martes, 1 de junio de 2021

Pulp Challenge

 

—¡Hostia puta! ¡Joder! —Vincent se levanta de la silla y la lanza contra las cuerdas del ring con furia.

—Joder, tío, no te pongas así. A un hombre puede que no le guste el Blackjack, que lo considere un juego para chusma poco inteligente que solo busca ganar dinero sin pensar demasiado. Puede pensar que consiste en un par de sumas, no pasarse y…, ¡listo! Pero ese hombre está equivocado, amigo mío. Hay todo un mundo a su alrededor. Qué digo un mundo. Hay todo un puto universo de estudios sobre las probabilidades...

—Cierra tu jodida boca —interrumpe Mia—. Me va a estallar la cabeza, Jules —añade mientras esnifa otra raya de coca de rodillas.

—Coño, tío, ¿qué quieres que te diga? —contesta obviándola y dirigiéndose a Vincent—. Dios es así, amigo. A veces te da y a veces te quita. ¿Has dejado de leer la Biblia? No, no me contestes, no abras tu sucia y apestosa boca de bailarín de tres al cuarto y apoya tu culo gordo en la puta silla. Y escucha, joder, escucha, que aunque vengas de Amsterdam veo que solo sigues siendo un blanco que no tiene ni zorra idea.

Vincent, resoplando, recoge la silla tirada en la lona y se sienta en ella de mala gana. Enciende un cigarrillo y lanza el Zippo hacia la cabeza de Butch, que permanecía inconsciente hasta ese momento. Se despierta dolorido tras el golpe, pero tan solo es capaz de girarse hacia Mia y llamarla mi caramelito mientras vomita en sus pies.

De pronto, la gente de las gradas del recinto donde se encuentran esos cuatro infelices se levanta y aplaude como loca al ver entrar la enorme figura de Marsellus Wallace en el recinto. La chusma está entusiasmada con el espectáculo que a continuación va a presenciar. El ruido de sus gritos es ensordecedor y Marsellus pide silencio alzando los brazos hacia ellos, pero consiguiendo el efecto contrario. Los más de mil espectadores gritan como una masa embravecida en busca de sangre y muerte.

 —¡Muerte! ¡Muerte! ¡Muerte! —comienzan a vocear babeando como seres infectos.

—¡Tranquilos, amigos! ¡Tranquilos! —intenta calmar Marsellus—. Aquí estoy. Hemos venido para poner en orden nuestra conciencia y nuestra propia vida. Como os prometí, hoy tendréis espectáculo garantizado en este ring de boxeo donde comencé. Ah..., ya sabéis que llegué a la ciudad sin un miserable dólar en el bolsillo y ahora soy el puto amo. ¡El puto amo! —La masa, enardecida, clama su nombre con furia y comienzan a caer cigarrillos y latas de cerveza al ring. —Y, ¿de qué me sirve eso? ¿Eh? Calmaos, amigos. Habrá tiempo para que manifestéis si os está gustando o no el espectáculo. No os preocupéis por eso y guardad la munición. Y, recordad, ¡solo puede quedar uno! —finaliza dirigiéndose hacia sus compañeros de juego.

Tras un último chillido pidiendo muerte, los espectadores se sientan en sus respectivos asientos y se van calmando poco a poco. Las voces callan y las ansias de muerte crecen.

—Bien, comencemos —dice Jules a Marsellus mientras este toma asiento en la sucia plancha de acero que han colocado como mesa de juego.

—Marsellus... —saluda Butch frotándose los ojos—. Comencemos... —añade mirando la hora en el reloj que le regaló su padre.

Mia se limita a mirarlo con profundo odio. Su propio marido se ha visto abocado a esto. El mafioso más temido de la ciudad celebra su ocaso. Y ella con él. ¿Para qué seguir viviendo así? ¿Para qué continuar con una vida tan aburrida en la que nada ya te seduce ni te sorprende? Cuando lo tienes todo, lo único que te hace sentir vivo es el miedo a perderlo. Y a eso han ido.

—Vincent, ¿ni siquiera saludas? —inquiere Marsellus—. Venga, tío, es un juego tan elegante como cualquier otro. No me vengas con esas, te lo estoy viendo en la cara. Mira, una vez estuve en Kansas City, fui por negocios. Me metí en un casino mientras esperaba que me entregaran cierta mercancía y, ¿sabes dónde estaban sentados todos los culos blancos y ricachones que había allí metidos? Exacto. ¿Sabes a qué apostaban sus jodidos billetes perfumados con Paco Rabanne? Apoyaban sus manos llenas de pulseras y anillos de oro macizo en esa puta mesa. En la del Blackjack. Así que no me vengas con que es un juego para ineptos mongolos. ¿De acuerdo? ¿Me oyes?

—Lo que tú digas, hermano… —murmura Vincent apagando el cigarrillo en la plancha de acero—. ¿Empezamos ya, negro? ¿O qué?

—Un momento, un momento —interrumpe de pronto Butch—. ¿Has dicho Rabanne? ¿Te refieres al perfume? ¿Al de Paco Rabanne? ¿Tú crees, Marsellus que ese es un perfume elegante? Mira, te diré una cosa, ese perfume lo usaba mi cuñado.

—¿Tu cuñado, Butch? ¿El gilipollas de Jimmy? —pregunta cabreado Jules.

—Ese mismo, tío. ¿Tú dirías que Jimmy es un tipo elegante? —interroga Butch incriminando con la mirada a Marsellus.

—Diría que Jimmy es todo menos elegante, joder. Es la puta cosa opuesta a la elegancia, mierda. Eso que quede claro.

