lunes, 7 de mayo de 2012

En el sótano


 Por Luis Del Val Carrasco.

Basado en «El escarabajo de oro» de Edgar Allan Poe.
                                                             
    
     I

     Allí erguido, en actitud ensimismada, lord Reginald C***, el último heredero adulto de una estirpe de la más elevada alcurnia, contemplaba desde la popa del barco las refulgentes aguas del océano. La quietud y pureza de las mismas, así como la forma en la que estas despedían, con un furioso reflejo, el brillo de los declinantes rayos de un sol apenas perceptible ya en el horizonte, parecieron infundir en su martirizado espíritu parte de la serenidad perdida. Perdida irremisiblemente desde que...
     —¿Disfrutando de las vistas, amigo?  
     —¿Ehhh...? —contestó de mala gana el interpelado, quien no esperaba aquella interrupción. El hombre se giró un momento hacia el desconocido que le había dirigido la palabra de un modo tan insolente, lo examinó con desprecio mal disimulado y concentró su vista en la estela de la nave, un reguero de espuma de inmaculada blancura. Y volvió a abstraerse en sus lúgubres meditaciones.
     ¿Habrían descubierto ya el holocausto que había tenido lugar en su palacete de King’s Road? ¿Sería de dominio público la demencia que se había adueñado de sus actos? Él había hecho lo posible para encubrirlo todo, pero quizás el incendio del edificio no hubiera sido suficiente para borrar las huellas de sus crímenes... No había transcurrido aún ni una semana de los hechos. Y él no tenía medios de saber en qué estado se encontraba la investigación policial...
     —Obra bien, caballero —insistió aquella voz cordial. Su poseedor, un muchacho atildado de agradable aspecto, aparentó no darse cuenta de que a su forzado interlocutor le molestaba su presencia—. Aprovechemos la bonanza actual. A juzgar por las previsiones, no va a durar mucho.
     —¿Por qué lo dice? —preguntó por mera cortesía. Se inclinó sobre la fría barandilla del lujoso transatlántico, apoyó displicente los brazos en el metal y prosiguió dándole la espalda al entrometido.
     —¿No ha leído esto su señoría? —El respetuoso tratamiento surgió de sus labios de una manera automática: las elegantes ropas y el porte altivo de aquel hombre manifestaban a las claras su origen noble. Alzó la mano y señaló hacia el poste que se hallaba detrás de ellos.
     El aristócrata se sintió intrigado a su pesar y siguió con la mirada la dirección en que apuntaba el gesto del importuno charlatán. Este tuvo entonces ocasión de observar las profundas ojeras y las arrugas que afeaban las facciones del individuo. Se interrogó mentalmente si padecería alguna afección grave. Y si esta sería una enfermedad de carácter físico o si consistiría más bien en la clase de tribulaciones que emponzoñan el alma. El aire huraño del sujeto y la turbiedad de su mirada le llevaron a inclinarse por esta segunda opción.   
     Escrita en letras mayúsculas, sobre un enorme cartel de pizarra gris, rezaba una inquietante advertencia:

     INFORME DE CAPITANÍA DEL TRANSATLÁNTICO «POPULAR-1»:
     13 DE NOVIEMBRE DE 18... – FUERTE OLEAJE Y TEMPESTAD SE PREVÉN DURANTE LA NOCHE. SE RUEGA A LOS HONORABLES PASAJEROS QUE PERMANEZCAN EN SUS CAMAROTES. POR SU SEGURIDAD. AL ALBA...

