sábado, 25 de junio de 2022

Catatonia

A pesar del paso del tiempo, continuaba extrañando el sabor de sus labios en extenuación. Sumida en un estado profundo de atrocidades y decepciones. Desde que la soledad era mi mejor amiga, ya no podía distinguir cuál era el solsticio que inundaba mis días. Mis sábanas se volvieron frías. Sabía que cuando cerrara los ojos mi mente volvería a volar al cementerio de la paz olvidada.

Y mientras tanto, una vez sucedieron las caídas palpebrales, comenzó la revelación tras el cartel de  NO APTO PARA CORAZONES SIN MORDAZA…”

Me adentraba en un laberinto oscuro, pétreo y vulgar. Pero también extraordinario en cuanto a su forma y tamaño. El vello se erizaba, sintiendo de nuevo la crisis motora de todos mis miembros. Ahí estaba él, esperándome al final del bosque siniestro con una serpiente en sus manos. Intentaba saborearla con sus afilados colmillos. Siempre le gustaba relamerse. Sabía que yo lo observaba, esperando el discurso habitual. Entonces continuaba el ritual mirándome de soslayo. Se le notaba que, una vez más, disfrutaba de la diabólica composición entre fuego, carne trémula y espasmos viperinos. Yo, sin saber por qué, seguía su juego maléfico. Ese encantamiento que me envolvía como enaltece el olor a hierba recién cortada. Me atrapaba el azufre, la sangre y la muerte. Su demoníaca figura me susurraba como un ángel negro cortejando a su sacrificio. Me obligaba a desnudarme en cuerpo y alma. Él los necesitaba a ambos para conseguir su orgásmico propósito.

Siempre me maravilló su autoritaria manera de cautivarme. Aún en sueños, sé que no debería aceptar sus condiciones. Pero no podía hacer nada para evitar aquella muerte sin resurrección, que acontecía noche tras noche. Me preguntaba cómo era posible que una persona con el alma tan pura, estallara en la dicotomía entre la realidad y el onirismo más cruento jamás vivido.

 Mi cuerpo seguía respondiendo mezcla del furor, el pánico y la obsesión. La vergüenza se deslizaba por mi espalda mientras él me acariciaba. Mis manos temblorosas en el candor de su vientre. Y esas palabras, justo las que mi deseo de mujer necesitaba oír, aunque fuera de su boca ensangrentada.

—Aquí estoy, pobre princesa. De nuevo para perturbar tu sueño. Para mostrarte lo que puedo hacer con un alma solitaria que necesita respuestas de su vida cruel.

Mi réplica siempre era el silencio. Mudez de la incertidumbre en un abismo que nunca me atrevía a cruzar. Mi boca solo podía susurrar a mi culpabilidad sin aliento, esclava de mis secretos.

Solía tomarme de su huesuda mano. Me arrastraba sobre una superficie de fuego y roca. Mis pies descalzos estaban anestesiados pese a su mirada, que me atravesaba como mil puñales y me hacía deslizar lágrimas sangrientas.

Llegamos a la lúgubre habitación. Esa que ya era mía. Sus paredes tenían nuestro aroma mezclado con las grietas del papel pintado. Las ventanas quebradas y mugrosas crujían por el viento de las brujas que braseaba mi rostro a medida que atravesaba las roturas de algunos cristales. Yo continuaba sin poder ser dueña de mi cuerpo. Todo estaba en sus garras. Mi piel, huérfana desde su abandono, sentía la poderosa atracción del deseo que nunca debió morir.

Me acomodó en la bañera dorada con agua del manantial de la vida eterna. Volvió a mostrarme el espejo de las almas robadas. Entonces, me reconocía en el reflejo entre luces de neón. Otra vez, la música estridente y los restos de drogas y alcohol inundaban mi olfato en una danza mortal. Y así comenzó a envenenarme con su voz rota.

 —¿Quieres este final? ¿No te asusta? Solo tienes que continuar siendo mi dama de la noche. Entregarme tu cuerpo y tu voluntad para que pueda hacer de ti la diosa indemne ante los pecados del hombre y la inmundicia de la vida. Inmortal. Poderosa. Endiabladamente mía. Jerarca que se alimenta de todos los que te deben pleitesía.

Entretanto, yo seguía sin palabras. Solo llanto. Al instante, tuve la sensación de que mis piernas me abandonaban. Me debatía entre el olor nauseabundo de la maldad y el aroma de la santidad, que me llamaba en forma de flores de azahar. Siempre era así. Sol y sombra. Albor y ocaso. Pasto o sequía.