—Pues os digo, par de mamones, que allí había pasta. Pasta de los que están forrados desde que nacen, ¿entendido? Y allí estaban jugando al Veintiuno. El Veintiuno al que tú llamas basura, Vincent.

—¡Queréis callaros de una jodida vez! —grita Mia de pronto—. Me trae sin cuidado quién jugaba en un casino de paletos de Kansas City, ¿comprendéis? Los casinos de nivel están en Las Vegas, como todo americano sabe. Igual que sabe que las mejores hamburguesas son las de Juliani’s. ¿Estamos? Así que callad, estáis aburriendo al público. ¿Queréis seguir con esta cháchara mientras vienen todos a jodernos vivos con sus botellas de cristal y sus machetes? Hemos venido a morir dignamente. Así que me cago en todo lo que se menea. Punto final. ¡Mierda!

Los jugadores callan y asienten. Dan la razón a Mia. La plebe está comenzando a aburrirse y eso no lo pueden permitir.

—¡Amigos! —interviene Vincent esta vez—. ¿Queréis saber cómo morirá el ganador de la primera ronda? —Extrae del bolsillo de su camisa una pequeña botella de cianuro y la pone en la mesa. ¡Así!

Los espectadores comienzan a hacer sus apuestas entre ellos, el ambiente empieza a caldearse y al grito unísono de ¡Muerte! ¡Muerte! ¡Muerte! ondean camisetas sudadas y otros harapos al viento.

Juegan la primera mano. El agraciado es el propio Marsellus.

—¡Hostia puta! —grita al conseguir el veintiuno con el as de diamantes.

Sin pensarlo, sin dirigir la mirada ni a su propia esposa, se echa un chupito de veneno y hace el ademán de brindar con sus compañeros. Los cuatro restantes llenan sus vasos con güisqui y brindan ceremoniosamente con él. La gente aguarda en silencio. Se puede palpar la tensión.

—¡Si el último se raja, volveremos del infierno a por él! ¿Me habéis oído bien? Si el último huye y se esconde en Indochina, saldrá un puto negro de su bol de arroz para pegarle un tiro—  grita con furia mientras suelta una carcajada enfermiza.

Se bebe el chupito de un trago. Los demás hacen lo mismo y apartan la mirada disimuladamente cuando Marsellus comienza a toser y a atragantarse. Se retuerce en la silla y cae al suelo como un plomo. Allí, continúa sufriendo mientras el cianuro paraliza poco a poco todos los órganos de su cuerpo. Por fin deja de latir el corazón.

—¡Uohhhhhhhh! —El alarido es bestial. Las gradas echan humo y celebran a golpes contra el suelo del recinto. Lanzan desesperados botellas de cerveza, güisqui y vodka al ring donde los jugadores se escabullen como pueden.

—Bien, bien, bien —canturrea Mia—, veo que os gusta lo que veis, jodidos psicópatas. ¿No es así? —pregunta mientras su marido todavía agoniza echando espuma por la boca—. Claro que sí. Así me gusta. Ahora tomo el mando yo y os voy a proponer el siguiente juego. ¿Estáis preparados?

—¡Síiii! —El grito es atronador.

—Bien, malditos bastardos. Aquí lo vais a flipar —grita enseñándoles cuatro bolsas de plástico con nudos corredizos—. Sí, es lo que estáis pensando. Nos pondremos cada uno una bolsa en la cabeza y cuanto más os guste el espectáculo, más apretaremos los nudos. ¿Estamos, escoria? —Vuelven a berrear como animales enjaulados—. Lanzad todo lo que se os ocurra, así sabremos que os estáis corriendo de gusto.

Comienza el espectáculo. La lluvia de botellas vacías empieza casi tímidamente mientras los jugadores van cerrando poco a poco sus bolsas a medida que juegan. De pronto, alguien lanza un artefacto que casi destroza la mesa de juego y peligra la operación.

—¡Cabronazo! ¿Quién ha sido el pedazo de mamón que ha lanzado esto? —aúlla Butch señalando parte del manillar y el faro de una moto—. ¿Quién huevos ha lanzado esta motocicleta? —pregunta cabreado empañando su bolsa de plástico.

—No es una motocicleta, idiota, es una jodida Chopper, ¡mola lo que estáis haciendo! ¡Estáis pirados, colegas! —vocea alguien desde la grada.

Algo alterados, ajustan las bolsas a sus cuellos ante tal muestra de gratitud mientras decenas de objetos se estrellan contra el suelo. Por fin, Butch consigue ganar la partida al extraer el as de picas. Se hace el silencio. Butch, impertérrito, ajusta de un brusco tirón su bolsa y comienza a respirar violentamente. Mia, maldiciendo la suerte que ha tenido su compañero por ser el siguiente en poner fin a su insulsa existencia, le sujeta los brazos como a ella le hubiera gustado para impedir que se la quite en un momento de debilidad. Desde que se conocieron en aquella ciudad habían vivido a lo grande. Lujos, sexo, drogas. Estaban hartos de todo eso y habían decidido acabar con ello.

—Sigamos, amigos, antes de que la pasma llegue —anima Vincent mientras se quita la bolsa de plástico de la cabeza—. Ahora empieza lo bueno, cabrones —añade mostrando dos garrafas de gasolina al público—. Sí, lo sé, lo sé. Yo también me muero por un buen filete a la brasa—. Ríe estrepitosamente mientras la grada aplaude la gracia.

