martes, 5 de septiembre de 2017

Tau

Consigna: Weird Fiction (ficción extraña)
Texto:
La mansión apareció de la nada en cuanto el vehículo tomó la última curva del angosto camino. Las corpulentas salamandras que tiraban de la cabina se revolvieron y liberaron pequeñas volutas de humo por los orificios nasales, ansiosas por llegar a su destino. Majestuoso, el reflejo de la antigua casa se desplomaba sobre los charcos de agua que la lluvia había formado minutos antes. Las salamandras emitieron unos chillidos atronadores al detenerse frente a ella que hicieron estremecerse a los dos ocupantes del cubículo. Las fauces abiertas, mostraron con veneración sus afilados colmillos y emitieron pequeños bufidos llameantes.
—Tranquilas, tranquilas —intentó sosegar uno de los ocupantes al tomar tierra—. Sí, hemos llegado. —El hombre renqueó y, haciendo uso del bastón, acertó a dar cuatro pasos.
—¡Oiga! No me imaginaba así la morada. ¿Fue esta la calle Garay? ¿En serio me lo dice usted? Recuerdo tan poco de la otra vida… Oh, aquella placentera vida plagada de avenidas, gentío, revoluciones, fama, literatura y contaminación. Porque me lo dice usted, que si no…
—Calma, amigo. Las cosas cambian. A veces, para bien. Es normal que todavía no recuerdes con claridad.
El palacete no era gran cosa visto desde la fachada principal. Perdía parte de la elegancia que el espejismo mostraba en la distancia. Si bien monstruosas cabezas de diversos animales la defendían de los intrusos, el halo que desprendía era más de serenidad que de desasosiego. Las enormes salamandras se desanclaron del vehículo y, ávidamente, comenzaron a olisquear entre los arbustos en busca de alguna presa.
Los dos tipos formaban una curiosa estampa frente a la casa, que aparecía solitaria en una parcela totalmente descuidada: el de menor edad, con los cuatro pelos canos que le quedaban en el cráneo peinados hacia atrás, se mantenía en pie intentando disimular el temblor humillante que producía un balanceo en todo su cuerpo. El otro cubría sus ojos con unas gafas de cristales oscuros y redondos. La mano derecha aferraba con fuerza el puño del bastón de laca que portaba y de su tímpano derecho emergían gusanos grises que se balanceaban para acabar, algunos pisoteados en el suelo y, otros más afortunados, en la solapa raída de la americana.
—Entremos —sentenció este último. Y, en una lenta marcha, llegaron a la puerta principal.
—Pasa, pasa Daneri. Acomódate como puedas en esa butaca, pues no es solamente asombroso lo que he de relatarte, sino completamente extraordinario. —El salón les recibió prácticamente desnudo, con un cuadro de ella y otro de su padre como única decoración. Los lienzos dejaban entrever los rostros demacrados por el desgaste del óleo.
—Está usted inquietándome, si es posible estar todavía más nervioso por escuchar su historia —confesó el desmemoriado casi con devoción—. ¿Fue aquí donde me conoció y también a ella, a Beatriz? ¿Es este lugar mi hogar? Porque me lo dice usted, que si no… —añadió marcando las eses y gesticulando con vehemencia.
—Oh, aquí están, ¿no es así, amigo?, los retratos de Beatriz y de su padre presidiendo la sala. Pero deja, déjame que te explique. Mira, tú no lo recuerdas, pero la mañana en que Beatriz Viterbo volvió a la vida, el cielo relampagueaba suavemente a millas de distancia. La tormenta se hallaba lejos y era hermoso admirar los rayos silenciosos, pero la tempestad en los todavía vidriosos ojos de Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz querida, se adivinaba inminente. Con paso más firme que el mío y las falanges todavía entumecidas, dirigió la mirada hacia mi pitillera e hizo el amago de alargar el brazo.
—¡Ja, ja, ja! Eres la auténtica, la misma Beatriz Elena Viterbo de siempre. Ahora lo sé —proferí con vehemencia mientras le alcanzaba un Continental todavía asombrado de tener frente a mí semejante espectro.
Tras la primera calada, se derrumbó sobre la butaca en la que reposas tú ahora mismo y, exhalando el humo del pitillo entre las tres piezas dentales que le quedaban, clavó en mí sus cuencas oculares. Sí, Beatriz me habló. Tuve esa magnífica suerte.
