martes, 5 de septiembre de 2017

¿Qué te parece, Brucie?

Consigna: Cuento de terror con Batman de protagonista
Texto:
Es de noche en Gotham City. Las trémulas luces de las farolas apenas iluminan los recovecos donde los yonkis se pinchan, los camellos cuentan billetes y las prostitutas gimen de forma impostada. Una estampa habitual, sin duda, desde que aquellos que juraron defender la ciudad se abandonaron a la molicie sin recato alguno. Las sirenas vienen y van en la noche, creando un juego de efectos Doppler peculiar. Si no fuera por que cada una de esas sirenas intenta evitar un delito, resultaría hasta divertido.
Pero en Gotham ya nadie ríe.
Por suerte para sus ciudadanos, hace tiempo que el Joker desapareció y, con él, sus mortales sonrisas forzadas. Si nos asomamos al río Sprang, aún pueden oírse sus siniestras carcajadas retumbando en nuestros oídos. Con su marcha, los viejos tiempos tocaron a su fin.
Pero llegaron nuevos tiempos, más difíciles y extraños.
Por eso, los ciudadanos de Gotham City no pueden explicarse qué les sucedió a sus defensores, por qué se volatilizaron. La ciudad llora su pérdida, mientras el crimen se extiende como una lacra que nadie sabe erradicar.
La ciudad es sangre y barro que pisar.
* * *
Son las tres de la mañana. Helena duerme plácidamente en su cuna, con su peluche favorito, disfrutando de la despreocupación de sus dos años de vida. En la habitación contigua, dos cuerpos respiran pesadamente, agotados por el esfuerzo de cuidar una niña tan revoltosa. Selina, con su hermoso pelo rubio enmarañado, está en los brazos de Morfeo desde hace varias horas, y sueña con ovillos de lana con los que jugar. Bruce, sin embargo, no puede conciliar el sueño. Está cansado y los párpados le pesan, pero permanece insomne, incapaz de destensar sus músculos. Mira nuevamente a través de la ventana, hacia el inmenso océano que rodea la ciudad y hacia el cielo,el hermoso y ennegrecido cielo. Y ve algo que creía ya olvidado.
Una señal luminosa, pidiéndole ayuda al héroe que un día fue.
Menea la cabeza, contrariado. Comprueba que Selina sigue dormida y se tranquiliza algo más. Está excitado, nervioso, no quiere que la situación se le escape de las manos, así que se levanta cuidadosamente de la cama y se acerca al cristal de la ventana, para poder observar la señal con mayor nitidez. Es ella, no hay duda.
Selina ronronea y Bruce da un respingo. Por fortuna, sigue dormida. Es lo mejor, piensa él. No quiere que ella se entere. Aún no. Primero tiene que desentrañar ese misterio. ¿Quién ha activado la señal, si hace años que está retirado? Sólo Harvey sabe cómo llamarlo, sólo Harvey... Hace tanto tiempo que no ve a su añorado amigo, que la sola posibilidad de que siga vivo le produce un vuelco en el estómago. Pero, y si no es Harvey quien lo requiere, ¿quién puede ser? Su cerebro le ofrece varias posibilidades, todas ellas oscuras y temibles. Pero su instinto le dice que es mejor destapar al autor cuanto antes. Pronto la gente de Gotham se fijará en el cielo, si no lo ha hecho ya, y la vuelta a su vida pasada sería obligada e irrenunciable.
Arropa a Selina, le da un suave beso y sale de la habitación. Se viste con su traje, sus guantes, su máscara. El tiempo ha variado su fisonomía y las costuras quedan prietas, pero aún mantiene un porte adecuado para vestirse sin desmerecer al héroe de años atrás. Antes de partir, se adentra en la habitación de la pequeña Helena y acaricia su mejilla. Su preciado tesoro.
—Descansa, mi cielo. Papá vuelve enseguida.