     ...EL TEMPORAL HABRÁ AMAINADO —leyó el joven con alegre escepticismo—. Tal vez se equivoquen, ¿verdad? Hemos gozado de un día espléndido, y el mar se encuentra en calma chicha.
     —Es cierto —concedió a regañadientes lord Reginald—. El cielo luce raso. No hay una sola nube. —Una gaviota planeó sobre su cabeza, volando con  aleteos frenéticos.
     Las estrellas comenzaban a destellar en el firmamento y, en efecto, no existía ningún velo que eclipsara su incipiente resplandor. 
     —Con probabilidad se trata de una alarma injustificada. Por cierto, disculpe mi deplorable falta de educación. Me llamo Hadrien, Hadrien Lawrence.
     El sujeto titubeó un instante, pero acabó correspondiendo por fin al apretón de manos. Un saludo breve, desprovisto de calidez y energía. No obstante, no le reveló su nombre a su reciente conocido.
     —Por si acaso, yo me encerraré dentro de un rato en mi cabina. Y no creo que salga de ella hasta mañana. —Guiñó un ojo, aunque lord Reginald no captó su significado.
     —Los truenos nos despertarán. Tendremos la oportunidad de comprobar si el aviso es verídico.
     —Ojalá estalle una tormenta terrible. —El mozo esbozó una sonrisa que le iluminó la cara—. Estamos de viaje de luna de miel, ¿sabe usted? Algunos familiares de mi novia... —El rubor le tiñó las orejas, y se corrigió—: ...de mi mujer, Penelope, habitan en Portland, y nuestra intención es pasar con ellos unos días. Luego partiremos de Maine y visitaremos Nueva York y Washington. Y Baltimore, donde iremos a orar ante el sepulcro de un escritor por el que Penny y yo experimentamos una gran admiración: Edgar Allan Poe. ¿Ha oído usted hablar de él?
     —Sí, sí, lo conozco —asintió con vehemencia el gentilhombre—. ¡Qué rara casualidad! Precisamente fue un relato suyo, «El escarabajo de oro», gracias al cual averigüé que... —Enmudeció de repente. Dudó si debía continuar o no. No fuera a escapársele algún detalle demasiado esclarecedor. Que pudiera delatarlo.
     —¿Qué averiguó? —dijo Hadrien animándolo a seguir.
     —No importa. —El aristócrata dio por zanjado el tema con brusquedad. ¿Qué le sucedía? ¿Tan trastornado se hallaba? Había estado a punto de confiarse a un completo extraño, al borde de realizarle una confidencia íntima—. Pero cuénteme... ¿por qué quiere que el temporal sea violento? Reconozco mi perplejidad: no le entiendo a usted. ¿Acaso no desea una travesía sin sobresaltos?
     —Sí, por supuesto. Hemos estado ahorrando durante mucho tiempo, realizando costosos sacrificios, para poder permitirnos este viaje. Sin embargo... —El joven hizo una pausa. Y reprodujo de nuevo aquel guiño incomprensible.
     —¿Y bien? Explíquese usted de una vez, caballerete. —El tono festivo de aquel jovenzuelo le estaba devolviendo el buen humor que jamás habría sospechado ser capaz de recuperar.
     —Nunca viene mal un poco de diversión nocturna, ¿no opina así su señoría? Si a mi Penny la asustan los relámpagos y las sacudidas del buque, se estrechará con más fuerza entre mis brazos... Y ahí encontrará a este servidor, dispuesto a consolarla y a hacer que olvide la borrasca.  —Otro guiño, cargado de una picardía exultante.
     Una carcajada sincera brotó de la garganta del afligido pasajero. Le reconfortó la evidencia de que ingenuos enamorados poblaban todavía la faz de la tierra. La constatación de la pujanza del amor. No para él, claro, para él aquella especie entera de sentimientos se había tornado imposible tras la muerte de Camellia... Sobre todo, después del descubrimiento del aborrecible comportamiento de esta.
     —¿Y su esposa? ¿Descansa abajo, en el camarote? —aventuró Hadrien—. No es bueno permanecer solo en un crucero de placer.
     —No, no... Mi esposa... —Los malos recuerdos volvieron a entristecerlo—. Mi esposa no puede abandonar Inglaterra. Mi hijo («¿Pero de veras es mío?», dudó) y yo vamos a instalarnos en el Nuevo Mundo. Justo hoy cumple un año de vida.
     El pequeño bastardo («¡Dios bendito!», se reprochó, «tengo que dejar de pensar en él en estos términos. He de confiar en que es mío, en que yo soy su padre, o no servirá de nada esta fuga. En caso contrario, ¡más me valdría arrojarme con él ahora mismo por la borda!») dormía el sueño de los inocentes en el compartimento de su progenitor, el cual había cesado de prestar atención a la cháchara de su acompañante. Este advirtió el retraimiento de su interlocutor y se adelantó a despedirse.
     —Bueno, no le entretengo pues. Le devorará la impaciencia por regresar al lado de su pequeño. Mañana le veré y le presentaré a mi Penny. Espero que me permita usted conocer a su hijito.

