sábado, 27 de junio de 2026

Ojo por ojo

 Por Greta Correa


I

 

Sam salió temprano del trabajo ese viernes. Si bien era jefe de policía, últimamente delegaba todo y no había ningún caso que le llamara la atención. En casa lo esperaba Lydia, su mujer. Su relación era monótona pero estable. Los nuevos hábitos de su esposa lo tenían cansado. Pensó en la comida sana que le esperaba y se detuvo en un restaurante de comida rápida. También se encargó de abastecerse de cerveza antes de llegar. Se engulló la hamburguesa de camino y se fijó en que no tuviera rastros en el bigote. Respiró profundo y entró.

—Querida, ya llegué

—Llegaste temprano.

—Sí, últimamente la ciudad está tranquila…¿Quieres una birra?

—Así estoy bien.

—¿Me acompañas a la mesa al menos?

—Así estoy bien.

Sus cambios lo aburrían un poco; no era la misma. Ahora se alimentaba mejor y cuidaba su bebida. Él extrañaba a la Lydia de antes. Se habían enamorado en una época autodestructiva, cuando ella era más divertida. Últimamente las cosas estaban raras, pero esa noche Lydia estaba más cortante de lo normal. Por más distraído que fuera Sam, algo no le terminaba de cerrar. Lydia se fue a la habitación, Sam se quitó la camisa sudorosa y las pistolas, dejando todo tirado en el sofá. Luego abrió una lata y fue a buscarla.

Sam se quitó los zapatos. Se olió, disfrutaba el olor de su propia pecueca. Lydia rodó los ojos pero no dijo nada. Sam se rascó el culo y tomó un trago de su cerveza.

—¿Segura que no quieres? Es viernes.

—No insistas, Sam.

—Es que te extraño. Hace tiempo que no cogemos.

Sam se sentó en la cama y le acarició el rostro. Lydia arrugó la cara.

—Es que siempre hueles a culo.

—Me baño.

—Estoy cansada, deja así. ¿Te puedes ir, por favor?

Sam la miró, decepcionado. Bajó la mirada y algo captó su atención. Pelaje blanco en la alfombra de la habitación. De hecho, ahora que lo pensaba, hacía tiempo que encontraba pelos blancos en la cama y en su ropa. 

—¿Sabes algo de estos pelos blancos? —Levantó uno del suelo.

—Debe ser algo de la calle. Es temporada de algodón.

—No es algodón—le dijo mientras se acercaba al armario.

—Espera—dijo Lydia.

Sam abrió el armario. Entonces, lo vio de frente. Estaba el maldito de Bugs con sus ojos saltones horribles. Sam miró a Lydia, que se tapaba la cara. Se la había estado cogiendo todo este tiempo. Lo intentó agarrar por el cogollo, pero se le escurrió de las manos.

El sheriff corrió a la sala a buscar su pistola y disparó dos o tres veces. Lydia lo quiso taclear para proteger a su amante. El conejo saltó por la ventana. Sin querer, Sam le disparó a Lydia en el pecho.

—Lydia…

—Lo siento, Sam.

Vio cómo se apagaron sus ojos. Murió en sus brazos. Sintió un nudo en la garganta y las lágrimas brotaron sin parar. Se bebió todo lo que había, pero parecía que nada hacía efecto. Se sentía sobrio. El luto se transformó en ira. Llamó a su fiel aliado, Taz.

—Mande, jefe.

—Ven a casa.—colgó.

Sam hablaba solo mientras recorría los rincones de su casa y bebía. El cadáver de Lydia reposaba en el suelo, inmóvil. Él pensaba y murmuraba. Se sentó en la mesa de la sala a anotar cosas en su libreta negra, hasta que llegó Taz. Le abrió la puerta sin mirarle a los ojos. Movía su cabeza de lado a lado como hablando consigo mismo. Nunca había visto al jefe así de desorientado.

—Avísame cuando termines. Te espero afuera.—Sam salió al patio trasero.

