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sábado, 16 de febrero de 2013

Especial de Sábado de Brutos Escritores


[Sin título]
Por Grisel Amador.

Al salir, todo parecia normal, todo se veia igual al momento que entre a esa habitación, pero algo habia cambiado dentro de mi. . . No sabia si era miedo lo que sentia o una alegria inmensa que, no sabia como explicar, lagrimas de comprension, de paz, de amor corrieron por mis mejillas. Al llegar a mi casa abrace a mis hijos que me esperaban ansiosos, hablamos, compartimos una cena especial. Pasan los dias y llega ese momento esperado y temido por todos, debo ir de nuevo. . .

[Sin título]
Por Grisel Amador.

Debo recorrer ese pasillo de hospital, es la hora en la cual debo entregarme, sin miedo, con mucha paz pero, que alegria! ahi estan ellos! las personas que ame y que hacia tiempo que no veia, me llaman, sonrien, abren sus brazos para recivirme. . . ESTOY FELIZ! ESTOY BIEN! al caminar por ese pasillo del hospital, ya no vi nada, Yo no estaba en ese cuerpo.

[Sin título]
Por Alfred Comerma.

Cada día me enfrento a un recorrido para mí angustioso, ver lo largo del trayecto, con todas esas puertas, sin saber lo que esconden, donde tal vez la raya que separa vida y muerte, ya la han traspaso sus ocupantes, o quizás peor, no la acaban de traspasar nunca, quedando como seres que miran sin luz propia.

[Sin título]
Por Angie Leal Rodríguez.

Tengo miedo, pero llegaré hasta él… sé que me espera, oigo el latido de su corazón agitado, ¿o es el mío? ¡Debo estar loco!
El piso está frío y resbaloso… Como sea.
Ya casi, no desesperes. ¡No te vayas! ¡Espérame!
***
Cuando llegó hasta ahí solo vio el rastro de sangre.

Despedida
Por Luis Seijas.

Al terminar de pulir el piso, el Sr. Juan se volvió y vio que su labor estaba completa. Soltó un largo suspiro, que viajó a través de ese pasillo que lo había visto primero crecer y luego darle de comer. Envolvió el cable alrededor de su fiel pulidora, para guardarla en el cuarto de mantenimiento. Y aunque ya no se acordaba de cuántas veces había realizado ese ritual, siempre lo terminaba bañado en una mezcla de sudor y lágrimas.

Una promesa incierta
Por Raúl Omar García.

Los sonidos de mis pasos retumban en la soledad del pasillo, el cual recorro como si lo hiciera en cámara lenta. Las paredes que me flanquean son de un gris opaco, con manchas de humedad que dibujan formas que parecieran tener vida propia. A lo lejos, distingo la reja en la parte superior del umbral que debo cruzar, y me resulta extraño verla enrollada: siempre que vengo está bajada.
De pronto, las luces del corredor se apagan, dejándome a ciegas. Los tubos tras los plafones del techo comienzan a titilar y se encienden, mortecinos, de forma alterna. Las puertas de las habitaciones de esa pieza larga y estrecha se abren al unísono de par en par y me invade el olor a azufre.
Me persigno y beso la estola que llevo alrededor del cuello mientras me prometo que este será el último exorcismo que le practique a esa pobre niña.

[Sin título]
Por Alejandra Lopez.

Llegó el día de dejarlo para siempre. Lo miro por última vez y me enternezco. Me llevaré grabadas en las retinas las luces potentes de los pasillos, el olor a desinfectante mezclado con el de la enfermedad. Miro el piso reluciente y siento una tibia lágrima rodar por mi mejilla. Ya es hora de partir aunque no quiera; entonces me alejo sin mirar atrás, preguntándome qué tal será el jovencito que reemplazará en la limpieza a este viejo jubilado.

[Sin título]
Por Alejandra Lopez.