     Mas el reencuentro no se dilataría hasta el día siguiente. Únicamente unas horas más tarde, el fugitivo, vestido con su camisa de dormir y empapado hasta la médula por las embestidas de las olas que amenazaban con hacer zozobrar la nave, contemplaría a Hadrien hacinado en una barcaza y abrazado a su esposa...


     II
    
     Un año antes (día 13 de noviembre).

     La dama recorría presurosa la calle. Le urgía arribar a su destino. El acentuado abultamiento de su vientre evidenciaba su avanzado estado de embarazo. Lady Camellia C*** se movía con torpeza bajo la persistente llovizna londinense sorteando los vehículos y la inusual marea de gente desharrapada que provenía de Trafalgar Square.  
     «¿Qué hace aquí esta turba?», se preguntó con extrañeza lady Camellia. Hacía un día de perros.
     Hacia allá se encaminaba la mujer, decidida a romper con su amante. Temía que Armand opusiera resistencia, pero su resolución era inquebrantable. Ante sus argumentos, Armand terminaría por mostrarse razonable. Debía hacerle comprender que aquella idea del duelo era a todas luces descabellada... Esa relación clandestina debía finalizar de inmediato. Ella iba a tener un hijo y la inminencia de la maternidad la había devuelto a la senda de la cordura. El adulterio había sido una torpeza imperdonable, fruto del aburrimiento producido por diez años de un matrimonio que había devenido en hastío y monotonía. Semejante desvarío concluiría, y ella se reintegraría al redil de una vida conyugal carente de excitación pero apacible. Sus obligaciones como futura madre se impondrían a la frivolidad de aquellos amoríos culpables.
     Armand había recibido una misiva que le anunciaba la cita. Mas aguardó en vano toda la jornada a la mujer que la había redactado.
     Lady C*** escuchó una detonación cercana. El disparo de un agente de policía, que pretendía poner freno a la algarada de los manifestantes que protestaban por los incidentes de represión política acaecidos recientemente en Irlanda, espantó a los caballos de un carruaje haciendo que estos invadieran la acera. Uno de los corceles, despavorido, se alzó sobre sus cuartos traseros y descargó una coz con las patas delanteras contra los viandantes. La mujer no pudo esquivar el golpe: absorta en sus cavilaciones, apenas sintió el brutal impacto del casco de la bestia en su espalda. Se desplomó con la columna vertebral partida, muerta en el acto.
     Los disturbios de este día serían bautizados por la prensa británica como «el Domingo Sangriento». Para lord C***, viudo desde aquel exacto instante, aquella fatalidad desencadenó el derrumbamiento estrepitoso de su moralidad.
                                    
