Por Mandinga
Mientras el suelo se despedaza con cada gota de acero que lo besa,
en los pozos, sólo se oyen rezos y plegarias.
Las explosiones —que iluminaban el firmamento nocturno como flashes
fotográficos en una fiesta quinceañera, de esas, que hoy recuerda tan lejanas—
y los estruendos, ya no están. No entiende muy bien por qué, pero se detuvieron
hace unos minutos. Ahora, reina un silencio de muerte. No hay alaridos de dolor
ni pedidos de ayuda. Sólo silencio.
Levanta la cabeza —sólo cubierta con el casco que rescató de la
última avanzada— y se queda unos segundos observando a su compañero, su hermano
a estas alturas. Gira sobre su cuerpo y toma la escalera de madera de ambos
lados. Un pie. El otro. Cuatro escaladas y ya está con medio cuerpo afuera del
pozo. Todavía es de noche, algunos destellos flotan en el cielo, suspendidos.
Está afuera.
Deja de abrazarse. El frío ya no está, y sus pies están secos.
El susurro constante de su compañero de pozo, con el fusil aferrado
entre sus manos, como si su vida dependiera de la fuerza que ejerce en ese
momento sobre el frío metal, la cabeza entre las piernas y los pies hundidos
veinte centímetros bajo el agua y el barro, apenas se había convertido en un
murmullo que le llega desde lejos. Un mantra.
No hay nadie a la vista. Seguro están en los pozos. Se toma un
momento para mirar. Desde que llegó, no había tenido tiempo para abrir los ojos
y contemplar su entorno.
Sonríe.
Había olvidado que tenía la capacidad de hacerlo.
Camina, iluminado apenas, por el fuego que descansa en las alturas.
Un aroma familiar se cuela por sus fosas nasales y casi que siente
el sabor en su boca. Es el puchero de su madre, su última comida de verdad
antes de hacerse presente en La Tablada. Recuerda el viaje en colectivo desde
Lanús, con la mirada clavada en la ventanilla —mirando sin ver— aquellos
paisajes que hoy tanto extraña.
Baja a un pozo que se encuentra a cien metros del suyo.
—Vení, hijito, ya está la comida.
—Ya voy, vieja, esperame que me cambio las botas que ya no las
aguanto más.
—Dale, mi vida, no tardes que se enfría.
—Acá estoy, acá estoy, dejame calentarme un poquito que me agarró
un frío tremendo —se acerca a la estufa y se refriega las manos con intensidad,
hace rato que no siente un calor como ese— ¿qué cocinaste de rico?
—Puchero, hijito, este frío hace que tengamos que darle pelea
—sonríe.
—Si, viejita, es verdad. Estos días estuve con un frío que ni me
dejaba pegar el ojo. No te das una idea el tornillo que hace metido ahí abajo,
y encima sólo nos dan un mate cocido por día.
—Me imagino, pero ya no te preocupes, ahora estás en casita, otra
vez, sabés muy bien que nunca te deberías haber ido —le acaricia el pelo con
ternura.
—Lo sé má.
Se lleva la cuchara a la boca y siente el vapor del caldo chocar
contra sus pómulos. Da un sorbo al cubierto metálico, tiene los ojos cerrados,
está disfrutando el momento. Los abre y ve cómo su madre se distorsiona, tal
cual lo hace la imagen en la televisión cuando se pierde la señal.
—¿Mamá?
La imagen vuelve por un segundo, para desaparecer definitivamente.
Su compañero de pozo, permanece inmóvil, exactamente como hace un
rato.
Gira sobre su cuerpo y toma la escalera de madera de ambos lados.
Un pie. El otro. Cuatro escaladas y ya está con medio cuerpo afuera del pozo.
Todavía es de noche, algunos destellos flotan en el cielo, suspendidos.
Se dispone a salir del todo, cuando alguien lo nombra.
—¿Qué haces acá?
—Hola, gordito, te extraño mucho.
—Pero ¿cómo llegaste?
—Yo no llegue, lindo, sos vos quién llegó. Vení, acompañame, vamos
a caminar un poco.
Se acomoda en la escalera, ella está arriba y le extiende ambos
brazos para ayudarlo a subir.
Se toman de la mano y caminan. Es de día. Están en el Parque
Lezama, donde siempre solían caminar.
—Te extrañaba mucho, María —no saca la mirada de su novia, mientras
esquiva los cuerpos de sus compatriotas, que permanecen desparramados por el
Parque. Un perro les gruñe cuando pasan demasiado cerca de él, quizá por
entender que deseaban arrebatarle el brazo que le servía de alimento.
—Yo también, gordito. No te imaginás lo que es la vida lejos tuyo.
Ya nada es lo mismo. Todos te extrañamos. Tony, Nico, Julia, tu mamá. Tratamos
de seguir, como cualquier día, pero ya nadie hace chistes, ya nadie organiza
asaltos, mucho menos ir a bailar, como hacíamos antes.
—Pero no sean tontos, si yo ya vuelvo ¿o no estamos hablando ahora
mismo?
—Deberías sacarte esa ropa, gordito, ya no te queda ¿no extrañás
los jeans?
—Uff, claro que sí, pero bueno, acá no me queda otra, es parte del
uniforme, no querrás que me estaqueen como al correntino, que por no llevarlo
completo se comió tres días, casi muerto lo sacamos cuando nos dieron la orden.
—Entiendo, pero no te la quedes mucho tiempo, mirá que ya tenés que
viajar.
—Sí, quedate tranquila que ya no me vas a ver mucho tiempo ass… —Su
compañero de pozo, aún aferrado al metal del fusil, comenzaba a tiritar, y el
mantra llegaba nuevamente a sus oídos. Ahora podía distinguir bien que era lo
que decía entre el rechinar de sus dientes.
Rezaba.
Afuera, el firmamento se ilumina otra vez, volvieron los flashes. Las
explosiones, hacen que el barro vuele por los aires, casi tapando la entrada
del pozo, mientras llueve y el agua no deja de correr por los muros de tierra.
Los estruendos se oyen cada vez más cerca, los obliga a cubrirse los oídos con
ambas manos, en vano. Aún siente el sabor del puchero en su boca y la mano de
María junto a la suya.
—¡No retrocedan! ¡No sean maricas!
Reconoce la voz de su capitán en medio de la saturación sonora.
El miedo y el frío, los atormentan desde que llegaron, no permiten
el descanso, con los pies empapados dentro de unas botas gastadas y la tela de
las que alguna vez fueron medias, abrazándose con fuerza a la carne herida, de
la misma manera que lo hizo su madre aquella mañana en que le informaron que
debía viajar a las islas.
Es de día, otra vez.
Hay que contar las bajas y tratar de recuperar lo que sirva. Nada
se puede desperdiciar.
Otro día nublado y van…
Toman lo que todavía sirve y se preparan para marchar rumbo a
Puerto Argentino.
Mientras llueve.
Consigna: Escribí un relato dramático situado en una trinchera durante una guerra. En medio del bombardeo, el tiempo se detiene por completo para un solo soldado.
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