martes, 5 de septiembre de 2017

Tau

Consigna: Weird Fiction (ficción extraña)
Texto:
La mansión apareció de la nada en cuanto el vehículo tomó la última curva del angosto camino. Las corpulentas salamandras que tiraban de la cabina se revolvieron y liberaron pequeñas volutas de humo por los orificios nasales, ansiosas por llegar a su destino. Majestuoso, el reflejo de la antigua casa se desplomaba sobre los charcos de agua que la lluvia había formado minutos antes. Las salamandras emitieron unos chillidos atronadores al detenerse frente a ella que hicieron estremecerse a los dos ocupantes del cubículo. Las fauces abiertas, mostraron con veneración sus afilados colmillos y emitieron pequeños bufidos llameantes.
—Tranquilas, tranquilas —intentó sosegar uno de los ocupantes al tomar tierra—. Sí, hemos llegado. —El hombre renqueó y, haciendo uso del bastón, acertó a dar cuatro pasos.
—¡Oiga! No me imaginaba así la morada. ¿Fue esta la calle Garay? ¿En serio me lo dice usted? Recuerdo tan poco de la otra vida… Oh, aquella placentera vida plagada de avenidas, gentío, revoluciones, fama, literatura y contaminación. Porque me lo dice usted, que si no…
—Calma, amigo. Las cosas cambian. A veces, para bien. Es normal que todavía no recuerdes con claridad.
El palacete no era gran cosa visto desde la fachada principal. Perdía parte de la elegancia que el espejismo mostraba en la distancia. Si bien monstruosas cabezas de diversos animales la defendían de los intrusos, el halo que desprendía era más de serenidad que de desasosiego. Las enormes salamandras se desanclaron del vehículo y, ávidamente, comenzaron a olisquear entre los arbustos en busca de alguna presa.
Los dos tipos formaban una curiosa estampa frente a la casa, que aparecía solitaria en una parcela totalmente descuidada: el de menor edad, con los cuatro pelos canos que le quedaban en el cráneo peinados hacia atrás, se mantenía en pie intentando disimular el temblor humillante que producía un balanceo en todo su cuerpo. El otro cubría sus ojos con unas gafas de cristales oscuros y redondos. La mano derecha aferraba con fuerza el puño del bastón de laca que portaba y de su tímpano derecho emergían gusanos grises que se balanceaban para acabar, algunos pisoteados en el suelo y, otros más afortunados, en la solapa raída de la americana.
—Entremos —sentenció este último. Y, en una lenta marcha, llegaron a la puerta principal.
—Pasa, pasa Daneri. Acomódate como puedas en esa butaca, pues no es solamente asombroso lo que he de relatarte, sino completamente extraordinario. —El salón les recibió prácticamente desnudo, con un cuadro de ella y otro de su padre como única decoración. Los lienzos dejaban entrever los rostros demacrados por el desgaste del óleo.
—Está usted inquietándome, si es posible estar todavía más nervioso por escuchar su historia —confesó el desmemoriado casi con devoción—. ¿Fue aquí donde me conoció y también a ella, a Beatriz? ¿Es este lugar mi hogar? Porque me lo dice usted, que si no… —añadió marcando las eses y gesticulando con vehemencia.
—Oh, aquí están, ¿no es así, amigo?, los retratos de Beatriz y de su padre presidiendo la sala. Pero deja, déjame que te explique. Mira, tú no lo recuerdas, pero la mañana en que Beatriz Viterbo volvió a la vida, el cielo relampagueaba suavemente a millas de distancia. La tormenta se hallaba lejos y era hermoso admirar los rayos silenciosos, pero la tempestad en los todavía vidriosos ojos de Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz querida, se adivinaba inminente. Con paso más firme que el mío y las falanges todavía entumecidas, dirigió la mirada hacia mi pitillera e hizo el amago de alargar el brazo.
—¡Ja, ja, ja! Eres la auténtica, la misma Beatriz Elena Viterbo de siempre. Ahora lo sé —proferí con vehemencia mientras le alcanzaba un Continental todavía asombrado de tener frente a mí semejante espectro.
Tras la primera calada, se derrumbó sobre la butaca en la que reposas tú ahora mismo y, exhalando el humo del pitillo entre las tres piezas dentales que le quedaban, clavó en mí sus cuencas oculares. Sí, Beatriz me habló. Tuve esa magnífica suerte.
—¿Desde cuándo fumas? Los años han pasado por ti, querido. —Sonrió con picardía—. ¿Qué fue de aquel joven escritor que rivalizaba en ingenio con mi primo? ¿Qué ha hecho el destino del gran literato Jorge Luis Borges? —preguntó intrigada mientras tú estabas en el sótano y tu padre al teléfono en otra habitación.
—Esa primera conversación, anodina, de ascensor, trivial y censurable, blanquiceleste, como habrías dicho en tiempos pasados. ¡Ja, ja, ja! ¿Recuerdas, amigo? ¿Recuerdas cuando…, cuando…, el Aleph te llenó de alejandrinos huecos, estrofas inmundas y otras negligencias literarias? Esa primera conversación, desencadenó todo lo demás.
El eco respondió a las cuestiones formuladas con un quejido molesto y, diríase, hasta irónico. Daneri, con la mandíbula literalmente desencajada, logró proferir varios titubeos al tiempo que intentaba incorporarse en la butaca.
—Por todos los santos. ¿Quiere decir usted, quieres decir, Borges, que volvemos a la vida los muertos? ¿He estado yo anteriormente con usted, contigo, y con Beatriz en este estado? ¿Cómo no lo recuerdo? ¿Qué sucede aquí? ¿Por qué perturbar la paz del cuerpo en la tierra húmeda y dulcemente perfumada?
—Tranquilo, tranquilo, Daneri. Tus preguntas siempre son las mismas. Es inherente a nuestro estado sufrir amnesia en ocasiones, aunque lo tuyo tiene mal remedio. Pronto aparecerá Beatriz —confirmó el individuo de las gafas oscuras mostrando una macabra sonrisa.
La poca carne y el pellejo que quedaba en su rostro, lo malignizaba. Las tiras de piel reseca colgaban divertidas y los numerosos agujeros putrefactos de su rostro mostraban los amarillentos huesos de los pómulos y barbilla. Hizo el ademán de quitarse las lentes, pero algo lo detuvo.
Súbitamente, lo que debía ser el todavía gracioso cuerpo de Beatriz Viterbo, apareció oscilando de lado a lado de la sala propinándose fuertes golpes contra las paredes. Una figura desmadejada y considerablemente más corpulenta que la de ella consiguió mantener el equilibrio hasta que los ocupantes del salón lo tuvieron frente a ellos para, seguidamente, volver a trastabillar y golpearse de forma contundente la cabeza contra el suelo.
—Señor… Dios santo… ¡Borges! ¿Es que no ve lo que yo? ¿Cómo puede mantener esa serenidad? ¡Engendro del demonio! ¡Satanás! —Daneri, fuera de sí, se alzó de la butaca y acabó con la espalda contra la mismísima puerta de entrada a la casa—. ¡Borges! ¡Borges! ¿No lo ves? ¡Reacciona!
—Tú lo has dicho, amigo. No lo veo. Pero intuyo a quién tenemos aquí… ¡Ja, ja, ja! —La sonrisa era maléfica; casi imposible—. ¡Asterión! ¿Eres tú? ¿Has vuelto por aquí? ¡Menuda aparición prodigiosa! —Y continuó riendo.
El amasijo de carne y huesos se limitó a quedarse sentado en el frío suelo con las piernas abiertas como un niño de parvulario y contestó con un rugido pavoroso.
—¡Lo sabía!
—¡No es humano!
—¡Asterión!
—¡Que se te lleven los demonios, Borges!
El ser, más calmado, comenzó a babear profusamente y a sangrar por los trozos de intestino que sobresalían de su cuerpo sin saber a cuál de los dos personajes mirar.
—¡Por favor! Es inofensivo. Daneri, ¿dónde andas? Ven, no te retuerzas de miedo. Nadie va a devorarte…, ¡por el momento! —La carcajada heló la sangre de su amigo y rival, pero le convenció para acercarse y conseguir explicación a todo lo que estaba ocurriendo—. Oh, Honorato es un chico travieso. A veces hay filtraciones de otros…, otros mundos, otras realidades. Este niño malo se ha escapado y ha aparecido aquí. Sucede a veces, no temas —finalizó buscando la pitillera en lo que quedaba del bolsillo delantero de la americana.
—¿Niño malo? Pero, ¿tú has visto…? —Extendió la mano hacia su amigo—. No, claro que no lo has visto. ¿Qué te ocurrió? ¿Desde cuándo fumas?
—Te has perdido mucho, Daneri, mucho. Toma, aquí tienes. Un Coronas que hará tus delicias. —Asterión lanzó un segundo bramido y dirigió lo que parecía la cabeza hacia ellos—. Ah, no. De eso nada, monstruito. Fumar es malo —dictaminó Borges con autoridad—. Bien, por dónde íbamos… Beatriz, sí, Beatriz es la razón de…