Helena duerme. Selina duerme. Incluso el viejo Alfred duerme, pese a su avanzada edad. El único que permanece despierto es Bruce, que entra en una polvorienta batcueva y abandona su vida de hogar para convertirse, una vez más, en Batman.
* * *
Un par de niñatos patean el rostro de un mendigo alcoholizado, pero el Caballero Oscuro no tiene tiempo que perder; y menos cuando se trata de mantener su modo de vida doméstico bajo control. Ahora tiene una mujer, una hija, una hermosa mansión con mayordomo... aunque en esencia pueda parecer idéntico a lo que ya tenía, ahora es algo más. Es un proyecto vital a conservar. Y alguien ha perturbado su pacífica existencia.
El batmóvil tarda escasos minutos en llegar al Old Gotham, en el sur de la ciudad. Sobre el tejado de la comisaría de policía, el reflector envía sus haces de luz en dirección a la mansión Wayne. Todo está extrañamente en silencio. Batman mira a uno y otro lado, rebusca en su cinturón de herramientas hasta encontrar una pistola ascensor y lanza el gancho hacia el tejado. Mientras sube por las paredes del edificio, se maravilla de su agilidad y se dice que, después de todo, aún se mantiene en forma.
Una vez en el tejado, recoge el gancho y mira en derredor. Allí no hay nadie, piensa. En realidad, no se oye a nadie en varios metros a la redonda, ni siquiera dentro de la comisaría. Un escalofrío recorre su espalda, pero se calma y se dice a sí mismo que no pasa nada, que todo va bien. Se acerca lentamente al reflector, y lo que descubre le corta la respiración.
—Pero, ¿qué demonios...?
Al principio, todo está oscuro, pero pronto su vista se adapta y aprecia la calidez del color rojo que inunda el suelo. Las paredes son rojas, el tejado está teñido de rojo. Incluso el reflector está recubierto de una fina película viscosa que provoca la aversión del hombre murciélago. El color rojo se entremezcla con pequeños pedazos de algo que un día fue vida, y que ahora solo son vísceras, huesos, carne podrida y tumefacta que hacen de la persona fallecida algo desconocido y tenebroso. Puro zumo de vida humana.
Junto a los restos, un pequeño aparato de visión se activa de repente, ante el asombro de Batman. Al principio emite unas hermosas imágenes de la campiña inglesa, lo que le deja confundido; pronto, sin embargo, la grabación se traslada a un lugar menos desconocido, más familiar. Entonces, Batman desaparece y los ojos de Bruce se cargan de lágrimas que luchan por salir de él, mientras la pesadilla se sucede sin que pueda hacer nada por evitarlo.
Ve todo el proceso de sacrificio, de despiece, de disección. Primero desnudan el cadáver, luego separan la cabeza del cuerpo, las extremidades del tronco, todo con una delicadeza exquisita y sin apenas dejar manchas de sangre en el suelo. Después los restos se van empaquetando en bolsas, como carne de vacuno, como mercancía.
Una vez terminada la labor, el individuo cambia de habitación y se mueve silenciosamente, hasta llegar a los pies de una cuna.
—¡No! —clama Bruce.
—Shhh... duerme, pequeña. Todo va a ir bien.
El horror brota del cuerpo de Bruce en forma de alaridos. Apenas se ve el interior de la cuna, pero el hombre parece acariciar el rostro dormido de Helena. Después, con un giro teatral, el hombre se da la vuelta y mira fijamente a la cámara. Sonriendo.
—Hola, Batman. ¿O debería decir... Bruce?
Este se queda helado, mientras el Joker saluda desde la habitación de su hija.
—Oh,vamos, vamos, seguro que no entiendes qué esta pasando, ¿verdad? Tranquilo, chico, no pongas esa cara. Anímate. Algún día tenía que descubrir quién eres, ¿no crees?
Las lágrimas de Bruce corretean por su máscara en mil direcciones, hasta precipitarse al charco de sangre.
