martes, 26 de septiembre de 2017

Ataque al amanecer

Consigna: Relato basado en pintura de Jacek Yerka, género libre.

Texto:
Dante entró en la biblioteca escolar por la puerta del patio y la atrancó con llave. La alarma de había disparado segundos antes pero en ahí todo parecía muy tranquilo. Sabía que sus compañeros estaban saliendo del edificio pero no le importó mucho. Ya había hecho más de lo que había planeado hacer. Por el rabillo del ojo alcanzó a ver movimiento debajo de una de las mesas. Caminó despacio, analizando su alrededor. Las cámaras grabaron cómo se detenía delante del Attack at dawn, de Jacek Yerka, donado años atrás por su padre. Cruzó los brazos al frente sin poner atención a los alumnos que se arrastraban a sus espaldas, se fijó en los detalles de los árboles al fondo, el color del cielo, las escamas del auto lagarto… todo se combinaba para crear un cuadro odioso y agradable a la vista, las dos cosas a la vez. En su reproductor de música sonaba el Il Concerto No.2 de Las cuatro estaciones de Vivaldi a todo volumen. Muy adecuado para la ocasión y para lo que el cuadro le representaba. Estrés, ansiedad, movimiento, dinámica… algo que pocos podrían relacionar con el monstruo en forma de lagarto motorizado que se preparaba para el ataque de bestias que parecían aviones en el horizonte.
Algo captó su atención. Se volvió y vio a cinco compañeros tratando de salir, mientras otros tantos se escondían de su vista entre los estantes, como cucarachas. Se acercó a la puerta con tranquilidad, casi con resignación les apuntó con el arma. Mientras lo hacía los que trataban de salir se alejaron de él. Dante reconoció a Melina y a Francesca, le caían bien. El que guiaba al pequeño grupo a la salida era Melquiades, el bibliotecario. Dijo algo que él interpretó como ¡Por favor! Sin poder escucharlo ya la música sonaba muy fuerte en sus oídos, Dante le hizo una señal de No con el dedo índice, como regañando a un niño de parvulario y atrancó la puerta principal.  
El grupo se fue alejando, replegándose contra las mesas.
¡Salgan todos! gritó Dante.
De entre los pasillos salieron más compañeros. Unos lloraban, otros sostenían a las chicas, una de ellas estaba herida.
¡Siéntense! ordenó.
Poco a poco y temblando, los chicos empezaron a ocupar los asientos en el área de estudio. Dante los contó con la mente. Doce. Diez más dos. Seis por dos. Una docena de personas que lo miraban expectantes. Se quitó los audífonos, los dejó colgando en su cuello con la música puesta y trató de recordar sus caras. Tenía poco tiempo, pero sería suficiente.
Lo que  me encanta del horario de invierno dijo a su forzada audiencia, es que al entrar a clases aún es de noche. Mientras estamos entrando a la primera hora apenas comienza a salir el sol. Como en este momento. Está amaneciendo. Y  los adultos nos obligan a despertar de madrugada, tomar el estúpido autobús y venir a su estúpida escuela, aprender sus estúpidas reglas y, bueno, ya saben lo demás. Es lo que llamo un ataque al amanecer, nos atacan antes de que podamos despertar con sus estúpidas reglas.
Puedes dejar la escuela cuando quieras… dijo Melquiades inquieto.
Claro, señor —respondió Dante— pero ¿Qué me espera luego? ¿Levantarme al amanecer para asistir a un estúpido centro de trabajo? ¿Despertar para soportar a mi padre diciendo que soy una carga y un idiota bueno para nada? ¡A la mierda con eso! ¡Todo eso es una mentira y usted lo sabe! —Y le disparó en la frente.
El cuerpo del bibliotecario cayó hacia atrás junto con la silla. Los chicos gritaron de terror y Melina se llevó las manos a la boca ahogando un sollozo.
Silencio dijo Dante que ya sentía el escozor en los ojos, señal de que una de sus jaquecas estaba por atacarle ¡Silencio, hijos de puta!
Los muchachos bajaron la cabeza e hicieron lo posible para callarse.
Así me gusta… así me dejan pensar. —Los miró y sonrió de lado.