Pero en ese preciso instante, comenzaron a oírse unas suaves pisadas que bajaban por la escalera. Los dos hombres callaron y el engendro se limitó a respirar ruidosamente jugando con sus fluidos corporales extendidos por el suelo. Por fin, apareció.
—¿Me nombrabas, Borges? —preguntó una melódica voz—. ¡Carlos! ¡Querido! Otra vez tú. —E intentó correr hacia donde permanecía petrificado ofreciendo un espectáculo casi hilarante. Esquivó con torpeza al monstruo que la miraba embobado y saltó con la gracia que sus fémures desnudos le permitieron. Al caer, un chasquido expulsó algunos fragmentos astillados de la rótula izquierda.
—Beatriz…
—¡Beatriz!
—En cuerpo y alma. ¿O debería decir en carne y huesos? —La aguda carcajada que profirió dejó mudos a los presentes. Seguidamente, dio unos pasos y se sentó encima de las rodillas de Daneri—. Querido primo, te has sentado en mi butaca. ¿Cómo van las cosas? ¿Eres capaz de recordar algo esta vez?
Daneri no pudo parpadear ni palidecer, pero el temblor habitual de su osamenta se intensificó. Acercó su rostro al de Beatriz y comprobó que todavía le quedaba algo de tejido cartilaginoso en la respingona nariz que siempre le había gustado tanto. Los labios no habían corrido la misma suerte y qué decir de las marcas amoratadas que lucía por todo el cuerpo.
—Estás magnífica, Beatriz. Exuberante, como siempre —acertó a decir.
—Bueno, che, bueno. Dejémonos de preámbulos —cortó tajantemente Borges—. ¿Vas a mostrarme dónde está, Beatriz? Sé que debo traer a tu primo para que aparezcas, que con mi sola presencia no te dignas a bajar esas escaleras con arte y esmero. Aquí lo tienes, te lo traigo como una ofrenda, con su lazo incluido. Tuyo es, como tantas otras veces. Recuerda las cartas que le escribiste, piensa en lo que le decías al oído. Yo te lo he traído de nuevo. Cumple con tu parte del trato y muéstrame dónde está el Tau.
El silencio solo fue interrumpido por una especie de gorjeo y una tos angustiosa que sacudió la garganta de Asterión. Borges se alzó de su asiento y, con paso más seguro que cuanto entró en la casa, se dirigió hacia Beatriz. El ligero pero resistente bastón de bambú repicó varias veces en el suelo hasta que enfrentó su rostro al de ella. Dos rostros, por llamarlos de alguna manera, que dejaban ver el paso del tiempo, la carne muerta, los intentos fallidos de regeneración de sus células, la lascivia de los diminutos insectos que deambulaban por sus casi inexistentes párpados. Frente a frente.
Beatriz se incorporó dejando una desasosegante sensación de frío en las rodillas de Daneri y, con un ligero temblor en las manos, las dirigió hacia las lentes oscuras de Borges. Las apartó de lo que quedaba de sus orejas y puente nasal y vio. Vio cómo el Aleph brillaba incrustado en una de sus cuencas. Se había quedado ciego en vida, pero ahora tenía el universo en sus manos.
—Te he preguntado dónde está el Tau, Beatriz Elena, Beatriz querida —repitió algo exasperado.
Pero Beatriz no podía dejar de sucumbir a la presencia de esa pequeña esfera de apenas tres centímetros de diámetro que brillaba. Brillaba como la mañana había dañado sus preciosos ojos en verano. Le sacudía la nariz con pequeños picores y estornudos al igual que en vida lo habían hecho los potentes rayos del sol porteño cuando iba de vacaciones con su padre. Le arrancaba recuerdos de cuando estuvo viva. Y sonreía.
Tau. El Tau. En buen momento se le ocurrió contárselo. Ella fue la primera que volvió a la vida tras la muerte y quien se apareció a Borges una mañana para contarle cómo. El hallazgo era extraordinario: conocedora del Aleph, supuso que debía existir un Tau. Un contrario, un opuesto, como lo hay para todas las cosas. Desde niña había admirado el Aleph, lo veneraba desde el vértigo y la lágrima, y no en pocas ocasiones se preguntó sobre el Tau. La nada, el pozo oscuro; un agujero negro. Y lo encontró. Vaya si lo encontró.
Días antes de morir, Beatriz Viterbo bajó al sótano del salón por la angosta escalerilla para, de nuevo, contemplar la totalidad desde todas sus perspectivas simultáneamente. Solo tuvo que agacharse, tumbarse en el piso del decimonono peldaño para encontrarlo tan maravilloso como siempre. La llenaba de vida, sabiendo que su fin estaba cerca, y vivía junto con los nibelungos, los atenienses y vikingos las aventuras que jamás tendría en vida. Cerró los ojos un segundo y, entonces, lo vio. Justo al volver a abrirlos, cerca del Aleph, una masa más opaca que la propia oscuridad, más negra que la noche más cerrada, llamó su atención. Intentó tocarla con la mano y sintió un escalofrío que electrizó todo su cuerpo. Miró la esfera oscura y vio. Vio un agujero negro, la Nada. La serenidad inquietante y la tranquilidad absoluta en tantas ocasiones buscada. Oh, aquello era mejor que el Aleph: aquello era un Tau, y significaba que la paz existía. ¿Dónde reposar mejor que ahí el resto de su no existencia? ¿Dónde dejar de vivir para no ser? Deseó dejar de existir y, sin contárselo a su primo, lo tomó delicadamente con la mano y lo guardó.
Claro, que todos somos desconocedores de las consecuencias de nuestros actos. Uno piensa que llevándose una pulserita que acaba de encontrar tirada en el asfalto de la Plaza Constitución solo puede contribuir a la desdicha de la persona que la perdió. Pero, cuidado, también puede producir el disgusto de quien regaló esa joya, reproches, discusiones, desconfianzas y, por qué no, sacar a relucir cuando anteriormente perdió también la gargantilla que le trajo de Panamá. Ah, las consecuencias. El Tau ocultaba algo más que vacío. Ocultaba el poder extraordinario e incomprensible de volver a la vida como un desecho, un fantasma. Un ser pavoroso que podría viajar por los infinitos túneles del espacio-tiempo y así comprobar, eso sí, en un estado perecedero de agonía post mortem, las realidades paralelas. No contemplando el Aleph, no. Viviéndolas, aunque fuera muertos. No desde el piso del escalón número diecinueve en decúbito dorsal, sino viajando a cada lugar.
—Cuando te conté el hallazgo del Tau, pues te consideré un intelectual más avezado que mi primo, no pudiste salir de tu asombro. ¿Un Aleph? ¡Obvio! ¡Debía existir un Tau! Me miraste con algo de desconfianza, pero sabía que me creías. No en vano ya habías conseguido ver el Aleph. Y, ¿ahora esto? ¿No te basta con viajar en el espacio-tiempo de vez en cuando? Ah, no. Lo quieres para ti. Siempre fuiste un envidioso, Borges —finalizó Beatriz arrastrando sus tacones por la sala.
Carlos Argentino Daneri no salía de su asombro. ¿Qué era todo aquello? ¿Borges se apropió del Aleph antes de que su casa fuera derruida cuando él creyó haberlo perdido para siempre? ¿Cómo no se le había ocurrido a él? Ah, la vieja rivalidad siempre ahí. ¿Y Beatriz? Fue con él con quien yació y descubrió placeres oscuros, no con Borges. ¿Por qué a él?
—Beatriz. No quiero ser esclavo tuyo por más tiempo —añadió Borges impertérrito—. Ya en vida me tuviste siempre a tus pies. Gozaba solo con la idea de una mirada tuya y de disfrutar unos segundos tu perfume. Así continué tras tu muerte, visitando esta vieja casa ubicada entonces en la calle Garay para poder seguir teniendo tu recuerdo. Observar tus retratos, oír a tu padre y a Daneri hablar de ti. Cautivo incluso después de tu muerte. ¡No puedo seguir así! ¡No vas a tenerme a tu merced en esta muerte andrajosa por los siglos de los siglos! ¡De realidad en realidad! —Se acercó agresivamente a ella.
—No, Borges, escucha, no. Para. El descubrimiento es mío. Ese Aleph te está volviendo loco. ¡No!
Pero la embestida de Carlos Argentino Daneri llegó tarde. Borges había horadado el pecho de Beatriz con el puño y extraído una masa negruzca junto con algunas vísceras putrefacta y fragmentos de costillas. Ahí estaba su trofeo. Lo merecía.
Soltó una carcajada monstruosa al tiempo que se colocaba el Tau, oscuro como un abismo, en la cuenca ocular que le quedaba vacía. En ese mismo instante, desapareció.
Beatriz, descompuesta, se refugió en los brazos de Daneri quien, sin todavía acabar de comprender la situación, acarició con ternura el corroído occipital de su prima.



