sábado, 27 de junio de 2026

El Pozo

 Por Parabellum


El horror que cambiaría la vida de Ana siete años después comenzó una lluviosa tarde de verano, cuando apenas tenía catorce años. Regresaba de unas merecidas vacaciones con sus padres cuando una pinchadura en uno de los neumáticos los detuvo en un pueblecito ignoto.

Un cartel oxidado anunciaba: «Bienvenidos a El Pozo. 1 km». La flecha señalaba hacia la izquierda. Un camino de tierra conducía hasta un caserío que, visto desde la distancia, parecía abandonado. La impresión se debía, en parte, a un campanario torcido que sobresalía por encima de los techos.

Carlos, su padre, entre rezongos y blasfemias, se dedicó a cambiar el neumático mientras se empapaba. Un lugareño venía por el camino a caballo:

—Buenas tardes. ¿Puedo ayudarles en algo?

—Solo estoy cambiando un neumático, gracias de todos modos —agradeció Carlos.

—Mejor así. No es bueno quedarse por estos lados cuando cae la noche.

Carlos sonrió. La lluvia había cesado casi por arte de magia.

—¿Por los ladrones? —preguntó.

—No, por el canto —respondió el lugareño.

—¿Qué canto? —preguntó intrigado el padre de Ana.

—Que tengan muy buenas tardes —dijo mientras se tocaba el sombrero, marchándose sin explicar nada.

Ana bajó del automóvil para estirar las piernas. Entonces el viento le trajo una melodía extraña, repetitiva y grave, desde algún lugar del pueblo. Eran decenas de voces emitiendo las mismas notas lentas.

—¿Oyen eso? ¿Qué es? —consultó a sus padres.

—Supongo que algún tipo de folclore local, pero suena extraño, no sé... —dijo su padre con cierta duda mientras guardaba las herramientas—. Terminé, ya podemos irnos.

—¡Al fin! Ese sonido me pone nerviosa, y el viejo dijo algo sobre un canto —respondió su madre.

Y siguieron camino.

Ana permaneció intrigada y prácticamente torturó a sus padres con preguntas durante todo el viaje. Cuando finalmente llegaron a casa, seguía pensando en esa tonada. A su juicio, aquello no era folclore. Amaba la música desde pequeña y jamás había oído algo semejante.

Siete años más tarde, Ana seguía recordando aquella melodía.

Durante ese tiempo terminó la escuela secundaria e ingresó a la universidad para estudiar etnomusicología. Había escuchado cientos de grabaciones: cantos ceremoniales, coplas del norte, canciones de trabajo, arrullos indígenas y viejas tonadas campesinas. Ninguna se parecía a la extraña melodía que había oído en El Pozo.

A veces se sorprendía rememorándola sin darse cuenta.

La melodía había permanecido oculta en algún rincón de su memoria hasta que, durante una clase sobre tradiciones orales en riesgo de desaparición, regresó con una claridad inquietante.

Esa misma noche buscó información sobre El Pozo. No había partituras, tampoco grabaciones y mucho menos explicaciones. Como si nadie hubiese intentado estudiarlo seriamente.

Dos semanas después convenció a dos compañeros de la universidad para acompañarla. El plan era sencillo: pasar unos días en el pueblo, entrevistar a los habitantes y registrar aquella tradición oral antes de que desapareciera.

Ana ignoraba que algunos secretos sobrevivían precisamente porque nadie los investigaba.

Con la idea de aprovechar el fin de semana, partieron ese mismo viernes por la mañana. Lucas, técnico en sonido, llevaba el instrumental adecuado para grabar. Sofía, que además formaba parte de un grupo folclórico, estaba tan ansiosa como Ana.

Apenas entraron en el camino de tierra oyeron el canto. Lucas, quien conducía, frenó de golpe y apagó el motor. El corazón de Ana dio un vuelco; siete años después seguía reconociéndolo de inmediato.

—Eso se oye como un canto armónico. No parece folclórico, al menos desde aquí —dijo Lucas, confundido—. ¿Recuerdan la clase sobre el canto gutural tibetano?

