martes, 9 de junio de 2026

El insoportable peso de la hoz

 Por Segadora Nocturna


El amanecer no terminaba de llegar.

La segadora podía sentir su llegada y estaba lista para terminar el trabajo del día.

El frío de la tierra se le metía al cuerpo por los pies descalzos, el peso de la faldriquera no era nada comparado con el peso de la hoz de esa noche.

La hoz siempre pesaba, solo había días en que ese peso se hacía casi insoportable. Pero tenía un trabajo y siempre lo hacía, aunque fuera difícil.

La segadora no estaba sola en el campo, a su izquierda se aproximo lentamente un joven, si alguien pudiera verlos se sorprendería de la disparidad de esa pareja: una mujer joven con toda la pinta de campesina y un mozuelo punk de cabello largo y pinchos por todos lados.

—¿Día largo? —preguntó mientras la saludaba con un movimiento de cabeza, la segadora alcanzó a distinguir como la ropa del chico parecía moverse bajo la chamarra de cuero, aunque no hacía viento.

—No tienes idea. —Respondió apretando la hoz entre los dedos, intentando relajar los músculos del brazo derecho, realmente el peso era casi insoportable en ese momento.

El sol por fin se digno a soltar un pequeño rayo para iluminar el campo, en el horizonte pudieron distinguir como la tela que separa este mundo y el que sigue se hacía mas delgada, solo por unos minutos, cuando la luz solar desplaza las sombras nocturnas es el momento exacto para que las almas segadas en este mundo pasen al siguiente.

El chico comenzó a acercarse a la abertura, mientras abría los brazos y sacudía su cuerpo, de su ropa empezaron a desprenderse pequeños seres: serpientes, tarántulas, incluso una salamandra que reptó sin prisa, pero sin pausa hasta la abertura y desapareció del otro lado. El chico siempre traía muchas almas, los animales exóticos morían al por mayor todos los días.  

—Te sorprendería lo que las personas intentan domesticar estos días.

Dijo mirándola mientras de la bolsa de la cazadora de cuero sacaba con mucho cuidado el alma de un escorpión negro, que para la segadora se veía bastante amenazante.

—Este amiguito se llevó a su dueño con él, ya sabes, destrucción mutua asegurada.

Encogiéndose de hombros se acercó aún más a la abertura y con cuidado dejo al pequeño escorpión cerca para que siguiera su propio camino.

La segadora miraba al muchacho con curiosidad y un poco de temor.

—¿Te encontraste con Él? —El chico la miró, no había necesidad de explicar a quién se refería con “Él”.

—Sí —contestó bajito —no me lo recuerdes, sigue igual… capa y capucha negra, puro hueso en el interior y una guadaña gigante, como si la necesitara para que las personas comprendan quien es él. Mejor dime ¿cómo te fue a ti? No te ves muy bien.

—Estoy bien, siempre lo estoy, tengo que estarlo.

La segadora se acercó a la abertura, se puso en cuclillas y de su faldriquera empezó a sacar pequeñas almas. Su trabajo también era con mascotas, pero a ella le tocaban mamíferos: conejos, gatos, cuyos, uno que otro hámster y perros… le tocaban los perros.

 

Después del medio día había llegado a ese patio, un patio normal, de buen tamaño para un perro pequeño, una caseta para resguardarse de los elementos, su plato de comida aún con croquetas y dos platos de agua porque en estos días hacía mucho calor.

El perro era un maltes de pelo largo que le tapaba los ojos, estaba sentado muy quieto mirando hacia ella, pero movía la cola dándole la bienvenida. Los animales muy raramente se asustaban al percibirla, tenían un sexto sentido para saber que era su hora natural de pasar al siguiente plano. Gracias al universo su trabajo era con animales que morían de forma natural y no con accidentados.

—Hola —saludó sin levantar la voz. Le acarició la cabeza echándole el pelo hacia atrás y se dio cuenta que sus ojitos estaban velados por una nube blanca. El perro no podía verla.