“DIARIO DE RICHARD ISAIAS MORTON”

Consigna: Weird Fiction (ficción extraña)
Texto:
JORNADA 1
Yo, Richard Isaías Morton, he decidido escribir este diario como recuerdo de mi nueva condición de hombre rico. Bueno, aún no lo soy, pero doy por hecho que con el primer cargamento que salga por la boca de esa mina, mi suerte habrá cambiado. “El sepulcro dorado”, situado en la falda del viejo volcán al que llaman “La Sima”. Cuentan las malas lenguas que la desgracia caerá sobre aquel insensato que extraiga el oro que guarda en sus entrañas. Cuentos de viejas. Recientemente conseguí cerrar el trato y ahora, la mina y su explotación, me pertenecen.
El campamento está montado y una primera partida de hombres espera nuestra llegada al amanecer.
JORNADA 2
Los veinte hombres que me acompañan conocen bien el territorio y guían el convoy formado por cinco carrozas a buen paso y de forma segura.
Llegamos al campamento a la hora acordada. La bienvenida no pudo ser más acertada; café bien caliente y tortitas de maíz con cecina.
El campamento es incluso más confortable de lo que yo mismo preveía. Mi caseta cumple con creces mis exigencias. Las de los trabajadores, aunque de menor estatus, ofrecen unos camastros bien mullidos para favorecer la calidad del descanso. El trabajo será duro y necesito el mayor rendimiento por su parte.
El resto del día lo dedico a ultimar los preparativos para el comienzo de la excavación.
JORNADA 3
Cuarenta corazones ávidos de riqueza, cuarenta hombres cargados de sueños. Ochenta manos hábiles y certeras en cada uno de sus movimientos. Cuarenta almas encomendadas a extraer la sangre dorada del interior de la montaña. Cada explosión marca el compás de una pieza musical destinada a ser un himno a la prosperidad. Cada golpe de pico una corchea. Cada suspiro, un silencio.
La entrega vehemente de los hombres pronto dará su fruto. El calor es sofocante, aunque eso no les merma. Desde el resguardo de mi caseta espero impaciente el aviso de la veta hallada. Mientras tanto, mis manos vuelan solas al compás de tan bella sinfonía.
El cielo, cada vez más nublado, se ha teñido de un tono violáceo un tanto singular.
JORNADA 4
Hasta ahora no hubo suerte. Los hombres mantienen un buen nivel de energía y compromiso. Sólo es cuestión de tiempo, estoy seguro. A pesar de que han transcurrido dos jornadas  sin obtener el resultado esperado aún se respira el optimismo inicial. Anoche, en el campamento, asamos cordero. Las charlas y el buen ambiente duraron hasta bien entrada la noche. Tan sólo un hecho de lo más inusitado logró coartar el buen ánimo y, ante la situación que paso a narrar, la mayoría de los hombres decidieron concluir la velada:
Si algo era evidente, eso era la ausencia de viento. El bochorno unido al nulo movimiento de aire provocaba una atmósfera sofocante. Varias hojas, no más de media docena, se desprendieron de las ramas de los árboles que teníamos sobre nuestras cabezas. Algo que pasó desapercibido para todos. Lo siguiente nadie pudo pasarlo por alto. Todas a una y, de una manera violenta y pesada, cayeron las hojas. Los árboles quedaron desnudos. Todos quedamos cubiertos por aquella manta vegetal. Al ruido causado por el deshoje le siguió un unísono aullido de desasosiego. Después  vino un sonoro alboroto de comentarios, en su mayoría supersticiosos, y el camino de cada uno de los mineros hacia su camastro.
Me quedé en el sitio, paralizado. No por el susto, no por la extraña caída de las hojas. Hubo algo en lo que nadie, excepto yo, reparó. Aquellos árboles eran de hoja perenne.
JORNADA 5
El clamor del éxito llegó cuando aun me encontraba desayunando. Nunca me alegré tanto de sentir la quemazón de un café bien caliente cayendo sobre mi pecho. Sin embargo me avisaron de que algo extraño ocurría y me guiaron por las intrincadas galerías de la mina hasta el lugar del hallazgo. El generoso filón prometía proporcionar una ingente cantidad de mineral. Pude sentir cómo el reflejo del oro a la luz del candil penetraba en mis ojos anegándolos de placer. Pregunté cuál era el problema. Me dijeron que lo tocara.
Sentí el cosquilleo de la incertidumbre mientras acercaba la mano. Al contrario de lo que esperaba, el oro no era duro. Tenía una textura viscosa. Pensé que no podía tratarse de oro pues. Y así lo expresé en voz alta. Me respondieron que aun no lo había visto todo.
Me guiaron hasta el exterior agarrando entre mis dedos aquella especie de barro dorado. A pocos metros del exterior me indicaron que debía de abrir la mano y una vez fuera de la mina expusiera la sustancia a la luz del sol. Así lo hice y quedé boquiabierto al observar como aquel material adquiría, como por arte de magia, la textura habitual del oro. Es como un milagro, no sólo tenemos una gran veta sino que además se puede extraer con el simple uso de las manos. Lo que conlleva un mínimo esfuerzo.
De nuevo llegó la noche y con ella otro hecho misterioso. En las ramas desnudas de los árboles comenzaron a posarse cientos de cuervos, observándonos. Cientos de oscuros, emplumados y acechantes centinelas. Tantos que parecía que los árboles estuvieran cubiertos de hojas negras.
JORNADA 5
La inquietud se ha propagado por el campamento como lo haría la gripe o la viruela. Mentiría si dijera que no me he contagiado, y es que los sucesos insólitos que se repiten cada noche dan que pensar. Todo ello está empezando a afectarme al sueño y no soy el único que duerme poco. Me consta que le pasa a todos.
El cansancio empieza a hacer mella, aun así me informan de que la extracción de oro está siendo todo un éxito. No me apetece sumergirme en la montaña y doy por bueno los informes.
Una vez acabada la jornada, los hombres salen de la mina caminando de forma pesada y casi arrastrando los pies. Para variar, a nadie le apetece cenar. Tienen pinta de enfermos, con un aspecto deplorable. Su piel, bajo la capa dorada que la recubre, aparece pálida. Tan pálida que podría decirse que es translúcida. A través de ella se pueden ver las venas formando una compleja y oscura telaraña.
Hace unas horas ordené a Shellman (el único que parece encontrarse medianamente bien) partir hacia Green Wolf en busca de un buen número de rameras con la intención de ofrecer a mis chicos un día de descanso y desfogue. No hay ninguna enfermedad que no puedan curar las putas de “El coyote desdentado”.  Me preocupo por el estado de mis hombres pero choco sin remisión con su carácter, ahora, reservado e irascible. Algo ha cambiado en sus ojos, no algo físico, es algo podrido en sus almas.
Los cuervos siguen posados en las ramas pero, ahora, al único que parece incomodarle este hecho es a mí.
JORNADA 6
Shellman y las mujeres llegaron cuando el sol estaba en todo lo alto. Observo que él también comienza a tener mal aspecto. Las sospechas que trataba de ocultarme hasta a mí comienzan a cuadrarme. Sólo yo conservo mi salud intacta. Tan sólo adolezco de la falta de sueño y las consiguientes ojeras fruto de la incertidumbre causada por tan extraños acontecimientos.
Ordeno a Shellman que avise a sus compañeros y dejen sus labores por hoy. Quiero que comer, beber y joder con las rameras hasta caer rendidos, sean hoy sus únicas faenas.
Los deteriorados mineros salen del yacimiento con su lastimero caminar. Las mujeres reculan un poco al reconocer bajo ese nuevo aspecto a muchos de los hombres que anteriormente tantas veces habían pasado por sus acogedoras alcobas del conocido lupanar.
Sin que puedan poner demasiada resistencia, el campamento se convierte casi al momento en una auténtica bacanal. A pesar de la débil apariencia de los mineros, utilizan sus barrenas de carne con una fuerza inusitada. Le pido a una de las putas que se acerque mientras bajo mi bragueta. Me siento en las raíces de uno de los árboles cargado de cuervos y no preciso de explicaciones para que ella comience su trabajo de manera ejemplar mientras observo el amasijo de cuerpos en pleno acto de lujuria.
Una vez satisfecho y vacío, aparto a la felatriz y saco mi petaca. Ella escupe el contenido de su boca y se adentra en el grupo de cuerpos lujuriosos.
Las mujeres, recelosas al comienzo, parecen entregadas y enajenadas ahora. Como poseídas por la desaforada masculinidad de los hombres que seguían una y otra vez perforando sus húmedas cavernas. Sin descanso.
La situación debería parecerme extraña por no decir violenta, pero ni yo mismo apostaría un centavo por mi salud mental. Trago a trago voy perdiendo el rumbo hasta quedar dormido bajo la mirada atenta de los cuervos situados sobre mi cabeza.
JORNADA 7
No sé cuánto tiempo habrá pasado. Por el vómito seco que tenía pegado en la cara debería haber transcurrido bastante. Era de noche. Todo estaba tranquilo y oscuro. Traté de incorporarme pero mis huesos se quejaron. Extendido en el suelo miré hacia el cielo y entre las ramas del árbol pude ver las estrellas. Caí entonces en la cuenta, los cuervos habían desaparecido.  Segundo intento, esta vez logré al menos sentarme. Mis pupilas se fueron adaptando a la oscuridad y bajo la tenue luz de la luna vi el campamento vacío. La ropa de los mineros permanecía esparcida por todas partes. Pero ni rastro de ellos.
Candil en mano me dirigí a la mina y recorrí los primeros metros de la gruta. Los túneles de piedra rugosos y negruzcos parecían la garganta de un fumador. Con la mano libre agarré la culata de mi revólver. El lugar daba escalofríos. No sabía a quién podría encontrar rondando mi oro.
Tras varios recovecos llegué al último y largo pasillo. La “cámara dorada”, donde se situaba el filón, estaba iluminada. Un punto amarillo al final de la galería. Salteadas en cada pared se abrían un total de ocho cámaras. Las que utilizábamos como almacén. Una tras otra las fui examinando mientras me acercaba a la luz. Ni rastro de los chicos. La madera de la culata del revólver se estaba empapado con el sudor de mi mano, y los dedos me dolían a causa de la fuerza con que los apretaba. La sensación de peligro aumentaba a pesar de la aparente tranquilidad reinante. Las pruebas de que algo extraño estaba ocurriendo no tardaron en aparecer. Manchas de sangre en el suelo, salpicaduras en las paredes. Sentí como el corazón palpitaba en el interior de mi garganta y en las sienes. Las piernas me fallaron haciéndome caer de culo. El túnel hacía bajada. Perdí la antorcha que comenzó a descender rodando adentrándose en la cámara principal unos metros más abajo. La gran veta de oro se hizo visible a la luz del fuego. Fue entonces cuando tuve la certeza de que había llegado el final de mis días.
Tenuemente iluminados por la dorada luz, se apreciaban los combados cuerpos de los mineros. Todos presentaban la misma horrible calvicie llena de pústulas que los hacía irreconocibles. Algunos balanceaban los picos entre sus manos. Otros permanecían en cuclillas en una pose digna de un coyote en posición de ataque. Muchos de ellos estaban comiendo. En sus manos, intestinos y cascarria de todo tipo que iban arrancando de los vientres, ahora vacíos, de las rameras. Todos hacían algo en común. Todos me miraban.
Hubo unos diez segundos de tregua. Tiempo más que suficiente para que recuperara la verticalidad y desenfundara mi arma.
— Eh, chicos, no sé de que diablos va toda esta historia, pero os advierto de que al primero que mueva tan siquiera una ceja, le vuelo la tapa de los sesos…
El miedo me había alcanzado hasta el tuétano, aunque no estaba dispuesto a mostrarlo. Pero había un sentimiento más fuerte en mi interior. La avaricia. Los que hasta ahora habían sido mis trabajadores ya no eran mas que unos monstruosos intrusos. Y estaban tocando mi oro.
La antorcha seguía en el centro de la caverna, entre los repulsivos cuerpos. El fuego tomó contacto con el pantalón de uno de ellos y empezó a arder. Pronto se convirtió en una antorcha humana haciendo que la sala tomara algo más de claridad. Ante la amenaza, las gibosas criaturas, comenzaron a correr. Algunos trepaban las paredes de la cueva con una agilidad pasmosa digna de una tarántula. Otros fueron directos hacia mi. Mi revólver escupió cinco balas de manera casi automática. Alojándose, cada una de ellas, en el cráneo de cinco de los infelices mineros.
Distribuidas por la cámara había varias cajas de dinamita. El fuego se había propagado a varios cuerpos y éstos se acercaban peligrosamente a ellas.
Otra oleada de mineros comenzaron a correr hacia mi, emitiendo estridentes gruñidos con sus bocas abiertas hasta extremos imposibles. No me quedaba tiempo. Era consciente de que sólo me quedaba una bala y no disponía del tiempo suficiente para recargar el tambor. Tenía que acertar o los trozos de mi cuerpo adornarían las paredes, suelo y techo del túnel. Dirigí mi última bala a una de las cajas de explosivos.
— ¡Comed plomo… hijos de la gran puta!  
Y al mismo tiempo comencé a correr hacia el exterior.
Primero se oyó un ruido sordo, como un trueno lejano que aumenta en volumen a medida que el sonido se acerca. Coincidiendo con el estruendo más ensordecedor, una nube de polvo salió con violencia del interior. Segundos después, la calma.
Salí de entre la nube de polvo. Noqueado y malherido. Tambaleándome hasta llegar a mi caballo. A duras penas subí y tras un golpe en la grupa de mi montura salí de allí a galope, en dirección a Green Wolf.

