sábado, 27 de junio de 2026

Debí girar a la izquierda en Albuquerque

 Por Segadora Nocturna


En esta oficina nadie gritaba ¡Paren las prensas! Hacia años que no había prensas para parar.

            El periódico, que no era un periódico en el sentido estricto de la palabra, era un informativo digital, aquí no había que esperar llegar a tiempo para que la nota saliera al día siguiente. Esta era la Era de la Información, desde el teléfono celular se podía subir la noticia al sitio, sin necesidad de esperar.

            Lola estaba frente a su computadora en la oficina de redacción porque intentar hacerlo desde el campo habría sido muy doloroso y no quería entregar un trabajo chapucero, antes que nada era periodista y el público merecía conocer los hechos de forma verídica y puntual.

            Volvió a leer su nota.

 

Caída de la cúpula de la mafia Looney

 

Ciudad ACME

 

            Un operativo de las fuerzas especiales dirigido por el detective Elmer J. Fudd culminó con el abatimiento  de Emma “la abuelita” Webster líder de la mafia Looney desde los años noventas.

            En el momento del operativo se llevaba a cabo una reunión importante para la organización en el restaurante Merry Tunes, propiedad de la señora Webster y su principal centro de operaciones, según las fuentes oficiales.

            Bajo las balas policiales sucumbieron también Hector “el bulldog”, guardaespaldas personal de “la abuelita” y Bugs “el conejo” Bunny quien era el encargado de los túneles por dónde la organización traficaba personas, drogas y armas.

            Se teme que la violencia inunde las calles al quedar las esferas más altas de la organización sin dirección.

            Según documentos encontrados durante la redada las dos facciones de la mafia que entrarían en conflicto se cree que son las dirigidas por Daffy “el pato” Dumas quien es el responsable de los narcóticos y la de Speedy González quien trafica personas con la ayuda de su primo Lento Rodríguez.

            Las fuerzas de la ley ya despliegan a sus informantes para intentar localizarlos antes de que la violencia escale.

            Seguiremos informando conforme la noticia se desarrolle.

 

            Dio intro en el teclado y sus palabras se subieron al ciberespacio, de alguna manera eso lo hizo real.

            Bugs estaba muerto.

            Bugs trabajaba para personas malas.

            Bugs había ayudado a hacer cosas espantosas.

            Bugs era el amor de su vida.

 

            Las lágrimas corrían por sus mejillas sin que pudiera y sin que quisiera detenerlas.

Se permitió llorar por cinco minutos, después se secó las lagrimas mientras veía a su jefe salir de su oficina y acercarse a ella.

 

            —¿Ahora qué sigue? ¿Tu informante está dispuesto a hablar contigo?

            —No lo sé. Creo que ya no es mi informante, ahora es el de la policía.

            —¿Aún tienes la entrevista inicial? Quizá podamos adelantarnos a la policía y publicar lo que sabemos sobre todos esos delincuentes.

 

            Lola solo lo miró, sabía que tenía razón pero también podían meterse en problemas, su informante había cantado como pajarito y ahora ella tenía en su computadora la jerarquía exacta de la mafia Loony y sabía quién era el heredero lógico, pero a estás alturas seguramente la policía también lo sabría y estaban haciendo sus movimientos para atraparlos a todos.

*

            Conoció a Bugs en el Merry Tunes, mientras comía lasaña e intentaba escribir una nota sobre la moda femenina en ciudad ACME, lo suyo era el periodismo de investigación pero su jefe, Claudio “el gallo” Leghorn no le había dado la oportunidad todavía.

            Lola no solo era una cara bonita, era observadora y lista. Se daba cuenta de que en ese restaurante ocurrían más cosas de lo que se veía a simple vista.

            Por la puerta que decía “Privado” no solo entraba personal del lugar, sino personajes bastante peculiares.

            Una tarde, mientras compartía una ensalada con Bugs entraron dos hombres, uno bajito que caminaba muy rápido y otro mas alto que lo seguía a paso lento, cuando pasaron cerca de su mesa, saludaron a Bugs con una inclinación de los sombreros de ala ancha que usaban.

