martes, 11 de abril de 2017

Cuarta parte por Raskólnikov


—Pito, pito, gorgorito… —Esa dulce voz enmascaraba el odio profundo que corroía el oscuro corazón del monstruo—. Uhm, Carmen, Carmencita, ¿no vas a preguntarme por tus amigos Sergio y Roberto? Nada te puede salvar… ¡Ja, ja, ja! A no ser… Sí, uhm, a no ser que confieses que fuiste tú la causante de mis, de mis, ¡¡de todos mis putos males!! ¿Por qué creaste esta historia?
Carmen permanecía maniatada y de rodillas en la habitación donde había encontrado la casita de muñecas. Después de un buen rato sin saber nada de sus compañeros, había aprovechado para inyectarse algo de morfina y tumbado en la cama. No recordaba nada más, y ahora se encontraba a merced de esa demente cuya presencia ponía en duda su propia cordura.
—Pim, pom, fuera…—continuó la niña mientras dirigía un cuchillo hacia los pechos de Carmen, que aparecían semidesnudos a través de las rasgaduras de su camisa.
De pronto, un grito la sobresaltó, y el lazo azul se soltó de los cuatro mechones que le quedaban en la cabeza.
—¡Engendro del demonio! ¡Suéltala si no quieres ver esto hecho añicos! —Ángela estaba dispuesta a quemar lo que parecía un manuscrito amarillento muy antiguo.


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