Los tres jugadores restantes se recolocan en la mesa de juego y van rociándose por turnos con la gasolina a medida que beben güisqui. La partida se alarga y el público se desespera imaginando cuál de los tres, Vincent, Jules o Mia, arderá próximamente en vivo. Excitados, continúan lanzando todo tipo de objetos al ring. Un machete acaba clavado en el trasero del ya fallecido Marsellus.

—¡Yo! ¡Gané! —vocifera Vincent fuera de sí—. Por fin. Aquí está mi as de corazones.

Agarra su propio encendedor y, arropado por los insultos del público, se prende fuego inmediatamente. Lo último que sus propios alaridos le permiten escuchar son las sirenas de la policía que se acercan al local. Los demás observan la macabra danza que está llevando a cabo mientras arde y se excitan pensando que ellos mismos podrían haber sido los afortunados.

Ahora solo queda una prueba. Jules y Mia, codo con codo, echan a correr por la escalera hacia la azotea del edificio al oír las sirenas. Les siguen como una masa deforme de zombis todos los espectadores. No se lo pueden perder. La turba llega al terrado y les observa dejando una distancia prudencial. Ante todo, les respetan. Son sus ídolos. Las apuestan bullen, ¿quién será el próximo en morir?

—¿Leéis la Biblia? —pregunta de pronto Jules dirigiéndose a sus seguidores mientras se sienta en el borde de la terraza.

Tras unos segundos de silencio, se oye una voz.

—Últimamente no mucho —contesta alguien con sinceridad.

—Pues prestad atención a Ezequiel 25:17, porque el camino del hombre recto... —Una voz metálica procedente de un megáfono le interrumpe.

—Será mejor que permanezcan con las manos en alto. Repito, colaboren y nadie saldrá herido.

—No empecemos a chuparnos las pollas todavía, cabrón. Hagámoslo ya, Mia. —Y comienzan a jugar.

El público espera en silencio. Jules y Mia permanecen sentados con las piernas colgando por la fachada y ven desde arriba cómo la policía intenta tirar la puerta del edificio. Juegan la partida y...

—Joder, lo sabía. Jules, siempre has tenido una suerte del carajo —sonríe Mia.

—Dios mío, ¡gracias! —exclama él llorando de la emoción. Mira al vacío y se lanza sin pensárselo dos veces mientras sentencia—: ¡Y sabrás que mi nombre es Yahvé cuando caiga mi cólera caerá sobre ti!

Mia se encoge de hombros y mira tras ella. Allí, agazapados los unos entre los otros, boquiabiertos, aguardan sus seguidores. Al oír los golpes de la policía corren como ratas escurridizas por todos los rincones. Unos saltan a la terraza contigua, otros bajan despeñándose por la escalera de incendios y algunos desandan el camino que hicieron con las manos en alto sabiendo lo que se van a encontrar.

Solo Mia permanece completamente quieta y en silencio. Saca un cigarrillo y lo enciende. Podría huir, pero sabe cuál es el castigo sagrado para quien logra sobrevivir al juego: seguir haciéndolo.

 

La noche ha llegado

 Despertada por el sonido de centenares de pasos permanezco unos segundos sin abrir los ojos esperando a que se detengan. En el momento en el que el silencio de la noche vuelve a ser eterno miro hacia arriba. Gracias a lo que veo sobre mí sé, por primera vez desde que me quitaron el móvil y el reloj, qué hora es con exactitud. En la pulcra espuma blanca que hay encima de mi cabeza decenas de diminutas arañas han usado sus peludos cuerpos para dibujar en el techo, con milimétrica exactitud, que son las 3:28 de la madrugada.

Al verse descubiertas, se abalanzan sobre mí como una lluvia de gotas negras y, al entrar en contacto con mi cuerpo, se meten por mi ropa, correteando como locas por él, acariciándome. Suben y bajan por mis pezones, deambulan por detrás de mis orejas y, por último, se deslizan por mi sexo haciéndome sentir de nuevo lo que ella me regaló. Tras dejar fluir el placer, sonrío. No hay duda de que lo sucedido es una señal suya. El portal se abrirá en breve y ella, sin duda, lo cruzará. Después de transmitirme el mensaje, sus bellas criaturas se escabullen por todos los rincones y vuelvo a quedarme sola en mi inmaculada habitación.

Con mis sentidos ya alerta, pienso en que, si estoy equivocada, solo quedan poco más de cuatro horas para que el hijo de puta del celador venga a traerme la dosis mañanera de tranquilizantes que me han recetado para que no monte follón durante el día. Jaleo que podría armar si denunciara lo que el seboso cabrón me obliga a hacerle entre la hora feliz de las pastillas y la del desayuno continental que aquí nos sirven. Todavía tengo marcados sus dientes en uno de mis pechos desde que ayer por la mañana no controlase su excitación. Pero no hay problema, a todo cerdo le llega su San Martín. Eso es lo que ella siempre me contó. Y sé que no me fallará.

Al pensar en sus enseñanzas entiendo que jamás supe lo vacía que estaba mi vida hasta que apareció para llenarla. Mi marido y yo éramos la típica pareja que, por una egoísta elección, había sustituido tener hijos por triunfar en las redes sociales. En ellas volcábamos todos nuestros complejos disfrazados de oropel y glamur. Éramos felices siendo la envidia de nuestros amigos cuando la verdad era que, de puertas para adentro, nos comportábamos como dos imanes encarados por un mismo polo. Pero todo valía para mantener viva la farsa. Creíamos que nos bastaba con ser ricos y guapos. ¿Qué más podíamos pedir? Yo pensaba que nada.