            —Y esos ¿quiénes son? —preguntó con curiosidad.

            —Son Speedy y su primo, consiguen ingredientes especiales para el restaurante. —Sonrió ampliamente y la miro a los ojos— ¿Pedimos pastel de zanahoria?

 

            Lola era lista, pero se estaba enamorando y dejo de ver las cosas raras que pasaban alrededor de Bugs, lo que sabía de él es que era un ingeniero constructor especialista en túneles. Sabía que había trabajado para la ciudad haciendo algunos pasos a desnivel en las avenidas más transitadas, y, también sabía que trabajaba para “la abuelita” aunque aún no le decía en qué.

 

            Después de dos meses de relación, Bugs le anunció que haría un viaje de seis semanas al norte del país, en dónde iba a trabajar en un proyecto grande, le prometió llevarla de vacaciones al regresar. Lola le creyó, que arrepentida estaba.

 

            Siguió trabajando en el Merry Tunes y siguió observando.

            “La abuelita” iba siempre acompañada por un tipo grande y mal encarado, era Hector “el bulldog”, su guardaespaldas, también la seguían de cerca sus hijos: Sylvester “el gato” James, apodado así por su manera felina de moverse y el menor Piolín Tweety Pie a quién “la abuelita” llamaba de cariño “mi canarito”

            A leguas se notaba quien era el consentido. Por eso fue una sorpresa para Lola cuando Piolín comenzó a rondar su mesa, sobretodo cuando Bugs no estaba cerca.

            Bugs no tenía ni dos días de haber partido cuando Piolín la siguió fuera del restaurante.

 

            —Espera Lola —caminó rápido para alcanzarla—. Trabajas en ACME al día ¿cierto?

            —Así es, ¿puedo ayudarte en algo?

            —Si hablara contigo sobre el negocio familiar ¿lo publicarías?

            —¿Quieres publicidad para el restaurante? Puedo darte el número…

            —No, no es eso —la interrumpió— me refiero al Negocio —Pronunció la palabra dándole un énfasis especial.

            —Okey, podemos ir a mi oficina a hablar o a algún café.

            —En tu oficina esta bien, no quiero que sepan lo que estoy haciendo.

 

            Ese fue el inicio de todo, aún se estremecía al recordar todas las barbaridades que ese hombre le confesó como si no fueran nada en especial, por fuera parecía consternado, pero había algo en sus ojos que hacia que Lola dudara de sus verdaderas intenciones.

            Lola lo convenció de hablar con la policía, ella tendría la exclusiva de la noticia pero primero los agentes de la ley tenían que hacer su trabajo. A Piolín le ofrecieron protección a testigos y Lola dejo de tener contacto con él. La vida siguió su curso, hubo pequeñas redadas aquí y allá pero en el gran esquema de las cosas parecía que solo le hacían cosquillas a la columna vertebral de la organización delictiva.

            Bugs regresó y quedaron de verse para cenar en el Merry Tunes, ella iba dispuesta a poner un ultimátum, si quería continuar con la relación tenia que alejarse de “la abuelita”.

*

            El operativo policiaco llegó por la puerta trasera.

            Cuando las balas comenzaron a volar, Bugs la tomó de la mano y la escondió bajo la mesa mientras la cubría con su cuerpo.

            —No te muevas Lola, todo va a estar bien.

            Pero ella sabía que no era así, sobre todo cuando el se derrumbó sobre ella por los impactos de bala en su espalda.

            Una vez que todo se calmó “la abuelita”, “el bulldog” y “el gato” estaban muertos. La policía le prohibió incluirlo en su reseña de los sucesos. Bugs agonizaba.

            Lola nunca estará segura si él podía verla o simplemente estaba deseando haber hecho las cosas diferentes, con voz apenas audible pronunció sus últimas palabras.

            —Debí girar a la izquierda en Albuquerque, pero seguí derecho y terminé aquí.

            Cerró los ojo y murió.

*

            A unas calles de distancia Piolín leía la nota de Lola en el ACME al día, hizo un gesto de fastidio al descubrir que el nombre de su hermano no estaba ahí, pero no importaba había esperado tanto, podía esperar un poco más. Repitió su mantra dentro de su cabeza.