—Es verdad, parece música espectral, enfocada en todas aquellas frecuencias que componen a los sonidos que existen en la naturaleza. ¡No perdamos más tiempo, vamos! —dijo Ana, eufórica.

—¡Cuánta intensidad! —respondió Lucas, alegre.

—Es que Ana quiere convertirse en la próxima Béla Bartók —respondió riendo Sofía—, ¿trajiste los cilindros de cera para grabar en el fonógrafo, Lucas?

—Nada me gustaría más amiga, pero, hablando en serio… ¿No les parece esto por demás de extraño? —preguntó Ana entre carcajadas.

—Todo se resume en fractales y más fractales —concluyó Lucas.

Así, entre bromas y comentarios nerviosos, recorrieron el último kilómetro hasta llegar al centro de El Pozo.

Estacionaron y bajaron del vehículo. Varias miradas se clavaron en ellos. El canto surgía de todas partes. Los habitantes lo repetían mientras trabajaban o caminaban.

—¿Escuchan? —preguntó Ana en voz baja.

—Sí —respondió Sofía—. No siento que estén interpretando una canción, parece que la estuvieran respirando.

La observación provocó un incómodo silencio.

Los habitantes no eran hostiles, pero tampoco se los veía contentos de recibir visitas. Una anciana dejó de barrer para observarlos. Un grupo de hombres interrumpió una conversación y siguió sus movimientos con evidente desconfianza.

—Creo que no nos estaban esperando —murmuró Lucas.

Ana se acercó a un almacén que parecía ser el único comercio del pueblo.

—Buenos días. Somos estudiantes universitarios. Estamos realizando un trabajo sobre tradiciones folclóricas —se presentó Ana.

El hombre detrás del mostrador no respondió de inmediato.

—¿Sobre el canto? —preguntó finalmente.

—Sí —asintió ella de inmediato.

—No hay mucho que decir y estoy ocupado —respondió huraño. Y no añadió una palabra más.

Durante el resto de la tarde obtuvieron respuestas similares. Nadie sabía quién había compuesto la melodía. Nadie podía explicar su origen. Sin embargo, todos la sabían.

Al caer el sol, cuando estaban a punto de darse por vencidos, una voz anciana los llamó desde un banco de la plaza.

—Ustedes están haciendo las preguntas equivocadas.

Los tres se volvieron.

Sentado junto al pozo, un anciano los observaba con expresión cansada.

—Si quieren entender la canción —dijo el viejo—, primero tienen que entender qué hay debajo.

De cerca, el pozo parecía mucho más antiguo que el resto del pueblo. Las piedras estaban desgastadas por siglos de lluvia y viento, y algunas tenían marcas extrañas que Ana no logró identificar. Durante varios minutos el hombre permaneció en silencio, como si estuviera decidiendo cuánto debía contarles. Finalmente habló. Según explicó, nadie en El Pozo conocía el origen de la melodía. Los habitantes más viejos afirmaban que ya existía cuando sus abuelos eran niños y que estos, a su vez, la habían heredado de generaciones anteriores. La canción no tenía autor, ni letra, ni historia. Simplemente estaba allí. Lo que sí conservaban era una advertencia. Bajo el pozo habitaba algo. El anciano reconoció que nadie sabía qué era exactamente. Algunos lo describían como una criatura; otros, como un espíritu; unos pocos aseguraban que ni siquiera pertenecía a este mundo. Lo único seguro era que permanecía dormido bajo tierra y que el canto ayudaba a mantenerlo así. La melodía no era una tradición ni una plegaria, era un arrullo. Durante siglos los habitantes del pueblo se habían turnado para entonarlo. Mientras las voces continuaran repitiendo aquellas notas graves y monótonas, la criatura seguiría durmiendo. Ana intentó encontrar una explicación racional. Sugirió que tal vez se trataba de una vieja superstición transmitida de generación en generación. El anciano no discutió. Se limitó a señalar que nadie en el pueblo estaba dispuesto a comprobar qué ocurriría si dejaban de cantar. Cuando terminó de hablar, el sol comenzaba a ocultarse detrás de los campos. Lucas fue el primero en romper el silencio. Desde un punto de vista técnico, la solución parecía obvia. Si la melodía debía sonar de forma constante, no era necesario que los habitantes continuaran dedicando horas de sus vidas a repetirla. Bastaba con grabarla y reproducirla mediante altavoces. La propuesta fue recibida con escepticismo. Algunos vecinos se negaron de inmediato. Otros parecieron tentados por la idea. Después de todo, llevaban generaciones enteras sometidos a aquella obligación. Dejarían las guardias nocturnas y podrían todos descansar. Finalmente accedieron.