Y así era hasta que una noche un grito desgarrador me despertó del sueño de los justos. De inmediato busqué, bajo la luz fluorescente del despertador que marcaba las 3:33 de la madrugada, el origen de ese sonido que me había sacudido por completo. Al ver a mi marido roncando a mi lado supuse que él no lo había oído. Pensé en zarandearle, pero algo en mi interior me lo impidió. Fue como si sintiera que él no tenía que enterarse de lo que iba a pasar esa noche.

Me escabullí de la cama y caminé por el pasillo de mi apartamento mientras un canto ancestral flotaba a mi alrededor liberándome del yugo que hasta entonces aprisionaba mi cuello y del cual yo no era consciente. Mis sentidos se agudizaron hasta límites insospechados ya que podía ver en la oscuridad cual gata callejera mientras mi piel reaccionaba a la más ligera brisa haciendo vibrar el vello rubio que cubría mis brazos. Pero lo más sorprendente fue que mi olfato comenzó a sentir un aroma embriagador a más no poder. Era dulce a la vez que áspero, olía a jazmín y a naranjas amargas. Anunciaba cambios. Y así fue. Ese olor vino acompañado de una neblina que me rodeó, aislándome de todo. Al introducirse en mí a través de mi boca y de mi nariz, mi alma abandonó mi cuerpo volviéndose también etérea. Desde las alturas me vi tirada en el suelo mientras mi yo fantasmal abandonaba la casa y se dirigía hacía lo desconocido guiada por un instinto nuevo y salvaje. En un instante me encontré en los confines del mundo y del tiempo. Bienvenida a Babilonia me susurró una voz.

Flotando, entré por los pasillos y recovecos de unas catacumbas hasta llegar a un espacio rectangular en el cual vi lo que parecía un aquelarre. Formando un círculo había cinco mujeres vestidas solo con una capa que estaba sujeta, bajo su mentón, con un broche rojo rubí que parecía un ojo enfurecido. En una armonía perfecta, todas ellas alzaban rezos en lenguas ya muertas al techo ennegrecido que las cobijaba. A la luz de las velas pude ver, en el centro del conclave, una estatua que representaba a la mujer más hermosa que jamás había visto. Un ídolo al que las sacerdotisas estaban adorando con todo su ser.

Conforme avanzaban las canciones, el aura de poder que emergió de la figura hizo levitar sus mantos mostrando cómo se erizaba la piel desnuda de todas ellas. Cántico a cántico iban cayendo en trance hasta que, en el último instante, todas alcanzaron, al unísono, lo que supuse era un orgasmo. Tras dejarse llevar por el deseo quedaron exhaustas y jadeantes en el sucio suelo de tierra.

Yo, que solo conocía la petite mort por haber leído sobre ella, al verlas tan hermosas y radiantes quise sentir, al menos una vez, una ínfima parte de lo que allí había sucedido. Ante mi plegaria, la imagen de piedra alzó su cabeza y me aseguró que así sería si hacía lo que ella me pidiese. Pero, cuando estaba a punto de responder, me desperté aterida en mi salón con una sensación de urgencia que quemaba todo mi ser. Lo primero que pensé es que había sido una pesadilla o que había tenido un episodio de sonambulismo. Pero cuando el mismo sueño hiperrealista vino a mí varias noches seguidas a la misma hora, puntual como un reloj suizo, supe que había algo más detrás. Por eso, al sexto día me propuse averiguar más sobre lo que me estaba ocurriendo. Así que fui a la biblioteca en busca de respuestas.

Empecé, siguiendo un pálpito, por la hora en la que ella venía a mí, ya que supuse que era una clave del misterio. No tardé en encontrar que a esa hora la llaman la hora de los muertos ya que es en esa franja horaria cuando nuestros cuerpos son más vulnerables y se producen más muertes que en ninguna otra. Pero eso no me ayudaba a desentrañar el misterio de la maravillosa diosa que me había convocado. Seguí indagando y encontré que, en los círculos esotéricos, el 333, al igual que el 666, también está asociado al Diablo, ya que él, en su afán por irritar a Dios, utiliza este número fruto de combinar la hora en la que murió Jesús (3 p.m.) con la edad a la que lo hizo (33 años) y lo traduce en ese momento de la madrugada en el cual las puertas del más allá se abren y los demonios pueden campar a sus anchas por nuestra realidad.

Pero esa explicación no me aclaraba por completo si la aparición que me visitaba todas las noches era uno de esos demonios. Estaba en un callejón sin salida. Ya casi me había dado por vencida, tras horas de lecturas infructuosas, cuando una mujer se me acercó y, sin mediar palabra, dejó un incunable sobre la mesa en la que yo estaba. Tras hacerlo, se marchó sin mirar atrás, desapareciendo al instante.

Al mirar el ejemplar, que de manera tan extraña había venido a mí, me di cuenta de que una de sus páginas tenía doblada la punta. Abrí el libro por esa hoja y allí encontré un dibujo de la estatua de mis sueños. El pie de la imagen anunciaba que se trataba de la diosa Lilith venerada desde tiempos antiguos como la verdadera primera mujer. Aquello sí que no me lo esperaba. Cristiana no practicante siempre creí que Eva fue la compañera de Adán en el paraíso, pero allí estaba ella, pionera en emanciparse del patriarcado masculino.