            —Yo, todo lo veo pero no todo lo cuento. Puedo contar algunas cosas a las personas correctas y así hacer caer a las fichas adecuadas para yo poder llegar al lugar que me pertenece y que he esperado con tanta paciencia.


Consigna: Escribí un relato de mafia, adulto y realista, con los personajes de los Looney Tunes como protagonistas.

Ojo por ojo

 Por Greta Correa


I

 

Sam salió temprano del trabajo ese viernes. Si bien era jefe de policía, últimamente delegaba todo y no había ningún caso que le llamara la atención. En casa lo esperaba Lydia, su mujer. Su relación era monótona pero estable. Los nuevos hábitos de su esposa lo tenían cansado. Pensó en la comida sana que le esperaba y se detuvo en un restaurante de comida rápida. También se encargó de abastecerse de cerveza antes de llegar. Se engulló la hamburguesa de camino y se fijó en que no tuviera rastros en el bigote. Respiró profundo y entró.

—Querida, ya llegué

—Llegaste temprano.

—Sí, últimamente la ciudad está tranquila…¿Quieres una birra?

—Así estoy bien.

—¿Me acompañas a la mesa al menos?

—Así estoy bien.

Sus cambios lo aburrían un poco; no era la misma. Ahora se alimentaba mejor y cuidaba su bebida. Él extrañaba a la Lydia de antes. Se habían enamorado en una época autodestructiva, cuando ella era más divertida. Últimamente las cosas estaban raras, pero esa noche Lydia estaba más cortante de lo normal. Por más distraído que fuera Sam, algo no le terminaba de cerrar. Lydia se fue a la habitación, Sam se quitó la camisa sudorosa y las pistolas, dejando todo tirado en el sofá. Luego abrió una lata y fue a buscarla.

Sam se quitó los zapatos. Se olió, disfrutaba el olor de su propia pecueca. Lydia rodó los ojos pero no dijo nada. Sam se rascó el culo y tomó un trago de su cerveza.

—¿Segura que no quieres? Es viernes.

—No insistas, Sam.

—Es que te extraño. Hace tiempo que no cogemos.

Sam se sentó en la cama y le acarició el rostro. Lydia arrugó la cara.

—Es que siempre hueles a culo.

—Me baño.

—Estoy cansada, deja así. ¿Te puedes ir, por favor?

Sam la miró, decepcionado. Bajó la mirada y algo captó su atención. Pelaje blanco en la alfombra de la habitación. De hecho, ahora que lo pensaba, hacía tiempo que encontraba pelos blancos en la cama y en su ropa. 

—¿Sabes algo de estos pelos blancos? —Levantó uno del suelo.

—Debe ser algo de la calle. Es temporada de algodón.

—No es algodón—le dijo mientras se acercaba al armario.

—Espera—dijo Lydia.

Sam abrió el armario. Entonces, lo vio de frente. Estaba el maldito de Bugs con sus ojos saltones horribles. Sam miró a Lydia, que se tapaba la cara. Se la había estado cogiendo todo este tiempo. Lo intentó agarrar por el cogollo, pero se le escurrió de las manos.

El sheriff corrió a la sala a buscar su pistola y disparó dos o tres veces. Lydia lo quiso taclear para proteger a su amante. El conejo saltó por la ventana. Sin querer, Sam le disparó a Lydia en el pecho.

—Lydia…

—Lo siento, Sam.

Vio cómo se apagaron sus ojos. Murió en sus brazos. Sintió un nudo en la garganta y las lágrimas brotaron sin parar. Se bebió todo lo que había, pero parecía que nada hacía efecto. Se sentía sobrio. El luto se transformó en ira. Llamó a su fiel aliado, Taz.

—Mande, jefe.

—Ven a casa.—colgó.

