martes, 14 de julio de 2026

Argentum

 Por Parabellum


El ejército avanzaba con la lentitud de quien desafía la montaña. La nieve castigaba los rostros, el viento cortaba la respiración y los cascos de las mulas se hundían en senderos que parecían trazados por gigantes. Nadie hablaba más de lo necesario. Cada hombre reservaba sus fuerzas para el siguiente paso.

El general José de San Martín conocía de memoria las penurias del Cruce de los Andes. Había previsto el frío, la altura, el hambre y el cansancio. Incluso la posibilidad de perder soldados antes de enfrentar al enemigo.

Pero no aquello.

La primera desaparición ocurrió durante una noche de luna llena. Un centinela abandonó su puesto para investigar un aullido que descendía desde las laderas. Al amanecer solo encontraron su fusil, un reguero de sangre sobre la nieve y unas huellas enormes que se internaban entre las rocas.

Nadie quiso decirlo en voz alta. Los baqueanos se persignaban al caer la tarde. Los arrieros murmuraban antiguas historias aprendidas de los pueblos cordilleranos. Hablaban de una criatura que caminaba erguida como un hombre, pero cazaba como una bestia. Decían que aparecía únicamente cuando la luna iluminaba las cumbres. Los oficiales atribuyeron las muertes a un puma. Los soldados sabían que un puma no dejaba huellas con forma de manos.

Cuando un segundo hombre desapareció a la noche siguiente, el rumor terminó por llegar al campamento del general.

San Martín escuchó el informe sin interrumpir al capitán. Permaneció en silencio unos segundos, observando las montañas que comenzaban a teñirse de azul bajo la luz del atardecer.

—Esta noche saldré yo.

El capitán creyó haber oído mal.

—Mi general... ¿usted?

San Martín tomó su sable, acomodó el poncho sobre los hombros y respondió con una serenidad que heló más que el viento de la cordillera.

—Si hay una bestia acechando a mis hombres, será mejor que me encuentre a mí primero.

El capitán intentó insistir, pero San Martín ya había salido de la tienda. Tomó su sable, una pistola de chispa y una linterna de aceite. Solo pidió que nadie lo siguiera.

La luna llena iluminaba la nieve con un resplandor fantasmal. El silencio era tan profundo que el crujido de sus botas sobre el hielo parecía un disparo. Caminó durante casi una hora siguiendo las huellas encontradas esa mañana. No eran las de un animal ni las de un hombre. Eran una mezcla imposible de ambas.

De pronto, un aullido desgarró la noche. Provenía de un bosque de lengas, unos metros más arriba. San Martín desenvainó el sable y avanzó sin vacilar.

Entre los árboles distinguió una figura enorme. Caminaba erguida, cubierta de un pelaje oscuro que se confundía con la sombra. Sus ojos amarillos brillaban como brasas bajo la luna llena.

La criatura también lo había visto. Durante unos segundos, ninguno de los dos se movió. La bestia rugió y cayó sobre él con la violencia de un alud. San Martín rodó por la nieve y apenas alcanzó a interponer el sable entre las fauces abiertas. El acero vibró bajo el peso del monstruo.

Aprovechando un instante de desequilibrio, giró sobre el talón izquierdo, esquivó una nueva embestida y, con un movimiento ascendente aprendido tras años de campaña, hundió el sable bajo el pecho de la criatura.

La hoja atravesó carne, hueso y corazón. Un alarido inhumano estremeció la cordillera. La fiera retrocedió tambaleándose. Sus ojos amarillos se clavaron en los del general con una mezcla de odio y sorpresa. Dio dos pasos vacilantes, perdió el equilibrio al borde del precipicio y desapareció en la oscuridad del barranco.

El eco de la caída tardó varios segundos en apagarse.

San Martín permaneció inmóvil, con la respiración agitada y el sable aún extendido. Había visto morir a muchos hombres. Ninguno podía sobrevivir a una herida semejante. Limpió la hoja en la nieve y emprendió el regreso al campamento convencido de que el peligro había terminado.

Al amanecer, un grito desgarró el campamento.

Un centinela yacía muerto a pocos metros de su puesto. El cuerpo presentaba las mismas heridas que las víctimas anteriores.

