lunes, 29 de octubre de 2018

Ródope y los adoradores de Hades

Por Ernesto V. Salcedo.

Y así fue como Hades, harto de intrigas entre hermanos decidió marcharse y empezar de nuevo en un lejano confín de la galaxia. Tras una eternidad de búsqueda al fin encontró el lugar perfecto donde practicar sus juegos favoritos. El planeta Trappist-1 y sus siete lunas tenían el potencial necesario para crear un reino de oscuridad, lejos de las absurdas leyes del Olimpo. Lo primero que tuvo claro es que necesitaba un palacio a la altura de su magnificencia. Levantó con su poder una fortaleza que empequeñecía a su vieja morada y una vez estuvo orgulloso de su creación, transformó el planeta a su imagen y semejanza llenándolo de azufre, ríos de lava y calor asfixiante. Cuando ya se sentía como en casa buscó adoradores que sufrieran en ella y colmaran el aire de gritos desgarradores. Para poblar cada terruño, arrastró a su lado a las almas de los adeptos de las más locas sectas terrícolas. Trajo a los Raelianos, Tifonianos, a los miembros de la Iglesia de la Cienciologia y a los hijos del Templo del Sol. Y, para terminar, a sus dos grupos preferidos, los Davidianos y los acólitos del Templo del Pueblo, por haber demostrado una verdadera vocación de sacrificio, los ubicó en los satélites más próximos a él.
A todos ellos, Hades les ofreció la tecnología necesaria para que en poco tiempo fueran las sociedades más avanzadas del universo. Eso sí, les puso una condición. Podían seguir con sus orgías, lavados de mente, alucinaciones conjuntas, no tenía problema con nada de eso, es más, les ordenaba que todo lo hicieran en su nombre, pero les impuso que solo podían salir de sus satélites para la celebración anual que él organizaba. En ese día, el dios enviaba a su mano derecha, el hijo de Hermes, a los diferentes mundos, volando con sus botas aladas, para entregar las invitaciones al baile. En dicha fiesta, cada familia gobernante está obligada a enviar a un representante con la misión de ofrendar una nueva arma con la que él pueda disfrutar de nuevas emociones a la hora de torturar a aquellos que viven bajo su yugo. Y todos sabían que, algún día, el dueño de sus destinos encontraría, en dicha ceremonia, a la elegida para ocupar el hueco que quedó vacío en su oscuro corazón desde que Perséfone lo traicionó. Él necesita una diosa con la que deleitarse con el dolor y el sufrimiento de sus víctimas.
Y hoy es de nuevo ese día y Jim Jones, líder del Templo del Pueblo, está ansioso. Desde la última vez que su invento fue seleccionado ha pasado ya demasiado tiempo y para esta ocasión ha tirado la casa por la ventana. Irá con dos de sus más hermosas hijas del amor y conseguirá el favor de Hades. Tan ensimismado está en sus elucubraciones que no ve llegar a Ródope y choca con tal violencia con ella que caen al suelo redondos. De las manos de la chica vuelan por el aire dos aros dorados y un bastón de mando que, al precipitarse, golpea en la cabeza de Jim con un impacto brutal. Los bramidos que escapan de su garganta se escuchan por todo el palacio y, de la nada, aparecen sus preferidas y lo ayudan a levantarse. Se deshace de ellas con un ademán brusco y empieza a golpear e insultar a la causante de su dolor que aguanta el correctivo con estoicismo y resignación ya que está acostumbrada a los castigos. Al final el líder nota cansados sus brazos y baja la intensidad y es en ese momento, aunque su mente se empeña en gritarle que no lo haga, cuando la joven intenta enseñarle el arma que ella misma ha desarrollado en los pocos descansos que puede tener, pero, Jim Jones, harto de ella ni la escucha, coge una de las mazas que cuelgan de las paredes y destroza los artilugios por completo. Una vez hecho esto, al no ver aplacada su furia y para no terminar haciendo algo que luego pueda lamentar, se da media vuelta y se aleja agarrando las cinturas de sus amadas hijas.
Ródope ve como se marchan y la frustración se convierte en llanto. Por un momento fue valiente y olvidando todas las vejaciones, malos tratos y humillaciones sufridas en esta mansión de pesadilla, pensó que tal vez se atrevería a pedirle a Jim poder acompañarlos al baile, pero todo se ha ido al traste. Derrotada, con la cara oculta entre sus manos, no ve como, en un fulgor ocre que surge a sus espaldas, aparece una extraña figura que apoya una mano en su hombro y la consuela. La adolescente alza la cabeza y contempla a una mujer muy hermosa que la observa con atención. Su primer impulso es huir, pero la desconocida, que se presenta como su Hada Madrina, la tranquiliza. Este ser maravilloso asegura que ha venido a este recóndito lugar del universo para ayudarla a alcanzar sus deseos más oscuros.