Se escuchaban sirenas a lo lejos. Dante sabía que la policía entraría revisando los pasillos y los salones. Tardarían unos diez minutos en llegar a la biblioteca. Tic tac… tic tac…   
   Melina, levanta la cabeza, idiota dijo con voz suave.
La chica obedeció y fijó en él sus ojos llenos de lágrimas.
¿Ves ese cuadro? ¿Alguna vez le pusiste atención?
Ella negó con la cabeza pero observó la pintura que el chico señalaba.
Se llama Attack at dawn, de Jacek Yerka dijo él sin dejar de mirarla. Mi padre lo consiguió en una subasta y lo colgó en mi habitación. Hace un tiempo discutimos y decidió donarlo a la biblioteca. Pero ¿Acaso alguien lo notó? ¿Alguno de ustedes se fijó en que las partes mecánicas tiradas en el suelo parecen huesos y esqueletos? ¿Lo apreciaste en una de tus tardes de estudio, Melina?
Ella no respondió. Su mirada se perdió en el cuadro pero era difícil saber si lo estaba observando en realidad o solo estaba paralizada de miedo.
Claro que no, ninguno lo hizo. caminó alrededor de ellos mientras recargaba la .22. Melina se encogió al escuchar el click del cartucho al encajar Era mi cuadro. Mío. Solo yo he podido analizar su composición de colores, las dimensiones, la altura perfecta. Ponerlo aquí es como lanzar perlas a los cerdos.
El estruendo del disparo coincidió con el inicio en el reproductor de Requiem II Dies irae de Giuseppe Verdi. El cuerpo los ojos de Melina se quedaron abiertos, en muda y rígida sorpresa cuando la bala le destrozó la nuca. Comenzaron los sollozos de nuevo, algunos gritaron y justo cuando Dante iba a ordenarles que se  callaran, se fijó en un chico de gafas que no hacía nada. No lloraba, no gritaba ni trataba de esconderse. Solo lo miraba a los ojos, como un espectador aburrido. No se conocían, y Dante estaba seguro de que no lo había visto antes.
¡Tú! gritó señalándolo ¿Cómo te llamas?
Alberto Purcel respondió el chico.
¿Habías notado ese cuadro, Alberto? preguntó Dante.
—respondió el muchacho, indiferente.
¿Qué te parece?
Nefasto respondió Alberto encogiéndose de hombros.
¿Qué? ¿Cómo te atreves? Dante cortó cartucho y se enfrentó al muchacho.
Me vas a matar de todos modos ¿no es así? Así que no importa lo que diga. El cuadro es horrible. No  tiene sentido. No  inspira nada. No tiene utilidad.
El arte no es útil, idiota replicó Dante en todo burlón.
Te equivocas. El arte debería de movernos las entrañas. Debería de mostrar nuestra humanidad y reflejarla a pincelazos. Esa pintura no representa nada existente más que la guerra… y llevamos siglos sin guerras en el planeta. ¿Qué podríamos sacar de ella sino dolor y horror?  A ti te gusta y la adoras porque es lo que estás causando ahora mismo. No tienes otra utilidad. No quieres estudiar, no quieres trabajar ni estar en casa. No eres útil más que para causar daño. Saldrás en las noticias y algunos hablarán de ti por unos días. Pero luego pasarás a la historia como ese pobre enfermo y loco. El que no servía para nada…
Dante le apuntó con el arma directo a la frente, pero el chico continuó:
Dispárame. Supe que no tenía oportunidad de salir vivo en cuanto te vi entrar y me preparé para ello. Pero antes déjame decirte una cosa: No lograrás nada con esto. No  hay un mensaje que envíes más que el de tu propio egoísmo y mediocridad. Mátanos a todos y mátate después. Termina la puta farsa y tu puta vida de mierda. Si yo viviera como tú, llorando porque mi papi me quitó mi cuadro cagado ese, también estaría a punto de matarme. Es lo más patético, y no quisiera vivir para convertirme en un patético como tú. Así que ahórrate tiempo, qué ya vienen, y termina tu “Ataque al amanecer”hizo la señal de comillas en el aireque seguro que llevas meses planeando, campeón.
