martes, 5 de septiembre de 2017

Cazadores de tesoros

Consigna: Aventuras
Texto:
El faro estaba prácticamente derruido. Sin embargo, aún quedaban algunos escalones y parte de una barandilla de hierro forjado que conducían a lo que parecía una boca abierta en el muro de piedra. Mientras los demás buscaban en el exterior, decidí echar un vistazo al interior. Subí los peldaños poco a poco y, una vez me encontré ante la entrada, me detuve para rebuscar dentro de la mochila. Ahí estaba. Sujeté la linterna ante mí, como quien empuña un crucifijo para ahuyentar a las criaturas de la noche, y crucé el umbral.
 Paseé el haz de luz de la linterna por los muros de piedra. Vislumbré a mi derecha los restos de una escalera de caracol que, tras el derrumbe, apenas consistía en un amasijo de hierros retorcidos. Avancé sorteando algunos cascotes y el suelo crujió bajo mi peso. Recuerdo que una alarma empezó a sonar dentro de mi cabeza, pero, justo en ese instante, quiso el puñetero destino que unos destellos dorados surgieran de entre los escombros que había junto a la escalera. Pensé que tal vez allí estuviera escondida la caja que buscábamos y, envalentonada, avancé un paso. Y otro. Y otro más. Un estremecedor chasquido me heló la sangre en las venas y el suelo se abrió bajo mis pies. Caí al vacío.
No obstante, será mejor que empiece a contar la historia desde el principio...
Todo comenzó cuando Fran, mi hermano mayor, me hizo cierta proposición:
—El domingo vamos a salir de caza. ¿Por qué no te vienes con nosotros?
Me pilló por sorpresa. Levanté la vista del último libro de Los cinco que había caído en mis manos y le miré como si, de repente, se hubiera transformado en un hombrecillo verde.
—¿Qué? Me has interrumpido en el momento más interesante y no sé si he oído bien.
—Venga, hermanita, estoy seguro de que te lo pasarás bien. ¡Una aventura real siempre es mucho mejor que las de los libros!
—¡Bah! Esto del Geocaching no es ninguna aventura —opiné, deliberadamente desdeñosa—. Además, es que no le veo ningún mérito. ¡Si ya tenéis las coordenadas en el móvil! Solo se trata de llegar al lugar y consultar el GPS. ¡Menuda emoción!
—Qué desaborida eres... No siempre es tan fácil, ¿sabes? —me soltó, contraatacando—. A veces es necesario resolver enigmas para conseguir pistas sobre la localización y hay que estrujarse el coco. Al menos, podrías intentarlo...
Ya me había propuesto salir con su grupo otras veces, pero yo siempre había rehusado. La verdad es que prefería quedarme en casa devorando algún libro de la larga lista de lecturas pendientes. ¡Hay tantos libros y tan poco tiempo! Pero entonces recordé que justo aquella mañana me habían llamado «cuatro ojos sabionda» en el instituto y aún me escocía el ego, por lo que, para sorpresa de Fran, terminé aceptando. Supongo que quería demostrarme a mí misma que no tenían razón...
El siguiente domingo fue el Día D. Nos levantamos muy temprano y preparamos sándwiches y bocadillos. Poco después pasaron a buscarnos los colegas de Fran, Andrés y Mikel. Creo que no les terminaba de gustar la idea de tener que «cargar» conmigo todo el día, pero aun así no se quejaron. Hacía muchos años que eran amigos, desde que se conocieron en la escuela, y prácticamente yo los había visto juntos toda mi vida. Aunque todos tenían sus obligaciones, siempre encontraban algún momento para lo que más les gustaba: practicar senderismo. Y, desde que descubrieron el Geocaching, ya hacía algunos años, se habían convertido en unos auténticos forofos.
Ahora, tras mi corta experiencia, ya no me parece tan extraño, como pensaba en un principio, pues lo cierto es que ambas actividades, el senderismo y buscar cachés, combinan muy bien.
