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sábado, 13 de febrero de 2016

9° Especial de Sábados de Brutos Escritores


Paciencia
Por Luis Seijas.

Han pasado dos horas desde que sonó la campana de la salida y aún estoy aquí, sentado en el último pupitre esperando que venga Rosita.
Me escondí cuando el señor de vigilancia -creo que se llama Leo- pasó a revisar el salón. Espero que ella haya hecho lo mismo, lo último que quiero es que la castiguen por mi.
Ojalá haya comido suficiente en el recreo, por la sed no me preocupo; porque ella siempre tiene el termo lleno de agua.
Sé que va a venir, lo siento aquí en mi pancita. Igual que cuando la veo entrar en el salón, es una sensación como de hambre sin importar que haya recién desayunado.
Ya es de noche y la puerta del salón no se abre todavía.
Me pregunto: ¿Cuánto tiempo tengo que esperar para que me den mi primer beso?


[Sin título]
Por Calista Manríquez.

Antes de que empezara el apocalipsis ella había asistido a esa escuela y en esa misma aula.
Le pareció extraño que, pese al caos alrededor del edificio y en las otras salas, esa estuviera en buen estado. Los vidrios intactos y limpios, los muebles de madera enteros y no convertidos en leña como tantos otros, el piso limpio... tan normal en un mundo devastado y destruido que se sintió transportada a un tiempo en que la vida era fácil y su única preocupación era pensar que ponerse al día siguiente para ser la mejor vestida de la secundaria.
Quizá su mente moribunda la hacía alucinar llevándola a esos días más felices mientras que el mundo real se deshacía con el impacto de la bomba nuclear que el gobierno había lanzado para acabar de golpe con el problema.


La lección.
Por Facu Dassieu.

- Estudiantes, en nuestra lección de supervivencia, haré hincapié en la especie humana, que es con la que mayor interacción tendremos en la cotidianeidad.
Paren las antenas y presten suma atención.
El ser humano posee un tamaño colosal y es hábil para crear diversos métodos para destruir especies, incluyendo la suya.
- Disculpe Profe, pero es sabida nuestra resistencia a las inclemencias naturales más extremas. ¿Cómo puede ser mortales para nosotros?
- Buena pregunta. Nuestros conciudadanos más ancianos han determinado que pueden crear alimentos químicamente atractivos y letales. La muerte por aplastamiento con toda clase de objetos es también muy común.
Para subsistir huiremos valiéndonos de nuestra velocidad y tamaño aunque contamos con una ventaja evolutiva que los hace aterrorizar: Volar hacia sus caras.
Usar las alas - memorizó la larva de cucaracha y, sintiéndose valiente, pensó: será emocionante enfrentarlos.


SIBILANTE
Por Ángela Eastwood.

Llegó agarrada a un andador. El profesor se giró para mirarla y trazó un enunciado en la pizarra: La guerra civil española. Los muchachos miraron a la vieja y pensaron que debía tener como mil años. Sólo tiene 100, aclaró el profesor acariciando la mejilla arrugada y fina como papel de cebolla de la anciana.
Sonó un móvil anunciando algún mensaje importantísimo y una bomba de chicle explosionó en unos labios de fresa. El profesor sentó a la invitada en su sillón de enseñar y la anciana miró a la clase. No le funcionaba muy bien el oído a Remedios y gracias a esa sordera oportuna no pudo oír las risitas sofocadas, ni los comentarios jocosos, ni las mofas.
—¿Queréis saber cómo suenan las bombas al caer en mitad de la noche silenciosa? Imaginad el silbido de una serpiente.


MI CLASE FAVORITA
Por Francisco Medina Troya.