Todos los miraban aterrados. Dante rodeó a Alberto hasta quedar detrás, disparó a la espalda del chico, quien se arqueó por el impacto y cayó hacia el frente pero seguía vivo.
Si sales de ésta dijo Dante con una sonrisa no será caminando. Serás un inválido y ya sabes qué les pasa a los inválidos en esta sociedad.
Alberto levantó el pulgar y murmuró un gracias tan sarcástico como pudo por el dolor.  
Sin embargo, Dante sabía que tenía razón. Cuando le disparó por la espalda escuchó a los policías gritar: Es en la biblioteca.
Tenía solo unos segundos.
Ustedes no entienden dijo desesperado a su audiencia. Los estoy salvando. Les estoy evitando vivir como zombis, los estoy sacando de la esclavitud.
Nadie te lo pidió, héroe murmuró Alberto. ¿Por qué no te salvaste solo y nos dejaste en paz?
El cuadro. El cuadro fue la clave. En este ciclo pensé en salirme solo, pero ustedes me lo pidieron en el ciclo anterior…creo… no lo recuerdo bien estaba perdiendo el control, se confundía, escuchaba voces en el pasillo y aunque había atrancado las dos puertas sabía que entrarían El cuadro estaba en mi cuarto y de pronto estaba aquí…
¡Está aquí dentro! gritó alguien del otro lado de la puerta y luego se escuchó un golpe muy fuerte. Iban a entrar.
Dante tomó el reproductor y regresó la música hasta el Il Concerto No.2 de Las cuatro estaciones de Vivaldi.
Recuérdenme cuando despierten, y si me vuelven a ver, mátenme. No quiero regresar a este lugar. Los estoy salvando dijo antes de comenzar a disparar.
La puerta casi saltó de su marco por los golpes de los agentes que trataban desesperadamente de entrar. ¡Pum! Diez chicos. ¡Pum! Nueve chicos. ¡Pum! Ocho chicos. Los jovenes iban cayendo como moscas, unos trataron de correr, otros solo se resignaron. ¡Pum! Tres chicos. ¡Pum! Dos chicos. ¡Pum! Un chico. ¡Pum! La puerta.
Se colocó frente al cuadro tratando de grabárselo a fuego en la mente y admirarlo por última vez. Tenía dos recuerdos encimados luchando por salir a la superficie. En uno su padre le llevaba el cuadro; el cuadro estaba en su recamara. En el otro el cuadro estaba en la oficina de reclutamiento, miraba el cuadro fijamente cuando se lo llevaban a la fuerza al campo de concentración.
Ataque al amanecer. Significaba algo, estaba seguro. Colocó un cartucho nuevo y se llevó la .22 a la sien. Si todo salía bien lo rechazarían y no volvería a ese lugar. La puerta estalló a su espalda. Disparó.
El director del campo observó de nuevo la grabación virtual del incidente. Se llevó la mano a la frente y limpió el sudor. Dante. Tendría que rechazarlo. Recordó cuando lo llevaron a su  oficina por haber atacado al profesor de matemáticas de su escuela real después de intentar asesinar a su padre. Le había explicado el procedimiento y la sentencia del jurado. El campo te ayudará, le había dicho al muchacho en esa ocasión. También recordó que el chico, con el cabello empapado de sudor, miraba fijamente su copia de Jacek Yerka sobre su escritorio. No había dicho nada, ni había mostrado emoción alguna hasta que los guardias lo sacaban en vilo del despacho. Entonces preguntó que canción era la que sonaba en los altavoces. Las cuatro estaciones de Vivaldi, había respondido el director, Concerto No. 2 en G menor.  
Pensativo se dirigió a las células de conexión. No era el primer episodio de Dante. Había hecho, con esta, tres matanzas virtuales. Tendría que rechazarlo y trataba de convencerse de que era lo mejor. Se encontró con el jefe de seguridad y juntos llegaron hasta la célula de Dante. Desnudo, pálido y calvo, el chico miraba al techo, sin emoción alguna en el rostro. Solo su respiración agitada mostraba que el impacto del despertar le estaba conmocionando. ¿En qué había fallado el sistema con este muchacho?
