Por Parabellum
El ejército avanzaba con la lentitud de
quien desafía la montaña. La nieve castigaba los rostros, el viento cortaba la
respiración y los cascos de las mulas se hundían en senderos que parecían
trazados por gigantes. Nadie hablaba más de lo necesario. Cada hombre reservaba
sus fuerzas para el siguiente paso.
El general José de San Martín conocía de
memoria las penurias del Cruce de los Andes. Había previsto el frío, la altura,
el hambre y el cansancio. Incluso la posibilidad de perder soldados antes de
enfrentar al enemigo.
Pero no aquello.
La primera desaparición ocurrió durante
una noche de luna llena. Un centinela abandonó su puesto para investigar un
aullido que descendía desde las laderas. Al amanecer solo encontraron su fusil,
un reguero de sangre sobre la nieve y unas huellas enormes que se internaban
entre las rocas.
Nadie quiso decirlo en voz alta. Los
baqueanos se persignaban al caer la tarde. Los arrieros murmuraban antiguas
historias aprendidas de los pueblos cordilleranos. Hablaban de una criatura que
caminaba erguida como un hombre, pero cazaba como una bestia. Decían que
aparecía únicamente cuando la luna iluminaba las cumbres. Los oficiales
atribuyeron las muertes a un puma. Los soldados sabían que un puma no dejaba
huellas con forma de manos.
Cuando un segundo hombre desapareció a la
noche siguiente, el rumor terminó por llegar al campamento del general.
San Martín escuchó el informe sin
interrumpir al capitán. Permaneció en silencio unos segundos, observando las
montañas que comenzaban a teñirse de azul bajo la luz del atardecer.
—Esta noche saldré yo.
El capitán creyó haber oído mal.
—Mi general... ¿usted?
San Martín tomó su sable, acomodó el
poncho sobre los hombros y respondió con una serenidad que heló más que el
viento de la cordillera.
—Si hay una bestia acechando a mis
hombres, será mejor que me encuentre a mí primero.
El capitán intentó insistir, pero San
Martín ya había salido de la tienda. Tomó su sable, una pistola de chispa y una
linterna de aceite. Solo pidió que nadie lo siguiera.
La luna llena iluminaba la nieve con un
resplandor fantasmal. El silencio era tan profundo que el crujido de sus botas
sobre el hielo parecía un disparo. Caminó durante casi una hora siguiendo las
huellas encontradas esa mañana. No eran las de un animal ni las de un hombre.
Eran una mezcla imposible de ambas.
De pronto, un aullido desgarró la noche. Provenía
de un bosque de lengas, unos metros más arriba. San Martín desenvainó el sable
y avanzó sin vacilar.
Entre los árboles distinguió una figura
enorme. Caminaba erguida, cubierta de un pelaje oscuro que se confundía con la
sombra. Sus ojos amarillos brillaban como brasas bajo la luna llena.
La criatura también lo había visto. Durante
unos segundos, ninguno de los dos se movió. La bestia rugió y cayó sobre él con
la violencia de un alud. San Martín rodó por la nieve y apenas alcanzó a
interponer el sable entre las fauces abiertas. El acero vibró bajo el peso del
monstruo.
Aprovechando un instante de desequilibrio,
giró sobre el talón izquierdo, esquivó una nueva embestida y, con un movimiento
ascendente aprendido tras años de campaña, hundió el sable bajo el pecho de la
criatura.
La hoja atravesó carne, hueso y corazón.
Un alarido inhumano estremeció la cordillera. La fiera retrocedió tambaleándose.
Sus ojos amarillos se clavaron en los del general con una mezcla de odio y
sorpresa. Dio dos pasos vacilantes, perdió el equilibrio al borde del
precipicio y desapareció en la oscuridad del barranco.
El eco de la caída tardó varios segundos
en apagarse.
San Martín permaneció inmóvil, con la
respiración agitada y el sable aún extendido. Había visto morir a muchos
hombres. Ninguno podía sobrevivir a una herida semejante. Limpió la hoja en la
nieve y emprendió el regreso al campamento convencido de que el peligro había
terminado.
Al amanecer, un grito desgarró el
campamento.
Un centinela yacía muerto a pocos metros
de su puesto. El cuerpo presentaba las mismas heridas que las víctimas
anteriores.
San Martín observó las enormes huellas
marcadas sobre la nieve y sintió un escalofrío que nada tenía que ver con el
frío de la montaña.
Él mismo había atravesado el corazón de
aquella criatura, sin embargo, seguía viva. Escuchó el informe del nuevo ataque
sin decir una palabra. Cuando terminó, pidió que llamaran al capellán.
El sacerdote observó las huellas dibujadas
sobre un cuero y escuchó el relato del combate.
—¿Dice usted que le atravesó el corazón?
—Con mi propio sable, padre.
El capellán bajó la mirada. Permaneció
unos instantes en silencio antes de responder.
—Entonces no era un hombre.
San Martín frunció el ceño.
—Explíquese.
—En Europa conocí relatos semejantes. Los
llamaban licántropos... hombres lobo. Criaturas condenadas que no pueden morir
por el hierro ni por el plomo.
—¿Y cómo se las mata? —preguntó don José.