Con Mikel al volante y con música de AC/DC a todo volumen, pues íbamos en su todoterreno y él es entusiasta de la banda, salimos a la carretera. Andrés me mostró su teléfono móvil y vi un mapa con las cachés —unos dibujitos verdes en forma de cajas— indicando su posición.
—Estas cachés son muy recientes, por lo que han recibido pocas visitas de momento —me explicó. A continuación, pinchó con su dedo sobre una de las cachés y se abrió su descripción en la web de Geocaching. Allí, los cachers, los cazadores de tesoros, registraban su «descubrimiento» cuando encontraban la caché. En este caso, solo había dos registros.
—¡Seremos de los primeros! —exclamó Fran, muy entusiasmado. Y yo bostecé, pues me estaba aburriendo.
—Esto no me queda claro —dije—. Uno podría registrar el hallazgo sin ni siquiera haber encontrado de verdad la caché, ¿no?
—Por eso hay que escribir tu nombre de usuario en el bloc o papel que hay dentro del contenedor físico. Siempre hay que ir de caza con bolígrafo —explicó pacientemente Andrés, como si hablara con una niña de cinco años.
—¿Y lo comprueban? —insistí, escéptica.
—Claro que sí, hermanita —comentó esta vez Fran, pues Andrés había puesto los ojos en blanco—. Hay voluntarios que se encargan de eso.
Al rato, siguiendo las indicaciones del GPS del coche, Mikel se desvió de la comarcal y llegamos a un pequeño pueblo del que nunca había oído hablar. Básicamente solo había cuatro calles. Al final de la que era la calle Mayor, Mikel detuvo el coche delante de una vieja iglesia.
—Aquí está la primera del recorrido —dijo mi hermano.
—Un contenedor muy pequeño y magnético —comentó Andrés, consultando en la web oficial—. ¡Tiene que estar en la verja!
Contemplé sorprendida la larga verja que rodeaba la iglesia. Fue en aquel momento cuando empecé a sentir la emoción de los cazadores de cachés.
—Ahí está —añadió Andrés, tras consultar las coordenadas, señalando un lugar cerca de la puerta de la iglesia—. ¡Pero tenemos muggle a la vista!
—¿Muggle? —pregunté enseguida. No entendía nada—. Eso es de los libros de Harry Potter... Hace referencia a quienes no tienen habilidades mágicas.
—Exacto. En el argot del Geocaching, los muggles son las personas que desconocen la existencia de las cachés. Y hay que evitar que te descubran delatando la posición de cualquiera de ellas, pues podría caer en malas manos y perderse.
Había una anciana sentada en un banco, dentro del recinto de la iglesia. Estaba tejiendo lo que parecía una bufanda, pero justo en ese instante levantó la cabeza en dirección a nuestro coche. Ya estábamos llamando la atención.
—¿Pero qué hará esa mujer tejiendo en la puerta de una iglesia? —soltó Mikel.
—Chicos, lo mejor será aparcar el coche y volver a pie —comentó Fran—. Laura, tú podrías distraer a la mujer preguntándole cualquier cosa y, mientras, pillaremos la caché.
—¿Yo? —pregunté, de repente muy nerviosa.
—Sí, hermanita. Tú le inspirarás más confianza —dijo Fran, y me guiñó un ojo.
Tras aparcar el coche, me dirigí hacia la entrada de la iglesia mientras los chicos estaban al acecho cerca de la verja.
—Disculpe, señora. ¿Podría indicarme si hay alguna panadería abierta? —pregunté, casi tartamudeando. Fue lo primero que se me ocurrió.
—¡Oh! Ya lo creo, chiquilla —me contestó la anciana—. Don Aniceto abre todos los días del año a las siete de la mañana. Como un reloj. Aunque, a veces, las tripas se le aflojan fuera de hora, ya me entiendes, y en esos casos se retrasa un poco. ¡Cosas de la edad! La panadería está en la calle de atrás, no tiene pérdida, pero... ¿Sabes qué, hermosa? Voy a acompañarte yo misma y así saludaré al bueno de don Aniceto.