San Martín observó las enormes huellas marcadas sobre la nieve y sintió un escalofrío que nada tenía que ver con el frío de la montaña.

Él mismo había atravesado el corazón de aquella criatura, sin embargo, seguía viva. Escuchó el informe del nuevo ataque sin decir una palabra. Cuando terminó, pidió que llamaran al capellán.

El sacerdote observó las huellas dibujadas sobre un cuero y escuchó el relato del combate.

—¿Dice usted que le atravesó el corazón?

—Con mi propio sable, padre.

El capellán bajó la mirada. Permaneció unos instantes en silencio antes de responder.

—Entonces no era un hombre.

San Martín frunció el ceño.

—Explíquese.

—En Europa conocí relatos semejantes. Los llamaban licántropos... hombres lobo. Criaturas condenadas que no pueden morir por el hierro ni por el plomo.

—¿Y cómo se las mata? —preguntó don José. Le resultaba difícil aceptar la existencia de semejante criatura. Sin embargo, él era católico, creía en el misterio de la transubstanciación. No podía simplemente descartar que hubiera otros secretos entre el cielo y la tierra.

El sacerdote levantó la vista.

—Con plata. Argentum, en latín.

—Argentum... —repitió San Martín.

—El mismo metal que dio nombre al Río de la Plata. Dicen que la plata purifica aquello que la oscuridad corrompe.

Don José se acercó al herrero y explicó lo que quería:

—¿Cuánta plata necesitaremos? —le preguntó.

—La suficiente para recubrir el filo de un sable —respondió el herrero.

En pocos minutos comenzaron a aparecer monedas, medallas, rosarios, anillos y pequeñas reliquias de plata. Nadie preguntó si volverían a recuperarlas, a pesar de que la mayoría tenía gran valor sentimental. Aquella noche, cada hombre entregó una parte de sí para salvar a todos.

El herrero retiró el sable de la fragua portátil con unas tenazas. La hoja irradiaba un fulgor distinto. Ya no era el brillo del acero, sino el resplandor blanquecino de la plata fundida, parecía que la misma luna habitaba en él.

San Martín lo tomó entre sus manos y comprobó su equilibrio. El peso apenas había cambiado. El capellán terminó de bendecirlo. Luego lo enfundó lentamente y levantó la vista hacia el cielo.

La luna llena acababa de asomar detrás de las montañas.

—Que nadie me siga —ordenó.

Ningún hombre discutió la orden.

El general se internó solo entre las rocas. La nieve amortiguaba sus pasos y el viento formaba remolinos blancos que ocultaban el sendero. A cada instante tenía la sensación de que alguien lo observaba.

Entonces escuchó el aullido. Esta vez no sonó lejano. Sonó detrás de él.

San Martín giró justo a tiempo para bloquear el zarpazo. Las garras chocaron contra el sable y las chispas iluminaron la noche. La fuerza del impacto lo lanzó varios metros cuesta abajo.

La criatura era aún más imponente que la noche anterior. La herida que le había atravesado el pecho seguía abierta, pero no sangraba. Bajo la luz de la luna parecía una herida condenada a no cerrar jamás.

El hombre lobo sonrió mostrando los colmillos.

—Aprendes rápido, general...

No era un rugido. Era una voz humana deformada por la maldición.

La bestia volvió a atacar.

San Martín esquivó la primera embestida, pero la segunda lo alcanzó de lleno. Las garras desgarraron su uniforme y le abrieron un profundo corte en el hombro. El sable escapó de su mano lejos de su alcance.

El monstruo avanzó lentamente.

—Has peleado con ejércitos... pero nunca contra la noche.

San Martín retrocedió hasta sentir el vacío del precipicio detrás de sus botas. No tenía salida.

El hombre lobo saltó para rematarlo. En el último instante, San Martín se dejó caer de rodillas y sintió el aire que desplazaban la garras al pasar sobre su cabeza. Rodó por la nieve, aferró el sable con ambas manos y, antes de que el monstruo pudiera girarse, lanzó un certero tajo ascendente. El filo cubierto de plata atravesó nuevamente el pecho de la bestia.

Esta vez el alarido fue distinto. No era de furia, era de dolor.

Una luz plateada comenzó a extenderse por todo su cuerpo. El pelaje se desprendía como ceniza arrastrada por el viento. Poco a poco, el monstruo recuperó la forma humana.