Dejó a Taz con el cuerpo de su esposa. Escuchó el crujir de los huesos, los ruidos devoradores le sonaban como un taladro de dentista. Suspiró bajo el árbol y se sentó en la mesa del patio. Siempre le caían bicharangos y frutos secos; los apartó con la mano y apoyó la cerveza, pensando en lo horrible que era esa mesa. Era redonda, de vidrio, la que Lydia lo había obligado a comprar. A él le gustaban las de madera, pero ella insistía en que se pudrían rápido con la humedad.

Se peleaban seguido, aunque siempre lograban reconciliarse. “Ya no tiene sentido pensar en lo que fue”, se dijo Sam. Imaginar a Lydia con Bugs le provocaba una repulsión insoportable, una impotencia que le quemaba las entrañas. Estaba devastado, humillado y lleno de odio.

Bebió otra cerveza y, al aplastar la lata contra la mesa, el cristal se rompió en pedazos, los vidrios se esparcieron en el pasto ya crecido. Tomó un vidrio filoso y se cortó el brazo. Lo apoyó con fuerza y cerró los ojos. Ese dolor al menos se sentía real. Se dibujó una X en el brazo, como promesa de que cazaría a ese maldito.

—Está hecho.—Taz salió con sangre chorreándole de la boca.

Sam entró de vuelta a la casa. Ya no quedaba cadáver ni alfombra. También él estaba dejando rastros de sangre con el brazo abierto. Se limpió en el baño y se envolvió la herida con la camisa.

 

 

II

 

A la semana siguiente, se reunieron Sam, Marvin y el Coyote. El aire de la casa se sentía distinto, cargado. Marvin percibió una energía pesada: ya no había alfombra y Lydia tampoco estaba. En todos los años que la había conocido, siempre había estado presente. Supo entonces que algo grave había pasado y que se venía destrucción.

El Coyote intuía que era una ocasión especial. Generalmente se juntaban todos, pero esta vez solo estaban él, el marciano y Taz, que no contaba porque no era de alto rango.

Sam tenía un plan, aunque no podía ejecutarlo solo. Su orgullo estaba roto, pero nada más importaba. La venganza debía ser perfecta; matarlo sería demasiado poco. Reunió a esos dos monstruos para alcanzar un objetivo común. Taz los condujo hasta la mesa cuadrada del patio. Sam, sentado en la punta, con los ojos marrones encendidos de ira, respiró hondo y tomó compostura para hablar.

—Señores. El conejo ha cometido el mayor de los pecados: traicionar a la patria.

—La traición no se perdona —dijo el Coyote—. ¿Qué piensa hacer?

—Para eso los he traído. Me parece que Lola necesita distracción.

—¿La llevo de paseo? —preguntó el Coyote. Sam asintió.

El Coyote ya pensaba en los siguientes pasos.

—El conejo salta por el campo sintérgico —Sam se dirigió al marciano.

El prolongado contacto visual permitió que Marvin accediera a la mente de Sam. Era un ruido ensordecedor. Encontrar el amor nunca es fácil, y que te lo arrebaten resulta insoportablemente doloroso. Sintió el orgullo de Sam, esa debilidad preciosa que lo llevaba a aliarse con su poder destructivo para lograr su objetivo. Lo admiraba por su sed de venganza. Comprendió que Sam no quería una muerte simple para el traidor: buscaba un ojo por ojo. La cabeza de Marvin comenzó a humear y salió de su cabeza.

—Me anoto, jefe —dijo.

 

 

III

 

El Coyote estaba eufórico con su misión. Llegó a la casa de Lola Bunny en un auto destartalado, escuchando punk a todo volumen. Vestía traje y corbata, pero su mirada desquiciada lo delataba. Se estacionó frente a la casa, aguardó a que Bugs saliera y entonces la abordó. Fingió ser Testigo de Jehová y tocó el timbre. Lola abrió la puerta.

 

—Hola, disculpa, ¿tienes un momento para hablar de Dios? —sonrió de oreja a oreja.