Alicia era tímida,con una mirada azul cielo. Se movía por la clase con elegancia y aunque ella trataba de evitarlo la danza de sus caderas atrapadas en su vestido ajustado me dejaba hipnotizado. Apenas prestaba atención a las palabras de sus labios y hacía como que escribía en el cuaderno de francés. Multitud de dibujos de corazones atravesados y su nombre rubricado de mil formas y tamaños lo adornaban. Mis ojos ávidos la seguían ajenos a las bolitas de papel que mis compañeros me lanzaban con saña y me paraba en sus manos blancas de marfil, que, con una letra inmaculada realizaban el enunciado en la pizarra... Cuando sonaba la campana un sentimiento de perdida me ahogaba. Mientras abandonaba la clase la miré por última vez, y ella, dueña de mi desasosiego ordenaba sus libros como si el mundo fuera tan fácil...


LA CLASE
Por David Otero Arias.

Ese tic tac que escuchamos hace rato rompe el tenso silencio del aula
Todos miramos sin mover un músculo. Morillo permanece de pie ante la pizarra, no consigue despejar la x de la ecuación. El padre Fajinas señala de modo despectivo con su índice los pantalones del muchacho que aparecen mojados en una de las perneras; se ha meado encima del pánico que le provoca el cura. Suena la campana que pone fin a la clase pero nadie se atreve a moverse. Fajinas, nos mira con suficiencia y desprecio; sale dando un tremendo portazo. Toda la clase grita al unísono, ¡se ha meado!, riendo y golpeando con las manos la tapa de nuestros pupitres. Morillo, cabizbajo, vuelve a su puesto, se sienta y oculta la cabeza entre sus brazos. Ante la fría indiferencia de todos, llora en silencio…


[Sin título]
Por Evelyn Roa Herrera.

Era la chica más linda de la escuela nunca había visto una niña tan bonita, el uniforme limpio la falda medianamente corta y perfecta le grite me gustas y le mandé un besó al aire. Ahora nunca más la veré la directora me hecho de la escuela y para colmó se puso a Pololiar con Juan. Siento qué odio la escuela.


Graduación
Por Robe Ferrer.

Tras cuatro años de instituto, hoy, por fin, es el día de la graduación. Será la última mañana que me siente en mi sitio, junto a la mesa del profesor. Hoy también será el último día que mis compañeros se sienten en su sitio. Será el último día que mis compañeros se sienten en cualquier sitio.
Desde aquí delante he tenido que aguantar insultos, lanzamientos de tizas, gomas de borrar, papeles chupados escupidos a través del canutillo del boli… Pero hoy me vengaré. Todos están deseando recibir el diploma y empezar la universidad. Sin embargo, lo único que recibirán será un balazo de M-16.
Me siento en la mesa del profesor a la espera de que empiecen a llegar mis compañeros. Ya se acercan, los oigo por el pasillo. La puerta se abre y aprieto el gatillo.


Pánico
Por Gean Rossi.

Sentado en el último puesto, uno parece no existir. Pero está bien, así no me atravieso en la vista de alguien que esté más interesado en la clase que yo. ¿A quién le importa lo que pasó hace doscientos años? Estoy seguro de que… Dios, ¿qué ocurre? La estancia parece muy escandalosa de pronto, como si todos decidieran hablar a la vez; gritar, incluso. Pero al mismo tiempo todo parece mudo. El mundo a mi alrededor se ha silenciado. Mi respiración se entorpece. Respiro, pero el aire no llena mis pulmones. Mis ojos se desvían a todos lados y la vez no se fijan en nada. Veo las bocas moviéndose, los rostros tan calmados y alegres. Podría asegurar que estoy a punto de morir. ¿Alguien notará lo que me ocurre? No. Sentado en el último puesto, uno parece no existir.


sábado, 31 de octubre de 2015

8º Especial de Sábados de Brutos Escritores


De vuelta.
Por María Galerna.

El bosque está callado, sombrío. Los árboles cobijan a los dueños de los ojos que me vigilan, docenas, cientos de miradas malévolas que no se apartan de mi un segundo y siento que me traspasan.
Camino entre la niebla, perdido, el miedo me atrapa y por un instante me quedo inmóvil…algo más grande, más maligno, me observa, lo noto.
De repente todo queda en silencio, ningún habitante de la espesura se atreve ni siquiera a respirar,algunos huyen despavoridos.
La bestia se acerca, la huelo, siento sus gemidos en mi interior y mientras la luna llena lanza uno de sus rayos, comienza la transformación.
El lobo ha vuelto


Hambre
Por Carlos Ultraman.