—¿Desde cuándo fumas? Los años han pasado por ti, querido. —Sonrió con picardía—. ¿Qué fue de aquel joven escritor que rivalizaba en ingenio con mi primo? ¿Qué ha hecho el destino del gran literato Jorge Luis Borges? —preguntó intrigada mientras tú estabas en el sótano y tu padre al teléfono en otra habitación.
—Esa primera conversación, anodina, de ascensor, trivial y censurable, blanquiceleste, como habrías dicho en tiempos pasados. ¡Ja, ja, ja! ¿Recuerdas, amigo? ¿Recuerdas cuando…, cuando…, el Aleph te llenó de alejandrinos huecos, estrofas inmundas y otras negligencias literarias? Esa primera conversación, desencadenó todo lo demás.
El eco respondió a las cuestiones formuladas con un quejido molesto y, diríase, hasta irónico. Daneri, con la mandíbula literalmente desencajada, logró proferir varios titubeos al tiempo que intentaba incorporarse en la butaca.
—Por todos los santos. ¿Quiere decir usted, quieres decir, Borges, que volvemos a la vida los muertos? ¿He estado yo anteriormente con usted, contigo, y con Beatriz en este estado? ¿Cómo no lo recuerdo? ¿Qué sucede aquí? ¿Por qué perturbar la paz del cuerpo en la tierra húmeda y dulcemente perfumada?
—Tranquilo, tranquilo, Daneri. Tus preguntas siempre son las mismas. Es inherente a nuestro estado sufrir amnesia en ocasiones, aunque lo tuyo tiene mal remedio. Pronto aparecerá Beatriz —confirmó el individuo de las gafas oscuras mostrando una macabra sonrisa.
La poca carne y el pellejo que quedaba en su rostro, lo malignizaba. Las tiras de piel reseca colgaban divertidas y los numerosos agujeros putrefactos de su rostro mostraban los amarillentos huesos de los pómulos y barbilla. Hizo el ademán de quitarse las lentes, pero algo lo detuvo.
Súbitamente, lo que debía ser el todavía gracioso cuerpo de Beatriz Viterbo, apareció oscilando de lado a lado de la sala propinándose fuertes golpes contra las paredes. Una figura desmadejada y considerablemente más corpulenta que la de ella consiguió mantener el equilibrio hasta que los ocupantes del salón lo tuvieron frente a ellos para, seguidamente, volver a trastabillar y golpearse de forma contundente la cabeza contra el suelo.
—Señor… Dios santo… ¡Borges! ¿Es que no ve lo que yo? ¿Cómo puede mantener esa serenidad? ¡Engendro del demonio! ¡Satanás! —Daneri, fuera de sí, se alzó de la butaca y acabó con la espalda contra la mismísima puerta de entrada a la casa—. ¡Borges! ¡Borges! ¿No lo ves? ¡Reacciona!
—Tú lo has dicho, amigo. No lo veo. Pero intuyo a quién tenemos aquí… ¡Ja, ja, ja! —La sonrisa era maléfica; casi imposible—. ¡Asterión! ¿Eres tú? ¿Has vuelto por aquí? ¡Menuda aparición prodigiosa! —Y continuó riendo.
El amasijo de carne y huesos se limitó a quedarse sentado en el frío suelo con las piernas abiertas como un niño de parvulario y contestó con un rugido pavoroso.
—¡Lo sabía!
—¡No es humano!
—¡Asterión!
—¡Que se te lleven los demonios, Borges!
El ser, más calmado, comenzó a babear profusamente y a sangrar por los trozos de intestino que sobresalían de su cuerpo sin saber a cuál de los dos personajes mirar.
—¡Por favor! Es inofensivo. Daneri, ¿dónde andas? Ven, no te retuerzas de miedo. Nadie va a devorarte…, ¡por el momento! —La carcajada heló la sangre de su amigo y rival, pero le convenció para acercarse y conseguir explicación a todo lo que estaba ocurriendo—. Oh, Honorato es un chico travieso. A veces hay filtraciones de otros…, otros mundos, otras realidades. Este niño malo se ha escapado y ha aparecido aquí. Sucede a veces, no temas —finalizó buscando la pitillera en lo que quedaba del bolsillo delantero de la americana.
—¿Niño malo? Pero, ¿tú has visto…? —Extendió la mano hacia su amigo—. No, claro que no lo has visto. ¿Qué te ocurrió? ¿Desde cuándo fumas?