Siempre me gustaron las historias de terror por esa ambivalencia de “creo pero no creo”. Cuando entré a trabajar como enfermera en el hospital y me contaron que por las noches se oye el taconeo de la enfermera fantasma, lo tomé con recelo.
La primera noche en mi puesto escuché los tacos en el pasillo y luego se abrió violentamente la puerta de la ciento dieciocho.
Entré en la habitación, y vi a la jovencita que habían operado por la mañana. Había restos de vómito a los costados de su boca. Le tomé el pulso y no lo encontré, intenté las maniobras de resucitación que no dieron resultado.
Discutimos por mucho tiempo con mis colegas si el fantasma la mató o si la quiso ayudar, y no llegamos a ningún acuerdo por eso que les decía al principio de que las ambivalencias son las que hacen al terror tan interesante.

Habitación de hospital
Por Juan Esteban Bassagaisteguy.

Salgo al silencio nocturno del pasillo a fumar un pucho. Lo necesito urgente. La tensión que estoy viviendo —sumado al intenso olor a fármacos— es insufrible. Y la nicotina es lo único que me proporciona algo de paz y tranquilidad.
Pero, claro, está prohibido fumar dentro del hospital y no tengo otra que salir del lugar. Se ve luz al fondo del pasillo, donde está la salida, y hacia allí me dirijo.
Aunque antes doy una última mirada al interior de la habitación que recién abandoné.
Ella duerme recostada en un sillón junto a la cama, cansada por el duro trajinar de las últimas semanas.
Se me escapa una lágrima cuando noto el amor que explota desde sus poros: ni dormida deja de sostenerme la mano.
Aún no se ha dado cuenta de que, desde hace quince minutos, yo ya no respiro ni sufro más por este cáncer de mierda.

El piso trece
Por Axel S. Salas.

Jimmy Louis se escurrió de las sabanas como cada noche, dando saltitos por el suelo frío del hospital.
El camisón volaba tras de él a lo largo de los pasillos de luces muertas.
Jimmy Louis pasaba de largo entre la gente que se amontonaba cada vez más conforme los pisos del hospital eran más altos. Gente murmurante que se andaba por ahí igual que él, con el camisón por doquier como en un día de campo.
Alcanzó el piso trece, el piso oscuro; y como cada noche la pelota roja salió de entre las sombras, rodando lento hasta sus pies. El otro niño estaba ahí, donde no podía verlo igual que siempre; llorando.
Jugaron hasta que el niño, quién le recordaba a una papa quemada dejó de lanzar la pelota. Le hablaba, siempre decía lo mismo, siempre sin dejar de llorar.
Pero Jimmy nunca cruzaba la línea de luz.

El buen discípulo
Por Héctor Priámida Troyano.

Jack odiaba a aquellos santones. A los doctores del hospital, que marchaban por sus pasillos pavoneándose de su ciencia, enfermos de engreimiento. El recelo que despertaban sus preguntas —¿hasta qué distancia puede saltar la sangre de una aorta cortada de un tajo?, ¿cuántos tirones son necesarios para arrancar unos intestinos a fuerza de brazos?— había forzado al futuro médico a disimular su curiosidad.
¿Cómo esperaban que aprendieran la anatomía? No en la Facultad, con aquellos inútiles remedos artificiales que no alcanzaban a representar más que torpemente huesos y órganos; ni ahora allí, donde solo se les permitía diseccionar cadáveres. Él precisaba experimentar con carne viva, pero no se les dejaba acercarse ni siquiera a los pacientes desahuciados.
Nada importaba ya. Hacía tiempo que practicaba por su cuenta. Saldría de nuevo aquella noche. Y otra golfa de Whitechapel, convenientemente destripada, se hallaría llamando a las puertas del Infierno.

Habitación 217
Por Evelia Garibay.

Cada noche es lo mismo, cien pasos de ida y cien de regreso me bastan para recorrer el pasillo entero. Detrás de cada puerta cerrada hay una historia pero la que más me intriga es la de la chica de la habitación 217.
Ahí esta ella como cada noche, con un lienzo en blanco y las pinturas a la mano. Siempre pinta imágenes de pesadilla que harían temblar al más valiente pero yo ya me acostumbre, lo más extraño fue darme cuenta que después de ver su pintura de la noche al día siguiente me encontraba con la descripción exacta de la imagen en las noticias.
¿Será realmente locura? Eso es lo que dicen los psiquiatras pero no ven lo mismo que yo. Ella comienza a pintar y yo continuo mis rondas, de regreso me asomare y veré que desastre es el que devela esta noche.




sábado, 12 de enero de 2013

Inmortal


Por Angie Leal Rodriguez.