¿Qué es esto? ¿Dónde estoy? Mi cabeza… Mi cabeza pesa como si fuese más grande. Y el cuerpo, ¿qué pasa con mi cuerpo? ¿Qué es este malestar que siento? Este aturdimiento, este cansancio.
Ah, Dios, pero nada supera al hambre. Estoy desesperado por comer algo.
Comida. Allá adelante, detrás de aquella línea de árboles hay comida. ¡Lo sé! Tengo que ir a buscarla. Sí. Sí. Ya estoy cerca. Ya casi puedo saborearla.
Gente. Una familia, quizás haciendo camping. Parrilla con asado. Mesa con sándwiches y tortas. Frutas. Dulces. Salchichas. Ensaladas…
No, no. Esto me repugna. No. Quiero otra cosa. Mi cuerpo pide otra cosa.
Ese nene.
Despacio, despacio. Seguí jugando con tu camioncito, querido. Despacio. ¡Por favor! ¡Qué hambre tengo! Ya casi lo alcanzo. Sólo necesito estirar mi brazo y… ¿y esa mordida? ¿Quién me la hizo? ¿Fue en el bosque?
Bah, que importa.
El nene ya es mío.


Por culpa de un aguará guazú
Por Juan Esteban Bassagaisteguy.

Todos los que jugábamos en la canchita salimos disparados cuando vimos acercarse al aguará guazú desde el monte vecino.
Pero Valentín no fue tan rápido.
La fiera saltó sobre él y le clavó los dientes en la mitad de la espalda. Su padre, el entrenador del equipo de baby fútbol, logró espantársela pegándole con una rama de quebracho.
Valentín se salvó. Pero nunca lo volvimos a ver, ni a él ni a su familia. Se decía que se habían mudado a Empedrado, acá cerquita, nomás.
De todo eso hace más de treinta años.
Hoy lo tengo frente a mí, con la luna llena como su principal aliada. Valentín, mi amigo de la infancia y séptimo hijo varón de don Dante Palotta. El lobizón que asola a toda la región.
No lo duda un instante: famélico, se lanza directo a mi yugular.
Y la bala de plata le atraviesa el corazón.


Una mano entre la niebla
Por Gean Rossi.

¿Hasta cuándo seguiría caminando? Sus piernas temblaban y su sedienta boca pedía a gritos una gota de líquido. Empezaba a anochecer, mientras la neblina se hacía más densa dificultando su visión. Todo había sido culpa de aquel pendejo perro callejero, ¿por qué lo había seguido? Quería ayudarlo y terminó perdido en el bosque luego de que el can desapareciera entre los árboles. Aún era bastante claro cuando eso ocurrió… ¿Cuántas horas habían pasado ya desde que intentó seguir su camino de vuelta sin resultado alguno? Todo adonde mirara era igual, no recordaba tan inmenso aquel seco bosque otoñal.
Se cruzó con una figura, un hombre en traje negro. ¡Sería su salvación!
—Disculpe, ¿sabe cómo salgo de aquí? —llamó el chico en la lejanía mientras se acercaba al hombre.
—Donde termina la niebla, termina el camino —aseguró sonriendo.
—¿Me puede ayudar?
—Claro, toma mi mano. Te llevaré adonde termina todo.
Accedió.


Desaparecer
Por Juan Carlos Santillán.

–¡Ya no te quiero ver!–gritó él. Y no volvió a verla.
Ella salió corriendo más rápido de lo que él se arrepintió. Veloz como una mala decisión.
Él corrió detrás de ella siglos después, cuando ya ella se había internado del todo en el bosque, en la noche, en la niebla.
Él la buscó, llamándola a gritos, hasta que él mismo se fue difuminando, se fue borrando.
Y hasta el último instante antes de desaparecer para siempre, él la siguió llamando:
–¡Ven, hija, vuelve, mi niña!