Sam hablaba solo mientras recorría los rincones de su casa y bebía. El cadáver de Lydia reposaba en el suelo, inmóvil. Él pensaba y murmuraba. Se sentó en la mesa de la sala a anotar cosas en su libreta negra, hasta que llegó Taz. Le abrió la puerta sin mirarle a los ojos. Movía su cabeza de lado a lado como hablando consigo mismo. Nunca había visto al jefe así de desorientado.

—Avísame cuando termines. Te espero afuera.—Sam salió al patio trasero.

Dejó a Taz con el cuerpo de su esposa. Escuchó el crujir de los huesos, los ruidos devoradores le sonaban como un taladro de dentista. Suspiró bajo el árbol y se sentó en la mesa del patio. Siempre le caían bicharangos y frutos secos; los apartó con la mano y apoyó la cerveza, pensando en lo horrible que era esa mesa. Era redonda, de vidrio, la que Lydia lo había obligado a comprar. A él le gustaban las de madera, pero ella insistía en que se pudrían rápido con la humedad.

Se peleaban seguido, aunque siempre lograban reconciliarse. “Ya no tiene sentido pensar en lo que fue”, se dijo Sam. Imaginar a Lydia con Bugs le provocaba una repulsión insoportable, una impotencia que le quemaba las entrañas. Estaba devastado, humillado y lleno de odio.

Bebió otra cerveza y, al aplastar la lata contra la mesa, el cristal se rompió en pedazos, los vidrios se esparcieron en el pasto ya crecido. Tomó un vidrio filoso y se cortó el brazo. Lo apoyó con fuerza y cerró los ojos. Ese dolor al menos se sentía real. Se dibujó una X en el brazo, como promesa de que cazaría a ese maldito.

—Está hecho.—Taz salió con sangre chorreándole de la boca.

Sam entró de vuelta a la casa. Ya no quedaba cadáver ni alfombra. También él estaba dejando rastros de sangre con el brazo abierto. Se limpió en el baño y se envolvió la herida con la camisa.

 

 

II

 

A la semana siguiente, se reunieron Sam, Marvin y el Coyote. El aire de la casa se sentía distinto, cargado. Marvin percibió una energía pesada: ya no había alfombra y Lydia tampoco estaba. En todos los años que la había conocido, siempre había estado presente. Supo entonces que algo grave había pasado y que se venía destrucción.

El Coyote intuía que era una ocasión especial. Generalmente se juntaban todos, pero esta vez solo estaban él, el marciano y Taz, que no contaba porque no era de alto rango.

Sam tenía un plan, aunque no podía ejecutarlo solo. Su orgullo estaba roto, pero nada más importaba. La venganza debía ser perfecta; matarlo sería demasiado poco. Reunió a esos dos monstruos para alcanzar un objetivo común. Taz los condujo hasta la mesa cuadrada del patio. Sam, sentado en la punta, con los ojos marrones encendidos de ira, respiró hondo y tomó compostura para hablar.

—Señores. El conejo ha cometido el mayor de los pecados: traicionar a la patria.

—La traición no se perdona —dijo el Coyote—. ¿Qué piensa hacer?

—Para eso los he traído. Me parece que Lola necesita distracción.

—¿La llevo de paseo? —preguntó el Coyote. Sam asintió.

El Coyote ya pensaba en los siguientes pasos.

—El conejo salta por el campo sintérgico —Sam se dirigió al marciano.

El prolongado contacto visual permitió que Marvin accediera a la mente de Sam. Era un ruido ensordecedor. Encontrar el amor nunca es fácil, y que te lo arrebaten resulta insoportablemente doloroso. Sintió el orgullo de Sam, esa debilidad preciosa que lo llevaba a aliarse con su poder destructivo para lograr su objetivo. Lo admiraba por su sed de venganza. Comprendió que Sam no quería una muerte simple para el traidor: buscaba un ojo por ojo. La cabeza de Marvin comenzó a humear y salió de su cabeza.

—Me anoto, jefe —dijo.

 

 

III

 

El Coyote estaba eufórico con su misión. Llegó a la casa de Lola Bunny en un auto destartalado, escuchando punk a todo volumen. Vestía traje y corbata, pero su mirada desquiciada lo delataba. Se estacionó frente a la casa, aguardó a que Bugs saliera y entonces la abordó. Fingió ser Testigo de Jehová y tocó el timbre. Lola abrió la puerta.