1

Y ahí estaba él, taciturno, expectante, dispuesto a atacar en cualquier momento, solo bastaba un pequeño descuido de Bardust para que se decidiera… podía sentir la sangre caliente correr por sus venas, escuchaba su recorrido, examinaba su andar, planificaba su ataque, medía cada uno de sus movimientos y en su pequeño cerebro los desarmaba cual piezas de un rompecabezas incompleto…

2

Bardust avanzaba con rapidez, andaba de un lado para otro de la espaciosa habitación, parecía que no lograba encontrar lo que buscaba, el motivo por el que se había atrevido a pisar esa misteriosa mansión, unos decían que era un hombre muy valiente, otros que solo un tonto sería capaz de poner un pie dentro de tan terrorífica edificación… en fin.  Como quiera que haya sido el tipo estaba ahí y no podía irse sin tener en sus manos el stituordeschumpoix, ese artefacto que  siglos atrás había sido propiedad de una de las sociedades secretas más poderosas y aterradoras del planeta y que era la pieza más buscada de la historia. Años de investigación lo habían llevado a ese lugar, había dedicado su vida entera a su búsqueda y ahora que tenía un indicio claro y no meras suposiciones como en cuatro ocasiones anteriores, no desaprovecharía la oportunidad. 

La leyenda contada a través de generaciones decía que el stituordeschumpoix le daría a su poseedor todo el poder que deseara y Bardust coqueteaba con esa idea desde aquella noche en que escuchó por primera vez la historia en voz de su padre; habían pasado muchos años pues en aquella época era un delgaducho niño lívido y miedoso, y su padre hoy hace varias primaveras que habita en uno de los círculos del infierno…

3

El animal seguía observando los movimientos de su presa mientras permanecía petrificado encima de la cajonera antigua, quien lo viera habría pensado que era un artículo decorativo más de la habitación. El hombre buscaba en todas partes, bajo la cama, en el ropero, en los cajones, detrás de los cuadros, en el cuarto de baño, o en algún pasaje oculto en las paredes pero su búsqueda parecía infructuosa y empezaba a perder la cordura.  Se le notaba ansioso, desesperado, incluso unas líneas de sudor corrían por sus sienes, maldijo en voz alta en una lengua ininteligible y siguió buscando.

Su negro pelaje contenía el calor que emanaba de su pequeño cuerpo, el amarillo de sus ojos le daba un aire misterioso y demoníaco, parecía que sonreía… sus sentidos se pusieron aún más alerta al darse cuenta de que Bardust había encontrado la pieza, la sonrisa del tipo fue como una daga clavada en su pequeño órgano cardíaco, no  había tiempo que perder, debía actuar ya, antes de que fuera demasiado tarde.

El hombre dio un salto de alegría al ver frente a él lo que le había dado sentido a su vida, estaba a punto de tomarlo cuando escuchó un maullido que parecía provenir del averno.

4

Se puso de pie, giró su cabeza y se encontró con el oscuro animal, el gato dio un salto y cayó sobre la cama, no paraba de maullar. Bardust intentó salir de la habitación sin darle importancia al gato pero no pudo hacerlo. En un abrir y cerrar de ojos lo tenía prendido de su costoso saco italiano hecho a la medida, movió el brazo en un intento fallido para que se cayera pero el minino seguía pegado a él y avanzaba por su espalda hasta llegar al cuello.  Sintió sus afiladas garras hundiéndose en su piel, luego sus mordidas  en su barbilla, en el cuello y en las orejas, por más que luchaba no podía quitárselo de encima, se sentía desesperado y tonto, no permitiría que un insignificante animalejo pudiera más que él.  El gato que parecía haberse escapado del infierno disfrutaba estar ganando la batalla, veía la sangre de su víctima correr desde la parte superior de su cuerpo hasta los pies, primero fueron unas gotas, ahora ya eran gruesos hilos rojos los que surcaban el atuendo azul desde el otrora blanco cuello hasta la alfombra gris. 

