Por Parabellum
El horror que cambiaría la vida de Ana
siete años después comenzó una lluviosa tarde de verano, cuando apenas tenía
catorce años. Regresaba de unas merecidas vacaciones con sus padres cuando una
pinchadura en uno de los neumáticos los detuvo en un pueblecito ignoto.
Un cartel oxidado anunciaba: «Bienvenidos
a El Pozo. 1 km». La flecha señalaba hacia la izquierda. Un camino de tierra
conducía hasta un caserío que, visto desde la distancia, parecía abandonado. La
impresión se debía, en parte, a un campanario torcido que sobresalía por encima
de los techos.
Carlos, su padre, entre rezongos y
blasfemias, se dedicó a cambiar el neumático mientras se empapaba. Un lugareño
venía por el camino a caballo:
—Buenas tardes. ¿Puedo ayudarles en algo?
—Solo estoy cambiando un neumático,
gracias de todos modos —agradeció Carlos.
—Mejor así. No es bueno quedarse por estos
lados cuando cae la noche.
Carlos sonrió. La lluvia había cesado casi
por arte de magia.
—¿Por los ladrones? —preguntó.
—No, por el canto —respondió el lugareño.
—¿Qué canto? —preguntó intrigado el padre
de Ana.
—Que tengan muy buenas tardes —dijo
mientras se tocaba el sombrero, marchándose sin explicar nada.
Ana bajó del automóvil para estirar las
piernas. Entonces el viento le trajo una melodía extraña, repetitiva y grave,
desde algún lugar del pueblo. Eran decenas de voces emitiendo las mismas notas
lentas.
—¿Oyen eso? ¿Qué es? —consultó a sus
padres.
—Supongo que algún tipo de folclore local,
pero suena extraño, no sé... —dijo su padre con cierta duda mientras guardaba
las herramientas—. Terminé, ya podemos irnos.
—¡Al fin! Ese sonido me pone nerviosa, y
el viejo dijo algo sobre un canto —respondió su madre.
Y siguieron camino.
Ana permaneció intrigada y prácticamente
torturó a sus padres con preguntas durante todo el viaje. Cuando finalmente
llegaron a casa, seguía pensando en esa tonada. A su juicio, aquello no era
folclore. Amaba la música desde pequeña y jamás había oído algo semejante.
Siete años más tarde, Ana seguía
recordando aquella melodía.
Durante ese tiempo terminó la escuela
secundaria e ingresó a la universidad para estudiar etnomusicología. Había
escuchado cientos de grabaciones: cantos ceremoniales, coplas del norte,
canciones de trabajo, arrullos indígenas y viejas tonadas campesinas. Ninguna
se parecía a la extraña melodía que había oído en El Pozo.
A veces se sorprendía rememorándola sin
darse cuenta.
La melodía había permanecido oculta en
algún rincón de su memoria hasta que, durante una clase sobre tradiciones
orales en riesgo de desaparición, regresó con una claridad inquietante.
Esa misma noche buscó información sobre El
Pozo. No había partituras, tampoco grabaciones y mucho menos explicaciones.
Como si nadie hubiese intentado estudiarlo seriamente.
Dos semanas después convenció a dos compañeros
de la universidad para acompañarla. El plan era sencillo: pasar unos días en el
pueblo, entrevistar a los habitantes y registrar aquella tradición oral antes
de que desapareciera.
Ana ignoraba que algunos secretos sobrevivían
precisamente porque nadie los investigaba.
Con la idea de aprovechar el fin de semana,
partieron ese mismo viernes por la mañana. Lucas, técnico en sonido, llevaba el
instrumental adecuado para grabar. Sofía, que además formaba parte de un grupo
folclórico, estaba tan ansiosa como Ana.
Apenas entraron en el camino de tierra oyeron
el canto. Lucas, quien conducía, frenó de golpe y apagó el motor. El corazón de
Ana dio un vuelco; siete años después seguía reconociéndolo de inmediato.
—Eso se oye como un canto armónico. No
parece folclórico, al menos desde aquí —dijo Lucas, confundido—. ¿Recuerdan la
clase sobre el canto gutural tibetano?