Leí que, aunque fue creada para dar a luz a la humanidad, se rebeló ante el sometimiento decretado por Dios y Adán. Ante la exigencia de tener que hacer el amor siempre bajo el primer hombre le espetó: ¿Por qué he de acostarme debajo de ti si ambos estamos hechos del mismo polvo y por tanto somos iguales? Él se escudó en que era la voluntad de Yahveh, a lo que ella pronunció el nombre de Dios en vano, se elevó en el aire y se marchó del Edén convertida en un espíritu libre. Después de aquello, se transformó en un ser vengativo, madre de demonios (fruto de quedar preñada con todo el semen que los hombres desperdician fuera del único lugar consentido: la matriz de sus esposas legítimas) y que aprovecha la hora de los muertos para acceder a nuestro mundo tanto para raptar niños menores de ocho días antes de que les hagan la circuncisión, como para reclutar mujeres que mantengan vivo su culto y le den el poder para seguir existiendo. Y por lo que se ve, me había elegido a mí para formar parte de su séquito.

Ante esta revelación tuve miedo. Pensé que ella pertenecía al ejército de las tinieblas y por lo tanto no quería lo que ella me ofrecía. Quise aferrarme a mi vida aun sabiendo que era un pobre simulacro, una mísera mentira.

Así que, durante las siguientes sesenta y cinco noches, a la hora maldita, cuando ella venía en mi búsqueda, yo me escondía bajo la manta acurrucada cual cachorro abandonado, oyéndola danzar junto a otros espíritus alrededor de mi cama, llamándome, tentándome, excitándome. Ilusa de mí creí poder vencerla, soñé con derrotarla y salir indemne de su acoso. Pero era imposible. Debido a la falta de sueño mi carácter se agrió, fruto de lo cual fui perdiendo followers ya que mis vídeos empeoraron a pasos agigantados hasta convertirse en auténtica basura. Cuando mis canales desaparecieron del mapa de los grandes influencers me volví antipática y huraña. No me lavaba, no me arreglaba, apenas salía de casa. Y claro, mi marido fue dejándome de lado. A eso contribuyó que ya no le dejaba tocarme ya que sabía que ni había estado ni estaría jamás a la altura de lo que ella me prometía. Y al final pasó lo inevitable, caí en sus brazos, cedí a su llamada.

Aquel seis de junio del sexto año de mi fracasado matrimonio, cuando ella pronunció mi nombre, me levanté y fui a su encuentro dispuesta a todo. Acepté su invitación, cogí su mano y en el momento en el que nuestras pieles se tocaron, un relámpago de adrenalina recorrió cada célula de mi cuerpo y fuimos una, y esa una fue poder. Bailamos durante horas hasta que el primer rayo de sol del amanecer entró por mi ventana y al rozarme sentí el primer orgasmo de mi vida, y fue tan sublime que me hizo aullar como una loba en celo. Ya nada importaba, no había ni pasado, ni presente ni futuro, solo nosotras. Y así fue durante varias noches mágicas.

A lo largo de las mismas fui empapándome de la historia de Lilith y sus súcubos conociendo como habían llegado hasta mí. Supe que fue adorada bajo el nombre de Wesa por los Cherokee. Este pueblo guerrero la veneró como la diosa gato dueña de la noche y la oscuridad. Aprendí incluso que, en tiempos lejanos, todas las sacerdotisas del culto demoniaco que la adoraban como Talto fueron empaladas mientras su nombre escapaba de sus bocas con su último aliento. También me contó las conquistas conseguidas por algunas de sus discípulas más importantes: vi a Cleopatra manipulando a su antojo a Julio César y a Marco Antonio, obteniendo de ellos todo lo que deseaba. Observé a Catalina la Grande ordenar a los hermanos Orlov acabar con su marido para evitar cualquier posibilidad de revolución que menoscabara su reinado. En un día soleado contemplé como Jacqueline Kennedy dedicaba una mirada extraña y misteriosa hacia Grassy Knoll cuando la cabeza de su marido explotaba en mil pedazos en su regazo. Y no solo me mostró a mujeres poderosas de la historia, también pude ver a mujeres anónimas que se emancipaban de sus vidas anodinas y escapaban hacia una vida plena y maravillosa o que abandonaban a sus maridos maltratadores y conseguían no solo sobrevivir sino sobreponerse a las adversidades de la vida.

Pero yo seguía temiéndola. No podía evitar imaginármela encorvándose sobre miles de cunas para llevarse entre sus brazos a los hermosos bebes que allí descansaban. La última noche en la que me pudo visitar, ella leyó mis pensamientos y se rio con tantas ganas que no pude evitar mirarla estupefacta. Hablándome con una voz risueña me preguntó si me quedaría más tranquila si sabía lo que ella hacía con los niños que, según decían las malas lenguas, ella se llevaba. Tras decirle que sí, me contó que solo se llevaba a aquellos recién nacidos que, o bien iban a morir pronto, o que su futuro iba a estar lleno de sufrimiento y pena. Ella los liberaba de un destino cruel y les daba la vida eterna. Yo le pregunté cual era el precio que tenían que pagar por su regalo a lo que ella respondió cerrándome los ojos con un ligero movimiento de su mano.

Cuando los volví a abrir nos rodeaba una playa paradisíaca. Ambas estábamos sentadas bajo las palmeras sobre una manta de mil colores. A nuestro alrededor pude ver como varios bebes dormían en hamacas colgadas de los troncos bajo la amorosa mirada de varias mujeres. También vi a muchos niños corretear por la arena riendo y jugando sin preocupación alguna. De pronto, a mi espalda, oí varios gemidos de placer que me intrigaron. La duda duró unos instantes ya que a los pocos minutos vi aparecer, de detrás de unos arbustos, a varias parejas que se miraban con amor y deseo, formadas por mujeres que tomaban de la mano a bellos jóvenes.

Fue entonces cuando comprendí que Lilith y su clan no odiaban a todos los hombres. Ellas solo querían ser amadas y para ello hacían lo que tenían que hacer. Una vez supe la verdad fue fácil aceptar y desear formar parte de su familia.

