martes, 19 de junio de 2018

Ivonne

—¿Mantuvo usted relaciones sexuales con la menor? ¡Conteste sí o no!
El Profesor puede sentir aún en las yemas de los dedos su piel suave. La textura de su blando vello púbico. Su tierna vulva húmeda.
—Sí.
Conoció a Ivonne en una cafetería.
—También me gusta Oé.
Bajó el libro y la observó a través de sus gruesas gafas de montura negra. Era bastante menuda, parecía aun menor de lo que en realidad era. Llevaba uniforme de colegio. Un colegio católico, de monjas. Pulóver verde y falda tableada a cuadros. El cabello muy negro y lacio, corte paje. Los ojos almendrados, algo separados. Los labios delgados abultados en el centro, de manera que lucían carnosos. No llevaba maquillaje ni aretes. Un brillante crucifijo dorado descansaba sobre su pecho casi infantil. Su voz... su voz era ronca y acariciadora. Toda su sensualidad se concentraba en su voz y en su mirada.
—Perdón, ¿cómo dices?
Levantó su mano pequeña, de dedos flacos y uñas carcomidas. Traía una diminuta tira de cuero atada al índice que apuntó hacia él.
—El libro.
Estúpidamente, dio la vuelta al libro y miró la portada, como si él mismo no supiera qué estaba leyendo. "El grito silencioso", de Kenzaburo Oé.
—Ah, sí. Lo estoy releyendo. Me gusta mucho también.
—Esos orientales son unos pervertidos.
Él sonrió.
—¿Te parece?
—Sí, claro. ¿Has leído "El amante de la China del Norte"?
—Marguerite Duras. Originalmente se llamó "El amante", a secas, pero a la gente le parecía raro un chino alto y blanco, así que la autora decidió hacer el añadido. Por cierto, la autora es una mujer francesa, no un hombre oriental.
—Pero las cosas que le hizo el tipo...
—Es un libro.
—Dice que  la historia es real.
—Lo sé.
Ella lo observó en silencio un momento.
—¿Ocurre algo? —le preguntó él.
Entonces ella lo dijo.
—Soy Ivonne. Y soy sapiosexual.
Estaban solos en ese ambiente. Él volvió a sonreír, nervioso.
—Pues yo no soy pedófilo.
—Porque no has tenido la oportunidad. No me has dicho tu nombre. Te diré "Profesor". ¿Quieres tener la oportunidad, Profesor?
—¿Cómo... cómo dices?
Ella no sé relamió los labios ni se recogió la falda. No desabotonó la blusa que quedaba oculta bajo el pulóver y el crucifijo. Se limitó a repetir:
—¿Quieres tener la oportunidad?
Y él, con treinta y nueve años y diez meses de vida, con un matrimonio feliz, con un hijo adolescente casi de la misma edad de ella, que lo hacía sentir orgulloso de sus logros, y con un trabajo bien remunerado que dependía en buena medida de su imagen intachable, él, con todo eso, respondió sin embargo con el único monosílabo que podía destruir su vida:
—Sí.
—Sal primero. Sube a tu auto y da la vuelta a la manzana. Recógeme en la calle de atrás.
—¿Has hecho esto antes?
—Voy al baño.
Sin más, se levantó y se fue. Él se quedó sentado, asiendo aún el libro abierto, con la garganta reseca y las manos empezando a temblarle. Cerró el libro, salió del local y se dirigió a su auto.
Se aferró fuertemente al volante.
—Voy a ir preso —dijo en voz alta.
