martes, 14 de julio de 2026

Argentum

 Por Parabellum


El ejército avanzaba con la lentitud de quien desafía la montaña. La nieve castigaba los rostros, el viento cortaba la respiración y los cascos de las mulas se hundían en senderos que parecían trazados por gigantes. Nadie hablaba más de lo necesario. Cada hombre reservaba sus fuerzas para el siguiente paso.

El general José de San Martín conocía de memoria las penurias del Cruce de los Andes. Había previsto el frío, la altura, el hambre y el cansancio. Incluso la posibilidad de perder soldados antes de enfrentar al enemigo.

Pero no aquello.

La primera desaparición ocurrió durante una noche de luna llena. Un centinela abandonó su puesto para investigar un aullido que descendía desde las laderas. Al amanecer solo encontraron su fusil, un reguero de sangre sobre la nieve y unas huellas enormes que se internaban entre las rocas.

Nadie quiso decirlo en voz alta. Los baqueanos se persignaban al caer la tarde. Los arrieros murmuraban antiguas historias aprendidas de los pueblos cordilleranos. Hablaban de una criatura que caminaba erguida como un hombre, pero cazaba como una bestia. Decían que aparecía únicamente cuando la luna iluminaba las cumbres. Los oficiales atribuyeron las muertes a un puma. Los soldados sabían que un puma no dejaba huellas con forma de manos.

Cuando un segundo hombre desapareció a la noche siguiente, el rumor terminó por llegar al campamento del general.

San Martín escuchó el informe sin interrumpir al capitán. Permaneció en silencio unos segundos, observando las montañas que comenzaban a teñirse de azul bajo la luz del atardecer.

—Esta noche saldré yo.

El capitán creyó haber oído mal.

—Mi general... ¿usted?

San Martín tomó su sable, acomodó el poncho sobre los hombros y respondió con una serenidad que heló más que el viento de la cordillera.

—Si hay una bestia acechando a mis hombres, será mejor que me encuentre a mí primero.

El capitán intentó insistir, pero San Martín ya había salido de la tienda. Tomó su sable, una pistola de chispa y una linterna de aceite. Solo pidió que nadie lo siguiera.

La luna llena iluminaba la nieve con un resplandor fantasmal. El silencio era tan profundo que el crujido de sus botas sobre el hielo parecía un disparo. Caminó durante casi una hora siguiendo las huellas encontradas esa mañana. No eran las de un animal ni las de un hombre. Eran una mezcla imposible de ambas.

De pronto, un aullido desgarró la noche. Provenía de un bosque de lengas, unos metros más arriba. San Martín desenvainó el sable y avanzó sin vacilar.

Entre los árboles distinguió una figura enorme. Caminaba erguida, cubierta de un pelaje oscuro que se confundía con la sombra. Sus ojos amarillos brillaban como brasas bajo la luna llena.

La criatura también lo había visto. Durante unos segundos, ninguno de los dos se movió. La bestia rugió y cayó sobre él con la violencia de un alud. San Martín rodó por la nieve y apenas alcanzó a interponer el sable entre las fauces abiertas. El acero vibró bajo el peso del monstruo.

Aprovechando un instante de desequilibrio, giró sobre el talón izquierdo, esquivó una nueva embestida y, con un movimiento ascendente aprendido tras años de campaña, hundió el sable bajo el pecho de la criatura.

La hoja atravesó carne, hueso y corazón. Un alarido inhumano estremeció la cordillera. La fiera retrocedió tambaleándose. Sus ojos amarillos se clavaron en los del general con una mezcla de odio y sorpresa. Dio dos pasos vacilantes, perdió el equilibrio al borde del precipicio y desapareció en la oscuridad del barranco.

El eco de la caída tardó varios segundos en apagarse.

San Martín permaneció inmóvil, con la respiración agitada y el sable aún extendido. Había visto morir a muchos hombres. Ninguno podía sobrevivir a una herida semejante. Limpió la hoja en la nieve y emprendió el regreso al campamento convencido de que el peligro había terminado.

Al amanecer, un grito desgarró el campamento.

Un centinela yacía muerto a pocos metros de su puesto. El cuerpo presentaba las mismas heridas que las víctimas anteriores.

San Martín observó las enormes huellas marcadas sobre la nieve y sintió un escalofrío que nada tenía que ver con el frío de la montaña.

Él mismo había atravesado el corazón de aquella criatura, sin embargo, seguía viva. Escuchó el informe del nuevo ataque sin decir una palabra. Cuando terminó, pidió que llamaran al capellán.

El sacerdote observó las huellas dibujadas sobre un cuero y escuchó el relato del combate.

—¿Dice usted que le atravesó el corazón?

—Con mi propio sable, padre.

El capellán bajó la mirada. Permaneció unos instantes en silencio antes de responder.

—Entonces no era un hombre.

San Martín frunció el ceño.

—Explíquese.

—En Europa conocí relatos semejantes. Los llamaban licántropos... hombres lobo. Criaturas condenadas que no pueden morir por el hierro ni por el plomo.