Ante su incrédula mirada, el hada, con un simple gesto de su mano derecha, eleva en el aire los miles de pedazos que hasta hace unos minutos eran, según la muchacha, el arma destructora definitiva y los funde en un miasma incandescente que se moldea hasta recobrar la forma y funcionalidad de antaño. Ródope quiere reír y llorar al mismo tiempo. Está feliz por recuperar todo el trabajo perdido, pero sigue teniendo el problema de la enorme y vacía distancia que hay entre ella y el planeta de Hades. Su salvadora sonríe mientras arquea sus cejas y chasquea los dedos. Sin creer lo que ven sus ojos, por cada uno de los pasillos que vierten su aire al lugar donde aún descansa en el suelo apaleada, surgen centenares de robots que comienzan a ensamblarse en un loco rompecabezas que, si bien al principio no tiene sentido, termina por mostrar una astronave calcada a un halcón espacial. Hecho esto, la benefactora se acerca a escasos centímetros de su ahijada, levanta su dedo índice, cuya punta brilla incandescente, y lo posa en la frente de una sorprendida joven. Sin esperarlo, un torrente de conocimientos inunda su cerebro a fin de poder pilotar esta magnífica nave interplanetaria. Para terminar, solo falta ir vestida para matar. Con un par de moños a ambos lados de la cabeza y un vestido blanco rodeado por un cinturón plateado ya está preparada para surcar las estrellas. Antes de partir el hada insiste en que la nave se desmantelará justo a las doce de la medianoche y que, si ella no está de regreso antes de esa hora, quedará atrapada para siempre en el mundo de pesadilla del dios de la muerte.
Sin perder más tiempo, Ródope despega y vuela a velocidad de crucero para alcanzar su destino. Aterriza junto a la puerta del palacio donde el heraldo la recibe solícito. Para poder entrar, ella debe darle el arma. Sin mostrarse nerviosa entrega solo el cañón y accede al salón de baile. Allí, el lujo y la pomposidad griega inundan cada rincón. El pabellón central, acotado por inmensas columnas invita al regocijo y al libertinaje. Conocía por rumores el estilo y gusto de la deidad, pero la decadencia que exhuma esta estancia es excesiva. Un incesante gorgoteo la acompaña en cada uno de los pasos que da sobre el mármol rosado y brillante sobre el que camina. Proviene de cada una de las decenas de fuentes que la rodean. De todas ellas, en un correr incesante y eterno, no deja de brotar vino. Letreros escritos en griego, que indican la procedencia de tan delicioso y cautivador néctar, van cambiando conforme la bebida que fluye por ellas cambia de tonalidad y, seguro, de sabor. Las gárgolas que observan desde los capiteles, sonríen ante la perspectiva de la bacanal que se avecina.
De pronto lo ve. Al fondo, sentado en su trono de huesos y almas, permanece Hades, hastiado a más no poder, mientras le muestran, uno tras otro, los regalos que le han traído. En su mirada se puede ver que nada le satisface. En este mismo momento son Jim Jones y sus hijas quienes acuden a ofrendar. Su expresión de satisfacción muda al instante a terror en cuanto el dios los expulsa asqueado. Ahora le toca a ella. Ródope se arrodilla y observa como el dios juguetea aburrido con el bastón en la mano. Por mucho que lo intenta es incapaz de hacerlo funcionar. Ella, con una sutil finta, escapa del tardío acto reflejo del heraldo y coge el arma mientras roza con sensualidad los dedos de su señor susurrándole al oído que solo puede dispararse si se llevan puestas las tobilleras. Para que todo quede más claro, alza el arma con sus delicadas manos y lanza un rayo destructor hacia uno de los invitados, alcanzando al mismísimo David Koresh, líder de los Davidianos. Este, envuelto en un brillo cegador, comienza a sufrir en sus carnes toda la maldad que ha acumulado durante toda su existencia. El dolor y sufrimiento que siente fluye a través de sus ojos, que muestran un padecimiento más allá de toda comprensión. El macabro espectáculo solo dura unos segundos, pero es suficiente para seducir a su anfitrión, que maravillado, observa complacido. Pero eso no es todo. Koresh, de pronto, se convierte en un vapor rosado que queda flotando en el aire. La doncella acaricia la cintura de su acompañante y lo empuja hacia la ambrosía que flota frente a ellos.
Sin poder evitarlo, Hades se sumerge en el éter y lo aspira. Jamás, en su milenaria existencia, había sentido nada igual. El éxtasis que inunda su ser es abrumador y adictivo. ¡Por fin ha encontrado a aquella que reinará junto a él! Coge la mano de Ródope y la lleva a la pista de baile. Allí, entre besos y magreos, ella le explica que, a mayor maldad en el alma de la víctima, más exquisita y sabrosa será la esencia a devorar. El tiempo vuela entre los brazos de los dos enamorados. Y así, sin darse cuenta, la medianoche acecha a la vuelta de la esquina. Ella, temerosa de mostrarse al dios tal y como es, suelta una nimia excusa sobre que debe ir al baño a retocarse y se aleja. Él, mientras tanto, vuelve a su silla y agarrando la pistola sueña con los buenos ratos que van a pasar juntos, su amada y él, embriagándose con los miles de voluntarios forzosos que pasarán a formar parte de su despensa de dulce elixir. Ensimismado, alza la vista y ve como ella sale corriendo por la puerta del palacio. Intranquilo, se da cuenta que se ha llevado consigo las tobilleras. Es por esto que sale en su persecución.