Lo interrumpieron los golpes en la ventanilla del lado del copiloto. Miró alrededor. Como un autómata, había conducido hasta el lugar acordado casi sin darse cuenta. Ella golpeaba el vidrio con los nudillos. No había nadie más en la calle. Él abrió la puerta. Ella subió y se acomodó en el asiento con la pierna izquierda doblada, su rodilla tocando el muslo de él. Entonces él notó realmente lo menuda que ella era: el flequillo de colegiala quedaba a la altura de su barbilla mal afeitada.
—No me digas que te arrepentiste, Profesor.
Su voz ronca, su rodilla contra el muslo de él, su muslo descubierto. Una fuerte erección inflamó el pantalón de mezclilla. Ambos lo notaron a la vez.
—Nada de eso —respondió el Profesor. Y puso el auto en marcha.
Es increíble lo fácil que resulta, en ciertas partes de esta ciudad, entrar a un hotel con una menor de edad sin que nadie haga pregunta alguna. Dejaron el auto en el estacionamiento y subieron a la habitación. 306A.
—El número de mi casillero —dijo ella, tomando la llave de la mano de él—. Tal vez nos trae suerte.
Se adelantó y buscó la habitación. Viéndola caminar delante de él, como guiándolo, al Profesor le entró una pena profunda, acompañada de náuseas, que le revolvió el estómago al pensar una vez más cuántas veces habría hecho la chica eso antes. Llegó junto a ella, que se había quedado de pie frente a la puerta.
—Es aquí —anunció Ivonne, como burlándose de la obviedad.
—Haz lo honores: tú tienes la llave.
Ella sonrió a medias. Llevó la llave a la cerradura e intentó introducirla, pero el temblor de sus manos se lo impidió. En ese instante el Profesor quiso cubrirla de besos. Ella volteó. Lo encaró, desafiante. Logró mantener la voz firme al preguntarle:
—¿No deberías abrir tú y llevarme en brazos?
Él abrió la puerta y dio la vuelta hacia ella, haciendo el ademán de cargarla.
—Era una broma —dijo ella, entrando sola.
Fue directamente a la cama. Se sentó con las piernas muy juntas, la cabeza baja. Durante un momento, el Profesor no supo qué hacer. Finalmente pasó, cerró la puerta con seguro y se sentó a su lado. La observó. Ivonne tenía el rostro encendido, casi parecía congestionado. Sus ojos lucían vidriosos. Los dedos temblorosos jugaban con  el anillo de cuero sobre la falda. Las rodillas entrechocaban.
—No tienes... no tenemos que hacer esto
Ella volteó hacia él y colocó la mano en su pantalón, sobre el miembro aún erecto.
—Eso te decepcionaría mucho.
—No lo niego.
—Hagámoslo. Házmelo.
Lo soltó, se dejó caer de espaldas en la cama y así se quedó, quieta. Por segunda vez, el Profesor permaneció un momento sin hacer nada. Después se quitó el saco y las gafas. Se dirigió al interruptor de la luz.
—No la apagues... por favor —susurró Ivonne.
Su voz ronca. El Profesor decidió no pensar más. Cuando metió las manos bajo su falda, sentió la ropa interior húmeda. No hubo más preámbulos. Le quitó la diminuta tanga, se abrió la bragueta y bajó su bóxer. La levantó y la hizo sentar sobre él. La penetró sin más. Ella lanzó un alarido. Era virgen. Él no se detuvo Ella se aferró a su espalda, clavándole las uñas. Él la cogió del cabello con fuerza. Ella gimió. Ambos descubrieron que les gustaba la violencia.
—¿Empleó la violencia con ella?
—No —miente el Profesor.