Mientras me alejaba pude ver como, varias figuras (juraría que fueron tres), salían de entre los escombros. Ninguna trató de darme caza. Corrieron hacia las montañas. No sé qué fue de ellas ni quiero saberlo. Sólo espero que encontraran la muerte aquella misma noche, bajo la luz de la luna.

Melodía para camaleones

Consigna: Fábula detectivesca o policial, con animales en calidad antropomorfa.
Texto:
Las letras, de un estridente color azul, del Duck August Hospital resaltan en el membrete de la carta que sostengo entre mis manos. La releo por segunda vez y, distraído, observo las letras invertidas en el cristal de la puerta de entrada a la oficina. Jack Chámal & Lia Sheepby. Lia. Los tirabuzones lanudos le bajaban por la sien, con ese color blanco que tanto favorecía su sonrisa, también me volvían loco sus preciosas pezuñas pintadas de rojo bordeaux. Antes de guardar la carta en el bolsillo de la chaqueta me recreo en las letras del membrete, el azulado color reaviva en mí una oscura frialdad, esa debe ser la tonalidad de las cosas muertas; pues con trajes azules se presentaron esta mañana dos matones de Don Vito Gorillone. «¿Han venido a cobrarse mis deudas?». No, no era eso, por supuesto no venían a cobrar mis desmanes de este último año, mis deudas de juego, ni del sexo con conejas. Sí, desde que murió Lia... Soy camaleón, hay necesidades, y... Aparto esos pensamientos de mi mente. «La hija de Don Gorillone ha sido raptada». Un detective, sobre todo uno caído en desgracia como yo, no puede rehusar un caso así. Tampoco es que tenga otra alternativa. Don Vito es un asqueroso mafioso, un corpulento gorila que comenzó con extorsiones en la zona de Old Water, en pocos años controlaba los sindicatos de animales y después estableció un condominio de drogas, juegos y conejas en toda la zona oeste de la ciudad. Debe estar muy desesperado si ha acudido hasta mí, hecho que por un lado me halaga, y por el otro me preocupa. Espero que la hija siga con vida.
Mona Gorillone Beauvoir. Hija única de Don Vito Gorillone. Huérfana de madre a los catorce, algunos dicen que la mató el propio patriarca, aunque la verdad no se sabrá nunca. Veintiocho años. Pelo marrón claro. Esbelta. Atractiva. Todos mis informadores coinciden en su bondad, pero ese es un dato innecesario, todos los animales en esta ciudad saben que Mona es buena. Galas benéficas en favor de las crías desnutridas del África, filántropa y diletante del Opera Nest, defensora de los derechos de los humanos en extinción... Observo la foto extraída de un artículo de periódico; posa en unas escalinatas con un elegante vestido, la falda le ondula elegante, y su fino rabo se entrelaza coqueto alrededor de su bolso de Armany. Sonríe a cámara y esos labios peludos, salvando la distancia de especies, me recuerdan a los de Lia. De nuevo divago y necesito toda mi concentración para leer la hoja de mi principal informador: Frank Tejón. Conocí a Frank hace años, en una taberna de Fort Bearborn regentada por una familia de osos de Carolina del Norte mientras le sacaban a empujones del local. Un tejón alcohólico sin dinero. Le di trabajo, uno simple, recadero. Lia le influenció para que dejara de beber, eso le espabiló y comenzó a realizar muchos otros trabajos, algunos delicados. No sé si estaba enamorado de ella o su agradecimiento era tan grande que eso creó un amor platónico de por vida. No importa, entre nosotros nunca hablamos de ella. Recuerdo el día del entierro, apenas éramos siete animales dándole el último adiós a mi esposa. Frank se me acercó, hocico hundido y decenas de arrugas de no dormir bajo los parpados. Él parecía el abandonado esposo y no yo. Me entrelazó con sus dos patas y comenzó a llorar, su hocico se apoyó en mi hombro, observé las rayas verticales de pelo pardo y oscuro en su rostro, del hocico caía un frío moquillo. Le palmeé la espalda y estuvimos así un buen rato; mientras, los buitres sepultureros echaban tierra en el hueco que recogía el ataúd. No me extraña que Frank me haya pasado una lista tan pormenorizada de los últimos lugares que visitó Mona, da la sensación que todo lo que hace por mí en este último año en verdad lo haga por Lia, cómo si hubiera pactado con ella que me cuidaría.
Los últimos lugares antes de la desaparición de un animal son vitales para cualquier investigación. Me resumo la lista donde fue vista Mona antes de desaparecer: Banco Aguilar, Buhíffanys y Goose Island. En resumen, dinero, joyas y bajos fondos. «¿Qué hacía una buena chica como tú en la isla de los gansos?». Leo una copia del pedido que recogió en Buhíffanys: colgante circular partido con forma de ying y yang, mitad diamante blanco, mitad zafiro negro. Peso 127gr. 1300$ trigones. Para Mona Gorillone Beauvoir. Recogió una joya, un colgante partido, como esos que se regalan los enamorados en los que ambas mitades, unidas, forman una única joya, pero que pueden llevarse por separado. ¿Y el dinero? La cantidad retirada en Aguilar es enorme, casi veinte mil trigones. Dinero, joyas y bajos fondos. Sigo dando vueltas en mi despacho, pues hay algo en este caso que desafina. No hay petición de rescate. Si raptas a la hija de uno de los mafiosos más importante de la ciudad pides una cantidad desorbitada de dinero; por lo contrario, si es un ajuste de cuentas, la matas, y se la devuelves al dolorido padre en pequeños trocitos lo suficientemente grandes para poder ser identificados, pero no, no ha pasado ni una cosa ni la otra, y eso es algo que me desconcierta. Tampoco se ha recibido ningún comunicado de las familias rivales, ni la Gansada del Norte, ni los Oseznos de Goose Island, ni siquiera el máximo rival, Al Pandone de la familia de los Panda del este. Ninguna familia se ha pronunciado. Un absoluto mutismo revuela sobre todas ellas. No lo entiendo. Quizá sea hora de pasarme a hacer una visita a Urrano, una vieja urraca que vive por la zona de la Taberna de Bearny en Goose Island. No acabamos bien la última vez, pero aún me debe un favor. Voy a ir a cobrármelo.
Una patada entre ala y ala ayuda a recordar. Urrano cae de espaldas contra unas cajas de cartón, se retuerce en el suelo, le castañea el pico y se contrae en posición fetal. No le he dado tan fuerte, pero Urrano es de esos animales débiles que no soportan el dolor físico. El callejón se encuentra alejado de la calle principal. Este pequeño gueto isleño no parece formar parte de la ciudad: calles estrechas, sucias, con vuelabundos en las esquinas... «¿Qué quieres ojos saltones?». No me gusta que nadie me insulte de forma racista. Mi pata le vuelve a asestar un duro golpe, esta vez en el pico y de nuevo se retuerce de dolor. Unas gotas de sangre caen sobre su camisa blanca. El rojo y blanco contrasta de manera extraña con las plumas negras. Le levantó de las solapas de la camisa y lo empujo contra la pared de ladrillo del callejón. «¿Dónde está Mona?». Los pequeños ojos negros observan detrás de mí, asustados, bate las alas con desesperación, intenta librarse de mi presa. «¿Hay alguien detrás?». Lo aparto con rapidez, me tiro al suelo y extraigo de la cartuchera mi Bulldog 41 milímetros. Una sombra al inicio del callejón efectúa dos disparos, las balas silban encima de mí. Antes de disparar, fijo mi vista en la figura: un macho robusto, rostro encapuchado, una amplia chaqueta le tapa todo el cuerpo. Sin embargo, al disparar, por las mangas de la chaqueta le observo un frondoso pelo blanco y negro. Es un panda. Replico con tres disparos que se estrellan contra la esquina de ladrillo rojo y la figura desaparece. Espero estirado en el suelo. «¿Todavía estará ahí?». Me levanto con cuidado y camino parapetándome en los contenedores de basura. Asomo la cabeza con lentitud al llegar al inicio del callejón. Detrás de la esquina no hay nadie, en las desérticas calles solo pasan coches; aguzo el oído, no escucho sirenas. Típico en Goose Island. Mi misterioso asaltante ha huido, al girarme de nuevo en dirección a Urrano me doy cuenta que las balas no eran para mí. Urrano está estirado en el suelo con una bala en la garganta y otra en el mentón, sus alas aletean espasmódicas una última vez y grazna moribundo. Después, ya no se mueve...