                                          * * * * * * * * * * * * * * * *

     —¡Usted no se halla en su sano juicio, señor! —exclamó el auxiliar de la morgue.
     Los médicos del Hospital St. George, adonde fue conducido el cuerpo de la fallecida, le practicaron una cesárea post mórtem a fin de provocar el alumbramiento. La gestación había rebasado el octavo mes, y de las dos criaturas engendradas por la difunta logró sobrevivir uno de los gemelos. Un varón robusto, perfectamente formado, sin ningún rastro de la naturaleza prematura de su nacimiento, que atronó con sus vagidos los oídos de los doctores y de las enfermeras que asistieron al parto, como si llorara a pulmón vivo el óbito de su infortunada madre.
     —Se lo suplico por lo más sagrado —rogó el desconsolado marido—. Tenga compasión de mi desgracia.
     —Lo que usted me pide es absolutamente irregular. —El empleado del depósito de cadáveres del sanatorio, un hombrecillo pequeño y contrahecho, negro como un demonio, empezó a vislumbrar la perspectiva de lucrarse con aquella inusitada solicitud.
     —Nadie se enterará —aseveró tajante el aristócrata.
     —Le repito que es de todo punto inviable.
     —¡Por Dios santo! Una única noche. Una despedida sin testigos. Mi esposa y yo solos, para poder desahogar mi dolor.
     —Si algo así llegara a saberse, me quitarían mi empleo.
     —Le prometo que nadie lo sabrá jamás. Me llevaré el secreto a la tumba.
     —¿Y qué ganancia obtendría yo si accediera? —le interrogó el subalterno.
     —Mi gratitud eterna, mi reconocimiento perpetuo...
     —Con esas cosas no se paga en las tiendas. No se compran alimentos ni se costea el alquiler —se burló el canalla—. Los trabajadores arrastramos una existencia miserable.
     —¡Ah!, ¿alude usted a una gratificación? —Aquel interés ruin suscitó la viva indignación del suplicante. De buena gana habría agarrado a aquel vil sujeto de la pechera y lo habría aplastado contra la pared, pero... ¿qué necesidad había de ello? Si algo poseía en abundancia el orgulloso linaje de los C***, era precisamente dinero.
     —Por nada del mundo querría yo que usted juzgara que pretendo aprovecharme de su situación. —El jorobado echó un vistazo a la mesa de mármol en la que yacía la muerta—. Da la impresión de que duerme, ¿verdad?
     El viudo asintió en silencio.
     —El forense no se ha ensañado con ese ángel. —Su voz destilaba zalamería. En cualquier otra coyuntura, a su interlocutor le habría resultado repulsiva. Pero se tragó la bilis, ya que precisaba de su aquiescencia.
     Las lágrimas de rabia anegaron los ojos de lord Reginald. 
     —La causa de la muerte es clara: un desgraciado accidente —continuó parloteando el mezquino individuo—. Por eso la autopsia no ha sido exhaustiva.
     «¡Cierra el pico, maldito imbécil!», gritó para sus adentros lord C***.
     —Veo que usted la adoraba, sir. Y yo no tengo entrañas para negarle este deseo —dijo el empleaducho—. Si su señoría fuera tan amable de compensar con un pequeño emolumento los riesgos que voy a afrontar por concederle este favor...
     Ya no se habló más. El trato fue concertado a plena satisfacción de ambas partes.
     Tras marcharse el trabajador del establecimiento, nuestro protagonista pudo dar rienda suelta a su aflicción. Besó una y mil veces las manos exánimes del objeto de su pasión, le dirigió incontables confesiones de idolatría y juramentos de fidelidad ultraterrena, una fidelidad que traspasaría las barreras de la muerte. Y la amó, la amó con delirio reiteradamente a lo largo de aquella macabra noche, consciente de que al amanecer desaparecerían para siempre tales oportunidades de deleite.
     Al sentir las primeras luces del nuevo día, el infeliz se sobrepuso a su desesperación, acomodó el cadáver en una postura digna y arregló el cabello desordenado de la muerta. Pronto sobrevendría el momento del sepelio: era el turno de que las plañideras y los enterradores realizaran su tarea.


     III

     Cinco meses antes (mediados de junio).

     Con el transcurso inexorable del tiempo, el hogar de lord C***, conmocionado siete meses atrás por el trágico fallecimiento de la señora de la casa, se había ido encauzando de un modo paulatino hacia la normalidad.
     La abnegada Isabella, la hermana menor de Lord Reginald, la cual se hallaba soltera, se había mudado, a partir de la Nochebuena del año anterior, desde la vetusta mansión solariega en la que habitaba con sus padres hasta la morada de su hermano para cuidar de este y del tierno huérfano. Lady Isabella era una damisela adorable, dotada de un intelecto no demasiado agudo, pero de una candidez y bondad extraordinarias. Y en aquel trágico trance había hecho gala además de una fuerza de voluntad y un tesón sobresalientes.
     De nada había valido la reticencia inicial del hermano, a quien le apenaba que la joven renunciara a su alegre vida de bailes y flirteos con sus pares de la alta sociedad para cargar con una responsabilidad que no le correspondía. Mas la damita había opuesto una férrea obstinación hasta obtener la conformidad de su hermano.  
     En tanto que una legión de sirvientes y criadas atendía al bienestar doméstico de su amo, la señorita consagraba todos sus desvelos a su sobrino Tobiah, a quien había llegado al extremo de considerar como su propio hijo. El pequeño Toby tampoco conocía a otra madre sino a aquella.
     El viudo era el único que no se había recuperado de la desgracia sufrida. Antes al contrario, la noche que había pasado velando el cadáver de su esposa hizo germinar en su corazón una pulsión erótica de carácter monstruoso. Si bien había intentado combatir con denuedo aquellas horrendas tentaciones, acabó por sucumbir al perverso atractivo de la necrofilia. Para saciar sus apetitos morbosos recurrió al empleado de la morgue, de nombre Freddy, quien resultó ser un bribón que se plegó sin rechistar a todas sus abyecciones a cambio de una sustanciosa recompensa.
     Escogió el lóbrego sótano de la residencia como escenario de sus solaces prohibidos, preparó allí un camastro y ordenó construir un acceso directo desde el nivel de la calle para que su cómplice pudiera hacer entrar por él con mayor facilidad a sus amantes ocasionales. Una vez que las damas habían prestado sus servicios (una o dos noches a lo sumo, hasta que la putrefacción causaba los naturales estragos en sus cuerpos), eran retiradas con pulcritud por aquel mismo truhán, quien las devolvía, en apariencia intactas, al lugar del cual las había sustraído.    
     Solamente el buen Dios sabe cuánto tiempo se habría prolongado aquella abominación si un descubrimiento fortuito no hubiera desatado la locura del dueño de la casa...