Dante lo llamó el director con suavidad, pero el chico no se movió, sé que me escuchas. Cuando te conectamos al sistema Virtuality te dije que te ayudaría, lo siento si no ha sido así. Hace tres años llegaste aquí con una sentencia de por vida. Al programar tu realidad virtual te dimos una misión. Tenías que desarrollar la cura para el virus de la ira. Todos los avances que lograras en tu vida virtual se aplicarían en la realidad. Sin embargo, atacaste a tus compañeros el primer año de conexión. Al matarlos en la Vituality los desconectaste. Disparaste a quince chicos de los cuales cinco lograron escapar. Atrapamos a tres y los últimos dos tuvieron que ser rechazados al capturarlos. Te di otra oportunidad, pasaste las pruebas de borrado de memoria y  la capacitación inducida con éxito. Pero volviste a hacerlo.
El chico pareció sonreír con la mirada pero no se movió.
En tu segundo ataque desconectaste a treinta y siete compañeros tuyos y dos adultos. Escaparon veintidós. Recuperamos a trece, rechazamos a cinco y los otros siguen prófugos. Los matarán cuando los encuentren y lo sabes. Seguí creyendo en ti... ¿Jefe?
Ahora disparó a cincuenta y cuatro respondió el de seguridad a su lado. Escaparon veintiocho, el resto está en cuarentena, serán reconectados a la Virtuality en un mes o dos. Estamos buscando a los que huyeron.
Tengo que rechazarte, Dante continuó el director. No puedo confiar de nuevo en ti. Y no necesito la aprobación de nadie. Le perforaste el pulmón y diafragma a tu padre y el estado lo rechazó. Tu madre se suicidó hace un año. Es una pena pero… Jefe, hágalo… rechácelo.
El jefe disparó a través de la célula, se aseguró de que Dante estuviera muerto y alcanzó al director en el pasillo.
¿Qué haremos con Alberto Purcel? preguntó el jefe.
Veamos. ¿Avanzó algo con su proyecto de ley? se acercaron a la célula de Purcel. El chico se veía agitado y su cara se contraía de dolor.
No mucho. Se supone que debería alcanzarlo al entrar a la universidad virtual. Dentro de siete meses respondió el Jefe y desplegó la pantalla que mostraba la proyección de la Virtuality de Alberto. Lo habían rescatado, lo llevaban al hospital. El director presionó el botón de diagnóstico y al leer el resultado frunció el ceño.
Es una lástima. Cuadriplejia crónica. No volverá a moverse. Habrá que rechazarlo.
El jefe sacó su arma de nuevo.
No sea bruto dijo el director deteniendo a su subordinado, él si tiene padres. Tengo que  hacer todo el trámite.
Se encerró en su despacho. Nada más entrar vio el cuadro…Attack at dawn. Como impulsor del programa Virtuality, el padre de Dante había hecho ese cuadro en donación. A la junta de gobierno le pareció muy provocativo pero no podían rechazarlo. Así que el director lo colgó en su despacho. Le dio un escalofrío al ver la ironía en el asunto. El padre de Dante había promulgado la ley de rechazo para los inválidos y parásitos de la sociedad. También había diseñado las células de conexión en las que miles de chicos, que en la vida real habían infringido la ley, se rehabilitaban sin causar estragos ni gastar mucho presupuesto gubernamental. Encendió el altavoz y comenzó a sonar O Fortuna de Orff. Pensó el Alberto Purcel. Había violado a cinco niños y fue sentenciado a Virtuality al cumplir los quince años. Había sido su mejor experimento, había asimilado todas las reglas y se comportaba a la altura. Si alguna vez el simulador detectaba a un niño cerca de Alberto, la célula le daba una pequeña descarga en los genitales, así relacionaba a los niños con el dolor y no con el placer. Estaba a punto de lograr que Alberto desarrollara el proyecto de ley pro eutanasia y ese idiota de Dante lo había echado a perder.
Se pegó un chute de morfina y se dejó caer en su silla ejecutiva. Tendría que deshacerse de ese cuadro. Alteraba a los internos.

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