Antes de morir, levantó la vista hacia San Martín.

—Gracias...

Fue la única palabra que alcanzó a pronunciar.

Poco después, San Martín regresó al campamento. Caminaba con dificultad. El uniforme estaba desgarrado y el hombro sangraba bajo el poncho. En su mano derecha sostenía el sable, cuyo filo aún conservaba un tenue resplandor plateado.

Ningún soldado preguntó qué había ocurrido. Bastó ver que el general volvía solo.

El capellán se acercó, observó el arma y esbozó una leve sonrisa.

—Hoy fue el argentum el que venció.

San Martín negó con la cabeza mientras devolvía el sable a la vaina.

—No, padre. Fue la unión de estos hombres la que venció. Ninguno dudó en desprenderse de lo poco que tenía para salvar a los demás. Sin ese sacrificio, este sable no habría sido más que un pedazo de acero.

El sacerdote contempló a los soldados, que comenzaban a preparar la marcha como si nada hubiera ocurrido. Luego levantó la vista hacia las montañas y dijo en voz baja:

—Argentum... Plata. Quizá sea una señal. Tal vez algún día estas tierras sean conocidas por ese nombre, para recordar que no fue el metal, sino la unión de su gente, la que venció a la oscuridad.

San Martín guardó silencio. Ajustó el sable al cinto y montó su caballo.

—En marcha. Aún queda un continente por liberar.

El Ejército de los Andes reanudó el cruce mientras el primer rayo de sol borraba las últimas huellas de la bestia sobre la nieve.


Consigna: Escribí un relato basado en la portada del libro de Federico Monzón.

San Martin Cazador de hombres lobo

Por Oráculo de Delfos


Año 1812

. La sociedad estaba pasando por muchos momentos turbulentos, aunque la vida seguía igual. Vendedores ambulantes anunciaban a gritos sus productos, los esclavos inundaban las calles haciendo mandados para sus amos y las carrozas levantaban lúgubres polvaredas.

La noticia que preocupaba a la gente, se trataba de la aparición de cadáveres en puntos poco transitados. Lo que tenían en común estas victimas eran cortes profundos que solo una bestia enorme podría provocar. Nadie entendía cómo era posible ya que solo perros y gatos caminaban sueltos.

El Primer Triunvirato, que apenas llevaba unos meses de ser creado, no proporcionaba la seguridad que los habitantes esperaban. Mas aun, su modo de gobernar mostraba contradicciones a las bases sobre la que se fundó. La Intendencia General de Policía, creada por el Primer Triunvirato, debió incrementar la cantidad de vigilantes para mantener la seguridad. A pesar de esta medida, el numero de cuerpos encontrados no menguó, mas bien aumentó.

El miedo social impulsó a los propios militares a montar guardia tanto de día como de noche. Los primeros dias, parecía que la paz se había restaurado, entonces aparecieron los cadáveres de algunos soldados. Aunque estaban aterrados, debían mantener sus puestos para que la fe de las personas no desate el caos en la vida diaria. 

Pudieron respirar temporalmente cuando San Martín arribó a Buenos Aires junto con 17 militares de Estados Unidos. Apenas terminaron de instalarse, fueron informados del terror que acechaba en las calles. Analizando la situación, idearon un plan apara intentar capturar a la bestia. Esa misma noche un hombre con pasos torpes y olor a alcohol barato caminaba a su casa. La zona estaba muy tranquilla. Faltaba poco para llegar a su hogar. Se oyó un ruido, pero no vio nada al voltear. Creyó que era su imaginación. Siguió su camino. Esta vez escuchó pasos demasiados pesados como para tratarse de una persona. Al voltear se volvió a encontrar con un panorama solitario. Esta vez, cuando fijó su mirada al frente, chocó con un muro esponjado y cayó al suelo Los muros no son así. Quiso ver lo que era ese objeto y quedó helado de la impresión. No se trataba de una persona ni de un perro. Era enorme, casi dos metros o más. Se lo escuchaba gruñir y abrir alas garras que tenia por dedos. Esta criatura levantó un brazo al cielo con intención de matarlo, pero cayó de inmediato a su lateral. Un disparo le dio en la muñeca. La vigilancia nocturna brindaba frutos por fin. Varios militares que rondaban la zona se dirigieron a toda velocidad para reducir a la bestia. Una vez atado, lo llevaron a una casa cercana donde estuvieron haciendo los análisis más modernos que podían. Llegaron a la conclusuion de que se trataba de un lobo. Un hombre lobo. Incluso podía hablar. Apenas podían entender porque hablaba en inglés. Recurrieron a un traductor para facilitarles la comunicación.