—No hace falta que se molest...
—¡Qué va! De molestia, ninguna —dijo, metiendo las agujas de tejer y la bufanda de colorines dentro de un gran bolso violeta—. ¡Vamos, vamos!
Cuando regresé, con un pan redondo tan grande que más bien parecía una ensaimada de Mallorca talla XL, habrían transcurrido unos veinte minutos. Encontré a mis tres guardaespaldas sentados en el banco donde antes había estado la anciana. Sus caras reflejaban un idéntico hastío y, al verme, bufaron a la vez. Se me escapó una risita.
—¿Ya la habéis encontrado? —pregunté—. ¡Me he perdido lo mejor!
—La encontramos hace siglos. ¡Cuánto has tardado, chiquilla!
—¡Uf! No sabéis las batallitas que me han contado el par de abueletes...
—¡Joder! —soltó Mikel—. ¡Por ahí vuelve la vieja!
Callamos todos y la anciana se acercó directamente a la verja, justo donde estaba camuflada la pequeña caché magnética. Los cuatro nos miramos muy sorprendidos.
—Ya veo que lo habéis dejado todo como estaba, ¡menos mal! —comentó.
—¡No me diga que la caché es suya! —exclamó Andrés. Estaba atónito.
—En realidad es de mi nieto, pero me gusta vigilar quién viene.
Los cinco estuvimos un buen rato riendo. Y volvimos a reír más tarde, cada vez que lo recordábamos. ¡Caramba con la abuela! Lo cierto es que me encantó conocerla.
Nos alejamos del pueblito por una carretera de tierra. «Un camino de cabras», según Mikel. Pocos kilómetros más allá tuvimos que dejar el coche y seguimos con el recorrido a pie, tal como estaba previsto. Descubrí que Fran me había preparado una mochila con algunas cosas que, según él, podía necesitar. Vi ropa de repuesto, una gorra con visera, un pequeño botiquín, una linterna, repelente de insectos y protector solar factor 50. Puse los ojos en blanco, pero decidí no protestar. Me apliqué un poco de crema y me ajusté la gorra.
Poco después, encontramos la segunda caché del recorrido. Estaba cerca de una fuente natural, de la que manaba constantemente el agua cristalina que, a continuación, descendía hasta el llamado Estanque de las Ninfas. El contenedor, en esta ocasión, era una fiambrera de buen tamaño y tuvimos que desenterrarla. Un escarabajo pelotero salió también del agujero y me dio un buen susto.
—Este nos estaba vigilando, igual que la abuela —dijo Fran, y los cuatro prorrumpimos de nuevo en carcajadas.
Dentro de la fiambrera había un montón de «tesoros»: un cubo de Rubik, una pelota de tenis, una figurita de un gato egipcio, un silbato rojo, un sonajero, una armónica, un sacacorchos y varios llaveros. Los chicos me explicaron que eran objetos que los cachers dejaban. Existía una especie de código de honor: podías coger algún objeto si, a cambio, dejabas otro de valor parecido. De este modo se intercambiaban los «tesoros», que podían llegar a viajar por todo el mundo. Según me dijeron, ¡ya hay más de tres millones de cachés repartidas por todo el planeta!
Me encantó la figurita del gato. Enseguida me pregunté de quién habría sido y cuál sería su historia. Entonces, al comprender que aquella caja contenía tantas historias, vislumbré la magia del Geocaching y me alegré mucho de estar allí. Cogí el gatito y dejé una de mis pulseras de cuentas.
Comimos algunos de los bocadillos junto a las aguas cantarinas del estanque y, poco después, continuamos bajando por un sendero que conducía a un bosquecillo que se divisaba a lo lejos. Allí estaba nuestro próximo objetivo.
