sábado, 27 de junio de 2026

Mensaje hallado en el monte

 Por Gumerinto Arremera


                Si estás ahora leyendo estas líneas, sólo puedo decir ¡huye de aquí! Huye lo más rápido que puedas, sin detenerte y sin un recelo de mirar hacia atrás. Lo que aquí mora está lejos de la comprensión humana, y espero que estas palabras sirvan de advertencia a quienes osen aventurarse por estos parajes.

            Aunque a todos nos pareció una broma, el dinero era muy bueno y la aventura tanto más. Un excéntrico folclorista chaqueño financió el viaje que nos llevaría al corazón del antiguo reino Toba para comprobar la veracidad de una antigua leyenda que se ha transmitido por generaciones: el canto sagrado de los Qom, una melodía capaz de detener el viento o traer la tempestad, de borrar del mapa al enemigo o de que las cosechas se adelanten meses. Según supimos, este cantor pretendía hacer un usufructo comercial de esa melodía y era nuestro deber llevar de vuelta las partituras en limpio. Formamos un grupo compacto con Ana, una socióloga, Enzo, historiador, y un músico, quien aquí suscribe, para desentrañar todas las tramas que puedan enredarse.

La travesía venía muy bien, ajustada a lo convenido. Partimos desde Resistencia en un sulky destartalado que nos dejó en las puertas del Impenetrable, donde nos esperaban tres caballos los cuales nos llevarían más cerca del objetivo. Si hubiera tenido una leve idea, aunque sea un pequeño presentimiento de lo que allí nos esperaba, hubiese vuelto de inmediato a casa.

            Notamos que las cosas no estaban bien cuando los caballos se detuvieron, así sin más. Lo asimilamos a la presencia de algún puma o un felino de gran tamaño, pues los animales se negaron a avanzar a partir de cierto punto. Ni bien dejamos nuestras monturas, salieron galopando despavoridamente y sin dirección, y ni siquiera nos dieron tiempo de tomar todas nuestras pertenencias de las alforjas. Sólo quedaron algunos víveres, lápices y cuadernos, y mi guitarra.

            Luego de un tenso intercambio de opiniones, decidimos seguir adelante. La carencia de armas o de alguien quien sepa empuñarlas era evidente en nuestro trío, pero no nos dejamos intimidar por la naturaleza. Seguimos en dirección norte hasta que la luz nos abandonó. Llegamos a un pequeño claro protegido por árboles espinosos donde creímos conveniente tomar un descanso y, tal vez, pasar la noche. El clima era cálido y húmedo, y los insectos nos dejaron en paz ni bien encendimos el fuego.

            Las situaciones extrañas comenzaron al consumirse las llamas. Debido al cansancio, todos caímos rendidos a los pies de Morfeo en un santiamén, y nadie se percató de avivar nuestra fuente de luz y calor. Ana me sacudió despacio para liberarme de las ataduras del sueño, y con la poca luz que la luna nos brindaba esa noche apenas pude distinguir su dedo índice frente a los labios. Me incorporé y adiviné la silueta de Enzo entre las sombras, con los sentidos alerta y los músculos en tensión. Sonaba música. Una música percutiva y constante, con coros disonantes o minuciosas microtonalidades que le daban un aire exótio, casi místico. El sonido parecía alejarse, pero de repente sonaba muy cerca. Nos confundía a cada momento.

            Nadie se movió hasta salir el sol. Por unanimidad decidimos volver, ya no nos importaba el dinero, la fama, nada. Algo en esa melodía nos heló la sangre y no queríamos volver a escucharla. Juntamos nustras cucherías y desandamos el camino. Después de 4 horas de caminar, llegamos al mismo claro del que habíamos partido. Seguimos rumbo norte, seguros de que la noche nos había desorientado. El mediodía nos encontró en el mismo claro, y lo mismo pasó cuando fuimos hacia el este y hacia el oeste. Llegamos al claro en los últimos minutos de sol, extenuados y ya sin una gota de agua ni ganas de discutir. Las estrellas brillaban con estrépito cuando la melodía comenzó otra vez.

