Por Bastinazo
Quizás, cuando os relate esta historia, solo os vengan a la boca improperios
e insultos; que penséis que soy un pobre lunático, uno más entre todos los que
han vivido una experiencia tan traumática como una guerra. De esos que van
arrastrando sus miserias de cantina en cantina, absortos en su mundo interior.
Muchos se preguntarán qué se siente al morir, qué extrañas conjeturas
envuelven el secreto de nuestra existencia hasta arrastrarla hacia un punto de
no retorno. Yo lo percibí dos veces: cuando una bayoneta se introdujo en mis
tripas y las derramó sobre el barro, y cuando presencié cómo devoraban mi alma.
El conflicto llevaba meses sin avanzar. Aquella era una tierra de nadie
sembrada por los retoños de la Parca. Un páramo que se extendía fanegas y
fanegas entre una boira que parecía nacer del suelo. El hedor, nauseabundo y
penetrante, se desplazaba por el aire. Vientos de muerte que te recordaban que
solo eras una pieza más del tablero, sustituible.
Cuando la niebla se disipaba, podían observarse con todo lujo de detalles
los cuerpos destrozados por la metralla y los obuses. Algunos solo eran trozos
amorfos de lo que antes fueron seres humanos: un tronco sin brazos ni piernas,
una cabeza en un reposo solitario cuyos ojos desorbitados aún parecían buscar
las partes amputadas. Se podía observar el horror en aquellas pupilas
blanquecinas, detenido en el tiempo...
Algunos soldados habían quedado atrapados entre el alambre de espino.
Parecían espantapájaros desaliñados. Las ratas hambrientas, con meticulosidad,
habían conseguido perforar los uniformes y la carne hinchada. Algunas entraban
y salían de los agujeros, devorando los intestinos con sus espantosos dientes
amarillos.
De vez en cuando, el enemigo utilizaba a los pobres desgraciados como blancos
para practicar el tiro. Era doloroso escuchar la detonación a lo lejos y ver
cómo saltaba por los aires un trozo de cuerpo atrapado en las alambradas.
Nosotros respondíamos con una oleada de disparos e insultos.
Las trincheras eran un compendio de pasillos y túneles. Un laberinto que se
extendía kilómetros en horizontal. El barro y el cieno se adueñaban
prácticamente de todos los rincones. El olor era allí más soportable, aunque no
dejaba de ser una peste melosa y repugnante que se agarraba a la garganta.
Había dos secciones muy diferenciadas. La vanguardia, que era la que
soportaba los ataques, donde estaban montadas las ametralladoras y las piezas
de artillería; y la retaguardia, donde nos retirábamos tras nuestros turnos de
guardia para descansar. Eran pequeños compartimentos excavados en la tierra
donde cabían cuatro literas y una mesa desvencijada que servía para comer y
jugar a las cartas en los ratos libres...
El tiempo allí era lento y pesado.
Tirados en el catre, la mente no cesaba en su empeño de traernos recuerdos y
vivencias. Allí, entre las picaduras de las chinches y las pulgas, la presencia
de nuestros seres queridos se hacía insoportable. En el silencio de la noche,
escoltado por los sonidos abruptos de las bombas, escuchábamos los llantos de
nuestros camaradas, ahogados por los nuestros.
La carga que nos tocaba arrastrar, el dolor de la ausencia...
Muchos nos preguntábamos qué demonios hacíamos allí, entre tanto dolor y
sufrimiento. Atrapados en un conflicto bélico que no entendíamos, mientras los
altos mandos decidían cuántos más tendrían que entregar sus vidas en nombre de
la gloriosa nación para luego convertirse en pasto de las ratas y en una
esquela institucional entregada a unas madres abatidas.
No podíamos salir de aquel maldito círculo: obedecer y morir.
Para escarmentar, los mandos fusilaban delante de toda la compañía a quienes
no obedecían las órdenes o a los ilusos a los que se les pasaba por la cabeza
desertar.
—¡Un traidor a la patria es peor que el enemigo más acérrimo!
Decía con voz atronadora el capitán antes de dar la orden de
ajusticiamiento.
Después, los cuerpos cosidos a balazos eran lanzados fuera de las trincheras
para que el enemigo pudiera comprobar que no se permitía ninguna clase de
debilidad...