—¿Y cómo explica los moretones?
Salieron muy tarde de la habitación.
—¿A dónde te llevo?
—Tomaré el autobús.
—Pero tengo el auto, puedo llevarte.
—Sería peligroso.
Hablaba sin mirarlo a los ojos. Terminó de arreglarse y se dirigió a la puerta. Se detuvo.
—Estudio en el Carmelitas, el colegio —le informó—. Salgo a las seis.
Y se fue.
Se vieron casi a diario durante un par de semanas. Pero un día, ella desapareció. Al tercer día de ausencia, él empezó a preocuparse. Al cuarto, ella apareció en la cafetería. No llevaba puesto el uniforme. Traía unos jeans y un jersey muy sueltos.
—¿Qué ha ocurrido? —le preguntó él Profesor
—Mi madre vio los moretones.
El profesor se revuelve en  la silla, nervioso.
—La madre.
—¿Fue la madre, me dice?
—Sí.
Se acomoda las gafas, por hacer algo.
—¿Y qué hizo?
—Se lo dijo a mi padre. Nos mudaremos.
—¿A dónde?
—Lejos.
Él guardó silencio.
—Fuguémonos —dijo ella de pronto.
—¿Qué?
—Vámonos juntos a cualquier parte, Profesor. Deja a tu familia. Yo dejaré a la mía.
Él miró alrededor. Había gente ese día. Los miraban.
—Baja la voz. No sabes lo que dices.
—Sí lo sé. Estoy harta de ellos.
—Ya. Eso es normal.
—¿No quieres?
—No.
Se hizo el silencio. Ella lo miró durante un largo minuto. Luego se levantó y se fue. Él no la siguió.
La hallaron muerta dos días después. La noticia apareció en todos los titulares.
—Ivonne se suicidó.
—Eso dijeron los medios.
—Estaba embarazada.
—Sí.
—¿Usted lo sabía?
—No.
—Y nos dice que los moretones que presentaba el cuerpo se los provocó la madre.
—Fue lo que ella me dijo.
—¿Qué hizo cuando supo que había sido hallada muerta?
Se masturbó pensando en ella, llevándose a la nariz un mechón que había arrancado de su cabello. Después fue a la comisaría.
—Me entregué a la justicia.
—Pero usted no tuvo nada que ver con su muerte.
—No.
—¿Entonces por qué se entregó?
—Sabía que llegarían a mí. Averiguarían que habíamos tenido algo.
La fiscal resopla.
—No tengo más preguntas, señor juez.
—Bien. El acusado póngase de pie.
El Profesor obedece.
—Se dictará sentencia el día de mañana a mediodía. Hasta entonces, seguirá en prisión preventiva. Se levanta la sesión.
Le colocan las esposas. Lo llevan al vehículo. En el camino pasan junto a un grupo de muchachas. Son las amigas de Ivonne, que han asistido a la audiencia. Una de ellas logra acercarse al Profesor. Es una rubia alta, bastante desarrollada.
—¡Hijo de puta! —le grita. Y le escupe en el rostro.
Él ha cerrado los ojos por inercia. Al volver a abrirlos, le sostiene la mirada. Pasa la lengua por sus labios, saboreando la saliva que escurre por ellos. Ella lo observa asqueada. Se da la vuelta. En el grupo hay una chica morena, menuda y esmirriada. Parece menor que las demás. Contempla al Profesor como hipnotizada.
—Saldré en dos años —anuncia el Profesor, dirigiéndose a la morena, que abre los ojos, sorprendida.
Sólo serán dos años. Con un recurso, su abogado conseguirá que la pena no sea efectiva. Por entregarse, por colaborar, porque no tiene antecedentes. Y porque no dejó huellas en el frasco.
La morena le sonríe, tímida. Él le devuelve la sonrisa. Sólo serán dos años. Tal vez mucho menos.

