miércoles, 1 de marzo de 2017

Lola Bunny

Autor: Jo March

Lo último que recordaba, antes de que aquel coche la lanzara veintitrés metros por el aire, fue que andaba hablando por el celular. Tiempo después logró abrir los ojos lo suficiente para descubrir que estaba en un hospital. Más tarde supo también  que la única que había ido a verla fue Connie Williams, la chica de sus sueños. A las preguntas de los médicos sobre su identidad alcanzó a decir que su nombre era Lola Bunny y que la apodaban así por su vieja relación con un enano medio chiflado que pateaba cabezas mientras mordisqueaba zanahorias. Cuando salió del hospital el cirujano le recomendó tres cosas: que prestara más atención al tráfico, que no anduviera con tipos enanos y que no se acercara a una nevera llena de imanes.
—El cincuenta por ciento de tu cuerpo es hierro—añadió el cirujano sonriendo socarrón.
Cuando le explicó el chiste a Connie ella lo celebró dando palmadas.
Connie dulce. Connie susceptible. Cuando golpeaba con mano ensortijada sonaba un “booom” dentro de la cabeza. Lola aún recordaba aquella vez que aquel tipo trajeado expulsó el humo de su cigarro puro en los ojos de Connie y le dijo: “¿Qué tal si nos vamos al asiento de detrás y me haces una mamada, guapa? Podría participar la tarada de tu amiga”. “Nunca, en toda tu jodida vida, vuelvas a llamarla tarada”, contestó ella acercando sus labios carnosos a la oreja cerosa de aquel mamón. Luego sonó el disparo. El tapiz aterciopelado del Cadillac verde ciprés quedó hecho un asco.
De vez en cuando Connie castigaba a Lola, pero no soportaba que nadie la insultara. Era su chica y le profesaba un amor incondicional y rabioso.  Por otra parte si Connie gritaba que había que correr Lola corría, si avisaba que había que esconderse Lola lo hacía sin preguntar por qué.
Cuando salió del hospital Connie la esperaba con unas flores y unos bombones. En el ascensor le dijo, exultante: “tengo planes, cariño, planes muy buenos para las dos. Vayamos a casa”.
Su casa. Una caravana en mitad de un terreno yermo rodeada de otras caravanas. Allí vivía la gente que no quería ser encontrada.
Al atardecer, sentadas y con sendas cervezas, Connie suspiró satisfecha. Lola la miró fascinada. Observó su pelo rojo, su boca grande y firme, sus manos nerviosas, sus ojos claros y persuasivos.
—¿Recuerdas lo que te prometí la primera vez que nos acostamos?—le preguntó.
—Sí—susurró Lola bajando los ojos. Recordaba aquella primera paliza. Luego de explicarle, con paciencia, el porqué de aquel castigo, Connie le hizo el amor con una dulzura exquisita—. Fue el día que me porté mal. Juraste que si mejoraba depositarias el mundo a mis pies.
—Exacto, cielo. Pues bien, ese momento ha llegado. Tú y yo vamos a hacer algo muy grade, nena. Acércate.
Connie tomó una larga ramita y comenzó a dibujar en la tierra. Era el interior de una sucursal bancaria y alrededores.

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