[Sin título]
Por Calista Manríquez.

Si su sombra es todo lo que queda ¿De qué sirve seguir caminando?
Miles y cientos de arboles lo rodea y su vaporosa cabeza voltea de un lado a otro buscando el camino que lo lleve hasta la casa de la que fuera su amor.
¿Cuánto tiempo llevaba caminando? Los días y las horas no tenían sentido cuando solo eres el terco recuerdo de una antigua vida, una muy antigua de la que solo mantiene la idea de llegar a su hogar.
Una vuelta, un giro a la izquierda o a la derecha, ya no le importa, lo que importa es salir y mira… un árbol con el que no se había cruzado antes en todo el tiempo caminando ¿O será flotando?
Ella está ahí, dejando flores bajo un árbol. Esta vieja y triste pero igual de hermosa. Vaya, aun lo recuerda. Quizá no debió colgarse.
Si, fue un idiota.


sábado, 9 de mayo de 2015

7º Especial de Sábados de Brutos Escritores



[Sin título]
Por Calista Manríquez.

Jugar a ser valientes nunca había sido su fuerte. Incluso, no le avergonzaría decir frente al mundo que era un cobarde.
Frente a todo el mundo menos frente a ella. La linda pelirroja que le robaba el sentido común y convertía sus fluidas palabras en un montón de silabas entrecortadas y mucha veces sin sentido.
Así que cuando ella le dijo que probara su valentía él tomó su linterna y se metió por entre los sucios y laberínticos pasillo de aquel abandonado edificio.
Estaba oscuro, sucio y solitario. Su mente racional le decía que todo ese asunto de los fantasmas solo era un mal chiste usado para asustar a los ilusos, que él no era así, que él no debía temer, que debía esperar los 15 minutos de la apuesta y salir vencedor.
Último pasillo, una única luz y la clara sombra de una niña.
"Quizá deberías empezar a creer"


[Sin título]
Por Eva Leonor García Bogado.

Se alejaba al fin de si misma.
Por ese pasillo que conocía al detalle, que guardaba sus ecos, sus huellas, su sangre primera, su horror.
Simplemente lo decidió así. Espontáneamente. Ya sin miedo ni rencor. No sabia del tiempo, ni del frío ni el adiós.
Olvidada de ella, se fue. No se llevo. Y estuvo bien. Mora ahora en otra, en todas. Ella sos.


[Sin título]
Por Miguel Ángel Di Giovanni.

Familia Valenzuela:
Primeramente agradezco haber elegido nuestra firma para la refacción.
Como dijimos en la charla telefónica, el objetivo era convertir su casa en un espacio humano.
Ya en el estudio, con la arquitecta Quivera nos abocamos a proyectar una mejora en la iluminación natural del corredor que conecta habitaciones, sala y patio. Al ampliar las fotos vimos lo que nos pareció un defecto, pero no. En la foto (que saque yo mismo y en vuestra presencia), se ve claramente una extraña silueta femenina.
Conmocionada, la señorita Quivera hace un llamado, y pasándome el celular dice “cuéntele arquitecto”. Me presenté. Expliqué lo que ocurría. Del otro lado de la línea me piden un mail con la foto. Eso hice. Cuarenta minutos después sonó el celular. Familia Valenzuela, la voz del otro lado de la línea dijo: Abandonen la casa, y cortó.
Por eso, apreciada familia, renunciamos realizar la obra.
Atte. Arquitecto Salvador Castañeda


[Sin título]
Por Luis Seijas.

Esta sentado en el pasillo sintiendo como el frio del piso se apodera de sus nalgas. Ve la pantalla de su computadora y el cursor titilando le taladra los ojos. No sabe sobre qué escribir.
Alza la vista y los bombillos se apagan uno a uno. Vuelve a su página en blanco esperando que la musa le llegue.
Los bombillos titilan y la ve...
Sin pensarlo sus dedos empiezan a golpear las teclas.


[Sin título]
Por Matías Raña.