VIAJE DE NEGOCIOS

Cuando el hombrecito salió del baño, del ómnibus sólo quedaba la polvareda y el quejido lejano de la carrocería. Aterrado, corrió al mostrador:
   –Señor, ¿a qué hora pasa el próximo para la capital?
   –Martes, 7.30 de la mañana.
   –¿No hay otro antes? ¿Hoy…?
   –Acá entra los martes nomás.
   –Pero… ¡yo venía en el que acaba de salir! Me bajé al baño… Hay que avisar al chofer para que vuelva –dijo con mirada convulsiva.
  –La radio no funciona desde la tormenta de marzo. Marzo del anteaño pasado, digo.
   Pasó el día buscando un medio para seguir viaje. No había ninguno. Al anochecer, tomó una habitación en la única pensión del pueblo. Colgó con cuidado su traje en una silla y durmió en calzoncillos: algo encontraría al día siguiente para marcharse. Pero el miércoles tampoco cumplió con sus expectativas.
   El jueves, más resignado a la demora, compró algunas ropas y las colgó en el enorme ropero. Había dos pensionistas más: un viejo empleado de la estafeta y una maestra joven. Compartía el almuerzo con ellos y con Elvira, la propietaria (una india de caderas amplias y mirada lejana), más los dos pequeños hijos de ésta. El viernes abandonó su actitud furtiva y conversó familiarmente con los demás comensales; lo sorprendió descubrir que su torturante timidez había desaparecido.
    El domingo, desistió de la infructuosa búsqueda de transporte. Se dijo vagamente que no habiendo hijos que mantuvieran ocupada y entretenida a su esposa, ésta podría estar afligida. Estaría bien telefonear para avisarle del percance; aunque seguramente un par de días más no la matarían. Además, ella solía aprovechar cualquier ocasión para dejarle en claro que casarse con él había sido uno de sus mayores errores, tal como se lo había dicho su difunta madre, bla, bla, bla. Pensó inmediatamente en la seguidilla de reproches humillantes que se estaba ahorrando, y la culpa incipiente se desvaneció por completo.
   El lunes salió temprano y regresó con doce naranjas perfectas para Elvira, unas bagatelas para los niños y alpargatas para él, y pasó el día trabajando como burro en remover tierra y plantar hortalizas en el campito adosado a la casa. Ahí descargó sus últimos restos de tensión.
   El martes, ella lo despertó antes del alba para que se preparara para el viaje. A través de la puerta dio las gracias, pensó en la esposa lejana y seguramente furiosa y siguió durmiendo un par de horas. Al mediodía, mientras le alcanzaba un humeante plato de locro, sin mirarlo, ella dijo:
   –Ha perdido el ómnibus.
   –Así es –respondió, y pensó que había que podar la viña.
Después de comer se puso a la tarea, silbando una tonada que no recordaba dónde había escuchado antes. Luego juntó los vástagos podados en un haz y fue a dejarlos en el galponcito del fondo, para que secaran. “Buena chamicita para el fogón” se dijo. En eso estaba cuando desde la semioscuridad de un rincón surgió un suspiro y el frufrú de un movimiento entre la paja. Achicando los ojos para acostumbrarlos, vio que era la doña de la pensión durmiendo a pata suelta. A decir verdad, la siesta era una delicia en esos rumbos. Inmóvil en mitad de la amplia pieza, recordó las otras, cuando salía del banco a comer refritos a las apuradas en el barcito de la esquina; el gerente, ese sapo negrero de mierda, contaba los minutos que tardaban en regresar al yugo. Lo curioso es que esa imagen, lejos de nublarle el ánimo, lo llenó de un inesperado cosquilleo de felicidad. Depositó la chamiza en cualquier lugar y se acercó a la durmiente. Ya fuera por ese sexto sentido que el mito atribuye a las mujeres en general, o porque esta en particular había estado fingiendo descaradamente, la cosa es que cuando él estaba a dos o tres pasos, ella abrió los ojos y le sonrió con cara de sueño. Él se dijo que si eso no era una invitación, bien habría tiempo después para pedir disculpas y se recostó suavemente a su lado, sin decir una palabra, con los ojos muy abiertos. El primer contacto de su mano con el muslo moreno le disparó chispas eléctricas que después de recorrerlo de cuerpo entero, encontraron su terminal justo en el órgano apropiado. Viendo que no había quejas, quiso ponerse encima de la recién descubierta Eva, pero esta le dijo “no” graciosamente con un dedo. Lo desnudó con suave agilidad y después se deshizo de su vestido en un solo movimiento. Debajo no llevaba nada. “Ahora sí” se dijo él, en el colmo de sus arrestos y trató de acostarla de espaldas; pero otra vez, el índice negador lo detuvo. No entendía nada. Al borde de la desesperación, le lanzó una mirada suplicante, y ella, siempre sonriendo, tomó su miembro entre ambas manos y dulcemente fue acariciando, como sopesando y disfrutando su sedosidad. Él pensó que nunca nadie antes lo había acariciado así y creyó que había llegado al punto máximo de la delicia; pero segundos después tuvo que rectificar ese juicio, cuando la tibieza de una lengua lo abrasó conduciéndolo rumbo al paraíso. Supo que había llegado a él cuando ella, incorporándose, se puso a cuatro patas y le entornó las pestañas por encima del hombro.
El viernes regresó del mercado, dejó las bolsas de la compra sobre la mesa de la cocina, cerró con parsimonia la puerta medio desvencijada y le puso la tranca. Elvira, desde el fogón, lo miró de reojo y siguió revolviendo el puchero, con los ojos achinados de anticipación. Cuando sintió las faldas levantadas inclinó sabiamente la grupa si dejar de atender la olla del potaje y esperó el primer embate. Y el segundo, y el tercero hasta que decidió dejar de contar y de revolver porque ahora el ritmo era otro y además necesitaba apoyar ambas manos. Un galope lento fue acercándolos al final del camino; pero él comprendió que no quería arribar a ningún lado, sino seguir cabalgando con los ojos cerrados, envuelto en la fragancia lúbrica de las especias. Tomó por riendas las dos suaves, redondas, tersas tetas morenas y alargó el camino todo lo que pudo hasta ese horizonte de gemidos apagados que los recibió en sucesivos estallidos agónicos.
El sábado Elvira le dijo en un susurro:
   –Ha andado gente preguntando por Dardo Héctor Gutiérrez; que diz que está desaparecido.
   –¿Y usté qué le dijo?
   –Que no lo conozco.
   –Bien dicho –respondió, mientras se metía bajo las sábanas, rumbo a la tibieza definitiva de esas caderas.