La zona de Pork Station es elegante. Mansiones lujosas, enormes secuoyas, avenidas alumbradas con centenares de farolas; el motor de mi viejo Plymouth ronronea tranquilo al girar por la avenida Ratmarket. Paro el motor y estaciono detrás de una gran secuoya a unos quinientos metros de distancia de la mansión de Al Pandone. Muchos animales tendrían dificultades para ver a esta distancia de noche, pero no un camaleón; y aunque la edad y la perdida hacen estragos sigo teniéndola excelente. Según mis informadores, Al Pandone tenía una cena benéfica en el City Hall, los pandas son muy dados a pavonearse en sociedad, pero no es el patriarca de la familia al que espero. Sostengo la descripción de la joya de Buhíffanys en mi mano. Una corazonada camaleónica, así la llamaba Lia, acude a mí unida al suceso en el callejón.
Miro las manecillas de mi reloj, la 01:23, bostezo. Quizá mi intuición se esté oxidando, dispongo de un plan alternativo, pero... Un vehículo, un robusto Packard Clipper surge de la mansión. Mis ojos observan a Francis Pandone, el hijo menor de Al Pandone de copiloto, a su lado un pandón más grande que el propio Francis conduce el Packard a poca velocidad. Es extraño que el vehículo no luzca los colores habituales de la familia, el blanco y el negro; por el contrario, un anodino verde perla dibuja toda la carrocería del automóvil. Inserto la llave en el contacto y arranco mi Plymouth, les sigo a una distancia prudente, por suerte el tráfico es denso y los pandas no ven bien de noche. Se alejan de Pork Station por la avenida Grand Central, después giran en Union Station, cruzan el puente Big Chicago y... Sí, se dirigen a Goose Island. Mi intuición todavía funciona.
Estacionan en un callejón al lado de un Motel con luces de neón. En el tejado un cartel luminoso bastante grande muestra las letras Blue Swallow, en la cúspide, unas luces azules conforman la silueta de una golondrina. Francis sube por las escaleras exteriores del motel y se detiene en la habitación 123. El pandón queda en el coche de costado al edificio. Paso de largo con el Plymouth y aparco en la calle trasera. Reviso las balas en la recámara, ocho, y me aseguro que el cuchillo deslizante reposa agarrado en mi pata superior derecha. Recojo una botella de cristal, la alzo con la pata izquierda y me dirijo dando tumbos en dirección al Packard. Eructo y me bamboleo histriónicamente. El pandón me observa aproximarme, su mano peluda se introduce en el interior de su chaqueta, continúo dando tumbos y acercándome más a la ventanilla del piloto, el pandón sostiene la mano derecha en la chaqueta. «Amigo...», le saludo a un par de metros, «hics, me da... un trigón para una botella». Su enorme cabeza me observa de patas a cabeza. Me apoyo en la ventanilla abierta del automóvil. «Lárgate borracho o vas a acabar muy m...», deslizo la daga por mi escamosa extremidad, le asesto una puñalada en la garganta sin dejarle acabar la frase, con la botella le golpeo en el ojo y la suelto, cae al suelo del vehículo. La cabeza del pandón golpea contra el asiento, con mi pata libre le sujeto la pata que tiene en el interior de su chaqueta. Hace fuerza, forcejeamos, intenta extraer lo que parece un revolver, le vuelvo a asestar una nueva puñalada. La sangre le inunda el pelaje blanco alrededor del cuello, pierde fuerza, ya no hace falta sujetarle la mano, y se desploma con la cabeza ladeada. Le retiro la pistola y me la guardo en un bolsillo de mi chaqueta. Le cacheo, no encuentro más armas, agarro la llave del contacto y apago el motor. Después me introduzco en los asientos traseros, le agarro por las axilas y dejo el cadáver estirado en el espacio entre asientos. Observo la luz en la habitación 123 y dirijo mis pisadas hacia allí...
Derribo de una patada la endeble puerta de la habitación. Francis está sentado en la cama, Mona se encuentra estirada a su lado. Extraigo mi revolver, con la otra pata me llevo un dedo a la mandíbula ordenándoles silencio, aunque la sola visión de mi Bulldog apuntándoles es aviso suficiente para invocar su silencio. Cierro la puerta detrás de mí, miro por la ventana, todo está tranquilo. Mona se reincorpora con lentitud en la cama, lleva un vestido largo, sus ojos, además de asustados, están cansados. Francis interpone su cuerpo entre ella y yo. «¿Así qué era eso?». Francis observa en dirección a una silla, en ella reposa su chaqueta, quizá tenga un arma en el interior, niego con la cabeza. El comprende con rabia. Mona tiembla asustada detrás de él. Sus labios son muy parecidos a los de Lia. Me separo de la puerta y me dirijo a la esquina más alejada de la habitación. «Ahora recogeréis vuestras cosas. Conduciréis hasta la avenida Belmont, saldréis de la ciudad por Ashland Street y lo que hagáis después es cosa vuestra. Si os sabéis economizar tendréis suficiente trigón para vivir durante años. Siento lo de tu guardaespaldas, no me podía arriesgar. Ahora, largo». Tiro la llave del Packard en la cama, rebota al lado de Francis, que me observa incrédulo. No se mueve, sigue protegiendo con su cuerpo a Mona; esta, desde detrás del peludo hombro de su protector, me pregunta: «¿Por qué nos deja libres, caballero?». Observo esos labios. «Mis asuntos son solo míos, señorita. Aprovechen esta oportunidad que la vida les brinda». Francis no lo piensa dos veces, ayuda a su amada a levantarse de la cama y le enfunda un abrigo; en previsión de mis inquietudes, Francis se introduce con lentitud extrema su chaqueta. «Buen panda». Agarran una maleta y se dirigen a la puerta de la habitación. Les sigo apuntando con mi Bulldog, Francis abre la puerta, deja pasar a Mona, que alza la mano y se despide mirándome a los ojos, el panda no se gira y cierra la puerta con suavidad. Después, se agarran las patas y bajan las escaleras corriendo, Francis le abre la puerta del Packard, deja la maleta en el asiento trasero, enciende el motor y se dirigen hacia Belmont. «Panda listo».
Me siento en el pequeño escritorio de la habitación, ilumino la superficie con una lamparilla de mesa, extraigo mi estilográfica y comienzo a escribir en una hoja grande de papel: “Mona raptada por encargo de Al Pandone, posiblemente muerta, probable implicación de los Oseznos”. Extraigo mi cuchillo, aguanto la nota en la pared de madera, clavo con un golpe rápido la nota con el arma, ambas quedan ancladas en la pared. Realizo una llamada desde el teléfono de la habitación a la mansión Gorillone, indico esta dirección y cuelgo sin esperar respuesta. «Esta confusión les dará más tiempo». Me dirijo a mi automóvil estacionado en la parte trasera del motel, sentado en el mullido asiento de mi Plymouth extraigo la carta del Duck August Hospital del bolsillo, las letras azules del membrete vuelven a evocarme mis primeras sensaciones, y vuelvo a releer el informe médico: “Duck August Hospital. Informe del paciente Jack Chámal nº expediente 1210-CHI-B. Segunda observación de la masa negra carcinoma. Presenta expansión acelerada alrededor del hígado. Daño hepático irreparable. Imposible extracción. Se solicita ingreso urgente. Informe PKID Dpto. Oncológico Duck August Hospital”.
Conduzco hasta los acantilados de Duckville, a pocos kilómetros de la ciudad, un agreste litoral de belleza peligrosa. En este lugar, Lia y yo, extendíamos un gran mantel de cuadros, nos deleitábamos en picnics interminables contemplando los atardeceres, escuchábamos la melódica voz de Gato Jazz en la radio o las notas del saxofonista Trurat Capote; mientras, enredábamos nuestros cuerpos y nos besábamos. Me asomo al bravo océano que envía sus olas más salvajes a romper contra las rocas. «Es hora de unas vacaciones».


