lunes, 7 de septiembre de 2020

Rojo (Geodana)

 

Te levantas una mañana, igual que otras muchas en las que te sientes mal. Tu cuerpo no puede más. Sabes que esta maldita mierda que te está consumiendo. Esta enfermedad infernal, no te deja vivir, disfrutar, hacer nada.

No te encuentras bien. Miras a tu alrededor y ves que estás solo, completamente solo. Sufres, y en soledad. Tampoco quieres molestar, pero necesitarías tanto realmente salir a la ventana y pedir ayuda gritando lo más fuerte que puedas. Pero no lo haces, no es tu modo de ser. Siempre has salido de todo sin ayuda, no hay necesidad de molestar. El problema es que, de esta posiblemente no salgas.

Ya estás acostumbrado a esto, ha sido toda la vida así. Y ahora, más. Nadie quiere compartir sus momentos con alguien enfermo.

Pero hoy sientes que hay algo diferente, que tu soledad es mayor. Te sientes raro, aunque sabes que ya de por sí, lo eres. Algo ha cambiado. Miras a tu alrededor, pero todo sigue en su sitio. Cada mueble, cada cuadro, el mismo orden, el mismo silencio de una mañana normal cuando vives en una zona tranquila. Y soledad.

Los dolores también siguen siendo los mismos. En el mismo sitio, la misma intensidad. En todas partes. Ya ni te preocupa si algo no se mueve un día en ti. Solamente estas esperando a que, un día, todo deje de moverse. Y deje de doler.

Has puesto a calentar agua, como siempre, para desayunar lo de siempre. La monotonía es también algo común. Nada, absolutamente nada, cambia en ti, ni en tu día a día. Levantarte, confirmar que sigues vivo, desayunar, descansar, comer, descansar, cenar, dormir. Solamente unos pequeños paseos para hacer compras, rompen la monótona normalidad. No quieres más, te gustaría, pero no lo quieres. Tampoco podrías. No quieres hablar con nadie, no quieres contacto con nadie. La presencia de personas te molesta. O quizás sea la tuya la que le molesta a ellos.

Mientras el agua se calienta, te das una ducha rápida. No sabes bien para qué, te vas a volver lo mismo de siempre.

Al salir de la ducha, del baño, vuelves a sentir que es una soledad diferente a otros días. No molesta, pero perturba. Vuelves a mirar a tu alrededor, y todo sigue igual. Nada ha podido pasar, nadie puede entrar. Nadie se va a preocupar en hacerlo hasta que tu alma deje este mundo y tu cuerpo emane el suficiente hedor, como para llamar la atención de alguien.

La tetera avisa de que el agua ya está hirviendo. Cuando vas a retirarla del fuego, escuchas un murmullo. De casa es imposible, nunca hay nadie. No hay televisión puesta. Y se nota lo suficientemente cercana y profunda que casi puedes sentir hasta un aliento.

Continúas con tu monotonía diaria. Por la tarde habitualmente lees. Es lo único que te hace mantener la cordura. No ves televisión, no lees noticias. Al fin y al cabo, lo que ocurra en el mundo exterior, no importa. No importa, ni lo que ocurre cerca de ti. La lectura es tu refugio. Vuelas, sueñas, imaginas.

Te levantas y vas al baño –eres solitario, pero tienes las mismas necesidades que el resto de los seres humanos-. Te lavas las manos, te miras en el espejo. Tu mirada se encuentra vacía, triste, pobre. No hay profundidad, no hay brillo. En algún momento de la vida, lo has perdido todo, hasta la vida de tu mirada.

Aprovechas que no tienes nada más que hacer, y decides que quizás sea buen momento para, aunque nadie te vea, mimarte un poco físicamente.

El murmullo se vuelve a oír. Te giras, escuchas, pero nada hay nuevo. Como esta mañana, todo sigue en su lugar. Quizás estés perdiendo la cabeza, quizás esa tremenda soledad te esté pasando factura.

Te denudas y observas tu cuerpo. Es un desastre, te ves horrible. Los terribles dolores han hecho que no te cuides nada. Quizás puedas hacer algo, e intentar salir a ver un poco más la luz del sol, por lo menos, con mejor porte.

No tienes un cuerpo fuera de lo normal, no entras dentro de los estándares de belleza, pero no te sobra, ni te falta nada. Excepto esa mierda de dolores que recorren punto a punto de tu cuerpo. Si fueses capaz de, por lo menos un momento, dejar de sentirlo.

Tienes el pelo largo, sin cuidar. ¿Para qué? Decides que quizás es el momento. Coges unas tijeras, las de cocina mismo, no tienes más. Y vas cortando mechón a mechón. El solo hecho de coger el mecho para estirarlo y cortar mejor, te duele. Ese dolor en el cuero cabelludo, como si te estuviesen clavando mil agujas. Te arrancarías el pelo en ese mismo instante si supieses que va a desaparecer.

-          Hazlo

Ahora la voz fue más clara. Se escuchó perfectamente.

-          ¿Qué haga, qué?

-          Acaba con el dolor.