El problema fue que a la mañana siguiente todo estalló sin verlo venir. Al llegar a casa, después de dar un paseo, me sorprendí al ver a mi marido junto a dos hombres fornidos, vestidos de blanco, que me miraban con cara de circunstancias. El desgraciado empezó a hablarme con falsas palabras intentando justificar lo que a todas luces era una putada. Me dijo que todo era por mi bien, que me amaba, que no había terceras personas pero que él notaba que yo no estaba bien y que necesitaba ayuda profesional.

Intenté resistirme, llamé a Lilith, pero al ser de día no pudo acudir en mi ayuda, y al final, los dos enfermeros me sacaron a volandas de mi apartamento y me metieron en una furgoneta discreta que me llevó, a toda velocidad, a lo que sería mi nuevo hogar. Al ver mi destino comprendí que era un centro psiquiátrico. No me podía creer lo que me estaba pasando. Dentro me esperaba un comité de evaluación que, sin darme muchas opciones de réplica, me explicó que estaba claro que mostraba signos de esquizofrenia que debían ser tratados a la mayor brevedad posible si es que quería tener opciones de volver a mi vida anterior en un corto espacio de tiempo.

Obviamente yo protesté (tal vez con demasiada vehemencia), acusé a mi despreciable marido de querer deshacerse de mí para quedarse con todo nuestro dinero y gastárselo con la puta que seguramente se la estaba chupando. Pero, como si lo tuvieran preparado, el médico que me estaba juzgando me enseñó unos vídeos, que el muy cabrón había grabado, en los que se me veía bailar como una loca, hablar con seres imaginarios y por último, masturbarme hasta llegar a perder el control mientras recitaba las oraciones paganas que ella me había enseñado. Frente a aquello poco pude alegar. Me tenían en sus manos. De aquel despacho salí custodiada por los dos maromos mientras pataleaba desesperada. No sirvió de nada. En pocos minutos me tenían encerrada y drogada en una habitación de aquel manicomio vestida con un simple pantalón de chándal color gris claro y un top de tirantes blanco.

Y desde entonces creen que me han mantenido sedada a los niveles que ellos consideran óptimos. Al principio fue así, lo que no saben es que, poco a poco, ella ha enviado a sus huestes para liberarme de las esposas químicas que mis captores cernían sobre mí. Durante días, miles de hormigas han venido para llevarse las pastillas, que me han suministrado, a las entrañas de las paredes acolchadas que me rodean y así es como al fin he conseguido que mi mente esté despejada y abierta para recibirla de nuevo. Y hoy, tras lo ocurrido con las arañas, sé que ella viene en mi ayuda.

Me levanto del camastro y aguzo el oído. Mi reloj interno me dice que ya deben haber pasado cinco minutos desde que recibí la buena nueva de su cruzada para liberarme pero necesito confirmar que no es una alucinación. Me acerco a los barrotes ya que creo haber oído un susurro al otro lado de los muros. ¡Allí están! ¡No me han abandonado! Temblando en el oscuro manto de la noche las veo venir en comitiva. Lilith al frente, como la hermosa diosa del viento y del placer que es, marca el ritmo al grupo. Detrás de ella mis compañeras y amigas elevan al cielo los salmos que cuentan sus historias que son como la mía, mientras danzan como llamas que escapan de un fuego perpetuo. Sus gargantas braman los nombres de todos aquellos que les hicieron daño y que después sufrieron por ello. Y de pronto todas ellas me miran a los ojos incitándome a que me una al coro.

Y a la espera de que me liberen para poder acompañarlas a difundir su palabra, comienzo a cantar los nombres de todos aquellos que, en cuanto salga, pagaran las deudas que tienen conmigo. Y Lilith, al oír mi voz, me sonríe.

 

lunes, 10 de mayo de 2021

Wesa

 De nuevo las 3:33 de la madrugada. Esta vez el grito es más desgarrador, si es que eso es posible. Todavía con el pulso acelerado me incorporo en la cama. La luz anaranjada de las farolas proyecta las mismas sombras de todas las noches sobre las paredes. Al menos hoy hay brisa. Los veranos en la ciudad son desquiciantes. La humedad se pega en la piel con sus patas viscosas como una oruga o una lombriz, o casi como una sanguijuela. El peso ardiente del sudor se queda incrustado como un tumor negro y nauseabundo que no se va ni con una ducha fría. Pero hoy el visillo ondea suavemente y a través de la ventana se ve la Luna. Hoy puedo ver con claridad el comienzo del pasillo.

Sé que no va a servir de nada buscar la postura en la cama para conciliar de nuevo el sueño. Tampoco encontrar en la radio una emisora de jazz para aplacar las pulsaciones. No voy a poder dejar de mover insistentemente el pie intentando averiguar si hoy la encontraré al final del pasillo. Así que me levanto.

Caminar en la noche no es nada nuevo para mí. Soy una criatura nocturna que se agazapa en las sombras de la casa disfrutando del silencio. Aborrezco con frecuencia la luz del día y los ruidos cotidianos me mortifican. Sin embargo, desde hace un tiempo, me despierto empapada en sudor tras oír un grito que parece venido de otro mundo. Es un alarido aterrador que sale de las entrañas mismas del ser; es un grito que tiembla de puro terror y se rompe en mil pedazos al salir de su boca. Su boca. Yo sé que no hay nadie más en la casa. Tengo la certeza de que estoy completamente sola, pero ella grita en la noche. Lo cierto es que me despierto resoplando y con la garganta irritada. Temblando y con los ojos fuera de sus órbitas. Me acerco a la ventana: la Luna se ha convertido en un leve rumor plateado oculto entre las nubes. Cojo aire y avanzo hacia la salida.

