sábado, 25 de junio de 2022

Catatonia

A pesar del paso del tiempo, continuaba extrañando el sabor de sus labios en extenuación. Sumida en un estado profundo de atrocidades y decepciones. Desde que la soledad era mi mejor amiga, ya no podía distinguir cuál era el solsticio que inundaba mis días. Mis sábanas se volvieron frías. Sabía que cuando cerrara los ojos mi mente volvería a volar al cementerio de la paz olvidada.

Y mientras tanto, una vez sucedieron las caídas palpebrales, comenzó la revelación tras el cartel de  NO APTO PARA CORAZONES SIN MORDAZA…”

Me adentraba en un laberinto oscuro, pétreo y vulgar. Pero también extraordinario en cuanto a su forma y tamaño. El vello se erizaba, sintiendo de nuevo la crisis motora de todos mis miembros. Ahí estaba él, esperándome al final del bosque siniestro con una serpiente en sus manos. Intentaba saborearla con sus afilados colmillos. Siempre le gustaba relamerse. Sabía que yo lo observaba, esperando el discurso habitual. Entonces continuaba el ritual mirándome de soslayo. Se le notaba que, una vez más, disfrutaba de la diabólica composición entre fuego, carne trémula y espasmos viperinos. Yo, sin saber por qué, seguía su juego maléfico. Ese encantamiento que me envolvía como enaltece el olor a hierba recién cortada. Me atrapaba el azufre, la sangre y la muerte. Su demoníaca figura me susurraba como un ángel negro cortejando a su sacrificio. Me obligaba a desnudarme en cuerpo y alma. Él los necesitaba a ambos para conseguir su orgásmico propósito.

Siempre me maravilló su autoritaria manera de cautivarme. Aún en sueños, sé que no debería aceptar sus condiciones. Pero no podía hacer nada para evitar aquella muerte sin resurrección, que acontecía noche tras noche. Me preguntaba cómo era posible que una persona con el alma tan pura, estallara en la dicotomía entre la realidad y el onirismo más cruento jamás vivido.

 Mi cuerpo seguía respondiendo mezcla del furor, el pánico y la obsesión. La vergüenza se deslizaba por mi espalda mientras él me acariciaba. Mis manos temblorosas en el candor de su vientre. Y esas palabras, justo las que mi deseo de mujer necesitaba oír, aunque fuera de su boca ensangrentada.

—Aquí estoy, pobre princesa. De nuevo para perturbar tu sueño. Para mostrarte lo que puedo hacer con un alma solitaria que necesita respuestas de su vida cruel.

Mi réplica siempre era el silencio. Mudez de la incertidumbre en un abismo que nunca me atrevía a cruzar. Mi boca solo podía susurrar a mi culpabilidad sin aliento, esclava de mis secretos.

Solía tomarme de su huesuda mano. Me arrastraba sobre una superficie de fuego y roca. Mis pies descalzos estaban anestesiados pese a su mirada, que me atravesaba como mil puñales y me hacía deslizar lágrimas sangrientas.

Llegamos a la lúgubre habitación. Esa que ya era mía. Sus paredes tenían nuestro aroma mezclado con las grietas del papel pintado. Las ventanas quebradas y mugrosas crujían por el viento de las brujas que braseaba mi rostro a medida que atravesaba las roturas de algunos cristales. Yo continuaba sin poder ser dueña de mi cuerpo. Todo estaba en sus garras. Mi piel, huérfana desde su abandono, sentía la poderosa atracción del deseo que nunca debió morir.

Me acomodó en la bañera dorada con agua del manantial de la vida eterna. Volvió a mostrarme el espejo de las almas robadas. Entonces, me reconocía en el reflejo entre luces de neón. Otra vez, la música estridente y los restos de drogas y alcohol inundaban mi olfato en una danza mortal. Y así comenzó a envenenarme con su voz rota.

 —¿Quieres este final? ¿No te asusta? Solo tienes que continuar siendo mi dama de la noche. Entregarme tu cuerpo y tu voluntad para que pueda hacer de ti la diosa indemne ante los pecados del hombre y la inmundicia de la vida. Inmortal. Poderosa. Endiabladamente mía. Jerarca que se alimenta de todos los que te deben pleitesía.

Entretanto, yo seguía sin palabras. Solo llanto. Al instante, tuve la sensación de que mis piernas me abandonaban. Me debatía entre el olor nauseabundo de la maldad y el aroma de la santidad, que me llamaba en forma de flores de azahar. Siempre era así. Sol y sombra. Albor y ocaso. Pasto o sequía.

Mi cuerpo estaba sumergido, pero mi alma agonizaba entre el mutismo y la parálisis de mis brazos. Él sonreía, airoso por haber conseguido la meta. Me había llevado nuevamente a la parte más irracional y amortajada del sexo, del sacrificio. Supongo que su alegría mordaz se debía a que, en su fuero interno, intentaría vencerme una vez más en la siguiente noche. ¿Será?