Mi cuerpo estaba sumergido, pero mi alma agonizaba entre el mutismo y la parálisis de mis brazos. Él sonreía, airoso por haber conseguido la meta. Me había llevado nuevamente a la parte más irracional y amortajada del sexo, del sacrificio. Supongo que su alegría mordaz se debía a que, en su fuero interno, intentaría vencerme una vez más en la siguiente noche. ¿Será?

De repente, desperté. Transpirada y agitada. No era posible que desde que mi amor me abandonó, mi vida apuntaba entre el satanismo y la decadencia. Nadie podía adentrarse en mi estado noctámbulo, salvo las tinieblas. Ninguna terapia sería capaz de sanar los cubículos en los que se había convertido mi ser. Siempre la misma pesadilla. Siempre el mismo desgarro. Siempre su ausencia. El castigo a mi osadía por querer abrazar lo que el destino le regaló a otra. La nauseas por el hedor a viento caliente y su aliento insalubre provocaron una emesis y, al cabo de unos minutos, pude calmarme.

Él se marchó, pero el espejo seguía vigilándome. Solo este trozo de cristal y yo conocíamos la fase siguiente. Esta vez despierta, sin obnubilaciones, con los ojos abiertos y el corazón cerrado. Me acerqué despacio. El crujido de la madera del suelo bajo mis pies hacía recorrer una gota de sudor, deslizándose por mi pecho erguido. A cada paso, la humedad aumentaba. El frío se apoderaba de mí para adentrarme en el siguiente mundo. Ese que él conocía. Ese que me otorgó el juego de voluntades. Tomé el espejo con el último aliento que me restaba en aquella madrugada de arrepentimientos en deja vú

Era un campo de sueños desvanecidos. Oscuridad, estrellas y un solo árbol, en hectáreas y hectáreas de espino y arbustos secos. Un chico iba de su mano. El espantapájaros de la estepa maldita lo llamaban. El cuervo, que nunca se separaba de él, era una seña de identidad. Su chistera, agujereada por el tiempo y la codicia, precedía su porte. Todos le temían por su voz ronca y las verrugas y las cicatrices de su rostro. Sus horribles cuentos eran narrados para que los niños nunca despertaran. Era su enviado más leal. Cada noche, después de nuestro encuentro, se vanagloriaba de mostrármelo. Paseando de la mano de mi tesoro más preciado.

Estaba convencida que en la operación de compra venta de mi alma nunca volvería a entregármelo. Él sabía cómo provocar en mí la sensación de desapego, de ser la peor madre del mundo.

En el contrato no figuraba la tan necesaria letra pequeña. Esa cláusula invisible ante los ojos del ejecutado. Aquella en la que “la abajo firmante” moriría de forma inevitable. Fui capaz, sin saberlo, de involucrar a mi pequeño en ese ejercicio de desesperación que la vida me obligó a negociar. Esa fue mi verdadera perdición. Nunca pude entender cómo fui capaz de vender sin saber lo que él compraba.

Esta vez, el estado de mutismo y la parálisis de mi cuerpo eran una realidad vencida. El castigo a su premio. Ese que solo con la valentía de un amanecer, afrontando realidades, podía hacerlo desaparecer del espejo. Pero yo seguía viendo a mi hijo entre aquellas ramas raídas, en aquel tronco de árbol con olor a sangre y cabezas cortadas. No pude evitar volver a llorar. Esta vez, las lágrimas eran de sal y desesperanza. Sabía que nada me lo devolvería salvo la paz de mi alma. Siendo la vencedora de mis propios fantasmas. Era la condición sine qua non. Condena eterna.

Pero todo el mundo sabe que no hay manera de vencer al diablo, porque la vida siempre te golpea y tiene garantizada la derrota para quienes sufrimos el desamor eterno. No hay consuelo. No hay retorno después de los grises. No hay nada después de la nada.

Volví a la cama, resignada y dolorida porque mis piernas aún sentían calambres y mi alma seguía maldita y podrida. Las risas de mi cielo retumbaban en mi cabeza como un tsunami. Alejadas cada vez más de mis oídos, pero más cerca de mi corazón, siempre dentro. Eran el motor que me regresaba a la vida después de morir cada noche.

