Por Gumerinto Arremera
Si estás ahora leyendo estas líneas, sólo puedo
decir ¡huye de aquí! Huye lo más rápido que puedas, sin detenerte y sin un recelo
de mirar hacia atrás. Lo que aquí mora está lejos de la comprensión humana, y
espero que estas palabras sirvan de advertencia a quienes osen aventurarse por
estos parajes.
Aunque
a todos nos pareció una broma, el dinero era muy bueno y la aventura tanto más.
Un excéntrico folclorista chaqueño financió el viaje que nos llevaría al
corazón del antiguo reino Toba para comprobar la veracidad de una antigua
leyenda que se ha transmitido por generaciones: el canto sagrado de los Qom,
una melodía capaz de detener el viento o traer la tempestad, de borrar del mapa
al enemigo o de que las cosechas se adelanten meses. Según supimos, este cantor
pretendía hacer un usufructo comercial de esa melodía y era nuestro deber
llevar de vuelta las partituras en limpio. Formamos un grupo compacto con Ana, una
socióloga, Enzo, historiador, y un músico, quien aquí suscribe, para
desentrañar todas las tramas que puedan enredarse.
La travesía venía muy bien, ajustada a lo convenido.
Partimos desde Resistencia en un sulky destartalado que nos dejó en las puertas
del Impenetrable, donde nos esperaban tres caballos los cuales nos llevarían
más cerca del objetivo. Si hubiera tenido una leve idea, aunque sea un pequeño
presentimiento de lo que allí nos esperaba, hubiese vuelto de inmediato a casa.
Notamos
que las cosas no estaban bien cuando los caballos se detuvieron, así sin más.
Lo asimilamos a la presencia de algún puma o un felino de gran tamaño, pues los
animales se negaron a avanzar a partir de cierto punto. Ni bien dejamos
nuestras monturas, salieron galopando despavoridamente y sin dirección, y ni
siquiera nos dieron tiempo de tomar todas nuestras pertenencias de las
alforjas. Sólo quedaron algunos víveres, lápices y cuadernos, y mi guitarra.
Luego
de un tenso intercambio de opiniones, decidimos seguir adelante. La carencia de
armas o de alguien quien sepa empuñarlas era evidente en nuestro trío, pero no
nos dejamos intimidar por la naturaleza. Seguimos en dirección norte hasta que
la luz nos abandonó. Llegamos a un pequeño claro protegido por árboles
espinosos donde creímos conveniente tomar un descanso y, tal vez, pasar la
noche. El clima era cálido y húmedo, y los insectos nos dejaron en paz ni bien
encendimos el fuego.
Las
situaciones extrañas comenzaron al consumirse las llamas. Debido al cansancio,
todos caímos rendidos a los pies de Morfeo en un santiamén, y nadie se percató
de avivar nuestra fuente de luz y calor. Ana me sacudió despacio para liberarme
de las ataduras del sueño, y con la poca luz que la luna nos brindaba esa noche
apenas pude distinguir su dedo índice frente a los labios. Me incorporé y
adiviné la silueta de Enzo entre las sombras, con los sentidos alerta y los
músculos en tensión. Sonaba música. Una música percutiva y constante, con coros
disonantes o minuciosas microtonalidades que le daban un aire exótio, casi
místico. El sonido parecía alejarse, pero de repente sonaba muy cerca. Nos
confundía a cada momento.
Nadie
se movió hasta salir el sol. Por unanimidad decidimos volver, ya no nos
importaba el dinero, la fama, nada. Algo en esa melodía nos heló la sangre y no
queríamos volver a escucharla. Juntamos nustras cucherías y desandamos el
camino. Después de 4 horas de caminar, llegamos al mismo claro del que habíamos
partido. Seguimos rumbo norte, seguros de que la noche nos había desorientado.
El mediodía nos encontró en el mismo claro, y lo mismo pasó cuando fuimos hacia
el este y hacia el oeste. Llegamos al claro en los últimos minutos de sol,
extenuados y ya sin una gota de agua ni ganas de discutir. Las estrellas
brillaban con estrépito cuando la melodía comenzó otra vez.
