Por Camila Carbel.
Después de darle
miles de vueltas al asunto, tomé la decisión de decirle a Martín, esa misma
tarde, si estaba en sus planes casarse conmigo.
Nos conocíamos desde hace más de siete
años y hacía cinco que estábamos en pareja. Si nuestra relación tenia futuro,
ya era hora que vayamos decidiendo el casorio.
A lo largo del último año tuve las esperanzas que me realizara la gran
pregunta: “¿Te queres casar conmigo?”. Pero mi espera fue en vano, jamás ocurrió.
Luego, por largos meses pensé en realizársela yo, pero esa era la tarea del
hombre, así que me dedique a tirar indirectas; ninguna resultó. O él era muy
lento o no tenía la más mínima intención de casarse conmigo. Ya estaba harta de
esperar, esa misma tarde se lo iba a preguntar abierta y directamente.
Estaba muy nerviosa, no porque creyera que
fuera a rechazar la idea, si no porque ese día iba a ser trascendental para
nuestra historia como pareja.
Llegué a casa alrededor del media día. Había
salido más temprano del trabajo, pero Martín aun estaba en el suyo, por lo que
tenía toda la tarde para mi sola.
Como disponía de tiempo, me tome un baño
relajante, me hice una limpieza de cutis, me puse mi mejor vestido informal, me
planche el pelo, me calce unos lindos zapatos y espere a mi futuro marido con
su cena favorita: empanadas árabes del local de la vuelta de casa. Sí no sé
cocinar, pero me gusta hacer postres, por lo que prepare una tarta de
frutillas.
A las nueve de la noche escuche detenerse
el motor de nuestro auto. Me puse de pie de un salto; casi hago caer la silla.
Me paré al lado de la mesa y miré a la puerta esperando su llegada.
La puerta se abrió lentamente, como si él
supiera que en ese instante todo iba a cambiar y quisiera hacerme morir de la
ansiedad. Al fin entró, lo observé y me di cuenta que seguía tan enamorada de
él, como desde que tenia dieciocho años.
En ese momento no me importó si era yo la
que tomaba la iniciativa o él, solo me importaba que nos juráramos amor eterno.
Porque en ese instante comprendí que era posible. Es más, estaba totalmente
convencida de que Martín era el amor de mi vida, y aún lo sigo
sosteniendo.
Martín me miró a los ojos, sonrió y dijo:
—
¡Empanadas árabes! Que bueno mi amor, gracias. Sabés que me encantan.
Luego levantó la vista hacia mí, y dijo
que estaba muy linda. Nada más. Se fue a su cuarto a cambiarse de ropa.
Cuando volvió, me di un beso fugaz en los
labios y se sentó a la mesa, listo para devorar la cena.
—
Antes de
comenzar a comer, quería hablar cinco minutos de un tema. ¿Puede ser, cielo?
—
Claro, mi
vida. Decime—expresó mirándome directamente a los ojos.
En ese momento pensé que se me iba a parar
el corazón. Era el Momento.
—Estoy
algo nerviosa, así que no me apures, ¿sí?
—No, no. Hablá tranquila
Clara, si soy yo. No tenés por que estar nerviosa.
—Gracias cielo, por
eso te amo. Bueno, estuve pensando que ya vamos por cinco años y medios de relación
y bien… Te quería preguntar si alguna vez pensaste en casarte conmigo.
Cuando terminé de formular la cuestión,
los ojos de Martín se abrieron tanto que pensé que iban a salir rodando por el
comedor. Nunca había visto algo así en toda mi vida.
—No digo que nos
casemos ya, solo te pregunto si alguna vez lo pensaste. Si esta en tus planes.
No pongas esa cara— logré articular con un hilo de voz.
Su rostro se había vuelto tan blanco como
el papel, parecía que iba a desmayarse. De todas las posibles reacciones que
imaginé que haría, aquella no se me
había pasado por la mente. No
parecía que estuviese sucediendo de verdad.
No
sabía qué hacer, no sabía qué pensar. Lo único que atiné fue a ofrecerle agua.
Fue lo único que se me ocurrió: si estamos llorando, nos dan agua, si nos
caemos, nos dan agua, si llegamos de visita a una casa, nos ofrecen de beber
agua. Así que yo también hice lo mismo; y sirvió. Poco a poco los ojos
volvieron a su estado normal, y sus mejillas tomaron un poco de color; pero
solo un poco.