El sol aparecía entreverado por las persianas. Siempre fue un noviembre dulce, hasta que me dejó sola. Sus caricias eran el único poema que necesitaba ser recitado. Ya había pasado más de un año de su partida y todavía seguía sintiendo el calor de sus besos cuidando mis cicatrices. Abrazando mis temores. Anestesiando la demora del tiempo. Ya nada sería sin ser suya. Jugó malabares con mi vida. La convirtió en un circo, conmigo como única atracción. Esa que se expone a las burlas y los comentarios jocosos. Esa que no era yo, pero él transformó en el engendro que deambulaba sin horizonte.

Dicen que la esperanza es lo último que se pierde, pero yo perdí mucho más que un amor y un hijo. Ya nunca pude reconocerme en el espejo bueno. Ese que muestra a la mujer con carmín en los labios y vida en los sueños.

Las cuitas fueron, desde entonces, las únicas compañeras de un viaje entre el café de la mañana y el cigarrillo de la tarde. Y lo peor era que ya quedaba menos tiempo para que volviera de nuevo el anochecer.

 Escrito por Blanca Santos

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Tres actos de una historia célebre

1

El abrazo de la oscuridad circundante y el picor en mi garganta del humo del habano reviven recuerdos que se disfrazaron de olvido para no ser visitados… Siendo yo, eso solo termina convirtiéndolos en los más llamativos.

“La serpiente”. Ese pobre animal, no debió confiar en mí cuando le dije que al ayudarme tendría garantizado su lugar en la historia de la humanidad. Pero cumplí, nadie jamás olvidará el rol que jugó en el destierro de la mujer y el hombre de aquel jardín primigenio.

A pesar de que con todos mis años me resulta ridículamente incomprensible la vida humana y la fascinación que sienten otros seres por esta, terminé cumpliendo la petición insistente del reptil: le conseguí un cuerpo humano para que experimentara la maternidad. En fin, a ese generoso detalle de mi parte los del “equipo contrario” lo llamaron posesión; ella sacó la peor parte, la marcaron con el nombre de Lilith. Así la relegaron de nuevo a la soledad y al rechazo de “los hijos de Dios”.

Ser maligno no implica ser desalmado, al menos no en el significado estricto de la palabra. Por esa razón no soporté verla deambular sin alguien que acompañara sus travesías por la oscuridad de la noche. Me le uní por un tiempo, solo el estrictamente necesario para que llegara la progenie, pues el negocio no funciona igual cuando me alejo.

2

Han pasado eones desde la última ocasión que la vi, tantos, que incluso la creí olvidada. Entonces vinieron con la noticia: una segunda rebelión tuvo lugar en casa del viejo. Esta le salió más cara que la primera, sus hijos predilectos le arrebataron reino, poder y existencia.

En el momento que me informaron quién se sentaría en el trono, supe que debía renunciar a mi ocupación aquí abajo, pero cuando averigüé la identidad de la mano derecha del nuevo mandamás, entendí que mi fin era cuestión de tiempo. Inmediatamente largué todo y abandoné mi quehacer penitenciario.  

3

No soy el único que escapó para evitar las represalias de Miguel y compañía; en el errar clandestino por los diferentes planos celestiales y humanos encontré al pobre desgraciado que debía cumplir con “la segunda venida”, esa que el viejo había planeado desde el inicio de la comedia que él llamaba “salvación de la humanidad”.  Acordamos vagar juntos mientras ideamos cómo regresar a los lugares que nos pertenecen, yo al infierno y él a la cruz que su padre le preparó para redimir a ese hatajo de almas podridas mal llamado “humanidad”.

Pobre mocoso, no se imagina la que le espera.

Escrito por Félix Chacaltana

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“El deseo”

El niño, que en ese momento contaba con tan solo seis años, caminaba con paso lánguido por las vías del tren. De vez en cuando paraba a recoger alguna que otra piedra que llamara su atención, para eso, tenían que tener algo de brillo, alguna muesca, lo que sea, pero tenían que brillar. Disfrutaba colocándolas sobre el alféizar de la ventana de su cuarto, así cuando el sol las bañara con su luz le semejarían piedras preciosas.

Emanuel, cada vez que veía esa magia, le rogaba a Dios que le hiciera el milagro de convertirlas en joyas de verdad para así poder regalárselas a su madre. Creía  y esperaba fervientemente que Dios, al mirar para abajo y ver a ese muchachito esmirriado y triste, se compadeciera de él. Estaba convencido de que si le hacía ese obsequio a mamá, ella ya no lo maltrataría y sería una madre cariñosa como nunca lo había sido. Pero, ya llevaba más de sesenta rocas en su poder y Dios jamás lo había complacido.