—Te has perdido mucho, Daneri, mucho. Toma, aquí tienes. Un Coronas que hará tus delicias. —Asterión lanzó un segundo bramido y dirigió lo que parecía la cabeza hacia ellos—. Ah, no. De eso nada, monstruito. Fumar es malo —dictaminó Borges con autoridad—. Bien, por dónde íbamos… Beatriz, sí, Beatriz es la razón de…
Pero en ese preciso instante, comenzaron a oírse unas suaves pisadas que bajaban por la escalera. Los dos hombres callaron y el engendro se limitó a respirar ruidosamente jugando con sus fluidos corporales extendidos por el suelo. Por fin, apareció.
—¿Me nombrabas, Borges? —preguntó una melódica voz—. ¡Carlos! ¡Querido! Otra vez tú. —E intentó correr hacia donde permanecía petrificado ofreciendo un espectáculo casi hilarante. Esquivó con torpeza al monstruo que la miraba embobado y saltó con la gracia que sus fémures desnudos le permitieron. Al caer, un chasquido expulsó algunos fragmentos astillados de la rótula izquierda.
—Beatriz…
—¡Beatriz!
—En cuerpo y alma. ¿O debería decir en carne y huesos? —La aguda carcajada que profirió dejó mudos a los presentes. Seguidamente, dio unos pasos y se sentó encima de las rodillas de Daneri—. Querido primo, te has sentado en mi butaca. ¿Cómo van las cosas? ¿Eres capaz de recordar algo esta vez?
Daneri no pudo parpadear ni palidecer, pero el temblor habitual de su osamenta se intensificó. Acercó su rostro al de Beatriz y comprobó que todavía le quedaba algo de tejido cartilaginoso en la respingona nariz que siempre le había gustado tanto. Los labios no habían corrido la misma suerte y qué decir de las marcas amoratadas que lucía por todo el cuerpo.
—Estás magnífica, Beatriz. Exuberante, como siempre —acertó a decir.
—Bueno, che, bueno. Dejémonos de preámbulos —cortó tajantemente Borges—. ¿Vas a mostrarme dónde está, Beatriz? Sé que debo traer a tu primo para que aparezcas, que con mi sola presencia no te dignas a bajar esas escaleras con arte y esmero. Aquí lo tienes, te lo traigo como una ofrenda, con su lazo incluido. Tuyo es, como tantas otras veces. Recuerda las cartas que le escribiste, piensa en lo que le decías al oído. Yo te lo he traído de nuevo. Cumple con tu parte del trato y muéstrame dónde está el Tau.
El silencio solo fue interrumpido por una especie de gorjeo y una tos angustiosa que sacudió la garganta de Asterión. Borges se alzó de su asiento y, con paso más seguro que cuanto entró en la casa, se dirigió hacia Beatriz. El ligero pero resistente bastón de bambú repicó varias veces en el suelo hasta que enfrentó su rostro al de ella. Dos rostros, por llamarlos de alguna manera, que dejaban ver el paso del tiempo, la carne muerta, los intentos fallidos de regeneración de sus células, la lascivia de los diminutos insectos que deambulaban por sus casi inexistentes párpados. Frente a frente.
Beatriz se incorporó dejando una desasosegante sensación de frío en las rodillas de Daneri y, con un ligero temblor en las manos, las dirigió hacia las lentes oscuras de Borges. Las apartó de lo que quedaba de sus orejas y puente nasal y vio. Vio cómo el Aleph brillaba incrustado en una de sus cuencas. Se había quedado ciego en vida, pero ahora tenía el universo en sus manos.
—Te he preguntado dónde está el Tau, Beatriz Elena, Beatriz querida —repitió algo exasperado.
Pero Beatriz no podía dejar de sucumbir a la presencia de esa pequeña esfera de apenas tres centímetros de diámetro que brillaba. Brillaba como la mañana había dañado sus preciosos ojos en verano. Le sacudía la nariz con pequeños picores y estornudos al igual que en vida lo habían hecho los potentes rayos del sol porteño cuando iba de vacaciones con su padre. Le arrancaba recuerdos de cuando estuvo viva. Y sonreía.
Tau. El Tau. En buen momento se le ocurrió contárselo. Ella fue la primera que volvió a la vida tras la muerte y quien se apareció a Borges una mañana para contarle cómo. El hallazgo era extraordinario: conocedora del Aleph, supuso que debía existir un Tau. Un contrario, un opuesto, como lo hay para todas las cosas. Desde niña había admirado el Aleph, lo veneraba desde el vértigo y la lágrima, y no en pocas ocasiones se preguntó sobre el Tau. La nada, el pozo oscuro; un agujero negro. Y lo encontró. Vaya si lo encontró.
