sábado, 27 de junio de 2026

Mientras llueve

 Por Mandinga


Mientras el suelo se despedaza con cada gota de acero que lo besa, en los pozos, sólo se oyen rezos y plegarias.

Las explosiones —que iluminaban el firmamento nocturno como flashes fotográficos en una fiesta quinceañera, de esas, que hoy recuerda tan lejanas— y los estruendos, ya no están. No entiende muy bien por qué, pero se detuvieron hace unos minutos. Ahora, reina un silencio de muerte. No hay alaridos de dolor ni pedidos de ayuda. Sólo silencio.

Levanta la cabeza —sólo cubierta con el casco que rescató de la última avanzada— y se queda unos segundos observando a su compañero, su hermano a estas alturas. Gira sobre su cuerpo y toma la escalera de madera de ambos lados. Un pie. El otro. Cuatro escaladas y ya está con medio cuerpo afuera del pozo. Todavía es de noche, algunos destellos flotan en el cielo, suspendidos.

Está afuera.

Deja de abrazarse. El frío ya no está, y sus pies están secos.

El susurro constante de su compañero de pozo, con el fusil aferrado entre sus manos, como si su vida dependiera de la fuerza que ejerce en ese momento sobre el frío metal, la cabeza entre las piernas y los pies hundidos veinte centímetros bajo el agua y el barro, apenas se había convertido en un murmullo que le llega desde lejos. Un mantra.

No hay nadie a la vista. Seguro están en los pozos. Se toma un momento para mirar. Desde que llegó, no había tenido tiempo para abrir los ojos y contemplar su entorno.

Sonríe.

Había olvidado que tenía la capacidad de hacerlo.

Camina, iluminado apenas, por el fuego que descansa en las alturas.

Un aroma familiar se cuela por sus fosas nasales y casi que siente el sabor en su boca. Es el puchero de su madre, su última comida de verdad antes de hacerse presente en La Tablada. Recuerda el viaje en colectivo desde Lanús, con la mirada clavada en la ventanilla —mirando sin ver— aquellos paisajes que hoy tanto extraña.

Baja a un pozo que se encuentra a cien metros del suyo.

—Vení, hijito, ya está la comida.

—Ya voy, vieja, esperame que me cambio las botas que ya no las aguanto más.

—Dale, mi vida, no tardes que se enfría.

—Acá estoy, acá estoy, dejame calentarme un poquito que me agarró un frío tremendo —se acerca a la estufa y se refriega las manos con intensidad, hace rato que no siente un calor como ese— ¿qué cocinaste de rico?

—Puchero, hijito, este frío hace que tengamos que darle pelea —sonríe.

—Si, viejita, es verdad. Estos días estuve con un frío que ni me dejaba pegar el ojo. No te das una idea el tornillo que hace metido ahí abajo, y encima sólo nos dan un mate cocido por día.

—Me imagino, pero ya no te preocupes, ahora estás en casita, otra vez, sabés muy bien que nunca te deberías haber ido —le acaricia el pelo con ternura.

—Lo sé má.

Se lleva la cuchara a la boca y siente el vapor del caldo chocar contra sus pómulos. Da un sorbo al cubierto metálico, tiene los ojos cerrados, está disfrutando el momento. Los abre y ve cómo su madre se distorsiona, tal cual lo hace la imagen en la televisión cuando se pierde la señal.

—¿Mamá?

La imagen vuelve por un segundo, para desaparecer definitivamente.

Su compañero de pozo, permanece inmóvil, exactamente como hace un rato.

Gira sobre su cuerpo y toma la escalera de madera de ambos lados. Un pie. El otro. Cuatro escaladas y ya está con medio cuerpo afuera del pozo. Todavía es de noche, algunos destellos flotan en el cielo, suspendidos.

Se dispone a salir del todo, cuando alguien lo nombra.

—¿Qué haces acá?

—Hola, gordito, te extraño mucho.

—Pero ¿cómo llegaste?

—Yo no llegue, lindo, sos vos quién llegó. Vení, acompañame, vamos a caminar un poco.

Se acomoda en la escalera, ella está arriba y le extiende ambos brazos para ayudarlo a subir.

Se toman de la mano y caminan. Es de día. Están en el Parque Lezama, donde siempre solían caminar.

—Te extrañaba mucho, María —no saca la mirada de su novia, mientras esquiva los cuerpos de sus compatriotas, que permanecen desparramados por el Parque. Un perro les gruñe cuando pasan demasiado cerca de él, quizá por entender que deseaban arrebatarle el brazo que le servía de alimento.

—Yo también, gordito. No te imaginás lo que es la vida lejos tuyo. Ya nada es lo mismo. Todos te extrañamos. Tony, Nico, Julia, tu mamá. Tratamos de seguir, como cualquier día, pero ya nadie hace chistes, ya nadie organiza asaltos, mucho menos ir a bailar, como hacíamos antes.

—Pero no sean tontos, si yo ya vuelvo ¿o no estamos hablando ahora mismo?

—Deberías sacarte esa ropa, gordito, ya no te queda ¿no extrañás los jeans?

—Uff, claro que sí, pero bueno, acá no me queda otra, es parte del uniforme, no querrás que me estaqueen como al correntino, que por no llevarlo completo se comió tres días, casi muerto lo sacamos cuando nos dieron la orden.

—Entiendo, pero no te la quedes mucho tiempo, mirá que ya tenés que viajar.

—Sí, quedate tranquila que ya no me vas a ver mucho tiempo ass… —Su compañero de pozo, aún aferrado al metal del fusil, comenzaba a tiritar, y el mantra llegaba nuevamente a sus oídos. Ahora podía distinguir bien que era lo que decía entre el rechinar de sus dientes.

Rezaba.

Afuera, el firmamento se ilumina otra vez, volvieron los flashes. Las explosiones, hacen que el barro vuele por los aires, casi tapando la entrada del pozo, mientras llueve y el agua no deja de correr por los muros de tierra. Los estruendos se oyen cada vez más cerca, los obliga a cubrirse los oídos con ambas manos, en vano. Aún siente el sabor del puchero en su boca y la mano de María junto a la suya.

—¡No retrocedan! ¡No sean maricas!

Reconoce la voz de su capitán en medio de la saturación sonora.

El miedo y el frío, los atormentan desde que llegaron, no permiten el descanso, con los pies empapados dentro de unas botas gastadas y la tela de las que alguna vez fueron medias, abrazándose con fuerza a la carne herida, de la misma manera que lo hizo su madre aquella mañana en que le informaron que debía viajar a las islas.

Es de día, otra vez.

Hay que contar las bajas y tratar de recuperar lo que sirva. Nada se puede desperdiciar.

Otro día nublado y van…

Toman lo que todavía sirve y se preparan para marchar rumbo a Puerto Argentino.

Mientras llueve.


Consigna: Escribí un relato dramático situado en una trinchera durante una guerra. En medio del bombardeo, el tiempo se detiene por completo para un solo soldado.

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