 

—Hola, disculpa, ¿tienes un momento para hablar de Dios? —sonrió de oreja a oreja.

 

Ella le aventó la puerta en la cara, pero antes de que se cerrara por completo, el Coyote metió los dedos y la atrapó. El folleto escondía un trapo empapado en cloroformo. La abrazó por detrás, la asfixió y cayó al suelo. Cerró la puerta, sacó una cuerda y le ató manos y pies. La cargó hasta la cajuela, le cubrió la boca y le puso un saco negro en la cabeza. Nadie lo vio. Encendió el motor y se alejó riendo. Subió el volumen de la música y pisó el acelerador.

El viaje era largo. Tenía sedantes listos para dispararle cada vez que despertara. Al caer la tarde llegaron a un rancho en medio de la nada. Lola dormía. El Coyote la cargó como un saco de papas y la arrojó sobre un colchón fino, como los de prisión. El golpe la despertó. Le quitó la venda y la cinta de la boca. Frente a ella estaba Sam Bigotes, apuntándole con dos revólveres.

—Hola, conejita.

—¡Bugs te va a hacer mierda!

—Ya no tengo nada que perder. Me quitó a mi mujer, ahora yo le voy a quitar a la suya.

—Sé todo. Estoy dispuesta a colaborar.

—No sabes nada.—dijo Sam.

—¿Sobre Lydia? Somos dos personas lastimadas por la misma persona. Vamos a aliarnos.

El intercambio de palabras se volvió un duelo de heridas abiertas. Lola intentó negociar, apelando a la traición compartida, pero Sam la desnudó con palabras: no buscaba dinero ni una muerte rápida, quería un ojo por ojo.

—No te cojo porque me pareces asquerosa.

Sam le hizo una seña al Coyote, que se acercó a la coneja con mirada lasciva, le apretó un muslo. La coneja seguía atada, sentía las garras de la bestia, le estaba babeando encima. El Coyote se desabrochó el pantalón, mientras Sam salía de la habitación. A los pocos segundos escuchó los gritos de Lola. Sacó su teléfono y llamó a Bugs.

—Tengo a tu puta —dijo, acercando el móvil a la ventana para que oyera los alaridos.

—¡¿Dónde está?!

—En el viejo oeste. Ven a buscarla. —trancó.

El código estaba claro. Sam se encontró con Marvin afuera y le dijo que Bugs estaba cerca. A los pocos segundos llegó el conejo montado en el alcalde Correcaminos. Marvin disparó su láser y desintegró al pájaro al instante.

—Al conejo todavía no. Debe sufrir primero.—Sam bajó el láser de Marvin.

El marciano, irritado, contenía su poder destructor. Podría haberlos liquidado a todos: a Bugs, Sam, la policía, los militares, incluso al presidente Warner. Pero gobernar un mundo muerto no le interesaba; lo que quería era estudiar el caos.

Bugs irrumpió en la habitación y vio a Lola en cuatro, amordazada, entre las garras del Coyote que se la cogía por detrás con violencia.

—¡Suéltala! —se abalanzó contra el Coyote y lo golpeó en la cara repetidas veces, la sangre le salpicaba en la cara. No se detenía. Sam y Marvin observaban la escena como jueces implacables. Cuando el Coyote no se movió más, se acercaron a Bugs.

—Estás arrestado por asesinato. —dijo Sam, inmovilizándolo en el suelo, pero aún sin esposarlo. Sam le abrió los ojos a Bugs sosteniendo sus párpados con fuerza. —Marvin, haz lo tuyo.

El marciano se metió en la mente del conejo. Lo hipnotizó. En modo zombie, Bugs agarró el revólver y le disparó a Lola. Sam asintió con la cabeza con alivio en el corazón.

—¡¿Qué han hecho?!—Bugs abrazó el cadáver de Lola.

—Ahora es asesinato doble.—lo esposó.

 

Lo llevaron a la prisión de Sam, donde su venganza se consumó lentamente, hasta que Bugs murió.