Días antes de morir, Beatriz Viterbo bajó al sótano del salón por la angosta escalerilla para, de nuevo, contemplar la totalidad desde todas sus perspectivas simultáneamente. Solo tuvo que agacharse, tumbarse en el piso del decimonono peldaño para encontrarlo tan maravilloso como siempre. La llenaba de vida, sabiendo que su fin estaba cerca, y vivía junto con los nibelungos, los atenienses y vikingos las aventuras que jamás tendría en vida. Cerró los ojos un segundo y, entonces, lo vio. Justo al volver a abrirlos, cerca del Aleph, una masa más opaca que la propia oscuridad, más negra que la noche más cerrada, llamó su atención. Intentó tocarla con la mano y sintió un escalofrío que electrizó todo su cuerpo. Miró la esfera oscura y vio. Vio un agujero negro, la Nada. La serenidad inquietante y la tranquilidad absoluta en tantas ocasiones buscada. Oh, aquello era mejor que el Aleph: aquello era un Tau, y significaba que la paz existía. ¿Dónde reposar mejor que ahí el resto de su no existencia? ¿Dónde dejar de vivir para no ser? Deseó dejar de existir y, sin contárselo a su primo, lo tomó delicadamente con la mano y lo guardó.
Claro, que todos somos desconocedores de las consecuencias de nuestros actos. Uno piensa que llevándose una pulserita que acaba de encontrar tirada en el asfalto de la Plaza Constitución solo puede contribuir a la desdicha de la persona que la perdió. Pero, cuidado, también puede producir el disgusto de quien regaló esa joya, reproches, discusiones, desconfianzas y, por qué no, sacar a relucir cuando anteriormente perdió también la gargantilla que le trajo de Panamá. Ah, las consecuencias. El Tau ocultaba algo más que vacío. Ocultaba el poder extraordinario e incomprensible de volver a la vida como un desecho, un fantasma. Un ser pavoroso que podría viajar por los infinitos túneles del espacio-tiempo y así comprobar, eso sí, en un estado perecedero de agonía post mortem, las realidades paralelas. No contemplando el Aleph, no. Viviéndolas, aunque fuera muertos. No desde el piso del escalón número diecinueve en decúbito dorsal, sino viajando a cada lugar.
—Cuando te conté el hallazgo del Tau, pues te consideré un intelectual más avezado que mi primo, no pudiste salir de tu asombro. ¿Un Aleph? ¡Obvio! ¡Debía existir un Tau! Me miraste con algo de desconfianza, pero sabía que me creías. No en vano ya habías conseguido ver el Aleph. Y, ¿ahora esto? ¿No te basta con viajar en el espacio-tiempo de vez en cuando? Ah, no. Lo quieres para ti. Siempre fuiste un envidioso, Borges —finalizó Beatriz arrastrando sus tacones por la sala.
Carlos Argentino Daneri no salía de su asombro. ¿Qué era todo aquello? ¿Borges se apropió del Aleph antes de que su casa fuera derruida cuando él creyó haberlo perdido para siempre? ¿Cómo no se le había ocurrido a él? Ah, la vieja rivalidad siempre ahí. ¿Y Beatriz? Fue con él con quien yació y descubrió placeres oscuros, no con Borges. ¿Por qué a él?
—Beatriz. No quiero ser esclavo tuyo por más tiempo —añadió Borges impertérrito—. Ya en vida me tuviste siempre a tus pies. Gozaba solo con la idea de una mirada tuya y de disfrutar unos segundos tu perfume. Así continué tras tu muerte, visitando esta vieja casa ubicada entonces en la calle Garay para poder seguir teniendo tu recuerdo. Observar tus retratos, oír a tu padre y a Daneri hablar de ti. Cautivo incluso después de tu muerte. ¡No puedo seguir así! ¡No vas a tenerme a tu merced en esta muerte andrajosa por los siglos de los siglos! ¡De realidad en realidad! —Se acercó agresivamente a ella.
—No, Borges, escucha, no. Para. El descubrimiento es mío. Ese Aleph te está volviendo loco. ¡No!
Pero la embestida de Carlos Argentino Daneri llegó tarde. Borges había horadado el pecho de Beatriz con el puño y extraído una masa negruzca junto con algunas vísceras putrefacta y fragmentos de costillas. Ahí estaba su trofeo. Lo merecía.
Soltó una carcajada monstruosa al tiempo que se colocaba el Tau, oscuro como un abismo, en la cuenca ocular que le quedaba vacía. En ese mismo instante, desapareció.
Beatriz, descompuesta, se refugió en los brazos de Daneri quien, sin todavía acabar de comprender la situación, acarició con ternura el corroído occipital de su prima.



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