_Malditos argentinos. Se supone que no tendría que pasar esto. Me esforcé mucho para no ser descubierto. ¿Cómo fue que me atraparon? _ repitió en español el colaborador.

_Muy fácil. Aquel hombre que pensabas atacar, em realidad no estaba ebrio. Simplemente se empapó la camisa con cerveza y fingió caminar mal. Llegué a la conclusión que, en su mayoría, las victimas estaban solas o regresaban muy tarde a casa despumes de beber. Entonces el olor atraería al depredador. Así que ya sabemos cómo acabar con esta maldita peste.

El hombre lobo dio lo más parecido a un discurso, seguido del traductor.

No creo que sea posible. Somos miles y ya estamos infiltrados en toda la provincia. Nuestro objetivo principal es disminuir la población matando a los hombres para que nos sea más fácil invadir el territorio. En Inglaterra se descubrió un conjuro de invocación al animal oscuro que llevamos dentro. Hobbes ya lo dijo. “el hombre es el lobo para el hombre”. Todos los que invocaron a su lobo interior debieron entregar a cambio el alma. Pero eso valió totalmente la pena. Cada noche solo tenemos tres horas para convertirnos en hombre lobo a voluntad. Intentamos invadirlos 2 veces. Y ambas fallamos. Pero esta ocasión hay el doble de hombres de los que hubo en la segunda invasión. Aproximadamente veinticinco mil hombres dispuestos a matar a mansalva para expandir el imperio inglés. Aunque me maten, no harán ningún daño porque mientras están perdiendo el tiempo teniéndome retenido, todos mis aliados están acabando con la vida de los estúpidos argentinos. La señal para dar inicio al plan era el simple secuestro de uno de nosotros. Ya me tienen así que fueron notificados y optaron por la medida drástica. _ el traductor terminó de repetir todo pálido y empapado de sudor frío. Empezaron a oírse gritos en todas direcciones de la calle. Gente corriendo, carrozas chocando y rugidos. Quienes estaban en la casa empezaron a preparar sus armas: bayonetas, escopetas y espadas, aunque solo los más osados la usarían. _

Inesperadamente se desató una batalla campal entre los lobos ingleses y el pueblo argentino. Las personas se defendían como podían. Los que las tenían fácil eran los policías y los militares. Los civiles se defendían como podía, con herramientas de trabajo o armas que se encontraban en la calle o robadas de los cadáveres de sus dueños.  Usaron métodos de defensa desesperados ya que no habría tiempo esta vez para hervir agua. Las piedras no serían de mucha ayuda. Solo personas de alta sociedad se protegían echándole perfume a la cara de las bestias. Como los lobos son parientes de los perros, podrían perder el sentido de la orientación. Aprovechaban la confusión para golpearlos con atizadores o incendiar su pelaje.

San Martin hacía cuanto podía para acabar con esas criaturas empuñando su espada, mientras su retaguardia estaba siendo protegida por 5 soldados que se ofrecieron para brindar apoyo hasta acabar con el mal o hasta la muerte.  Lo que pase primero.

La escena era la misma en cualquier lugar que pasaban. Cuerpos desparramados tanto de humanos como de hombres lobo. La sangre bañaba las calles. Los gritos se seguían escuchando a la distancia. Iban reabasteciéndose con armas que encontraban y si tenían suerte, podían tomar agua en alguna casa, total no habría nadie vivo. Ya no sabían que hacer. Realmente no estaban preparados para una situación así.

Continuaron adelante, matando cuanto hombre lobo podían. El problema es que no contaban conque la munición se reducía con cada encuentro. Los seis hombres terminaron con una espada en cada mano, aunque llevaban el arma en caso de que la suerte les sonría con balas.