Solsticio de verano

Odiaba aquella maldita cueva. No comprendía cómo era posible que tanta gente viniera a visitarla. Sin duda, el mundo estaba lleno de tarados. Iban dando tumbos de aquí para allá como pollos sin cabeza. Por un momento se imaginó a su jefa sin cabeza y la muy puta seguía andando como si tuviera un palo metido en el culo... «Ambrosio, antes de marcharte pasa por la cueva a cambiar esos leds», le había dicho, recostándose tras el escritorio de su elegante despacho y cruzando sinuosamente las piernas. La falda se le había subido y una buena porción de muslo había quedado a la vista. No había duda de que sabía calentar a los hombres, aunque se comentaba que prefería a las mujeres...

El puto chico de los recados, eso era lo que era. Como si no fuera bastante ocuparse del mantenimiento en el hotel, también lo enviaban a la cueva. ¡Diablos!, cada vez que ponía un pie allí sentía cómo el vello del cuerpo se le erizaba. Pero ya quedaba poco —sonrió al pensarlo—. En unos meses se jubilaba y lo mandaría todo al carajo.

Localizó los leds que no funcionaban y avanzó con la linterna en la mano sobre la pasarela de madera que conducía a la otra orilla del riachuelo subterráneo. La corriente era muy débil, el agua apenas se movía y reinaba el silencio, pero de repente escuchó el silbido del viento creando ecos entre las paredes de roca. Cuando eso ocurría, decían que se trataba de los lamentos de las almas de los muertos, que deseaban escapar de allí. Además, los supersticiosos creían que en algún lugar de aquella cueva había una entrada al inframundo.

Se encontraba examinando la pared, donde las luces estaban situadas estratégicamente tras un conjunto de estalactitas, cuando oyó un chapoteo en el agua. Dio un respingo y dirigió el haz de luz hacia las aguas negras.

—¿Quién anda ahí? —preguntó moviendo la linterna para iluminar un mayor ángulo a su alrededor. Durante un segundo, a su derecha, distinguió las piernas desnudas de una mujer junto al riachuelo. Se sobresaltó tanto que le cayó la linterna al suelo. Sintió que unas garras se hundían en su pecho y espalda. Gritó y se debatió, presa del pánico. Sin embargo, la criatura era fuerte y lo empujó, derribándolo boca abajo. Escuchó un gemido de placer mientras unos afilados dientes penetraban en su nuca y se hizo la nada.

****


—¿¡Cómo que no hay nada que celebrar!? —exclamó Kimi levantando su jarra de cerveza—. ¡Por la soltería!

Miguel sonrió y los dos amigos brindaron. En un primer momento se habían desanimado al saber que el tercer miembro del grupo, Carlos, no vendría. Al parecer, después de tanto tiempo huyendo de los compromisos, lo habían pillado. Una vez al año se reunían durante un fin de semana para celebrar su soltería, pero en esta ocasión solo iban a ser dos.

—¡Él se lo pierde, Miguel! Oye, voy a darme una ducha porque ya he reservado hora para un masaje. Precisamente me recomendaron este hotelito por la buena fama de las masajistas.
—¿Aún te molesta la rodilla?
—En realidad, está mucho mejor. Pero hay que aprovechar que estamos aquí, ¿no? ¡Anímate tú también! —Se incorporó y dio una palmada a Miguel en la espalda.
—Yo prefiero ir a visitar el Refugio de la Sibila —contestó mostrando unos folletos sobre la historia de la cueva que había estado hojeando.
—Bah, ¡ya salió el intelectual! No sé cómo te pueden gustar esas cosas...

