miércoles, 1 de marzo de 2017

El otro

Autor: Fújur

—¡Basta de pamplinas! ¿Por quién me habeis tomado? Malditos cuervos, no conseguireis amilanarme. ¡Graznidos a mí! ¡Volad mientras podais, malditas aves del demonio! Porque cuando os pille, ay cuando os pille, ¡no querreis saber qué ocurrirá cuando lo haga!
El señor Peculière tomaba un café en la terraza de un localcito de la Rue du Temps como cada día. Dispuesto a leer el diario de la mañana, tuvo que ingeniárselas para que todos los elementos cupieran en la minúscula mesa que casi rozaba la situada a su vera. La taza de café con su platillo en la parte derecha, el periódico abierto por la sección de Cartas al director a la izquierda, una elegante pitillera de piel justo frente a él y no podía faltar el estuche de su viejo violín sobre la silla que quedaba libre. Todo estaba saliendo a la perfección hasta que habían llegado esos animales malsanos: los cuervos. Tras espantarlos con éxito una primera vez, cruzó las piernas y dio un sorbo a su café.
La primavera asomaba tímidamente por las ramas de las acacias y el sol comenzaba a hacer más agradable la mañana. Se desabrochó un botón del abrigo y, cuando se disponía a leer las siempre anecdóticas opiniones de los lectores, notó una presencia. Otro hombre de talla y edad similar a la suya había tomado asiento en la mesa de al lado. Al hacerlo, el roce de éstas emitió un impertinente chirrido.
—¡Por el amor de Dios, buen hombre! ¡Tenga un poco de cuidado! —vociferó encendido.
Sin embargo, el sujeto no se inmutó y se limitó a mirar de soslayo a través de sus gafas oscuras al señor Peculière como si pasara inadvertido.
—Le estoy viendo, señor mío. Estoy viendo que me está mirando. Haga el favor de no disimular y dígame algo —insistió con petulancia.
Pero, muy a su pesar, el hombre de la mesa de al lado simplemente emitió un sonido parecido a una risita afónica e ignoró su comentario. Continuó colocando en la pequeña mesa redonda sus pertenencias: el periódico de la mañana a su izquierda, una pitillera de piel frente a él y la reciente taza de café que  había pedido en el interior del local, a su derecha. Así pues, todo quedaba dispuesto como en un espejo. Todo menos los cuervos. Pues al divisar nueva compañía en el lugar, se acercaron curiosos al novedoso personaje y éste, sin pensárselo dos veces, les comenzó a echar mendrugos de pan de una bolsa de papel.
No cabía en sí del asombro. ¿Qué tipo de descortés caballero se sentaba al lado de otro y se ponía a alimentar a esos espeluznantes animaluchos? No, a él no le iba a arruinar el día un sinvergüenza. Fue en ese momento cuando el señor Peculière le miró de soslayo a través de sus gafas oscuras y emitió una especie de risita afónica que le dejó completamente sorprendido, pues no la reconoció como propia.

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