sábado, 20 de mayo de 2017

Los perros miserables


Por David Palacios.


No es por nada pero hoy me volví a quedar dormido, esto me ha venido pasando toda la semana, no entiendo porque, en lo que tenga un día libre voy a ir donde el doctor. Hoy tengo clases muy temprano a las 7 am así que me debería haber levantado una hora antes. Hace una semana el gobernador de mi país decidió cambiar el uso horaria par que fuera media hora antes, es todo un dolor de cabeza ajustar todos mis relojes. Te sorprenderás cuantos relojes administra un ser humano del siglo 21.
    En fin me apuro en salir de mi apartamento, ni siquiera encendí las luces y no recuerdo si me revise en el espejo, espero no tener la camisa al revés. Tomo el tren con dirección a la universidad, no quiero pensar en la universidad, sin embargo debo enfrentar mis miedos.
    Alguien me tropieza, no pide disculpas, era una mujer joven muy bajita, la cual llevaba una muy evidente cara de preocupación, iba muy apurada, puedo deducir por cómo me empujo. Siempre me sorprende, cómo podemos viajar en tren, todos los olores a personas, demasiado perfumen mezclado con sudor, algunos olores muy acres que no quisiera recordar. El piso del vagón no ha sido limpiado desde hace meses como mínimo, tiene un color marrón negruzco, como si se tratara de un establo, allí voy yo bamboleando tratando de no tocar a nadie, metiéndome en mi caparazón.
    Llegó la hora llegue a la estación de la universidad, todavía estoy bien mi escuela queda algo lejos, no es tan lejos como me gustaría que fuera, me gustaría que alguna magia extendiera el camino y no me dejara llegar nunca, sin embargo necesito ver mis clases.
    Creo que estoy exagerando, son solo unos perros, hay uno negro con manchas blancas, otro que parece la versión callejera de un labrador dorado, hay uno que debería ser blanco pero la suciedad lo ha pintado de gris, y es que hay más pero estoy muy atento de estos. Son los más agresivos ya me han mordido.
     A todas estas nunca había pensado, ¿Por qué hay tantos perros en la universidad? Talvez cuando la gente se cansa de sus mascotas las dejan aquí, no es un mal lugar donde deshacerse de una mascota que no será ni pequeña ni linda más nunca. Y están bien protegidas por todos esos estudiantes universitarios que elevarían su voz contra cualquier arbitrariedad o maltrato dirigido a los canes, si lo sabré yo, aun después de haber sido atacado a mordidas sin ninguna provocación, nadie removió a los perros salvajes.
    Últimamente la cantidad de perros ha crecido, ya no atacan de a uno, ahora se te abalanza un jauría. La población creció hasta un punto donde no se les puede alimentar, los perros duermen en los pasillos de la escuela, están muy desnutridos y sucios. La comida para perros es muy cara hoy en día, los gobernadores de mi país decidió que todos deben ser pobres y miserables. Siempre me ha parecido curioso, cómo las personas que alzan su voz por los canes, nunca han intentado darles una mejor vida.
    Por fin llegue a mi salón, todo está bien, hoy no me mordieron, tal vez hasta pueda aprender algo.

miércoles, 17 de mayo de 2017

La casa de las muñecas (resultado final)