Para poder cumplir con su trabajo, la segadora era capaz de comunicarse con las almas que tenía que segar, no era como si hablaran, simplemente podía entenderlos. Con un solo roce conocía toda su historia, toda su vida: en este caso, la vida de Aris, nombre completo Aristóteles, no había comenzado de forma fácil, nacido en la calle, producto de endogamia entre su jauría, no le habían tocado los mejores genes. Desde pequeño era ciego y no tenía más que dos muelas, pero a pesar de eso una vez que lo adoptaron su vida fue buena.

Su amo tenía catorce años cuando lo adoptaron, ahora era un joven de casi veinticuatro, al que le gustaba pasar tiempo con él. Podían jugar a “traer la pelota” no la veía, pero oía muy bien y su olfato era de los mejores. En pocas palabras Aris era un perro feliz, un perro feliz y cansado, cada día sentía como su cuerpo se revelaba en contra de él, no tenía la misma energía de antes y simplemente estaba cansado.

Después de la caricia, el pequeño perro se acostó de costado y le hizo saber que estaba listo, la segadora se acercó con calma, sintiendo el peso de la hoz y con suma delicadeza tocó el pecho de Aris con la afilada punta.

El alma se desprendió del cuerpo, sus ojos estaban claros por primera vez, con asombró miró a su alrededor reconociendo su espacio y comenzó a correr de alegría alrededor de la segadora.

En ese momento la puerta se abrió, un hombre joven estaba parado en el umbral, murmuró bajito el nombre de su mascota.

—¿Ari? —el perro no se movió, ya no estaba ahí para hacerlo.

—¿Quieres quedarte un poco más? —le preguntó la segadora al cachorro.

—No, consolarlo ya no me corresponde a mí.

La segadora lo levantó con delicadeza y se fueron de ahí. Era un buen chico y merecía una buena vida después de esta.

 

En el campo, con la abertura al otro lado a punto de cerrar, la segadora puso a Ari en la tierra, el olisqueó un poco alrededor absorbiendo el amanecer que veía por primera vez, la miró y comenzó a trotar moviendo alegremente el rabo hacia el otro lado del arcoíris.

El peso de la hoz es grande, pero hoy casi había sido insoportable.

 

Consigna: En base a la pintura El canto de la alondra (1884) de Jules Breton, debés escribir un relato del género que prefieras.

La señora Elisa

 Por Greta Correa


Tenía que escapar. No me arrepiento de nada. La señora Elisa no fue gran pérdida para la humanidad. En tal caso les hice un favor.

Mi mamá era la criada, mi papá era el patrón. Nací bastarda y con agallas. Mi mamá me enseñó que la vida no regala nada. Ella recogía algodón mientras yo cortaba la cosecha con la guadaña. No era una madre perfecta, pero trabajaba duro. Me enseñó a ayudarla con el cuidado de la mansión y de los animales. Cuando teníamos un ratito en la noche, me contaba historias del mundo de afuera. Dormíamos en el granero. Estiraba mi manta en el cuadrado de paja de heno y me acostaba. Mi mamá, acostada a mi lado, me daba golpecitos en la espalda, rítmicos, mientras hablaba. La escuchaba hipnotizada. El sueño me agarraba rápido. De todas maneras, antes de que saliera el sol tenía que hacer cosas. No me daba mucho tiempo de soñar.

Comenzaba el día con olor a bosta. Recogía la mierda de los cerdos, las vacas, las mulas y las gallinas. Después entraba a la casa y subía a la habitación de la señora Elisa, ahí estaba Julia, la otra sirvienta, y la cambiábamos juntas. Después teníamos que limpiar los baños. Ella sabía que era una mierda pero a la vez nos apoyábamos todos.

A la tarde tenía que volver al campo, a cosechar, cortar con la guadaña el maíz, cereales, maleza. Yo era buena cortando. Conmigo había diez más. Éramos todos família. Siempre salían esas conversaciones, de que sabíamos que detrás del río había algo. Pero todos teníamos un poco de miedo de si allá afuera estaríamos mejor que aquí adentro, porque la mayoría nacíamos adentro. La plantación era todo lo que conocíamos.