 

Escribí un relato de mafia, adulto y realista, con los personajes de los Looney Tunes como protagonistas.


El Pozo

 Por Parabellum


El horror que cambiaría la vida de Ana siete años después comenzó una lluviosa tarde de verano, cuando apenas tenía catorce años. Regresaba de unas merecidas vacaciones con sus padres cuando una pinchadura en uno de los neumáticos los detuvo en un pueblecito ignoto.

Un cartel oxidado anunciaba: «Bienvenidos a El Pozo. 1 km». La flecha señalaba hacia la izquierda. Un camino de tierra conducía hasta un caserío que, visto desde la distancia, parecía abandonado. La impresión se debía, en parte, a un campanario torcido que sobresalía por encima de los techos.

Carlos, su padre, entre rezongos y blasfemias, se dedicó a cambiar el neumático mientras se empapaba. Un lugareño venía por el camino a caballo:

—Buenas tardes. ¿Puedo ayudarles en algo?

—Solo estoy cambiando un neumático, gracias de todos modos —agradeció Carlos.

—Mejor así. No es bueno quedarse por estos lados cuando cae la noche.

Carlos sonrió. La lluvia había cesado casi por arte de magia.

—¿Por los ladrones? —preguntó.

—No, por el canto —respondió el lugareño.

—¿Qué canto? —preguntó intrigado el padre de Ana.

—Que tengan muy buenas tardes —dijo mientras se tocaba el sombrero, marchándose sin explicar nada.

Ana bajó del automóvil para estirar las piernas. Entonces el viento le trajo una melodía extraña, repetitiva y grave, desde algún lugar del pueblo. Eran decenas de voces emitiendo las mismas notas lentas.

—¿Oyen eso? ¿Qué es? —consultó a sus padres.

—Supongo que algún tipo de folclore local, pero suena extraño, no sé... —dijo su padre con cierta duda mientras guardaba las herramientas—. Terminé, ya podemos irnos.

—¡Al fin! Ese sonido me pone nerviosa, y el viejo dijo algo sobre un canto —respondió su madre.

Y siguieron camino.

Ana permaneció intrigada y prácticamente torturó a sus padres con preguntas durante todo el viaje. Cuando finalmente llegaron a casa, seguía pensando en esa tonada. A su juicio, aquello no era folclore. Amaba la música desde pequeña y jamás había oído algo semejante.

Siete años más tarde, Ana seguía recordando aquella melodía.

Durante ese tiempo terminó la escuela secundaria e ingresó a la universidad para estudiar etnomusicología. Había escuchado cientos de grabaciones: cantos ceremoniales, coplas del norte, canciones de trabajo, arrullos indígenas y viejas tonadas campesinas. Ninguna se parecía a la extraña melodía que había oído en El Pozo.

A veces se sorprendía rememorándola sin darse cuenta.

La melodía había permanecido oculta en algún rincón de su memoria hasta que, durante una clase sobre tradiciones orales en riesgo de desaparición, regresó con una claridad inquietante.

Esa misma noche buscó información sobre El Pozo. No había partituras, tampoco grabaciones y mucho menos explicaciones. Como si nadie hubiese intentado estudiarlo seriamente.

Dos semanas después convenció a dos compañeros de la universidad para acompañarla. El plan era sencillo: pasar unos días en el pueblo, entrevistar a los habitantes y registrar aquella tradición oral antes de que desapareciera.

Ana ignoraba que algunos secretos sobrevivían precisamente porque nadie los investigaba.

Con la idea de aprovechar el fin de semana, partieron ese mismo viernes por la mañana. Lucas, técnico en sonido, llevaba el instrumental adecuado para grabar. Sofía, que además formaba parte de un grupo folclórico, estaba tan ansiosa como Ana.

Apenas entraron en el camino de tierra oyeron el canto. Lucas, quien conducía, frenó de golpe y apagó el motor. El corazón de Ana dio un vuelco; siete años después seguía reconociéndolo de inmediato.

—Eso se oye como un canto armónico. No parece folclórico, al menos desde aquí —dijo Lucas, confundido—. ¿Recuerdan la clase sobre el canto gutural tibetano?