Por Yolanda Boada Queralt

       Él ha llegado esta tarde con dos regalos. El más voluminoso, envuelto en papel de colores y con un enorme lazo rosa, venía en la parte trasera de la carreta. Dos criados han transportado el bulto hasta el salón. El pequeño —más importante— lo llevaba escondido en uno de los bolsillos del chaleco, cerca del corazón. «¡Ven a abrir tu regalo, mi niña!», ha exclamado mamá, con las mejillas más encendidas de lo normal. He arrancado aquel ridículo lazo y he rasgado el papel con rabia. Una casa de muñecas. «Es una réplica de esta mansión. La ha construido un artesano siguiendo mis indicaciones», ha comentado él, contemplando a mamá con los ojos brillantes. Ha sido entonces cuando ha rebuscado entre sus ropas y una cajita ha aparecido en su mano. Mientras se declaraban amor eterno y se besaban, mis manos de niña se han cerrado con tanta fuerza que las uñas han lacerado las palmas. Me he asomado a una de las ventanitas de la casa para ocultar las lágrimas y he distinguido una miniatura exacta de mi lecho infantil.
Más tarde, después de que hubieran acomodado la casa de muñecas en mi habitación y todos regresaran a sus quehaceres, he oído ruidos provenientes de la habitación de mi madre. He salido al corredor y me he acercado a su puerta. Susurros y risas sofocadas. Gemidos. Sintiéndome incapaz de soportarlo, y al mismo tiempo incapaz de resistirme, les he espiado. He visto cómo el cuerpo de mamá se arqueaba en pleno éxtasis y cómo un hilillo de saliva escapaba de entre sus labios entreabiertos. Y cómo él aumentaba el ritmo de sus embates y le aferraba los pechos.
Allí parada les he detestado profundamente... Casi tanto como me aborrezco a mí misma.
Nunca seré como mamá. Jamás tendré el cuerpo de una verdadera mujer, un cuerpo que los hombres desearan acariciar y poseer. Soy una mujer atrapada en un cuerpo de niña. Un bicho raro. Un monstruo.
Mamá, siempre tan preocupada por las apariencias, hace años que decidió convertirme en su «muñequita eterna» —mucho mejor eso que explicar a la gente que, en realidad, ya he cumplido los veinte—. Me viste y me habla como a una cría y, estoy segura, la mayor parte del tiempo cree que lo soy.
Ya no soporto esta farsa.

* * * (...) * * *

—¿Falta mucho? —preguntó Sergio desde el asiento trasero. Carmen bostezó. Roberto roncaba.
—No —respondió Ángela sin apartar los ojos de la carretera—. Tras la próxima curva ya podréis ver el caserón.
Raúl estiró sus casi dos metros de altura y se golpeó contra el techo del vehículo.
—¡Ya veréis qué buenas historias nos inspirará este lugar! Afilad los lápices —dijo Ángela—. En sus tiempos fue una hermosa mansión, pero luego la reconvirtieron en escuela. Lleva años abandonada. En el pueblo la llaman «La casa de las muñecas» y dicen que está maldita. Algunos afirman haber visto el fantasma de una niña cubierta de sangre...

* * * (...) * * *

Por Nieves Muñoz

—¡Ya están aquí! —La niña palmoteó y el lazo azul que adornaba su cabello se agitó con violencia. Volvió a mirar por la ventana de la buhardilla. El rumor a su espalda subió de volumen hasta que se giró y su ojos centellaron—. ¡Silencio, criaturas incompletas! Solo a mí se me ha dado la oportunidad de ser. ¡No sois dignos! —Sus zapatitos de charol resonaron contra las tablas mientras recorría la estancia. Las jaulas temblaban por la ira de los que allí estaban encerrados. La mujer de metal se acurrucó contra los barrotes cuando la niña le dirigió una mirada torcida; el hombre de la corbata quiso decir algo, pero no le salieron las palabras; un recién nacido berreó y en la jaula de al lado se escuchó el chapoteo ahogado del náufrago. Los cuervos revolotearon con sus chillidos nerviosos cuando la niña dio una patada a las cañas esparcidas por el suelo—. ¡Monstruos! Averiguaré con qué hijo de Satanás hizo el pacto la puta de mi madre para dejarme encerrada entre las letras de una historia. Siempre niña… ¡Ja! ¡Eso no me detuvo para darle su merecido! Y ese escritorzuelo tendrá el suyo.