Sin darse cuenta, terminaron rodeados por el enemigo. Un soldado vomitó. Otro se orinó. Uno no soportó el miedo y se clavó la espada en el estómago. Solo quedaron cinco hombres, que lucharon hasta el final. A duras penas lograron herir un par de brazos y piernas. Esta voz los asesinados fueron ellos. Excepto San Martin, que lo ataron y lo llevaron con un inglés en forma de humano que también era bilingüe.

_A estas alturas, todo Buenos Aires habrá caído. Mañana vamos a continuar con Córdoba. Y así sucesivamente una provincia por noche hasta que todo este país esté bajo el dominio inglés. Una vez cumplido nuestro objetivo, podremos invadir Francia, y luego continuar con los países vecinos de Argentina. _ dijo el lobo mientras se rascaba una oreja.

_ ¡No veo necesidad de mantenerme con vida! ¿Por qué motivo no me mataron todavía? _ Gritó el general intentando forcejear sus ataduras.

_No te gastes en escapar. Están bien sujetas. Si no te matamos todavía es por la influencia que representas en muchos países. Te reconocen como uno de los mejores soldados de la época. así que vas a trabajar para nosotros forjando alianzas para y fortalecer la ayuda en Latinoamérica. Te vamos a tratar incluso mejor de lo que te trataban acá. Es una oferta que no se puede rechazar. Y además, si te interesa, también podrías invocar tu lobo interior para divertirte a tu manera. _ apunta su corazón con una garra en forma de amenaza. _ O podrías negarte y te matamos ahora mismo.

_Prefiero morir antes que ser un sirviente mas para los ingleses.

_ Excelente elección. _ Con las garras desfigura de un zarpazo el rostro de San Martín.

Tiempo después, no quedó ningún argentino. Se fue poblando de ingleses que venían en barcos. Argentina se convirtió en una colonia más. Y no hay quien sepa el secreto sobrenatural que usaron para consumar la tercera invasión inglesa.

 De lo que les tocaría preocuparse ahora es sobre cómo podrían atacar Francia. Napoleon es un líder militar invencible, aunque como cada humano seguro tiene una debilidad. No importa. Usarán el mismo método de convertirse en hombres lobo y obtener poco a poco el territorio del gran rival.


Escribí un relato basado en la portada del libro de Federico Monzon.

Domingo sangriento

 Por Greta Correa


Era verano de 1887. El sol calentaba fuerte en las tierras del oeste. El vapor de la mañana inundó la pieza de Domingo Romero, que siempre se despertaba como al mediodía. Trabajaba en el campo por dos mangos. No le gustaba laburar para esos gauchos terratenientes, que por tener piel más blanca y descendencia española se creían más que él. “Elitistas pobres” los llamaba con su mejor amigo Santos, que tenía una pulpería. Con su hermano sí hacía dinero de verdad.

Se escapaba del trabajo para ir para allá, a veces no aparecía por dos días y llegaba con aliento a vino. Se la pasaba jugando al truco con Santos. Constantemente invitaban gente a jugar, mientras menos hablaran castellano, mejor. La cosa era así: ellos eran muy buenos. Tenían sus señas específicas que casi parecían telepatía. Apostaban cada semana con dos nuevos.

En esa época había mucho inmigrante europeo que se quería adaptar. Tomaban el mate y jugaban a las cartas, aprovechaban para enseñarles a los recién llegados. Fácil, pero no explicaban la maraña mental detrás del juego. Los llevaba a la pulpería de Santos y las chicas servían los tragos. Dejaban ganarles en las primeras rondas para que agarraran confianza hasta que quisieran apostar. Ahí sí les jugaba en serio. Hicieron enojar a más de uno. La voz se corrió de que eran estafadores. Tenían que dormir con un ojo abierto.

Una noche, le llegó la suerte a Domingo. Estaba llevando a los nuevos italianos a lo de Santos. En el camino se le atravesó un hombre enorme de mostacho poblado. Era una trampa. Los dos nuevos lo agarraron. Domingo fue más rápido y sacó su facón. Le cortó el brazo al que lo tenía agarrado. El otro salió corriendo.

El bigotudo vio la escena. No se quitaban la mirada de encima. Ninguno de los dos iba a correr. El italiano agarraba su machete esperando a que Domingo hiciera el primer movimiento. Se miraban frente a frente, sin pestañar. Sacaron sus cuchillos y comenzaron a agitarlos, una estocada, otra estocada. Chispeaba el metal contra el metal. Domingo se abalanzó contra el italiano sin miedo. Con la mano derecha sostenía el facón y con la izquierda le pegaba con puño seco donde podía.