            
     IV

     Dos semanas antes (finales de octubre).

     —Muy ingenioso el razonamiento.
     Lord Reginald levantó la vista del periódico y miró con curiosidad a su hermana.
     —Disculpa. ¿Qué decías, querida?
     Luego de haber degustado una cena exquisita, los dos hermanos se habían reunido en una acogedora salita para dedicarse a la lectura. Él se informaba de las noticias de la jornada y ella se recreaba con las rocambolescas peripecias de un relato de aventuras.
     —Me refería a esto. —Lady Isabella cerró el volumen que sostenía entre las manos y le mostró el título, grabado en letras doradas de estilo barroco.
«El escarabajo de oro» —pronunció el hombre en voz alta.
—Lo he tomado de tu biblioteca. Supongo que lo has leído.
—Sí, recuerdo el argumento a grandes rasgos. —Hizo memoria, y resumió—: Es la historia de un joven arruinado, quien, gracias a un golpe de suerte y a sus dotes deductivas, halla, con la ayuda de un buen amigo y un antiguo esclavo negro, el botín escondido de un pirata de antaño. 
     —Una narración extraordinaria —apreció la mujer—. Los personajes son muy simpáticos, y al cabo encuentran un tesoro.
     —Ja, ja, ja —rió el aristócrata—. Apostaría que aún crees en las hadas. Te envidio, hermanita. Tú y tu optimismo incorregible... Te encantan los desenlaces felices.
     —¿Y por qué no habría de ser así? —replicó la dama—. Ya existe suficiente maldad en el mundo real —dijo, apuntando con un mohín desdeñoso el periódico de su hermano— como para que encima nos privemos de soñar con sucesos bonitos en la ficción.
     —Es probable que tengas razón, Isabella, sí —admitió lord C*** en tono conciliador—. Te aconsejo entonces que no leas más cuentos de Poe. «El escarabajo de oro» constituye una excepción en su obra. Es autor de unos relatos estremecedores. Gatos del Averno que resucitan de entre los muertos para atormentar a sus maltratadores, y desalmados que asesinan a ancianos aprovechando cobardemente que estos duermen...
     —¡Oh!, no me escandalices, Reggie —exclamó la señorita—. Te haré caso, descuida. Pobre diablo. Conozco algo acerca de la biografía del escritor. Las penurias económicas y el alcoholismo debieron malograr su ingenio e influir en que su imaginación forjara tales pesadillas.
     —Una vida digna de conmiseración, francamente. Pero dime, ¿qué es lo que te ha parecido tan ingenioso?
     —¡Todo! —Los ojos de la muchacha relampaguearon de entusiasmo—. La concatenación de los hechos, lo bien hilado de la trama... La inteligencia con la que el protagonista desvela el mensaje cifrado del pergamino, y la propia manera en que este mensaje se torna visible al ser acercado al fuego por mera casualidad...
     Lord C*** pegó un respingo en su sillón. ¡Tinta invisible!, era obvio que tenía que tratarse de eso. ¿Cómo era posible que no se le hubiera ocurrido antes? Poco después del fallecimiento de su esposa, cuando se sintió con la fuerza necesaria para ordenar las pertenencias de la finada, se había topado, apiladas en el fondo de un cajón del escritorio de la difunta, con unas cartas misteriosas. El papel era de excelente calidad, y las hojas se hallaban enrolladas y atadas con primor mediante lazos de terciopelo de color granate. Al desplegarlas había percibido aún un delicado perfume, un aroma distinto al que había usado su cónyuge. Lo más enigmático era que estaban en blanco, sin ningún rastro de que se hubiera escrito alguna vez en ellas. ¿Por qué razón se habría tomado Camellia la molestia de adornarlas con tanto esmero? Solo por azar no las había arrojado él entonces a la chimenea.
     —¿Qué te sucede, Reggie? —le preguntó lady Isabella, quien reparó en la excitación que habían producido en el hombre sus palabras.
     —No es nada, querida, ha sido un simple escalofrío —repuso el hermano, esforzándose por ocultar su inquietud—. Estoy muerto de sueño —se excusó, ansioso por marchar a comprobar la veracidad de sus sospechas. Se levantó impetuosamente, besó en la frente a la joven y le deseó buenas noches.
                                      