* * * (...) * * *

Por Robe Ferrer

—¿Creías que habíais llegado a esta casa por casualidad? —le preguntó la joven aniñada—. ¡Yo os traje aquí!
La niña le hizo un profundo corte en la mejilla derecha, igual que había hecho antes en la izquierda. Debido a la mordaza de cinta americana, Sergio no pudo gritar.
Los cinco se habían disgregado nada más entrar, en busca del mejor rincón para inspirarse. Ninguno había vuelto a saber de los demás.
—Sé que no fuiste tú el que pactó con mi madre. Eres demasiado mediocre para que tus letras puedan retenerme, pero me dirás quién me atrapó en esta casa. Sergio meneó la cabeza a modo de negación.
La joven retiró la mordaza, pero el chico aguantó el grito. Sabía que en cuanto separara los labios, sus mejillas se desgarrarían hasta las orejas.
Ante este hecho, la falsa niña le atravesó el ojo derecho con un lápiz. El grito, aunque ensordecedor, no se escuchó más allá de las paredes de la vieja habitación.
—Dime lo que quiero saber o morirás desangrado; igual que tu compañero. —Señaló hacia una esquina donde yacía Roberto sobre un gran charco de sangre.
Sergio se desmayó, chorreando sangre por el ojo y las mejillas.

* * * (...) * * *

Por Yolanda Boada Queralt

—Raúl... Raúl pactó con tu puta madre —escupió Roberto, palpándose la cabeza. Sangraba profusamente. Recordó cómo, al entrar en aquella habitación, había encontrado a Sergio atado y amordazado. Al arrodillarse para liberarlo, aquella niña maldita le había golpeado, dejándolo inconsciente. Intentó incorporarse, pero descubrió que también estaba atado.
La niña tiró del lápiz que atravesaba el ojo de Sergio y, con un «plop», el globo ocular emergió de la cuenca, quedando ensartado en el lapicero. Como si de un macabro chupa-chups se tratara, se lo acercó a los labios y lo lamió. Sonrió.
—Si eso es cierto, te recompensaré: morirás el último.
Y, con un movimiento veloz, hundió el lápiz en la cuenca vacía, perforando el cerebro de Sergio.

* * * (...) * * *

—¡Carmen! ¡Mira lo que encontré! —exclamó Ángela. Su amiga, que estaba registrando la habitación de al lado, acudió con premura.
—¡Por Quetzalcóatl! ¡La casa de muñecas!
Ángela abrió unas ventanitas y descubrió un libro.
Una corriente de aire frío invadió la estancia.
Ángela sintió una suerte de descarga que, desde las yemas de los dedos, le recorrió todo el cuerpo. Cayó en un pozo negro y quiso gritar, pero ya no era dueña de su cuerpo.
—Mi viejo Diario...

        Por Carmen Gutiérrez

       Raúl encendió un cigarrillo y dio una calada larga y relajante. Llevaba mucho tiempo en el auto fumando sin parar y escuchando música. Había sintonizado pública pero no funcionaba; encendió su celular y lo conectó al sistema de sonido. Tampoco el teléfono recibía señal pero no le dio importancia. Abrió su cuaderno de notas por enésima vez y leyó lo que había escrito con tinta roja. Era buen material. Sergio había prometido instalar la fuente eléctrica portátil pero ya había tardado mucho, aun así esperaba que la conectara para pasar sus notas en limpio al ordenador y continuar desde ahí.

Se había alejado del grupo sin poder evitarlo. Cuando Roberto sugirió el retiro se sintió agobiado, tenía pesadillas y ataques de ansiedad además sus piernas lo estaban torturando, sin embargo se alegró cuando Ángela sugirió la locación. No había empacado su lapicera ni su cuaderno oficial así que Carmen le prestó el bolígrafo rojo y Ángela el librito negro. Comenzó a escribir desde que salieron de Ciudad Edén, y mientras todos dormitaban en la zona de descanso al lado de la carretera él se dedicó a desarrollar la historia.

En su cabeza comenzó a desempolvarse una historia que no lo dejaba tranquilo. Al llegar y separarse, siguió desenrollando ese hilo argumental. Estaba bien pero tenía el remordimiento de usar el recurso prostituto de meter a sus compañeros en la historia. No le gustaba, le parecía un método facilón y descarado y no podía quitárselo de la cabeza.