El pasillo se pierde delante de mí sumido en la más profunda oscuridad. Allá, al otro lado, el leve resplandor de la calle entra por la ventana de la habitación del fondo. Voy caminando como otras noches, sigilosamente, como si pudiera molestar a alguien. Con el corazón en un puño recorro lentamente el corredor cuando, de pronto, ahí está de nuevo. El aroma más cautivador que jamás he percibido. Es dulce y a la vez áspero; huele a jazmín y también a naranjas amargas. Y la brisa. Un leve suspiro que esparce la esencia y me estremece y embriaga hasta perder los sentidos. Es entonces cuando me siento por fin liviana y un ansia loca de libertad me lleva a quitarme la ropa y reír a carcajadas. Enciendo un cigarrillo y lo saboreo lentamente sentada en el suelo con las piernas cruzadas. No sé qué me espera hoy, pero la vista del cielo estrellado desde aquí es grandiosa. El suelo está frío, pero eso no evita, como viene pasando últimamente, que caiga rendida en un sueño profundo.

***

Te miro desde un pequeño hormiguero. Me he metido aquí para escuchar los pasitos de estos bichos que entran y salen con tesoros entre las mandíbulas. Te asombrarías de la fuerza que tienen estos pequeños seres y de su instinto de supervivencia. Es aterrador. Y tú estás ahí afuera, sentada en un escalón comiendo pipas desenfadadamente, echándonos las cáscaras para que tengamos algo con lo que pasar los días. Te miramos con ojitos curiosos y alcanzamos a sentir una sacudida de felicidad cada vez que suspiras. Miras al mar como quien busca mundos por descubrir y, en el verde de tus ojos, se reflejan las gigantescas patas del kraken y las mandíbulas ardientes del leviatán. También piensas a menudo en un barco de vela pequeño que se aleja en calma hacia el horizonte, pero eso no lo sabe nadie.

Podría salir de aquí y meterme en tu bolsillo. Me llevarías a visitar mundos lejanos donde solo tus pequeños pies pueden llegar. Yo soy pequeña y parca en palabras, pero tú me contarías historias llenas de personajes asombrosos que bailan enloquecidos al son de tus tambores. Tum, tum, tum. Las madres cherokees ponen a sus hijos recién nacidos el nombre de lo primero que ven al dar a luz. Eso me lo contaste tú. Desde entonces comencé a llamarte Wesa.

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Despierto de nuevo, Wesa. Ya ha amanecido, We-sa. Esta vez nuestro encuentro ha sido muy breve. Querría haber llamado tu atención y que me miraras y me hablaras y me contaras quién eres y qué haces en mis sueños. O qué hago yo en los tuyos. Porque sé que percibes mi presencia. Sé que sabes que te observo.

El día es anodino, carece de emoción alguna. Trabajo en un lugar gris donde me pagan por prestarles algo de mi tiempo y mi esfuerzo. Suficiente para poder vivir holgadamente. Almuerzo en la misma cantina de siempre y vuelvo a casa al atardecer, cuando por fin el cielo se tiñe de rojo y el ritmo del día se ralentiza. Adoro llegar a casa, soltarme la melena, quitarme la ropa y sentarme en el sofá con mis libros. Ese era el mayor placer del día, hasta que un día comenzó a ocurrir.

Ese día me despertó en mitad de la noche un alarido. Aquello parecía todo menos humano. Me quedé petrificada en la cama sin saber a dónde mirar. ¿Había sido real? ¿Provenía del exterior? ¿Había alguien más allí? Conseguí a duras penas levantarme de la cama y encender todas las luces de la casa. Inspeccioné cada estancia con sumo cuidado y temor, pero no encontré nada fuera de lo habitual. Volví a tumbarme pensando que todo había sido un sueño. Seguramente yo me había despertado gritando presa de alguna pesadilla y no era consciente de ello. Pero continuó ocurriendo.

El segundo día miré la hora cuando me despertó ese aullido terrorífico: las 3.33 a.m. marcaba el reloj. Era un número curioso y como tal se habría quedado el asunto si no hubiera sido porque, al día siguiente, y al siguiente, y al otro, me desperté exactamente a la misma maldita hora tras escuchar ese aullido. Aquello era algo, como mínimo, extraordinario. No sabía si benévolo, maléfico, sobrenatural o qué mierda más, pero algo se había colado en mi vida de pronto y no conseguía darle una explicación.

Así que decidí dejarme llevar. Llegó el día en que ya no miré el reloj ni agucé el oído por si se repetía aquel pavoroso grito o conseguía escuchar alguna voz o algún susurro que me llamara desde el más allá. Ya no me quedé debajo de la manta mordiéndome las manos imaginando espectros danzando a mi alrededor. Dejé de revisar habitación por habitación y cerré los ojos. Respiré profundamente y me dejé llevar. Algo me condujo al pasillo y lo recorrí con los ojos cerrados. Entonces lo sentí por primera vez. Era embriagador. Era el aroma fresco que llevaba el viento en las noches de verano cuando paseaba de niña de vuelta a casa. Una fragancia casi inocente cargada de recuerdos. Entonces, creo que me desmayé, y es cuando la vi por primera vez.