Solo nos quedaba aguantar, rezar para que ninguna bala te atravesara el
casco y tus sesos no acabaran entre el barro y la podredumbre; rezar para que
ninguna bayoneta, en un cuerpo a cuerpo, te atravesara el estómago mientras tu
enemigo, tan asustado como tú, suspiraba de alivio porque esta vez no le había
tocado a él.
Orar al Dios miserable que permite esta carnicería para que te dejara vivir
y regresar algún día a la granja para empezar la cosecha.
Pero supongo que esas oraciones no sirven para nada, porque Dios ya se cansó
de nosotros y estará ocupado creando otros mundos poblados por seres más
benévolos, que no se odian los unos a los otros.
Aquel amanecer la niebla era aún más densa. Era como si el cielo, por un
momento, hubiera descendido hasta las raíces de la tierra. La calígine parecía
tragarse los sonidos; aquel silencio absoluto era estremecedor.
Quizá por eso no escuchamos la primera tanda de obuses que la aviación
enemiga sembró sobre nuestra línea de avance. Primero fue la luz; después, la
detonación y los trozos de metralla y cuerpos desperdigados.
Luego llegaron los fogonazos de nuestra artillería rompiendo la niebla.
Hubo una pausa entre aquella desolación y se escuchó un largo pitido en la
lejanía. El ejército rival había decidido lanzar una ofensiva con su infantería
aprovechando el desconcierto.
Nuestras ametralladoras zumbaban al alba, segando cuerpos como espigas bajo
la hoz, pero el enemigo era numeroso y valiente. Pronto alcanzaron nuestras
trincheras y se lanzaron, gritando como posesos, a los estrechos pasillos.
Fue entonces cuando el tiempo se detuvo y la vi.
Era una sombra gigantesca que pasaba de cadáver en cadáver, libando las
almas que salían de los cuerpos destrozados. No tenía una forma definida; era
la negrura absoluta. Traía consigo la más absoluta desesperación y el horror.
Se alimentaba como una alimaña, un recolector con un hambre voraz que se
vanagloriaba de un festín sin límites.
¿Qué oscuros y horribles secretos gobiernan este mundo?
Estar obnubilado por aquella presencia me hizo perder el sentido de alerta.
Cuando reaccioné, aquel soldado enemigo estaba frente a mí. Descargué mi
fusil al bulto, pero el disparo solo lo rozó levemente en el hombro. Aquello lo
volvió loco y disparó con los ojos cerrados. El proyectil me alcanzó de lleno
en una pierna y caí de bruces sobre dos cuerpos ensangrentados.
Fue rápido.
La bayoneta enemiga se introdujo con rabia en mi barriga y, al salir,
extrajo mis intestinos por un enorme corte. Intenté taparme el agujero con las
manos, pero la sangre y las tripas se escurrían entre mis dedos.
Dos metros más adelante, una bala perdida reventó la cabeza de mi ejecutor.
Es extraño cómo transcurre el tiempo en esos instantes. Solo tenía en mi
mente a mi madre. Todas las vivencias pasaron ante mí como una rápida estela. A
mi alrededor la carnicería continuaba, pero ya todo me daba igual.
Estaba preparado.
Salí de mi cuerpo como el humo de una vela apagada.
Entonces la sombra hambrienta se cernió sobre mí. Era como si algo devorara
tu esencia, tu existencia. Aquello se alimentaba del yo de las personas. El
dolor fue aún más brutal que el de la bayoneta.
Cuando creí que dejaría de existir para siempre, un obús detonó sobre mi
cuerpo rígido...
Sentí como si hubiera sido vomitado, libre.
—¿Tienes algo más que decirnos? —preguntó la médium, aún en trance—. Estamos
aquí para escuchar tu historia.
—¿Lo ha transcrito todo?
—Sí, aunque es difícil seguir el ritmo de la psicografía —explicó el
ayudante de la espiritista—. A veces se salen del papel al escribir los
mensajes.
—¡Magnífico! Será un excelente artículo para la conferencia.
—Se ha ido.
En aquel instante, la médium se dejó caer sobre la mesa, exhausta. El
asistente se levantó con parsimonia y corrió las cortinas.
Fuera, la noche ya había tomado las calles.
Consigna: Relato dramático situado en una trinchera durante una guerra. En medio del bombardeo, el tiempo se detiene por completo para un solo soldado.
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