La canción cambió y comenzó The poet and the muse de Poets of the fall. Carmen se la había pasado unos días antes. Le pareció irónico el nombre de la banda y la dejó correr mientras escribía.

* * * (...) * * *

Un golpe en la pared estremeció a las mujeres y se acuclillaron por instinto, Carmen buscó en vano un escondite, lo único que había ahí era la casa de muñecas. Ángela se guardó el diario en el bolsillo del pantalón.
Tenemos que encontrar a los chicos —susurró Carmen—. Tengo un mal presentimiento.
Ángela la guió hasta la habitación donde habían estado antes. Se escondieron debajo de una mesa que cubrieron con un mantel raído.
Préstame el diario —dijo Carmen. Con la luz del celular lo revisó—. Si esto es tuyo das miedo, amiga.
Es mi diario pero… —dijo Ángela señalando las imágenes en tinta roja que llenaba las páginas— yo no dibujo tan bien.
La página mostraba a una niña lamiendo lo que parecía una chupa chups pero al observar bien era un ojo en un lápiz. Al lado estaba un hombre, dormido o inconsciente, que usaba sombrero de detective.
Parece Sergio…—dijo Carmen susurrando y dio vuelta a la página, otra imagen apareció: un hombre muy delgado con el torso desnudo y maniatado observaba a la niña mientras gritaba— Este podría ser Roberto…¿no crees?
¿Qué demonios? —Ángela se sentía muy inquieta, quería largarse.
Carmen pasó página y una sola palabra, repetida una y mil veces, escrita con furia en color sangre apareció en el papel: Raúl.
Ángela ahogó un grito de sorpresa y Carmen salió del escondite, temblando y mirando a su amiga con terror, quien no entendía la reacción de Carmen.
¿Qué le hiciste a los chicos, Ángela? —preguntó Carmen temblando.
¿Yo?
Dijiste que es tu diario… ¿Qué le hiciste a Sergio? ¿Y Roberto? ¿Dónde está Raúl?

* * * (...) * * *

Find the lady of the ligth gone mad with the nigth, that´s how you reshape destiny…
Encuentra a la dama de la luz enloquecida con la noche, así es como volverás a dar forma al destino…
La canción era muy buena… jodidamente adecuada… Raúl la puso de nuevo y volvió a la escritura.

* * * (...) * * *

¡No hice nada! —gritó Ángela— ¡Estás alucinando!
No lo noté antes por la oscuridad, pero lo vi cuando te cubriste la boca, si tu no hiciste nada… ¡Entonces explica esto! —gritó Carmen a su vez señalando las manos de Ángela.
La mujer levantó las palmas y a la luz del celular vio sangre entre seca entre las uñas y en las mangas de la chaqueta que se quitó al momento, también tenía la blusa llena de sangre y mugre.
Carmen corrió lo más a prisa que pudo, pero su maldita pierna en recuperación la torturaba con pinchazos de dolor mientras bajaba la escalera. Llamó a  gritos a sus compañeros a pesar de saber que estaban muertos. Tenía que encontrar a Raúl antes que ella.

* * * (...) * * *

In the dead of night she came to him with darkness in her eyes, wearing a mourning grown, sweet words as her disguise…
En lo profundo de la noche ella vino a él con la oscuridad en sus ojos, vistiendo de luto, dulces palabras como disfraz…
Cada vez que escuchaba la canción era más apropiada, la música le llenaba la mente, y la llenaba de palabras; no podía dejar de escribir…y escuchar.

* * * (...) * * *

Carmen atravesó el salón cojeando, buscó su mochila decidida a largarse pero su mente le jugaba malas pasadas.
¡Carmen, no me dejes aquí! —gritó Ángela en la planta alta.
No hizo caso, salió y se dirigió al auto.
¡Raúl! ¡Raúl! ¡Raúl! —gritó desesperada.