Escuchó el sonido del tren a lo lejos y deseó tener el valor de su padre y acabar de una vez con todo. Él, sencillamente, había escapado de las garras de esa bruja que tenía por esposa y de sus problemas financieros. Emanuel lo sabía, él había visto y oído todo.

El tren ya estaba cerca. El si bemol de la bocina anunciaba su pronta llegada. Eso también lo había aprendido de su padre, todo lo bueno lo sabía por él. Su papá había sido músico, era un pianista de puta madre, como solía decir cuando su madre no estaba presente y alguien le preguntaba.

Mientras cavilaba sobre esos pensamientos, tan hostiles y maduros para su edad, recordó que su padre siempre pedía un deseo cuando un tren pasaba por su lado, y casi siempre funcionaba, sobre todo, el último. Como esa vez cuando pidió que mamá no se enojara porque llegaban tarde para la cena y no se había enojado…, claro, ella dormía la mona a pata ancha sobre el sofá. Tampoco había hecho la cena, pero su papá había cocinado unos huevos revueltos que comieron felices en el patio sin el mal humor de ella. ELLA, siempre ella… Casi la odiaba, aunque él sabía que odiar era malo y los niños malos iban al infierno, no podía dejar de sentirlo. ¿Por qué no murió ella?, se dijo una vez más, otra de tantas.

Salió de las vías y mientras pasaba el tren, deseó:

—Que mi mamita se muera y que mi papá regrese a mí lado —dijo susurrante y como pensándoselo mejor, agregó—, lo necesito.

                                                                  2

El ser oscuro dormía junto a las aguas del Leteo soñando sueños de azufre. Una serpiente roja y con pequeños cuernos se acercó a él. Mientras este se incorporaba la tomó entre sus manos y quedaron frente a frente.

Un alma blanca ha pedido un deseo negro, dijo telepáticamente Nahash, la serpiente.

¿Qué edad tiene?, preguntó Luzbel.

Solo seis años, amo.

¿Seguro no se echará atrás, qué ha solicitado?, preguntó ansioso el maligno.

El peor de los pecados, jefe. Y dudo que se arrepienta, lo ha pedido con el corazón.

¿Está bautizado el crío?

¡Ya lo creo! Y no falta a misa ni un solo domingo, mi Señor, añadió servil Nahash.

Entonces, iremos a él.

Dicho esto, y dispuestos a llevarlo a cabo, urdieron sigilosos planes. Cada uno más cruel que el anterior, tanto, que hasta el mismo John Wayne Gacy se hubiera sonrojado al oírlos; por suerte, Gacy, ese día, se hallaba en otro sector del averno. Es que, captar un acólito para sus filas, era una batalla que no podían perder. Estaban decididos a todo y eso precisamente fue lo que hicieron.

                                                                 3

Emanuel recorría el huerto que había sido de su padre, en donde ya solo quedaban malas hierbas. Nada más quedaba Harry, el espantapájaros, aún calzaba los harapos que en un tiempo habían sido ropa de su padre. Se acercó y sin pensarlo dos veces, lo abrazó.

—Papi, te extraño mucho —en su imaginación podía aún oler vagamente el perfume de su padre—. Te quiero —y la última sílaba se cortó por un sollozo. Sus lágrimas cayeron sobre la desteñida manga de la camisa del espantapájaros.

—Mi niño, Flash, aquí está papi —dijo el espantapájaros con una vos rasposa y carente de emoción.

Emanuel abrió los ojos desmesuradamente, un hilo de orina manchó sus pantalones pero no lo notaría hasta mucho más tarde. Harry había hablado, le había llamado Flash, como solía hacerlo su padre. Todo intento de hablar quedó anulado. Trabajosamente, el espantapájaros, que de la nada se había convertido en espantajo, se liberó de las ataduras que lo sujetaban. Agachándose, apoyó sus manos de árbol en el niño.

—No temas, soy yo. Oí tu deseo, tus lágrimas me trajeron de vuelta —dijo.

El niño, que para su edad no tenía un pelo de tonto, dijo:

—No te pareces a él…, pero aún hueles como él —entonces al concluir, aceptándolo, lo abrazó—. Papi, te he echado mucho de menos.

—Oye, tus deseos son órdenes para mí y créeme que puede hacerse.