—¿Y cómo se las mata? —preguntó don José. Le resultaba difícil aceptar la existencia de semejante criatura. Sin embargo, él era católico, creía en el misterio de la transubstanciación. No podía simplemente descartar que hubiera otros secretos entre el cielo y la tierra.

El sacerdote levantó la vista.

—Con plata. Argentum, en latín.

—Argentum... —repitió San Martín.

—El mismo metal que dio nombre al Río de la Plata. Dicen que la plata purifica aquello que la oscuridad corrompe.

Don José se acercó al herrero y explicó lo que quería:

—¿Cuánta plata necesitaremos? —le preguntó.

—La suficiente para recubrir el filo de un sable —respondió el herrero.

En pocos minutos comenzaron a aparecer monedas, medallas, rosarios, anillos y pequeñas reliquias de plata. Nadie preguntó si volverían a recuperarlas, a pesar de que la mayoría tenía gran valor sentimental. Aquella noche, cada hombre entregó una parte de sí para salvar a todos.

El herrero retiró el sable de la fragua portátil con unas tenazas. La hoja irradiaba un fulgor distinto. Ya no era el brillo del acero, sino el resplandor blanquecino de la plata fundida, parecía que la misma luna habitaba en él.

San Martín lo tomó entre sus manos y comprobó su equilibrio. El peso apenas había cambiado. El capellán terminó de bendecirlo. Luego lo enfundó lentamente y levantó la vista hacia el cielo.

La luna llena acababa de asomar detrás de las montañas.

—Que nadie me siga —ordenó.

Ningún hombre discutió la orden.

El general se internó solo entre las rocas. La nieve amortiguaba sus pasos y el viento formaba remolinos blancos que ocultaban el sendero. A cada instante tenía la sensación de que alguien lo observaba.

Entonces escuchó el aullido. Esta vez no sonó lejano. Sonó detrás de él.

San Martín giró justo a tiempo para bloquear el zarpazo. Las garras chocaron contra el sable y las chispas iluminaron la noche. La fuerza del impacto lo lanzó varios metros cuesta abajo.

La criatura era aún más imponente que la noche anterior. La herida que le había atravesado el pecho seguía abierta, pero no sangraba. Bajo la luz de la luna parecía una herida condenada a no cerrar jamás.

El hombre lobo sonrió mostrando los colmillos.

—Aprendes rápido, general...

No era un rugido. Era una voz humana deformada por la maldición.

La bestia volvió a atacar.

San Martín esquivó la primera embestida, pero la segunda lo alcanzó de lleno. Las garras desgarraron su uniforme y le abrieron un profundo corte en el hombro. El sable escapó de su mano lejos de su alcance.

El monstruo avanzó lentamente.

—Has peleado con ejércitos... pero nunca contra la noche.

San Martín retrocedió hasta sentir el vacío del precipicio detrás de sus botas. No tenía salida.

El hombre lobo saltó para rematarlo. En el último instante, San Martín se dejó caer de rodillas y sintió el aire que desplazaban la garras al pasar sobre su cabeza. Rodó por la nieve, aferró el sable con ambas manos y, antes de que el monstruo pudiera girarse, lanzó un certero tajo ascendente. El filo cubierto de plata atravesó nuevamente el pecho de la bestia.

Esta vez el alarido fue distinto. No era de furia, era de dolor.

Una luz plateada comenzó a extenderse por todo su cuerpo. El pelaje se desprendía como ceniza arrastrada por el viento. Poco a poco, el monstruo recuperó la forma humana.

Antes de morir, levantó la vista hacia San Martín.

—Gracias...

Fue la única palabra que alcanzó a pronunciar.

Poco después, San Martín regresó al campamento. Caminaba con dificultad. El uniforme estaba desgarrado y el hombro sangraba bajo el poncho. En su mano derecha sostenía el sable, cuyo filo aún conservaba un tenue resplandor plateado.

Ningún soldado preguntó qué había ocurrido. Bastó ver que el general volvía solo.

El capellán se acercó, observó el arma y esbozó una leve sonrisa.

—Hoy fue el argentum el que venció.

San Martín negó con la cabeza mientras devolvía el sable a la vaina.

—No, padre. Fue la unión de estos hombres la que venció. Ninguno dudó en desprenderse de lo poco que tenía para salvar a los demás. Sin ese sacrificio, este sable no habría sido más que un pedazo de acero.

El sacerdote contempló a los soldados, que comenzaban a preparar la marcha como si nada hubiera ocurrido. Luego levantó la vista hacia las montañas y dijo en voz baja:

—Argentum... Plata. Quizá sea una señal. Tal vez algún día estas tierras sean conocidas por ese nombre, para recordar que no fue el metal, sino la unión de su gente, la que venció a la oscuridad.

San Martín guardó silencio. Ajustó el sable al cinto y montó su caballo.

—En marcha. Aún queda un continente por liberar.

El Ejército de los Andes reanudó el cruce mientras el primer rayo de sol borraba las últimas huellas de la bestia sobre la nieve.


Consigna: Escribí un relato basado en la portada del libro de Federico Monzón.

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