* * * (...) * * *

Now, if its real or just a dream the mystery remains, for it’s said in moonless nights the may still haunt this place…
Ahora, si esto es real o solo un sueño el misterio permanece, se dice que en noches sin luna ellos aún embrujan este lugar…
Tendría que agradecerle a Carmen la recomendación. Aun le quedaba mucha historia que desarrollar pero el primer esbozo era prometedor y lo arreglaría con el ordenador. Un golpe en la ventanilla lo sacó de su ensimismamiento  y al girarse se encontró con la cara de Carmen que le gritaba desesperada:
¡Raúl, tenemos que irnos y buscar ayuda!
¿Qué te pasa? ¿Qué tienes? —preguntó él y abrió la puerta.
Carmen entró por el lado del conductor y antes de que pudiera cerrar la puerta una mano como una garra la tomó del cabello y tiró de ella hacia afuera. Se aferró al volante con todas sus fuerzas y gritó de dolor.
Raúl, sin pensar y con la adrenalina al cien, enterró el bolígrafo en la mano que sacudía la cabeza de su amiga. La mano soltó a Carmen quien cerró la portezuela y encendió el auto  y se fueron a toda velocidad. Raúl se giró y vio a Ángela con el bolígrafo aun en la mano, maldiciendo y tratando de alcanzarlos.
¿Qué pasó? ¡Tienes que regresar! —gritó Raúl mientras su amiga conducía como loca por el camino rural que los había llevado a la casona.
No puedo! —dijo ella en un sollozo— ¡Están muertos! ¡Ángela los mató!
¡Estás loca! —trató de tomar el control del auto para obligarla a frenar— ¡Pará!
¡No! —Carmen manoteó para deshacerse de él— ¡Viene por ti! ¡Chingada madre! ¡Te estoy salvando! ¡Mira esto y deja de chingar!
Le lanzó el diario. Raúl comenzó a hojearlo quedando petrificado. No dijo nada hasta que Carmen se detuvo en una gasolinera camino a Ciudad Edén.
Llamaré a la policía. Si tengo razón los encontrarán y si estoy equivocada los rescatarán y ya veré…—dijo Carmen al bajarse del auto.
Asintió y al verla alejarse cojeando sacó el diario y su cuaderno de notas.
El diario contenía más dibujos que palabras pero él no las necesitaba. Su historia comenzaba con la frase “Él ha llegado esta tarde con dos regalos” y la primera página del diario mostraba a un hombre en penumbras entrando a la casona, cargando dos paquetes… sintió un escalofrío. A medida que leía su trabajo y lo comparaba con los dibujos en el diario el pánico se apoderó de él. Carmen tenía razón, la niña venía por él pues había sido él quien la había creado.
Sin embargo su escrito llegaba sólo hasta la parte en la que Carmen buscaba la salida, con la mochila ya en la espalda pero el diario tenía más dibujos garabateados.
Ángela siguiendo a Carmen.
Carmen y Raúl gritando dentro del auto.
Una mano con el bolígrafo encajado.
El auto en la carretera…
el auto en la gasolinera…
Carmen en la cabina telefónica…
Raúl solo en el auto…
La última página mostraba el auto destrozado y la cara de Raúl apenas visible entre los hierros retorcidos. Apenas tuvo tiempo de levantar la cabeza para ver a un camión de transporte que se dirigía a toda velocidad hacia él.