—¿Puedes volver, papi? Eso sería maravilloso, realmente lo estoy pasando muy mal con mamá. Ella sigue siendo mala, ahora que te fuiste lo es más —respondió Emanuel, mientras el espantapájaros posaba un dedo de rama sobre sus labios.

—Calla, Flash. Solo tienes que volver a pedir el deseo, el que le pediste al tren. Pídelo ante mí y se hará realidad y estaremos juntos por siempre.

—¿Lo mismo? ¿Tengo que pedir que muera mami? ¿No puedes volver y listo?

—No, digamos que es algo así como un intercambio, ¿qué dices? —preguntó ansioso.

—No lo sé, en ese momento estaba enojado, papi. Yo quiero a mami, solo deseo que ella me quiera a mí.

—Eso no va a pasar nunca, ella no quiere a nadie, hijo. Pero si lo deseas, podemos estar juntos para siempre y esta misma noche puede hacerse. Iremos al mejor lugar que puedas imaginar, habrá chocolates y caramelos por doquier, viviremos mil aventuras juntos y lo mejor de todo, ya no tendrás que lidiar con ella, ¿qué dices?

Y, Emanuel, que era un chico muy avispado para su edad, pero no dejaba de ser un chico, respondió:

—¡Suena a gloria, papi!

—No precisamente, hijo, pero se parece bastante —respondió irónicamente.

—Bueno…, deseo…, deseo que mamita esté muerta y tú estés conmigo para siempre —concluyó, no sin un nudo en la garganta.

—¡Perfecto! Ahora ve a casa y esta noche, cuando vayas a dormir, por nada del mundo salgas de tu cuarto, ¿sí?, yo te despertaré en la mañana.

Se despidieron y Emanuel enfiló hacia su casa. Todo daba vueltas en su cabeza, lo que había pasado era extraño, pero esa no era la palabra que buscaba, por eso eligió pensar que había soñado despierto; mejor pensar eso a saber que era un niño malo. Si hubiese sido un adulto, la palabra hubiera sido más fácil de encontrar. La palabra era surrealista, casi como un Dalí.

                                                                  4

Cuando llegó a su casa su madre estaba tomando vino, cómodamente sentada en el sofá de la sala. Al verlo, le dijo:

—¿Esta es hora de venir, Emanuel? Hace tres horas te fuiste y me dijiste que solo estarías en el huerto viendo aves —espetó, pero su voz ya sonaba gangosa por el efecto de la bebida y lo que debió ser una reprimenda, sonó a chiste a los oídos del niño.

—Ahí estuve, mamá, y solo hace unos minutos me fui —dicho esto, miró el reloj de cuclillo y su pulso se aceleró. No puede ser, pensó.

—¡MIENTES! Fui a ver por la ventana y no estabas ahí. Debería darte de azotes por mentiroso —y pensándoselo mejor, agregó—, más tarde, ahora estoy cómoda así.

—¡No, mami, por favor!

—Vagabundeas mucho, niño. Eso digo yo, vagabundeas todo el día. Ven aquí —dijo señalando con la palma el otro lado del sofá.

Emanuel se acercó despacio, con miedo. Al sentarse a su lado, ella lo atrajo hacia sí y comenzó a acariciarle la cabeza. Su aliento apestaba, pero qué bien se sentía. Al cabo de aproximadamente una hora, ella se durmió. Se levantó cauteloso y se fue a su cuarto, otra vez no habría cena.

Se acostó y un sollozo lastimero brotó de su pecho, ¿ese ruido lo hice yo?, pensó. En ese momento fue cuando se enojó. En un arrebato de ira arrojó de un fuerte manotazo las piedras al suelo. Dios nunca le había ayudado, al contrario, le había vuelto la espada. ¿Para qué sirve ser el mejor monaguillo de la congregación? ¿Para qué sirve ir temprano un domingo a misa?, pensó. Y lo peor de todo es que era cierto, pobre niño.

—¡YA BASTA, DIOS, ¿ME OYES?, SI TÚ NO ME QUIERES YO TAMPOCO! ¡Y GRACIAS POR NADA!