Un rato después, Kimi entraba con solo una toalla anudada a la cintura en la habitación que le habían indicado. «Ya salgo», dijo una voz femenina. Comprendió que ella se encontraba en un pequeño cuarto anexo, aunque la puerta era acristalada y podía entrever su silueta. La chica se sacó el suéter por la cabeza y él contempló con deleite el vaivén de sus generosos pechos. Luego, mientras se bajaba los pantalones, admiró las curvas de sus caderas y comenzó a preguntarse cómo sería acercarse a ese cuerpo, rodeándolo con sus brazos desde atrás mientras posaba los labios sobre la delicada piel de la garganta... Su propio cuerpo empezó a reaccionar y se recolocó la toalla. Esperaba que no se notara. Mientras, ella se cubrió con una sencilla bata y abrió la puerta.

—Hola, soy Estrella —dijo tendiendo una mano. Al hacerlo, Kimi no pudo evitar fijarse en cómo se marcaban los pezones de la chica en el suave tejido de algodón. Su piel morena contrastaba maravillosamente con la blancura de la ropa, de igual modo que los cabellos negros y rizados, que escapaban indómitos de la coleta. Kimi recuperó la compostura y le contó lo de la lesión en la rodilla.

Tras unos minutos, Kimi estaba boca abajo y Estrella le masajeaba la pierna. Iba haciendo movimientos ascendentes y descendentes, pero cada vez ascendiendo más, hasta el punto de que los dedos de la chica llegaron a meterse bajo la toalla que cubría el trasero. Era una delicia sentir el movimiento de sus manos expertas, aunque al mismo tiempo se estaba convirtiendo en un tormento. Entonces, ella apartó un poco más la toalla y masajeó la parte posterior del muslo rozando la nalga.

Sin lograr contenerse, Kimi acercó la mano hasta la pantorrilla de Estrella. Su piel era tan suave como había imaginado. Viendo que no se inmutaba, siguió acariciando su pierna con el dorso de la mano hasta alcanzar el muslo. Allí se detuvo y posó sus cinco dedos sobre la cálida piel, presionándola con suavidad pero también con avidez. En su imaginación ya la estaba haciendo suya. Los dedos subieron un poco más... hasta que acariciaron el encaje de la ropa interior. Estrella le apartó la mano.

—No tan rápido, caballero. Aquí mando yo.

En ese mismo instante, Miguel se acomodaba en un bote junto a otros visitantes. Aquella mañana había pocos turistas, por lo que con un bote era suficiente. Se encontraban en la parte más amplia de la cueva, donde había un lago subterráneo rodeado de espectaculares formaciones de estalactitas y estalagmitas. La iluminación, situada en los puntos estratégicos, incrementaba la sensación de estar en un lugar irreal.

—Desembarcaremos al otro lado del lago —explicaba la guía, que seguía de pie mientras todos los visitantes se habían sentado—. Allí podrán ver unas peculiares estalagmitas rojizas. Dice la leyenda que fue en ese lugar donde mataron a la sibila. Le cortaron la cabeza y las extremidades, arrojándolas en diferentes direcciones. En el punto donde cayeron surgieron esas extrañas formaciones.

Un turista adolescente que había metido el brazo en el agua comenzó a gritar en ese momento. Intentaba sacarlo, pero no podía. Se produjo un tumulto en el interior del bote y la guía perdió el equilibrio, quedando prácticamente sentada encima de Miguel. El chico que había conseguido asustar a todos los presentes soltó una carcajada y sus compañeros lo felicitaron por la ocurrencia.

—Lo siento —Se disculpó la chica, incorporándose un poco avergonzada. El cabello rojizo le había caído sobre los ojos y sujetó un mechón tras la oreja.
—No hay de qué... Ilargi —respondió él, leyendo el nombre que la joven llevaba escrito en una tarjeta indentificativa. Ella sonrió y Miguel tuvo la impresión de que sus ojos verdes brillaban. Entonces reparó en las pecas que salpicaban su piel—. Curioso nombre. ¿Tiene algún significado?
—Significa Luna en euskera.

Siguió el recorrido por la cueva y Miguel y Ilargi continuaron intercambiando impresiones. Ella le comentó que aquella noche se celebraba el solsticio de verano, una fiesta popular curiosa en la que la gente del pueblo recorría un sendero por la montaña sujetando antorchas hasta alcanzar la entrada de la cueva. La mayoría lo hacía para que se cumpliera un deseo o, simplemente, para tener buena suerte.