Y así, llegaba otra vez la noche y mi madre y yo nos veíamos de nuevo en el granero a contar historias y descansar un poquito antes de que saliera el sol. Mi mamá me daba esperanzas de que se podía salir porque ella ya estuvo afuera. Yo solo quería ver qué había al otro lado del río. Cualquier cosa hubiese sido mejor que quedarse ahí. Ella me dijo que iba a hacer lo posible para darme una vida mejor. Me besó la frente. Se sintió como una despedida esa noche. Me quedé dormida y me desperté con unos gritos.

Los amigos me protegieron para que no viera nada, escuché a mi mamá llorando. Ella había intentado cruzar el río y la atraparon. La señora Elisa la mató a latigazos. Mi padre no hizo nada para salvarla. Pero se ve que se sentía culpable porque  desde entonces comenzó a estar más pendiente de mí.

Yo sabía que nunca iba a ser una hija para él, pero me daba las tres comidas y a veces me traía un dulcito.  Sabía que era la favorita. Trataba de no decirle a los demás para que no se sintieran celosos, a veces comía cuando ellos no. Me sentía culpable. Pero no iba a rechazar un chocolate.

Una noche, estaba yo sirviéndole su whisky al patrón como solía hacer, y se agarró fuerte el pecho. Se apretó la camisa con su puño, arrugándola. Abrió la boca como para decirme algo y después se desmayó. La vieja me culpó de que muriera porque estaba conmigo, pero yo no hice nada. La que sí era mala era la señora Elisa. Desde que se murió el patrón y ella se quedó a cargo de todo, ahí fue que todo se pudrió realmente. Entonces, comenzaron a desaparecer los míos.

Mis hermanos se iban perdiendo de a poco. Los dejaba de ver. Quería creer que habían cruzado el río, pero mi intuición me decía que la señora Elisa los había matado. Capaz sí estaban en el río, pero en el fondo. Esa malcogida quería que el mundo sufriera por el pecado de existir. Era peor monstruo porque era de verdad y no se asustaba cuando te sacaba sangre. Vieja morbosa.

Nos hacía caminar en vidrio roto para sacar sangre y después nos chupaba los pies. Se los restregaba por la cara. Era una vieja muy rara. Pero conmigo especialmente tenía una fijación. Su mirada acusadora estaba siempre sobre mi hombro.

Yo creo que sabía que era hija del patrón. Una vez me preguntó por qué me sentaba así. Estaba con mis pies uno encima del otro, como se sentaba él. También salí parecida a él. Los rumores eran inevitables. Uno de mis compañeros me explicó lo que era una herencia, y que yo podría tener dinero de la muerte del patrón. Pero yo no quería dinero, quería ser libre. Que la señora Elisa no me pegara más y me dejara ir. Era mala. El gancho no me molestaba tanto, que me pisara la cabeza era humillante, pero lo único que yo temía era el látigo. No sé qué hice tan mal para que me quitaran la voluntad. O que intentaran. Pero lejos de quebrarme, agarré valor.

Una noche tomé mi guadaña y la degollé mientras dormía.
—Hija de put...—Soltó su última maldición ronca.

Se ahogó en su gorgoteo. La sangre espesa brotó de su cuello y de su boca. Cuando dejó de moverse, salí caminando por la puerta principal. Ya estaba amaneciendo.

 En base a la pintura El canto de la alondra (1884) de Jules Breton

“Equinoccio”

 Por Parabellum


El sol, que recién nacía, transformó en oro puro la deslucida hoz que subía y bajaba. Casi, como si una remota alquimia transmutara toda su miseria en perfección y esplendor.

Creyó ver, a contraluz, una mujer parada en el camino de entrada observándola. Llevó la mano hacia su frente para bloquear el sol y descubrió que allí no había nadie.

Una alondra, a lo lejos, entonó su primer canto del día. Había trabajado desde antes del amanecer. Fue, sin embargo, al escuchar aquel trino melodioso cuando comprendió que estaba completamente sola; que el campo entero podía tragársela sin dejar rastro.