—Nunca pensé que
fuera para tanto— opiné, sin ser conciente que lo decía en voz alta. Martín me
miró.
—Perdón. Solo me sorprendí,
no me lo esperaba.
—¡Se nota!— Por
alguna razón estaba molesta, enojada con él y su estùpida reacción. Del inmenso
amor que había experimentado hacia pocos minutos, ya no quedaba ni rastro.
—No sé que decir.
Si estás enojada, te entiendo Clari, pero no fue mi intención ofenderte.
Yo también me había quedado sin palabras así
que solo lo mire.
—Mirá, yo… Nunca
me detuve a pensar seriamente este tema. Y… No sé qué responderte.
—Y respondéme si
querés pasar el resto de tu vida a mi lado. Eso quiero que me digas, Martín. —
A estas alturas, uno se llama por el nombre de pila, los mi amor, cielo, vida, quedaron pudriéndose bajo la lengua.
—Nuestra relación
siempre fue buena, y nos llevamos muy bien y nos queremos mucho. — No podía
creer lo que escuchaban mis oídos, «nos
queremos mucho», si siempre había dicho que me amaba, ¿por qué ahora
cambiaba el discurso? Algo no andaba bien. Esa noche iba a ser para recordar,
sin duda marcaría un antes y un después en la relación. —. En algún momento sí
lo pensé. Solo que ahora… No lo creo.
— ¿Ahora qué? ¿Se puede
saber?— dije levantando la voz. No podía controlarme. Veía como el mundo se me
venía encima y me aplastaba con su enorme culo.
—Solo que… No sé
como explicártelo.
»No se cómo explicártelo
sin lastimarte.
— ¿Sin lastimarme?
¿Y que creés que estas haciendo en este momento?
—Calmate. No
comiences a gritar. Por favor. Para mí tampoco es fácil contártelo, no me lo
compliques más las cosas, ¿querés?
»Estoy muy
confundido. Tengo muchas cosas en las que pensar. Y una de ellas sos vos y tu
papel en mi vida. Porque las circunstancias cambiaron, cielo.
»Debí haberte
contado mucho antes, pero no estaba seguro, ni sabia como hacerlo. — Luego de
unos segundos en silencio, levantó la vista y me confesó —: Conocí a alguien. Y
creo que estoy enamorado de ella.
Ahí fue cuando sentí el culo sucio del mundo
en mi cara. Parecía en chiste, todo este tiempo, un absurdo chiste sin gracia
alguna.
Se había enamorado de otra mujer. Algo tan
natural, simple y complejo a la vez.
Advirtió mi cara desfigurada por la
sorpresa y el miedo. Y comenzó a contarme su historia.
La había conocido por internet, luego
comenzaron a mandarse mensajes por celular y hasta se habían encontrado en un
par de ocasiones.
Iba a seguir hablando pero no lo dejé. Ya sabía
lo suficiente, más de lo necesario.
Se puso de pie, guardó una muda de ropa en
una mochila y me dijo que volvería a buscar sus cosas cuando yo estuviera en el
trabajo. Me levanté con la intención de lavar los platos, pero me detuve a
mitad de camino cuando escuché el ruido de la puerta al cerrarse. Ya se había
marchado. Me había dejado sola, sin respiración. De pie en el medio de la
cocina, mis piernas eran tan inestables como un flan, simplemente no podía
mantenerme erguida y me dejé caer. Mientras, todas las ilusiones se me
resbalaban por las baldosas, como las pelotas de un malabarista con párkinson.
Luego de unas horas allí sentada, ya sin más
lágrimas que derramar, me incorporé y me di cuenta que se había llevado las
empanadas árabes. El muy hijo de puta se enamoró de otra; se iba con ella. Y no
solo me dejaba con la propuesta de casamiento atravesada en la garganta sino
que además se llevaba la comida.
Fin
Muy, muy bueno, Camila...
ResponderEliminarExcelente tragicomedia que por momentos te saca más de una sonrisa (el final, por ejemplo, que es genial; o el episodio del "agua", je...), y por otros hace que algo se te anude en la garganta. Muy difícil para mí lograr algo así, te felicito.
Opinión muy personal, con mucho respeto: hay por allí, para mí, algunas cuestiones de mezcla de tiempos verbales y tildes faltantes (que sé que podrás encontrar) cuya modificación podría darle aún más fluidez y fuerza al texto, de la que ya tiene.
¡Saludos!
PERFECTO me encanto me hiciste leer y eso no cualquiera lo logra jaja
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