—Es verdad, parece música espectral,
enfocada en todas aquellas frecuencias que componen a los sonidos que existen
en la naturaleza. ¡No perdamos más tiempo, vamos! —dijo Ana, eufórica.
—¡Cuánta intensidad! —respondió Lucas,
alegre.
—Es que Ana quiere convertirse en la
próxima Béla Bartók —respondió riendo Sofía—, ¿trajiste los cilindros de cera
para grabar en el fonógrafo, Lucas?
—Nada me gustaría más amiga, pero,
hablando en serio… ¿No les parece esto por demás de extraño? —preguntó Ana
entre carcajadas.
—Todo se resume en fractales y más
fractales —concluyó Lucas.
Así, entre bromas y comentarios nerviosos,
recorrieron el último kilómetro hasta llegar al centro de El Pozo.
Estacionaron y bajaron del vehículo. Varias
miradas se clavaron en ellos. El canto surgía de todas partes. Los habitantes
lo repetían mientras trabajaban o caminaban.
—¿Escuchan? —preguntó Ana en voz baja.
—Sí —respondió Sofía—. No siento que estén
interpretando una canción, parece que la estuvieran respirando.
La observación provocó un incómodo
silencio.
Los habitantes no eran hostiles, pero
tampoco se los veía contentos de recibir visitas. Una anciana dejó de barrer
para observarlos. Un grupo de hombres interrumpió una conversación y siguió sus
movimientos con evidente desconfianza.
—Creo que no nos estaban esperando
—murmuró Lucas.
Ana se acercó a un almacén que parecía ser
el único comercio del pueblo.
—Buenos días. Somos estudiantes
universitarios. Estamos realizando un trabajo sobre tradiciones folclóricas —se
presentó Ana.
El hombre detrás del mostrador no
respondió de inmediato.
—¿Sobre el canto? —preguntó finalmente.
—Sí —asintió ella de inmediato.
—No hay mucho que decir y estoy ocupado —respondió
huraño. Y no añadió una palabra más.
Durante el resto de la tarde obtuvieron
respuestas similares. Nadie sabía quién había compuesto la melodía. Nadie podía
explicar su origen. Sin embargo, todos la sabían.
Al caer el sol, cuando estaban a punto de
darse por vencidos, una voz anciana los llamó desde un banco de la plaza.
—Ustedes están haciendo las preguntas
equivocadas.
Los tres se volvieron.
Sentado junto al pozo, un anciano los
observaba con expresión cansada.
—Si quieren entender la canción —dijo el
viejo—, primero tienen que entender qué hay debajo.
De cerca, el pozo parecía mucho más
antiguo que el resto del pueblo. Las piedras estaban desgastadas por siglos de
lluvia y viento, y algunas tenían marcas extrañas que Ana no logró identificar.
Durante varios minutos el hombre permaneció en silencio, como si estuviera
decidiendo cuánto debía contarles. Finalmente habló. Según explicó, nadie en El
Pozo conocía el origen de la melodía. Los habitantes más viejos afirmaban que
ya existía cuando sus abuelos eran niños y que estos, a su vez, la habían
heredado de generaciones anteriores. La canción no tenía autor, ni letra, ni
historia. Simplemente estaba allí. Lo que sí conservaban era una advertencia.
Bajo el pozo habitaba algo. El anciano reconoció que nadie sabía qué era
exactamente. Algunos lo describían como una criatura; otros, como un espíritu;
unos pocos aseguraban que ni siquiera pertenecía a este mundo. Lo único seguro
era que permanecía dormido bajo tierra y que el canto ayudaba a mantenerlo así.
La melodía no era una tradición ni una plegaria, era un arrullo. Durante siglos
los habitantes del pueblo se habían turnado para entonarlo. Mientras las voces
continuaran repitiendo aquellas notas graves y monótonas, la criatura seguiría
durmiendo. Ana intentó encontrar una explicación racional. Sugirió que tal vez
se trataba de una vieja superstición transmitida de generación en generación.