                                          * * * * * * * * * * * * * * * *
    
     Las cartas, calentadas con el fuego de una vela, revelaron su vergonzoso secreto.
     «No tienes por qué seguir ligada a un marido al que, según afirmas, ya no amas...»
     «Huyamos juntos, no vaciles más, rompe ese matrimonio que te aprisiona...»
     «Recobra conmigo la libertad. Gocemos juntos de la felicidad que merecemos...»
     «¡Sé valiente! ¿No te he brindado suficientes pruebas de mi amor? Considera lo dichosos que seremos cuando podamos reunirnos para siempre...»
     «Voy a retar en duelo a tu estúpido marido. No tiene ningún derecho a retenerte contra tu voluntad...»
     El cerebro del ultrajado marido se desquició al leer las evidencias de la traición cometida por su esposa. Aquellas frases, trazadas con una caligrafía amanerada, le laceraron el corazón. Y lo más oprobioso era el firmante: Armand. ¡Armand, aquel insignificante petimetre! Aquel sastrecillo de tres al cuarto, ese advenedizo franchute de bigotes gomosos y acento relamido que con asiduidad había visitado la casa con el pretexto (porque eso había sido: ahora lo veía con claridad) de ofrecer a su mujer sus mercaderías parisienses. Debía haber recelado de sus cumplidos afectados, de tanto milady por acá y milady por allá, de sus galanterías, de sus ojos en blanco y de sus muecas ridículas, todo lo cual él había tomado por simples artimañas de comerciante servil. ¿Tan necia había sido su esposa para caer en las redes de aquella sabandija asquerosa, de semejante escarabajo
     «¿Un duelo?», sopesó por un instante dicha posibilidad. ¡No!, no le otorgaría el privilegio de una muerte honrosa. Se cobraría cara la afrenta. Compuso a toda prisa una esquela. Se la remitiría de inmediato a través de Freddy, su leal esbirro.
                                      
                                          * * * * * * * * * * * * * * * *
    
     —Le traigo un recado imperioso de lord Reginald C***.
     —¿A estas horas intempestivas? —preguntó somnoliento monsieur Armand.
     —Le ruego con encarecimiento que lea este mensaje. Tengo instrucciones de acompañarle hasta la residencia de su señoría tan pronto como lo haya hecho.
     —¿Tan urgente es el asunto? —expresó su perplejidad el francés.
     Leyó la misiva. En ella el noble indicaba su propósito de agasajar a su venerada hermana con motivo de una celebración familiar: deseaba encargarle un ajuar completo y aseguraba que no repararía en gastos. Todo era poco para una personita tan amada. De ahí que la entrevista debiera tener lugar en noche cerrada, para evitar toda indiscreción. Monsieur Armand encontró aquello realmente estrafalario. Sin embargo, en su larga carrera comercial había conocido a muchos clientes excéntricos. Aquel sujeto era un idiota arrogante, como a menudo le había asegurado la infortunada Camellia... Le causó gracia la expectativa de enriquecerse a expensas del marido cornudo. Le sacaría el jugo como una sanguijuela.
     —Deme unos minutos. He de vestirme para salir. Enseguida lo acompaño.

                                                                 
     V

     Una semana antes (primeros días de noviembre).

