. Papeles por todas partes, cintas y vinilos, fotografías antiguas, viejos magnetófonos, piezas de coleccionista… Este hombre es un enamorado de su trabajo. Pero desde hace unos meses todo cambió, en línea con nuestra visión corporativa, como ya le he comentado. Roberto se volvió más concentrado, más intenso. Limpió todo ese desastre y comenzó a rendir a un nivel excelente. Me enorgullece decir que comenzó a abrazar los principios vitales de nuestra compañía. ¿Qué? Pues no sé qué decir. Siempre ha sido un hombre soñador. Pero estaba más contento, sí.

Los rechazados, los recordados. Reclamados, recelados, recortados, recibidos. Recuperados. Reconocidos. Recreados.
Roberto avanza por el claroscuro de un edificio abandonado. La luz de la luna se filtra entre las vigas de hormigón y dibuja figuras geométricas de una belleza imposible. Las sombras, la noche más negra. Las franjas iluminadas, manchas de pura plata. Y aquí y allá, ellos. Los recordados. Un soldado con un casco de metal, eternamente moribundo, con las granadas de mango aún colgando de su cinturón. Acaricia el pesado fusil como si fuera una madre con su bebé. La pierna vendada, la mirada perdida hacia el exterior. Roberto avanza, despacio, bebiendo de las formas que pueblan el espacio derrotado. Los reclamados. El sargento, apoyado sobre el grueso cañón de metal de una pieza de artillería. Roberto se asoma a sus ojos. La luz argéntea se ha vertido en ellos y reflejan de una melancolía que ya no existe en este mundo. De la boca entreabierta cuelga un cigarrillo y las volutas de humo trazan espirales sesgadas en las tinieblas. Los rechazados. Hileras de camillas cubiertas por sábanas. Las escaleras tajadas por una luz implacable. Hombres adultos llorando en las esquinas. El polvo en suspensión brillando en la noche de los tiempos.
Roberto avanza por la estructura quebrada, trémulo. No tiene miedo.

—Es un flipao. Ni te imaginas la cantidad de veces que me ha dado la brasa con las batallitas y las movidas de la guerra. Se sabe toda la historia, to-da, con fechas, lugares, qué se yo. Libros y más libros, películas, series, juegos de ordenador. Lo que sea. Un tío excelente, pero un flipao en toda regla. Siempre en otro mundo. Te lo digo yo que soy su mejor amigo y lo conozco de toda la vida. Incluso en su trabajo se las apañó el muy cabrón para meterse en una empresa que gestiona no sé qué cosa con documentos del siglo pasado. Yo de vosotros lo buscaba en una biblioteca antigua, al fondo del todo; donde quiera que estén los libros bélicos. Habrá encontrado un filón en alguna parte y se habrá quedado allí a vivir, con una tartera de macarrones y una botella de Coca-Cola. ¡Ja, ja! Pero no me digas. No, es demasiado tiempo. Uf, qué movida. Me has cortado todo el rollo, pensaba que ibas de farol. Sí, por supuesto, ayudaré en lo que sea. Ya me dirás qué puedo hacer para ayudar. Qué bajón.

No puede dormir. Los sueños son tan vívidos. Se revuelve, febril. Tiene la boca seca. Pero ese no es el problema.
No. Se levanta, desnudo, y mira a través del ventanal. Los rascacielos, a lo lejos, entran y salen de la realidad. Ahora ya no son solo visiones. Está empezando a escuchar los Junkers sobrevolando la ciudad, el bramido de sus sirenas, las ocasionales detonaciones. Está empezando a oler el polvo de los edificios derruidos, a escuchar los gritos de pánico. Pero ahora ya no son imaginaciones suyas. Ayer una mujer que huía con su bebé en brazos le detuvo, angustiada. «¡Helpen!», dijo. Entre las avenidas iluminadas de la ciudad moderna ha empezado a ver casas que no deberían estar allí, y circulan coches hace tiempo desaparecidos. En el trabajo alargó la mano para tomar el termo de café y en su lugar encontró una taza de cerámica que no era la suya. Donde estuvo su ordenador había aparecido un archivo de papel amarillento obsoleto, arcaico, en desuso.
No tiene miedo. Lleva toda la vida soñando con ello. Roberto se viste despacio y con una última mirada se despide de su cuarto, de su casa, de su vida. Toma un ascensor de puerta metálica —el moderno también desapareció— y sale a la calle al bullicio, a la gente que corre, al tableteo de las ametralladoras a lo lejos, a un mundo pasado que es ahora el suyo.


 —Pero nadie me cree. ¡Se ha ido, se ha ido! No ha desaparecido, ¿lo entiende? Se ha ido a otra parte, lejos, a un lugar donde no podemos alcanzarle. ¿Cree que estoy loca? ¡No lo estoy! Yo he vivido con él muchos años, ¿sabe? Conozco sus costumbres y sus manías. Y sí, le quería, yo le quería. Le quiero. Pero no puede haberse ido así porque sí, sin decir nada. No es propio de él. ¡No lo es! Tienen que hacer algo, ¡por favor! No se ha perdido, ¿es que no lo entiende? Tienen que buscar a un médium, a… a… ¡No lo sé! Por favor, ¡no estoy loca! Es inútil. Nadie me entiende…