—Tranquilo, no voy a matar a tu hija... aún. Primero pasaré por tu dormitorio a saludar a Selina... Quién sabe, quizá le haga lo mismo que a Alfred, ¡ja, ja, ja!
—¡Maldito psicópata! Exclama Bruce, henchido de ira.
Pero pronto sus músculos se relajan y su cuerpo se precipita sobre los restos de Alfred, mientras el golpe recibido en la cabeza le hace penetrar en una espiral de inconsciencia.
* * *
Es un sitio oscuro, húmedo, con un olor indescriptible a vómitos, meados y podredumbre. Si la Prisión de Blackgate huele siempre así, se dice Bruce, es normal que acaben todos locos. Está atado fuermente a una silla y ésta a una robusta tubería. Frente a él, en la misma tesitura, se encuentra Selina. Aturdida, algo herida, pero con vida.
—¡Selina! ¿Estás bien?
—¿Qué está pasando, Bruce? ¿Qué pasa? —dice, con una mueca de horror.
No tienen que decirse nada, pues pronto comprende lo que sucede. Les han encontrado, al fin.
—¿Cómo ha podido ocurrir, Bruce? ¿Cómo? —solloza.
Entonces, irrumpen dos figuras en la estancia. Una de ellas es un viejo conocido, con su chaqueta morada y su sempiterna sonrisa. La otra figura pertenece a un hombre alto, vestido a dos colores, que lanza compulsivamente una moneda al aire. A Bruce se le agolpan los recuerdos en el pecho y se queda aturdido, incapaz de reaccionar.
—Hola, Bruce. Hola, Selina. Cuánto tiempo. Qué bonita reunión familiar, ¿verdad? ¡Ja, ja, ja, ja, ja!
Bruce no entiende nada. Tanto el Joker como Harvey desaparecieron de sus vidas hace mucho tiempo, demasiado para que ahora aparezcan como si nada. Observa detenidamente el rostro del que una vez fue su amigo. Sus dos caras son antagónicas, completamente opuestas: una es normal, la otra es un amasijo de carnes consumidas por el ácido.
Bruce está destrozado, y no ver a su hija le sume aún más en la desazón. Sólo quiere que esta pesadilla acabe cuanto antes.
—¡¿Qué quieres de nosotros, payaso?! ¡Dímelo y te lo daré! ¡Te daré a Batman, si quieres, pero deja que ella se vaya!
Las risas del Joker se vuelven más estentóreas, más alocadas. Parece disfrutar con la deriva de aquel hombre derrotado.
—¡Ja, ja, ja, ja, ja, qué cosas tienes, Brucie! ¿Para qué quiero yo a Batman? Yo lo único que quiero es... reír.
Con un chasquido de dedos, el Joker deja que Harvey Dos Caras se adelante y se ponga frente a Bruce.
— Vas a morir... o no. Tu suerte depende de lo que diga mi moneda.
Bruce sabe lo que significa eso. Si la moneda sale cara, Harvey llevará a cabo su amenaza. Si en cambio sale cruz, salvará la vida. Nunca el estudio de las probabilidades le había parecido tan interesante como en este momento.
Harvey lanza su moneda y la atrapa en el aire. Todos estiran el cuello para poder ver el resultado. Aquella moneda de veinticinco centavos muestra el lado cruz de la misma, para alivio de Bruce y Selina.
—Vaya —dijo el Joker, contrariado—, un golpe de suerte.
—La moneda ha hablado —se limitó a decir Dos Caras.
—Hay veces —prosiguió el Joker— que es mejor forjar nuestro propio destino, ¿no te parece?
Con un par de piruetas, el Joker se acercó hasta una puerta, que, al abrirla, mostró una hermosa cuna blanca.
—Creo que va siendo hora de que juguemos todos, murciélago.
* * *
Tienes cinco minutos para decidirte, Brucie. Elige, ¿la niña o ella?
—¡Jodido cabrón, suéltame y verás!
