jueves, 11 de marzo de 2021

La Bestia

 

 


¡¡RECOMPENSA!!

30 MONEDAS DE ORO

Para quien dé caza a la bestia que está matando a las cabezas de ganados de los vecinos del pueblo y a los ciervos del coto privado de caza del Duque.

Los ataques han ocurrido durante el alba de diferentes días.

 

—Eso solo traerá a caza-recompensas sin escrúpulos al pueblo y acabarán con todos los animales del bosque —comentó una muchacha con un tatuaje cerca del ojo derecho que observaba como el alguacil colgaba el cartel que acababa de leer en voz alta para que el mensaje llegase a todos los vecinos de la aldea.

—¡Mejor! —le respondió un hombre ya entrado en años—. Así no perderemos nuestro ganado. Nos llevan a la ruina.

—Pero se acabamos con todos los depredadores, la población de conejos se disparará y acabarán con nuestras cosechas y eso también nos llevaría a la ruina —repuso de nuevo la muchacha.

—¡Eso! Mi familia vive de las cosechas —se escuchó otra voz.

—¡Y la mía! —gritó una mujer enjuta vestida de luto—. Tuvimos que vender la vaca que nos dejó en herencia mi padre para pagar las deudas.

La crispación entre los vecinos comenzó a crecer y las discusiones entre los que pedían defender la ganadería y los que querían defender la agricultura se fueron dividiendo en pequeños grupos que en breve llegarían a las manos.

De la taberna del pueblo salió un forastero que se montó en su caballo. Antes de partir, y llamado por el tumulto, se acercó a la muchedumbre. Se abrió paso con su corcel hasta el letrero, y tras preguntarle a un aldeano que estaba próximo al mismo, se dirigió al resto de los allí congregados.

—¡Yo acabaré con La Bestia! —exclamó para llamar la atención de los presentes. Cuando el bullicio fue disminuyendo, repitió su mensaje—. ¡Yo acabaré con La Bestia! No será la primera ni la más fiera que venzo. Mi nombre es Ralph. Ralph El Norteño me llaman por estos lares.

Se escucharon susurros de aprobación y se vieron gestos de asentimiento. Algunos afirmaban conocerlo y otros decían haber oído de sus trabajos.

—Yo acabé con las Sierpes de Burgo Alto, también me enfrenté al Uro de Portvalley y salí victorioso ante la Hidra de Tavarés. Me pondré a ello esta misma noche. ¡Que alguien me de cobijo para descansar y alimente a mi caballo! —ordenó.

La multitud se fue disgregando ya habiendo olvidado la discusión que tenían unos con otros y poniendo toda su fe en el caza-recompensas. Un joven imberbe conducía el caballo del nuevo héroe local a los establos de su familia, mientras sus padres y alguna de sus hermanas mayores charlaban con él camino de su morada donde le darían asilo el tiempo necesario.

 

Los días y noches siguientes pasaron sin que nada reseñable sucediese en el pueblo ni con sus vecinos, hasta que al amanecer del cuarto día el caza-recompensas hizo acto de aparición en la plaza central del pueblo con un enorme lobo gris, muerto, sobre la grupa de su caballo. Allí ante la admiración y los vítores de los presentes lo alzó sobre su cabeza y lo arrojó al suelo.

—¡Aquí tenéis a La Bestia! —bramó—. La sorprendí cuando se acercaba al río. Un certero disparo con mi arco acabó con su vida.

El alguacil se acercó a estrechar su mano cuando bajó del corcel.

—Mil gracias, Ralph. Tu gesta será cantada durante años. —Después le dirigió una mirada temerosa al cadáver del animal—. Esta misma tarde el Duque te hará entrega en persona de tu recompensa. Hasta entonces, come y bebe cuanto quieras en la taberna, los gastos corren de nuestra cuenta.

Acompañado de algunos hombres y varias jóvenes que querían merecer los favores del asesino de La Bestia y corresponder su valentía con sexo apasionado, el caza-recompensas entró en la taberna para saciar su apetito tras una larga madrugada vigilando y esperando a La Bestia.

—Cerca de donde abatí al lobo descubrí otras huellas, más pequeñas, de una manada —anunció El Norteño tras apurar su tercera jarra de cerveza—. ¡Voy a organizar una batida de caza esta misma noche con todos los valientes que quieran acompañarme!

Dos chicas le acariciaban los brazos, el cuello o la espalda. Una se le acercó al oído para susurrarle algo, sin que los demás pudieran oírla.

—Por supuesto que antes tengo tiempo para ti —dijo poniéndose en pie y cogiendo de la cintura a la mujer—. ¡Y también para ti! —agregó agarrando a la otra fémina con el brazo que tenía libre.

Los tres pusieron rumbo a la parte alta de la taberna, donde se encontraban las habitaciones para los pocos huéspedes que visitaban la zona.

A media tarde, cuando el caza-recompensas roncaba en un camastro y algunos de los que le habían acompañado a beber lo hacían sobre las mesas y asientos, un aullido desgarrador quebró sus sueños.