Bardust se estaba debilitando, las piernas no le respondían y trastabillaba mientras el animal se había convertido en una lapa pegada a él, parecía imposible librarse de ese engendro del demonio, esto no podía estar pasándole a él, era algo demasiado tonto, no podía ser que las historias que se contaban en torno a esa mansión fuera reales.

5

La gente decía que ese lugar estaba habitado por un gato poseído por espíritus que se apoderaron de él hacía más de doscientos años, que parecía inofensivo y que realmente era una criatura inmortal que había obtenido tal condición al haber sido mascota de una familia dedicada a la magia negra y a las artes oscuras; se decía también que en esa antigua mansión se realizaban reuniones anuales de todos los miembros de las sociedades secretas más poderosas del mundo y que ahí mismo se llevaban a cabo rituales oscuros con el único fin de dañar a ciertos grupos de la población y, en una ocasión, hicieron un rito a través del cual le transmitieron al gato todos los poderes que sus amos y los demás miembros poseían para que, cuando todos fallecieran, él fuera quien continuara con su labor.

Pero al parecer algo salió mal y al haberle transferido al animal cuanto conocimiento y malévola intención albergaban el felino se volteó contra ellos y los aniquiló uno a uno, nada pudieron hacer en su contra pues era más poderoso que cualquiera, y haberle dado tal poder fue la peor decisión. Decían los moradores que el animal se alimentó de ellos hasta que solo quedaron los huesos y después ya no necesitó alimento alguno; dicen también que aún pueden escucharse los lamentos, llantos, cánticos desgarradores y llamadas de auxilio de las personas que asistieron a esa sesión.

6

El gato lo atacó en el rostro, podía ver sus ojos amarillos clavados en los suyos, sentía la sangre caliente corriendo por su cuerpo y en la alfombra había un charco, de su mente se había escapado la idea de llevarse el stituordeschumpoix, ahora lo único importante era salir con vida de ese lugar, ya habría otra oportunidad para regresar por él.

En vano fueron sus intentos; en un segundo el gato clavó sus desproporcionados colmillos en el ojo izquierdo del lívido hombre, lanzó un desgarrador grito de dolor. Estaba tirado en el piso, abandonado a la voluntad del animal, a punto del desmayo cuando sintió los colmillos del gato en su otro ojo, ya no había más que hacer, la sangre salía de su cuerpo a borbotones y era raro que su corazón no hubiera dejado de latir aún.

De repente lanzó su último aliento y terminó ahí tirado, ensangrentado, vencido… 

FIN

sábado, 21 de enero de 2012

Zizu


Por Angélica Leal Rodríguez.


1
La recuerdo y un calor helado recorre mi cuerpo. Saber que estoy estúpidamente condenado a vivir con ella por el resto de mi existencia me provoca unas terribles ansias de sacar el revólver del cajón y pegarme un tiro en la cabeza para terminar de una vez por todas con esta vida de mierda; pero no puedo, solo me queda esperar. Sí, esperar a que la vida me premie con el mejor regalo que puedo recibir: su muerte. Pero no vayan a pensar que estoy loco o que soy un psicópata, si estuvieran en mis zapatos me comprenderían. Todo empezó aquel día…