 

Ella le aventó la puerta en la cara, pero antes de que se cerrara por completo, el Coyote metió los dedos y la atrapó. El folleto escondía un trapo empapado en cloroformo. La abrazó por detrás, la asfixió y cayó al suelo. Cerró la puerta, sacó una cuerda y le ató manos y pies. La cargó hasta la cajuela, le cubrió la boca y le puso un saco negro en la cabeza. Nadie lo vio. Encendió el motor y se alejó riendo. Subió el volumen de la música y pisó el acelerador.

El viaje era largo. Tenía sedantes listos para dispararle cada vez que despertara. Al caer la tarde llegaron a un rancho en medio de la nada. Lola dormía. El Coyote la cargó como un saco de papas y la arrojó sobre un colchón fino, como los de prisión. El golpe la despertó. Le quitó la venda y la cinta de la boca. Frente a ella estaba Sam Bigotes, apuntándole con dos revólveres.

—Hola, conejita.

—¡Bugs te va a hacer mierda!

—Ya no tengo nada que perder. Me quitó a mi mujer, ahora yo le voy a quitar a la suya.

—Sé todo. Estoy dispuesta a colaborar.

—No sabes nada.—dijo Sam.

—¿Sobre Lydia? Somos dos personas lastimadas por la misma persona. Vamos a aliarnos.

El intercambio de palabras se volvió un duelo de heridas abiertas. Lola intentó negociar, apelando a la traición compartida, pero Sam la desnudó con palabras: no buscaba dinero ni una muerte rápida, quería un ojo por ojo.

—No te cojo porque me pareces asquerosa.

Sam le hizo una seña al Coyote, que se acercó a la coneja con mirada lasciva, le apretó un muslo. La coneja seguía atada, sentía las garras de la bestia, le estaba babeando encima. El Coyote se desabrochó el pantalón, mientras Sam salía de la habitación. A los pocos segundos escuchó los gritos de Lola. Sacó su teléfono y llamó a Bugs.

—Tengo a tu puta —dijo, acercando el móvil a la ventana para que oyera los alaridos.

—¡¿Dónde está?!

—En el viejo oeste. Ven a buscarla. —trancó.

El código estaba claro. Sam se encontró con Marvin afuera y le dijo que Bugs estaba cerca. A los pocos segundos llegó el conejo montado en el alcalde Correcaminos. Marvin disparó su láser y desintegró al pájaro al instante.

—Al conejo todavía no. Debe sufrir primero.—Sam bajó el láser de Marvin.

El marciano, irritado, contenía su poder destructor. Podría haberlos liquidado a todos: a Bugs, Sam, la policía, los militares, incluso al presidente Warner. Pero gobernar un mundo muerto no le interesaba; lo que quería era estudiar el caos.

Bugs irrumpió en la habitación y vio a Lola en cuatro, amordazada, entre las garras del Coyote que se la cogía por detrás con violencia.

—¡Suéltala! —se abalanzó contra el Coyote y lo golpeó en la cara repetidas veces, la sangre le salpicaba en la cara. No se detenía. Sam y Marvin observaban la escena como jueces implacables. Cuando el Coyote no se movió más, se acercaron a Bugs.

—Estás arrestado por asesinato. —dijo Sam, inmovilizándolo en el suelo, pero aún sin esposarlo. Sam le abrió los ojos a Bugs sosteniendo sus párpados con fuerza. —Marvin, haz lo tuyo.

El marciano se metió en la mente del conejo. Lo hipnotizó. En modo zombie, Bugs agarró el revólver y le disparó a Lola. Sam asintió con la cabeza con alivio en el corazón.

—¡¿Qué han hecho?!—Bugs abrazó el cadáver de Lola.

—Ahora es asesinato doble.—lo esposó.

 

Lo llevaron a la prisión de Sam, donde su venganza se consumó lentamente, hasta que Bugs murió.

 

Escribí un relato de mafia, adulto y realista, con los personajes de los Looney Tunes como protagonistas.


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