       

En la noche

Consigna: fábula detectivesca o policial, con animales en calidad antropomorfa.
Texto:
La bestia camina encorvada bajo el peso de su carga. En el claro del bosque abandona el fardo. El cuerpo mutilado queda a la intemperie.
 El local estaba casi vacío. Apenas unos parroquianos rezagados deseosos de no volver a casa y algún borracho medio adormilado, continuaban  allí. El ambiente era tranquilo y las conversaciones  escasas.
El camarero sacaba brillo a unos vasos con total parsimonia. Sólo había un cliente apoyado en la barra, mirando el fondo  vacío de un vaso de whiskey. Lo conocía, y por cómo agachaba las orejas, fruncía el morro y entrecerraba los ojos, dedujo que no había tenido un buen día.
—¿Le sirvo otra copa sargento?
El sargento Mathew Bloohound lo miró como si lo viera por primera vez. Sacudió la cabeza y sus orejas revolotearon sacándolo de su ensimismamiento.
—Gracias, Joe —dijo mientras le acercaba el vaso— Ha sido un día duro.
—Algo oí en las noticias sobre una jovencita
—Si… —susurra entre dientes el policía— Nunca había tropezado con algo igual.  Estaba destrozada cuando la encontramos. Es inimaginable el sufrimiento por el que tuvo que pasar esa niña. Joe… tenía parte del pelaje desgarrado. Fue golpeada, mordida, mutilada… la cola, su preciosa cola, cortada y colocada alrededor de su cuello…
Se le truncó la voz y  unas lágrimas rodaron por su fino pelo color café hasta llegar a las fuertes mandíbulas que apretaba con rabia.
—Tú lo sabes Joe, tú has sido policía, sabes la maldad de algunos, pero esto…
Joe gruñó y se pasó la mano por los mechones amarillentos. Recordaba sus tiempos de defensor de la ley, cuando aún era un joven idealista, ahora sólo era una sombra de aquello. Sus gruñidos y ladridos no asustaban ya a nadie, ni siquiera a los borrachos  que perdían las horas en su bar.
—¿Y sabes lo peor, Joe? No tenemos ni una pista. Nada. Y eso me desespera. Mejor me voy a casa.
Se levantó y se dirigió hacia la puerta, su cola caída denotaba el estado de ánimo en el que se encontraba. Salió a la calle.