2
Era una cálida mañana de agosto, me levanté tan temprano como siempre para salir a trabajar; tomé un baño, me vestí y me dispuse a desayunar. Una humeante taza de delicioso té verde me daba la bienvenida al comedor, y ella con una sonrisa y con el sol en su rostro hacía brillar mi día, Akemi, mi Akemi; teníamos poco más de nueve años de casados, el nuestro a diferencia de la mayoría, sí era un feliz matrimonio. Hablábamos mientras disfrutábamos el arroz,  el daikon, el tofu y el pescado, todo conformando una exquisita mezcla de sabores; era un placer compartir ese momento del día con ella y con nuestros hijos, ¡una verdadera bendición pasar la vida a su lado! Teníamos unos gemelos hermosos, los traigo a mi memoria y aún me es posible escuchar sus risas llenando la casa, oír sus pasos yendo de un lado a otro jugando con “Zizu”, un angora turco de siete años que había llegado a formar parte de la  familia el mismo día en que nacieron nuestros hijos la fresca tarde de aquel veintiocho de noviembre.
Dos días después del parto llegamos a casa con los bebés, no podíamos estar más felices, ¡desbordábamos alegría! Aquella vez, mientras caminaba por el pasillo que da a la recámara principal algo me distrajo, era una pequeña bolita blanca que daba saltitos, fui hacia ella y descubrí a “Zizu”, ¡era todo ternura! Aunque mi esposa y yo adorábamos los gatos no habíamos tenido ninguno en casa por falta de tiempo para atenderlo pues los dos pasábamos el día fuera por las múltiples ocupaciones de cada uno, pero ahora con los nenes Akemi  ya no trabajaría, así que había tiempo de sobra para compartir nuestra felicidad con un gatito. Investigamos si se había escapado de alguna casa vecina pero no hubo resultado, como si él hubiera decidido llegar a vivir a nuestro hogar, lo llevamos a vacunar y lo acogimos con cariño como un miembro más de la familia.  Fue creciendo al mismo tiempo que Hikaru y Kouki, nuestros hermosos hijos.
Todo transcurría con normalidad, hasta aquella madrugada…
Eran casi las tres, mi esposa y yo dormíamos plácidamente cuando nuestro sueño fue interrumpido por el llanto de uno de los gemelos, Akemi quiso ir a ver qué le pasaba al niño pero no permití que la calidez de su cuerpo entre las cobijas desapareciera, le pedí que se quedara en la cama y me levanté para ir a la recámara de los nenes. Llegué ahí y abrí la puerta, al entrar vi a Kouki llorando asustado hecho bolita en un rincón, decía algo entre sollozos, no logré entenderlo, esperé a que se calmara mientras lo abrazaba; la cortina azul con balones estampados en la ventana ondeaba con la brisa fresca de aquel diciembre  —¿a quién se le había ocurrido dejarla abierta?— Me separé por un momento de su cuerpecito tembloroso para ir a cerrarla... regresé con Kouki que ya estaba más calmado y logró decirme al fin qué le había provocado tal sobresalto, aún con las limitaciones propias del lenguaje de un niño de poco más de dos años pudo decirme algo como:“—Zii… Zuu… Ichi…—.” Eché un vistazo a la habitación y no vi por ninguna parte a nuestro gato, mientras Hikaru dormía en su camita ajeno a lo que había pasado… Seguí abrazándolo hasta que el sueño lo venció, lo acomodé en su lecho y lo arropé con cariño, se quedó tranquilo.  Corroboré que las ventanas estuvieran cerradas y regresé a mi recámara.  Mi esposa dormía como un bebé…
¡Quién hubiera imaginado que alguien como ella podría cambiar tanto! ¡Lo que diera hoy porque Akemi fuera como antes!