Durante el atardecer, Ana, Lucas y Sofía, registraron la canción con el equipo que tenían disponible. Decenas de habitantes colaboraron en la grabación. Las voces graves resonaron alrededor del pozo mientras los micrófonos capturaban cada nota. Cuando terminaron, Lucas procesó el audio en su computadora portátil. Eliminó interferencias, redujo ruidos de fondo y limpió frecuencias que consideró defectuosas. El resultado fue una versión mucho más clara y nítida de la melodía. Satisfechos con el trabajo, instalaron varios parlantes alrededor del pozo. Poco antes de la medianoche, por primera vez en siglos, los habitantes de El Pozo dejaron de cantar. Y la grabación comenzó a sonar sola.

Al principio todo pareció funcionar. Las mismas notas graves recorrieron el pueblo una y otra vez. Algunos vecinos observaban desde sus ventanas aquel mecanismo sónico. Otros permanecían reunidos en la plaza, atentos a cualquier señal de que algo pudiera salir mal.

—¿Ven? —comentó Lucas—. Funciona perfectamente.

El anciano no respondió. Permanecía inmóvil junto al pozo, escuchando.

Pasaron varios minutos y entonces los perros comenzaron a ladrar.

El sonido surgió de distintos puntos del pueblo al mismo tiempo. Primero uno, luego otro y finalmente todos. Los animales parecían agitados por algo invisible.

Lucas frunció el ceño.

—Qué raro...

El suelo vibró.

No fue un terremoto. Apenas un estremecimiento breve, tan ligero que Ana llegó a pensar que lo había imaginado.

Sin embargo, los habitantes se pusieron de pie al instante.

El anciano palideció.

—Apaguen eso.

—¿Qué?

—¡Apaguen eso ahora mismo!

Lucas corrió hacia el equipo de sonido y desconectó los parlantes. El silencio cayó sobre la plaza. Pero el temblor regresó y esta vez fue más intenso.

Una grieta recorrió parte del suelo alrededor del pozo. Varias personas retrocedieron aterradas.

—No entiendo —murmuró Lucas—. Es exactamente la misma melodía.

El anciano lo miró con una mezcla de rabia y desesperación.

—No es la melodía, sabelotodo.

—¿Entonces qué?

—Lo que ustedes quitaron.

Nadie respondió.

Lucas recordó de golpe las horas que había pasado limpiando la grabación. El viento. Los crujidos. Los armónicos extraños. Las frecuencias graves que parecían errores. Todo aquello que había eliminado para obtener un sonido perfecto.

Un ruido húmedo y profundo emergió desde las entrañas del pozo. Ana sintió que el estómago se le cerraba. Tomó una linterna y avanzó. Escuchó gritos detrás de ella: el anciano le ordenó que regresara. No hizo caso.

Se inclinó sobre el borde de piedra y dirigió la luz hacia el interior.

Durante unos segundos no vio nada. Solo negrura. Luego comprendió.

Aquello no era oscuridad.

Era una pupila.

Un ojo gigantesco ocupaba todo el diámetro del pozo.

Inmóvil. Observándola.

El haz de luz tembló en sus manos.

Y entonces, el ojo parpadeó.

Consigna: Escribí un relato de horror rural donde un grupo de folcloristas viaja a un pueblo aislado para registrar cantos tradicionales antiguos y descubren que la melodía que repiten los lugareños no es música, sino un mecanismo sónico para mantener dormida a una criatura.

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