martes, 26 de septiembre de 2017

El violeta es el color del amor

Consigna: Relato que sería la futura película animada de Steven Universe en versión para adultos, respetando la versión latina.
Texto:
Sentado en el sofá, con una Gato Cerveza en una mano y una bandeja de palomitas al alcance de la otra, Steven veía pasar la vida. De manera más específica, observaba con ojos ausentes la televisión por cable, que es lo mismo —o mejor. Neon Genesis Evangelion Extreme, con su orgía de robots gigantes; Bola de Dragón Plus Plus Plus y las aventuras del bisnieto de Goku; Sailor Moon Full Eclypse, con sus minifaldas siempre al límite pero nunca más allá; Doraemon, emitiéndose todavía con su rasposo analógico original en los tiempos de desenfreno digital. Zap, zap. Trago a la cerveza, palomita al buche. Ah, por fin un canal interesante, pensó Steven. Apartó la bandeja de maíz y se metió la mano libre dentro del pantalón.
Zap.
Un relámpago rojiblanco iluminó la estancia. Garnet y Perla aparecieron de la nada y comenzaron a moverse de inmediato por el cuarto.
—¿¡Pero qué cojones!? —se sobresaltó Steven. Perla refunfuñaba vagamente mientras recogía la ropa desperdigada; Garnet, a grandes zancadas, dejó caer su enorme cuerpo en un lateral del sofá, lo que provocó una explosión de palomitas y evitó durante unos segundos más que Steven encontrara el mando de la tele para silenciar, por fin, los gemidos y jadeos.
—Relájate, Steven. Lo sabemos.
—¿Que sabéis qué? —chilló Steven—. ¡Si hace siglos que no nos vemos!
—Lo sabemos todo —replicó Perla—. Sabemos de tu afición onanista. Sabemos que le robas el wifi al vecino. Sabemos que…
—¡Basta ya!
Steven se levantó del sofá, desaliñado y sudoroso. La camiseta no llegaba a tapar el cuarzo rosa de su ombligo. Había crecido algo desde los viejos tiempos. Era casi igual de alto que Garnet y le sacaba una cabeza a Perla. Su figura se había estilizado un poco, aunque seguía teniendo las manos y los pies demasiado grandes en comparación con el resto del cuerpo. El pelo rizado formaba dos pequeñas entradas a ambos lados de la frente.
—Me fui porque quería estar lejos de vosotras.
—Independizarte —apuntó Garnet.
—¡Exacto! Porque necesitaba ver el ancho mundo, más allá del Templo de Cristal; porque necesitaba ser yo mismo, ¡tomar mis propias decisiones!
—Ajá —apuntó Perla, sosteniendo unos oscuros calzoncillos con los dedos en pinza—. ¿Incluyen esas decisiones el lavado de la ropa interior?
—¡Trae aquí! Escuchad, no sé lo que habéis venido a hacer, pero no puedo ayudaros. Ya no. Ahora vivo mi propia vida: se acabó el salvar al planeta. No pienso ir a ningún sitio con vosotras. Tengo entradas para el concierto de U2 de mañana y no pienso perdérmelo por nada del mundo. No puedo ayudaros. Por cierto, ¿dónde está Amatista?
—De eso precisamente queríamos hablarte. Amatista ha secuestrado a Bono.