Habían pasado cuatro años, nuestra vida siguió su curso normal después de ese curioso episodio con el niño. Yo tenía un muy buen trabajo, una adorable esposa, dos encantadores hijos, una linda casa y una tierna mascota, teníamos un hogar de ensueño, una hermosa familia, ¿qué más podíamos pedir? Todo salía a pedir de boca hasta que algo rompió la armonía cotidiana.  A media mañana mi esposa recibió una llamada del colegio de los niños, la profesora le explicó a Akemi que Kouki se había puesto mal, se asustó mucho y me llamó en cuanto terminó de atender la llamada. Se adelantarían para no perder tiempo valioso.
Cuando llegué al hospital encontré a mi esposa desesperada caminando de un extremo a otro del pasillo, su angelical rostro se había tornado pálido, tenso y reflejaba preocupación, era como un cachorrito asustado buscando a su mamá, no pude menos que abrazarla, decirle palabras de aliento y regalarle un tierno beso en la mejilla, alguien tenía que ser fuerte. Luego el médico nos explicó que la situación de nuestro pequeño era muy delicada, pues los síntomas que presentaba no correspondían a nada similar que hubieran atendido antes en ese lugar, lo cual era aún más preocupante. Fueron días de mucha tensión, el ambiente estaba enrarecido, Hikaru se sentía abandonado por nosotros y echaba de menos a su hermanito, Akemi tenía ya una semana en el hospital acompañando a Kouki, que no mostraba mejoría, cada día se notaba más decaído, tenía dificultad para respirar, casi no podía hablar, había perdido el tono rosado de su piel y sus ojitos parecían ver desde un profundo abismo (cuando todavía podía abrirlos), sin duda el cuarto doscientos dieciocho sería su hogar por varios días más; mientras los médicos seguían sin encontrar explicación a su mal. Ni los mejores profesionales de la Medicina en todo el país fueron capaces de identificar la razón del padecimiento de mi hijo, pasaría lo inevitable… solo quedaba esperar.
Los días pasaron sin novedad positiva, cada uno era copia fiel del anterior, Kouki estaba igual de decaído, mi esposa se veía mal física y psicológicamente, yo estaba apático en el trabajo y no faltaba mucho para que me exigieran la renuncia, nuestro hijo Hikaru llevaba casi todo ese mes al cuidado de su abuela materna, y sabíamos que nos extrañaba igual que nosotros a él… Fue muy difícil que comprendiera lo que le pasaba a su hermanito, estaban más que unidos por la sangre, eran uno solo, pero encontraba un poquito de consuelo en Zizu y sus arrumacos.   Hasta que un buen día se presentó en el hospital un médico que venía de América, específicamente de aquel país llamado Canadá; nos dijo que podía identificar lo que nuestro Kouki tenía, y ese mismo día empezó con las pruebas, le realizaron análisis exhaustivos y urgentes —confieso que al principio Akemi se negó a que sometieran al niño, pero luego pude convencerla de que era por su bien, para que regresara a ser el niño feliz que antes era, y terminó cediendo ante la esperanza de que lo que yo le decía pudiera convertirse en realidad.
Dos días después el galeno canadiense fue al frío cuarto doscientos dieciocho a comunicarnos los resultados, se le veía compungido y preocupado, entonces para no hacer más tenso el momento en un perfecto japonés nos dijo: “—Lo que su hijo tiene es un raro padecimiento causado por una especie de virus mortal recientemente descubierto en Occidente — continuó— el cual provoca todos los signos y síntomas que presenta Kouki, acaba con el tejido de los órganos internos, daña irremediablemente el cerebro y terminará muy pronto con la vida del niño; normalmente destruye el cuerpo en el que se aloja en menos de seis semanas.”