—Es digno de ver, te lo recomiendo. Desde la terraza del hotel, en el restaurante, hay una vista espectacular —indicó ella.
—En ese caso... ¿Qué te parecería que esta noche te invitara a cenar?

****


Kimi contó a su amigo que había invitado a cenar a Estrella, la masajista, y ambos se rieron mucho al descubrir que habían hecho lo mismo. Dejándose llevar por el morbo, decidieron que podrían cenar los cuatro juntos y que ya verían sobre la marcha... Sin embargo, los sorprendidos fueron ellos cuando las chicas se presentaron juntas y les dijeron que eran hermanas.

—¡Menuda casualidad! —soltó Kimi.
—Las casualidades no existen —comentó Estrella, que se había sentado a su lado—. Si nos hemos encontrado es por algo.

Tras decir esto y dedicar un guiño a su acompañante, la chica colocó su mano izquierda sobre el muslo de Kimi. Este, que no se lo esperaba, a punto estuvo de tirar el tenedor. Estrella, que llevaba un vestido rojo escotado y era evidente que no se había puesto sujetador, soltó una risita. Ilargi, por su parte, vestía de negro, medias incluidas. Cuando tomó asiento junto a Miguel, este pudo ver cómo la falda subió unos centímetros, hasta casi medio muslo, quedando expuesto el encaje del final de la media y el principio del liguero. La lencería era su debilidad y de inmediato se sintió acalorado.

Mientras comían la ensalada, las chicas contaron anécdotas ocurridas en el hotel con algunos clientes y en la cueva con los visitantes. Cuando trajeron el segundo plato, más allá del ventanal panorámico se podía apreciar cómo la gente subía por el sendero con las antorchas. Sin embargo, ninguno de los cuatro prestó demasiada atención. Estrella había realizado avances con su mano hasta alcanzar la abultada entrepierna de Kimi. Ilargi, viendo que Miguel no se decidía, tomó su mano izquierda y la puso sobre su pierna. Él se olvidó de la comida y se concentró en seguir explorando bajo la falda. Acarició el encaje de la ropa interior, presionando con suavidad en la parte central de la prenda, que empezaba a humedecerse. Ilargi ahogó un gemido casi al mismo tiempo que Kimi.

Ninguno quiso postre. Marcharon directamente a la habitación, deseosos de liberarse de las ropas y sentir el calor de otra piel. Tras cruzar el umbral, Estrella empezó a besar a su hermana mientras le desabrochaba la blusa. Kimi se acercó por detrás y bajó la cremallera del vestido de Estrella, que ella dejó caer al suelo. La besó en el cuello y encerró entre sus dedos aquellos pechos que tanto deseaba. Por su parte, Ilargi acariciaba el culo prieto de Miguel mientras ellas seguían besándose.

Después, Kimi y Estrella se acomodaron en el sofá. Ella misma liberó el henchido miembro de la prisión de la ropa y lo rodeó con sus labios. En la cama, Miguel se colocó entre las piernas de Ilargi, que seguía con las medias y el liguero, y se esforzó en estimular el centro de su femineidad. A juzgar por sus grititos, lo estaba consiguiendo.

Durante varios minutos solo se escucharon gemidos de placer. Estrella cabalgaba sobre Kimi como una experta amazona y Miguel hacía lo propio con Ilargi. Ambas parejas estaban concentradas en alcanzar sus orgasmos, lo que ocurrió casi al unísono. Y en ese instante, mientras cada uno podía sentir el orgasmo del otro, tuvo lugar la transformación: ambas chicas sintieron cómo sus dientes crecían y sus manos se convertían en garras, al mismo tiempo que la sed de sangre lo dominaba todo. Mordieron el cuello de los hombres y sintieron multiplicar su orgasmo mientras se llenaban de nueva vida.

Ellos intentaron liberarse, pero no lo consiguieron. A medida que se iban quedando sin fuerzas, conectaron con los pensamientos de ellas y conocieron su historia. Sí, en la cueva había una entrada al inframundo. Sintieron el terror de la sibila cuando fue desmembrada, aunque ella sabía que era necesario morir para volver a vivir. Para siempre. De cada una de las partes de su cuerpo nació una nueva criatura. Eran seis hermanas, y todas sabían lo que estaba ocurriendo en ese instante porque eran una. Ahora vendrían para unirse a la fiesta y celebrar su propio solsticio de verano.