La decisión de poner un punto final, si es que podía llamársela así, comenzó a gestarse en esas madrugadas de invierno en que la escarcha lo cubría todo. Mientras ordeñaba a Luci y a Berta, su mente divagaba por derroteros absurdos que sabía que jamás concretaría, hasta hoy. Hoy la hoz era de oro y la alondra había anunciado que la primavera estaba de regreso, trayendo con ella algo más que brotes verdes.

Nadie sabía el calvario al que era sometida a diario, mucho menos lo que ocurría puertas adentro, aunque de haberlo sabido, tampoco hubiera importado. Entendía que, tanto para la sociedad como para el comisario, ella era una simple campesina, un ser invisible, nadie.

La primavera, que en su niñez anunciaba juegos y tardes bajo el sol, terminó convirtiéndose en la época más cruel del año. Jornadas interminables y manos agrietadas hasta sangrar. Los latigazos y los golpes terminaban de completar la jornada.

 —No más —se dijo.

Lo que inició siendo un juego de su mente cuando el trabajo se volvía mecánico, derivó en un plan que ejecutaría cuanto antes, temía acobardarse si se demoraba. Se detuvo un momento a contemplar esa herramienta tan natural entre sus manos y a la vez tan odiada. ¿Acaso alguna vez había brillado así? Fue entonces que decidió matarlo.

Regresó al mediodía a preparar el almuerzo. Apenas cruzó la puerta lo vio allí esperándola, sucio, desalineado, apestando a alcohol y con ganas de pelear.

—¿Dónde mierda estabas? ­­­­­­­—gruñó.

El golpe llegó antes de que pudiera responder. Sintió el sabor metálico de la sangre en la boca. Él la observó con desprecio. Ella bajó la mirada y comenzó a cocinar en silencio; mientras cortaba las verduras, sus ojos se desviaron hacia la hoz apoyada junto a la puerta. La hoja le devolvió un destello dorado bajo la luz del mediodía.

Comió frugalmente y volvió al campo. Trabajó durante horas como hipnotizada, arrancando maleza y segando trigo mientras el viento inquieto parecía atravesarla. Su mente, que en la mañana había estado tan activa elucubrando planes, ahora se hallaba casi en trance.

Aquella noche regresó más tarde que de costumbre. El barro se adhería a sus pies descalzos, el último par de botas que le quedaba se había desgastado tanto que era inútil usarlas. El cansancio le pesaba en los huesos, pero había algo distinto en ella, una quietud extraña, casi serena.

Lo encontró dormido junto a la mesa, todavía vestido. El plato sucio con las sobras del mediodía le servía de almohada. El olor agrio del vino impregnaba la habitación. Permaneció estática mirándolo durante un largo rato, el viento aullaba en el exterior de la noche una sinfonía siniestra.

Sus dedos rodearon el mango de la hoz, la luz de la luna que se colaba por la ventana le daba un brillo feroz. Se acercó sigilosa al hombre que había destruido su vida por mero antojo. No sintió rabia ni temor, solo la certeza de estar haciendo lo correcto.

La hoja corva se alzó radiante y describió un arco perfecto. Él abrió los ojos y el grito murió ahogado en su garganta.

Cuando nacieron los primeros rayos de sol, ella abandonó la casa ya aseada y con una pequeña bolsa de ropa entre las manos.

Al llegar al camino de entrada se detuvo un instante y giró, incapaz de resistirse a mirar atrás, como la mujer de Lot contemplando la destrucción de Sodoma.

Entonces la vio.

Una mujer inmóvil sostenía entre sus manos una hoz que brillaba como el oro mientras el canto de una alondra rompía el silencio del amanecer.

Comprendió todo. Si aquel era su purgatorio y debía repetirlo mil veces más, lo haría con gusto.

 

Fin

 

Consigna: En base a la pintura El canto de la alondra (1884) de Jules Breton debes escribir un relato del género que prefieras.