Por Segadora Nocturna
El amanecer no terminaba de llegar.
La segadora podía sentir su llegada y estaba lista
para terminar el trabajo del día.
El frío de la tierra se le metía al cuerpo por los
pies descalzos, el peso de la faldriquera no era nada comparado con el peso de
la hoz de esa noche.
La hoz siempre pesaba, solo había días en que ese peso
se hacía casi insoportable. Pero tenía un trabajo y siempre lo hacía, aunque
fuera difícil.
La segadora no estaba sola en el campo, a su izquierda
se aproximo lentamente un joven, si alguien pudiera verlos se sorprendería de
la disparidad de esa pareja: una mujer joven con toda la pinta de campesina y
un mozuelo punk de cabello largo y pinchos por todos lados.
—¿Día largo? —preguntó mientras la saludaba con un
movimiento de cabeza, la segadora alcanzó a distinguir como la ropa del chico
parecía moverse bajo la chamarra de cuero, aunque no hacía viento.
—No tienes idea. —Respondió apretando la hoz entre los
dedos, intentando relajar los músculos del brazo derecho, realmente el peso era
casi insoportable en ese momento.
El sol por fin se digno a soltar un pequeño rayo para
iluminar el campo, en el horizonte pudieron distinguir como la tela que separa
este mundo y el que sigue se hacía mas delgada, solo por unos minutos, cuando
la luz solar desplaza las sombras nocturnas es el momento exacto para que las
almas segadas en este mundo pasen al siguiente.
El chico comenzó a acercarse a la abertura, mientras
abría los brazos y sacudía su cuerpo, de su ropa empezaron a desprenderse
pequeños seres: serpientes, tarántulas, incluso una salamandra que reptó sin
prisa, pero sin pausa hasta la abertura y desapareció del otro lado. El chico
siempre traía muchas almas, los animales exóticos morían al por mayor todos los
días.
—Te sorprendería lo que las personas intentan
domesticar estos días.
Dijo mirándola mientras de la bolsa de la cazadora de
cuero sacaba con mucho cuidado el alma de un escorpión negro, que para la
segadora se veía bastante amenazante.
—Este amiguito se llevó a su dueño con él, ya sabes,
destrucción mutua asegurada.
Encogiéndose de hombros se acercó aún más a la
abertura y con cuidado dejo al pequeño escorpión cerca para que siguiera su
propio camino.
La segadora miraba al muchacho con curiosidad y un
poco de temor.
—¿Te encontraste con Él? —El chico la miró, no había
necesidad de explicar a quién se refería con “Él”.
—Sí —contestó bajito —no me lo recuerdes, sigue igual…
capa y capucha negra, puro hueso en el interior y una guadaña gigante, como si
la necesitara para que las personas comprendan quien es él. Mejor dime ¿cómo te
fue a ti? No te ves muy bien.
—Estoy bien, siempre lo estoy, tengo que estarlo.
La segadora se acercó a la abertura, se puso en
cuclillas y de su faldriquera empezó a sacar pequeñas almas. Su trabajo también
era con mascotas, pero a ella le tocaban mamíferos: conejos, gatos, cuyos, uno
que otro hámster y perros… le tocaban los perros.
Después del medio día
había llegado a ese patio, un patio normal, de buen tamaño para un perro pequeño,
una caseta para resguardarse de los elementos, su plato de comida aún con
croquetas y dos platos de agua porque en estos días hacía mucho calor.
El perro era un maltes
de pelo largo que le tapaba los ojos, estaba sentado muy quieto mirando hacia ella,
pero movía la cola dándole la bienvenida. Los animales muy raramente se
asustaban al percibirla, tenían un sexto sentido para saber que era su hora
natural de pasar al siguiente plano. Gracias al universo su trabajo era con
animales que morían de forma natural y no con accidentados.
—Hola —saludó sin
levantar la voz. Le acarició la cabeza echándole el pelo hacia atrás y se dio
cuenta que sus ojitos estaban velados por una nube blanca. El perro no podía
verla.
Para poder cumplir con
su trabajo, la segadora era capaz de comunicarse con las almas que tenía que
segar, no era como si hablaran, simplemente podía entenderlos. Con un solo roce
conocía toda su historia, toda su vida: en este caso, la vida de Aris, nombre
completo Aristóteles, no había comenzado de forma fácil, nacido en la calle,
producto de endogamia entre su jauría, no le habían tocado los mejores genes.
Desde pequeño era ciego y no tenía más que dos muelas, pero a pesar de eso una
vez que lo adoptaron su vida fue buena.
Su amo tenía catorce
años cuando lo adoptaron, ahora era un joven de casi veinticuatro, al que le
gustaba pasar tiempo con él. Podían jugar a “traer la pelota” no la veía, pero
oía muy bien y su olfato era de los mejores. En pocas palabras Aris era un
perro feliz, un perro feliz y cansado, cada día sentía como su cuerpo se
revelaba en contra de él, no tenía la misma energía de antes y simplemente
estaba cansado.
Después de la caricia,
el pequeño perro se acostó de costado y le hizo saber que estaba listo, la
segadora se acercó con calma, sintiendo el peso de la hoz y con suma delicadeza
tocó el pecho de Aris con la afilada punta.
El alma se desprendió
del cuerpo, sus ojos estaban claros por primera vez, con asombró miró a su
alrededor reconociendo su espacio y comenzó a correr de alegría alrededor de la
segadora.
En ese momento la
puerta se abrió, un hombre joven estaba parado en el umbral, murmuró bajito el nombre
de su mascota.
—¿Ari? —el perro no se
movió, ya no estaba ahí para hacerlo.
—¿Quieres quedarte un
poco más? —le preguntó la segadora al cachorro.
—No, consolarlo ya no
me corresponde a mí.
La segadora lo levantó
con delicadeza y se fueron de ahí. Era un buen chico y merecía una buena vida
después de esta.
En el campo, con la abertura al otro lado a punto de
cerrar, la segadora puso a Ari en la tierra, el olisqueó un poco alrededor
absorbiendo el amanecer que veía por primera vez, la miró y comenzó a trotar
moviendo alegremente el rabo hacia el otro lado del arcoíris.
El peso de la hoz es grande, pero hoy casi había sido
insoportable.
Consigna: En base a la pintura El canto de la alondra (1884) de Jules Breton, debés escribir un relato del género que prefieras.

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