Si realmente fuese posible acabar con ello tan fácilmente, si hubiese un modo. Seguramente mejorarías mucho en calidad de vida

Sigues cortando el pelo, mientras no dejas de pensar en lo que esa voz ha dicho. Pero no sabes ni de donde salía. Sería tu mente de nuevo jugándote una mala pasa. Le das mil vueltas, mientras los mechones de tu pelo caen al suelo. No sabes el motivo, pero vas cortando poco a poco. Total, da igual lo que tardes, tienes tiempo.

Has terminado de cortar el pelo, cuando ya apenas queda un centímetro del mismo, con la tijera poco más puedes hacer. Y te duelen las manos. Tienes los dedos arqueados, esqueléticos. No tienen fuerza para mucho más. Pero quieres seguir cortando cabello.

Buscas, y encuentras una cuchilla. Quizás no sea mala idea rasurar el poco cabello que te queda. Al fin y al cabo, el pelo crece. Y si no crece, ¿qué más da?

Comienzas a pasarte la cuchilla por la cabeza, y después de un rato y de ver como sigue cayendo esos hilos castaños al suelo, notas que te cae una gota de sudor por la nuca.

No es posible, no hace tanto calor.

Coges una toalla y te limpias el sudor, para poder seguir rasurando. Te secas. Coges de nuevo la cuchilla. Echas tu mano hacia la zona de la nuca para comprobar por donde tienes que seguir.

Algo raro sucede, algo va mal. Coges con dificultad algo que tienes en la nuca. ¿Es tu piel? ¿Es posible que te hayas hecho un corte sin tan siquiera notarlo? Sin sentir dolor.

Observas tu mano y la toalla con la que te has secado. Tanto ellas como la cuchilla tienen sangre.

Vuelves a recordar esa voz. Ese murmullo en tu cabeza, o de donde quisiese salir, que te decía que acabases con el dolor. Y el caso, es que no te ha dolido el corte, y el trozo que noto suelto es de un tamaño suficiente para causar dolor a la persona más dura.

Pero a ti, no te dolió. Y sientes alivio porque un pequeño sector de tu cuerpo, ya no duele.

Vuelves a echar tus manos hacia la nuca. En una de ellas llevas esta vez la tijera. Y cortas ese trozo, pensando en evitar desgracias mayores. Y te sigue sin doler.

Notas como una hilera, seguramente de sangre, cae desde tu nuca. Recorre tu espalda, tus glúteos, tus piernas

-          Sigue

Volvió a decir esa voz.

-          Acaba con el dolor

No sabes muy bien cómo, pero entiendes el por qué te lo dice. Entiendes a qué se refiere y sabes cómo hacerlo.

Con una de tus débiles manos, intentas en ese espacio a carne viva de tu nuca, hacer un hueco. Intentas despegar tu piel del resto de tu ser. Sorprendentemente, sigues sin sentir dolor.

Te ayudas con las tijeras. Te abres camino con ellas, haciendo un corte limpio alrededor de tu cuello.

Cuando tienes todo el cuello ya rodeado, mientras te miras en el espejo, agarras desde debajo de tu barbilla. Quizás si lo haces de golpe, quizás si es rápido, no sentirás dolor. Cierras los ojos y tiras hacia abajo deprisa. No hay dolor, y el que sentías en cada poro de tu piel desaparece a medida que tu piel se separa de tus músculos.

Abres los ojos. La sangre corre por tu cuerpo como un manantial, pero sientes alivio. Frenas el ritmo en el que literalmente, te despellejas. Hacia tanto tiempo que no notabas tanto alivio.

Además de ese alivio, lo que ves te gusta. La belleza del cuerpo humano sin piel. Tus pechos, tu abdomen, tus piernas. Es un trabajo delicado y lento, pero te gusta observar como cada mínimo dolor en tu cuerpo desaparece.

Podría ser una imagen horrenda. Tu piel se encuentra descolgada del resto de ti. Tus músculos se ven a trozos desgarrados, y alguna parte de tus huesos ha quedado totalmente a la vista.

Pero a ti, te gusta. Te causa paz. No hay dolor. Y sonríes por primera vez hace muchísimo tiempo. Te sorprende hasta el hecho de seguir aún vivo. De hecho, tus ojos ahora tienen vida, tienen brillo. Pero no es suficiente.

Tus manos siguen doliendo. Siguen teniendo piel. Piel con sus terminaciones nerviosas. Tanto tiempo de médicos, tanta medicación y resulta que la solución era tan sencilla.

Te quitas la piel de las manos, dejando al aire tus huesos, como si de unos guantes se tratasen. Y las observas detenidamente. Estiras los dedos, puedes hacerlo. No duele.

-          Acaba. Deja de sufrir.

El baño es un charco de sangre y piel, asquerosa piel. ¿Pero por qué no terminar lo que has empezado? Al fin y al cabo, queda poco. Solamente queda de mí, mi cara. Mi nariz, mis labios, mis orejas. Mis ojos cada vez tienen más y más brillo. Mi alma cada vez está más tranquila, más libre, más liberada.

Sujetas con tus huesudos dedos desde donde empezaste, desde la nuca. Y tiras despacio hacia delante. Observas por un último instante tus parpados, tus mejillas. Cierras los ojos y bajas rápido. Solamente estas deseando que el mas mínimo atisbo de dolor se esfume.

Abres los ojos. Solo ves paz. Ahora todo es, rojo.

Ya no hay dolor. Si no hay vida, nada duele.

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