Después de eso se sintió mejor, se había desahogado. Su madre era la que lo había conducido por el camino de Dios, a su padre la religión le importaba tres pimientos, por eso se había suicidado; un buen católico jamás lo haría porque se condenaría eternamente. Seré ateo, como papá, y así no esperaré nada de nadie, pensó. Todo eran espejismos para su pequeña mente angustiada. Un niño que a los seis años ya sabía leer, escribir y dividía y multiplicaba hasta por tres cifras, al que su padre le había puesto el mote de Flash precisamente por eso, no era fácil de engañar; pero a veces, solo a veces, las conclusiones que saca la inteligencia no son las que el alma necesita. A veces, solo es una trampa.

Mientras divagaba se quedó dormido. Soñó con extrañas constelaciones que se unían y regurgitaban entre sí.

Un sonido raro lo despertó, su cerebro, aún dormido no determinó que era, pero sabía que provenía del cuarto de baño contiguo a su habitación. Se levantó y fue a ver.

                                                                  5

La luz del baño estaba encendida y la puerta entreabierta. Permaneció ahí plantado sin saber qué hacer. Cruzó por su mente el extraño recuerdo de lo vivido esa tarde con su padre, pero eso fue un sueño, por eso perdí  la noción del tiempo, pensó. Quizás su madre se había caído por la borrachera y él ahí, como tonto parado, sin hacer nada. Juntó valor y entró.

La escena era rocambolesca. Su madre yacía despatarrada dentro de la pequeña tina y sus ojos estaban abiertos y totalmente blancos. Un ser que parecía humano, pero que no lo era, sostenía un espejo frente a su rostro, mientras murmuraba en un idioma desconocido. Este ser tenía cuernos y emergía de la tina como si cupiera en ella, como si esta no tuviera fondo. Emanuel, literalmente se restregó los ojos, sin creer lo que estos veían. Una serpiente, roja como la sangre, zigzagueaba bajo la tina. Un grito desesperado rompió su parálisis.

—¡MAMÁ!

El horroroso ser volteó y lo miró directamente a los ojos. Su madre tomó aire con un jadeó próximo a la asfixia, casi un estertor de muerte.

—¡Te pedí expresamente que no te movieras de tu cuarto! —clamó el horripilante ser, lamentándose.

—¡Corre, hijo! —bramó la madre con voz rota.

Pero Emanuel no podía moverse, estaba adherido al piso, sus pies pesaban una tonelada cada uno. En ese instante cayó en cuenta que lo habían engañado, no había sido un sueño y tampoco había sido su padre. Después de todo, pensó, la catequista tenía razón, el diablo es un hipócrita adulador, es el padre de las mentiras.

Y mientras él pensaba todo eso sin poder moverse ni articular palabra, el diablo dejó el espejo en el suelo y le enseñó el pulgar, este poseía una uña larguísima y sumamente afilada. En un veloz movimiento cercioró desde la carótida hasta la yugular de su madre, matándola instantáneamente.

—El método del espejo es más entretenido, pero…, tuviste que meterte donde no te llamaron. ¿En serio creíste que ese espantapájaros mugriento era tu padre? —preguntó el maligno y su carcajada rompió el espejo del cuarto de baño.

Emanuel quiso hablar, quiso decirle que él era un buen niño, pero notó que tampoco podía hablar.

—No, no puedes hablar, niño. Y eso que piensas no es cierto. Un buen niño no desea la muerte de nadie y menos la de su madre, ¿no crees? —dijo con una mueca burlona—. Y en cuanto a tu padre, quizás lo veas, él ocupa el séptimo círculo y será picoteado por harpías por toda la eternidad, pero si estoy de buenas te llevaré a verlo.

El diablo tomó el espejo y se acercó. Cuando Emanuel se reflejó en él vio todas y cada una de las cosas malas que había hecho en su vida, que por cierto eran pocas. Al terminar, el espejo solo mostró su cara, pero ahora sus ojos eran blancos, carecían de pupilas.

—Ahora vamos, Emanuel —dijo y se transformó en el espantapájaros impostor—. Creo que así te gusto más, tú también cambia, Nahash, al niño no le gustan las serpientes.

Rápidamente la serpiente se transformó en un cuervo enorme y negro como la noche, y con destreza se posó sobre el sombrero de copa. El espantapájaros tomó de la mano al niño y juntos salieron de la casa. Mientras caminaban, el habitual paisaje se iba desdibujando, dando lugar a cosas que el niño jamás había visto.

—Te gustará, Emanuel —cuando lo dijo rio—. No, no me malinterpretes, es que tu nombre, ¿sabes lo que significa?, ¿no? Significa “Dios con nosotros”, ¡ja, ja, ja, ja!

Escrito por Sanders

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