lunes, 8 de octubre de 2018

LA ÚLTIMA BALA

Por Francisco Medina Troya.

El subinspector Figueroa esperaba envuelto en la penumbra de la mortecina farola, en la esquina del bloque de viviendas Vpo donde residía desde que le destinaran a aquella ciudad;  siempre envuelta en una niebla caliginosa que se pegaba a la ropa dejando un tufo a humedad y polución. A lo lejos se divisiva en el creciente ocaso las chimeneas de la siderúrgica, como si fueran lanzas de acero y hormigón que profanaran el cielo gris y opaco.  Miraba al horizonte entrecerrando el cejo y sabía que después de la niebla llegaría la lluvia y con la lluvia los recuerdos que pesaban más que cualquiera de aquellos días plomizos.
Hacía frío y se encogió en su gabardina, una leve brisa movía una bolsa de plástico en una danza extraña cargada de electricidad estática. Avenida abajo divisó el coche de su compañera. La inspectora Luna moreno. Cuando el pequeño auto se puso a su altura se detuvo. La ventanilla del conductor se bajó con un ruido seco y molesto. El bello rostro de su compañera le sonrió con aquella sonrisa que le descolocaba y hacía que su corazón latiera con más fuerza.
-¿Vas a subir o te vas a quedar observando cómo baila la bolsa al más puro estilo Billy Elliot?
La miró con sus profundos ojos verdes mientras subía al coche. Ella movió su cabello rubio y su perfume le acarició suavemente.
-¡Llegas tarde inspectora Moreno, te toca invitar a el café de la madrugada!
Ella no reanudó la marcha. Sacó una pequeña agenda de la guantera y en ella escribió en letras mayúsculas: “NO OLVIDARME QUE TE TENGO QUE OLVIDAR”. Y justo debajo subrayó: “PETARDO”. Y luego se la puso en el regazo sonriéndole  de oreja a oreja.
-¡Mensaje captado señorita Moreno!
Y los dos rieron con fuerza mientras el coche enfilaba la solitaria avenida.
Se detuvieron a la salida de la ciudad en un club de carretera. El neón del cartel iba y venía de entre la ligera llovizna que ya se cernía sobre la metrópolis. “El Paraíso” se leía en unos colores azules y rojos. Ya había coches apostados en la entrada. El negocio de la carne comenzaba con los albores de la noche.
Se bajaron del coche y él abrió un enorme paraguas negro. Luna se agarró fuertemente a su brazo y juntos penetraron en el local. La informante les esperaba fumando un largo cigarrillo importado en el rincón más alejado del club, una pequeña lámpara de mesa alumbraba su rostro con un leve tono violeta... Avanzaron lentamente observando cada detalle. Solo había un par de clientes entretenidos en inspeccionar las nalgas que iban alquilar por unos minutos y una chica con rostro triste tras la barra.
-Sabes que no se puede fumar en los lugares cerrados Juani-le dijo con tono burlón-además te van a salir arrugas.
- ¡No me jodas Figueroa!, ¿Me vas arrestar guapo? Sabes que el rollo de las esposas también me va.
-Seguro que tienes una selecta clientela adicta a esa clase de juegos.
-¡Touché Figueroa!-dijo Luna mirando a la prostituta con sus hermosos ojos almendrados-Me parece que no hemos venido aquí para hablar de sus gustos íntimos señorita.
-Eso Juani, no tenemos toda la noche.
-Está bien-dijo en tono de malestar- ¿El dinero?
Figueroa le dio por debajo de la mesita donde estaba sentada un sobre marrón. Ella le echó una rápida ojeada y asintió. Sonrió. Tenía los dientes manchados del carmín rojo chillón de sus labios.
-No debería hablar de este tema Figueroa, parece ser que todo el que lo toca acaba con un tiro en el careto o mal parado…Sabes que lo hago porque quiero salir de esta mierda, empezar una nueva vida e irme tan lejos que no quede ni el recuerdo de este mísero lugar.
-Te entendemos Juani. Nadie más que yo desearía que acabaras con esto. No te mereces esta vida, eres buena chica.
-Esta persona es la única que queda con vida. Todo aquel que ha abierto la boca lo ha pagado caro. Te vuelvo a repetir lo que me arriesgo con contarte todo esto… Él lo sabe todo. Es la ventaja de retozar con esos malditos bastardos. Se beben un par de whiskys, le echas un buen polvo y les sale la vena de super machito y empiezan a alardear de sus trabajos. En la cama te enteras de todo, es como un club social, donde aparte de ejercer su derecho de la carne comprada se desahogan contando sus cosas.
Prepárate para alguna que otra sorpresa Figueroa. No todos los malos son de esa lista de malnacidos que tienes en tu agenda.
-¿Qué insinúa señorita?... ¿Está segura de que hablará?-preguntó la inspectora Moreno observando a su alrededor para percatarse de que nadie estaba atento a ellos-¿Dónde podemos encontrarle?
La Juani alargó hasta la mano de la inspectora un papel doblado. Le dedicó una sonrisa forzada. La antipatía era mutua.
-No insinúo nada, lo veréis vosotros mismos, no digo nada más. En ese trozo de papel está la dirección. Os puedo asegurar que está deseando pirarse de aquí. Si conseguís borrarle los antecedentes, nueva documentación,  junto a una buena suma de dinero cantará como un gallo madrugador.