            A pesar de la negativa de mis compañeros, desenfundé la guitara y comencé a tocar. Algo en mi interior comenzó a quemar como las llamas y no pude resistirme. No me llevó más de seis o siete compases lograr un acompañamiento decente para la melodía que nos envolvía. Probé ritmos de chacarera, pasodoble, milonga: todos eran agradables. Ana lloraba, aterrorizada, y Enzo me observaba entre el fuego con una rabia indescriptible. Yo estaba feliz. Cuando ya era evidente que la música venía hacia nosotros, Enzo trató de arrebatarme la guitarra, pero unos enormes brazos morenos lo atraparon por detrás. Ana quiso gritar, pero una enorme mano sucia le tapó la boca con una extrema violencia.

El claro se llenó de aborígenes en segundos. Eran de una contextura enorme, iban totalmente desnudos y sus cuerpos estaban repletos de tatuajes. Enzo apenas pudo ver la cara del sujeto que lo apuñaló en el pecho con una enorme piedra filosa. Ana se desmayó unos segundos después. Yo no podía dejar de tocar, aunque mi destino se estuviera escribiendo en mis narices. Levanté la vista y pude observar como todos ellos me observaban con fascinación. Uno de ellos hizo señas para que lo siga, y todos, hasta el cadáver de Enzo en hombros de uno de ellos, abandonamos el claro. Nunca dejaron de cantar. Nunca dejé de tocar

Caminamos por horas en la oscuridad, cantando y marchando al ritmo que yo imponía con mi guitarra. Pasaron días, horas, no supiera decirlo. Los conceptos de tiempo y espacio dejaron de formar parte de mis percepciones para encerrarme en un estado narcoléptico de alegría y festividad. Nos detuvimos frente a la boca de una gran caverna formando un semicírculo y arrojaron al centro el cuerpo de Enzo. De repente, todos callaron. Instintivamente, también dejé de tocar. El silencio era tan atroz como insoportable, hasta que el aire comenzó a vibrar de una forma extraña. Una especie de rugido emergía de la caverna, rebotaba en sus paredes de piedra y se hacía enorme, colosal. Presos de la excitación, los aborígenes se miraban entre ellos y sonreían. Cada tanto alguno se volvía hacia mí y me mostraba sus dientes pútridos.

La criatura salió de golpe, tan pálida que la luz de la luna que reflejaba su piel la hacía parecer bioluminiscente. Parecía humana, pero carecía de ojos, orejas, nariz, pelo o cualquier otro rasgo mamífero. Tenía una enorme boca que le ocupaba toda la cara, con unos enormes y afilados dientes como cuchillas. Los gritos desesperados que salían de ella hacían temblar los árboles a nuestro alrededor. Vio el cuerpo de Enzo y se abalanzó a comer, con una violencia que me es imposible describir con palabras. Ana recobró la conciencia sólo un instante para volver a perderla ante tal espectáculo de sangre. Algo en mi interior no me dejaba apartar la vista de aquel festín macabro.

Cuando la bestia terminó, dio un salto y se puso frente al más grande de aquellos hombres. Lanzó un grito lleno de pena y desesperación que pude sentir en las entrañas. Sin pestanear, el aborigen comenzó a cantar, y todos lo seguimos. El inhumano se retorció de dolor y se revolcó por el suelo lleno de sangre. Gritó una o mil veces, no podría precisarlo, y huyó hacia las entrañas de la tierra, a lo profundo de la caverna. Retomamos la procesión y cantamos hasta el amanecer.

Llegamos a un asentamiento, con chozas de troncos y techos de paja. Un grupo de niños salió a recibirnos entre vítores. Me obervaban con mucha curiosidad, y huyeron corriendo cuando toqué el primer acorde en la guitarra. Llevaron a Ana hasta una choza alejada. Lo últmo que oí de ella fueron sus gritos desesperados pidiendo ayuda. Ignoro su destino, aunque lo sospecho similar al de Enzo.

¡Oh, crueles matices del destino! Redacto estas páginas en los últimos elementos de civilización con los que cuento, además de mi guitarra. Por favor, si encuentras estas líneas, ¡huye! ¡No me busques, ni a Ana, ni a Enzo! ¡No busques a nadie que se haya perdido aquí! La bestia es insaciable, ahora mi deber es alimentarla, y preferiría no hacerlo contigo.


Consigna: Escribí un relato de horror rural donde un grupo de folcloristas viaja a un pueblo aislado para registrar cantos tradicionales antiguos y descubren que la melodía que repiten los lugareños no es música, sino un mecanismo sónico para mantener dormida a una criatura.


No hay comentarios:

Publicar un comentario