—¡Es el Macho Alfa! ¡Es el Macho Alfa! —gritaba El Norteño a la vez que bajaba las escaleras a trompicones—. ¡Una moneda de oro para todo aquel que esté en la entrada del pueblo en cinco minutos. Sereno y armado!

Cuando hubieron pasado los cinco minutos de rigor, Ralph se encontró con cuatro hombre armados y dispuestos a dar caza al Alfa de la manada.

—Habrá otra moneda más para todo aquel que regrese sano y salvo, y dos para las viudas y familias de los que no lo consigan —prometió.

Los cinco hombres se adentraron en el bosque, hacia el lugar del que afirmaban los vecinos que había venido el aullido. Efectivamente, como habían dicho, en aquel sitio había estado La Bestia, ya que había huellas de lobo, muy grandes y muy profundas.

—Tiene que ser enorme —exclamó uno de los hombres.

—Cincuenta kilos, por lo menos.

Una sombra se movió entre los árboles.

—¡Allí! —gritó uno.

Casi antes de acabar de hablar, del arco del caza-recompensas salió una flecha que impactó contra la criatura que acechaba. Un leve quejido les indicó que había hecho blanco.

—¡A por él!

Los cinco se internaron tras la arboleda en busca del lobo herido para rematar la faena, sin embargo, lo que se encontraron fue algo que no hubieran podido imaginar ni en sus peores pesadillas: habían caído en una emboscada lobuna.

Un nutrido grupo de lobos le estaba esperando y les cerró el paso en cuanto llegaron a su destino. Había demasiados para hacerles frente sin sufrir las consecuencias, aún así Ralph empuñaba su arco apuntando en todas direcciones en busca del Alfa. El resto blandía su espada o su hacha con poca convicción.

—No quieren haceros daño —dijo una voz desde lo alto de un árbol—. Solo están asustados y se defienden de vuestros ataques. Si tiráis las armas estoy segura de que no os verán como una amenaza y se irán.

—¿Qué sabrá una mocosa como tú? —le respondió El Norteño. Quien hablaba era la muchacha del tatuaje en el ojo derecho.

—Es la hija del druida —dijo uno de los hombres—. Su familia siempre se ha comunicado con la naturaleza. Deberíamos hacerle caso. —Y dejó su hacha en el suelo. El grupo de lobos abrió el círculo por donde estaba el hombre desarmado. Otros dos hombres hicieron lo mismo y el círculo se abrió más.

La muchacha bajó del árbol y se encaminó hacia ellos con los brazos abiertos y las palmas de las manos bien visibles para que los lobos no la vieran como una amenaza.

—¿Veis? —les dijo cuando llegó junto al grupo de hombres. Cogió el brazo del caza-recompensas y le hizo bajar el arco. El otro hombre también depuso su espada. La manada de lobos se fue de allí a la carrera dispersándose en varias direcciones. El Norteño se quedó mirando por donde se iba el mayor de ellos.

Cuando se vieron a salvo del ataque, los vecinos del pueblo agradecieron a la hija del druida se ayuda.

—Regresad a casa con vuestras familias. Los lobos cazan conejos, ciervos y alguna cabeza de ganado que se despista del rebaño, pero no atacan a los hombres si no se ven amenazados.

Los hombres recogieron sus armas del suelo y emprendieron el camino a casa. Todos excepto Ralph El Norteño que, mientras la chica hablaba, emprendió una carrera salvaje tras La Bestia, tras el Alfa. Cuando la chica lo vio ya era demasiado tarde para detenerlo, pero, aún así corrió tras él para detenerlo.

Era ligera y rápida, pero eso no le bastó para llegar a darle alcance antes de que entrase en la cueva que era la lobera del Alfa. El lugar era pequeño y estaba iluminado por un tragaluz natural horadado en la roca. Allí lo vio apuntar con su arco tenso y soltar la cuerda. Vio la flecha volar y escuchó la vibración de la cuerda al recuperar su posición original. El proyectil se clavó en el vientre del lobo que, en un intento de defenderse, se había lanzado hacia El Norteño. El cuerpo sin vida del animal cayó a los pies del cazador que respiró aliviado.

—¡¡NOOO!! —exclamó la muchacha al borde del llanto. Corrió junto al cadáver del lobo e intentó cubrirlo con su menudo cuerpo para que el caza-recompensas no se hiciera con él.

—¡Aparta, niña! —le ordenó. Ella obedeció y se puso en pie respirando agitadamente—. He matado al Macho Alfa y cobraré mi recompensa.

—Has matado al macho, pero no al Alfa. No permitiré que te lo lleves. —La voz se le había quebrado y parecía más grave que unos momentos antes. La semioscuridad de la lobera no permitió ver al cazador que el cuerpo de la chica estaba empezando a cambiar y se había hecho más grande.

—He matado a La Bestia y me lo voy a llevar.

—¡Con La Bestia te encontraste, muere ahora como mataste! —le dijo la chica con una voz que era mitad humana mitad gruñido de lobo a la vez que se lanzó sobre él. Le clavó unos colmillos lobunos en la garganta y se la arrancó de un solo mordisco.

En la lobera, la chica, convertida en una gran Hembra Alfa lanzó un aullido desconsolado por la pérdida de uno de sus hermanos.

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