—¡Jefe! —el  agudo ladrido del agente Beagle resonó en la oficina — Le buscan ahí fuera.
—¿Cuántas veces te he repetido que no entres de ese modo? —Le recriminó mientras se cogía la cabeza con las dos manos— Tengo un fuerte dolor de cabeza.
La verdad es que admiraba la vitalidad del agente Beagle. Era joven y menudo, pero lo suplía con unas enormes ganas de aprender y ser útil. Sólo que a veces, como hoy, se pasaba con su entusiasmo.
—Diles que pasen.
—Emtren señores, el sargento los recibirá ahora.
El sargento Bloohound apartó la vista de los papeles que estaba revisando y los fijó en los visitantes que entraban en ese momento.
A ella la reconoció enseguida, era Liberty, su amor de instituto y seguía tan guapa como la recordaba. Esos andares felinos, esa suave piel  tan blanca… y esos ojazos verdes, sí, no había cambiado nada.
. Al tipo no lo conocía. Llevaba una cuidada barbita, tenía dos cuernos que apenas le sobresalían de la frente y unos ojos bobalicones. Parecían nerviosos.
—Hola, Liberty, cuánto tiempo ¿en qué puedo ayudarte?
—Verás Mat… —empezó a decir. Su voz era suave.  Había olvidado que ella siempre lo llamaba así.
—Mat, es por Marí, la hija de mi amiga Mildred, ayer no regresó a casa. Estamos muy preocupados —señaló a su acompañante— Es Paul, un buen  amigo y abogado de la familia. Oímos lo de la chica que apareció y… cuando Mildred me llamó, pensé en ti ¿nos ayudarás?
—Mandaré a algunos agentes a hacer preguntas por el barrio. Y hablaremos con sus amigas. Cuando sepamos algo, os avisaremos.
Los acompañó hasta la puerta del despacho.
—Liberty, ¿tu hija Zoe es buena amiga de Marí?. Me gustaría hablar con ella.
—Si, inseparables. Está en casa, pasa cuando quieras.
— Gracias —sonrió— Te llamaré cuando vaya.
    Han pasado dos semanas y la niña no aparece. No han pedido rescate, ni se tienen pistas. El sargento Bloohound teme encontrarla como a la anterior. Eso le tiene de mal humor.
Nadie la vio antes de desaparecer. Sus amigas tampoco saben nada. Tiene una cinta de video donde están las dos, Zoe y Marí, en el cumpleaños de ésta última, pero tampoco saca nada en claro.
La carne sonrosada de Marí esta llena de dentelladas. La sangre resbala por alguna de las heridas. No le quedan fuerzas para chillar a pesar del agudo dolor que siente. La bestia la observa.
—No eres ella, pero servirás.
Y una desagradable sonrisa aparece en su boca, dejando al descubierto unos afilados colmillos.
—¡Jefeee!
Otra vez el maldito Beagle y sus aullidos.
—‘Jefe!, no he podido detenerla, dice que tiene que verle inmediatamente. Un asunto de vida o muerte.
Mientras el agente se disculpaba, una figura cubierta con unos oscuros ropajes,  penetraba en el despacho. Encorvada, se apoyaba en un bastón adornado con la cabeza de una cobra. Su plumaje negro, su afilado pico y sus ojos hundidos, no presagiaban nada bueno.
—Está bien Beagle, déjanos, yo atenderé a la señora —le dijo al agente mientras repasaba a la anciana de arriba abajo. ¿Qué querrá?, se preguntó.
—Buenas tardes sargento, deje que me presente, soy madame Raven y estoy aquí para ayudarle a encontrar a la niña de la celda.
—¿De la celda? —repitió sorprendido el policía.
—Sí. Ayer la vi en un sueño. Un monstruo la torturaba.
El sargento la miró con curiosidad, sin saber qué creer. Conocía el mito de que los de su clase tenían visiones. Se decía que se movían entre los vivos y los muertos. Caminantes entre mundos. Pero eran historias de críos. Cuentos.
Se armó de paciencia.
—Cuénteme que pudo percibir del lugar —le pidió. Total, no tenían nada y se agotaba el tiempo. Estaba dispuesto a aceptar la ayuda que fuera, por insólita que pareciera.
—El sitio donde la tiene es antiguo. Un edificio de piedra que parece abandonado. Hay unas escaleras que llevan a un oscuro y húmedo pasillo. Al final se percibe un poco de claridad. Allí hay una celda con un camastro. Una pequeña ventana es la que da esa luz. La niña está allí. 
—Gracias madame Raven, investigaremos —le dijo, aunque sin poner demasiado énfasis. Se levantó para abrirle la puerta y con la mano extendida, le mostró la salida.
—Sé que no me cree sargento, pero le diré algo más, olía a mar y se escuchaba  una campana. Espero que le sirva.
Mathew se quedó agarrado al pomo de la puerta, perplejo. Pensaba. Edificio viejo, abandonado, con humedad por estar cerca del mar. La boya de las mareas, cuya campana sonaba de tanto en tanto. Sabía cuál era el lugar.
Se oyen pisadas en el lúgubre pasillo. El sonido retumba en las piedras de las paredes.
—Esta noche será tu última noche. No eres ella, debes morir.
Y con la garra derecha, con un limpio movimiento, le desgarró la garganta.
El edificio era un antiguo penal, abandonado desde hace un par de decenas de años, estaba en estado ruinoso. y se encuentraba cerca del mar.
Algunos agentes, con el sargento al mando, se aproximaron con cuidado. La pesada puerta de entrada estba cerrada con un oxidado candado, que se abrió sin ofrecer mayor resistencia.
El interior era tal y cómo lo había descrito la sensitiva, húmedo y maloliente. Unos escalones de piedra se perdían en la negrura. Bajaron con precaución. Las linternas apenas taladraban la oscuridad.

Al final del pasillo estaban las celdas,  todas vacías,  excepto la última.
—Marí… Marí —llamó el sargento.  Ningún sonido llegó del interior.
Entraron. Alguno de los agentes tuvo que salir al no poder soportar la visión de la niña. Debajo de una raída sábana, su cuerpo apareció cubierto de sangre y heridas, mordiscos y profundos arañazos. Y el corte en la garganta, que casi seccionó la cabeza.
El sargento Bloohound contuvo las nauseas mientras la rabia crecía en su interior.
Los dos agentes apostados en la puerta del edificio oyeron un ruido, desenfundaron las armas. Están nerviosos. Una grotesca figura, envuelta en una capa mugrienta, se acercaba tambaleándose-
—¡Alto! —Gritaron a un tiempo los dos agentes —Quédese quieto, somos la policía.
El tipo los miró y buscó algo entre sus ropas. No lo dudaron, dispararon. Cayó muerto en el acto.
En la celda, el sargento reunió las pruebas. Han recogido unos pelos negros, largos y ásperos. De lobo. Las marcas de las heridas también se corresponden con sus zarpas. 
—¡Jefe! ¡Jefe!  —gritó uno de los chicos que había dejado en la entrada —Tiene que venir arriba —dice señalando hacia la escalera con gesto nervioso.
—¿Qué es tan importante?
—El tipo, un tipo…
—Agente Beagle acabe de recoger las pruebas —ordenó mientras se dirigía al exterior.
Sobre el suelo estaba “el tipo”, muerto. Las linternas iluminaron el cuerpo. Era un enorme lobo negro, de amarillentos colmillos y sucias garras. Uno de esos que frecuentaba las cantinas del puerto.
A la mañana siguiente, vistas las pruebas, se dio la noticia de la muerte del asesino. El comisionado, en rueda de prensa, felicitó a sus hombres y aseguró que todo había terminado.
Esa noche Mat, como ella lo llamaba, fue a casa de Liberty para devolverle la cinta de video, una excusa tonta. Solo quería verla. Sentado en el sofá y mientras hablaba con ella, el sargento dirigió la ventana, hacia la oscuridad  y su lomo se erizó. Tiene un mal presentimiento.
Fuera, protegida por la noche, la bestia acecha. Unos crueles ojos rojos y dos pequeños cuernos que apenas sobresalen de su frente, se camuflan entre  la piel de lobo con la que se cubre.
—Zoe, Zoe… —musita.