jueves, 4 de mayo de 2017

Final por Shion

Seudónimo: Shion
    Autor: Robe Ferrer


   —¿Qué dices de un diario? —preguntó Carmen a la vez que se giraba. Vio que su amiga tenía un cuaderno; se veía viejo y estropeado. Cuando la miró a la cara, su semblante había cambiado. Sus ojos verdes se habían tornado totalmente negros y sin vida. En su pelo negro había aparecido un lazo de color azul para adornarlo.
—Según dijo Roberto mientras le torturaba, Raúl fue el que hizo el trato con mi madre. —Carmen se encontraba anonadada por lo que decía Ángela. Aquello no tenía sentido—. Contando me encuentro en la cabeza de esta mujer y no encuentro rastro del pacto, solo quedáis él y tú.
Antes de que Carmen reaccionase, la niña, manejando el cuerpo de Ángela, agarró a la mexicana por el cuello y la levantó algunos centímetros del suelo.
—Ahora, libérame o te infringiré un daño que podrás paliar ni con toda la morfina que llevas encima —amenazó.
Carmen no podía hablar debido a la presión que la mano de Ángela ejercía sobre su garganta. Meneaba la cabeza en señal de negación, sin saber a qué se estaba refiriendo la otra mujer. La presión sobre su cuello se aflojó para que pudiera hablar.
—No sé de qué carajo me hablas, suéltame Ángela.
—Mi madre hizo un pacto con uno de vosotros para que me encerrara dentro de un relato para vivir para siempre cautiva de mi aspecto infantil. La única forma de acabar con este maleficio es que el escritorzuelo borré lo que escribió.
Raúl hizo acto de presencia en la habitación en la que se encontraban. En cuanto vio lo que sucedía, se lanzó contra Ángela para tirarla al suelo y que soltara a Carmen.
La niña, en el cuerpo de Ángela, se elevó unos centímetros para flotar por el aire y situarse a la altura de Raúl. Le escupió a la cara y colocó su pulgares en la frente del muchacho, que gritó. La presión que ejercía era tal que Raúl empezó a marearse.
—Vas a contarme lo que quiero saber. —Se quitó la horquilla que sujetaba su lazo y la introdujo por las fosas nasales del hombretón y empezó a apretar y retorcer el tabique nasal del mismo hasta que se escuchó un crack por debajo de los gritos de Raúl. La sangre le manaba de la nariz de forma incontrolable.
Tras un golpe en la nuca, Ángela cayó al suelo junto a Raúl. A su lado, Carmen empuñaba un taburete. Volvió a golpear a su compañera en dos ocasiones más, y lo hubiera hecho una tercera, si Raúl no  la hubiera detenido.
—¡Maldita chingada, hija de mil padres! —le gritaba mientras intentaba zafase de Raúl para asestarle un nuevo golpe.
—Pará, no ves que no es ella, que algo la poseyó. La misma ha matado a Sergio y a Roberto, vi sus cuerpos en otra habitación salvajemente torturados.
—Ha dicho algo sobre un pacto con su madre, Raúl, ¿qué sabes de eso?
—No sé nada de ningún pacto.
La puerta de la habitación se cerró con un gran estruendo. Junto a ella se encontraba una niña con un viejo vestido y un lazo azul adornando su pelo. Una malévola sonrisa adornaba también su rostro.
Sin una gota de viento, su pelo comenzó a elevarse y los iris se le tonaron rojos. La dulce voz que debía ser infantil era ronca como la dejada por la cazalla. El vaporoso vestido también flotaba a su alrededor.
—¿Quién de vosotros hizo el pacto con mi madre? —bramó.
—La puta, con la nena —se asombró Raúl.
—No soy tan niña con creéis… Mi último cumpleaños tenía que haber soplado veinte velas, pero mi madre siempre me trató y me vistió como a una niña pequeña. Estaba tan enferma que pensaba que así me mantendría eternamente joven. Como se dio cuenta de que con eso no bastaba para capturarme en mi edad infantil, hizo un pacto con uno de vosotros; a cambio de fama, me maldijo y me encerró en este cuerpo hasta que se deshaga de ese escrito. No sé cual de vosotros dos hizo el pacto con la puta de mi madre, pero lo averiguaré y os obligaré a devolverme mi libertad.