—Ponedme al día —pidió con desgana Steven. Los tres viajaban, camino del estadio donde se celebraría el concierto, en la que fue la furgoneta de Greg. Steven estaba malhumorado. El mellado vehículo de su padre le traía recuerdos. Perla tomó la palabra.
—Amatista siempre fue la más voluble de los cuatro. Tú lo sabes mejor que nadie.
—¿Qué?
—No te hagas el tonto. Ya no eres un niño —apuntó con seriedad Garnet.
Steven recordó el suave tacto de la piel de Amatista y su lánguido cabello. De pequeño había soñado en sumergirse entre aquellos pechos generosos y en rozar los labios gruesos y un poco desafiantes con los suyos propios. Años después llegó a cumplir esos sueños e incluso superarlos. Amatista era pasional y muy, muy juguetona. La gema que formaban al fusionarse, Smoky Cuarzo, no era la combinación más poderosa, pero sí la más tierna a sus ojos. Steven sabía que detrás de toda aquella voluptuosidad malva había un corazón amplio y generoso. Amaba su manera de masticar con la boca abierta y de hurgarse la nariz, y la amaba más todavía porque fue la que le animó a partir, a romper el pequeño grupo familiar que habían formado los cuatro.
—Está bien, ya no soy un niño. Pero no me habéis explicado qué pasa.
—Después de que la dejaras se sumió en la depresión. Dejó de importarle la comida.
—Incluso las hamburguesas, los burritos y las pizzas —apuntó Garnet.
—Se encerraba durante horas en el mutismo mientras mensajeaba con su móvil.
—Un Nokia 3310. Robusto, duro. El mejor. —Garnet parecía satisfecha.
—Se apuntó a un gimnasio. —Perla seguía enumerando, ajena a todo.
—Que tuvo que abandonar —apuntilló Garnet.
—Y, en las misiones, rara era la ocasión en que no precisaba regenerarse, lo que a veces le llevaba meses. A ella, que siempre fue tan impaciente.
—Tan impaciente —repitió Garnet, satisfecha de haber dicho la última palabra.
Steven no contestó. De repente tuvo memoria de haber recibido durante una temporada mensajes de texto de Amatista. Pero no recordaba haberlos respondido, y es más, tampoco era capaz de acordarse del contenido. En aquella época había viajado por el desierto flotando en una nube de opiáceos, o tal vez había surcado el mar en un barco de Greenpeace en un fugaz frenesí ecologista. Tenía la vaga sensación de que había fallado a Amatista de alguna manera, pero ¿cómo? ¿Acaso no había querido ella que él viviera su propia vida? Guardó silencio, taciturno, durante el resto del trayecto.