—Es verdad, parece música espectral, enfocada en todas aquellas frecuencias que componen a los sonidos que existen en la naturaleza. ¡No perdamos más tiempo, vamos! —dijo Ana, eufórica.

—¡Cuánta intensidad! —respondió Lucas, alegre.

—Es que Ana quiere convertirse en la próxima Béla Bartók —respondió riendo Sofía—, ¿trajiste los cilindros de cera para grabar en el fonógrafo, Lucas?

—Nada me gustaría más amiga, pero, hablando en serio… ¿No les parece esto por demás de extraño? —preguntó Ana entre carcajadas.

—Todo se resume en fractales y más fractales —concluyó Lucas.

Así, entre bromas y comentarios nerviosos, recorrieron el último kilómetro hasta llegar al centro de El Pozo.

Estacionaron y bajaron del vehículo. Varias miradas se clavaron en ellos. El canto surgía de todas partes. Los habitantes lo repetían mientras trabajaban o caminaban.

—¿Escuchan? —preguntó Ana en voz baja.

—Sí —respondió Sofía—. No siento que estén interpretando una canción, parece que la estuvieran respirando.

La observación provocó un incómodo silencio.

Los habitantes no eran hostiles, pero tampoco se los veía contentos de recibir visitas. Una anciana dejó de barrer para observarlos. Un grupo de hombres interrumpió una conversación y siguió sus movimientos con evidente desconfianza.

—Creo que no nos estaban esperando —murmuró Lucas.

Ana se acercó a un almacén que parecía ser el único comercio del pueblo.

—Buenos días. Somos estudiantes universitarios. Estamos realizando un trabajo sobre tradiciones folclóricas —se presentó Ana.

El hombre detrás del mostrador no respondió de inmediato.

—¿Sobre el canto? —preguntó finalmente.

—Sí —asintió ella de inmediato.

—No hay mucho que decir y estoy ocupado —respondió huraño. Y no añadió una palabra más.

Durante el resto de la tarde obtuvieron respuestas similares. Nadie sabía quién había compuesto la melodía. Nadie podía explicar su origen. Sin embargo, todos la sabían.

Al caer el sol, cuando estaban a punto de darse por vencidos, una voz anciana los llamó desde un banco de la plaza.

—Ustedes están haciendo las preguntas equivocadas.

Los tres se volvieron.

Sentado junto al pozo, un anciano los observaba con expresión cansada.

—Si quieren entender la canción —dijo el viejo—, primero tienen que entender qué hay debajo.

De cerca, el pozo parecía mucho más antiguo que el resto del pueblo. Las piedras estaban desgastadas por siglos de lluvia y viento, y algunas tenían marcas extrañas que Ana no logró identificar. Durante varios minutos el hombre permaneció en silencio, como si estuviera decidiendo cuánto debía contarles. Finalmente habló. Según explicó, nadie en El Pozo conocía el origen de la melodía. Los habitantes más viejos afirmaban que ya existía cuando sus abuelos eran niños y que estos, a su vez, la habían heredado de generaciones anteriores. La canción no tenía autor, ni letra, ni historia. Simplemente estaba allí. Lo que sí conservaban era una advertencia. Bajo el pozo habitaba algo. El anciano reconoció que nadie sabía qué era exactamente. Algunos lo describían como una criatura; otros, como un espíritu; unos pocos aseguraban que ni siquiera pertenecía a este mundo. Lo único seguro era que permanecía dormido bajo tierra y que el canto ayudaba a mantenerlo así. La melodía no era una tradición ni una plegaria, era un arrullo. Durante siglos los habitantes del pueblo se habían turnado para entonarlo. Mientras las voces continuaran repitiendo aquellas notas graves y monótonas, la criatura seguiría durmiendo. Ana intentó encontrar una explicación racional. Sugirió que tal vez se trataba de una vieja superstición transmitida de generación en generación. El anciano no discutió. Se limitó a señalar que nadie en el pueblo estaba dispuesto a comprobar qué ocurriría si dejaban de cantar. Cuando terminó de hablar, el sol comenzaba a ocultarse detrás de los campos. Lucas fue el primero en romper el silencio. Desde un punto de vista técnico, la solución parecía obvia. Si la melodía debía sonar de forma constante, no era necesario que los habitantes continuaran dedicando horas de sus vidas a repetirla. Bastaba con grabarla y reproducirla mediante altavoces. La propuesta fue recibida con escepticismo. Algunos vecinos se negaron de inmediato. Otros parecieron tentados por la idea. Después de todo, llevaban generaciones enteras sometidos a aquella obligación. Dejarían las guardias nocturnas y podrían todos descansar. Finalmente accedieron.