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Reposaba en una toalla de playa con sus grandes gafas de sol. El bikini blanco resaltaba su piel morena y hacía alguna mueca mientras leía un tomo de Bukowski. De pronto, se giró sobre sí misma y miró hacia donde yo estaba. Bajó ligeramente sus gafas y fue entonces cuando lo supe. Aquella mirada felina era la que me había estado invitando cada noche. Lo supe porque alguien así no te pide nada ni suplica ni ordena. Alguien como ella se muestra como es y te invita sin ataduras. Es obvio que nadie puede decirle que no. Nadie puede escapar de sus redes porque en su mente transcurren las mejores historias jamás contadas. Y también en su piel. Pero allí acabó todo.

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De pronto desperté en el suelo de mi casa con una sensación de tranquilidad que hacía tiempo que no disfrutaba. Por supuesto, quise saber más.

Se sucedieron varias noches en las que a la hora prevista el chillido me despertaba. Esa siempre ha sido la peor parte. Por mucho que supiera que iba a suceder, nunca he llegado a estar preparada. El dolor es inmenso, así como el terror. Ella sufre, por supuesto. Sufre con fuerza y apretando los dientes. Lo hace en la noche cuando la oscuridad la acecha, porque todos tenemos miedos irracionales que nos quieren devorar. Sufre y grita, y su grito llama. Y quien la escucha, acude.

Cuando esto sucede voy en su busca. Me adentro en el pasillo y espero con ansia transportarme hasta donde ella esté. A veces soy un insignificante gusano y otras una cometa en lo alto del cielo que anhela bajar para encontrarse con ella. He sido agua de lluvia cayendo sobre su rostro y también tierra marchita entre los dedos de sus pies. Wesa me muestra sus ideas y aventuras, me cuenta historias sobre lugares remotos en los que no existe el tiempo y aves tenebrosas se estrellan contra las puertas que no quieren abrirse. A veces me lo cuenta entre susurros enroscada en mi cuello; otras, escribe en pequeños papelitos y los lanza al aire para que yo misma componga su historia. De vez en cuando, me deja leer los grabados sobre su piel que cuentan intimidades valiosas y, cómo no, es deliciosa cuando coge un palito y garabatea figuras obscenas en la arena de la playa. Su mente vuela, y la mía con ella.

Lo que Wesa no sabe es que yo la llamo así y que vivo tan fervientemente sus historias que se han convertido en mías. Vivo en ella y sonrío en ella. Ya el resto es poca cosa.

La última vez fue una noche de tormenta.

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El cielo se rompía y una cortina de agua no dejaba ver nada alrededor. Yo andaba perdida buscándote por cada rincón cuando, de pronto, me agarraste por el pescuezo como hacen los animales con sus crías y me sacaste de allí. Me llevaste a un lugar que parecía un desierto completamente vacío y carente de vida. Encendiste una hoguera en silencio y nos sentamos la una frente a la otra. Tu caballo reposaba en un montículo de arena cercano y yo solo tenía palabras de agradecimiento, pero no me escuchabas. Canturreabas una melodía y te levantaste para taparme con una manta enorme hecha con retales. La miré asombrada, pues parecía pintada a mano y cada imagen representaba a los indios aborígenes en distintas estampas de su vida. Volviste a tu sitio y te apartaste el flequillo de los ojos.

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Y eso es lo último que vi. Tus ojos mirándome fijamente, como aquella primera vez.

No he vuelto a oír su grito retumbar desde ese día, y eso que he estado en vela noche tras noche buscándola por todas partes. He atravesado la casa de punta a punta esperando encontrar su aroma embriagador, me he tumbado en el suelo frío y seco en busca de su manta cálida de mil colores. He suplicado, llorado, maldecido, gritado con furia al cielo y a la tierra que quiero volver a verla. Que la necesito. Pero lo único que consigo es caer rendida entre lágrimas cuando despunta el alba.

Por fin una noche conseguí conciliar el sueño. Dejé mis ilusiones hechas pedazos y decidí descansar y seguir con mi anodina vida de siempre. Terminé de leer la novela que llevaba entre manos, apagué la lamparilla y sucumbí al sueño como un bebé agotado después de un berrinche. Entonces sucedió. Una sombra gigante y nauseabunda rondaba por mi cuarto. La sentía. Iba moviéndose de lado a lado hasta que acabó tumbada sobre mí. Entonces, a escasos centímetros de mi rostro me miró fijamente. Abrí los ojos sabiendo que estaba allí y, al ver el oscuro abismo de sus cuencas, desperté entre gritos de puro terror completamente sudada. ¿Qué era eso? ¿Qué demonios era eso? Temblando de miedo, por fin atiné y encendí las luces. No había nada. Se había ido. Miré el reloj. Eran las 3.33 de la madrugada.

***

Estoy mirando por el diminuto ventanuco de un faro. Las olas arrecian y la tempestad se divisa a lo lejos. El viento produce un sonido casi hipnótico y soy feliz. Me siento en el suelo con las piernas cruzadas mientras la tormenta se desata afuera y escucho las gotas golpear con fuerza. Entonces comienzo a contar una historia, una de las que Wesa me enseñó, porque sé que hay alguien observándome. Sé que, oculto en una rendija de este sucio suelo de madera, un diminuto ser me está escuchando. Al principio sentirá miedo porque no comprenderá lo que está sucediendo. Más adelante, querrá volver para seguir escuchando nuestras historias, que le fascinarán, hasta llegar a un punto en que lo único que le importe en la vida sea dormirse y que mis gritos la despierten en mitad de la noche. Lo sé porque yo ya he estado antes en su lugar. Entonces, mi historia comienza a desarrollarse por sí sola porque está viva y sé que estoy haciendo feliz a alguien a quien espero encontrar noche tras noche hasta que esté preparada para contar nuestras historias.