El hombre le mandó un sablazo que le llegó a la cara. El gaucho intentó esquivarlo, pero no pudo. Le hizo un tajo que llegaba de la sien a la mejilla. La sangre no tardó en cegarlo. Tuvo que dar unos pasos atrás, se trastabilló por el mareo y cayó al suelo. El italiano soltó una carcajada. Domingo se limpió la herida con el poncho y luego se lo enrolló en el brazo. Se levantó de la tierra, recargado de ira. Ahora cargaba el facón con seguridad. “Nadie se ríe de mí”, pensó. Su corazón latía con fuerza. La sangre le hervía. La carcajada del italiano le enervaba. Corrió hacia él.

—¿Qué? ¿No tuviste suficiente, gaucho di merda?

El italiano agarró su machete con las dos manos. El gaucho en un abrir y cerrar de ojos ya estaba nariz a nariz con su adversario. Maniobraba con su cuchillo; le hizo un corte en el costado. Mientras su oponente se doblaba hacia la izquierda, ya Domingo le estaba atacando la costilla derecha. El italiano soltó el machete, pero aún se defendía. Le logró desviar las estocadas con los brazos. Domingo lo intentó tumbar. Era pesado y macizo. Lo intentó otra vez, no podía. Le hizo un tajo en las bolas. El italiano se agachó y soltó un alarido de dolor, la sangre brotó a chorros, la tierra la absorbía, parecía lodo. Domingo le puso el pie detrás y lo empujó con fuerza. El italiano cayó al fango rojo. Luego se agachó frente a él y le puso el facón contra el cuello.

—Mira que te despellejo, ¿eh?—Domingo le paseó la navaja por la cara, bajaba el filo desde la frente hasta la mejilla, lo cortó, le dibujó una equis.

—Andate, italiano de mierda.—revoleó el cuchillo. El italiano salió corriendo dejando un rastro tras él. Domingo se reía.

Después del episodio se fue a celebrar en la pulpería. Llegó con la ropa manchada, la cara chorreando sangre, pero no disimulaba la sonrisa pícara.

—¿Qué te pasó, hermano?—dijo Santos.

—Tenías que ver al otro tipo. Salió corriendo con el rabo entre las patas. —respondió sonriendo.

—¿Quien?

—El italiano del otro día. El grandote, de bigote.

—¿Cuál de todos?—se rieron. El músculo contraído del cachete hizo que saliera un chorrito de sangre.

—A ver—Santos le levantó la cara y le echó ginebra en la herida. Domingo abrió la boca y su compadre le dio un trago seco, Santos también tomó un trago. Se carcajearon, se abrazaron y continuaron la noche.

            Había chinitas con ellos. Bebieron vino y ginebra, se dieron un gran banquete con las chicas y subieron al segundo piso cuando ya tenían sueño. Era una habitación con dos camas, porque Domingo se quedaba ahí a menudo. Las mujeres dormían en la habitación de abajo. Santos sentía admiración por su amigo. Domingo le contaba con detalles cómo había trazado la equis en la cara del enemigo, cómo esquivó el machete. Santos pensaba que su compadre era perfecto. Siempre tenía una historia nueva y siempre salía campeón. Le hubiese gustado estar ahí para defender a Domingo.

            —De haber estado ahí, le hubiese clavado mi facón en el ojo.—dijo Santos.

—Le corté las bolas.

—De haber estado ahí, se lo hubiese cortado entero.

—Difícil, daba pelea también el italiano.

—¿No te da miedo que nos venga a buscar?

—Na. Y si viene, lo mandamos a dormir.

Entre risas, los amigos se acostaron, sintiéndose ganadores.

Despertaron con el grito de las chinas. Alguien había entrado. Domingo se espabiló y agarró su facón. Cuando pudo enfocar, vio al italiano apuntándolo con una pistola con mitad de la cara vendada y un pañal de tela. Trajo un cómplice, estaba apuntando a Santos.

            Domingo saltó de la cama deslizándose por el piso. Los dos intrusos dispararon, ya estaba por sus pies. Le cortó los ligamentos de los tobillos al bigotón.