Un paso. Eco. Otro paso. Eco. Silencio.
Una risa cálida, inocente, se escapa entre el ladrillo húmedo de las paredes.
Ella sabe que el miedo es la reacción adecuada. Más siente el más profundo acceso de ternura y empatía.
“Así es la entropía”, advierte la niña. Suena inteligente, algunos dirían ancestral. Su interlocutora asiente. Las epifanías no se discuten.
Durante toda su vida la mujer padeció la presencia de la niña en los pasillos, en recovecos sombríos. La niña que pervertía lugares sacrosantos con su fantasmal figura.
Siempre con un paso, el eco consiguiente, y el silencio.
Hasta ese día.
“Así es la entropía”, repite ella, mientras nota que el dolor de ovarios que ningún analgésico pudo calmar había desaparecido.
Repite las palabras cual mantra al mismo tiempo que da cuenta que lleva un vestido corto.
Repite las palabras mientras camina hacia la luz, aceptando por fin su destino.


La búsqueda
Por Juan Esteban Bassagaisteguy.

Camino por el pasillo del hospital y no lo encuentro. Estoy sola pero eso no me preocupa. Y no estoy asustada, como cuando tenía dos o tres años. No. Ahora ya tengo doce, soy mayor y me las tengo que aguantar.
Él no tuvo piedad de mí y no me olvido. Tenía dieciocho años y era mi papá. Y dio el visto bueno para que, con solo dos meses de habitarla, me rasgaran de la panza de mamá.
Privilegió estudiar para ser médico, que amarme y ser padre por primera vez. Y yo, en aquel entonces, no me pude defender.
De todas maneras, sé que algún día, ya recibido, volverá a Rauch para trabajar en el hospital (cómo no saberlo, si soy —fui— su sangre).
Y ahí finalizará mi búsqueda, para bien o para mal.


[Sin título]
Por Ultraman SesentayTres Libros.

La luz al final del pasillo es un imán y un destino para Ana, quien camina por el corredor hacia su encuentro. Avanza despacio, como tanteando con sus pies cada baldosa y de cada baldosa cada grieta o imperfección. Camina con cuidado, los ojos al borde de la ceguera de tanto mirar la meta distante. ¿Distante? No, ya no.
Ana percibe que la luz va a su encuentro más velozmente que lo que ella misma procura acercarse y decide detenerse. En un par de segundos la luz va a abrazarla, envolverla, alzarla... La luz encenderá a Ana como una tea viviente, y en un segundo la niña y el pasillo serán una misma cosa, ardiente primero, incandescente después, invisible al final.
Kilómetros más allá del pasillo y la niña que ahora son menos que cenizas, el hongo atómico se yergue majestuoso y malévolo.


[Sin título]
Por Sergio Bonavida Ponce.

 «Mamá, Mamá... Papá ha vuelto. No, maldita estúpida, no corras, le pondrás nervioso otra vez, Papá es muy sensible y no le gusta que corras. Eso es. Tranquila. Mira tú bonito reflejo en el filo. ¿Si he sido una niña buena? Claro, Papá. ¿Y Mamá?¿Si ha sido buena? No, Mamá no ha sido buena. Siempre triste y llorona. Se queja y hace aquello que está mal. Es una chivata. Y en esta familia no somos así. Claro que no Papá. Te eché de menos. ¡Claro que sí! ¿Por qué te acercas tanto a la ventana Mamá? Cuidado, a Papá no le gustan tus manías. ¡Maniática imbécil! Siempre es culpa tuya, Papá es bueno. Maldita loca. Mira tú reflejo en el filo. Míralo. Maldita sea. Míralo maldita puta. ¿Mamá?¿Mamá?¿MAMÁ?»


[Sin título]
Por Enrique Hernández Negrete.

La luz trascendió pese al mar de oscuridad. Con el alma manchada y la inocencia perdida, dejé atrás aquel infierno sumergido en sangre. Sin la esperanza de que el umbral recobrará tan siquiera una mínima pizca de felicidad. Después de haber sobrevivido a la masacre del materno infantil, salí a rastras esperando morir de agonía mental.