El anciano no discutió. Se limitó a señalar que nadie en el pueblo estaba
dispuesto a comprobar qué ocurriría si dejaban de cantar. Cuando terminó de
hablar, el sol comenzaba a ocultarse detrás de los campos. Lucas fue el primero
en romper el silencio. Desde un punto de vista técnico, la solución parecía
obvia. Si la melodía debía sonar de forma constante, no era necesario que los
habitantes continuaran dedicando horas de sus vidas a repetirla. Bastaba con
grabarla y reproducirla mediante altavoces. La propuesta fue recibida con
escepticismo. Algunos vecinos se negaron de inmediato. Otros parecieron
tentados por la idea. Después de todo, llevaban generaciones enteras sometidos
a aquella obligación. Dejarían las guardias nocturnas y podrían todos
descansar. Finalmente accedieron.
Durante el atardecer, Ana, Lucas y Sofía,
registraron la canción con el equipo que tenían disponible. Decenas de
habitantes colaboraron en la grabación. Las voces graves resonaron alrededor
del pozo mientras los micrófonos capturaban cada nota. Cuando terminaron, Lucas
procesó el audio en su computadora portátil. Eliminó interferencias, redujo
ruidos de fondo y limpió frecuencias que consideró defectuosas. El resultado
fue una versión mucho más clara y nítida de la melodía. Satisfechos con el
trabajo, instalaron varios parlantes alrededor del pozo. Poco antes de la
medianoche, por primera vez en siglos, los habitantes de El Pozo dejaron de
cantar. Y la grabación comenzó a sonar sola.
Al principio todo pareció funcionar. Las
mismas notas graves recorrieron el pueblo una y otra vez. Algunos vecinos observaban
desde sus ventanas aquel mecanismo sónico. Otros permanecían reunidos en la
plaza, atentos a cualquier señal de que algo pudiera salir mal.
—¿Ven? —comentó Lucas—. Funciona
perfectamente.
El anciano no respondió. Permanecía
inmóvil junto al pozo, escuchando.
Pasaron varios minutos y entonces los
perros comenzaron a ladrar.
El sonido surgió de distintos puntos del
pueblo al mismo tiempo. Primero uno, luego otro y finalmente todos. Los
animales parecían agitados por algo invisible.
Lucas frunció el ceño.
—Qué raro...
El suelo vibró.
No fue un terremoto. Apenas un
estremecimiento breve, tan ligero que Ana llegó a pensar que lo había
imaginado.
Sin embargo, los habitantes se pusieron de
pie al instante.
El anciano palideció.
—Apaguen eso.
—¿Qué?
—¡Apaguen eso ahora mismo!
Lucas corrió hacia el equipo de sonido y
desconectó los parlantes. El silencio cayó sobre la plaza. Pero el temblor
regresó y esta vez fue más intenso.
Una grieta recorrió parte del suelo
alrededor del pozo. Varias personas retrocedieron aterradas.
—No entiendo —murmuró Lucas—. Es
exactamente la misma melodía.
El anciano lo miró con una mezcla de rabia
y desesperación.
—No es la melodía, sabelotodo.
—¿Entonces qué?
—Lo que ustedes quitaron.
Nadie respondió.
Lucas recordó de golpe las horas que había
pasado limpiando la grabación. El viento. Los crujidos. Los armónicos extraños.
Las frecuencias graves que parecían errores. Todo aquello que había eliminado
para obtener un sonido perfecto.
Un ruido húmedo y profundo emergió desde
las entrañas del pozo. Ana sintió que el estómago se le cerraba. Tomó una
linterna y avanzó. Escuchó gritos detrás de ella: el anciano le ordenó que
regresara. No hizo caso.
Se inclinó sobre el borde de piedra y
dirigió la luz hacia el interior.
Durante unos segundos no vio nada. Solo negrura.
Luego comprendió.
Aquello no era oscuridad.
Era una pupila.
Un ojo gigantesco ocupaba todo el diámetro
del pozo.
Inmóvil. Observándola.
El haz de luz tembló en sus manos.
Y entonces, el ojo parpadeó.
Consigna: Escribí un relato de horror rural donde un grupo de folcloristas viaja a un pueblo aislado para registrar cantos tradicionales antiguos y descubren que la melodía que repiten los lugareños no es música, sino un mecanismo sónico para mantener dormida a una criatura.
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