—Ninguno de nosotros ha hecho tratos con tu… —comenzó Carmen.
—¡¡SILENCIO!! —bramó la muchacha—. No quiero más mentiras, os haré confesar por las buenas o por las malas.
Entonces se lanzó contra la mujer con la boca tan abierta que sus dientes parecían las fauces de un cepo para osos. En un acto reflejo, Carmen colocó su brazo derecho para protegerse del ataque. La mandíbula de su atacante se cerró con tal fuerza que le rompió el cúbito y el radio. El grito de dolor retumbó en toda la estancia.
Nuevamente, Raúl reaccionó para liberar a su compañera de la niña. Empujó a la pequeña que apenas se movió de su sitio, aun que sí que soltó a su presa. Carmen cayó de rodillas, sangrando por la mordedura y con el brazo destrozado debido a la misma.
La niña atacó a Raúl. Agarró el cuello del escritor argentino y comenzó a apretar. Al hombre le pareció ver que de los ojos de la chica salía un halo que se dirigía hacia los suyos. Se intentaba colar en él para saber si había hecho un pacto con su madre.
—Suéltale, o rompo el diario. —Ángela se había puesto en pie, aunque parecía que le costaba mantener el equilibrio. Sujetaba una de las hojas entre los dedos de su mano derecha mientras con la izquierda sostenía el resto del cuaderno.
—Adelante. Esa libreta no tiene ningún poder sobre mí. Al contrario, soy yo quién la manejo.
Entonces se lo demostró. El diario de la niña se deslizó de las manos de la barcelonesa seccionándole con una de sus hojas dos dedos de su mano diestra. Cuando llegó al suelo, se elevó de nuevo y comenzó a girar sobre sí misma como aspas de molino y rápidamente se dirigió hacia el cuello de Ángela. Segundos después, su cabeza y su cuerpo eran dos objetos sin vida independientes uno del otro.
—Ella ya no me servía para nada —comentó la niña a Raúl—. Ahora continuemos tú y yo.
El halo que le salía de los ojos penetró brevemente en los del argentino que se estremeció, pero no emitió ningún sonido. Un instante después, su cuerpo cayó al suelo con un agujero en el cuello. La niña le había arrancado la nuez, después la dejó caer junto a su antiguo dueño, llena de sangre.
—Tú tampoco fuiste, por lo que solo me queda la mexicana.
Se acercó a Carmen, que seguía en el suelo doliéndose de la mano.
—No, por favor, yo no hice pacto con nadie —gimió ante la llegada de la niña.
Empleando el mismo método que con Raúl, la niña se introdujo en la mente de la mujer y comenzó a sondearla. Cuando acabó, salió bruscamente de aquella cabeza. Mantuvo a su presa sujeta por las sienes unos segundos. Después retorció rápidamente su cuello haciéndolo crujir como el de un pollo. Carmen cayó hacia atrás, ya sin vida. Ninguno de aquellos cinco escritores era el que había pactado con su madre.
—¡¡Maldita hija de puta!! ¿Con quién hiciste el pacto? —gritó la niña fuera de sí—. Encontraré a ese escritorzuelo y le hare pagar lo que me hicisteis.

En cinco puntos diferentes del planeta, Roberto, Sergio, Ángela, Carmen y Raúl morían en sus casas fulminados por un infarto. Unos hechos que no pudieron ser relacionados entre sí, porque, aparentemente, no existía ninguna conexión entre los cinco casos.

Pero desde otro plano del universo, Pandemónium reía a la vez que miraba la casa de muñecas que aquella mujer le había regalado para sellar el pacto. La niña había matado a sus cinco compañeros de El Edén de los Novelistas Brutos porque ella lo había permitido (lo había escrito). Mientras tuviera en su poder aquella casa, nada podría evitar que su obra se convirtiera en el número uno de las ventas; aquel era el trato: la fama a cambio de mantener a su hija encerrada por siempre entre las palabras.
A su espalda, la puerta de la casita de muñecas se abrió y la niña con el lazo azul en el pelo cruzó su umbral. Por fin había descubierto el secreto para deshacerse del maldito escritorzuelo.