El escenario del concierto era impresionante. Los ojos de Steven formaron estrellitas al recorrer los espectaculares arcos que se combaban sobre el espacio abierto donde se situaría la banda. Conocedor de las costumbres del grupo, Steven se deleitó con los detalles: la enorme pantalla cilíndrica que permitía una visión desde todos los ángulos; los gigantescos amplificadores que desplegarían su potencia a los cuatro vientos; los titánicos generadores voltaicos, con forma de limón, que alimentarían los fastos; y por último, el brillo metálico de la batería, las guitarras desplegadas en derredor como flores eléctricas, y en el centro el micrófono, solitario y erguido.
Junto al micrófono, en mitad del escenario, estaba Amatista, tal y como siempre la había recordado, expresiva y descarada. Su látigo, desplegado, estaba enrollado alrededor del cuello de Bono. Los técnicos de montaje habían huido; el estadio estaba vacío para ellos.
—Steven. Te esperaba —dijo Amatista. Bono profirió un quejido apenas audible en su característico falsete. Las gemas se agacharon, listas para saltar al combate. Pero Steven las detuvo con un gesto de la mano.
—¡Esperad! Amatista, ¿qué está ocurriendo? ¿Por qué no dejas el látigo y hablamos como personas civilizadas? —Aprovechó para guiñar un ojo a Bono. No todos los días se encuentra uno frente a frente con su ídolo. Este volvió a gemir.
—Es tarde, Steven. El tiempo para hablar ha pasado. Ahora voy a destruir todo lo que amas: uno a uno perseguiré a todos tus fetiches y los iré aniquilando hasta que no te quede nada por lo que vivir.
—Pero, ¿por qué? —insistió Steven, sintiendo un escalofrío—. Yo aún te quiero. ¡No es tarde para solucionarlo!
—Tú solo te amas a ti mismo.
Amatista no varió su posición. Miraba con ojos entrecerrados al grupo, con sus expresivos labios cerrados en una mueca de odio. Bono hizo ademán de levantarse, pero ella lo sometió con un giro del látigo.
—¿Sabes de dónde viene toda la arena del mundo?
—Amatista… —murmuró Garnet.
—La arena de las playas, donde los seres humanos se tienden a tomar el sol, a jugar a vóley-playa, a amarse. La arena de los desiertos, que susurran recuerdos de sol y de exóticos viajes. La arena del fondo de los ríos, de los lagos, de los fiordos, donde a veces los barcos hacen su última escala. Toda esa arena, ¿sabes lo que es?
—¿Sílice? —aventuró Steven, que creyó recordar algo de su periplo marino.
—Somos nosotras, Steven. Gemas muertas, gemas rotas. Devastadas de un modo u otro, inservibles. Desechadas. Ese es mi destino. Lo siento dentro de mí. Ya no hay nada que me ate a este mundo. Pero antes, vas a sufrir.
—¡Un momento! —Bono había logrado aflojar un poco la presión de la fusta y hablaba en un español defectuoso, fruto quizás de sus charlas con el papa Francisco—. Tu pasión me ha conmovido, Amatista. Déjame que te ayude a liberarte de tu dolor. Confía en el poder del amor. Let us be… One.
Paralizados, Steven, Perla y Garnet contemplaron cómo Bono se liberaba del yugo y se acercaba a Amatista, a quien cogió de la mano con suavidad. El cantante no había perdido su carisma. A sus espaldas, tímidamente, los miembros de U2 salieron de sus escondrijos; The Edge, Adam Clayton y Larry Mullen Jr., con cara de no saber muy bien lo que estaba pasando, pero sintiendo en sus corazones de músico que su tiempo estaba llegando. Bono comenzó a bailar con la gema, que estaba un tanto azorada, y un resplandor iluminó de repente el escenario cuando la fusión se produjo. Donde habían estado los dos ahora había un nuevo ser, una monstruosa versión de ambos. Sin necesidad de palabras, las gemas supieron que contemplaban a Bonotista. Una chaqueta de cuero cubría los hombros violáceos del engendro, que portaba unas gafas de sol con una cierta reminiscencia de insecto sobre su segundo par de ojos; la amatista brillaba, deslumbrante, en el pecho; el pelo caía de nuevo en cascada sobre los hombros, como en los mejores tiempos del cantante, y las regordetas manos sostenían el mango del látigo, convertido ahora en micrófono.
Entonces las palabras nacieron de la boca de Bonotista, y los primeros acordes de una canción brotaron de los instrumentos que los miembros del grupo habían empezado a tocar. La melodía era desmesurada, abarcando tonos del espectro sonoro que ninguna garganta humana podría haber creado. La letra de la canción, que nadie pudo volver a recordar más adelante, era una amalgama perfecta de todos los éxitos de la mítica banda aderezada con los grandes éxitos de las gemas: One, Somos las Gemas de Cristal, Where the streets have no name, Gato Galleta, A sort of homecoming, Soy más fuerte que tú, Mother of the disappeared, Mis errores siempre arrastraré, If you wear that velvet dress. The Edge y sus compañeros sudaban copiosamente para poder seguir el ritmo de Bonotista. Perla y Garnet bailaban, la primera con la elegancia de una bailarina de ballet clásico, la segunda en su estilo break dance discotequero, subyugadas ambas por el poder de la música. Steven permanecía absorto, con las estrellas anidando de manera permanente en los ojos abiertos y las lágrimas rodando por sus mejillas.
La canción debió durar horas, o tal vez fueran minutos. Es imposible saberlo. Pero llegó un momento en que las gemas cayeron al suelo exhaustas, y los miembros del grupo dejaron de tocar, de rodillas y agotados. Frente a frente quedaron Bonotista y Steven, mirándose. Una fugaz esperanza de amor chispeó entre ellos durante unos instantes; pero el dolor con que Amatista contribuía a la fusión era demasiado grande. Bonotista hizo chasquear el látigo-micrófono, y con un giro de muñeca atrapó a los extenuados miembros de grupo, dejándolos caer a continuación en su inmensa bocaza.
—¡No! —gritó Steven. Perla y Garnet, aunque cansadas, hicieron aparecer a sus armas demasiado tarde. Para cuando la lanza opalescente y los guanteletes hicieron mella en Bonotista todo había acabado. La banda de rock más famosa de la Historia era, valga la redundancia, historia. La gema de Amatista cayó rodando a los pies de Steven, que la tomó en sus manos. Una gruesa grieta la recorría de lado a lado y, al asirla, un fino polvo granulado se escurrió entre sus dedos. Arena púrpura.
—Lo siento, Steven —dijo Garnet, en una rara muestra de empatía. Perla apoyó una mano en su hombro, maternal.
El interpelado alzó los ojos, en los que las estrellas aún brillaban. Observó por última vez el escenario vacío y se sorbió los mocos.

—¿Alguien tiene un donut? —dijo.

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