—¿Estás cansada? —me preguntó Fran, colocándose a mi lado.
—Estoy muy bien, her-ma-ni-to —recalqué separando las sílabas—. Ya tengo ganas de descubrir el próximo tesoro. ¡Es verdad que esto engancha!
Pero la condenada caché se nos resistió un buen rato. Al final resultó que estaba sobre nuestras cabezas, dentro de un hueco que había en el tronco de un enorme roble. Mikel subió con agilidad felina por el tronco y, al inspeccionar el hueco, la encontró. El recipiente era un bote de Cola Cao. Lo abrimos con expectación, pero en el interior solo hallamos el bloc de papel, un yoyó azul y un caballo de plástico con su vaquero. No obstante, al abrir el bloc —que iba en una bolsa de plástico para evitar la humedad— nos encontramos también con una especie de postal con fondo negro y letras doradas:
La caja dorada podrás encontrar
a los pies del guardián y vigía
que descansa junto al mar,
de noche y de día.

—Parece un acertijo —comenté.
—Pues en la web no se comenta nada sobre esto —dijo Andrés tras revisar su móvil—, pero parece una pista para encontrar otra caché.
—Un guardián y vigía... Podría ser una torre, o un castillo. Y está junto al mar... —pensé en voz alta—. ¿Estamos cerca del mar?
—¡Oh, sí! A muy poca distancia. Podríamos ir a ver.
Tras consultar en Google Maps, descubrimos que había en la zona una torre, que actualmente se usaba para la información meteorológica, y un faro. Andrés me mostró las fotos en la pantalla de su móvil y me puse a leer la información.
—¡Tiene que ser el faro, chicos! —exclamé—. Fue derruido durante la guerra, a causa de un bombardeo. Un faro es un vigía. Y descansa junto al mar de noche y de día porque ya no funciona y está «tumbado», derribado.
Así fue cómo llegamos al Faro del Fin del Mundo. Me envalentoné husmeando entre los restos de la vieja edificación y el suelo se abrió bajo mis pies. Afortunadamente, caí en el agua. Comprendí que estaba en una cueva natural, tras el acantilado. El mar se filtraba entre las rocas y había formado aquel lago subterráneo. Nadé hasta alcanzar la orilla. Me di cuenta de que, al caer, había perdido la linterna, pero el musgo fosforescente que había sobre las paredes de piedra me permitía ver por dónde iba.
Ahora sé que fue una estupidez por mi parte, pero en ese momento solo pensaba en encontrar una salida. Por eso me alejé aún más y avancé por un túnel entre estalactitas y estalagmitas, a lo largo del cual cada vez se oía con más fuerza el oleaje del mar. Sin embargo, no había salida. Algunos rayos de sol se filtraban entre las piedras que bloqueaban el acceso. Me apoyé sobre esas piedras y vi algo que sobresalía por debajo de ellas: las piernas de un esqueleto y algunos jirones de ropa. Me alejé gritando y tropecé con unas cajas de madera medio podridas.
A la vez emocionada y muerta de miedo, descubrí que las cajas contenían botellas de güisqui escocés y de perfume francés. Aquel pobre desgraciado que murió aplastado a causa del derrumbamiento debió ser un contrabandista.
Mientras tanto, los chicos se dieron cuenta de lo que había ocurrido y enseguida pidieron ayuda. Llegaron policías y bomberos y muy pronto me sacaron de allí.
Ya se fundía el sol con el mar cuando mi hermano me abrazó.
—¿Habéis encontrado la caja dorada? —le pregunté cuando me dejó respirar.
—No. Tal vez era una broma... Pero no ha estado nada mal el hallazgo que has hecho tú solita. Ya eres toda una cazadora de tesoros.
Entonces puso sobre mis hombros su chaqueta y me encasquetó su gorra. Era su gorra favorita, con las palabras Los Goonies bordadas en amarillo sobre la visera. Aquel fue el mayor tesoro que conseguí aquel día.



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