Le resultaba difícil aceptar la existencia de semejante criatura. Sin embargo,
él era católico, creía en el misterio de la transubstanciación. No podía
simplemente descartar que hubiera otros secretos entre el cielo y la tierra.
El sacerdote levantó la vista.
—Con plata. Argentum, en latín.
—Argentum... —repitió San Martín.
—El mismo metal que dio nombre al Río de
la Plata. Dicen que la plata purifica aquello que la oscuridad corrompe.
Don José se acercó al herrero y explicó lo
que quería:
—¿Cuánta plata necesitaremos? —le preguntó.
—La suficiente para recubrir el filo de un
sable —respondió el herrero.
En pocos minutos comenzaron a aparecer
monedas, medallas, rosarios, anillos y pequeñas reliquias de plata. Nadie
preguntó si volverían a recuperarlas, a pesar de que la mayoría tenía gran
valor sentimental. Aquella noche, cada hombre entregó una parte de sí para
salvar a todos.
El herrero retiró el sable de la fragua
portátil con unas tenazas. La hoja irradiaba un fulgor distinto. Ya no era el
brillo del acero, sino el resplandor blanquecino de la plata fundida, parecía
que la misma luna habitaba en él.
San Martín lo tomó entre sus manos y comprobó
su equilibrio. El peso apenas había cambiado. El capellán terminó de bendecirlo.
Luego lo enfundó lentamente y levantó la vista hacia el cielo.
La luna llena acababa de asomar detrás de
las montañas.
—Que nadie me siga —ordenó.
Ningún hombre discutió la orden.
El general se internó solo entre las
rocas. La nieve amortiguaba sus pasos y el viento formaba remolinos blancos que
ocultaban el sendero. A cada instante tenía la sensación de que alguien lo
observaba.
Entonces escuchó el aullido. Esta vez no
sonó lejano. Sonó detrás de él.
San Martín giró justo a tiempo para
bloquear el zarpazo. Las garras chocaron contra el sable y las chispas
iluminaron la noche. La fuerza del impacto lo lanzó varios metros cuesta abajo.
La criatura era aún más imponente que la
noche anterior. La herida que le había atravesado el pecho seguía abierta, pero
no sangraba. Bajo la luz de la luna parecía una herida condenada a no cerrar
jamás.
El hombre lobo sonrió mostrando los
colmillos.
—Aprendes rápido, general...
No era un rugido. Era una voz humana
deformada por la maldición.
La bestia volvió a atacar.
San Martín esquivó la primera embestida,
pero la segunda lo alcanzó de lleno. Las garras desgarraron su uniforme y le
abrieron un profundo corte en el hombro. El sable escapó de su mano lejos de su
alcance.
El monstruo avanzó lentamente.
—Has peleado con ejércitos... pero nunca
contra la noche.
San Martín retrocedió hasta sentir el
vacío del precipicio detrás de sus botas. No tenía salida.
El hombre lobo saltó para rematarlo. En el
último instante, San Martín se dejó caer de rodillas y sintió el aire que
desplazaban la garras al pasar sobre su cabeza. Rodó por la nieve, aferró el
sable con ambas manos y, antes de que el monstruo pudiera girarse, lanzó un
certero tajo ascendente. El filo cubierto de plata atravesó nuevamente el pecho
de la bestia.
Esta vez el alarido fue distinto. No era
de furia, era de dolor.
Una luz plateada comenzó a extenderse por
todo su cuerpo. El pelaje se desprendía como ceniza arrastrada por el viento.
Poco a poco, el monstruo recuperó la forma humana.
Antes de morir, levantó la vista hacia San
Martín.
—Gracias...
Fue la única palabra que alcanzó a
pronunciar.
Poco después, San Martín regresó al
campamento. Caminaba con dificultad. El uniforme estaba desgarrado y el hombro
sangraba bajo el poncho. En su mano derecha sostenía el sable, cuyo filo aún
conservaba un tenue resplandor plateado.
Ningún soldado preguntó qué había
ocurrido. Bastó ver que el general volvía solo.
El capellán se acercó, observó el arma y
esbozó una leve sonrisa.
—Hoy fue el argentum el que venció.
San Martín negó con la cabeza mientras
devolvía el sable a la vaina.
—No, padre. Fue la unión de estos hombres
la que venció. Ninguno dudó en desprenderse de lo poco que tenía para salvar a
los demás. Sin ese sacrificio, este sable no habría sido más que un pedazo de
acero.
El sacerdote contempló a los soldados, que
comenzaban a preparar la marcha como si nada hubiera ocurrido. Luego levantó la
vista hacia las montañas y dijo en voz baja:
—Argentum... Plata. Quizá sea una señal.
Tal vez algún día estas tierras sean conocidas por ese nombre, para recordar
que no fue el metal, sino la unión de su gente, la que venció a la oscuridad.
San Martín guardó silencio. Ajustó el
sable al cinto y montó su caballo.
—En marcha. Aún queda un continente por
liberar.
El Ejército de los Andes reanudó el cruce mientras el primer rayo de sol borraba las últimas huellas de la bestia sobre la nieve.
Consigna: Escribí un relato basado en la portada del libro de Federico Monzón.
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