Mi esposa rompió en llanto, yo no pude contener la tristeza y sentí la tibieza en mis mejillas, el nudo en mi garganta no quería desaparecer. ¡Maldita sea! ¿Por qué a él?... Los dos volteamos hacia la cama a ver a nuestro hijo, se estaba yendo, era como si solo le quedara un respiro ahogado; ver su cuerpecito invadido por tubos y agujas, su cabello extinto y no escuchar su vocecita tierna era algo muy fuerte para nosotros.  Tomé fuerza no sé de dónde, aclaré mi garganta y pregunté al médico cómo había sido posible que Kouki hubiera contraído ese virus, sin sospechar lo terrible que sería lo que vendría después… A lo que él respondió: “ —Fue provocado por la mordida de un gato infectado, lo cual diseminó el virus por todo el torrente sanguíneo—”  Mi esposa dejó por un momento el llanto ante la sorpresa de lo que acabábamos de escuchar. ¡No lo podíamos creer! ¡Había sido Zizu el causante del deterioro de nuestro hijo! Parecía descabellado, y más aún si tomamos en cuenta que el gato nunca mostró signos de enfermedad (luego sabríamos que en los animales no se manifestaba, solo estaba latente)… ¡Claro! Había ocurrido aquella madrugada… Fui un tonto al no poner atención cuando el niño mencionó al gato, ¿pero dónde lo había mordido? No tenía rastro visible de heridas. El médico nos informó que había sido en el piecito izquierdo. No podía soportar más, salí corriendo de ahí y conduje mi auto hacia la casa de mi suegra; minutos después me encontraba en la sala de estar, Kouki corrió a recibirme con un abrazo y la alegría se reflejó en su rostro al verme, aparté al niño como pude, no era momento para muestras de cariño, mi suegra apareció de pronto por el pasillo que conducía al patio trasero, tenía puesto un mandil y guantes de jardinería, se sorprendió al verme, preguntó si había pasado algo, no respondí, se quitó los guantes y fue a abrazar al niño que lloraba ante mi indiferencia.  A zancadas recorrí casi toda la casa buscando a Zizu, no escuchaba sus maullidos ni estaba en su cajón de arena, ¡era como si el maldito supiera que estaba buscándolo! Sé que los animales no son conscientes, pero de alguna forma tenía que descargar mi dolor… ¿y qué mejor que con el culpable?
Lo llamé con voz melosa y de repente lo vi entrar, ahí estaba, no había duda de su belleza ni de su ternura, pero ahora lo veía como el peor demonio que jamás hubiera existido.  Sentí mi corazón acelerarse, mi respiración estaba agitada y una sonrisa malévola se dibujó en mi rostro al verlo venir hacia mí; fue un placer tenerlo en mi poder, lo tomé y me dirigí hacia la cocina, agarré un o'hitsu (recipiente de madera) porque fue lo primero que vi, puse al animal sobre una mesita, lo oprimí fuertemente con mi brazo izquierdo y con el o'hitsu empecé a golpearle la cabeza, ¡quería matarlo de una vez! Al principio no se estaba quieto, pero conforme lo golpeaba perdió su voluntad. Disfruté mucho ver correr su sangre sobre el blanco pelaje, sus maullidos ahogados eran un placer para mis oídos, le destrocé la cara, los globos oculares quedaron reducidos a nada, halé su lengua hasta arrancarla y la tiré al piso; mi suegra gritaba preocupada y horrorizada ante mi comportamiento, mi hijo Hikaru no podía creer lo que veía, lloraba, me suplicaba a gritos que dejara en paz a su gatito… Pero ya era tarde, llegué decidido a matarlo y eso había hecho, no conforme con ver que el animal ya no respiraba tomé lo que quedaba de su cuerpo y salí al jardín, a mi paso gotas de sangre quedaban en el piso, ni qué decir de mis manos y mi ropa que se había salpicado; ahí encontré las tijeras podadoras que la anciana había utilizado minutos antes, las tomé, me senté en posición de loto y puse al gato en el suelo frente a mí, empecé a cortarlo, primero fue la cola, luego cada una de las patas, lo que quedaba de la cabeza, todo… me había convertido en un carnicero, disfruté mucho cercenarlo, es un placer que aún no puedo olvidar aún con todas las cosas tristes que pasaron después.