Durante el atardecer, Ana, Lucas y Sofía, registraron la canción con el equipo que tenían disponible. Decenas de habitantes colaboraron en la grabación. Las voces graves resonaron alrededor del pozo mientras los micrófonos capturaban cada nota. Cuando terminaron, Lucas procesó el audio en su computadora portátil. Eliminó interferencias, redujo ruidos de fondo y limpió frecuencias que consideró defectuosas. El resultado fue una versión mucho más clara y nítida de la melodía. Satisfechos con el trabajo, instalaron varios parlantes alrededor del pozo. Poco antes de la medianoche, por primera vez en siglos, los habitantes de El Pozo dejaron de cantar. Y la grabación comenzó a sonar sola.

Al principio todo pareció funcionar. Las mismas notas graves recorrieron el pueblo una y otra vez. Algunos vecinos observaban desde sus ventanas aquel mecanismo sónico. Otros permanecían reunidos en la plaza, atentos a cualquier señal de que algo pudiera salir mal.

—¿Ven? —comentó Lucas—. Funciona perfectamente.

El anciano no respondió. Permanecía inmóvil junto al pozo, escuchando.

Pasaron varios minutos y entonces los perros comenzaron a ladrar.

El sonido surgió de distintos puntos del pueblo al mismo tiempo. Primero uno, luego otro y finalmente todos. Los animales parecían agitados por algo invisible.

Lucas frunció el ceño.

—Qué raro...

El suelo vibró.

No fue un terremoto. Apenas un estremecimiento breve, tan ligero que Ana llegó a pensar que lo había imaginado.

Sin embargo, los habitantes se pusieron de pie al instante.

El anciano palideció.

—Apaguen eso.

—¿Qué?

—¡Apaguen eso ahora mismo!

Lucas corrió hacia el equipo de sonido y desconectó los parlantes. El silencio cayó sobre la plaza. Pero el temblor regresó y esta vez fue más intenso.

Una grieta recorrió parte del suelo alrededor del pozo. Varias personas retrocedieron aterradas.

—No entiendo —murmuró Lucas—. Es exactamente la misma melodía.

El anciano lo miró con una mezcla de rabia y desesperación.

—No es la melodía, sabelotodo.

—¿Entonces qué?

—Lo que ustedes quitaron.

Nadie respondió.

Lucas recordó de golpe las horas que había pasado limpiando la grabación. El viento. Los crujidos. Los armónicos extraños. Las frecuencias graves que parecían errores. Todo aquello que había eliminado para obtener un sonido perfecto.

Un ruido húmedo y profundo emergió desde las entrañas del pozo. Ana sintió que el estómago se le cerraba. Tomó una linterna y avanzó. Escuchó gritos detrás de ella: el anciano le ordenó que regresara. No hizo caso.

Se inclinó sobre el borde de piedra y dirigió la luz hacia el interior.

Durante unos segundos no vio nada. Solo negrura. Luego comprendió.

Aquello no era oscuridad.

Era una pupila.

Un ojo gigantesco ocupaba todo el diámetro del pozo.

Inmóvil. Observándola.

El haz de luz tembló en sus manos.

Y entonces, el ojo parpadeó.

Consigna: Escribí un relato de horror rural donde un grupo de folcloristas viaja a un pueblo aislado para registrar cantos tradicionales antiguos y descubren que la melodía que repiten los lugareños no es música, sino un mecanismo sónico para mantener dormida a una criatura.