miércoles, 1 de marzo de 2017

Roderick

Autor: Nadia Hazin

Al principio no hizo nada. Después, cuando el mar cobró su debida deuda y el naufragio hubo terminado, Roderick estalló en cientos de lágrimas saladas que ayudaron a que la zozobra del barco fuera aún más rápida e implacable. Sin apenas tiempo para santiguarse o maldecir su infortunio, se adentró en una espiral de líquido que entraba y salía de su boca, de sus fosas nasales, de las mismas cuencas de sus ojos. Más cerca de la muerte que de la salvación, apenas tuvo fuerzas para abandonarse y dejar que el destino hiciera con él lo que mejor le viniera en gana.
Y el destino, dicen, es la más sucia y peligrosa de las rameras que gobiernan la faz de la Tierra; es capaz de encontrar un final a cualquier historia, por muy tramposo que sea aquel, y temeroso al mismo tiempo de la afilada navaja de Ockham; es, simplemente, un diablillo antojadizo y soñador que no se conforma con lo más sencillo. Por eso, fue extraordinario lo que hubo de sucederle al bueno de Roderick. No tanto por el hecho de sobrevivir a un naufragio, allí donde sus compañeros perecieron; tampoco por la feliz circunstancia de encontrar un suelo de arena, en el que reponerse de la ordalía marítima a la que había sido sometido; ni tan siquiera por el hecho de que en aquella isla no hubiera otra alma humana que no fuera la suya. El verdadero milagro, la constatación de que Dios juega a los dados con más asiduidad de la esperada, quedó reflejada al comprobar cómo, en uno de los bolsillos de sus calzas, un pequeño librillo había sobrevivido a la tragedia.
Este se había conservado razonablemente bien. La salitre se incrustaba en cada una de sus páginas y el título de la obra se había diluido hasta tornarlo ininteligible; sin embargo, la tinta de las hojas permanecía indeleble en su lugar y ni tan siquiera el continuo empapar del agua embravecida había menguado la consistencia del papel. Se diría que aquel libro había sido seleccionado especialmente para aquella misión; allí donde cualquier otro ejemplar se habría deshecho como un azucarillo en té caliente, el libro que Roderick portaba junto a él había resistido los embates de la vida que aquel marino errante padecía.
Tras despertarse entre mareos, se recostó contra la corteza rugosa de una palmera y recuperó lentamente la consciencia. Ser sabedor de su enorme fortuna le arrancó lágrimas gruesas como cuajarones: estaba vivo. Se disculpó mentalmente con sus antiguos compañeros de travesía; con Joe el Tuerto, con Jack, con el capitán Smith, con todos ellos. Ahora, no quedaba nada que demostrara su mera existencia, no quedaba rastro alguno de su errático devenir. La culpa del superviviente atenazaba a Roderick y le insinuaba el peligroso sendero de la locura y la derrota vital.

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