A
pesar de la negativa de mis compañeros, desenfundé la guitara y comencé a
tocar. Algo en mi interior comenzó a quemar como las llamas y no pude
resistirme. No me llevó más de seis o siete compases lograr un acompañamiento
decente para la melodía que nos envolvía. Probé ritmos de chacarera, pasodoble,
milonga: todos eran agradables. Ana lloraba, aterrorizada, y Enzo me observaba
entre el fuego con una rabia indescriptible. Yo estaba feliz. Cuando ya era
evidente que la música venía hacia nosotros, Enzo trató de arrebatarme la
guitarra, pero unos enormes brazos morenos lo atraparon por detrás. Ana quiso
gritar, pero una enorme mano sucia le tapó la boca con una extrema violencia.
El claro se llenó de aborígenes en segundos. Eran de
una contextura enorme, iban totalmente desnudos y sus cuerpos estaban repletos
de tatuajes. Enzo apenas pudo ver la cara del sujeto que lo apuñaló en el pecho
con una enorme piedra filosa. Ana se desmayó unos segundos después. Yo no podía
dejar de tocar, aunque mi destino se estuviera escribiendo en mis narices.
Levanté la vista y pude observar como todos ellos me observaban con
fascinación. Uno de ellos hizo señas para que lo siga, y todos, hasta el
cadáver de Enzo en hombros de uno de ellos, abandonamos el claro. Nunca dejaron
de cantar. Nunca dejé de tocar
Caminamos por horas en la oscuridad, cantando y
marchando al ritmo que yo imponía con mi guitarra. Pasaron días, horas, no
supiera decirlo. Los conceptos de tiempo y espacio dejaron de formar parte de
mis percepciones para encerrarme en un estado narcoléptico de alegría y
festividad. Nos detuvimos frente a la boca de una gran caverna formando un
semicírculo y arrojaron al centro el cuerpo de Enzo. De repente, todos
callaron. Instintivamente, también dejé de tocar. El silencio era tan atroz
como insoportable, hasta que el aire comenzó a vibrar de una forma extraña. Una
especie de rugido emergía de la caverna, rebotaba en sus paredes de piedra y se
hacía enorme, colosal. Presos de la excitación, los aborígenes se miraban entre
ellos y sonreían. Cada tanto alguno se volvía hacia mí y me mostraba sus
dientes pútridos.
La criatura salió de golpe, tan pálida que la luz de
la luna que reflejaba su piel la hacía parecer bioluminiscente. Parecía humana,
pero carecía de ojos, orejas, nariz, pelo o cualquier otro rasgo mamífero.
Tenía una enorme boca que le ocupaba toda la cara, con unos enormes y afilados
dientes como cuchillas. Los gritos desesperados que salían de ella hacían
temblar los árboles a nuestro alrededor. Vio el cuerpo de Enzo y se abalanzó a
comer, con una violencia que me es imposible describir con palabras. Ana
recobró la conciencia sólo un instante para volver a perderla ante tal
espectáculo de sangre. Algo en mi interior no me dejaba apartar la vista de
aquel festín macabro.
Cuando la bestia terminó, dio un salto y se puso
frente al más grande de aquellos hombres. Lanzó un grito lleno de pena y
desesperación que pude sentir en las entrañas. Sin pestanear, el aborigen
comenzó a cantar, y todos lo seguimos. El inhumano se retorció de dolor y se
revolcó por el suelo lleno de sangre. Gritó una o mil veces, no podría
precisarlo, y huyó hacia las entrañas de la tierra, a lo profundo de la caverna.
Retomamos la procesión y cantamos hasta el amanecer.
Llegamos a un asentamiento, con chozas de troncos y
techos de paja. Un grupo de niños salió a recibirnos entre vítores. Me
obervaban con mucha curiosidad, y huyeron corriendo cuando toqué el primer
acorde en la guitarra. Llevaron a Ana hasta una choza alejada. Lo últmo que oí
de ella fueron sus gritos desesperados pidiendo ayuda. Ignoro su destino, aunque
lo sospecho similar al de Enzo.
¡Oh, crueles matices del destino! Redacto estas páginas en los últimos elementos de civilización con los que cuento, además de mi guitarra. Por favor, si encuentras estas líneas, ¡huye! ¡No me busques, ni a Ana, ni a Enzo! ¡No busques a nadie que se haya perdido aquí! La bestia es insaciable, ahora mi deber es alimentarla, y preferiría no hacerlo contigo.
Consigna: Escribí un relato de horror rural donde un grupo de folcloristas viaja a un pueblo aislado para registrar cantos tradicionales antiguos y descubren que la melodía que repiten los lugareños no es música, sino un mecanismo sónico para mantener dormida a una criatura.
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