3
Pasé por mi casa a cambiarme de ropa, no podía regresar así al hospital, para cuando llegué con mi esposa la vieja ya la había puesto al tanto de mi arrebato con el animal que tantas alegrías nos había dado. Akemi me lanzó una mirada recriminatoria, y me dijo que no había estado nada bien lo que hice, pero no me importó, defendí mi punto pero no logré persuadirla.
La noche había caído, seguíamos en el nosocomio pero queríamos irnos a casa, llevarnos a nuestro hijo y despertar de una vez por todas de esa horrible pesadilla.  Esa noche quise quedarme a acompañar a mi esposa, eran casi las dos de la mañana y yo no podía dormir, así que  fui abajo por un café, me hacía falta, contrario a la mayoría a mí el café me hace dormir… No pasaron ni diez minutos para cuando regresé al doscientos ocho con un vaso de unicel en mano, me llamó la atención encontrar la puerta entreabierta, pasé y lo que vi fue aterrador, instantáneamente el café terminó en el piso…

4
¿Quieren saber más? No vale la pena, es algo triste, mejor ya no les cuento mi trágica vida, de cualquier forma mi martirio no terminará pronto… Está bien, no los dejaré con la historia a la mitad. Continúo.
Entré y quedé estupefacto ante lo que mis ojos vieron…
Sobre la sábana blanca que cubría la cama estaba el consumido cuerpecito de mi Kouki bañado en sangre, tenía heridas en el pecho, en el cuello, en brazos y piernas, sus ojitos se abrieron por última vez y me regalaron una mirada penetrante y tétrica que nunca olvidaré, parecía venir del más allá. Se me revolvió el estómago, fui corriendo al cuarto de baño y saqué todo lo que tenía dentro, el dolor y la repugnancia que sentía hacia el maldito que le había hecho eso a mi hijo, nunca en mi vida me había sentido tan triste. Había olvidado a mi esposa, no estaba en la habitación. Cubrí el cadáver con una cobija que había en el sofá, y salí a avisarle a alguien y a pedir ayuda. Los médicos dijeron no haber visto nada, igual las enfermeras, ¡era imposible que alguien hubiera cometido tal atrocidad con mi pequeño! Se hicieron las diligencias necesarias para que me entregaran el cadáver de mi hijo al día siguiente, ¡era tan grande mi dolor!
Habiéndome calmado un poco llamé a casa de mi suegra para preguntar si mi esposa había ido hacia allá, escuché el timbre en repetidas ocasiones hasta que sonó la grabación del buzón, colgué y volví a marcar… Nada… Decidí ir a buscarla.  Cuando llegué todo estaba en silencio, no había rastro de la vieja ni de mi hijo Hikaru, mucho menos de Akemi; recorrí el mismo camino que había transitado mientras buscaba al gato hacía unas horas, luego de unos minutos llegué a la que había sido la recámara de mi esposa durante sus primeros dieciséis años de vida… Tenía un tapiz rosado, varias mariposas estampadas y había repisas llenas de muñecas por toda la habitación, y ahí en un rincón rodeada de manchas de sangre estaba ella, agazapada, con el terror y la culpa en la mirada repetía sin parar: “Yo no quería hacerlo, pero no había otra salida. ¡No podía soportarlo más!”, me negué a creer lo que acababa de escuchar, había sido ella, mi esposa quien asesinó a nuestro hijo.  ¡Quise matarla! La dejé ahí y salí a buscar a Hikaru, lo llamé a gritos y no respondió, terminé en la recámara de mi suegra, fue impactante lo que vi, mi pequeño yacía en la cama, inmóvil, con sus ojitos cerrados, como si estuviera durmiendo, y al pie de la cama estaba mi suegra ensangrentada, había sido apuñalada brutalmente, ¡quería morirme! Poco después supe que Akemi había sido presa de un episodio psicótico que le destrozó los nervios y provocó que ya no pudiera sobrellevar la enfermedad de nuestro Kouki, terminó asesinándolo en un arranque de locura, no conforme con eso fue a casa de su madre y le dio a beber algo a Hikaru para provocarle la muerte, el niño inocente jamás pensó que su té lo llevaría al más allá, mientras ella se justificó diciendo que para nadie sería la vida igual sin nuestro otro hijo, que no tenía caso vivir así; su madre intentó calmarla cuando se puso mal después de que el niño se tomó el té, empezó a sospechar, pero Akemi tomó un cuchillo de la cocina y le dio varias puñaladas en el abdomen a la anciana, ¡sin duda se había vuelto loca! Yo estaba destrozado, mi vida había cambiado tanto en tan poco tiempo, me corrieron del trabajo, perdí a mis hijos a manos de mi esposa, sí, ¡de esa maldita loca! Pero lo peor no fue eso, sino que en ningún hospital psiquiátrico aceptaron recluirla, habíamos quedado en la calle con todos los gastos del hospital y los funerales, no me quedaba otra opción más que vivir con ella hasta su muerte, o hasta la mía…

5
Han pasado ya varios inviernos desde que eso pasó, y la desgraciada aún sigue respirando, quisiera amanecer y encontrarla muerta, quisiera que de repente un día el demonio se apiadara de mí y viniera por su alma, o por lo menos que mi corazón dejara de latir y Dios me librara de esta terrible condena. Confío… y espero.

Fin.