LA CALLE DONDE VIVE

Consigna: Erótico
Texto
Su calle siempre olía a azahar. Sería por eso que su piel tenía ese perfume impregnado en cada poro. Quererlo era como amar a una flor despertada por el rocío. Suave, húmeda, fresca, de pétalos que empezaban en sus fuertes muslos y terminaban en su pecho hercúleo. Quererlo significaba parar el tiempo, o en su caso no prestarle la mínima atención. Quererlo consistía para mí en el arrebato más incisivo del día. Vivía en mi realidad y esa realidad se trasminaba en mis sueños donde él era el protagonista.
Pero todo tiene un principio y todo ocurre por un destino que siempre está en puja con la casualidad. Destino o casualidad me hicieron arribar a ese pueblo del interior en busca de novedosas lides en un nuevo trabajo, lejos, muy lejos de mi hogar…
Siempre cuesta adaptarse a un nuevo lugar. Sobre todo hasta que haces amigos. Fueron semanas duras, donde mi única compañía eran las latas de cerveza y las series televisivas que veía en mi portátil… los días transcurrían lentos, pesados. Ajenos a mi tristeza.
Ya desde el primer día él me llamó la atención. Caminaba por la acera dispuesto a que las flores de los jardines le tuvieran envidia. Era un hombre atlético, de cabellos largos y ondulantes que le caían como cascadas sobre los hombros. Sus ojos tenían el fulgor de las estrellas, su sonrisa era de esas que hacían que el mundo se detuviera y detuvo mi corazón. Le miré con detenimiento y sentí como mi sexo despertaba de un gran letargo, serpiente dormida y con un hambre voraz. Su pecho era musculoso y se marcaba en su camiseta, cada musculo quería exponerse al mundo. Sus caderas firmes mostraban un trasero digno de perder el sentido. Y yo lo perdí… Me dirigió una de esas miradas con las cuales te roban el sueño antes de entrar en aquellas oficinas donde trabajaba, justo enfrente de mi lugar de mi faena, donde con parsimonia terminaba el segundo cigarro del día.
No negaré que me las apañaba para encender mi pitillo para verlo pasar. Aquellos minutos eran para mí un paraíso mientras le observaba y un infierno cuando aquellas puertas acristaladas se llevaban su figura. El resto del día me las pasaba pensando en él. Miraba por los ventanales hacia el edificio de enfrente pensando que estaría haciendo. Me lo imaginaba inclinado hacia adelante, dejando al descubierto su torso. Sus músculos prietos, con algunas gotitas de sudor, me lo imaginaba mojando sus finos labios dándoles un brillo natural, me imaginaba como se le marcaba en el pantalón.
Por las noches no podía dormirme. Sin quererlo su imagen se adueñaba de mi mente y de forma automática mi miembro se endurecía. Me masturbaba lentamente. En mi cabeza me inventaba las historias más lascivas en las que los dos éramos los protagonistas. Le veía sobre mí, moviendo sus caderas, su pecho en mi boca que relamía sus pezones que me sabían a flores. Mi mano se movía al compás de las imágenes y el orgasmo llegaba triunfante para dejarme una aciaga sensación de culpa.
Creo que el verme allí como un pasmarote día tras día le hizo gracia. Y ya no solo me miraba con esos ojos infinitos si no que me dirigía una sonrisa que me hacía bajar la mirada… Quizás esos ojazos azules me decidieron a dar aquel paso. Podría ser un completo fracaso o el comienzo de algo. Pero no iba a quedarme con la incertidumbre. Me las averigüé para conseguir su nombre en los buzones de la entrada, y le dejé un pequeño paquete y una invitación. Y aquella tarde le esperé en uno de los parques del pueblo. Me entretuve observando a unos chavales que hacían piruetas imposibles con sus tablas de skate. Antes de que llegara  le aventajó su perfume, un aroma fresco e impetuoso. Volví la cabeza y le vi. Llevaba un polo color crema y unos pantalones chinos que dibujaban su paquete, me mordí el labio de deseo, su cabello estaba pulcramente recogido en una cola de caballo y le daba un aspecto imponente. Sonreía y sus ojos tenían ese brillo de la aventura.
-Gracias por la pulsera… ¿cómo adivinaste que me encanta el cuero?  
-Pura suerte-le contesté bajando mis ojos grises-espero no ser muy atrevido.
-¿Qué es la vida si no un puro atrevimiento, si no te lanzas al vacío sin red? Tenemos que aprender a volar. ¿Tú tienes unas alas bonitas?
-Depende de quién me las vea desplegar. Le dije auscultando aquellos ojos de cielo.
Pasamos aquella tarde en la terraza de un café cercano y al despedirnos me besó muy cerca de la comisura de los labios. Sentí su aliento mentolado y quise morderle la boca y perderme en aquel cuello. Me imaginé de espaldas a él, sus manos en mi torso, muy pegado a mí, sintiéndolo fuerte dentro… nos pasamos los números de teléfono y nos fuimos cada uno a su hogar. Él estaría fuera unos días por motivos laborales, no sabía cómo iba a soportarlo.
Esperé como un crío en el día de reyes su mensaje. Impaciente, preso de unos nervios bajo el hechizo de su mirada de océano.
Su whatsapp llegó cuando me vencía el sueño.
“Hola… ¿duermes?”
“¿Dormir?... ¡Imposible!, tu mirada no me deja conciliar el sueño” Le contesté
“Ni a mí tu boca… ¡lo que haría yo con esos labios!”
Estuvimos hasta altas horas de la noche conversando. Me dijo que haría con mis labios, con los suyos. Me dijo que besaría mi espalda, cada rincón de mi piel, como si fuera un terreno inexplorado. Me dijo que se perdería entre mis muslos y que la noche sería tan corta que el día llegaría entre  besos y susurros…
Los días en el trabajo fueron un suplicio, más atento al móvil y a sus ansiados mensajes. A escondidas los leía y hacía que temblara todo mi cuerpo. Se me encendían las mejillas con sus palabras picantes y ardientes. Aquel juego me estaba llevando a un paroxismo casi demente y unas ansias locas de tenerlo entre mis brazos.
Por las noches la mensajería echaba humo. Nos hablábamos hasta altas horas de la madrugada. Implantando un deseo que casi traspasaba la pantalla. Sueños húmedos me invadían. Me veía en aquel mundo onírico amado salvajemente por aquel titán de cabellos como cascadas. Solo veía su boca, sus manos,  su cuerpo desnudo y un torrente de placer que  traspiraba en mis sabanas húmedas.
A él le encantaba ese juego, disfrutaba sabiendo que yo me volvía como loco con cada palabra que me escribía. Aquel rol virtual solo estaba consiguiendo que yo fuera su esclavo y que estuviera rendido a sus pies incluso antes de que me pusiera un dedo encima.
La cita llegó después de días de condena. Se dejó de rogar y cuando vio que yo había perdido casi las esperanzas de verlo me escribió: “¿No vas a venir?” y se me cayó encima la lata de Cocacola light que me estaba bebiendo.
Vestirse así bajo la presión de los nervios no es lo más conveniente cuando tienes una primera cita. Apenas reparé en la ropa que me puse con la esperanza de que no me durara mucho encima y tras pasarme como tres pueblos con el desodorante y la colonia salí por la puerta de mi piso como un colegial los viernes. Ni me fijé en los viandantes que a más seguro se quedaron estupefactos por mis prisas y mi indumentaria improvisada y un par de autos casi me atropellan al cruzar los pasos de peatones sin mirar, con el consiguiente enfado de los conductores.
Caminé por espacio de diez minutos que se me hicieron horas y cuando llegué a una avenida de naranjos el aroma a azahar estaba flotando como un ser vivo que se retorcía por el aire. Me planté como un valiente lacerado por los miedos más indecibles ante el timbre de aquella casa. Cerré los ojos y pulsé el botón.
Primero escuché unos pasos, lentos. ¡Por Dios!, ¿por qué iban tan lentos? Después la puerta se abrió y lo primero que vi fue su sonrisa y aquellos ojos de océano.
-¡Hola!- casi susurró desde el interior- ¿vas a quedarte ahí como un vendedor indeciso o vas a echarle galones y vas a entrar?
Su hogar estaba pulcramente ordenado. Cada cosa en aquella casa seguía un orden establecido. No me lo imaginaba llevado por la pasión tras ver como tenía todo en perfecto estado de revisión. Tenía un gusto excelente y me encantó la decoración casi oriental que gobernaban las habitaciones…con un gesto me invitó pasar al salón. Un enorme cuadro de una lámina del cuadro de Gustav Klimt Serpientes de agua I precedía la pared donde un sofá Chaise Longue reposaba con su elegancia de piel de cuero negra. Olía a incienso y una agradable música de jazz danzaba en el ambiente.
-¿Te gusta Lester Young? Le pregunté sonriéndole tímidamente.
-Fue junto a Dexter Gordon el mejor saxo que ha existido nunca… sus interpretaciones junto a Billie Holiday han sido el mayor canto al amor… ¿Sabes que tema es el que está sonando?
-¡Claro!... es una obra maestra… “The man i love”… Dije casi ruborizándome.
-¡Muy bien, chico me estás sorprendiendo!… Ahora te enseño mi colección de vinilos… nada de cd, ni mp4. No hay mejor forma que escuchar la música que en los long plays, tienen un sonido particular, inimitables.
-Estoy de acuerdo contigo, los vinilos son especiales, impregnados de una magia extraordinaria, suerte que nunca han desaparecido y vuelven a estar de moda.
-¿Quieres una copa?...¿Whisky, Ron..?
-Ron, por favor…
Se alejó hacia la cocina por un ancho pasillo. Llevaba una camisa blanca y un pantalón del mismo color, al estilo ibicenco. El cabello recogido en un moño alto. Le miré el trasero mientras caminaba con delicadeza.
Con la copa en la mano me llevó hasta una pequeña biblioteca donde tenía su gran colección de libros y de vinilos. Mientras me los enseñaba con la otra mano palpaba mi trasero, no pude evitar excitarme y que debajo del calzoncillo comenzara a moverse por sí solo mi pene. Él paso deliberadamente su trasero por mi pantalón, sintiendo mi dureza. Sin previo aviso dejó su copa sobre una mesa y me quitó la mía de las manos. Me miró, y sus ojos ahora eran dos mares embravecidos. Cuando me di cuenta su boca se había acercado mucho a la mía, dijo algo que no entendí y me besó con lentitud. Su lengua recorrió mi boca, sus labios atraparon a los míos mientras me iba despojando de toda la ropa. Sentí sus manos en mi pecho y como su lengua se detuvo en mis pezones. Fue cruel ahí, los lamía, los mordía, hacía círculos por la aureola. Cuando me percaté estaba desnudo ante sus ojos y mi vergüenza. Caímos sobre una gran alfombra y me dejé llevar por él. Me dijo que iba a devorar mi mundo y se perdió entre mis piernas. Creí ver el paraíso cuando su boca se aventuró en mi vientre y sus labios rodearon mi hombría. Después todo fue fuego, saliva y semen…
Cuando regresé a casa y me tumbé en la cama no podía dormir. Me olía la piel, me la acariciaba. Tenía impregnado el aroma de los naranjos en cada poro, el perfume de la calle donde vive. Cerrando los ojos aspiraba ese aroma y me trasportaba hasta sus brazos, hasta sus labios, como navegando entre aquella fragancia y los recuerdos. Aunque me vendaran los ojos encontraría la calle donde vive, su casa. Guiado por la aromática presencia de su pasión…

                                                         FIN