De repente, desperté. Transpirada y agitada. No era posible que desde que mi amor me abandonó, mi vida apuntaba entre el satanismo y la decadencia. Nadie podía adentrarse en mi estado noctámbulo, salvo las tinieblas. Ninguna terapia sería capaz de sanar los cubículos en los que se había convertido mi ser. Siempre la misma pesadilla. Siempre el mismo desgarro. Siempre su ausencia. El castigo a mi osadía por querer abrazar lo que el destino le regaló a otra. La nauseas por el hedor a viento caliente y su aliento insalubre provocaron una emesis y, al cabo de unos minutos, pude calmarme.

Él se marchó, pero el espejo seguía vigilándome. Solo este trozo de cristal y yo conocíamos la fase siguiente. Esta vez despierta, sin obnubilaciones, con los ojos abiertos y el corazón cerrado. Me acerqué despacio. El crujido de la madera del suelo bajo mis pies hacía recorrer una gota de sudor, deslizándose por mi pecho erguido. A cada paso, la humedad aumentaba. El frío se apoderaba de mí para adentrarme en el siguiente mundo. Ese que él conocía. Ese que me otorgó el juego de voluntades. Tomé el espejo con el último aliento que me restaba en aquella madrugada de arrepentimientos en deja vú

Era un campo de sueños desvanecidos. Oscuridad, estrellas y un solo árbol, en hectáreas y hectáreas de espino y arbustos secos. Un chico iba de su mano. El espantapájaros de la estepa maldita lo llamaban. El cuervo, que nunca se separaba de él, era una seña de identidad. Su chistera, agujereada por el tiempo y la codicia, precedía su porte. Todos le temían por su voz ronca y las verrugas y las cicatrices de su rostro. Sus horribles cuentos eran narrados para que los niños nunca despertaran. Era su enviado más leal. Cada noche, después de nuestro encuentro, se vanagloriaba de mostrármelo. Paseando de la mano de mi tesoro más preciado.

Estaba convencida que en la operación de compra venta de mi alma nunca volvería a entregármelo. Él sabía cómo provocar en mí la sensación de desapego, de ser la peor madre del mundo.

En el contrato no figuraba la tan necesaria letra pequeña. Esa cláusula invisible ante los ojos del ejecutado. Aquella en la que “la abajo firmante” moriría de forma inevitable. Fui capaz, sin saberlo, de involucrar a mi pequeño en ese ejercicio de desesperación que la vida me obligó a negociar. Esa fue mi verdadera perdición. Nunca pude entender cómo fui capaz de vender sin saber lo que él compraba.

Esta vez, el estado de mutismo y la parálisis de mi cuerpo eran una realidad vencida. El castigo a su premio. Ese que solo con la valentía de un amanecer, afrontando realidades, podía hacerlo desaparecer del espejo. Pero yo seguía viendo a mi hijo entre aquellas ramas raídas, en aquel tronco de árbol con olor a sangre y cabezas cortadas. No pude evitar volver a llorar. Esta vez, las lágrimas eran de sal y desesperanza. Sabía que nada me lo devolvería salvo la paz de mi alma. Siendo la vencedora de mis propios fantasmas. Era la condición sine qua non. Condena eterna.

Pero todo el mundo sabe que no hay manera de vencer al diablo, porque la vida siempre te golpea y tiene garantizada la derrota para quienes sufrimos el desamor eterno. No hay consuelo. No hay retorno después de los grises. No hay nada después de la nada.

Volví a la cama, resignada y dolorida porque mis piernas aún sentían calambres y mi alma seguía maldita y podrida. Las risas de mi cielo retumbaban en mi cabeza como un tsunami. Alejadas cada vez más de mis oídos, pero más cerca de mi corazón, siempre dentro. Eran el motor que me regresaba a la vida después de morir cada noche.

El sol aparecía entreverado por las persianas. Siempre fue un noviembre dulce, hasta que me dejó sola. Sus caricias eran el único poema que necesitaba ser recitado. Ya había pasado más de un año de su partida y todavía seguía sintiendo el calor de sus besos cuidando mis cicatrices. Abrazando mis temores. Anestesiando la demora del tiempo. Ya nada sería sin ser suya. Jugó malabares con mi vida. La convirtió en un circo, conmigo como única atracción. Esa que se expone a las burlas y los comentarios jocosos. Esa que no era yo, pero él transformó en el engendro que deambulaba sin horizonte.

Dicen que la esperanza es lo último que se pierde, pero yo perdí mucho más que un amor y un hijo. Ya nunca pude reconocerme en el espejo bueno. Ese que muestra a la mujer con carmín en los labios y vida en los sueños.

Las cuitas fueron, desde entonces, las únicas compañeras de un viaje entre el café de la mañana y el cigarrillo de la tarde. Y lo peor era que ya quedaba menos tiempo para que volviera de nuevo el anochecer.

 Escrito por Blanca Santos

Consigna: Escribe un relato basándote en las tres imágenes adjuntas.


 

 

 

 

 

 

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