-Perfecto Juani. Ahora coge el primer tren que salga de esta puta ciudad y se feliz. En ese sobre tienes suficiente para comenzar de nuevo.
-Sería más feliz si te vinieras conmigo, guapo.
-Seguro que encuentras a un buen hombre Juani. No lo dudo. Yo tengo muchas cosas que me atan aquí-dijo Figueroa mirando a su compañera que sonrojándose agachó la mirada-¡Cuídate!,¿ vale?
Salieron del local bajo una fuerte lluvia. La ciudad parecía una mancha borrosa en una línea de un naranja tétrico y apagado.
La dirección escrita en una caligrafía casi perfecta les indicaba el distrito donde se hallaba la pieza para resolver aquel caso con el que llevaban meses de investigación.
Sabían que tenían poco tiempo. Eran raudos en acabar con todo aquel que desvelaba algo relacionado con el tema. Aquello iba mover grandes cantidades de dinero negro. Si tenían éxito iba ser un duro golpe al crimen organizado.
Aquel barrio era un criadero de maleantes, sicarios y drogadictos. Aparcaron el coche una calle antes de la dirección que les había facilitado la informante. La mitad de las farolas estaban reventadas y en algunos tramos la oscuridad era casi total. Olía a meados y a papel quemado. En el muro de un rincón una pareja practicaba sexo, rápido y sucio, afín de los billetes que el hombre había pagado.
Avanzaron en silencio, ajenos a todo el submundo que se movía alrededor. Había dejado de llover, pero una ligera neblina empapaba la ropa. Llegaron a una zona de casas unifamiliares. Todas iguales, con un pequeño porche y un garaje.
Había una pequeña puerta, pero tenía el cerrojo echado. Saltaron la valla sin dificultad. En la casa una luz tenue anunciaba que alguien la ocupaba. Llegaron a la puerta y golpearon la hoja con firmeza. Unos segundos. Nadie contestaba. Insistieron otra vez, con más ahínco. Silencio… La inspectora Moreno giró el picaporte de la puerta. Está cedió. Instintivamente sacaron sus revólveres. Cuando entraron en la casa un olor familiar les recibió. El olor a pólvora.
-¿Señor P…? Somos los inspectores Figueroa y Moreno. Juani nos dijo que estaba al corriente de nuestra visita-dijo Figueroa mientras apuntaba con su pistola a todas partes-¿podemos hablar?
-Figueroa yo voy a mirar en esta planta, inspecciona tú la parte de arriba.
Luna repasó el salón con detenimiento. Una lámpara de pie era la única iluminación en toda esa planta. Encendió su linterna de mano y llegó a la cocina. Era una casa con todo lujo de detalles. Aunque el desorden indicaba poca limpieza y de que la habitaba un hombre. Escuchaba los pasos de su compañero en el nivel superior. Antes de que entrara en una pequeña habitación escuchó a su compañero llamarla
-¡Luna!
Subió a trompicones saltando los escalones de dos en dos. Cuando llegó a la habitación donde se hallaba su compañero lo encontró alumbrando el cuerpo con su linterna.
-Llama a los servicios sanitarios inspectora Moreno, aunque me temo que nada podemos hacer por este desgraciado.
El cadáver estaba bocabajo sobre la cama. Un agujero casi perfecto perforaba su nuca y terminaba sobre su frente que era el centro de una inmensa mancha roja que manchaba el edredón. Allí el olor a pólvora era más contundente. Casi se podía masticar en el aire.
Los dos policías se miraron con rostros de consternación. La ventana estaba abierta y el olor a humedad entraba a la estancia moviendo ligeramente la cortina de raso.
Un ruido en el exterior les llamó la atención. Se acercaron con cautela y miraron hacia a la calle. Esa ventana daba a un callejón. Una farola alumbraba con una luz anaranjada a un coche de alta gama. Un individuo estaba al lado del auto. En ese instante la niebla se disipó un poco, aclarando la visión. El hombre abrió la puerta del automóvil y al sentarse hizo a un lado su gabardina. La luz de la farola se reflejó en lo que sin lugar a dudas era la placa de un policía. En ese momento aquel hombre alzó la vista y les miró.
Estuvo así un intervalo de tiempo. Seguro de que a esa distancia no podían reconocer bien sus facciones. Sin embargo supieron que sonreía y que era una sonrisa llena de sarcasmo. En aquella sonrisa difusa  adivinaron lo sucedido. Aquel minuto se hizo eterno, a escasos metros unos de otros. Paralizado el tiempo, la culpa y la sangre.
De repente el coche arrancó y se perdió devorado por la niebla que poco a poco se iba convirtiendo de nuevo en aquella lluvia que mojaba las calles, la ciudad dormida y los recuerdos.
Figueroa miró largamente a la inspectora Luna. Su bello rostro se hallaba en la semipenumbra.
-Salgamos, va a empezar a llover de nuevo.
Y solo quedó aquel cuerpo frío con una mueca extraña sobre la cama y la cortina danzando al compás de la fría noche, como si el mundo por un instante se hubiera olvidado de su existencia.
A lo lejos, entre la niebla, se escuchaba una sirena.

No hay comentarios:

Publicar un comentario