—Venga, Brucie, no eches a perder la diversión. Piensa que una de ellas vivirá, ¿no es maravilloso? ¡ja, ja, ja, ja, ja!
Bruce intenta pensar un plan, una salida a esta situación. Selina intenta desatarse las manos, sin éxito. El Joker blande una enorme katana con la que juguetea frente a la cuna. Dos Caras hace girar su moneda sobre una mesa, expectante. Parece deseoso de apostar su moneda por una de las dos vidas.
—¡El tiempo pasaaa! ¿No te decides, Brucie? Está bien, si no quieres jugar... ya lo haré yo por ti.
—¡Noooo!
El Joker levanta la katana y golpea la cuna una y otra y otra vez, mientras gotas rojas comienzan a salpicarle y a manchar sus ropas y su cara. Prosigue su tarea, ante los gritos horrorizados de Bruce y Selina, quienes no pueden creer lo que están viviendo. Veinte segundos después, completamente exhausto, el Joker se limpia la cara y se pasa el líquido rojo por su boca, complacido.
—Ah, Selina vive. Es hermoso, Brucie, hermoso.
Pero Bruce ya no puede oírle. Toda su ira, toda su rabia y su impotencia se acumula en sus brazos, que tiran con fuerza de la tubería hasta que un crac delata lo que sucede. En cuestión de segundos, los brazos de Bruce se liberan y su ira pasa de las manos a una mirada de fuego, en la que se refleja la sonrisa del Joker.
—Ja, ja, ja, ja, ja, ja! —estalla en carcajadas el Joker—. ¡Cuánto tiempo, amigo mío!
Ya no puede decir nada más. Batman se levanta de su cautiverio y, de un salto, se abalanza sobre el Joker para golpearlo sin piedad. Pronto Dos Caras acude a socorrer al bufón, pero Batman se revuelve y se desembaraza de su antiguo amigo Harvey sin dificultad. Lo que mueve a Batman es más poderoso que cuarenta villanos de Gotham.
Batman golpea con furia el rostro risueño del Joker, quien no para de sangrar y reír al mismo tiempo. Parece que disfruta con la situación.
—¿De qué te ríes, hijo de perra?
—Mira en la cuna, Brucie.
—¿Qué dices?
—Vamos, mira en la cuna —susurra, con una sonrisa rebosante de sangre.
Batman se acerca, temeroso. Para su desconcierto y alivio, cuando se acerca lo que ve no es el cuerpo de Helena, sino varias bolsas médicas de sangre. Por un momento, siente cómo su ira va menguando y su cordura se va imponiendo.
Pero entonces, ve algo más. El mismo aparato de visión que en el tejado. La misma campiña inglesa. La misma mansión Wayne.
El proceso de despiece y disección es más rápido en un cuerpo menudo, pero tan turbador y angustiante. Batman boquea, hipnotizado por lo que sus ojos humedecidos observan. Pronto, un peluche manchado de sangre es lo único que le queda de Helena.
—¡Ja, ja, ja, ja, ja! ¿Qué te parece, Brucie?
El grito de Batman se oye en todo Gotham. Selina llora, desconsolada, atónita ante lo sucedido. Batman es más Batman que nunca; la ira alimenta cada célula de su piel iracunda.
—Me toca jugar a mí —dice Batman, con una voz profunda y ajena.
—Vamos, Brucie, ¿por qué estás tan serio?
Batman se agacha y recoje la katana que portaba el Joker. Mira su filo, luego mira al bufón y una extraña mueca se dibuja en su rostro. Un rostro que ya no es el de Bruce Wayne. Bruce Wayne ha muerto con su hija.
—Vaya, creo que éste puede ser un final adecuado para alguien como tú.
Y Batman ríe a carcajadas, enormes carcajadas que apenas dejan oír los lamentos de Selina y los gritos de dolor del Joker, mientras paladea cada segundo de su eterna venganza.



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