—Fuera abajo.

Cayó como un árbol. El secuaz le apuntó, pero el gaucho ya tenía la boleadora en la mano. Se la lanzó y lo ató como un animal. Le cortó el cuello. Se quedó con el arma y buscó municiones. Se puso encima del italiano, que estaba en el suelo, y le dio un tiro entre ceja y ceja.

Vio a Santos en la cama, lleno de agujeros, desangrándose. Lo miró todo pálido, soltó una lágrima y le persignó. Cerró sus ojos y lo cubrió con la manta. Sacó los facones que estaban debajo del colchón, se los puso en su cinturón. Se asomó fuera de la habitación para medir la situación. Había cuatro o cinco abajo. Estaban con las chicas, acosándolas, tocándolas. Eran puros italianos. Reconoció algunas caras que había retrucado. Fue a buscarlos con cuchillos, la pistola y la boleadora.

—¡El problema es conmigo! —gritó desde el balcón del segundo piso.

Dispararon contra él, saltó del balcón y aterrizó en el piso rompiendo la madera bajo él. Rodó y esquivó los tiros. Lanzó la boleadora a los pies de uno, cayó. Se acercó a él y le clavó el facón en el abdomen, lo abrió hacia arriba hasta las costillas. Se le salieron las tripas, el hombre gritaba en pánico.

Mientras despedazaba al primero, apuntaba al segundo italiano. Le tiró dos cuchillos en un microsegundo. Uno se clavó en la garganta, otro en la frente. No le dio tiempo de disparar. Fue hacia el cuerpo, le sacó los cuchillos, que hicieron que brotara un chorro de sangre. El del cráneo fue más difícil de sacar. Sacudió los cesos del cuchillo y los puso en su cinturón.

A sus espaldas estaba un tercer italiano, que le disparó. Le acertó en el hombro. Domingo se volteó y le metió tres tiros. El cuerpo bailó chispeando las paredes. Dio tres pasos antes de tumbarse al suelo. Domingo se acercó y le revisó los bolsillos. Tenía un montón de plata, se la guardó. Le quitó el arma de dos cañones, y siguió su camino cabizbajo. Observando dónde podrían estar los otros dos que le faltaban. Se escondió tras el mostrador.

Escuchó unos gritos en la habitación de las chinas. Domingo corrió y abrió la puerta. Encontró al cuarto italiano sometido por las dos mujeres. Estaba atado como un matambre.

—Bien ahí las chinas.

Domingo se acercó, el hombre rezaba en pánico. Le pasó el filo del cuchillo por el cuello, de izquierda a derecha. La sangre del italiano le manchó la cara. Se limpió y seguía serruchando, hasta que recordó que todavía quedaba uno.

—Cuélguenlo de cabeza, que después nos lo comemos—le dijo a las chicas. El hombre seguía vivo.

Salió a cazar. Sus sentidos se agudizaron. Vio una luz blanca fantasmal apareciendo a su izquierda, encima del mostrador. Reconoció que era Santos, señalando hacia abajo. Domingo le guiñó el ojo. Sacó sus cuchillos. Se acercó sigilosamente desde detrás del mostrador. De un salto se montó en la mesa y vio al italiano agachado. Se volteó, agarraba su hacha y la agitó. Domingo le saltó encima y le clavó los cuchillos en los hombros.

El fantasma de Santos sostuvo al italiano de los brazos. Él, contra su voluntad, quedó inmovilizado sin entender lo que le estaba pasando. Domingo sacó uno de los cuchillos del hombro y se lo clavó en el ojo. El hombre gritó maldiciones en italiano. Él clavó el machete en la boca. Después bajó los pantalones del italiano y le agarró el pene, lo castró con su cuchillo más rústico.

Después de eso, el fantasma de Santos desapareció. Domingo volvió a la habitación con las chicas. El italiano estaba colgado boca abajo, ya pálido. Las sirenas comenzaron a sonar a la distancia.

—Bueno chicas, me parece que nos tenemos que ir.

—Tenemos los caballos atrás.

Salieron Domingo y las dos chicas con los tres caballos, armados y con plata, en busca de otras tierras más allá del horizonte.

 

Consigna: Escribí un western gauchesco muy violento.