     El innoble emisario, Freddy, fue cosido a puñaladas por el agraviado marido en cuanto cruzó el umbral del sótano. Ya había cumplido su misión: atraer al ratón hasta la trampa. Lord Reginald no quería exponerse a dejar ningún fleco suelto. Alguien que pudiera formularle preguntas, o incluso que intentara chantajearle, cuando desapareciera el sastre y nadie volviera a tener noticias suyas nunca más.
     El extranjero, en cambio, no corrió la misma suerte. Fue amarrado como una res y encerrado en aquella tenebrosa mazmorra. Moriría, sí, pero no de una forma tan clemente. No lo hizo hasta unos días después, tras ser víctima de torturas espeluznantes.
     El vengativo viudo, sordo a sus patéticas súplicas, comenzó reventándole los ojos con las tijeras de costura de su antigua amante. Luego le fue quebrando los dedos uno a uno: un día, los de la mano derecha; al siguiente, los de la izquierda. Lo molió a golpes. Le hizo saltar los dientes a puñetazos. Le cortó finas tajadas de carne de la cara  y de los brazos, con cuidado de que no se desangrara, para así prolongar al máximo su suplicio. Le descoyuntó las piernas. Le pateó el pecho hasta astillarle el esternón y hacerle asomar las costillas. En el momento de su agonía, monsieur Armand apenas era ya un amasijo grotesco de huesos y tendones sanguinolentos. El aristócrata había reservado para entonces el castigo supremo: le amputó los genitales, los miembros que habían sido la fuente de su pecado, y se los embutió en la boca desdentada.
     Una vez despojado de su juguete, lord C*** dirigió su ira irracional contra el bebé. No soportaba la idea de que aquel niño pudiera no ser suyo. El hijo de aquel maricón francés. Mas la providencial intervención de lady Isabella frustró el atentado. El monstruo mantenía atenazada férreamente entre sus manos la garganta del pequeño, cuando los gemidos de este alertaron desde la cuna a su madre postiza, siempre vigilante.
     —¡Por los clavos de Cristo! ¿Qué estás haciendo, Reginald? —había gritado la voz aterrorizada de su hermana.    
     El hombre sintió clavarse en su rostro las uñas de la joven, que le atacaba con fiereza. Se desembarazó de ella propinándole un empujón que la propulsó contra la pared de enfrente. Desnucada, su cuerpo cayó al suelo sin vida.
     ¡Había matado a su hermana! ¡Dios santo!, ¿qué había hecho?
     Se arrodilló para abrazar su cuerpo y regó su rostro con sus lágrimas. Abrumado por la magnitud del homicidio, cogió al niño, aún con la cara amoratada, y prendió fuego a la casa. Que las llamas purificaran aquellos horrores. Días más tarde, tuvo conocimiento de que todos los sirvientes habían perecido en el incendio.
     Él se escondería en algún tugurio de los suburbios a la espera de poder huir de Inglaterra. Se embarcaría en la primera nave que zarpara de la isla. El destino no importaba. Adonde fuera.  

    
     VI

     Ni el sonido estruendoso de las sirenas de emergencia del barco ni el llanto desaforado de la criatura despertaron a tiempo al asesino. Dormía sumido en el sopor producido por la dosis de opio que había ingerido antes de acostarse. Desde los horripilantes episodios acaecidos la semana anterior, no había sido capaz de conciliar el sueño sin la ayuda de la droga. Cuando al fin ascendió a la cubierta, con el niño arrebujado entre sus brazos, la nave se hallaba escorada y el naufragio era inminente. La tormenta había sido devastadora: un rayo había impactado en el casco del buque y había abierto una enorme vía de agua.
     Las barcazas de salvamento se encontraban atestadas de gente que chillaba empavorecida. No quedaba el menor hueco libre. Reconoció en uno de los botes a Hadrien, quien abrazaba con fuerza a una muchacha que lloraba presa del pánico. Luchando contra los embates del huracán, lord Reginald, como guiado por un designio divino, logró acercarse al bote, el cual no había descendido todavía hasta la superficie del mar embravecido. Le tendió a Toby al joven y, en cuanto su hijo se encontró a salvo en las manos de aquel, él saltó por la borda.
     Su pensamiento postremo fue que ni siquiera la inmensidad de las aguas del océano bastaría para lavar tamañas atrocidades.

Fin





      
   

4 comentarios:

  1. Este es un cuento que Edgar Allan Poe Hubiese podido escribir... Excelente!

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  2. Me ha ENCANTADO: desde el vocabulario elegido (Intentando que sea el de un aristócrata del siglo XIX), a la adjetivación antepuesta (Que le pone años al texto.), pasando por la estructura, siguiendo por las referencias al Domingo sangriento de Londres de noviembre de 1887, continuando por la descripción de la tortura... Lo mejor es que el pronóstico del tiempo ¡¡¡Era correcto!!! (¿Dónde se ha visto?) y el final ha sido REDONDO.

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    1. Como siempre, muy amable. Muchas gracias por tus palabras, Marje :)

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