Ródope oye los brutales gritos de Hades a sus espaldas y acelera el paso. En este impase, una de las tobilleras se abre y cae por los peldaños de la escalera. Ella ni se da cuenta, se mete en su nave y se lanza al espacio a velocidad hiperespacial justo en el momento en que el dios sale por la puerta y la ve marchar. Furioso, jura que no la dejará escapar así como así y comienza a lanzar inútiles rayos de fuego que jamás la alcanzarán pero que aun así provocan una destrucción apocalíptica a su alrededor. En ese momento sale su fiel heraldo y cauteloso lo calma. Le dice que ella no habrá huido para quitarle el arma, ya que fue ella misma quien la trajo. Cree que hay otra razón y que será él quien la descubra. Es lo mínimo que puede hacer por el amo que lo salvó del inframundo, allí donde fue enviado por el innombrable hijo de Poseidón.
Con un ágil ademán, coge las dos partes del arma, se calza sus mágicas zapatillas y vuela por el universo en busca de la futura diosa de la muerte. Visita todos y cada uno de los planetas aguantando, de forma serena, los sermones con los que taladran su mente todos y cada uno de los líderes de las sectas que visita. Pero no encuentra a la afortunada. Tras seis fracasos, llega al séptimo astro, el de los seguidores del Templo del Pueblo y se entrevista con Jim Jones. Mientras lo hace, no puede evitar fijarse en la zarrapastrosa chica que limpia el suelo tras el aterciopelado y ornamentado asiento de Jim. Las vanas y falsas palabras del idiota, esas con las que intenta jurar que fue una de sus hijas la que llevó el arma a Hades pero que lamentándolo mucho ella había perdido la otra tobillera, no surten efecto. Es más, las miradas furtivas de Jim hacía la criada no hacen más que confirmar sus sospechas. La ha encontrado.
Sin avisar, el heraldo levanta el puño y golpea a Jim en la cabeza, dejándolo inconsciente. Con paso grácil, se acerca a la fregona, apoya sus dedos en su barbilla y le levanta la cara mientras pregunta lo que desea saber. Ella, tal vez alentada por lo que el visitante acaba de hacer con su padrastro, no tarda en reconocer todo lo sucedido. Y para corroborarlo, saca la tobillera que guarda en el bolsillo del delantal y se la calza. Un brillo de satisfacción ilumina la faz del enviado. El emisario coloca la tobillera gemela en la otra pierna y le pasa el bastón. Ella, con un ademán rápido, se revuelve como una pistolera endemoniada del oeste y dispara dos ráfagas que volatilizan a sus dos hermanastras. El mensajero se inclina y ella comprende que ya la considera su señora. Ródope, viendo el ansia en sus ojos, le concede su deseo y el joven se lanza ansioso a por los restos de las chicas que flotan en el ambiente. En tal estado de descontrol se encuentra que, cuando sumiso mira de nuevo a su reina, no llega a comprender lo que ocurre hasta que es demasiado tarde y ella lo elimina sin contemplaciones.
Más relajada, ya solo quedan en el salón, ella y un padrastro cruel que sigue desmayado en el suelo. Se aproxima a él y de una patada lo despierta. Este, aturdido, comienza a maldecirla y pregunta airado por el invitado y por sus dos concubinas. Harta del absurdo parloteo que ha tenido que soportar durante toda su vida, apunta directamente a su negro corazón y dispara. Mientras el dulce humo que antes era un hombre se desliza por su nariz llenándola de placer, ella grita el nombre de su ángel guardián y Perséfone aparece al instante. La verdadera diosa de la muerte, orgullosa de su creación, le recuerda el pacto que todavía está vigente. Perséfone, que prefiere no enfrentarse a las consecuencias que tendría si fuera ella misma quien acabase con Hades, le pregunta por qué no lo mató en el baile, pero Ródope le dice que no vio una oportunidad clara, pero que ahora cogerá una nave y se dirigirá al palacio para acabar con él.
Perséfone, complacida, está deseosa de ver muerto al ingrato que amargó su existencia durante eones. No quiere permitir la más mínima posibilidad de que este regrese a la Tierra y reclame el reinado que ahora mismo le pertenece a ella. Además, nunca le ha perdonado que le robara tantas almas malignas. Su discípula le dice que no se preocupe, que en cuanto vea a Hades caminando para recibirla con los brazos abiertos, le volará la cabeza de un disparo. Antes de que Ródope se siente en el asiento del piloto, Perséfone le pregunta que hará después. Con una sonrisa pícara, la muchacha deja claro que el dicho de “fueron felices y comieron perdices”, en este universo, no será el final del cuento para ninguno de los líderes perturbados que pueblan esta galaxia. De eso ya se encargará ella. Y con un rugido ensordecedor, el ángel exterminador se despide de su Hada Madrina y vuela en pos de su cruzada espacial.

– FIN –

Consigna: Deberás reescribir «Cenicienta» en vida interplanetaria. Y deberás incluir dos protagonistas de «Percy Jackson».


No hay comentarios:

Publicar un comentario